domingo, 21 de junio de 2020

"Esta vida es una sola, hay que gozarla"

Sin miedo

Existe una continuidad inobjetable en la vida del hombre. Aquella frase común que oímos repetir tantas y tantas veces: "Esta vida es una sola, hay que gozarla", es estrictamente cierta. Pero no en el sentido en el que se insiste en acuñarla, como queriendo desvirtuar una supuesta, pero nosotros sabemos que real, existencia de una vida superior, posterior a la material y temporal que vivimos actualmente. Los que tanto la repiten quieren hacer entender que no hay que fijar la mirada más allá de los días terrenos que nos corresponda vivir, sino asumir que todo se acabaría con nuestra muerte física, por lo cual no tiene sentido no poner todos los esfuerzos para hacer de esta vida un continuo disfrute, una sucesión de regalos a los sentidos, promoviendo un hedonismo sin frenos, para no caer al final en una terrible depresión por no haberla disfrutado más habiéndolo podido hacer. Si nos quedamos en la contemplación estricta de lo que estos quieren significar, debemos pensar que existe un reduccionismo muy riesgoso en esta consideración de la única vida, pues la verdad no es exactamente como ellos nos la quieren vender. Se estaría promoviendo así un ateísmo práctico en el que se decreta, no por razones argumentadas o racionales sino más bien vivenciales, la inexistencia de Dios. De este modo, no sería necesario afirmar ni demostrar que Dios no existe, sino simplemente invitar a una vida en la que Él no tenga absolutamente ninguna trascendencia ni ninguna influencia. No es el ateísmo pensado o racionalizado lo que importa, sino una vida vivida sin Dios. Vivir la vida como si Dios no existiera. Y no dar mayor importancia a una supuesta trascendencia. A lo sumo, se podría afirmar que el hombre trasciende en sus obras o en sus hijos, lo que al fin y al cabo surge de sus propias manos, que al final igualmente desaparecerá. Por ello, echando mano de prácticamente las mismas mínimas argumentaciones que utilizan, podemos con muchísima facilidad dar la vuelta a la afirmación del dicho popular. Sin duda, "esta vida es una sola", es decir, existe una solución de continuidad entre la vida actual y la eterna que vendrá. No son dos vidas distintas, sino la misma vida vivida en coordenadas diversas, en realidades consecuentes, en un cambio de estado, en una mudanza de ámbito, pero realizada por el mismo hombre, pues es el mismo ser aquí y después. No son dos criaturas diversas, una ahora y otra en la eternidad. Es el mismo hombre que muda su condición a una de felicidad eterna o a una de tristeza sin fin.

Aquel sentido negativo de gozar la vida regalándose todos los placeres posibles porque no hay una realidad posterior, debemos cambiarla por gozar la vida haciéndola orbitar alrededor del amor que es el mayor gozo que puede el hombre vivir. Hay que gozarla, sí, amando a Dios por encima de todas las cosas, sabiendo que de Él venimos y hacia Él volveremos, que sus indicaciones son las ideales para una vida vivida en plenitud pues Él no quiere sino solo lo mejor para nosotros, que su amor es infinito y ni siquiera nos podemos hacer una idea de su magnitud sino que solo podemos contemplarlo y convencernos de él viendo al que se entregó por nosotros muerto en una cruz por ese amor demostrado a pesar de nuestra obstinación en el pecado que nos llevó incluso a clavarlo en esa cruz. Hay que gozarla, sí, amándose a sí mismo, por lo cual debemos procurarnos siempre los mejores medios para un progreso como hombres, promoviendo en nosotros una verdadera humanidad que nos haga disfrutar del sabor de los valores y de las virtudes, rigiéndonos por los más sólidos principios, teniendo la satisfacción de saber que estamos apuntando a la excelencia y no contentándonos con los mínimos o las medias tintas en lo que hacemos. Hay que gozarla, sí, amando a los hermanos en los cuales debemos siempre saber descubrir la presencia de Jesús que está en ellos, como Él mismo nos lo confirmó: "Cuando lo hicieron con de estos hermanos míos, a mí me lo hicieron", haciendo con ellos el equipo ideal para avanzar unidos en la consecución de un mundo mejor para todos en el cual no haya injusticias ni miseria, en el que se acabe el odio y la injusticia, en el que rijan la fraternidad, la solidaridad y la caridad, haciéndonos conscientes de que los primeros beneficiados por alcanzar ese ideal seremos nosotros mismos. Sin duda, hay que gozar la vida, pero gozarla con el gozo real, estable, inmutable, que solo se puede lograr con el amor. Los otros gozos serán siempre pasajeros y, aunque produzcan alguna satisfacción, esta siempre será pasajera y temporal, y frecuentemente, al desaparecer solo dejarán una especie de resaca que requerirá de mucho más de lo mismo para ser aplacada. Irá produciendo un cansancio interior que poco a poco le irá quitando el halo de satisfacción y de atracción que originalmente poseía. Es común ver a quienes promueven este continuo regalo a los sentidos, en los últimos días de su vida, sentir el vacío total al echar la vista atrás y no encontrar nada sólido de lo cual enorgullecerse. Por el contrario, es hermoso percatarse de la felicidad que siente quien ha gozado de verdad de esta vida en el amor, echando la vista atrás y enorgulleciéndose, como San Pablo: "He combatido bien mi combate, he corrido bien mi carrera, he mantenido la fe. Ahora me espera la corona del triunfo".

No es extraño que esto esté claramente presente en la enseñanza de Jesús. "Teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la 'gehenna'. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga su Padre. Pues ustedes hasta los cabellos de la cabeza tienen contados. Por eso, no tengan miedo: valen más ustedes que muchos gorriones". No nos podemos quedar con la interpretación de una vida que se acaba en este tiempo, sino ir más allá. La nuestra es una vida que no tiene fin. Ha tenido un inicio que parte de las manos y del amor de Dios, tiene un desarrollo en el cual nosotros mismos jugamos parte esencial al procurar vivirla en el gozo del amor, y tendrá una continuidad eterna en la felicidad inmutable del amor que nunca se acaba. Es el don inmenso que nos ha dejado Jesús, pues ha abierto esa eternidad para todos nosotros, después de que nosotros mismos nos la habíamos cerrado: "No hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos". Nuestra vida, en esa solución de continuidad, adquiere un sentido pleno, que nos lleva a nuestra plenitud como hombres en la eternidad. En ese don no solo se nos da la posibilidad de entrar en la eternidad que será sencillamente continuidad de esta temporalidad que vivimos, sino que se nos da al mismísimo Jesús, que se pone de nuestra parte al haber intentado gozar de verdad de esta vida, que es una sola, viviéndola en el amor eterno que Él nos proporciona: "A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos". No es posible que ni el mismísimo Dios eche por la borda todo el amor que ha querido derramar sobre nosotros y sobre el mundo. Su gesto creador, su providencia continua, su rescate con la muerte del Hijo encarnado, su regalo de la Iglesia como comunidad fraterna de salvación, su inspiración para el bien y la caridad, su acompañamiento continuo en la historia, su oferta de apoyo para ser alivio, consuelo y fortaleza para todos son, en su dimensión total, productos de su amor. Es realmente absurdo pensar que no haya una intencionalidad de eternidad en ello. Que todo se acabe al acabar el último suspiro de la vida de cada hombre. No tiene sentido. Lo que sí tiene sentido es que ese amor perdure, que acompañe al hombre tomándolo de su mano para que, acabada la temporalidad, pueda traspasar ese umbral a la eternidad con la seguridad de estar en las manos de quien le dará por su fidelidad un premio eterno de vida en el amor y en la felicidad que no tendrán fin. "Esta vida es una sola y hay que gozarla"

sábado, 20 de junio de 2020

El Inmaculado Corazón de María y el Sagrado Corazón de Jesús son uno solo

CONSAGRACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA. PREPARACIÓN DE 33 ...

San Juan Eudes tiene una tesis entrañable sobre la unicidad de los corazones de Jesús y de María. En vez de nombrarlos a cada uno individualmente, los identifica de tal manera que habla de uno solo en los dos. Lo llama "El Amantísimo Corazón de Jesús y María". Recuerdo que la primera vez que lo oí no perdí la ocasión de demostrar mi "sabiduría" haciendo la corrección que me parecía pertinente, diciendo que se debía decir "Los Amantísimos Corazones de Jesús y de María". Un sacerdote eudista al que le hice esta observación tan "sabia", demostrando muchísima delicadeza me hizo remontarme a la mente de San Juan Eudes y me aclaró que no había ningún error, pues era lo que él enseñaba y de lo cual estaba plenamente convencido. Eso me sirvió mucho para meditar sobre la cercanía absoluta entre Jesús y María, y más allá, en la identificación plena entre ambos al punto de ser uno solo. María es la mujer elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo. En esa encarnación del Verbo eterno de Dios no hay concurso de varón, por cuanto, según lo anunció el Arcángel, "el Espíritu Santo vendrá sobre ti, te cubrirá con su sombra, y tú concebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo al que pondrás por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros". La totalidad de la carne que tendrá el Dios hecho hombre será aportada por María. Es Ella la única fuente para la humanidad del Hijo de Dios. Eso explica la necesidad de que esa carne fuera totalmente limpia, por cuanto iba a ser la carne que revestiría de humanidad al Dios que se encarnaba en Ella. No podía venir esa carne ni ser ella misma, contaminada por la impureza que había sido agregada por el pecado del hombre, sino que tenía que tener la cualidad de pureza infinita, tal como había surgido originalmente de las manos del Padre Creador. Por eso María fue previamente purificada, concebida totalmente pura, redimida con antelación, para que la carne que iba a proveer a su Hijo gozara de aquella limpieza necesaria que iba a lograr su mismo Hijo posteriormente para todos los hombres con su muerte futura en la Cruz. Los méritos que alcanzaría su Hijo en el gesto ignominioso de su entrega a la muerte, lo cual alcanzaba la redención para toda la humanidad, les fueron aplicados anticipadamente a su Madre, de modo que la carne que tomara de Ella fuera absolutamente pura, como correspondía a Dios. Él no podía recibir el aporte de una carne contaminada por el pecado. Toda María, desde el primer momento de su existencia, por haber sido elegida eternamente para ser la Madre del Redentor, era absolutamente pura. Por eso, su corazón es Inmaculado, como el de su Hijo, pues es el mismo.

Esa identificación plena de María y de Jesús es tal que, científicamente hablando, podríamos afirmar que toda la carga genética de Jesús venía de María. En lo razonable que podemos ir pensando, la figura humana de Jesús era una copia absolutamente idéntica a la de María. Incluso podríamos decir que los rasgos físicos de Jesús debieron ser exactamente iguales a los de su Madre. Cada gesto, cada rasgo, cada entonación, cada rincón de su cuerpo, necesariamente tenían que ser los de su Madre. Si los hijos adquirimos esas características de nuestros padres por ser los referentes primeros que tenemos, de los cuales copiamos pensamientos, conductas, rasgos, gestos, palabras, podemos decir que en Jesús eso fue aún más marcado pues a esa posibilidad de "copiar" a María por la convivencia cotidiana, ya se le había anticipado el hecho de su origen físico, que tenía como única fuente la carne de Ella. Algunos teólogos se han dado en llamar a María "El rostro materno de Dios". Ciertamente lo es. Sobretodo si nos referimos, como lo hacen ellos, al rostro de aquella que tiene en sí los rasgos extraordinariamente puros de aquel Dios que quiso que el hombre fuera su "imagen y semejanza", pero que él contaminó con el pecado que añadió a su ser, con lo cual desvirtuó esa imagen y semejanza, pero que en María conservó absolutamente aquella igualdad del origen. Y más allá de eso, refiriéndolo a la naturaleza humana del Verbo que se hace carne en María, en vez de pensar en Ella, y pensando esta vez en Jesús, podríamos decir que Jesús es "El rostro divino y filial de María". Es de Ella de quien tiene todo lo humano. Dios eleva la carne de María a la condición divina en Jesús. Toda la carne del Hijo de Dios hecho hombre es carne de María, por lo cual, en esa carne de María se da el fenómeno adelantado de la divinización del hombre. La carne de Jesús es la carne divinizada de María. Y en ese paso gigantesco que da la materia humana en María, estamos todos integrados. Nuestra Madre logra para todos nosotros esa misma divinización que Ella obtiene para sí, pues nuestra humanidad está toda misteriosamente conectada. La suerte de uno será la suerte de todos. La divinización de uno es la divinización de todos. La divinización de nuestra Madre es la divinización de todos sus hijos. Por ello, por esta misteriosa unidad que vivimos todos los miembros de la raza humana, vamos recorriendo la misma ruta de María, que en definitiva es la ruta de Jesús. Ella es la primera discípula de su propio Hijo, por lo cual nos va haciendo también a cada uno de nosotros, misteriosa y providencialmente, discípulos de Jesús.

María tiene como riqueza personal el ir dando exactamente los mismos pasos de su Hijo. Es limpia de todo pecado como su Hijo. Es elegida desde la eternidad para ser la Madre del Verbo tal como fue elegido también su Hijo eternamente para ser el Redentor del mundo. Se pone a la absoluta disposición de Dios al decir: "Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí según tu Palabra", al igual que lo hizo su Hijo al ser enviado por el Padre: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Sufre el rechazo del hombre al que ama, José su esposo, de la misma manera como su Hijo sufre el rechazo de todos aquellos a los que ama y que viene a rescatar del pecado y de la muerte. Tiende la mano a su prima Isabel, que por anciana está desarrollando un embarazo riesgoso y va a acompañarla en esos momentos de peligro, como lo hace Jesús tendiendo la mano a los más necesitados como a los paralíticos, los leprosos, los ciegos, la mujer con flujo de sangre, a los que cura con amor. Aquel corazón compasivo de su Hijo que da de comer a los hambrientos con la multiplicación de los panes y que resucita al hijo de la viuda que con su muerte lo había perdido ya todo en este mundo, lo refleja también Ella cuando se preocupa del apuro que viven los jóvenes esposos en Caná al acabarse el vino en su fiesta de bodas. Vive la Pasión con su Hijo y lo acompaña hasta el momento final de su entrega: "A los pies de la Cruz estaba María, la Madre de Jesús". Así como el corazón de Jesús fue traspasado por la lanza del soldado, a María también le es anunciado que será atravesada por una espada de dolor al ver a su Hijo muerto ante Ella: "Y a ti, una espada te atravesará el corazón", con lo cual tiene en cierto modo la experiencia de la muerte, la que vive toda madre que ve morir al hijo de sus entrañas. Ciertamente el Corazón de Jesús y el de María son uno solo. No hay diferencia entre ellos. Lo mismo que vive Jesús lo vive María. Y por ello, al igual que su Hijo, Ella ha irrumpido con su cuerpo glorioso en el cielo, siguiendo las huellas dejadas por Jesús, pues la suerte de uno es la suerte de los dos, porque es la misma suerte. Y con ello, nos asegura a todos seguirla en sus pasos hacia el cielo. Ella es figura de la Iglesia y modelo que seguiremos todos sus miembros. Si sus pasos son los que ha dado Jesús, los pasos de cada uno de nosotros serán los de Ella que, al final, serán los de su Hijo. Como Ella, entraremos a gozar del cielo, junto al Padre. Y como Ella, en ese corazón Inmaculado que es el mismo de su Hijo, viviremos nosotros la alegría plena de ser tan puros como Ella para toda la eternidad, en un amor y una felicidad que jamás tendrán fin.

viernes, 19 de junio de 2020

A Dios le gustó amarnos con corazón humano en Jesús

Entronización al Sagrado Corazón de Jesús – Devoción al Sagrado ...

Entre las "riquezas" que pudimos aportar los hombres a Dios, si es que le pudimos haber aportado alguna, es la de tener corazón. Dios es espíritu puro, por lo tanto en lo más puro de su naturaleza no tiene carne, pues para Él la carne representaría más bien una limitación al haber ella surgido de sus manos creadoras y estar atada a la existencia en el tiempo y en el espacio. Su amor divino, que es eterno e infinito, existió desde siempre, desde toda la eternidad, y existirá para siempre. No desaparecerá jamás pues es su esencia y le da su identidad profunda. Lo afirma San Juan en su Primera Carta: "Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él". Está claro que Dios no empezó a amar en la encarnación de Cristo, que fue cuando empezó a tener carne humana, pues amó desde siempre en su existencia eterna, pero sí hizo que su amor pasara a formar parte de la vida de sus criaturas preferidas, los hombres. Cuando decretó la existencia de los hombres "a nuestra imagen y semejanza", colocó en ellos esa capacidad natural que existía en Él, que es la de amar. El don más valioso que Dios daba al hombre era esa capacidad de su amor, pues en ella iba Él mismo. Si Dios es amor, haber creado al hombre con la capacidad de amar es haberle regalado su misma esencia. El hombre, así, era algo parecido a Dios, una especie de dios menor, por cuanto compartía en el amor algo de la esencia divina. El corazón humano ha sido tradicionalmente considerado la sede de los sentimientos. El hombre, según eso, ama con el corazón. Un hombre sin corazón, así lo entendemos, es un hombre que no es capaz de amar. Es, sin duda, un reduccionismo romántico esta fijación del amor en el corazón del hombre, pues la realidad es que el amor es un movimiento de todo el ser. El amor no es solo idealismo o romanticismo. El amor es una decisión activa y comprometedora, en cuanto es el hombre entero el que tiende con todo su ser a vivir ese amor y a vivirlo de acuerdo a lo que él implica. El amor lanza hacia el amado, impulsa a buscar su bien, compromete en la búsqueda de su felicidad. Y en eso está implicado todo el hombre. El corazón es una víscera del cuerpo, por lo que no podemos reducir el amor a algo solo visceral. Con todo, siendo un reduccionismo, no está mal que lo ubiquemos concretamente en el corazón, por cuanto necesitamos tener algo específico a lo cual referirnos cuando hablamos del amor.

Siguiendo esta línea de razonamiento, podríamos agregar que, en cierto modo, esa riqueza que Dios ha obtenido de los hombres haciéndose de un corazón humano en Jesús, es consecuencia de un "aprendizaje" que Él quiso hacer desde nosotros. Desde toda la eternidad Dios nos amó a lo divino. En la encarnación obtuvo un corazón humano, el de Cristo, nacido de la Virgen María, y desde ese momento "aprendió" como nosotros a amar con corazón humano. Dios, que no tenía hasta ese momento de la historia corazón de carne, empezó a tenerlo, y tuvo que "aprender" de José y de María a amar también con ese corazón que estaba estrenando. Aquel amor divino que en sí mismo era infinito y eterno, pues era Él mismo, al entrar a formar parte integrante y activa de la historia humana como uno más de entre nosotros, se convirtió en el amor humano de Dios, que se hizo aún más cercano y asequible para cada uno de nosotros. Así hizo más sencillo para nosotros el vivir en el amor, pues lo puso a nuestra vista no desde la inmensidad de su trascendencia infinita e inalcanzable, sino desde ese corazón humano del Dios que se había hecho hombre como uno más de nosotros. De esta manera, entendimos que el amor que nos pide Jesús que tengamos en nuestro corazón es el mismo que Él nos tiene. Por eso el mismo Jesús transformó la medida del amor del mandamiento. Antes era: "Ama a tu prójimo como a ti mismo", pues la referencia más cercana que poseíamos del amor mayor era el del que teníamos más a la mano, que era el amor a nosotros mismos. Con su encarnación ya teníamos a la mano su amor como referencia humana: "Ámense los unos a los otros como Yo los he amado". Es el amor divino hecho humano, por lo tanto ya convertido en una referencia posible para nosotros, y más cercana. Aquel amor humano del Dios que se hizo hombre lo entendemos mejor. Por ello sabemos que nuestro amor debe ser como el del Jesús que ama con amor compadecido a la viuda de Naím que ha perdido a su hijo, que ama con amor henchido de ternura a la anciana que echa en el cepillo del templo las últimas monedas que le quedaban para sobrevivir, que ama con amor misericordioso a la adúltera que le es presentada para ser juzgada y lapidada, que ama con amor piadoso a la mujer que se lanza llorando a sus pies y los limpia con sus lágrimas en la casa de Simón el Fariseo, que ama con amor salvífico a Zaqueo trepado al árbol para poderlo ver mejor cuando pasa, que ama con amor comprensivo a Nicodemo que se acerca escondido y de noche a hablar con Él, que ama con amor fraterno a Marta cuando le reclama por la muerte de su hermano Lázaro...

En toda esa gama de amores Jesús, Dios encarnado, se sintió cómodo. Evidentemente las había tenido siempre en su experiencia personal como Dios. Pero en su experiencia como hombre eran totalmente nuevas para Él. Y le gustó tenerlas. Las disfrutó y las vivió con intensidad. Y porque fueron tan agradables y compensadoras para Él, deseó que también nosotros las tuviéramos para vivir esa compensación infinita del amor divino hecho humano. Amar como Jesús amó nos hace amar como Dios amó humanamente. Incluso en el amor más radical e inobjetable como el de su entrega a la muerte en la Cruz. "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados". El Hijo aceptó esta encomienda del Padre porque nos amaba infinitamente. Y esa misma fue su total compensación. Su corazón nos amó de tal modo que sintió inmensa alegría al hacerlo. Y está plenamente consciente de que esa será también nuestra alegría. Por eso, al haberlo entendido, San Juan nos invita a hacer lo mismo: "Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud". Nuestra dicha plena estará en lo mismo que vivió Jesús: "En esto conocemos el amor: en que Él entregó su vida por nosotros; también nosotros debemos entregar nuestras vidas por los hermanos". Es de tal manera compensadora esta experiencia del amor humano de Dios, que habiéndola vivido Jesús en sí mismo, nos ofrece no solo su testimonio para poderlo seguir, sino su apoyo para que no tengamos desilusiones ni cansancio al hacerlo: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". Esa oferta es eterna en el tiempo. Nunca dejará de estar Jesús con la mano tendida hacia nosotros, pues habiéndolo experimentado Él en su propio corazón humano, quiere que la tengamos cada uno de nosotros en nuestro propio corazón: "Él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones".

jueves, 18 de junio de 2020

Un Padre que nos ama y que quiere que lo amemos en Él y en los hermanos

Por qué el Padrenuestro es la oración más poderosa?

La oración es el alimento del alma. Mantener un contacto de intimidad con Dios, en el encuentro solitario de los dos corazones, es una necesidad absoluta para todo el que quiera ser auténtico discípulo de Jesús, miembro de una Iglesia que avanza hacia la santidad, hermano de todos los que con él caminan en la misma búsqueda del Padre Dios. Y es una necesidad pues es lo que manifestará externamente la vida que se posee. De la oración surge el deseo de esa vida que se recibirá por sus canales naturales que son los sacramentos, y de ella se recibe también el alimento que la sostiene y la hace cada vez más sólida. Quien mantiene una vida de oración activa, teniendo ese encuentro sabroso, íntimo, constante, absolutamente compensador, es una persona que hace que crezca la gracia que posee y es capaz de transmitirla. Orar no es perder tiempo. Orar es ganarlo, pues todo el tiempo que se invierte en la oración está recompensado con una vida más plena a nivel personal, colmada de gozo interior, consciente de que las cargas van siendo compartidas con Aquel que se ofrece a ser alivio y fortaleza en el camino, teniendo clara la meta hacia la que se dirigen todos los esfuerzos, lleno de la ilusión de saber que en el camino vivirá el gozo de poder convivirla con los hermanos y que en ese final del camino hay un estado de alegría sin fin y una compensación en el amor que no tiene igual en ninguna realidad de la tierra. Y es ganarlo, además, pues se adquiere la conciencia plena de no vivir en una situación de individualidad absoluta, egocéntrica, ya que la oración nos conecta con todos los demás que son también hijos de Dios, nos hace partícipes de su misma vida, por lo cual lo asumimos como tarea y responsabilidad propia, y nos sentimos lanzados a vivir en solidaridad y fraternidad con todos ellos pues sabemos que es Dios mismo, en esa oración comprometedora, el que está poniendo esas vidas en nuestras manos. Ciertamente, la oración tiene una compensación personal inmensa, pues es "el encuentro de dos corazones que se aman", a decir de Santa Teresa de Ávila, pero tiene un complemento comunitario que la hace tener un sentido agregado, que se añade al del encuentro íntimo, ya que en la oración del cristiano tiene cabida toda la realidad que él vive, y por eso en ella se hacen presentes también todos los hermanos y las circunstancias que cada uno de ellos vive.

Cuando Jesús invita a orar a los discípulos les pide, y en ellos nos pide a todos los cristianos, a que no gastemos muchas palabras: "Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan". Nos invita a no pensar que a Dios le gusta nuestro palabrerío. Lo que a Dios le gusta es nuestro encuentro con Él en la intimidad y en el que damos cabida al silencio en el cual le ofrecemos la oportunidad de dirigirse a nosotros. El mucho hablar nuestro puede tener como consecuencia el impedir que Dios nos hable. Teniendo Él el deseo de entrar en contacto con nosotros, le obstaculizamos esa intención cuando llenamos todo el espacio nosotros con nuestras palabras muchas veces vanas. La oración es un intercambio y nosotros, lamentablemente, lo convertimos frecuentemente en un monólogo. En ella estamos presentes solo nosotros. Tenemos con frecuencia la tentación de colocar a Dios tan lejos de nosotros, incluso en nuestra oración, que ella se convierte casi en un encuentro con nosotros mismos. Decimos cosas que nos gustaría escuchar a nosotros, sin pensar en Dios. Es casi una representación teatral en la que solamente buscamos quedar bien. Así, la oración llega a ser simplemente una búsqueda de justificación y de satisfacción personal. Para que la oración sea transparente y fructífera debemos dejar de ser lo que queremos representar y ser nosotros mismos delante de Dios. Al fin y al cabo Él sabe bien lo que somos cada uno. Y lo sabe mejor que nosotros. Y para facilitarnos ese camino, Jesús mismo nos ofrece una oración que nos pone en el camino de lo que debe ser: "Ustedes oren así: 'Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal'”. Las dos palabras iniciales son la condensación de toda la oración. Dios es Padre y es nuestro, es decir, tiene que ver directamente con la vida de cada hombre, pues es la razón de la existencia de cada uno y de su subsistencia y posee como Padre una relación de amor con sus hijos que hace que el intercambio con Él sea totalmente entrañable. Podría decirse que esa relación es tan íntima como la que describe San Pablo, en la que entramos en contacto con Dios llamándolo Abbà, que es un diminutivo cariñoso hebreo (papá, papi, papaíto), que usa el niño con su padre. Y es nuestro, no solo mío, lo que nos lanza a la vida de la comunidad que quiere Jesús que vivamos con conciencia sólida.

En efecto, es interesante que Jesús no nos enseñe la oración con el singular de la primera persona, sino con el plural, siendo como es, una oración que nos invita a hacer en la intimidad del corazón. Existiendo cada uno de nosotros, sin duda, individualmente en la presencia de Dios y en su corazón, Él quiere que nuestra expresión, cada vez que nos dirigimos a Él, sea en la plena conciencia de que formamos parte de una gran comunidad que conformamos todos los que somos hijos suyos. No pedimos, por lo tanto, cosas para el disfrute personal, lo que nos puede llevar a encerrarnos en nosotros mismos, sino cosas para todos, lo que hace que nuestra conciencia de comunidad sea cada vez más sólida. En la oración del Padre nuestro no hay una sola vez una referencia a lo singular. Siempre es a lo plural. Las siete peticiones que se hacen son para todos, no para uno solo. Jesús quiere que nuestra oración esté siempre sustentada en lo único que le da solidez, que es el amor. No está sustentada en la conveniencia, en la búsqueda de prerrogativas, en la satisfacción personal y egoísta, en la huida del mundo, en la persecución de quedar en una bella figura delante de Dios. Nada de eso tiene sentido en la relación con Dios y más bien hace repugnante la oración dirigida a Él de esa manera. Solo el amor lo explica. Cuando Jesús nos enseña a orar quiere en primer lugar que vivamos el amor desde el cual vamos a hacer nuestra oración. Que sintamos el inmenso amor que Dios nos tiene, por lo cual lo llamamos con toda propiedad Padre. Que tengamos plena conciencia de que existimos por un gesto infinito de amor suyo y de que nos mantenemos en esta vida porque su providencia sigue estando siempre dirigida por ese inmenso amor hacia nosotros. De que nos ama con amor de Padre. Y que respondamos desde lo más profundo de nuestra convicción y de nuestro corazón también con amor. Un amor que nos conecta a Él como al niño con su papá, por lo cual se abandona en él y pone su absoluta confianza en sus manos, sabiendo claramente que su papá jamás le hará daño y siempre querrá lo mejor para él. Y un amor que debe estar siempre también conectado con los demás, porque es Padre nuestro, no solo mío, por lo que, al amarlos Dios con el mismo amor con el que me ama a mí, estoy yo también llamado a amarlos con el mismo corazón y con la misma intensidad. Jesús quiere que tengamos la perfecta vivencia del amor. Del que Dios me tiene a mí, del que yo le tengo a Él y del que yo le tengo a mis hermanos. El Padre nuestro es una oración que me llama a la plenitud. A no quedarme en las exigencias menores, sino en las mayores que me llaman a dar lo mejor de mí a Dios y a mis hermanos, para recibir de Él y de ellos lo mejor que me pueden dar, que es también su amor infinito.

miércoles, 17 de junio de 2020

"Obras son amores y no buenas razones"

Pin en Evangelio del día

El sistema premio-castigo es tan antiguo como los hombres. Es natural que los hombres persigamos ser reconocidos en las cosas que hacemos, sobre todo si consideramos que ha sido necesario un gran esfuerzo para lograrlo. De cierta manera nuestro progreso general, en lo humano, en lo familiar, en lo profesional, tendrá una mayor motivación si el premio que se persigue es más grande. Los niños aprenden a responder a las indicaciones de sus padres cuando les son ofrecidos premios por su esfuerzo. Los jóvenes también persiguen el obtener ganancias por el esfuerzo que hacen en su hogar o en su instituto educativo. El joven ya maduro se pone como meta un título académico o el logro de un buen trabajo, y en la persecución de esa meta, que sería su premio, colocan un esfuerzo superior. El buen profesional busca como reconocimiento su promoción a puestos de mayor categoría en el desarrollo de sus labores. El artista busca superarse cada vez más y se enorgullece cuando su obra es reconocida y obtiene premios en su campo. Los esposos se alegran cuando son reconocidos por su cónyuge en los esfuerzos que hacen por hacer de la vida matrimonial un lugar mejor, cuando logran mejores ingresos para cubrir los gastos domésticos, cuando van mejorando la calidad de vida de la familia, cuando es reconocida una buena comida que hayan cocinado. Los padres viven la alegría de los logros de sus hijos, de su buena conducta, de sus avances académicos, de sus buenas relaciones con los otros compañeros, y entienden que es un reconocimiento tácito a la formación que han ido recibiendo en casa. Los amigos buscan ser colocados en puestos privilegiados por sus camaradas al ser más simpáticos, al lograr hacer más agradable el tiempo compartido, al lograr sembrar en los otros no solo el disfrute vano de lo superficial, que en algunos momentos puede resultar lo indicado, sino que apuntan a una amistad más auténtica pues buscan sembrar también valores y virtudes, principios de vida sólidos que se vayan atesorando para una vida futura con mayor sentido. Si nos detenemos solo en estas consideraciones para la vida cotidiana de cualquier persona humana, el reconocimiento que recibamos en estos campos nos animará a seguir haciendo el esfuerzo por hacer mejor cada vez más nuestras realidades.

Ese sistema premio-castigo puede lograr que el mundo sea un mejor lugar para todos. Sin duda, todos necesitamos, en cierto modo, el ser reconocidos para tener mayor ilusión en el esfuerzo por ser mejores. La dificultad se presenta cuando desvirtuamos esta realidad inobjetable en el hombre y buscamos solo nuestro provecho personal en ella. Hay quien solo lo hace por apariencia, y persigue reconocimientos única y exclusivamente para alimentar su ego, haciendo que los otros casi caigan de rodillas a sus pies. Los manipulan y aparentan ser buenos con algunas acciones aisladas, cuando en realidad ellas están muy alejadas de la bondad de la que deben estar revestidas. Son los engañadores de oficio que hacen que los demás los admiren por un disfraz que no representa la realidad de lo que en verdad hay en ellos. Lamentablemente esta conducta se ha enquistado en nuestra realidad cotidiana y son muchos los que se aprovechan de la inocencia de tantos y obtienen un prestigio basado en la mentira y en la manipulación. La política, el mundo artístico, la publicidad basan muchos de sus logros en esta desleal actuación. Por otro lado, existen también los que, sin toda la malicia del caso anterior, se crean la necesidad de ese reconocimiento para basar en él sus buenas actuaciones, y cuando no existe, no encuentran motivación para seguir actuando bien. Hacen depender el hacer buenas cosas y el esforzarse en ser mejores solo en el ser reconocidos. Cuando no hay ese reconocimiento consideran que no deben seguir actuando con buenas maneras y persiguiendo la excelencia. Se contentarían así con las actuaciones mediocres o de regular calidad, pues no valdría la pena seguir esforzándose en ser mejores, ya que nadie los reconoce. Con ello, se estaría promoviendo el mundo de la mediocridad, pues solo se estaría realizando un  esfuerzo mínimo para llegar a cumplir con lo propio solo a regañadientes. Es un mundo gris en el que la buena calidad no existiría y en el que estaría ausente también la excelencia. Quienes así piensan y actúan olvidan que ese mundo mejor será una ganancia también para ellos mismos, por lo que el esfuerzo mayor en lograr más altas metas sería un beneficio igualmente para sí mismo. Pero en este sistema premio-castigo debemos también tener una óptica superior, que es a la que nos invita Jesús. Si en lo humano el reconocimiento puede resultar algo positivo si lo mantenemos en ese nivel de bondad como acicate para sentirnos animados a hacer obras buenas, en lo espiritual debemos tener una óptica superior, mucho más elevada.

Jesús nos dice que ese reconocimiento humano no nos debe importar nada cuando se trata de las obras espirituales. Que no debemos basar la búsqueda de la santidad, del crecimiento interior, de una cercanía a Dios y a los hermanos desde el amor, en el reconocimiento que podamos obtener de los otros. Es lógico que así sea, pues no es de ellos que obtendremos la salvación, ya que ella es solo don de Dios. No es el reconocimiento por nuestras obras que podamos obtener de los hermanos lo que nos abrirá las puertas del cielo, sino que es el reconocimiento en la intimidad del corazón que nos puede hacer Dios el que lo hará. "Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tienen recompensa de su Padre celestial". Quien se contenta con el reconocimiento de los demás, y realiza obras buenas solo para ser visto por ellos, pierde toda la riqueza que esas buenas obras pueden significar. Se queda en lo horizontal, sin permitir que ellas tengan trascendencia futura. En la limosna, en la oración y en el ayuno, las mejores obras espirituales que podemos realizar para acercarnos a Dios y a los hermanos, la calidad no podrá depender de la incidencia que tenga a la vista de los demás, sino de la que tenga en el mismísimo Dios: "Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará". Esas obras no pueden servir de ostentación delante de los otros, sino que deben ser ofrecidas a Dios desde la humildad, en lo escondido del corazón. La caridad con el hermano, la relación con Dios y el ofrecimiento de los propios esfuerzos y sacrificios a Él, solo deben quedar en la íntima relación entre el hombre y Dios. Si son publicitados con bombos y platillos pierden todo lo que de bondad puedan representar para el mismo sujeto. Dios no quiere que seamos "buenos" como una manera únicamente de publicitarnos ante los demás. La bondad de vida no es una apariencia que debemos representar al mundo como si fuera una obra de teatro en la que la representación no estaría sustentada en la verdad. Esa bondad de vida debe ser una realidad que esté inobjetablemente presente delante de Dios y que logrará para quien la vive el premio final: "Siervo bueno y fiel, entra a gozar de la dicha de tu Señor". Es este el reconocimiento más deseado para quien es bueno de raíz, y no únicamente cuando está siendo visto. Esto lo logra solo quien vive transparentemente delante de Dios y sabe que su vida está toda ella siempre presente delante de Él. Sabe bien que a Dios no lo puede engañar y por ello su bondad es el movimiento natural de su ser y es lo que ofrece desde sus manos limpias al Dios del amor.

martes, 16 de junio de 2020

Dejar amar a Jesús libremente desde nuestro propio corazón

Lectio Divina: 7 de marzo de 2020 – Iglesia en Aragon

Disponerse a escuchar a Jesús en el Sermón de la Montaña, teniendo la intención de dejarse enriquecer por Él, queriendo producir en sí mismo un cambio de vida que enriquezca, y haciendo que ese cambio transforme absolutamente todo el ser en pensamientos y conductas, requiere de un verdadero esfuerzo, casi sobrehumano, y de una voluntad superior que abra las puertas para lo inusitado, para lo inaudito, para la novedad absoluta. Quien así quiera avanzar tendrá que convertirse en un verdadero héroe, no al estilo de esos héroes panfletarios que hacen gala de superpoderes que los hacen vencer y subyugar a sus peores y más poderosos enemigos, sino en el sentido exactamente contrario, pues el poder que deberán mostrar es el de vencerse a sí mismos y dejarse vencer por el poder absoluto e inabarcable del amor. Y para ello, el poder necesario es mucho mayor que el del simple ser de hierro, o tener visión infinita, o ser inmune ante el fuego... No es sencillo acoger la invitación que nos hace Jesús pues requiere casi el renunciar al derecho propio a ser amado, a ser respetado, a obtener algunos beneficios, a aplicar la justicia, a alejarse del mal para protegerse. Jesús casi nos invita a lanzarnos por un precipicio en el cual obtendremos la muerte segura. El absurdo que nos invita a vivir es de tal magnitud que nos parece increíble una invitación de ese estilo. Por ello, cuando nos percatamos de que Jesús no está loco ni podría pedirnos imposibles, debemos hacer un esfuerzo más allá de la simple comprensión humana de lo que pide, para dar un paso más allá, entrando en una comprensión superior, la divina, la de la perfección, que es a lo que finalmente nos está invitando. Nuestra comprensión humana solo tiene cabida para lo razonable, para lo normal, para lo que para nosotros es lo natural. Cristo entiende que su obra no puede quedarse solo en ese nivel. Nos dice a nosotros que al habernos hecho hombres nuevos debemos demostrar de alguna manera que ciertamente hay algo nuevo en nosotros, que nos eleva y nos hace distintos a lo que éramos antes de recibir la novedad de vida: "Si ustedes aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?" Si nos quedamos en ese nivel de "normalidad" hacemos innecesaria su entrega, su sacrificio, su muerte en cruz para nuestra redención, para nuestra renovación. No se habría producido en nosotros ningún cambio.

En efecto, la fuerza de la gracia que se derrama sobre los hombres desde la cruz de Cristo nos hace obtener una riqueza y una fuerza que no poseíamos antes. Jesús, entrando en nosotros cuando se derrama de amor desde ese corazón destrozado que deja manar sangre y agua, signo del último hilillo de vida que le podía haber quedado, nos está a su vez divinizando. Nos enriquece haciéndonos partícipes de su naturaleza divina no de manera ideal, sino real. Coloca en nosotros y en nuestros corazones capacidades de las que nos quedaremos sorprendidos, pues le dan "naturalidad" a lo sobrenatural que podremos empezar a vivir. Así como en la Última Cena lo natural, el pan y el vino, pasó a ser sobrenaturalmente su cuerpo y su sangre, así mismo, cada hombre beneficiado con su palabra de gracia y con su amor como tesoro en el corazón, pasa de ser simplemente un hombre más a ser un hombre cristiano renovado por la gracia que lo hace poseer cualidades divinas y capaz de hacer naturalmente lo que es sobrenatural, es decir, la gracia lo diviniza y lo hace actuar de manera similar al mismo Dios. No deja de ser hombre, sino que a su ser hombre le añade el ser divinizado. "La gracia supone la naturaleza, no la destruye", dicen los teólogos. Por ello, en ocasiones esa naturaleza humana buscará de nuevo rebelarse ante la novedad absoluta que implica lo divino. Pero esto divino tendrá siempre la capacidad de erigirse en victoriosa si el hombre se deja conducir por el poder infinito del amor divino. En definitiva, el resumen de esta invitación de Jesús es a la perfección de Dios: "Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto". Aunque parezca absurdo, Jesús lo hace posible no solo como exigencia sino como donación de su amor, pues nos ha capacitado haciéndose uno con nosotros, cuando le abrimos nuestro corazón, dejándolo vivir en nosotros, haciéndonos nosotros uno con Él: "Vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí", decía San Pablo. Por ello, realmente, cuando Jesús nos está haciendo invitaciones que nos suenan ilógicas, absurdas, inhumanas: "Han oído que se dijo: 'Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo'. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que ustedes sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos", realmente está invitándose a sí mismo a hacerlo desde nosotros. Si dependiera solo de nosotros, haríamos todo lo contrario de lo que nos pide. Pero estando Él en nuestros corazones será posible siempre.

Alcanzar este nivel de avance en el camino hacia la perfección, entonces, es posible gracias a esa capacidad que coloca el mismo Jesús al habitar en nosotros. No es fruto de un camino de perfeccionamiento personal, de una ascesis individual, pues la naturaleza humana por sí misma no puede alcanzar tal grado de perfección. Jesús lo coloca como itinerario pues es lo que el mismo Dios vive y es hacia Él que se debe tender. El inicio de esta historia de amor a los enemigos, de perdón y de intercesión hacia ellos se remonta al Edén. Los hombres, Adán y Eva, se declararon enemigos de Dios cuando le dieron la espalda al desobedecer su orden y querer erigirse ellos mismos en dioses. Echaron a Dios de sus corazones y se declararon siervos del demonio. Y en su pecado nos arrastraron con ellos a toda la humanidad. Pero Dios declaró su amor a esos enemigos suyos, les ofreció su perdón y les prometió un rescate. No los condenó a priori ni los hizo desaparecer, habiéndolo podido haber hecho. Y ha estado durante toda la historia de la humanidad dispuesto a tender su mano a quien, habiéndose declarado su enemigo con sus pensamientos y sus conductas, demuestra su arrepentimiento y se convierte. Así sucedió con Ajab, arrepentido de la muerte que había propinado a Nabot para quedarse con su viña: "¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? No traeré el mal en los días de su vida". Y es exactamente lo mismo que hizo Jesús, aceptando la encomienda del Padre de hacerse hombre para rescatar desde dentro mismo de la humanidad a los que se habían puesto de espaldas a Él, sufriendo por el dolor que le infligían aquellos mismos por los que iba a morir, pidiendo el perdón del Padre para aquellos que lo estaban matando "porque no saben lo que hacen". Jesús, al ponernos sus exigencias, no está hablando de memoria ni nos está poniendo como meta algo a lo cual nadie haya respondido positivamente. Él mismo lo ha hecho. Y antes, y siempre, lo había hecho el mismo Padre. Por eso sabe que desde el poder de su amor, eterno e infinito, sí es posible hacerlo. Para Él todo es posible, pues es Dios. Y por eso mismo, habiendo probado en sí aquello a lo que nos invita a todos, se mete en el corazón de cada uno, cuando se lo permitimos poniéndonos a su disposición y a la disposición de su gracia, y se invita a sí mismo, que habita en nuestro corazón, a seguir dando muestras de ese amor infinito, a amar a los enemigos y a orar e interceder por ellos. Es Él el que lo hará desde nosotros. Basta que, en primer lugar, lo dejemos habitar en nosotros, nos dejemos invadir de su amor y, finalmente, dejemos que su amor eterno e infinito sea totalmente el nuestro, y sea libre para que se exprese siempre y en todo desde nuestro propio corazón.

lunes, 15 de junio de 2020

Devolver bien por mal impide que el hombre desaparezca del mundo

Vencer al mal por el bien

Las reacciones espontáneas suceden cuando nuestro instinto actúa sin discernimiento, automáticamente. Actúan sobre todo cuando de defender nuestro propio bienestar, incluso nuestra propia vida, se trata. Dios nos ha enriquecido principalmente con ese instinto de supervivencia que tenemos todas sus criaturas. De algún modo es un sello que ha colocado en nosotros en el cual tendemos naturalmente a proteger el don con el cual Él mismo nos ha enriquecido, que es el de nuestra propia vida. Al ser un regalo valiosísimo, lo defendemos descubriendo con ello el valor en el que lo colocamos. Podríamos pensar que ese movimiento instintivo es también un don de Dios, pues se trata de defender algo que tiene valor en sí mismo, que ha sido colocado en nuestras manos por el que tiene el poder infinito al habernos creado y que al colocarlo en nuestras manos espera también que demostremos ser dignos de él, confiando en que protegiéndolo demostremos que para nosotros está entre las cosas más importantes que poseemos. La vida y todo lo que gira alrededor de ella es el tesoro temporal más valioso que tenemos. Sin ella no existimos. En ella demostramos lo que somos, hacia dónde tendemos, cuáles son las cosas que nos motivan, cómo la ejercemos junto a los otros seres que también la poseen, cómo valoramos todo lo demás que nos ha sido donado por el amor, cuál es la meta que perseguimos. Se puede descubrir este movimiento instintivo en todas las criaturas por cuanto todas intuyen de algún modo que sin la vida, ya no existen. Así vemos cómo las plantas, los animales y todos los hombres desarrollan toda su vida en el ejercicio de su defensa instintiva, protegiéndola y buscando siempre la mejor manera de conservarla, alimentarla, haciéndola progresar, apoyándose en otros para hacerla más sólida y fuerte. En los animales y las plantas este movimiento se da sin ningún discernimiento pues no existe en ellos esta capacidad, de manera positiva, en el sentido de que en la defensa de la propia vida no se descartará ningún método sino que solo se tenderá a protegerla a como dé lugar. En el hombre sí puede haber lugar para un discernimiento en el que se pueda pensar en mejores defensas, en armas ideales, en métodos particulares y más efectivos. Se buscaría, poseyendo inteligencia y voluntad, elevar la posibilidad de protección del valor de la vida, y más allá de eso, crear cada vez mejores condiciones para un desarrollo más positivo de ella, que produzca mayores satisfacciones y permita su progreso.

Esta superioridad racional del hombre sobre las otras criaturas no se queda solo en la búsqueda de la mejor manera de defender la vida y lo que la sustenta. Su condición superior lo hace valorar la vida también incluyendo otros criterios, tales como la valoración de otras vidas y la consideración de una vida distinta y superior de la biológica que posee. La óptica, sin duda, se enriquece y traslada de esta manera el discernimiento más allá de la sola consideración horizontal de una vida biológica, que tiene su importancia, pero que no puede considerarse aislada de esos otros argumentos. Así como tiene valor la propia vida, la tiene también la vida de todos los demás hombres y de las otras criaturas. Y así como tiene valor esta vida biológica, que en algún momento tendrá su fin, que se espera que sea natural, lo tiene mucho más la vida superior y eterna que nos ofrece Dios, por lo cual se debe valorar en mayor grado que aquella que tiene final. Por eso tiene mucho sentido la invitación que nos hace Jesús a no tender solo a dejarse expresar a nuestro instinto en la defensa de la vida y de sus apoyos de manera irracional, sino que en la valoración de las otras realidades, elevemos también nuestra capacidad de discernimiento en su defensa. Es necesario descubrir qué es lo que debemos defender más. Jesús nos da la pista para esa correcta comprensión: La vida de los demás es un tesoro valioso que debe ser respetado reverencialmente. Y aún más, debe ser defendido, protegido y promovido el don de la vida eterna. Por encima de la defensa de la propia vida biológica, debemos ponernos en defensa de la vida sagrada de los hermanos y en defensa más radical aún de la vida superior, divina y eterna de la vida que se ofrece a todos los hombres al final de esta vida que se terminará en algún momento: "Han oído ustedes que se dijo: 'Ojo por ojo, diente por diente'. Pero yo les digo: no hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas". Jesús nos dice claramente que en la medida del amor, la vida de todos debe ser promovida, incluso por encima de lo que sustenta la propia. El instinto que nos lanza a la venganza automática debe ser, por lo tanto, totalmente refrenado. Y debe surgir el deseo de defensa de la vida del hermano, considerado así desde la valoración que Dios mismo le da a su vida y a la vida de todos.

Se entiende entonces que nadie puede erigirse en juez que decida cuál es la vida más importante. El amor de Dios sentencia que toda vida es importante y debe ser defendida, protegida y promovida en consecuencia con ese amor con el cual Él la creó y de la que se hace eco todo aquel que es su discípulo. Más allá de la consideración de lo impropio de la venganza, por ser un movimiento en el que la ausencia del amor fraterno es total, por lo que simplemente se tenderá a la búsqueda de la desaparición de toda vida que nos haya agraviado, como lo afirmó Ghandi: "Ojo por ojo, y el mundo acabará ciego", debemos colocarnos en la mente de Dios que ama a todo hombre por igual, incluso a los malos, y quiere darles la oportunidad a todos de convertirse, de valorar la vida y de llevarlos a gozar de esa vida superior, eterna y espiritual que Él tiene reservada para ellos. Lo dijo León Tolstoi: "La única manera de acabar con el mal es devolviendo bien por mal". Ese movimiento del bien que impide el desarrollo del mal es el dique perfecto para las malas actuaciones de los hombres y hará imposible que el mal crezca y se haga un monstruo indetenible, como el que movió a Jezabel, mujer de Ajab, que llegó incluso a levantar un falso testimonio contra Nabot, que se negaba a vender o entregar su viña, para lograr su muerte y hacerse con ella: "Llegaron los dos hombres hijos de Belial, se sentaron frente a él y testificaron contra él diciendo: 'Nabot ha maldecido a Dios y al rey'. Lo sacaron fuera de la ciudad y lo lapidaron a pedradas hasta que murió. Enviaron a decir a Jezabel: 'Nabot ha sido lapidado y está muerto'". Es terrible hasta dónde podemos llegar cuando no valoramos la vida del hermano. Devolver bien por mal no nos hace tontos, sino sabios. Que nadie se engañe diciendo que lo que nos propone Jesús es para hombres sin voluntad o para tontos. Es todo lo contrario. El verdadero héroe es el que impide que venza su propio instinto, el que se pone en la línea de la defensa de toda vida, el que valora igual que Dios la vida de todos. El que por perseguir ganar la vida superior, la eterna y espiritual, se decide a no dar rienda suelta a su instinto y a dirigir su vista hacia aquella meta que da la verdadera plenitud. El que coloca el dique para que el mal no llegue a desarrollarse ni a vencer, sino que se coloca del lado del bien y busca que sea él el que triunfe y llene de su color la existencia de todo hombre en el mundo. El que valora no solo su propia vida, sino que valora también la vida de los hermanos, y por encima de todo, la vida superior y eterna que Dios nos ofrece.

domingo, 14 de junio de 2020

La Eucaristía es memoria de tu entrega, prenda de vida eterna y signo de unidad

Cómo la Arquidiócesis de SD organizará la misa de Corpus Christi ...

Jesús nos invita a un gran banquete en el que Él mismo es el que prepara la comida, la sirve con todo detalle, Él mismo es la mesa en la que se va a comer y es también la comida que se va a saborear. Todo corre de su parte y no hay nada que nosotros tengamos que poner. Solo nos pide estar preparados, tener una buena disposición interior para disfrutar, abrir espacio para que la comida caiga bien y no produzca indigestión, que nos vistamos para la ocasión con un buen traje espiritual que descubra nuestra disposición interior. Cuando celebró este banquete la primera vez con los apóstoles, representó en él lo que iba a suceder horas después: "Tomen y coman todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado... Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre que será derramada". El banquete es preparado con el ingrediente imprescindible del amor que será demostrado en su máxima expresión, cuando se vea a ese que es comida y bebida en sí mismo, pendiente y muerto en la Cruz, simplemente porque amaba a cada uno por los cuales se estaba entregando. Somos todos los hombres destinatarios de ese amor infinito que demuestra Jesús. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". Un amor que no desemboca en la entrega total, no es verdadero amor. El que ama no guarda nada para sí, sino que lo da todo en beneficio del amado. Ese regalo que estaba dejando anticipado a los apóstoles, en el cuerpo y la sangre en el que se habían transformado ese trozo de pan y esas gotas de vino que estaban sobre la mesa, es un banquete al que nos invita a todos sus discípulos que vendremos posteriormente. Los agraciados no son, no pueden ser, solo los apóstoles que estuvieron presentes en aquel momento glorioso. Hubiera sido un absurdo y un gasto dispendioso sin sentido. Ese sacrificio que representaba la entrega y la muerte del hombre que era Dios, con ese cuerpo donado y esa sangre derramada, tenían y siguen teniendo valor infinito para servir y beneficiar a toda la humanidad. Por eso Jesús, consciente de lo que tenía que seguir sucediendo en la historia, dice a los apóstoles: "Hagan esto en conmemoración mía". No es un gesto que se agota en ese momento histórico, sino que trasciende el tiempo y el espacio. Y cada vez que se celebra la Eucaristía, la Última Cena de Jesús con los apóstoles, se renueva ese sacrificio y se actualizan sus efectos para cada hombre y cada mujer que lo viven. No es un gesto simplemente simbólico que "recuerda" aquel momento de gloria del final de la vida terrena de Jesús, sino que es una verdadera comida que seguimos disfrutando cada vez que un sacerdote repite esas palabras de Jesús. Él se sigue ofreciendo igual que aquella primera vez, obviamente sin el sufrimiento que aquello acarreó para Él, pero sí produciendo los mismos efectos de salvación.

Jesús mismo se entrega para seguir siendo causa de salvación para todos. Hace referencia incluso a la comida que Yahvé hizo caer sobre Israel en el desierto, el maná y la carne de aves, y que representó la salvación del pueblo del peligro de morir de hambre en aquella peregrinación. Pero tácitamente dice que este alimento que Él ofrece ahora, su propio cuerpo y su propia sangre, la supera, pues representará la vida para todos. Aquella comida del desierto no impidió la muerte natural de los israelitas: -"No es como el de los padres de ustedes, que comieron y murieron"-. La comida que Jesús ofrece representa para todos la vida eterna: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre". Ese pan es Él mismo que se ofrece. El mismo cuerpo que pende de la Cruz y la misma sangre que en la pasión derrama abundantemente incluso hasta el momento en que es traspasado su corazón ya inerte, es el que se ofrece en cada Eucaristía celebrada en todo el mundo, hasta en el más insignificante poblado: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. ... El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida". No se trata de un gesto simbólico que no contenga la realidad. La Eucaristía es una realidad sacramental que no solo significa la entrega de Jesús, en su cuerpo y su sangre victimizados, sino que realmente los contiene y nos los ofrece como verdadera comida. Nos alimentamos de verdad, total y absolutamente, de Jesús. Comemos de verdad su cuerpo y bebemos de verdad su sangre. Él es el alimento más sublime con el que podemos contar. Y alimentarnos de Él representa para nosotros la vida. Por ese alimento tendremos puerta franca para entrar en el cielo. El mismo Jesús sentenció que comer de su carne y beber de su sangre representará para cada uno que lo haga tener la vida eterna y recibir el gran regalo de la resurrección en Él. Jesús podrá regalar la salvación y la vida eterna por vía extraordinaria a quien Él lo desee. Él es Dios y puede decidir en su absoluta libertad lo que quiera. Pero, como Él mismo lo ha establecido, la vía ordinaria para que esa vida eterna y esa resurrección nos alcance a todos, es alimentándonos con su cuerpo y su sangre en la Eucaristía.

Más allá del beneficio personal que nos lega la Eucaristía como alimento que nos lleva a la vida eterna, debe también producir en nosotros un efecto inmediato, que es el de la unidad. La imagen de la familia que se sienta en comunión alrededor de la misma mesa para disfrutar del banquete es ideal para explicarlo. Es un gesto entrañable que tiene un profundo significado de unidad. Una familia que comparte ese momento tan significativo revela la unidad íntima que vive. Por el contrario, cuando en una familia no se da este gesto de vivir la unidad ni siquiera en el momento de compartir el alimento, a menos que sea por razones de fuerza mayor, debemos siempre desconfiar de la cohesión entre sus miembros. Muy probablemente el cáncer de la desunión y la separación, signos evidentes de la falta de amor, se haya hecho presente. El que ama busca siempre estar físicamente cerca de su amado. Verlo, tocarlo, disfrutarlo. Cuando esto no se añora, se debe desconfiar de ese amor. Jesús quiere que esa unión se viva entre sus discípulos. Su banquete, el que nos ofrece Él mismo siendo la comida, el que lo sirve y la mesa en la que nos sentamos, debe producir en nosotros el efecto de unión que surge del amor mutuo. Al comer del mismo cuerpo y de la misma sangre de Jesús nos debemos sentir en unidad de amor con todos los cristianos de cualquier parte del mundo que hacen lo mismo. Es la familia de la Iglesia que comparte el mismo pan y la misma sangre, que se sienta en la misma mesa de unidad, y que recibe del mismo Jesús su propia carne y su propia sangre. Lo entendió perfectamente San Pablo y así se lo enseñó a los cristianos: "El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan". No se entiende, por tanto, que comiendo todos la misma comida y sentándonos todos en la misma mesa, no sintamos que somos un mismo cuerpo en la Iglesia de Cristo. La unidad es añoranza de Jesús que Él quiere que vivamos radicalmente y que reforcemos con el alimento que tomamos, que es Él mismo. "Que todos sean uno, como Tú y yo, Padre, somos uno". No solo lo hace oración, sino que lo hace posible al ofrecernos su cuerpo y su sangre como alimento que nos cohesione. La Eucaristía es memoria, es realidad y es llamada a la unidad. El cuerpo de Cristo es la prenda más linda que poseemos los cristianos. En ella, renovamos su entrega y actualizamos sus efectos en nosotros. Con ella, nos alimentamos del mismo Jesús para obtener la vida eterna y ser resucitados con Él. Y por ella, nos hacemos uno solo con todos los hermanos que comparten el mismo alimento y se sientan en la misma mesa que nos ofrece Jesús.

sábado, 13 de junio de 2020

Sólidos en el bien, en la verdad y en el amor, como Jesús

VIRGEN DEL CARMEN REINA DE LAS HUERTAS: EVANGELIO VI DOMINGO DEL ...

De entre las cualidades humanas más apreciadas en general por todos está la de la coherencia de vida. Una persona que tiene una sola dirección, en la que coincidan lo que piensa, lo que dice y lo que vive, es una persona de confianza, de la que se puede esperar siempre una conducta acorde con su pensamiento. No se trata, por tanto, de alguien que se mueva según vaya la dirección del viento, lo que se conoce como veleta. No es voluble ni frágil, sino que es sólido y consecuente. Es muy conocida la sentencia que pone sobre aviso acerca de aquellos que presentan una conducta muy distinta a su pensamiento: "Quien no vive como piensa, termina pensando como vive". Es decir, quien vive adaptando su conducta a los aires del momento tendrá una personalidad tan variable, que al final será imposible saber quién es y qué es lo que en definitiva piensa. Es una demostración inmensa de fragilidad y de inmadurez, por cuanto una persona que ha asumido ya una posición en la vida, demuestra que ya ha discernido bien su futuro y enfila su pensamiento y sus esfuerzos en alcanzar esa meta que se propone, haciendo que todo gire alrededor de ese ideal elevado y privilegiado que se ha propuesto. Quien está continuamente cambiando de estilo de conducta y de pensamientos, asemejando un ave que pasa de flor en flor picoteando en cada una de ellas, demuestra que no ha asumido una posición sólida y tiene que estar probando algo nuevo constantemente. Son las mentes y las conductas débiles que serán presa fácil de aquellos que sugieren novedades a cada instante como modo de manipular y dominar sobre esa fragilidad que es su campo de acción. Es ese el fundamento de una publicidad que va creando necesidades nuevas, que va proponiendo la sustitución de lo que no es del día, que supone todo desechable, que ridiculiza lo que aún es útil pero que está "pasado de moda". Y es la plataforma de lanzamiento para un pensamiento que considera absolutamente todo lo que existe como desechable, incluso la propia vida, por lo que hace fácil la entrada para cuestiones más trascendentes como la fe que debe siempre estar en sospecha pues propone compromisos y responsabilidades estables, la vida matrimonial y familiar que no podría ser asumida como tarea a largo plazo pues ello iría contra la libertad del hombre, la misma vida humana que dependería más de su utilidad o de la medida de afectación sobre quien supuestamente puede decidir sobre ella que de su valor intrínseco por lo que se podría prescindir de ella según sea el momento en que se vive y se da así luz verde para el aborto o la eutanasia u otro tipo de heridas contra ella... La falta de coherencia tiene, sin duda, consecuencias terribles contra la misma vida.

Por eso es tremendamente atractivo el mensaje que lanza Jesús acerca de la coherencia y de la consecuencia que se debe vivir para demostrar la solidez de los pensamientos y la oportunidad de las conductas: "No juren en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que el hablar de ustedes sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno". Jesús pone esta insistencia para que entendamos que la solidez no viene de un "compromiso" exclusivo de la palabra, que puede llegar a ser falso o manipulado, sino de lo que se demuestra como convicción por estar respaldado por la conducta. No es el prometer cosas lo que debe convencer, sino el cumplir con la promesa, el asumir honestamente una conducta positiva, en la que no haya manipulación o vacío de compromiso. Lamentablemente, nuestro mundo nos está enseñando todo lo contrario. Que hay mayor beneficio en el pintar pajaritos lindos a todos, aunque finalmente esos pajaritos sean irreales. Y muchas veces los hombres les facilitamos el camino, pues nos dejamos engañar con esas promesas vanas. Pareciera que le diéramos carta blanca para que sigan engañándonos, pues nos gustaría que lo hagan. Es la táctica que se utiliza en la política, en la publicidad, en el mercadeo. La gran arma que esgrimen es la mentira y la manipulación para lograr convencer a los incautos que han perdido la capacidad de discernir la verdad o la mentira de lo que se propone. Ante esto, Jesús también nos invita a ser "astutos como las serpientes", aunque nos haya invitado antes a ser "mansos como las palomas". No quiere Jesús pasividad de borregos que digan sí a todo y que cambien de parecer según sea el viento que sopla. Nos invita a tener cierta malicia para desconfiar de quien quiere conquistarnos para el mal y la mentira, revistiéndolos de bondad y de conveniencia, según el momento que se viva. La verdad, definitivamente, es que el bien, la verdad, el amor, no dependen de conveniencias o de aires del momento. Son realidades que trascienden y son estables e inmutables. El bien, la verdad y el amor serán siempre bien, verdad y amor, aquí y en todas partes, ahora y en cualquier momento. No tienen ropajes o disfraces que dependan de algo externo, sino que se visten de sí mismos, dejando claras su solidez y su trascendencia.

Es esto lo que quiere Jesús cuando nos invita a esa coherencia de vida, de palabra y de pensamiento. Él quiere contar para su empresa, la más importante de todas, que es la salvación de la humanidad por su amor infinito y eterno, con hombres sólidos. Hombres que se comprometan en la búsqueda de la verdad, que es la adecuación de la idea con la realidad. No hay otra vía para vivir esa verdad que asumirla y hacerla propia. Si no se llega a hacer así, siempre se estará en el área de la oscuridad, de la mentira, de la manipulación, por lo tanto, de la insatisfacción, pues la verdad es la que nos hará plenamente libres y nos dará la completa felicidad. Al hacerla propia, nos sentiremos en armonía entre lo que vivimos y lo que creemos, entre lo que es verdad y lo que asumimos, entre lo que creemos y expresamos... No existe mayor serenidad interior que conocer la verdad, hacerla propia, asumirla con todas las consecuencias y vivirla hasta el extremo. La misma fuerza de la verdad se hará fuerza propia. La ilusión de vivirla nos animará. La esperanza que nos ofrece vivirla nos da fuerzas para ansiar el futuro de la eternidad concorde a ella. Jesús mismo se definió como la Verdad: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". Ante Pilato, cuando éste le preguntó sobre lo que era la verdad, Jesús calló, como diciendo: "La tienes al frente, ¿y no caes en cuenta?" Para los cristianos la Verdad es Jesús, es Dios, es su amor, es su salvación, es la fraternidad que promueve. No hay verdad fuera de ésta. Todo lo que se salga de ello o se le oponga o la ignore, la hiere y nos aleja de la felicidad plena. Vivir fuera de la verdad es vivir en la tristeza, en la desesperanza, en la intranquilidad interior. No hay paz interior ni de conciencia cuando no se vive en la verdad... Ella compromete, pues quien la vive conquista a Dios y le permite a Él que lo conquiste. Fue lo que le sucedió a Eliseo, elegido por Elías para ser su sucesor, siguiendo la sugerencia del Señor: "Partió Elías del monte y encontró a Eliseo, hijo de Safat, quien se hallaba arando. Frente a él tenía doce yuntas; él estaba con la duodécima. Pasó Elías a su lado y le echó su manto encima". Eliseo era un hombre de Dios, coherente y comprometido con Yahvé. Así puede suceder con cada uno de nosotros. Que el Señor pueda encontrar en cada uno hombres comprometidos con la verdad, coherentes con ella, responsables y comprometidos, que conquisten su corazón y se dejen conquistar por Él para ser sus seguidores y sus anunciadores en medio de un mundo que huye de la verdad y del compromiso.