domingo, 9 de marzo de 2014

Todos vencemos en Jesús

Al inicio de la Cuaresma la Iglesia nos pone a la vista dos momentos puntuales de nuestra historia de salvación. Es el claroscuro del cual se ocupa Dios directamente. El primer momento es el de la caída. Adán y Eva, viviendo en absoluta armonía con Dios y entre ellos, son tentados por el demonio en forma de serpiente. El relato es, seguramente, una adaptación de lo que pasó en el corazón y en la mente del hombre, creado para ser de Dios, para cumplir su voluntad, para tener su plenitud única y exclusivamente en la vida de unión total con Dios. Pero, por designio de Dios, infinitamente amoroso, hecho libre completamente y, por lo tanto, capaz de optar. La tentación que pone la serpiente no viene realmente de fuera. Viene de esa libertad que Dios mismo ha donado al hombre. La capacidad de distinguir el bien del mal no le viene al hombre por haber comido la fruta del árbol prohibido, sino por su capacidad de discernimiento. Mal hubiera podido Dios crear al hombre con inteligencia y voluntad, es decir, con capacidad de razonamiento pleno, y no haber puesto en esos dones y en esa capacidad, la posibilidad de discernir cuál es el camino correcto y cuál el equivocado...

Esa tentación del hombre es tentación de todo hombre: Ser como Dios. Sus ansias de infinito, también donación de Dios, se convierten, equivocadamente, en ansias no sólo de llegar al infinito que es Dios, sino de hacerse a sí mismo "infinito". Es la pretensión de la absoluta autonomía, de la total autoafoirmación de sí mismo, en la cual ya no hay normas externas, ya no hay realidades a las cuales hacer referencia, ya no hay otras cosas con las cuales tener una relación "relativa", sino la única posible en quien se considera absoluto, que es la de la subyugación de todo para colocarlo a sus pies... Si yo soy absoluto, todo lo demás está a mi servicio. Y si es así, mal puede alguien venir a darme normas, a decirme qué hacer. Yo me convierto en la única norma, en la única referencia posible. "Soy como Dios"... No se necesita de una serpiente para ponerme en esa tentación. Es la tendencia que tenemos todos los hombres. Es la soberbia, camino que lleva a la ruina total, pues al dejar a un lado a Dios, dejamos a un lado la plenitud. Sin Dios el hombre es nada. Con Dios lo es todo...

El segundo momento es el de las tentaciones de Jesús en el desierto. Antes de iniciar su labor de predicación pública, que vendrá acompañada por las obras portentosas que realizará para manifestar la hora de la liberación de los hombres, Jesús se demuestra totalmente libre. Muestra a todos cuál es la libertad que viene a ofrecer a los hombres. Él, el totalmente libre, quiere decirle a cada uno cuál es la verdadera libertad. Ella no consiste en "hacer lo que me viene en gana", sino en no permitir que nada me encadene, que nada me subyugue, que nada me impida moverme hacia Dios, que es la verdadera plenitud... La libertad absoluta es la de quien, siendo pleno poseedor de sí mismo, se coloca en las manos de Dios para obtener la plenitud ansiada. La libertad plena nos dice cuál es el secreto para satisfacer realmente las ansias de infinito que tenemos asentadas en nuestro ser, en nuestra mente y en nuestro corazón. Sólo podremos hacerlo junto a Dios, en su presencia, colocándonos en sus brazos amorosos...

Jesús pudo vencer las tentaciones del demonio, en primer lugar, porque Él mismo era Dios. Hay quienes afirman que el diablo se atrevió a tanto porque no sabía que Jesús era Dios hecho hombre... Lo cierto es que la naturaleza humana de Jesús sí sintió las tentaciones de placer, de tener y de poder. Y esa naturaleza las venció con la única convicción con la que se puede vencer: Poniendo a Dios en medio, en el primer lugar, defendiendo ser propiedad única y exclusiva de Dios. Los Obispos de Puebla dieron con una definición de pecado mortal fabulosa: "El pecado mortal es absolutizar lo que no es absolutizable", es decir, servir a lo creado como si fuera dios... El hombre Jesús rechazó al demonio, pues tenía la plena certeza de que el único Absoluto es Dios mismo. No se dejó engañar...

Jesús venció. Es este segundo momento culminante de nuestra historia de salvación el que de verdad vale la pena. Fue doloroso haber sido vencidos por la tentación en Adán y Eva. Pero es absolutamente dichoso el que Jesús, Dios encarnado, hubiera vencido tan contundentemente. Su muerte fue la victoria sobre el pecado y sobre la misma muerte. Su Resurrección fue el refrendado de esa victoria total. No hay posibilidades de que, quien ya venció, sea ahora vencido. Por eso, porque Jesús nos ha transmitido a todos su victoria, con Él, todos somos vencedores. Basta que nos pongamos con Él, haciéndolo nuestra armadura, para también vencer. Sería muy tonto de nuestra parte pretender vencer la tentación con nuestras solas fuerzas. Ya está demostrado que no invitar a Jesús a la batalla es una derrota segura. "Dios es fiel y no permitirá que seamos tentados más allá de nuestra fuerzas", nos dice Pablo... Si aquel primer momento fue oscuro, este segundo es luminoso... Y es el que estamos viviendo nosotros.

El camino es de libertad, pues "para vivir en libertad nos liberó Cristo". La derrota de un solo hombre, Adán, trajo la desgracia para todos los hombres. Pero la victoria de un solo hombre, Jesús, trajo la victoria para todos. Con Jesús todos somos vencedores, y jamás, con Él, podremos ser derrotados. Nuestra felicidad absoluta está asegurada. Se necesita únicamente que nos unamos al vencedor, y gocemos de la victoria que Él obtuvo para nosotros."Si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos". Es nuestro camino de salvación eterna, en la que daremos plena satisfacción a nuestras ansias de infinito...

sábado, 8 de marzo de 2014

Dios no es como nosotros

Jesús, Dios y hombre, ama a todos los hombres por igual... Desde la creación, Él, el Verbo Creador, hace salir el sol sobre buenos y malos. Se siente bien con el hombre, por eso lo creó. Dios ha demostrado su infinita fidelidad a cada uno de nosotros, pues con su poder sería capaz de cualquier cosa. El pecado del hombre, que al fin y al cabo no es más que el rechazo de su amor, hubiera sido una buena excusa para tomar represalias sangrientas hasta hacerlo desaparecer. Él tiene el poder de hacerlo. Pero no lo hace, pues su esencia no es destructora sino constructora. El ser de Dios es el amor, como nos dice San Juan: "Dios es Amor". Todos sus movimientos son radicados en el inmenso amor que es su esencia más profunda y que demuestra por todo lo creado, en especial, por el hombre. Por eso, Dios se mueve hacia la compasión, y hace lo que hace el amor: dar nuevas oportunidades, esperar el arrepentimiento, mover a compunción, demostrar más amor para derribar muros de rechazo, obstinarse en el seguimiento, ofrecer premios fabulosos para motivar la conversión, acoger al arrepentido, perdonar al que se duele de su infidelidad...

Los hombres, aun siendo imagen de Dios, nos dejamos llevar más bien, casi desde el primer movimiento, por el escarmiento. Quien rechaza nuestro amor inmediatamente es expulsado de nuestro corazón. Basta un gesto de lejanía o de animadversión de alguien hacia nosotros, para que nosotros mismos nos coloquemos a kilómetros de distancia de quien ose rechazarnos. Al parecer, en esto no hemos sabido ser el reflejo del amor de Dios hacia el hombre. Nuestra línea fuerte es la de la retaliación. Ciertamente, en ocasiones será una retaliación motivada pedagógicamente, pero es, sin duda, el primer movimiento que producimos en nosotros... Jamas se nos ocurrirá dejar que sea la misericordia, a no ser que sea "con los nuestros"...

Los fariseos que seguían a Jesús para espiarlo en sus movimientos estaban seguros que éste tenía que ser el primero de los movimientos hacia los pecadores. Por eso se sorprenden con la actitud de Jesús. Y eso, para ellos, era prueba irrefutable de que ese no podía ser el Mesías que venía a salvar a Israel. Esa no podía ser la conducta de quien venía a establecer la hegemonía de Dios sobre el mundo. Eran demostraciones de debilidad inaceptables: "¿Cómo es que ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?" Si el Mesías venía a establecer un nuevo orden de "fidelidad" a Dios, no podía empezar aceptando en su mesa a quienes eran los primeros infieles... Es lo que hacemos normalmente los hombres "fieles": Inmediatamente alejamos de nuestro entorno a quien no cuadra en los cánones del seguimiento de Jesús: prostitutas, drogadictos, ladrones, lujuriosos, mentirosos, aprovechados, alcohólicos... Todo el que tenga alguna traza de pecador es inmediatamente excluido...

Gracias a Dios, Jesús no es así, pues es Dios. Quizás seríamos nosotros mismos los primeros rechazados... Lejos de retirar su mano a los que son infieles, se las coloca más cerca del corazón, para que se den cuenta de que tienen la posibilidad de una nueva vida, de una conversión, de una renovación en su amor. Jesús sabe muy bien que sólo el amor los hará desistir de conductas negativas. Que muy probablemente el rechazo produzca, al contrario, un reafirmarse en su obstinación pecadora... Y es que esa es su misión. Ya lo decíamos: Jesús ama a todos por igual, pero es feliz rescatando a quien lo rechaza. Si pudiéramos hablar de plenitud en la felicidad siempre plena de Jesús, podríamos afirmar que ésta se da cuando rescata a alguien que está lejos...

El médico es feliz cuando todos están sanos, pero se siente vivo y le da sentido a su profesión cuando tiene que sanar a alguien. El matemático es feliz cuando ha resuelto todos los problemas, pero ve renovada su ilusión cuando se le presenta un problema aparentemente irresoluble. El policía está tranquilo cuando no hay delitos, pero siente que su misión tiene sentido cuando debe enfrentarse a un delincuente. El rescatista está satisfecho cuando no hay a quien rescatar, pero sabe que su misión debe activarse plenamente cuando se tiene noticia de algún desaparecido... Dios está feliz cuando todos son fieles a su amor, pero se siente "más Dios" cuando tiene que dar la oportunidad de conversión, de arrepentimiento, de abrazo de bienvenida a quien retorna a la casa del Padre... Por eso Jesús dice: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan." Si todos fuéramos justos, Dios estaría feliz. Pero la realidad es otra. Jesús ha venido para intentar acercar quien está lejos de Él. Su misión no es la de sostener a los fieles, aun cuando está feliz con ello.Su misión es la de rescate, la del cortejo, la de la conquista...

Es bueno dejar actuar a Dios, pues actúa siempre por amor, y por eso, a favor nuestro. No viene a condenar sino a salvar. Viene a ser para nosotros la cuerda que nos rescata, el salvavidas que nos lanza Dios en medio de la tormenta, la medicina que nos hace falta para sobrevivir. Es absurdo extrañarse de lo que Dios hace, pues si nos ama de verdad, como en efecto es, es natural que haga lo que sea necesario para rescatarnos, para no dejarnos en la tiniebla profunda, para no abandonarnos en el fondo del abismo... Jesús es la mano que Dios tiende a los pecadores... Basta que estiremos la nuestra para agarrarnos de ella y dejarnos rescatar. Al final, es dejarnos amar, pues el amor quiere tenernos a su lado...

viernes, 7 de marzo de 2014

Un aporte para vivir la Cuaresma: CAMINO DE CRUZ, CAMINO DE AMOR (Via Crucis)


1ª Estación: Jesús condenado a muerte
Terrible itinerario te encomienda el Amor,
Aquel al que Dios Padre al mundo te donó,
Faltaba la Corona, faltaba la traición,
Del hombre envilecido, de duro corazón.

Te juzgan con dureza,
Desprecian al amor,
Destruyen tu belleza,
Condenan al gran Sol.

Jesús de mil amores, también yo en mi furor,
Te estaba condenando a sufrir aflicción.
Perdona mi vileza, perdóname, Señor,
Pues mi pecado aumenta mil veces tu dolor.

2ª Estación: Jesús con la cruz a cuestas
Inicias el camino de cruel humillación,
Y con la Cruz a cuestas avanzas en rigor.
Un peso que te aplasta, Jesús de la pasión,
Que lleva en sí la carga de pecado y rencor.

Un dolor que penetra,
Que hiere tu interior,
Que humilla tu grandeza,
Que lleva el desamor.

Señor de mil pesares, la Cruz sin pundonor
Que cargan tus espaldas, me empuja a contrición.
Es mi Cruz la que llevas, pecado y desazón,
Que por amor borraste, y que te causa el horror.

3ª Estación: Jesús cae por primera vez
La Cruz se hace pesada, y te falla el vigor,
Tu cansancio te vence, te hiere el deshonor.
Mis pecados te pesan, te dan gran punición,
Y te lanzan al suelo y a la desolación.

Caer, Señor, sin fuerzas,
Golpear el suelo Dios,
Quedar, en una pieza,
Figura en opresión.

¿Por qué, Señor, te prestas, a semejante función,
Si eres Omnipotencia, en tu gloria de Dios?
Sólo lo explica, Verbo, tu haber hecho asunción
De todos los horrores, en tu vida de amor.

4ª Estación: Jesús encuentra a su Madre
En el camino lleno de herida y de pasión,
Oasis pasajero de la que te parió.
Te encuentras con tu Madre, roto su corazón,
Tu Cruz, la de madera; la de Ella, de dolor.

Tu Madre a ti te entrega,
Hijo eterno de Dios,
Y sufre en entereza
Su personal pasión.

Mi dulce Madre amada, yo te pido perdón,
Ese dolor que cargas es de mi producción,
El peso de tu Hijo, la Cruz de mi sanción,
Es falta que me aqueja, fruto de imperfección.

5ª Estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la Cruz
Tus fuerzas han huido de ti, dulce Señor,
Y el odio del verdugo se mueve a compasión.
Errante peregrino, ese que te ayudó,
Simón el de Cirene, Simón del gran favor.

Observa la fiereza
De aquel torturador,
Simón presta su fuerza,
Completa tu misión.

Cuánto diera, mi Dios, por ser yo ese Simón,
Poner fuerzas enteras, a tu disposición,
Y así aliviar mi pena, descender mi rencor,
Que puso aún más peso en tu Cruz de dolor.

6ª Estación: La Verónica enjuga el rostro del Señor
Bañado está tu rostro, de sangre y de sudor,
La Verónica acerca un pañuelo de amor,
Y tú, en hermoso gesto, como buen pagador,
Le regalas tu imagen, le dejas tu visión.

El rostro que tú entregas
Es signo de tu amor
A todo el que te quiera
Y alivie tu dolor.

Señor, cuánto quisiera ser yo el enjugador
De tu rostro que sufre, que muerde el desamor.
Dame estar a tu lado, déjame la impresión,
En el velo escondido de mi cruel corazón.

7ª Estación: Jesús cae por segunda vez
Fuerza desvanecida, final de extenuación,
El cansancio y el peso llegan a conclusión,
De nuevo por los suelos, tu ser de donación.
Golpeado y agobiado, estás en postración.

Te acaricia la tierra,
Te hiere el desamor,
El mal se yergue en vena
Y clava su aguijón.

Te había visto ya, mi Dios y mi Señor,
En la tierra caído, tu vida en extinción,
Mi pecado, no obstante, seguía su misión,
Te aplastaba y te hundía en más humillación.

8ª Estación: Jesús consuela a las santas mujeres
Qué clara Tú tenías, Señor, tu vocación.
A la tierra venías a dar consolación.
Las mujeres, llorosas, reciben de tu amor
Sosiego en el castigo, alivio en su aflicción.

Mujeres que en su pena
Se acercan al Amor.
Reciben dulce y tierna
Frescura en el dolor.

Que yo sea, Señor, igual en esa acción.
Que a todos siempre lleve paz y confortación,
Que alivie con presteza los signos de dolor
Y como Tú, dé siempre sosiego en la pasión.

9ª Estación: Jesús cae por tercera vez
El vigor ya te huye, vida en declinación,
Tres veces ya que caes, tres veces por amor,
Y tres veces el hombre, viendo tu destrucción,
Levanta en vilo al Santo, que siga su pasión.

El pecado es tristeza,
Fuego de fundición,
Que quema, que penetra,
Que arruina en desazón.

Renuncio a esa tu ruina, renuncio, mi Señor,
No quiero ser más causa que te lleve al horror,
Levántate Dios hombre, y dame, por favor,
Dame a mí tu caída, a mí la humillación.

10ª Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras
Dar gusto a toda ira, dar mortificación,
Tus ropas despojadas, al mundo de traición,
No dejas a ti nada, sólo degradación,
Y a nada más aspiras, sólo a la Redención.

Hasta tu ropa entregas,
Mi Señor del amor.
Sólo tu vida queda,
Postrera donación.

No quiero que te vean en esa situación,
Humillado al extremo, con tus carnes al sol,
Cubrir tu piel tan pura, Señor, de corazón,
Me lanzo en tu rescate, te tapo con mi amor.

11ª Estación: Jesús es crucificado
Llegados al lugar de la satisfacción,
Ya cumplido el encargo, cumplida la misión,
Un altar de madera, lugar de tu oblación,
Te clavan con impía indolencia y fruición.

Un Gólgota de fieras,
Acoge sin honor,
A Aquél que todo entrega,
Hasta su vida en flor.

Te miro yo en tu entrega, me muevo a compasión,
Los clavos que te atan al sitio en reclusión,
A la Cruz que es cadalso, que es lugar de dolor,
A la Cruz que, en contraste, será mi salvación.

12ª Estación: Jesús muere en la cruz
No había ya más nada, sólo la conclusión
De tu vida en la tierra, de tu paso hacia el Sol,
El último suspiro, tu final de pasión,
La muerte que se yergue en último blasón.

Al Padre le encomiendas
Tu espíritu, tu don.
Ni la muerte ya enmienda
Nuestro terrible error.

Fui yo la última causa, yo fui el provocador,
De tu muerte de pena, tu vil expiración,
Has muerto por mi culpa y por mi obstinación,
Mi pecado es verdugo, tu causa de aflicción.

13ª Estación: Jesús en los brazos de su Madre
Cuánto dolor se cumple entre la Madre y Dios,
Lágrimas de María, mueven a compunción.
En sus brazos el Hijo muerto por el rencor,
Espada que atraviesa rompiendo el corazón.

La Madre, sin belleza,
Traspasada en dolor,
Recoge la materia,
Del Hijo Redentor.

A tu lado, María, me postro en deshonor,
Para llorar contigo la muerte del Señor.
Tú lloras a tu Hijo, yo lloro al Redentor,
Y lloro por causarte tan grande y vil dolor.

14ª Estación: Jesús es sepultado
Para no abandonarte en tu muerte, Señor,
Te llevan a enterrarte en oscuro rincón.
Un sepulcro cavado, tu última mansión,
Soledad que es el signo de abandono mayor.

Te recibe la tierra,
A Ti, su Creador,
Y te acoge serena,
Espera tu esplendor.

La muerte es el reposo del guerrero, Señor,
Tu descanso sereno, espera el resplandor.
Allí contigo al lado, allí sembrado estoy,
Llorando y a la espera de tu Resurrección.

Ayunar de la injusticia

Dios conoce lo más íntimo de los hombres. Escruta profundamente sus deseos, sus intenciones, sus motivaciones. Nada hay oculto a su mirada de Padre que, con ser tan amoroso, no deja jamás de ser justo. O precisamente, porque ama infinitamente, ama también infinitamente la justicia y rechaza al que pretende burlarse de su amor cometiendo injusticias... Todo lo que hacemos como obras concretas tiene delante de Él la justificación, es decir, Él conoce perfectamente qué lo ha motivado, cuál intención persigue, qué deseo busca satisfacer... Por eso, es absurdo pretender engañar a Dios con obras que no surgen realmente de corazones convencidos, de corazones ganados al amor, de corazones solidarios y que buscan el bien. Si un corazón simplemente busca manipular aparentando bondad, cuando lo que hay en realidad en él es malicia, eso ya lo ha descubierto Dios en su ciencia infinita...

Jesús, al iniciar el itinerario cuaresmal, nos ha invitado a ayunar, a hacer oración y a dar limosna, pero con una condición: que sea un trámite entre el Padre y nosotros, entre el Padre y tú. No hay que sonar trompetas ni hacer barullo ni publicidad por lo que se hace en función de estas tres obras. Eso las haría ya ilegítimas y las haría perder su valor, aun siendo obras buenas. Es del corazón del hombre donde surge lo que las hace válidas, salvíficas, rentables en eternidad...

Por eso es que los hombres en innumerables ocasiones perdemos la riqueza de lo que podemos vivir verdaderamente. Por estar pendientes de recibir reconocimientos incluso del mismo Dios, pero también de los hombres, hacemos ya nuestras obras merecedoras de escarmiento, aunque, repito, sean muy buenas. Las obras deben descubrir lo que realmente se vive interiormente, y no un disfraz de lo oscuro que existe en el interior de los hombres. ¡Qué lamentable saber que hay quienes se aprovechan de operativos, de programas extraordinarios, de momentos de tragedias o de crisis, para dejar ver su pobreza de espíritu, que está la vista de todos, adornándolas con obras de supuesta caridad, de supuesta solidaridad! ¡Peor aún cuando con esas obras espasmódicas persiguen alguna justificación de lo malo que hacen o que por ellas busquen cancelar de la mente de todos -¡hasta del mismo Dios!- la inmensa deuda de humanidad, de amor, de solidaridad, que tienen con todos!

Dios desprecia esos movimientos. A Dios le repugnan. Dios no quiere eso para sí ni para los suyos. Por eso, lo escuchamos decir: "El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne". Nada de lo que hagamos tendrá valor si no va revestido del amor, de la justicia, de la solidaridad que existe en el corazón. De lo contrario, actuar "por operativos" sólo dejará el sabor de humillación en el que es auxiliado y el sabor del desprecio de parte de Dios...

La Cuaresma debe hacernos apuntar a purificar lo más íntimo de nosotros. Es muy peligroso para nosotros mismos, para nuestra autenticidad, para nuestra eternidad, el que nos empeñemos en seguir en las rutas del disfraz. Después del carnaval viene la Cuaresma. Esto significa que debemos echar fuera los disfraces de solidarios, de caritativos, para revestirnos de lo que seremos realmente en nuestro interior, al dejar a un lado lo falso y dejar entrar lo auténtico... Es dejarnos invadir realmente del amor de Dios que quiere actuar desde nosotros. No se trata sólo de ponerse con transparencia delante de Dios, de entrar en contacto de amor con Él y tenerlo por nuestro principal tesoro, sino de ir más allá, demostrando a los hermanos que amamos a Dios porque los amamos a ellos de verdad, porque somos capaces de colocarnos cada uno en el segundo lugar, poniéndolos a Dios y a ellos en el primero de todos... Nos descentramos de nosotros mismos haciendo que lo verdaderamente importante sea cumplir al pie de la letra los mandamientos del amor a Dios y al prójimo, los primeros y los que resumen todo lo que debemos vivir como cristianos auténticos...

El ayuno que debemos hacer es el de la malicia, el de la injusticia, el del desamor. Nos llenamos con las obras negativas, y ellas nos producirán la muerte. Lo sano y lo más inteligente es que nos alejemos de ellas y nos coloquemos en la línea de la voluntad divina. Al fin y al cabo, "Él quiere que todos los hombres se salven". Y allí estamos incluidos nosotros mismos. Dios quiere nuestra propia salvación. Y ella pasará por nuestro ayuno, el de las obras malas, el de lo que nos destruye a nosotros y a los demás, el que borra su sello de amor en las cosas maliciosas que realizamos, aunque exteriormente sean obras buenas... Que sean obras que surjan de lo que vivimos en el corazón, cuando nos dejamos invadir del amor, de la justicia, de la solidaridad fraterna... Es lo que Dios quiere. Y es nuestra salvación y la de los demás...

Cuando vivimos así, es siempre fiesta, pues siempre está el amor con nosotros. Y con él, estamos llenos de justicia. Al tenerla, no tendremos que hacer ayuno, pues estamos llenos de lo que verdaderamente vale, de lo que Dios quiere... Jesús le dice a los fariseos: "¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán." No se puede ayunar de lo bueno. Se debe ayunar de lo malo... Del desamor, de la injusticia, de la falta de solidaridad...

jueves, 6 de marzo de 2014

Tú decides: Libertad o esclavitud

Ser libres o ser esclavos lo decidimos nosotros mismos. La vida o la muerte la elegimos cada uno... Ninguno de nosotros está "fatalmente" predestinado a vivir en la oscuridad o en la luz. En todo caso, si a algo estamos predestinados es a la salvación, como meta final que quiere Dios para cada uno de sus hijos. Su obra de salvación apunta definitivamente a que cada uno tenga la opción de la felicidad eterna ante sí, de modo que sólo sea un movimiento hacia ella la que la haga posible en su vida... De este modo, son dos cosas las que están en juego. Por un lado, la voluntad salvífica universal de Dios, que es absolutamente cierta, y que ha sido comprobada plenamente en todo lo que ha hecho Dios en favor de los hombres en la historia de la salvación... Esta voluntad divina tuvo su momento culminante en la entrega de su Hijo a la muerte por amor a nosotros, que empezó con la historia más entrañable del Dios que asume la humanidad con todas sus consecuencias, desde el inicio de la misma en el vientre de una mujer. Dios nos ha dejado bien clara su intención: "Quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad", nos dice San Pablo... Es el camino que Él abre para cada hombre y mujer de la historia, y que ellos pueden recorrer sin obstáculos de ninguna clase, pues es camino franco.

Pero en este caminar entra en juego otro factor que es esencial: El de la libertad de los hombres, que es el tesoro más valioso -fuera de su amor, o mejor, gracias a su amor-, con el que Dios ha enriquecido a la humanidad. Dios ha cargado al hombre con características propias, cualidades que le pertenecen sólo a Él, las cuales ha querido que sus criaturas predilectas vivieran igual que Él. Al decretar que el hombre fuera hecho "a su imagen y semejanza", fueron muchas las marcas suyas con las que selló al hombre: Lo hizo capaz de amar, le dio inteligencia y voluntad, lo hizo capaz de razonar y de discernir, lo hizo capaz de programar, de planificar y de elegir las rutas por las cuales avanzar. Todo eso se resume en la capacidad plena de la libertad que es propia de Dios, por la cual el hombre es responsable absoluto de sus actos, por cuanto es él quien decide, asumiendo todas las consecuencias...

Cuando ambos factores se conjugan positivamente, se da la posibilidad de la salvación. Por un lado, podemos estar seguros de que Dios siempre pondrá a la vista la realidad que Él ya alcanzó para todos los hombres: El perdón de los pecados, la purificación que logró Jesús en la Cruz lavando a cada uno con su propia sangre divina, la apertura de la ruta hacia la felicidad eterna, junto al Padre, en el cielo del Amor que nunca acaba... Es decir, Dios nunca fallará en la parte que le corresponde. La otra parte es la que se pone en riesgo, pues el hombre, haciendo mal uso del tesoro de la libertad que le ha regalado Dios, puede cometer las torpezas más grandes de su vida. Por eso Yahvé aclara a Moisés las opciones que tiene cada hombre: "Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios, que yo te promulgo hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás". Es la consecuencia de colocarse en la línea de la vida, en la línea de aceptar ya no sólo el regalo de la libertad sino, más allá, el del amor que perdona, que purifica, que abre las perspectivas de eternidad feliz...

Sin embargo, por la historia de la humanidad sabemos que los hombres son torpes. Y por eso, Dios, sabiéndolo, le dice a Moisés: "Pero, si tu corazón se aparta y no obedeces, si te dejas arrastrar y te prosternas dando culto a dioses extranjeros, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio, que, después de pasar el Jordán y de entrar en la tierra para tomarla en posesión, no vivirás muchos años en ella". La realidad del claroscuro está allí, frente al hombre. Las opciones que Dios coloca a Moisés son, esencialmente, las mismas que tenemos cada uno de nosotros. Podemos no alinearnos positivamente con la voluntad salvífica de Dios y colocarnos en una ruta que, por el contrario, traerá para nosotros la absoluta frustración, la pérdida total de la vida, la elección de la oscuridad más cerrada...

En la Cuaresma, la Iglesia nos propone la posibilidad de discernir bien cuál es el camino que debemos elegir. Si es el de la luz o el de la oscuridad. Si es el de la libertad o el de la esclavitud. Si es el de la vida o el de la muerte. Hemos nacido para estar con Dios. Y seríamos de verdad extraordinariamente torpes si, dejando que venza nuestra soberbia, nuestro egoísmo, nuestro odio, nos vamos por el camino que nos lleva al precipicio más profundo y trágico que podemos vivir, el de la separación de Dios, de su amor y de su luz...

La palabra de Jesús nos da la clave para fortalecernos en la elección de la salvación: "El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?" No es una buena inversión querer salvar la vida lejos de Dios. Es la pérdida absoluta. La libertad que Dios nos ha dado no significa que puedo hacer lo que me venga en gana, aun aquello que me aleje de Él. Eso tiene como consecuencia la esclavitud, la muerte, la oscuridad... La libertad es un instrumento mejor cuando gira alrededor del objeto correcto. Y este es, sin duda, el de la voluntad de Dios, el de la salvación, el de su amor, el de la felicidad que nos da para toda la eternidad junto al Padre del Amor...

miércoles, 5 de marzo de 2014

Convertirse es una buena inversión

Cada vez que empieza la Cuaresma, estas palabras de San Pablo me hacen entrar en el ambiente propio que se nos pide a los cristianos para iniciar el itinerario de conversión al que se nos invita: "'En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda'; pues miren, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación". La Cuaresma es el tiempo favorable para la conversión. Aun cuando el acento es puesto en la penitencia, en el arrepentimiento, en la "limpieza" interior para dejar abierto el campo para el perdón y la misericordia de Dios, la meta es, precisamente, la gloria, la salvación, la felicidad eterna... En el camino del cristiano nunca las cosas quedan a medias. Si buscamos el perdón de Dios con el arrepentimiento y la firme intención de cambiar, lo que se obtiene es infinitamente compensador, sobrepasa lo esperado. Y es que Dios no se deja ganar jamás en generosidad...

Las dos frases típicas del día en que se inicia el camino de la Cuaresma, Miércoles de Ceniza y que pronuncian los ministros al colocarnos las cenizas en la frente: "Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás" y "Conviértete y cree en el Evangelio", son complementarias. La primera apunta a lo negativo y la segunda a lo positivo. Ninguna de las dos es absoluta en sí misma, por cuanto ambas se necesitan para dar la idea de la globalidad de lo que se busca en la Cuaresma, en el itinerario de la conversión... En la primera se nos pone a la vista la temporalidad de nuestra vida terrena, en cuanto nuestra realidad es absolutamente frágil, pasajera, de indigencia. Dios nos ha hecho del polvo y nuestros restos materiales volverán a la humildad de la tierra. Nada de lo que es material vale tanto la pena como para que nos entreguemos a ello, pues todo es vano, desaparecerá. Los que se ocupan exclusivamente de eso vivirán la más grande frustración de sus vidas, pues nada lo podrán cargar en la vida eterna. Perfectamente lo expresó el Papa Francisco hace unos días: "Las mortajas no tienen bolsillos"... Con todo, no es totalmente despreciable la realidad material, pues es en ella donde se siembra lo que se cosechará en la eternidad. Seremos lo que somos hoy. Y por eso hay que apuntar a complementar este itinerario con la segunda frase...

"Conviértete y cree en el Evangelio", es decir, cambia de rumbo, cambia de pensamientos y de conducta, y apunta tu interés en el Evangelio, la Buena Nueva del amor de Cristo, la que te anuncia la salvación eterna. Tu realidad, aunque sea  pasajera, te sirve para que en ella des razón de lo que crees, de lo que esperas. Te sirve para que manifiestes lo importante del amor que has recibido y al que respondes con ilusión y con compromiso. En esta vida debes comprometerte a amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser, y a los hermanos como a ti mismo. Y más aún, a amarlos como sabes que Cristo te amó. La vida diaria es el escenario donde debes desarrollar el mandamiento del amor. No tienes otra posibilidad. Si quieres ganar el cielo, debes entender que el pulso lo debes hacer aquí y ahora. No hay tiempo que esperar.

La conversión, de esta manera, es un camino que exige dos movimientos. El primero, de arrepentimiento, de perdón. Es ponerse delante de Dios, escrutar la propia vida, descubrir lo que nos ha alejado del camino hacia el amor, dejar bajo la luz de Dios las infidelidades a su amor, los odios, los rencores, las bajezas, las "muertes" que hemos producido en los hermanos... Dolerse al saber que esos actos desdecían de nuestra condición de redimidos, por la cual estamos comprometidos a siempre crecer y a nunca disminuir. Salir de la oscuridad en la que nos escondemos, para dejarnos descubrir por Dios para que Él nos ilumine con su Luz de Amor, que todo lo sana, que todo lo limpia, que todo lo enriquece..

El segundo, el de apuntar a asumir lo extraordinario de la noticia más excelente que hemos podido recibir: Que Dios nos ama, que nos ha creado por amor, que no va a permitir que nos quedemos heridos y postrados en el camino, que hará lo que sea necesario para rescatarnos, para montarnos sobre sus hombros, que va a caminar en vez de nosotros, con nosotros en esos hombros robustecidos por su amor, para hacer el trecho que nos lleve a la meta de la felicidad eterna... Que nos va a regalar a su propio Hijo para que se atraviese delante de las flechas que vienen hacia nosotros, que Él recibirá las balas que pretenden asesinarnos y que el muerto será Él. Pero que su muerte es nuestra curación, pues con ella morirá todo el poder del mal, del demonio, del pecado... Y que resucitará, triunfando portentosamente. Y que con Él resucitaremos todos, que su victoria es nuestra porque Él nos la regala, aunque no hayamos hecho nada a favor para obtenerla...

Ese es el final del camino. Convertirse es llenarse de la ilusión de llegar a esa meta. Es deslastrarse de todo lo que impida emprender ese vuelo maravilloso hacia la presencia amorosa del Padre, que nos quiere junto a Él y que nos espera. Basta que nosotros hagamos nuestra parte, que lo que queda, lo infinito, lo verdaderamente importante, lo hará Él mismo. Un solo paso nuestro será suficiente para que Dios dé el millón de pasos que lo acercará a nosotros... Por eso "ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación". Lo que se nos exige es nada comparado con lo que nos da Dios. Una voz que grite pidiendo perdón por los pecados es suficiente para escuchar el canto hermoso de la Nueva Creación en nosotros, con la bella voz de Dios que nos dirá: "Pasa a gozar de la dicha de tu Señor..."

martes, 4 de marzo de 2014

Ser santos es lo normal

La vocación a la Santidad es universal. La invitación que hace Jesús a "ser santos como el Padre celestial es santo", no discrimina a nadie. De nuevo, Pedro, haciéndose eco de la llamada de Jesús, repite lo que ya había dicho también Yahvé en las indicaciones que ponía al pueblo de Israel al que llamaba a la fidelidad: "El que os llamó es santo; como él, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura: 'Seréis santos, porque yo soy santo'." Son dos consideraciones las que hay que tener para poder responder a la llamada a la santidad: Por un lado, la justificación, y por el otro, la magnitud...

Dios justifica su llamada a la santidad "porque yo soy santo". Podríamos decir que Dios coloca su esencia como condición por la cual responder afirmativamente a la santidad a la que Él llama. En un proceso de razonamiento lógico, es natural que así sea, por cuanto la creación que Dios realiza, en referencia al hombre es: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza"... Y esto incluye su santidad esencial. Dios crea al hombre "igual" a Él. Lo hace libre, lo hace capaz de amar, lo hace capaz de razonar, de discernir, de decidir, dándole la inteligencia y la voluntad... Pero también, como Él, lo hace en condición de santidad. Es el sello por el cual Dios hace al hombre suyo, dejando bien claro cuál es su origen. Todas las capacidades del hombre las tiene por concesión amorosa de su Creador. Ninguna de ellas le viene por propia iniciativa. No es capaz el hombre de añadir nada bueno a su condición de criatura, pues si así fuera, sería superior a Dios. Lo bueno del hombre no es por sí mismo, sino que es fruto de lo que él pone a funcionar en orden a lo que Dios quiere. Si llega a ser mejor es porque ha potenciado lo que el mismo Dios le ha regalado... Y al contrario también, tristemente para él... Cuando el hombre, en uso de su libertad, prerrogativa que Dios mismo le ha donado, se decide por el camino del mal, se opone a su esencia y destruye lo que Dios ha construido para él... Puede llegar a usar mal de su capacidad de razonar y de decidir, alejándose de Dios, dando coces contra el aguijón y destruyendo en sí mismo la santidad original en la que debería vivir... Es el pecado, oponerse al camino que Dios traza al llamar a la santidad para parecerse más a Él...

Jesús, además, coloca la magnitud a la que está llamado el hombre en su camino a la santidad: "Sean santos como el Padre celestial es santo". No se trata de obtener exactamente la medida de la santidad de Dios, sino de obtenerla en la medida en que la humanidad pueda llegar al máximo que le pueda permitir esa naturaleza. "Así como Dios es santo en su divinidad, sean ustedes santos en su humanidad", sería una traducción aceptable de la llamada de Jesús. No nos pediría Él algo que no va de acuerdo a nuestra misma naturaleza. Si lo hiciera, nos estaría poniendo una meta inalcanzable, lo cual no cuadra bien con su justicia infinita... Por eso, nuestra condición de santidad es "análoga" a la condición de santidad de Dios. En este sentido, Dios quiere que demos rienda suelta a lo que nos hace santos: al amor, a la verdadera libertad, a la justicia, a la siembra de los valores y de los principios en nuestra realidad cotidiana. La santidad, de esta manera, debe ser vivida como una condición de vida normal, y no extraordinaria, como lamentablemente muchos piensan. La santidad debería ser el estilo de vida "normal", pues en esa condición hemos sido creados. Nos hemos hecho a la idea de que la santidad es sólo para los héroes, cuando debería ser lo contrario. Los "héroes", en cuanto a la fuerza que deben hacer contra sí mismos, son los que se deciden a ir en contra de lo que debería ser normal. Serían héroes negativos, pues alcanzan las metas más bajas que deberían evitar al máximo... Ya lo decía la Beata Madre Teresa de Calcuta: "La santidad no es el privilegio de unos cuantos, sino la sencilla obligación de todos"...

En ese camino de santidad Dios nos pone muchos caminos. El primero y más ordinario es el de la consagración del mundo, con sus realidades cotidianas, viviendo el día a día en la presencia de Dios. Es el de los laicos que deben avanzar por el tráfago diario y mantener con su esfuerzo, a veces titánico, su fidelidad a Dios. Es la búsqueda incesante de mantenerse como amigos íntimos del Señor, a pesar de que haya fuerzas que lo quieran alejar de Él. Es sentir que ese Dios que los llama no los deja solos en ese caminar, sino que va allí, con ellos, dándole la mano para que no desfallezcan, llenándolos de la ilusión y de la alegría de avanzar firmemente en medio de los obstáculos que el mal siempre colocará, viviendo la satisfacción no sólo de vencer, sino de saberse en las manos de Dios, que es lo que más vale la pena en la vida...

El otro camino, mucho menos transitado, es el de la consagración absoluta y exclusiva al trabajo por el Reino de Dios en el mundo. El que dice Pedro que han hecho ellos: "Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido." No es superior ni mejor ni más fácil o más difícil que el de los laicos. Es distinto. Tiene también sus exigencias, algunas iguales, otras distintas. Pero es solamente otro camino diverso por el cual responder a la llamada a la santidad. No debe pensarse que uno sea mejor y otro peor. Simplemente son rutas diversas con la misma meta: la de la santidad, la del amor a Dios, la del servicio a los hermanos, la de la justicia y de la paz... Dios mismo lo ha colocado como posibilidad a los dos, por lo tanto, al surgir de su corazón de amor, ambos son igual de buenos... La respuesta de Jesús a Pedro es tremenda: "Les aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros." Esa realidad de vida eterna no está reservada sólo para quienes se consagran a Dios. Es realidad para todos, pues todos somos llamados a la salvación. Sólo que en este camino de consagración las condiciones serán las que Jesús refiere... Persecución, incomprensión, pobreza, soledad... Todo compensado por la elección del camino que llena, que es el del servicio exclusivo a su amor y al amor de los hermanos, que dará un rédito del ciento por uno...

Dios no hizo el camino de la santidad "fácil" ni en una sola ruta posible. En su infinito amor por nosotros nos puso varias posibilidades, para que en nuestra libertad seamos capaces de escoger, de elegir, la que más se adaptara a nuestra condición personal. El único fin es el de llegar al cielo, a la salvación plena, a la felicidad total junto a Dios. Basta que en el camino que elijamos nos hagamos servidores de Dios y de los demás dando rienda suelta al amor, y haciéndonos por ello santos en el caminar...

lunes, 3 de marzo de 2014

No hace falta "ver" a Jesús

No lo hemos visto, pero lo amamos y creemos en Él... Y esto, porque sabemos todo lo que hizo por nosotros, y todo lo que nos ha regalado con su entrega... Muchas veces anhelamos haber sido uno de los apóstoles, o al menos, alguien que haya vivido en el tiempo de Jesús. Creemos que si así fuera, no hubiéramos tenido absolutamente ninguna duda en nuestra fe... La verdad es que no debemos ver sólo a María o a Juan o a la Magdalena, que se mantuvieron firmes en la fe hacia Jesús, hasta acompañarlo en su terrible muerte en Cruz, confiando en que Él era el Mesías prometido, a pesar de que las evidencias decían todo lo contrario... Es sorprendente esa actitud de fe. Incluso la del "ladrón bueno", San Dimas, que viendo a Aquél que moría junto a Él, a pesar de verlo derrotado totalmente, perdiendo hasta el último resuello de vida, fue capaz de mirar más allá y pedirle a Jesús que se acordara de él "cuando estés en tu reino". No es lo normal. Los hombres nos movemos por evidencias y cuando no las tenemos inmediatamente dejamos de confiar...

Basta fijarse en otros ejemplos de los contemporáneos de Jesús. Los fariseos, aun viendo las maravillas que realizaba y escuchando su mensaje de justicia, de fraternidad y de paz, ni siquiera se plantearon mirarse hacia dentro y cuestionarse en su conducta. Quienes adversaban a Jesús y habían ya endurecido su corazón, queriendo mantener un poder religioso o político por encima de cualquier otro interés, simplemente se cegaban a todas las evidencias que les presentaba el que era el Hijo de Dios. No importaban los milagros, las curaciones, las multiplicaciones de los panes, las entradas en lo más íntimo de cada uno leyendo hasta sus pensamientos e intenciones. Nada de eso era suficiente. Su corazón estaba tan endurecido que ni siquiera el derramamiento del amor más grande fue capaz de derrumbar tal dureza...

Pero aún más triste y sorprendente fue la reacción de los suyos, aquellos que habían sido elegidos por Jesús para ser sus íntimos para "estar con Él", quienes lo acompañaran en todas sus travesías, quienes fueron testigos de todas y cada una de sus maravillas, de sus palabras, de sus gestos de amor. Judas Iscariote llegó al extremo de acordar con quienes querían poner a Jesús fuera de combate, para, con una suma ridícula, entregarlo a la ignominia y a la muerte. Judas había visto todo lo que había hecho Jesús. Había sido tratado por Él con una deferencia superior a la de los otros, cuando fue elegido para ser el administrador de los bienes del grupo de los apóstoles. Era, prácticamente el "segundo de a bordo", después de Pedro. Y fue el que lo entregó...

Luego está Pedro, el primero de todos. Su cobardía lo hizo capaz de negar a quien le había demostrado tanto amor, el mismo que lo había elevado por encima de todos, el que lo había colocado como piedra fundamental de la Iglesia, el que lo rescató de las aguas cuando se hundía, el que le dijo que lo haría pescador de hombres cuando él se reconoció como un gran pecador... Fue capaz de decir "no lo conozco" en la hora crucial...

Todos los apóstoles, salvo Juan, desaparecieron en la hora última. Jesús fue acompañado sólo por su Madre, por Juan y por la Magdalena, a la terrible experiencia de la Cruz. Los demás se habían escondido atemorizados porque podían correr la misma suerte...

No fue suficiente haber estado con Jesús, haber sido contemporáneos suyos para tener mas fe en Él. La evidencia no basta. Si esa así, ¿entonces qué es necesario para mantenerse en su fidelidad? Sencillamente el amor. Tener la certeza absoluta e inquebrantable del amor que Dios derrama sobre nosotros en Jesús, en su entrega, en su providencia amorosa para con nosotros, en su donación radical en favor nuestro, en su ofrecerse en vez de nosotros para satisfacer nuestra culpa, cargando sobre sus espaldas los pecados que nunca cometió. Saber que siempre estará a favor nuestro, pues lo que hizo una vez lo hará siempre, y nunca desdecirá de la obra que quiere seguir realizando en nuestro favor. Estar convencidos de que aquello que hizo lo hizo porque nos ama infinitamente, pues nadie jamás hará algo similar, por mucho amor que nos tenga. Sólo Él es capaz y será siempre capaz de hacerlo...

Y es la respuesta del amor que debemos dar nosotros a Él. Es la donación de nosotros mismos para dejar que nos ame. Es abrir el corazón para que ese amor se haga nuestro. Es dejarse llamar por Él para ser de los suyos. Y para eso no hay necesidad de haber convivido con Jesús, pues quien no ha tenido la experiencia del amor, por muchos años que viva con Él, jamás se dejará conquistar totalmente. Basta darse cuenta de que todo lo hace sólo para nuestro bien, sin buscar otras prebendas más que nuestra salvación en su amor...

Es poner la confianza sólo en Dios y en su amor, que es la única compensación posible para la entrega que Él mismo ha hecho por nosotros. No hay otro camino. "Ustedes no han visto a Jesucristo, y lo aman; no lo ven, y creen en él; y se alegran con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de su fe: su propia salvación..."

domingo, 2 de marzo de 2014

Dios es también Madre

Entre las imágenes más entrañables que podemos apreciar los hombres está la de una madre que cuida con amor y con esmero a su criatura recién nacida. Es hermoso ver cómo no hay lugar para el cansancio por los detalles, por las horas que hay que dedicarle, por la ternura de las caricias, por la delicadeza de los gestos para con él, por la preocupación por la razón de su llanto... En la madre todo es dedicación, sin importar ella misma. Importa su bebé y más nada. Todo el mundo alrededor prácticamente desaparece, pues el centro de sus atenciones y de su amor es su niño... Los hombres, y también los animales en general, podemos agradecer a Dios ese instinto de maternidad que ha impreso en todas sus criaturas...

No podía ser de otra manera. Dios mismo designó que esa delicadeza estuviera dentro de los instintos de sus criaturas. Y más aún, por ser racional y profundamente discernido y decidido, en la mujer. Cuando decretó: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", ya estaba incluyendo esta tendencia natural, potenciándola con el razonamiento. Era su imagen la que estaba imprimiendo. Y Dios es un Dios tierno, que se ocupa de sus hijos con la máxima de las ternuras. "¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré". En Isaías Dios toma la imagen de la madre para decirnos lo que Él es. Es la primera vez que el mismo Dios utiliza esta imagen para hacer la mejor descripción de sí mismo. Dios es una madre que se ocupa continuamente de su criatura, que no la olvida jamás, que está siempre pendiente de ella, que no sólo la ha creado, sino que además ha establecido en su providencia infinita la donación de todo lo que necesita, la creación de las condiciones para que esa providencia sea real, para que a ella no le falte nada de lo que necesite para vivir bien.

Por eso los hombres no podemos jamás perder la perspectiva de dónde descansa nuestra vida. Ella está en las manos de Dios. Nuestra vida está en Dios y de esas manos jamás será sacada, a menos que seamos nosotros mismos los que nos desarraiguemos de ella. Como la rama del árbol que tiene la vida por el tronco, que es Dios, así mismo, el hombre tendrá su vida del Dios con el cual se encuentra esencialmente unido. El hombre, sin Dios, es nada. No tiene perspectivas de futuro, sino sólo de su inmediatez. Tristes los que apuntan a una "eternidad sin Dios", pensando sólo en que su legado en los hijos o en las obras que haya realizado serán las únicas realidades en las que perdurará... Por la Palabra que Dios nos ha regalado, sabemos los cristianos que nuestro futuro está en Dios, tal como está nuestro presente. Dios es eterno, y al unirnos a Él, también los hombres lo seremos. Sin Dios, no tenemos ningún futuro trascendente. Estamos llamados a lo más alto de nuestra existencia, no por nosotros mismos, sino porque Dios lo procura y nos lo dona amorosamente.

Si nuestra vida apunta a esa eternidad feliz, todo lo que hagamos debe ser una especie de siembra en esperanza en todas nuestras obras. Dios ha sido ya providente con nosotros al darnos nuestra inteligencia y nuestra voluntad para procurarnos los bienes que necesitamos para llevar una vida decente, de progreso, de bienestar general... Y esa misma capacidad la tenemos para, en cierto modo, ser también "providencia" para nuestros hermanos. Dios ha establecido en su designio amoroso, que los unos nos ocupemos de los otros. No podemos vivir desentendidos de las necesidades de nuestros hermanos, particularmente de los que más necesitan. Cuando alguien espera de Dios, muchas veces lo que está deseando es que nuestra mano se aparezca en su ayuda, como enviados de Dios para él...

Por eso Jesús nos dice: "No estén agobiados por la vida, pensando qué van a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?" Todo entra en el plan de salvación de Dios para con el hombre. También su plan de providencia. No quiere decir que no vayan a existir necesidades o problemas. Significa que Dios se ocupa de crear las condiciones para que se puedan resolver. Y que todo lo que nosotros hagamos sea en función de apuntar a avanzar por las rutas que conducen a la eternidad feliz. "No se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos". Lo verdaderamente importante, sin que por ello lo demás no lo sea, pero en grado inferior, es la procura de aquella vivencia plena junto a Dios, que tendrá su zenit en el cielo, junto al amor de Dios.

La llamada de Jesús tiene muchísimo sentido en este respecto: "Sobre todo busquen el reino de Dios y su justicia; lo demás se les dará por añadidura". Los hombres estamos llamados a adelantar la vivencia del Reino en nuestros días, de modo que lo futuro sea simplemente la confirmación de lo que ya hemos estado viviendo acá. El cielo eterno será la consecuencia del cielo cotidiano que vivamos en nuestra vida diaria. En todo, aplicar la justicia de Dios, vivir la misericordia y el amor, apuntar a la creación de las condiciones mejores de vida para todos los hermanos, hacer de la fraternidad y la solidaridad nuestro signo de vida característico... Es la realidad de la vida del cristiano.

Se trata, finalmente, de vivir en la esperanza. La esperanza teologal apunta a vivir en la añoranza de la realidad eterna prometida por Dios, a poder hacer nuestro eternamente el amor de Dios, en el cual viviremos la felicidad que no se acabará jamás. Pero será una esperanza que se cumplirá sólo en la medida en que hagamos cumplidas también las pequeñas esperanzas cotidianas que nos exige nuestra vivencia de la fe, con un claro sentido comunitario de ella, sintiéndonos verdaderamente hermanos, cobijados todos por esa madre que es Dios que jamás se deja de ocupar de sus criaturas...

sábado, 1 de marzo de 2014

Necesitamos orar

Con frecuencia criticamos a los "espiritualistas" que rehuyen de su compromiso en el mundo escondiéndose en prácticas de piedad que los abstraen de toda obra social, en favor de la justicia, de la paz, de la fraternidad, de la solidaridad humana. Ciertamente su postura es equivocada, por cuanto en ningún momento la fe puede servir de "parapeto" tras el cual ocultarse, como el avestruz que entierra su cabeza para no enterarse de todo lo que está ocurriendo a su alrededor, pretendiendo con ello convencerse de que "no está pasando nada"... Pero en ocasiones, esta crítica deja de lado el otro lado de la moneda, el de los "mundanistas", que consideran que el hombre de fe sólo debe ocuparse de su entorno social, que debe ser sólo un activista que procure las mejoras sociológicas sin importar más nada... Se trata de la otra cara de la moneda en el sentido de que ambas caras presentan posiciones erradas, una por defecto y otra por exceso...

La verdad es que el hombre de fe es un hombre integral. No nos cansaremos jamás de decirlo, pues de lo contrario, corremos el riesgo de "parcelar" la vivencia de la fe en un aspecto reductivo que nada tiene que ver con ella. El hombre de fe no puede ser sólo "espiritual" o sólo "mundano". La condición humana, asumida en su integralidad, asegura que este peligro sea evitado. El hombre es cuerpo y espíritu. Es un ser ubicado en el espacio y en el tiempo propios, pisando firmemente en su realidad, pero con una condición espiritual que nunca dejará de poseer esencialmente. Es un "espíritu corpóreo", o un "cuerpo espiritual"...

Por eso es insoslayable, para asumir la integralidad de su ser, el que asuma ambas realidades esencialmente, sin dejar nada fuera. Si llegara a seguir la ruta de la sola espiritualidad, estaría cometiendo una injusticia contra sí mismo, contra su compromiso personal, contra la sociedad en la que vive, contra la justicia que debe procurar para todos, contra el bien que debe sembrar a su alrededor. Estaría poniéndose contra el mismo mandato de Jesús que dijo: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". Sería un traidor de su corporalidad. Pero igualmente, si llegara a ocuparse sólo de lo mundano, estaría traicionando su espiritualidad, por cuanto el mismo Jesús también invita a "ser perfectos como el Padre celestial es perfecto", nos insiste invitándonos a mantenernos en contacto con Dios: "Pidan y recibirán, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá"... Para el discípulo real de Jesús es fundamental el encuentro en la intimidad con Dios. Por eso, los apóstoles pidieron a Jesús que los enseñara a orar, como Juan había enseñado a sus discípulos...

Santiago insiste en esta necesidad de orar: "Recen unos por otros, para que se curen. Mucho puede hacer la oración intensa del justo. Elías, que era un hombre de la misma condición que nosotros, oró fervorosamente para que no lloviese; y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Luego volvió a orar, y el cielo derramó lluvia y la tierra produjo sus frutos". La vida de piedad es, sin duda, absolutamente necesaria para el hombre de fe. De ella obtiene la inspiración del mismo Dios para avanzar en su camino. Ella es fuente de ilusión para avanzar con firmeza y fortaleza. Ella da la objetividad necesaria para actuar en favor del bien propio y el de los demás. De ella se obtiene la fortaleza para no desfallecer ni sentir que lo que se hace no tiene sentido. Bajo la luz que de ella se obtiene se tiene la certeza de que la meta será la justicia y la paz que Dios quiere para el mundo, por su amor infinito...

No se puede pretender ser un buen cristiano sin oración. Sin ella, podemos caer en lo que afirmaba el Papa Pío XII: "La herejía de la acción". Cierto es que quien se compromete con el mundo, con el establecimiento de la justicia y de la paz entre los hombres, quien procura el bien para la humanidad, hace algo muy bueno. Pero puede ser un simple altruismo al cual le faltaría el fundamento más sólido que tiene la obra cristiana, que es el del amor, para que sea verdaderamente un movimiento de la caridad cristiana, y se asegure, así, la presencia de Jesús, que todo lo puede en función de la procura de la eternidad feliz a la que se debe apuntar. El bien que busca el hombre de fe no es uno que se agote con la existencia del mundo y que habría que procurar hasta que se restablezca totalmente la armonía en lo creado, sino que es el direccionamiento de todo hacia la plenitud de la eternidad en la que todo se pondrá "como escabel de los pies de Cristo". No se puede soslayar esta finalidad jamás...

Se trata de ponerse en las manos de Dios para poder mantenerse en la senda correcta. Es un abandono total en sus brazos, de modo que bajo su inspiración se pueda hacer todo para lograr el fin mejor. Como lo haría un niño en los brazos de su Padre, tal como invita Jesús: "Dejen que los niños se acerquen a mí: no se lo impidan; de los que son como ellos es el reino de Dios. Les aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él." Sólo estando confiadamente en la presencia de Dios, sabiendo que de Él únicamente pueden venir cosas buenas para sí mismo y que puede inspirar lo mejor para ponerlo en función de los demás, se logrará mantener el equilibrio. Él mismo es el que nos ha hecho seres integrales, cuerpo y alma, y por ello, sólo Él podrá inspirar el camino correcto de las acciones que debamos emprender para lograr la promoción integral del mismo hombre que ha colocado como nuestra responsabilidad...