martes, 10 de diciembre de 2013

Dios me ama con ternura infinita

Una de las ideas que mueven más mi espiritualidad es la de saber y experimentar la ternura infinita de Dios. Los hombres estamos necesitados de mucha ternura, y Dios está muy bien dispuesto a dárnosla continuamente. Estoy convencido de que Dios nos ha creado con ese fin: el de ser tierno con nosotros, porque nos ama infinitamente... Me imagino la figura de Dios conmigo, como la del papá o la mamá con su niño recién nacido. En estos días ese amor de los padres hacia sus hijos recién llegados lo he experimentado de primera mano... Una prima mía acaba de tener a su chamito, Julio César, y ella, su esposo, su hermana y sus abuelos, están en una actitud de ternura impresionante. Una amiga acaba de traer al mundo a Lourdes y ya los orgullosos padres han mostrado a todos las fotos de la niña... Otros amigos y familiares le han regalado al mundo el fruto de su amor y han vivido todos esos momentos con una ternura tremenda... Hace unos días he bautizado a varios niños. Y he vivido en carne propia el amor y la alegría de sus padres, viendo cómo sus niños nacen no sólo a la vida natural, sino también a la vida espiritual; cómo, de hijos suyos, se enriquecen con el ser hijos de Dios... Así he vivido la alegría de María Paz y de Mía, y las caras orgullosas de sus madres, de sus familiares y de sus amigos...

Estas experiencias me confirman aún más cada vez en la conciencia que tengo de un Dios tierno conmigo y con todos... Si los padres de estos niños son así de tiernos con ellos, infinitamente más lo es mi Padre Dios conmigo... Somos hechura de sus manos, y hemos sido creados "a su imagen y semejanza", lo cual quiere decir que en nuestras cualidades no hacemos más que participar de las de Él. Y nuestra participación es en un grado muy inferior a las originales suyas... Participamos de la ternura divina, somos tiernos porque Él lo es. Con la única diferencia que nuestra ternura es limitada y la de Él no tiene límites, pues en Él todo es infinito... Vivo, por lo tanto, en un baño continuo de la ternura de Dios por mí, al extremo de que en todo lo que vivo no hago más que imbuirme más y más en ella, me baña Dios de su amor hecho ternura por mí, compruebo cada segundo, incluso en los momentos "malos", que no tengo otra certeza que la de su ternura, la de su protección, la de su providencia infinita, la de su consuelo y alivio en mis dificultades, la de la alegría vivida con mayor plenitud a su lado...

Y para mí, vivir esa ternura me compromete con Él, con su amor y con su ternura... Me hago consciente de que debo ser instrumento de ese amor para que le llegue a todos mis hermanos. De que no puedo quedarme con una experiencia tan hermosa y tan entrañable para mí solo... El amor no me lo permite, pues no sería entonces realmente amor, sino narcisismo. Dios me da su amor y su ternura, para que yo se los lleve a los hermanos, porque también los amo. Así como amo a Dios, debo demostrar ese amor que le tengo, amando a los demás. Es lo que tan acertadamente dice San Juan: "Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, pero no ama a su hermano, a quien ve, miente"... Y yo no quiero ser mentiroso con Dios. Es más, es imposible serlo con Él... Por eso, amarlo es, simultáneamente, querer que todos vivan en su amor, que todos sientan su amor y su ternura, que todos experimenten lo entrañable de estar bien resguardados en ese corazón que es hecho de amor infinito...

Por eso, quiero hacerme como aquello que dice Isaías... Quiero ser "la voz que grita: En el desierto, prepárenle el camino al Señor, allanen en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y  lo escabroso se iguale"... Que mi voz llame a todos a acercarse al Señor, a que preparen una senda por la que venga Dios a sus corazones y los llene de la máxima y más entrañable ternura, que experimenten el ser los niños de Dios a los que trata con la mayor de las delicadezas... Que para cada uno de mis hermanos se cumpla perfectamente el anuncio de Isaías: "Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres". Es un Dios tierno que toma a los pequeños y a las madres en sus propios brazos y los cuida amorosamente... Ya está muy largo el desierto en el que viven los hombres. Ya es mucho el tiempo en el que los hombres han querido estar lejos de la ternura de Dios y han preferido la amargura, la sequedad, la tristeza, el odio, el rencor. Ya es necesario que las voces de quienes hemos experimentado la ternura divina, se lo gritemos al mundo, a ese desierto que viven los hombres... Decirles a voz elevada que descubran la ternura de Dios y que la vivan, que no existirá para ellos experiencia más entrañable y compensadora que esa. Que sólo la prueben para que se den cuenta de que ya, después de vivirla, jamás en el futuro podrán vivir sin ella. Y que la tendrán asegurada, pues el Dios amor jamás se las negará... Debemos gritarlo con nuestras palabras y con nuestras obras. Que en todo lo que digamos y hagamos se descubra la ternura del Dios que ama a todos, que los quiere buenos, que los quiere felices, que los quiere fuera de toda opresión y necesidad, que los quiere hermanos y solidarios con los que más necesitan, con los más humildes y los más sencillos...

Ese el Dios verdadero... No el que nos han presentado como un suegro que espera en todas las esquinas de nuestra vida cualquier resbalón para caernos a golpes, el que está acusando y esperando para condenarnos, el que tiene su vara levantada para golpearnos apenas caigamos... Ese no es Dios. Ese es el dios que muchos se han construido, porque le tienen miedo al amor, porque prefieren vender una imagen de un dios lejano para poder seguir haciendo sus tropelías, escudados y excusados en un espejismo falso que se han creado ellos mismos...

Nuestro Dios, amor y ternura, es el mismo del que nos habla Jesús. Es el Buen Pastor que no deja que ni una sola de sus ovejas se pierda. Es el que deja las 99 en casa bien resguardadas y sale de sí mismo, se hace hombre, asume nuestra humanidad rebajándose al máximo, para recuperarla. No dejará nada para sí, pues lo entregará todo, hasta su propia vida, para tenernos de nuevo en el redil... No hay mayor ternura que esa... Jesús se ha atravesado en el camino de la bala que venía hacia nosotros y en ese gesto se le ha despedazado el corazón... Y lo hizo para recuperarnos, para tenernos junto a sí, para colocarnos de nuevo delante del Padre con la cara lavada, no con nada que hicimos nosotros, sino con la sangre que Él mismo ha derramado... Hemos sido lavados con la misma sangre purísima de quien no tenía ninguna culpa. Él se ofreció para lavarnos. Nos limpió con su sangre y hemos quedado resplandecientes delante del Padre... Jesús y el Padre saben muy bien lo que pasó. Saben muy bien que nosotros no nos merecíamos tanto. Pero no se han fijado en nuestros merecimientos, sino en el amor infinito que nos tienen. Y por eso lo han hecho... Así, me siento bañado cada vez más en ese amor tierno de mi Dios, y no quiero salir jamás de él... Quiero estar en ese corazón siempre. Sintiéndome amado como un recién nacido, acunado en los brazos de mi Padre que me ama con ternura infinita...

lunes, 9 de diciembre de 2013

Te regalo a mi Madre

En muchos países la liturgia este año traslada la Solemnidad de la Inmaculada Concepción al lunes siguiente, para dar cabida a la celebración del segundo Domingo de Adviento y evitar así una especia de "bache" en la espiritualidad de espera que corresponde a este tiempo. Es razonable que así sea, pues en la celebración del Adviento la intención es que los cristianos nos preparemos para recordar aquella primera venida de Jesús, hace ya más de dos mil años y asistir emocionados al acontecimiento grandioso del Dios que se hace niño, iniciando así su historia humana para realizar la Redención de los hombres. Algún autor ha dicho que hasta los primeros llantos de aquel niño divino son gestos redentores y salvadores de la humanidad... Y también apunta a que aumentemos en nuestra esperanza de ver cumplida la historia con el reinado definitivo y universal de Jesús, al final de los tiempos. Se trata, así, de añorar con fervor y alegría aquella segunda venida anunciada por el mismo Jesús, en la que se restablecerá absolutamente todo en Dios...

Sin embargo, si vamos a la esencia de la celebración de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, debemos afirmar con toda sencillez que colocarse ante este misterio grandioso y único en alguien de nuestra misma raza, nos pone ciertamente en una espiritualidad que difiere poco de lo que se quiere acentuar en el Adviento.. Contemplar a María, la Purísima, es contemplar a la mujer que vivió con la mayor ilusión la esperanza de la llegada del Redentor. La historia de María es historia de espera, de preparación, de disponibilidad delante de Dios. Su cántico del Magníficat no es otra cosa que el reconocimiento total de la obra que Dios realiza en Ella por aquella entrega total, sin ocultamientos, que confirma delante del Ángel... María no se entrega con su Sí definitivo al Ángel sólo en aquel momento glorioso de la historia humana. Ya lo había hecho desde su niñez... La tradición nos dice que fue presentada por sus padres, Joaquín y Ana, en el templo, en un gesto que significaba que la entregaban completamente a Dios. Puede ser verdad o no la tradición, pero lo cierto es que la historia posterior de la Virgen nos dice que en la base de su vida estaba la plena conciencia de ser sólo de Dios. "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra", le dice María al Ángel. No es una decisión del momento, motivada sólo por una emoción pasajera que se hubiera dado por esta experiencia extraordinaria y mística del encuentro con Dios a través del Ángel. María había sopesado ya muchas veces esto en su oración de intimidad con el Señor... Las jóvenes israelitas, viviendo la expectativa ya tensa de la venida del Mesías, soñaban con ser alguna de ellas la que sirviera para que Aquél que venía a salvar tuviera una digna morada por la cual entrar. Era lo que ya decía el profeta: "Miren que la Virgen está encinta y dará a luz un Hijo al que pondrán por nombre Enmanuel, Dios con nosotros"... María no escapaba de esta esperanza...

Ella, como todo israelita, suspiraba por aquellos momentos gloriosos en los que toda la gesta del Antiguo Testamento que prefiguraba portentosamente la liberación del pueblo, se cumpliera ya definitivamente en ese personaje futuro, el Mesías Redentor, el Enviado de Dios, el Hijo de Hombre, que iba tomar sobre sus hombros la responsabilidad de lograr dar la estocada final al poder del mal, del demonio, del pecado, y que iba a transportar a los hombres ya decididamente por las sendas de la victoria total... Los suspiros de la Virgen se vieron totalmente compensados. Ella fue la elegida previamente, rescatándola de las garras del pecado, que al final, por el poder infinito y amoroso de Dios por aquella que sería la Madre del Redentor, ni siquiera llegó a tocarla. La que iba a ser la puerta de entrada del cielo a la tierra, fue preservada del pecado original, en un gesto absolutamente comprensible de Dios. El Verbo Eterno de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, entraba al mundo por la puerta pura e inmaculada de la Virgen. La que iba a ser la Madre de Dios, la que iba a prestar su vientre y todo su ser para que fuera la posada en la que iba a habitar el Enviado de Dios, era un sitio puro, inviolado, inmaculado, sin mancha de ninguna especie... Ella era de Dios, pues se había entregado totalmente a Él. Y Dios la había hecho suya desde el mismo momento de su concepción inmaculada... María no sólo prestó su vientre para ser la Madre de Dios. Fue toda de Dios. Dice San Agustín que esto, incluso, era prácticamente una condición previa para poder haber llegado a ser la Madre de Dios: "Antes de concebirlo en su seno, lo había ya concebido en su corazón..."

Esta Mujer es la Madre de Dios. Es absurdo negar esta condición, pues en el seno de María se encarna el Verbo Eterno, Dios. Y María dará a luz al ser que es Dios y hombre. Toda mujer que da a luz es Madre. La que da a luz al hombre que es Dios, es Madre de Dios. Es muy simple... Ciertamente María no es causa de la existencia de Dios. Ella es criatura de Dios.... Pero al dar a luz al Redentor, Verdadero Dios y verdadero Hombre, es la Madre de Dios. No hay duda alguna sobre esto...

Y Dios, que se había hecho a sí mismo este regalo de la Mujer más pura, más hermosa, más suya de toda la historia, desde la misma Cruz de su sacrificio nos la deja a nosotros de regalo... Su regalo lo hace nuestro regalo. "Ahí tienes a tu Madre... Ahí tienes a tu Hijo"... Es el regalo póstumo que hace Jesús a los hombres. No sólo nos había alcanzado la salvación y la redención con su sacrificio de amor, sino que se arranca parte de su corazón humano, dejando en nuestras manos al ser al que seguramente había amado más sobre la tierra, a su Madre María. Y nos pide que la amemos como Él mismo la amó... "Ahí tienes a tu Madre", es decir: "Ahí pongo en tus manos a la mujer que me dio la vida, a la que he amado con mayor fuerza, la que me crió, la que me dio pecho, la que me cuidó... Es la mujer por la cual he entrado en tu historia humana y por la cual compartí tu naturaleza y la asumí plenamente para rescatarte de  las garras de la muerte y del pecado... Es la que me enseñó a amar con corazón humano... Te pido la honres como la honré yo. Que la ames como la amé yo. Que te tomes de la mano de Ella como me tomé yo... Es mi Madre y ahora es la tuya. Te la regalo..."

domingo, 8 de diciembre de 2013

Redimida antes de tiempo

El Año Litúrgico está estructurado alrededor de la figura de Jesús, el Redentor. Cada uno de sus momentos nos hacen recorrer los misterios centrales de nuestra fe. Se articula alrededor de la Pascua de Cristo, que es el núcleo de lo que hizo Jesús por nosotros y sobre lo cual se fundamenta todo lo que creemos y vivimos. La Pascua -Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo-, es el fundamento de todo lo que podemos creer los cristianos. Si esto no está en la base, absolutamente todo el edificio de la fe se viene abajo... Los tiempos que vamos avanzando durante el año litúrgico harán siempre referencia a este acontecimiento central y básico... El tiempo pascual es el tiempo del gozo, pues le estamos dando vueltas continuamente al logro de Jesús: su entrega y su sufrimiento por amor a los hombres, su muerte como ofrenda última y definitiva, y su triunfo glorioso, resurgiendo victorioso sobre la oscuridad del sepulcro y de la muerte... Y en seguimiento de importancia, tenemos el tiempo de Navidad, en el que recordamos la primera venida de Jesús, hace ya más de dos mil años, en la ternura de un Niño recién nacido, que nos dice ya claramente de lo entrañable que es el amor de Dios, que quiere demostrarlo prácticamente, haciéndose un ser totalmente desvalido y dependiente de su Madre...

Esta Madre, María, es el personaje humano más importante de esta historia sabrosa de salvación de la humanidad... Seguir a María, desde su anuncio primario, hasta su presencia entre los Apóstoles el día de Pentecostés, es hacer un seguimiento perfecto de lo que es la Historia de la Salvación. No es Ella causa de salvación, pero sí es un personaje imprescindible en el proceso que el mismo Dios escogió para realizarla. Desde el mismo inicio de la historia de la salvación, aparece el anuncio de aquella Mujer con la cual Dios pone enemistad con la serpiente: "Pongo enemistad entre ti y la mujer"... Pero queda también establecido perfectamente que la hostilidad contra el demonio se resolverá a través de las estirpe de la mujer, a través de su descendencia. No será Ella la que vencerá al demonio, sino que será un descendiente de ella: "Un descendiente de la Mujer te pisará la cabeza, mientras tu le muerdes el talón"...

María es anunciada repetidamente en el Antiguo Testamento. Ella es "la Virgen que está encinta y dará a luz un hijo al que pondrán por nombre Enmanuel". Ella es "el orgullo de nuestra raza", de lo que se jactaba Israel tan bellamente. Ella es la figura cumplida de aquella "Arca de la Alianza" en la que se guardaba la Palabra que Dios dirigía a los hombres. Así, María está presente en la Historia de la Salvación. Y si quisiéramos hacer una verdadera historia de lo que Dios ha hecho por los hombres, podremos establecerla a través de hacerle un seguimiento de María, de su prefiguración en el Antiguo Testamento, de su cumplimiento en el Nuevo Testamento, de su entrega, de su fidelidad, de su disponibilidad total a la voluntad del Padre... Por eso, el Dogma de la Inmaculada Concepción está totalmente en línea de lo que Ella es, de lo que Ella representa para los hombres en esa hermosa historia de relación de Dios con los hombres...

No es imposible para Dios lo que propone el Dogma... El mismo Ángel Gabriel se lo dice a la Virgen: "No hay nada imposible para Dios". No es "repugnante" a la mente del cristiano que se sabe amado infinitamente por Dios el que, para poder dar al Verbo la mejor entrada a la historia humana, lo hiciera a través de la Puerta Limpia de la Virgen Inmaculada. Ella es la representación fiel de aquella Arca de la Alianza que fue inviolada por nadie en el tiempo de Israel, que fue defendida y resguardada absolutamente, que mantuvo siempre su pureza extrema y fue consagrada como sitio en el cual sólo la Palabra de Dios habitaba...

Para Dios, para el cual todo el tiempo es un eterno presente, el momento de la Redención de Jesús en la Cruz sucedía simultáneamente con el pecado del hombre en Adán y Eva, sucedía en el mismo instante en que Israel era liberado de la esclavitud en Egipto, sucedía en el mismo instante en que Israel entraba triunfante en la Tierra prometida... Y sucedía en el mismo momento en que los padres de María, Joaquín y Ana, estaban concibiendo a su hija... Lo que, en ese eterno presente de Dios estaba sucediendo, es decir, la Redención de la humanidad, Dios mismo lo trajo al momento de la Concepción de María, y aplicó para ella esa Redención misericordiosa, previamente, para que el vientre de esa mujer fuera un sitio absolutamente puro, limpio, inviolado, sin mancha alguna... Como decía los antiguos tan acertadamente: "¿Pudo y no quiso? No es Hijo... ¿Quiso y no pudo? No es Dios... ¡Digan, pues, que quiso y pudo!" Dios le hizo este regalo maravilloso a la Mujer que sería la Puerta del Cielo, y se hizo a sí mismo ese regalo maravilloso para estar en un sitio absolutamente puro e inmaculado...

María es la que se nos adelanta en la historia de lo que vamos a vivir todos. La Inmaculada nos dice lo que va a vivir la Iglesia. Ella es la mejor figura de lo que es la Iglesia. Su itinerario es el que seguiremos todos, miembros de la Iglesia de Cristo. La Pura nos dice de la pureza de la Iglesia. La disponible nos dice de la disponibilidad de la Iglesia. La Madre de los hombres nos dice de la maternidad de la Iglesia. La Asunta a los cielos nos dice de la presencia de la Iglesia eternamente ante Dios. La Historia de la Virgen es la historia de la Iglesia. Con Ella estaremos todos en la presencia del Hijo y del Padre, en la alegría infinita del Espíritu, viviendo en el amor eterno del Dios del Amor. Ella nos lo grita: "Lo que yo vivo, lo vivirán todos ustedes"... Y le creemos, pues ya Ella se nos adelantó y nos abrió el camino...

sábado, 7 de diciembre de 2013

El amor es gratis

La característica más resaltante del amor es su gratuidad. Si no fuera así, no sería algo tan discutido, tan ambivalente, y por eso, tan valioso. Para quien vive del amor sincero, es el tesoro más valioso, aunque no le haya costado nada materialmente, mientras que para los que ven todo desde una mentalidad mercantilista, lo ven como una "cosa" que se puede vender y comprar, y que en cierto modo es rentable... Es la tergiversación total de lo que es realmente el amor...

Hoy estamos en una sociedad en la que como todo se compra y se vende, se llega a pensar que se puede también comprar al amor. El concepto puro, límpido, transparente del amor, que es el de la entrega absoluta, sin consideraciones egoístas, que coloca al otro por encima de sí mismo, que busca su bien por cualquier vía honesta, ya no es el que está de moda... Hoy el amor se considera bueno en cuanto retorna un beneficio... No se trata de amar, sino de recibir amor. El hombre está más ganado a la idea de "aprovecharse" del amor, que de dar amor... Muchos de los estados de angustia, de depresión, de sensación de soledad, están basados en el empeño de creerse sólo con el derecho de recibir amor y no con el deber de darlo... A lo máximo, se está dispuesto a dar amor en la medida en que se recibe... Doy sólo cuando estoy satisfecho al recibirlo...

Y esto está influyendo negativamente en infinidad de campos humanos. Los esposos y las esposas sólo están dispuestos a dar amor si reciben amor. Ciertamente el amor esponsal es también concupiscente, en el sentido de que hay más satisfacción cuando se recibe una compensación, cuando se está seguro de que se es amado. Hay mejor disposición para amar cuando uno se sabe amado y recibe los beneficios de ese amor del otro... Pero si ambos se sientan a esperar que el otro dé señas de su amor, llegará el momento en que se morirán de mengua en la espera... Los gobernantes responden sólo a los grupos que los apoyan, y si sienten de alguna manera que hay un grupo que no le sirve de soporte, sino que les es contrario, dejan de cumplir su obligación con ellos. Su tarea de procurar el bien también para ellos, pues son parte de la población a la que deben servir, queda suspendida... Los dueños de empresas dan mayores beneficios a los empleados que se confiesan fieles súbditos, e ignoran a quienes son indiferentes, aunque cumplan fielmente sus labores... Todo es un intercambio de intereses...

El amor se ha llegado a considerar un bien con el cual puedo obtener más o menos ganancias y es una especie de material de trueque... Se ha llegado a banalizar de tal manera que hasta recibir favores sexuales se ha llegado a calificar de "hacer el amor", no importa si lo que menos hay es amor, y lo que impera es simplemente la pasión y el deseo básico de satisfacción del instinto animal... En todo caso, la entrega íntima y mutua de los esposos por amor, lo que menos hace es el amor, pues ya en ellos está hecho, está en la base de la entrega, y el acto de la intimidad sólo hace que sea la expresión más sublime del amor que ya existe entre ellos... Nuestra mentalidad de banalización ha llegado a jugar al extremo con lo más puro que podemos vivir y algunos lo han hecho sólo una expresión del instinto básico que asegura la procreación de la especie humana... Lo han vaciado de todo lo que implica la entrega de la persona en lo que más expresa su intimidad y que lo deja "desnudo" -nunca mejor dicho- ante el otro... Se es totalmente del otro, al punto de que nada de lo mío ya queda oculto para él o para ella...

En todo caso, Jesús nos pone en la senda de la comprensión de lo que mueve al mundo en sus más profundas raíces... Cuando nos invita a "dar gratis lo que hemos recibido gratis", nos está diciendo que revisemos en profundidad lo que está en la base de nuestro ser... Nuestra vida, todo lo que existe en ella, todo lo que la mueve más sólidamente, los verdaderos tesoros que poseemos, absolutamente todo, lo hemos recibido gratis... Nadie ha comprado su vida, nadie ha comprado el aire que respira, nadie ha comprado los paisajes con los que se regodea, nadie ha comprado el verdor de los bosques, nadie ha comprado el agua de los ríos o de los mares... Todo eso lo hemos recibido gratuitamente, desde el amor infinito que Dios nos tiene. Lo ha puesto en nuestras manos y es de los más grandes tesoros que poseemos. ¿A quién se le ocurre colocarle precio a una puesta del sol preciosa, o a un amanecer esplendoroso en el que el sol brilla invicto sobre el horizonte? ¿A quién se le ocurre ponerle precio a una flor que se abre orgullosa para llenar de belleza y de aromas sutiles su entorno? ¿A quién se le ocurre ponerle precio a la contemplación del baile acompasado de una bandada de aves sobre la siembra del arroz o de cualquier semilla, o sobre la ciudad que asiste asombrada a la perfecta armonía que demuestran miles de aves como si estuvieran todas unidas a un único cerebro? Es el regalo gratis de la vida que nos ha dado Dios. Su amor da para eso, y para mucho más...

Nos ha regalado no sólo lo hermosísimo de todo lo que nos rodea, sino también nos ha regalado su amor infinito en el perdón y en la misericordia, que no nos hemos merecido para nada. Su mensaje de amor no está sólo en la naturaleza que nos acaricia diariamente, sino en el gesto extraordinario de un Dios que se ha hecho hombre y se ha entregado a la muerte ignominiosa. Ya no es la naturaleza irracional la que es su regalo. Es Él mismo, la Segunda Persona de la Trinidad, el que se ha entregado hasta el máximo, hasta el último suspiro. Su amor no está fuera de Él, sino que está en Él... Es Él mismo. Pleno, limpio, puro, sin ocultamientos, sin guardarse nada. Todo lo ha puesto en nuestras manos. Y se convierte así en nuestras salvación plena... Lo hemos recibido gratis. No hemos hecho nada para obtenerlo. Si algo hemos hecho es más bien no merecerlo jamás... Pero Él no se para en considerar cuanto nos merecemos, sino cuanto nos ama Él mismo. Y nos ama infinitamente... Y Jesús nos invita a hacer lo mismo que hizo Él... Dar gratis... No calcular cuánto ganamos, sino cuánto estamos dispuestos a amar... En el amor no hay pérdidas jamás. Siempre hay ganancias, pues ya amar es la ganancia.  Quien se queda calculando ganancias, ya está perdiendo, pues pierde la gesta más hermosa que puede hacer: amar gratuitamente...

Los hombres ganamos amando... Perdemos calculando cuánto amor damos. En el amor se gana dándolo todo. Jesús obtuvo su mayor ganancia porque se entregó todo. Así debemos hacer nosotros. No calculemos. Caer en la tentación de calcular el amor, es lamentablemente perder... Ganemos siempre, dando todo el amor. Darlo todo es ganarlo todo... Hacerse dueños del tesoro más grandioso que podemos tener que es el amor de Dios, vivir en su corazón, hacer de ese corazón nuestra más valiosa posesión...

viernes, 6 de diciembre de 2013

Si realmente confías, lo tendrás

En los Evangelios con frecuencia encontramos los "retos" de Jesús a los que les piden favores... "Que les suceda conforme a la fe que tiene ustedes", le dice a los dos ciegos... Y en casi todos los prodigios que realiza encontramos la condición de la fe que debe existir previamente a la recepción de algún favor... Quien pide a Jesús su acción a favor de alguna necesidad que tenga, ya, por el gesto de acercarse, realmente demuestra en algo la confianza que tiene en que puede hacer algo... La fe es la condición indispensable para la realización de los prodigios...

Jesús es absolutamente libre. Y es infinitamente poderoso. Es Dios, y posee exactamente las mismas cualidades que el Padre. Él mismo dice: "El Padre y yo somos uno". "Todo lo que es del Padre es del Hijo", y por eso, en sus capacidades son idénticos... Esto quiere decir que Jesús puede hacer los milagros que quiera, pues nada escapa de su poder. Incluso si no se le pide. Pero en su gesto pedagógico con el cual quiere enriquecer a todos los hombres, quiere dejar claro que en los hombres tiene que haber una intencionalidad previa, que es la de dejarse amar de Dios. Los milagros no son gestos mágicos, no son simples portentos para demostrar algo que no es necesario demostrar en Dios, no es una manera de recibir algo maravilloso que no sea necesario y ni siquiera agradecido. Los milagros tienen un fin, que es el de unir más a Dios, el de hacer sentir más su amor, el de asentarse más firmemente en la vida en Él, en su poder, en su providencia. No se reciben favores de Dios para nada. Dios no es un hacedor de milagros, como lo sería un mago en un escenario para dejar sorprendidos y boquiabiertos a los espectadores... Dios tiene otro objetivo al realizar sus portentos. Quien es objeto de un milagro, lo recibe para amarlo más y para sentirse más amado...

La fe, en este caso, no sólo es la confianza en que Dios es capaz de hacerlo, en que es todopoderoso y nada se le resiste, en que como Dios nada hay imposible para Él. La fe es tener la certeza de su amor, de que ese amor provee lo necesario e incluso lo extraordinario, de que siempre estará a favor del indigente, procurando siempre convencerlo de que lo ama y de que por él será capaz de hacer lo que sea, con tal de que con ello sienta ese amor infinito. Para el que se acerca confiado a Jesús a pedir un favor, condición indispensable no es sólo que quiera que su problema sea resuelto, sino saber que en esa solución está la carga de amor más tierno y poderoso que puede existir, y que él debe responder también con un amor más comprometido, más puro, más cercano...

"Anda en paz. Tu fe te ha salvado"... "Les digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe"... "¡Qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que has pedido"... "Que les suceda según la fe que tengan ustedes"...  Son las expresiones que dice Jesús. No se trata sólo de estar convencidos de su poder. Ya ese poder lo ha demostrado Jesús en diversas ocasiones previas, de la cual, a lo mejor, los que solicitan un favor han sido incluso testigos. No se trata, por tanto, de que piensen que Jesús es capaz de hacerlo. Ya lo saben. Se trata de que lo haga conmigo, de que me haga sentir su amor, de que yo sea también objeto de su amor. Y se trata de mi compromiso. De que, al recibir su favor, me comprometeré aún más con Él, le serviré aún más, seré más suyo...

Tan cierto es esto que incluso quien no demuestra mucha fe, puede también recibir un favor, con la condición de que ésta aumente y lo haga servir más a Dios, ser más suyo... Cuando se recibe un favor de Dios, un milagro, se convence uno más de ese poder infinito, y siente con la mayor fuerza su amor que se coloca al lado de uno. Es una experiencia que tienen los que reciben de Dios esos gestos de amor... Ciertamente el hombre mantiene por encima de todo la libertad infinita con la cual Dios mismo lo ha enriquecido, y puede reaccionar desfavorablemente, sin dar el reconocimiento a Dios, como sintiéndose "con derecho" a lo que Dios ha hecho para él.. Recordemos el episodio de los leprosos sanados, de los cuales sólo uno regresó para agradecer a Jesús lo que había hecho... Sólo uno reconoció la mano del Dios amor en lo que había sucedido, y sólo uno le dio la gloria al Señor, como correspondía... Los otros habían recibido exactamente el mismo favor, pero no fueron capaces de reconocerlo. No por ello "se revirtió" el milagro, pues Jesús lo había hecho como un gesto de amor, y Él no dejaría de amarlos igual. Pero sí quedó al descubierto el corazón malagradecido y lejano que aquellos poseían...

En los milagros del Señor, o es necesaria la fe para que se den, como condición previa, o se produce la fe como consecuencia de haber experimentado la providencia todopoderosa de Dios. Pero en la base de todo está la fe que se alimenta del amor. Es el amor el motor principal. Dios ama infinitamente y en su poder hace lo que sea para favorecer a los hombres. Si lo considera necesario, incluso pasará por encima de la normalidad. Y es el amor del hombre que recibe ese favor, el que lo motiva a acercarse a Dios para pedirlo, para dejarse llenar de él. Y al recibirlo, es el amor por Él el que se compromete más a seguirlo, a servirle, a ser suyo. Y a ser instrumento de ese amor para todos los hermanos...

jueves, 5 de diciembre de 2013

El Ingeniero Jesús

Es impresionante cómo Jesús sabe hasta de ingeniería... En sus conversaciones con los discípulos utiliza infinidad de imágenes para hacerles entender lo que quiere decir... Tan pronto habla de siembra, como luego de pastoreo. Les pone ejemplos de cocina y de vinos, al igual que de medicina. Habla de leyes, tan fácilmente como de viajes... Todas estas imágenes de la cotidianidad son fundamentales en su enseñanza, pues Jesús no sólo habla, sino que va como pintando un cuadro con lo que va diciendo, para que la gente se vaya haciendo una idea visual de qué es lo que les está diciendo y qué es lo que les quiere describir. Así, la cosa no se queda sólo en una charla magistral, sino en una experiencia en la que cada uno se ve envuelto...

Y Jesús se convierte en ingeniero... La idea de la construcción en Israel es una idea muy poderosa. Desde el mismo inicio de su historia Israel fue "edificada", de la mano de Dios, como Ciudad a la cabeza de la Tierra Santa que Dios ponía en sus manos.... Cada israelita tenía como orgullo propio la edificación de su propia morada y su orgullo era estar en "los umbrales" de la Ciudad Santa. "Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén". Estar en la Ciudad Santa, edificada bajo el auspicio de Dios, era estar en la Casa de Dios. Por eso, también para los israelitas era tan importante construir una casa para el mismísimo Dios, en la que se tuviera la certeza de que Él habitaba, y fuera la morada que aseguraba la presencia de Dios en medio del pueblo. Así, como colofón de esta certeza, era esencialmente necesaria la construcción del Templo de Jerusalén, la casa donde habitaba Dios y desde la cual seguía acompañando al pueblo de Israel en todas sus vicisitudes, desde donde los bendecía, los inspiraba, le daba las certezas que necesitaba...

Jesús mismo nos habla ya no sólo de las construcciones, sino de cómo Él mismo es parte de los "materiales" necesarios para la construcción. Haciéndose eco de lo que ya se había dicho en el Antiguo Testamento, Él mismo se descubre como "la piedra que desecharon los arquitectos, y que es ahora la piedra angular". En la idea de los constructores de la Ciudad Santa, la piedra angular es piedra fundamental para la construcción. Al ser una ciudad asentada sobre colinas, prácticamente todas las construcciones están hechas en pendiente. La piedra angular es la piedra que está en la esquina más baja de la construcción del edificio, por lo cual es la que carga sobre sí el peso de prácticamente toda la estructura. Por eso es muy importante que sea una piedra dura, resistente, grande. Es esencial que sea bien escogida, pues si se escoge una piedra débil, que se quiebre, que no resista el peso, llegará el momento en que toda la construcción se vendrá abajo. Más aún, jamás puede ser desechada una piedra angular, pues de ser así, la construcción no poseería absolutamente ningún sustento, y ni siquiera se podría empezar a hacer el edificio...

Pues bien, Jesús es la piedra angular de la construcción de cualquier edificio de fe. Cuando Él no está, no hay posibilidad alguna de construir nada. Quien pretenda edificar su vida espiritual sobre piedras distintas a Jesús, está colocando bases endebles y se arriesga  a que su espiritualidad esté siempre en la cuerda floja, pues no resistirá embates fuertes. Será continuamente una construcción en riesgo de caer estrepitosamente... ¡Cuántos quieren poner en la base de su espiritualidad piedras hasta absurdas! ¡Cuántos prefieren colocar hechizos, brujerías, rituales esotéricos... para edificar una espiritualidad que vacía totalmente de la solidez necesaria la experiencia de fe! ¡Cuántos no han sustituido a la Piedra Angular, que es Jesús, por ellos mismos, por cosas, por ídolos, sustentando el edificio de su vida sobre lo más endeble, que es la criatura creada! Los que así pretenden hacer quizá lo hacen con la idea de poder casi "dominar" el mundo espiritual.

Pensemos: El secreto de la Piedra Angular está en estar escondida en la base del edificio. Para quien no ve lo que está por debajo, la piedra angular permanece siempre en lo oculto, en el misterio de los escondido. Pero la solidez del edificio, cuando se ve su robustez y su estabilidad, convence que la piedra está ahí, que no falta, que el edificio ha sido construido sobre una buena base... Si alguien pretendiera hacer "evidente" la piedra angular, lo más probable que logre es que al despejarla, le quite toda su fuerza, la descoloque, la debilite... En el misterio está parte de la fortaleza de la piedra angular. Quien pretenda dominar absolutamente todo el misterio, debe pensar, en primer lugar, que está pretendiendo algo imposible, pues Dios siempre se reservará algo de su misterio insondable para el mismo bien del hombre. Y por otro lado, en la idea absurda del dominio de lo espiritual, el hombre llega a "perder el respeto", pensando que al dominarlo ya está en sus manos y puede hacer con él lo que le venga en gana. Eso jamás sucederá con Dios, pues Dios es absolutamente trascendente y permanecerá siempre en lo velado de la realidad inalcanzable. Como dice San Pablo: "Vemos como en un espejo..." Cierto que al final del tiempo, cuando ya estemos en la presencia definitiva de Dios, "veremos cara a cara, y conoceremos como somos conocidos..."

De nosotros depende lo que sucederá en ese futuro eterno. Si edificamos sobre la piedra angular, llegaremos al conocimiento pleno del misterio absoluto de Dios. Seremos iguales a Él, pues Él nos hará participar de toda su naturaleza plenamente... Pero si edificamos sobre arena, sin la piedra angular, nuestra edificación se vendrá abajo al primer embate de las aguas... Y no podremos seguir avanzando, pues no quedamos en esta vida a medio camino, pretendiendo que lo nuestro es más sólido que el mismo Dios, que el mismo Jesús, que es la piedra angular que habremos rechazado...

El ingeniero Jesús nos hace ver cuál es el secreto para la solidez de nuestra construcción. Edificar sobre Él, sobre su Palabra, sobre su voluntad. No existe nada fuera de Él que sea más sólido para construir nada. Sólo Él, la Piedra Angular da el sustento definitivamente sólido para lograr resistir los embates de cualquier fuerza contraria. Sólo es el Piedra Angular, por eso no debemos rechazarla... Hagámosle caso al Ingeniero. No seamos tontos y no nos quedemos con la debilidad de las piedritas arenosas que son las de nuestro ego, las de las cosas creadas, las que no tienen ningún sustento en sí mismas...

miércoles, 4 de diciembre de 2013

¡Multiplícame a mí, Señor!

La presencia de Jesús entre los hombres fue realmente reveladora... En Él se cumplían todas las expectativas que se habían creado en el pueblo de Israel sobre la acción de Dios directamente en favor de ellos, y que habían sido profetizadas abundantemente... Todas las obras que iba realizando Jesús no eran más que la verificación de que todo lo que se había dicho sobre Él era verdad. Era el cumplimiento, la verificación, de las promesas de Yahvé a su pueblo. Dios no había engañado... Era imposible que lo hiciera, pues su motivación principal era su amor por los hombres. Y el amor jamás deja esperando, jamás engaña, jamás defrauda...

La alegría del pueblo estaba en que Jesús se ponía al lado de los que tenían más necesidades: tullidos, lisiados, ciegos, sordomudos, y muchos más. Ellos estaban recibiendo la caricia de Dios, estaban siendo objetos del derramamiento de amor que venía a traer Jesús... "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad", había dicho eternamente el Verbo de Dios y estaba haciendo realidad su disponibilidad eterna a la voluntad del Padre. No iba a ser sólo la de la entrega definitiva hasta el momento crucial de su muerte en Cruz, a la cual no se negó jamás -"Que no se cumpla mi voluntad, sino la tuya"-, sino que estaba ya siendo la de decirle al mundo, la de gritarle con sus obras, que Dios los amaba infinitamente y que por eso lo había mandado a Él para dárselos a entender prácticamente. El amor de Dios no era sólo una entelequia hermosa de ver y de contemplar.. Era la verdad. Era la vida que venía a traer para todos, era la definitiva puesta al lado de su voluntad, de su favor, de su poder amoroso...

Cristo hizo real la prioridad de los pobres, de los necesitados, de los que son humildes y sencillos... El mundo ya estaba cansado de que fueran favorecidos por los poderosos solo los de su grupo, sólo los que tienen posibilidades económicas o políticas, los que como ellos tienen poder... El mundo se estaba revelando dulcemente en Jesús a lo que estaba sucediendo siempre. No era una sed de venganza ni de retaliación, sino el deseo de poner las cosas en su orden correcto. Son los que menos son favorecidos los que deben ser atendidos con más amor, son los que todos rechazan los que deben ser más aceptados, son los que todos excluyen los que deben ser incluidos con más amor y ternura... Fue lo que vino a hacer Jesús. Ante el malestar del mundo por el desplazamiento de los necesitados, él tomó la batuta de la nueva orquesta de amor divino, que venía a producir la sinfonía más hermosa, la que favorecía a los desfavorecidos, a los menos tomados en cuenta, a los que todos ignoraban o pisoteaban...

Por eso Jesús se ocupa ya no solamente de lo grueso, sino de lo pequeño, de lo ordinario, de lo cotidiano. Los que han estado con Él ya llevan tres días -¡tres días!- sin comer... Están tan felices de ver el nuevo orden que se está imponiendo con Jesús -el del amor-, están tan dichosos de ver que es la ternura de Dios la que brilla sobre los sencillos, que poco les importa lo que a ellos les hace falta. Son testigos de la obra maravillosa de Dios en favor de los últimos, y eso es lo que más les importa. Comparten el gozo de los curados, de los sanados, de los amados, de los que enternecen a Dios... No importa más nada... Y en ese estar pendiente de lo pequeño, de lo que nadie ve, Jesús se da cuenta de que estos hombres que lo siguen no han comido nada en todo el tiempo que lo han seguido... Es necesario hacer algo en favor de ellos. Hay que darles comida... Y le ordena a los apóstoles, los que son su mano derecha, que lo hagan. Pero ni siquiera ellos tenían nada. Sólo consiguen siete panes y dos peces que alguien tiene. Y es lo que ponen en las manos de Jesús... Y el Dios tierno se transforma  en el Dios poderoso, o mejor, agrega a su ternura, su poder infinito. Y logra el milagro. Con lo que Jesús hace da de comer y sacia el hambre de toda la gente. ¡Y sobran siete cestas! La ternura de Dios es sobreabundante. ¡Dios es exagerado cuando ama y cuando deja expresar toda su ternura!

Es la lógica divina... Si el hombre necesita y conviene para él lo que pide, Dios lo da abundantemente. Si necesita perdón, se lo da todo. Si necesita voluntad, la pone en sus manos. Si necesita fe, le da la mayor confianza. Si necesita ser solidario, le infunde el espíritu fraterno... Si necesita de su ser amoroso y tierno, no mide cuánto dar, pues se da todo, y Él, que es amor pleno, lo es infinitamente..

Así quiero que hagas conmigo... Yo quiero ser, Señor, esos siete panes y esos dos peces, para que tú me multipliques para mis hermanos. Quiero ser a quien Tú des para saciar el hambre, las necesidades, de mis hermanos. Quiero que me multipliques para hacer saber a todos los sencillos y humildes cuánto los amas, cuánto los prefieres sobre todos, cuánta ternura eres capaz de darles a cada uno, personalmente. Quiero ser el pan y los peces que sirvan para convencer a todos que Tú sigues en medio del mundo, queriendo alegrar la vida de cada uno, queriendo ser tu ternura hecha carne en mí, para ser caricia tuya para los más necesitados, para los tullidos, los lisiados, los ciegos, los sordomudos, los pobres, los más desplazados y excluidos... Que yo sea tu amor, Señor. Que yo sea tu ternura. Que yo sea tu presencia en el mundo que tanto lo necesita y que ya está cansado de que los favorecidos sigan siendo sólo los poderosos... Ya está bueno. Yo quiero ser tu voz sonora que le grite a los que menos importan que, al contrario, son los más importantes, los que te mueven, los que te hicieron hacerte hombre y morir en la Cruz, y resucitar glorioso para que tu victoria fuera la de ellos... Multiplícame a mí, Señor...

martes, 3 de diciembre de 2013

¡Qué bueno que te hemos visto!

El pueblo de Israel es un pueblo que tiene una marca indeleble: La Esperanza... Desde la elección de Abraham para que fuera el Padre de todo ese inmenso pueblo, se caracterizaron todos los personajes por esperar el cumplimiento de las promesas de Yahvé... Algunos pudieron ver promesas cumplidas: Abraham, después de su ancianidad vio cumplida la promesa de su paternidad en su hijo Isaac; Jacob vio cumplida la promesa del rescate del calor y del hambre en el desierto y entró con sus hijos a Egipto; Moisés vio cumplida la promesa de la liberación del yugo de la esclavitud en Egipto cuando salió en busca de la tierra prometida; Josué vio cumplida la promesa de la entrada del pueblo a la tierra prometida, la que "mana leche y miel"; los Macabeos vieron cumplida la promesa de la victoria sobre los invasores babilonios y sirios y el restablecimiento y la reconsagración del Templo de Jerusalén. Así, muchas pruebas más... Yahvé jamás falló en sus promesas. Todos estos acontecimientos confirmaban que Dios era un Dios fiel, que no abandonaba a su pueblo y que su poder y su misericordia lo acompañaban siempre...

Los anuncios de muchas promesas estaban, entonces, en la vía del cumplimiento, pues ese Dios fiel no dejaría de cumplir ni una sola de ellas. Entre todas ellas estaba la del misterioso personaje anunciado desde el mismo pecado de Adán y Eva que "pisará la cabeza de la serpiente", Aquél que sería el Juez de las Naciones, el Sol que nace de lo Alto, el Liberador de Israel, aquel de quien la Virgen estaría encinta, el brote del tronco de Jesé, el "Enmanuel", el Dios con nosotros, de quien la sonora voz del desierto anunciará su llegada, pero que a la vez de que era anunciado con extremo poder, era también definido con el "Siervo de Yahvé", el Hijo del Hombre, el que cargaría sobre sus espaldas los pecados de todos los hombres, que sería la burla de todos, al que golpearían y masacrarían por causa de eso pecados, cuyas yagas serían la cura de todas las debilidades, enfermedades y fallas del hombre... Un personaje que, en efecto, era realmente paradójico, pues sería a la vez poderoso y débil, sería victorioso y derrotado, sería glorioso y moriría...

Ya "en la plenitud de los tiempos", ese personaje tenía que llegar... Ya eran demasiadas las luces que cada uno de los Profetas había echado sobre la ruta que recorría Israel... Las doncellas del tiempo de Jesús soñaban con ser cada una de ellas la madre de aquél que vendría a liberar a su pueblo... ¡Qué honor que alguno de esos vientres fuera el elegido para alojar al Señor que viene! Los justos de Israel soñaban con el momento en que se hiciera presente el Hijo del Hombre, el Mesías Salvador, el que venía a anunciar la llegada del Reino de Dios al mundo... Sobre el que estaría el Espíritu de Dios, el que sería enviado para liberar a los oprimidos, para devolver la vista a los ciegos, para hacer caminar a los paralíticos, para anunciar el Año de Gracia del Señor... Todos ellos estaban añorando la llegada de ese momento glorioso. Si Dios había siempre cumplido sus promesas, esta, que era aún la más alta de todas, estaba por cumplirse y no quedaría pendiente. También Dios cumpliría. Y ya estaba por cumplirse totalmente... Era una expectación ya casi hecha presente. El pueblo sentía en el ambiente que Dios estaba por cumplir su palabra más importante: La llegada de su Enviado que haría la gesta más heroica jamás vivida por Israel.

Cuando llega Jesús y comienza su trabajo de anuncio del Reino, cuando empieza a hacer presente el amor de Dios concreto, eficaz, en medio del pueblo, con sus palabras y sus gestos, el pueblo empieza a sentir que la cosa ya está sucediendo. Aquél que había sido anunciado por los Profetas ya se había hecho presente. La alegría de los sencillos de corazón era inmensa, pues Dios estaba cumpliendo, de nuevo, su palabra. No había fallado, como jamas lo había hecho. Los cojos empezaban a andar, los ciegos empezaban a ver, los pobres empezaban a sentir la preferencia de Jesús, los sencillos sentían que su humildad era el pasaporte para la salvación que Jesús les traía... Los que habían esperado veían llegar el cumplimiento de su esperanza. ¡Cuántos suspiros habían sido lanzados, cuántos sueños habían sido hechos con ojos abiertos, cuántas expectativas se habían creado y estaban siendo cubiertas! Los justos de Israel, y más allá de las fronteras del pueblo, todos los hombres, empezaban a vivir la historia más sublime de todas: La de la salvación, la del perdón de los pecados, la del anuncio de la llegada de aquel reino de armonía, de justicia, de paz, de vida, de amor pleno, pues era el mismo Dios que se establecía entre los hombres...

Tiene sentido lo que dice Jesús: "Muchos profetas y reyes desearon ver lo que ven ustedes y no lo vieron, y oír lo que oyen, y no lo oyeron". Los justos de Israel pasaron sin poder ver el momento grandioso de Jesús. Pero sus contemporáneos estaban viviendo esa gloria en toda su magnitud. El ocultamiento de Jesús en medio de su labor humilde, les descubría la sencillez del Dios que venía a salvarnos. Y nos dejó a todos su impronta... Los anteriores a Jesús no vieron nada. Los contemporáneos fueron testigos presenciales... Y todos nosotros, los que hemos venido después, somos testigos privilegiados, pues disfrutamos de todos los efectos de la obra de Cristo. Disfrutamos de su perdón, de su misericordia. Y somos también testigos de todos los efectos de su salvación, de su entrega definitiva, de su muerte y resurrección...

Seguimos viendo a Jesús en cada Eucaristía en la que se hace presente, seguimos recibiendo su amor y su perdón al comulgar y al recibir su perdón en la confesión, seguimos descubriendo a Jesús en cada gesto de amor y de servicio a los hermanos, en particular, a los más humildes y sencillos, los más necesitados, seguimos sintiendo su preferencia por los más pobres al ver los gestos de cada uno que les tiende la mano, seguimos viendo cómo conquista a los hombres y las mujeres y los hace fieles suyos en aquellos que se esmeran por vivir la santidad, que oran con confianza e intimidad, que quieren conocer mejor su fe para seguirlo con mayor fidelidad... Todos ellos nos hacen ver de nuevo lo que tantos añoraban. Todos eso profetas y reyes que añoraron la hora de Jesús... Somos privilegiados, pues nosotros sí lo vemos, y lo seguimos viendo, seguimos viviendo el gozo indescriptible de haber visto la obra de Cristo que cumplía plenamente la promesa de Dios. Seguimos viviendo de esperanza, pues añoramos llegar a la plenitud de la felicidad que Dios nos promete. Pero sabemos que llegaremos, pues ninguna de las promesas de Dios ha quedado sin cumplirse... Llegaremos al cielo con Jesús... ¡Qué bueno que te hemos visto, Jesús, en cada uno de los que quieren serte fieles, en cada uno que hace gestos de amor por los demás, en cada uno de los sacramentos en los que te nos das, en cada oración que hacemos confiados y cercanos a ti! Esperamos estar contigo en esa felicidad eterna, junto al Padre, viviendo del amor eternamente... Y será otra promesa cumplida...

lunes, 2 de diciembre de 2013

Hagamos de los fusiles, pinceles

Una de las características más resaltantes de la situación futura, cuando todo esté restablecido definitivamente en Dios, será la de la armonía de todo lo creado. Será una situación igual que la que existía en el origen, antes del alejamiento del hombre de Dios... El pecado cometido rompió una armonía que existía como estilo normal de vida... El hombre rompió consigo mismo, con Dios y con los demás, produciendo una situación de anarquía y de desorden que destruía completamente el orden existente previamente... Adán y Eva, cuando pecaron, se descubrieron rotos interiormente. Empezaron a esconderse de Dios, pues sentían vergüenza de su desnudez, que ya no les era tan cómoda estar ante Él como antes... El esconderse de Dios los alejó de aquella sabrosa intimidad en la que vivían ordinariamente con Él, en la que, según nos relata el Libro del Génesis, al atardecer se encontraban para dar paseos por el Jardín del Edén, como queriendo decir que existía una verdadera confianza extrema entre ellos. La relación entre el hombre y Dios era tan natural, que se puede considerar de una amistad sincera. El Creador no se consideraba lejano por ser superior, sino que se hacía mínimo para poder entrar en contacto con aquél al que había creado por amor...

Y entre el hombre y la mujer existía una vinculación esencial. El hombre se sentía orgulloso, pues la mujer era "carne de mi carne y hueso de mis huesos"... Se sabían ambos salidos de las manos de alfarero del Creador de todas las cosas, y colocados en el centro de todo para dominarlo razonablemente... En el mantenimiento de esa solidaridad común, conscientes de su origen elevado en el amor de Dios, y sabiéndose dominadores de todo lo que fue creado, estaba la consecución y la estabilidad de toda la armonía... Esa triple armonía, consigo mismos, con Dios y con los demás, era la situación ideal, en la que no se esperaba que existiera absolutamente ningún problema de separación, de odio, de rencor, de retaliación, más aún, ni siquiera existía en la idea algo similar... Era la situación idílica propia de la armonía que se logra cuando todas las cosas están en su justo lugar, empezando por el mismo Dios como primera prioridad de todo...

De tal manera era esa armonía que en el espíritu humano ella sigue surgiendo siempre no sólo como un recuerdo lejano de algo que ya pasó, sino que se erige como uno de los sueños más añorados de los hombres de todos los tiempos... Cuando Dios está en el lugar que le corresponde, todo vuelve también al lugar propio... Y cuando Dios falta, falta todo. Al haber dado la espalda a Dios, empezó a faltar el vínculo esencial entre los hombres. Empezaron a verse entre ellos con suspicacias, con rencores, con odios, con sentido de competencia desleal... La que era "carne de mi carne y hueso de mis huesos" pasó a ser "aquella que me diste por compañera"... Los hermanos empezaron a desconocerse y a levantar la mano contra el otro: "¿Qué tengo yo que ver con mi hermano?" Todo perdió su norte. Al faltar Dios, faltó el amor, la solidaridad, la fraternidad. Ya el hombre empezó a considerar al otro como un estorbo para los propios intereses... Y empezó a pensar en la necesidad de quitarlo de en medio para que no fuera un obstáculo. Y el hombre, lobo del hombre, inició así una carrera indetenible, una espiral de violencia, haciendo gala de su ingenio para pensar en las mejores armas que apoyen su locura de eliminar al hermano...

La carrera armamentista se ha convertido, de esta manera, en una de las más rentables entre las industrias mundiales. Basta con crear las mejores armas para asegurarse un éxito rotundo en lo económico... Los réditos son tan altos que a nadie se le ocurrirá oponerse a la creación de una fábrica de armas, pues da muchísimas ganancias, tanto al empresario como al gobierno que la acoge... Mientras mejor se mate, más ganancias se aseguran... Es impresionante al punto al que hemos llegado los hombres... "¿Qué tengo yo que ver con mi hermano?", dice cada uno de estos empresarios... Mientras yo tenga llenos mis bolsillos, no me importa para nada cuantas vidas se pierdan. No me interesan cuántos inocentes mueren, cuántos niños son víctimas de las balas que produzco, cuántos huérfanos dejo sobre el mundo de los cuales quizá nadie se ocupará... No me importa cuántos hombres caen víctimas de mis bombas, de mis granadas, de mis balas... ¿Hasta cuándo los hombres sostendremos unas actitudes tan inhumanas? ¿Hasta dónde seremos capaces de hacernos cada vez más animales?

La gran añoranza de los altos espíritus es que la situación de la armonía original se restablezca... Mientras no dejemos vencer al amor, seguiremos sirviéndonos a nosotros mismos, sirviendo al odio, al rencor, a la violencia, a la venganza... Seguiremos pendientes de mantener un poder absurdo que esclavice y que subyugue a los demás... Seguiremos pendientes de mantener una hegemonía sobre algún grupo, aquel que no es el mío, considerando a los demás no como hermanos, sino como enemigos a los que es necesario hacer desaparecer... La venida de Jesús en el fin de los tiempos será el restablecimiento de aquella armonía originaria. Será la desaparición de las pretensiones de superioridad sobre otros. Será la rasante igualitaria para todos, en la que seremos verdaderos hermanos y viviremos en la paz y la concordia que será signo absoluto del reinado de Paz que trae Jesús...

Pero no podemos esperar que esto se dé sólo al final de los tiempos... Nuestra tarea es hacer que ese Reino ya se vaya haciendo presente entre nosotros. El esfuerzo, que ya algunos hacen heroicamente, es el de imponer entre todos una fraternidad que nos caracterice, que nos diga que no somos los animales que buscan establecer superioridad sobre nadie, que busca la no-violencia como signo identificador, que reclama las injusticias sin cometer otras injusticias, que siembra el amor en el reclamo de los intereses de todos, de la mayoría que quiere la paz... Que todos seamos capaces de sentirnos orgullosos diciendo del hermano que tenemos al lado "¡Este es carne de mi carne y hueso de mis huesos!" Que seamos capaces de unirnos a la añoranza de los pacíficos, que "de las espadas forjarán arados, y de las lanzas, podaderas", que harán que las armas se truequen en instrumentos de construcción. Que hagan de sus fusiles pinceles que pinten un mundo bello, hermoso, regalo de Dios para todos, en el que la fraternidad y la solidaridad brillen con la luz esplendente que será definitiva al final de los tiempos...

domingo, 1 de diciembre de 2013

Recordar y esperar... al Jesús que vino y que vendrá

Adviento es espera.. Por eso su signo es la esperanza. Preparamos nuestro corazón y nuestro espíritu para contemplar la Venida del Redentor... La que ya sucedió hace más de dos mil años y la que ha sido prometida al final de los tiempos... Es el recuerdo de la primera venida en la que contemplamos extasiados el misterio del Dios que se ha hecho hombre -¡que se ha hecho Niño!-, haciendo así verdaderas todas las promesas del Padre en el Antiguo Testamento. Con aquella primera venida se empieza a cumplir perfectamente lo que prometió Yahvé apenas el hombre había pecado: "Un descendiente de la mujer te pisará la cabeza". Es el Protoevangelio que inaugura, de alguna manera, la historia de rescate del hombre de las garras del demonio que lo había hecho suyo, mediante el pecado, convenciéndolo de ponerse de espaldas a Dios... No podía dejar Dios al hombre, su criatura predilecta, por la cual lo había creado todo, sumido en la penumbra, en la lejanía, en el abismo.. El amor no se lo permitía. Y por eso, todo el Antiguo Testamento no es más que la historia de los sucesivos intentos de Dios para rescatar al hombre, y para dar un paso adelante hacia la plenitud de los tiempos, que se dio cuando Él se hizo presente en la historia no como espectador, sino como actor y protagonista directo... Fue el amor de Dios el que lo hizo realidad.

El Adviento nos pone a cada uno como espectadores, de aquellos que había en el Antiguo Testamento, a la espera del cumplimiento de la venida de aquel "hijo de hombre", del "siervo de Yahvé", del "descendiente de la mujer", de aquel de quien "la virgen está encinta", del que "llevó sobre sus espaldas nuestras culpas", de aquel "por cuyas llagas hemos sido curados"... Todos los profetas, de una u otra manera, vaticinaron la venida de ese personaje futuro, que era el enviado de Dios para romper las cadenas que lo aprisionaban, para deshacer la esclavitud de la que era víctima... Es un tiempo de espera expectante, pues sabemos que el final será la muestra más grande de fidelidad de Dios con el hombre. Esa fidelidad es más grande que su venganza, que su ira. El hombre pudo haberse alejado de Dios, pudo haberle dado la espalda, pero Dios siempre se mantuvo delante de Él, con la mano tendida, insistente, esperando que la dureza del corazón del hombre se mudara en rendición ante ese amor inmutable...

Y es la espera para contemplar la imagen de mayor ternura que podemos todos tener a la vista: Un Dios que ha decidido hacerse lo más pequeño, un Dios que ha decidido esconderse en la absoluta inocencia y en la más grande indigencia, que es la de un niño recién nacido. No podemos imaginarnos una estampa que llame más a la ternura, que se presente más entrañable, que esa... San Agustín afirmaba que el mayor milagro de Jesús no había sido ninguno de los grandes portentos que nos relatan los Evangelios, sino el haber logrado esconder toda su divinidad, su poder, su magnificencia, su gloria, en la pequeñez de la carne de un recién nacido. Y lo hizo por su inmenso amor a los hombres. Dios mismo decidió ser niño -¡más aún, un ser en formación en el vientre de su Madre María!-, para iniciar la gesta del rescate de la humanidad... Tan necesitado que, recién nacido, si su madre no lo llevaba a su pecho para que comiera, ese niño, que era Dios, ¡se hubiese muerto de hambre!

Con este gesto es el mismo Dios el que nos grita, desde cada llanto del Dios hecho Niño, desde cada una de sus sonrisas de bebé a sus padres y a los que lo visitaban, que nos ama. Si no nos queda claro, es que hemos perdido toda sensibilidad...

Y el Adviento nos hace apuntar a otra venida. Si hemos contemplado el acontecimiento grandioso de la entrada de la divinidad al mundo como actor humano, si hemos experimentado en el propio corazón el amor que Él ha venido a traernos de manos de un Niño, entonces podemos pasar a añorar su presencia eterna entre nosotros... El Adviento apunta a que preparemos el corazón a la Venida gloriosa del Redentor, para establecer ya definitivamente todas las cosas en Dios... También será el cumplimiento de lo vaticinado por el mismo Jesús, sobre lo que sucederá en el fin de los tiempos: "El Hijo del Hombre vendrá sobre las nubes del cielo", "establecerá definitivamente su Reinado entre nosotros", será el momento en el "todos los coros cantarán y aclamarán al que es tres veces santo", en el que "mis palabras no pasarán jamás", y en el que "todas las cosas serán puestas como escabel de sus pies"... Es el momento futuro en el que aparecerá la realidad que será totalmente definitiva, la del reinado universal de Jesús, la de la armonía absoluta, la de la fraternidad inquebrantable. Todo lo que vemos desaparecerá y será sustituido por algo infinitamente superior, pues dependerá únicamente de la voluntad amorosa de Dios, que se cumplirá perfectamente. Nada la hará cambiar ya y los fieles estaremos viviendo la felicidad plena, que es indescriptible, pues sólo hemos tenido experiencias pasajeras de ella en nuestra vida cotidiana...

En suma, por el recuerdo de lo que pasó y por la espera y añoranza de lo que vendrá, el Adviento es tiempo de espera gozosa. Es realmente siembra de esperanza. Es la expectación feliz de lo que viene, que será infinitamente mejor. Es la desaparición de todo lo malo y el triunfo de la bondad. Es el tiempo que vive la Iglesia siempre y que quiere que todos los hombres vivamos. Es lo que debemos vivir. Nuestra vida debe ser un eterno Adviento, con su signo de esperanza feliz, pues Dios nos lleva de su mano amorosa, para que lleguemos seguros a la meta de su presencia eterna... No habrá compensación mayor, pues Él ya lo será todo en todos, lo llenará todo, viviremos para Él exclusivamente, y seremos saciados en su amor continuamente... No hay situación de mayor bienestar que vivir en el amor de Dios... Podemos ir adelantando esta experiencia en nuestros momentos de unión íntima con Dios cada día. Hagamos de toda nuestra vida un Adviento. Que cada momento sea Adviento, esperanza y cumplimiento. Que podamos contemplar la venida entrañable de nuestro Dios, que ya pasó hace dos mil años, que hagamos que su obra de amor se haga una realidad entre nosotros, y que añoremos que Él sea ya la plenitud nuestra y de todos, llenando el mundo, nuestros corazones y el corazón de nuestros hermanos con su amor infinito...