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sábado, 27 de febrero de 2021

Tenemos un pacto de amor con Dios

 Sed perfectos como vuestro Padre celestial - ReL

Un pacto siempre tiene dos partes. Ambas, después de ver las condiciones del arreglo, se ponen de acuerdo y formulan un compromiso mutuo de cumplimiento en el que se hacen responsables de cumplir lo suyo, de modo que no se presenten inconvenientes, malos entendidos, incumplimientos, o incluso traiciones del acuerdo de parte de uno de los dos. Se asume siempre la seriedad del otro al asumir el compromiso. Dentro de las mismas indicaciones del acuerdo están contempladas las sanciones que debe sufrir la parte que incumpla. En las Sagradas Escrituras es frecuente encontrarse con los pactos que propone Dios a su pueblo. Bíblicamente las conocemos como Alianzas. Dios hace alianzas con su pueblo, en las que Él se compromete a seguir siendo el Dios poderoso y amoroso que guarda a su pueblo, que lo sigue conduciendo amorosamente, que le sigue proveyendo de todos los beneficios, que sigue guiándolo por el camino de la fraternidad y dándoles las herramientas que necesitará para hacerse cada vez más solidario. Es muy interesante que el término Alianza es el mismo que se utiliza para nombrar a la realidad matrimonial, con lo cual podemos colegir que las Alianzas que Dios hace con su pueblo entran en el orden de los compromisos de bodas. Él será el esposo que acoge con su amor esponsal a su pueblo, el cual sería la esposa que asume la relación para lograr una unidad indisoluble con Dios, su esposo. Está claro que la Alianza es entonces un compromiso de crecimiento que se asume con la seriedad de quien se sabe beneficiario principal pues recibirá todos los dones como el tesoro que lo enriquece grandemente. Las exigencias son las naturales, pues se trata de que la vida siga su curso natural, desde la intención que tuvo el mismo Dios al crearlo todo. Y en el discernimiento de lo que representa cada Alianza y sus exigencias, podemos percibir una inmensa ventaja para el pueblo, pues Dios, en su inmutabilidad, nunca cambiará los términos de su compromiso, por lo cual es absolutamente confiable. En todo caso, es el pueblo, la otra parte del pacto, el que pondrá siempre su rebeldía ante las exigencias y será capaz de traicionar a Dios.

Aún así, pese a que el pecado del pueblo y su alejamiento de Dios son una traición evidente a la Alianza acordada, lo cual acarrea el castigo y el escarmiento, Dios tiende de nuevo su mano al traidor procurando atraerlo de nuevo. Los dones de Dios son irreversibles. Nunca dejará de derramarlos sobre su pueblo. Es su parte del pacto y nunca dejará de cumplirla. Así como es eterno su amor por la humanidad y por todo lo creado, así mismo es eterno su compromiso de amor y de salvación por el hombre. Lo quiere con Él y lo quiere eternamente feliz a su lado. La meta que Dios ha diseñado para el hombre es la vida en Él, en la que se viva para toda la eternidad el amor y la felicidad, la filiación gozosa y la fraternidad indestructible. En la esencia de Dios están el amor, la misericordia y el perdón, por lo cual estos forman parte esencial del pacto. Él será siempre misericordioso, pues no puede negarse a sí mismo. Y ese pueblo, aún siendo infiel, si llega a arrepentirse del mal que ha realizado, no podrá nunca dudar de ser recibido de nuevo como un hijo de Dios en plenitud: "Moisés habló al pueblo, diciendo: 'Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos. Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma. Hoy has elegido al Señor para que Él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos. Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió'".

Es parte constitutiva del pacto la fraternidad humana. Así como se debe dar esencialmente el reconocimiento de Dios como el único Dios, como ese Padre amoroso del que ha surgido todo, como Aquel que es fuente de todos los beneficios que podemos recibir, como Aquel que nos conoce mejor de lo que podemos conocernos nosotros mismos, como el que sabe qué es lo que necesitamos aun antes de que se lo pidamos, como Aquel que nos indica el camino para nuestra auténtica elevación, también se debe hacer el reconocimiento de que no nos ha hecho seres individuales, islas, que vivan en el egoísmo y en la sola  preocupación de las cosas propias. El Señor nos ha creado en fraternidad, por lo cual dentro del pacto se encuentra la asunción comprometida de la lucha por profundizar en la unidad, en el amor mutuo, en la caridad y la solidaridad en favor de los más necesitados. Un pacto con Dios contempla siempre asumir la condición comunitaria, pues debe tocar a la esencia de lo que es cada uno. Y desde nuestro origen, la condición comunitaria es parte de nuestra esencia. Si queremos ser verdaderamente hombres, hijos de Dios, debemos ser comunitarios y sentirnos profundamente enlazados con nuestros hermanos y con sus necesidades, e incluso con los que nos son menos afectos, al mismo estilo de Dios, que no rechaza a nadie. La exigencia es máxima, pues apunta a la mismísima perfección de Dios. La medida es muy alta. Se trata de que hagamos nuestro mejor esfuerzo para apuntar cada vez más alto. Así nos lo enseña Jesús: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Ustedes han oído que se dijo: 'Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo'. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto'". Apuntar a la perfección, como es perfecto el Padre celestial. Su perfección es el amor. Es hacia eso que debemos tender todos, hacia el amor, y debemos entender que es parte esencial del pacto que hemos hecho con nuestro Padre.

sábado, 4 de abril de 2020

En el pacto de amor con Dios, siempre salgo ganando yo

Archidiócesis de Granada :: - “Conviene que uno muera por el ...

Cuando hablamos de Alianza, hacemos referencia a los pactos que sucesivamente, en la historia de la salvación, ha hecho Dios con el pueblo. Son los compromisos que asume Yahvé con sus elegidos y que tienen una contraparte en el pueblo que debe asumir también los compromisos de fidelidad que se ponen sobre la mesa. La terminología deja constancia de que es una especie de "matrimonio" entre Dios y los hombres. La Alianza es un pacto nupcial en el que las partes se prometen amor y fidelidad eternos e inmutables. Ambos se comprometen a no tener relación de amor nupcial con nadie más. La composición literaria usada por el mismo Dios al declararlo es clara: "Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios". Se usan términos de propiedad que son propios del ritual matrimonial: "Yo..., te tomo a ti ... por esposo (a)... y prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza, en la pobreza y en la riqueza". Dios quiere ser el esposo fiel y toma por esposa a la humanidad, que espera que también le sea fiel. Y se compromete a realizar maravillas en su favor: "Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y reconocerán las naciones que yo soy el Señor que consagra Israel, cuando esté mi santuario en medio de ellos para siempre". En este pacto la parte que corresponde a Dios se cumplirá de manera absolutamente segura. El Señor es responsable radicalmente y, al asumir su parte, lo hace con un compromiso inmutable. Dios no cambiará jamás en su determinación, pues todo lo que dice lo hace. Su amor eterno e infinito por el pueblo, a pesar de la infidelidad continua de éste, nunca dejará de ser tal. Esa es la característica más atractiva e identificadora del amor divino. Ese amor de Dios no cambia ni se muda jamás. Si cambiara, cambiaría Dios, lo cual es imposible y absurdo. Dios es el mismo eternamente. Si ama hoy, amará siempre. Por lo tanto, si compromete su amor en un pacto de alianza, ese componente estará siempre presente durante la duración del "contrato". La parte de Dios en este pacto es, entonces, definitiva. La dificultad se presenta cuando vemos a la otra parte del pacto, la de la humanidad. 

En el corazón de los hombres está la lucha continua entre el bien y el mal, entre el atractivo del amor a Dios y el atractivo que ejercen las criaturas sobre su corazón, entre la fidelidad a Aquel que es amoroso y providente eternamente y aquellas realidades que dan compensaciones sabrosas y placenteras aunque sean temporales. Esta tensión hará que la esposa, la humanidad, caiga repetidamente en infidelidades y se aleje de la promesa que ha asumido y de la exigencia que hace Dios. Muchísimas veces la humanidad prefiere lo pasajero, lo temporal, lo que pasa y se acaba, a lo que permanece para siempre. Es más "sabroso" lo prohibido, lo dañino, lo que da placer, que la paz, la serenidad, la sensación de compensación de eternidad que se encuentran en Dios. Satisfacer los sentidos de cualquier manera, dejando a un lado el cuidado de lo interior, de lo espiritual, de lo eterno, apetece más cuando se vive solo en el ámbito de la horizontalidad. Se necesita un itinerario de aprendizaje para empezar a valorar justamente lo que tiene más valor. No obstante, a pesar de esta historia de infidelidades de la humanidad, podemos ver la obstinación de Dios en mantener su promesa. Él no echa por la borda su amor y repite incesantemente su invitación al arrepentimiento para que la humanidad retome el camino hacia Él en la fidelidad. Son muchos los pactos de alianza que podemos encontrar en las Escrituras, en los que, una y otra vez, Dios invita al cambio de conducta, a vivir en el amor a Él, a retomar las rutas de su encuentro. Se muestra como un Dios condescendiente, que está siempre dispuesto al perdón, que no se deja llevar por su ira, que es clemente y piadoso. A eso lo invita el amor al que se ha comprometido al cumplir su parte de la Alianza. Aun cuando tendría todo el derecho a dejar a un lado su compromiso pues la otra parte ha incumplido el suyo, no lo hace, y obstinadamente sigue ofreciendo oportunidades, sencillamente porque ama, y el amor lo invita a ello. Su determinación es hacerse propiedad de la humanidad, como esposo. Y todo lo hará por ser suyo. No hará nada que lo aparte de esa voluntad inmutable. Por eso llega al máximo de su donación. La encarnación del Verbo no es otra cosa sino la confirmación final de esta voluntad de entrega. Se hace uno con la humanidad. Se repite la fórmula del matrimonio: "Serán los dos una sola carne..."

La venida del Hijo del Hombre en carne mortal es el culmen de la Alianza. "Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo", se ha traducido totalmente en: "Yo, Dios, me he hecho hombre como mi esposa, para hacer a mi esposa como yo, Dios". Lo entendió San Agustín cuando lo afirma en su frase magistral: "Dios se ha hecho hombre para que el hombre se hiciera Dios". Es el paso final de la Alianza definitiva, en el que ya no habrá diferenciación entre Dios y los hombres, pues ambas partes del pacto estarán viviendo las misma realidad, ya que Dios "se ha hecho todo en todos". La parte dominante del contrato asume la totalidad, con el beneplácito de la otra parte, que se entrega eternamente en sus manos. Para ello se debe pasar por la crisis de cambio radical. Todo paso adelante representa siempre una crisis de crecimiento. Se da también mediante el dolor, que igualmente es asumido por el Dios de la Alianza. El que no tenía por qué sufrir, en el cumplimiento de su parte del pacto, lo asume. Avizora, al final de este itinerario que contempla también el dolor, la llegada a la meta de la suprema unión, de la llegada a la cima, a la plenitud del pacto total, a la unión esencial ya sin cambios. Quienes serán sus verdugos lo anuncian proféticamente: "Ustedes no entienden ni palabra; no comprenden que les conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera". Morir por el pueblo... Es la misión de Jesús, para que no muera la nación entera. Con ello, el pacto alcanza su punto máximo. De esa manera Dios se hace absolutamente propiedad de la humanidad, que lo llevará al sacrificio cruento de la Cruz. De tal manera se hace Dios del pueblo que hasta asume la muerte como parte de ese compromiso. "Yo seré su Dios", es decir, "Yo me entrego radicalmente, hasta la muerte, con tal de hacerlos mi pueblo, nación de mi propiedad. Pasaré por este bautismo de sangre, pero con ello lograré que mi esposa sea para mí eternamente, solo para mí". El anuncio profético de su muerte, con ser una terrible noticia para Jesús, era la mejor noticia para la esposa, pues esa voz anunciaba "que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos". Es la llegada a la cima de la historia de la salvación, en la que todos seremos ya definitivamente propiedad de Dios y estaremos viviendo la plenitud de nuestra condición. Es la jugada magistral de Jesús: entregarse para tenernos eternamente. Divinizados y en el cielo, a la derecha del Padre, como Jesús.