jueves, 10 de diciembre de 2020

Juan Bautista, firmeza y ternura de Dios

 Juan el Bautista. Un testigo de la luz - Vatican News

Juan Bautista es un personaje emblemático de la historia de la salvación. En el Adviento se convierte en referencia directa, pues en aquella primera venida del Redentor, incluso la historia de su generación y crecimiento está íntimamente entreverada con la de su primo Jesús. Incluso su concepción llega a ser referencia principal para Gabriel, demostrando a María que "para Dios no hay nada imposible". Y luego su historia posterior es un portento de maravillas en las que nos demuestra lo ajustada que fue la elección de Dios sobre él, a quien responsabiliza de atraer a los judíos al camino de conversión en el que se abran los corazones a Aquel que viene detrás de él. Su voz resuena estruendosa en el desierto clamando a los judíos para que abran sus corazones para recibir al Salvador. Y todo lo hace en medio de una entereza muy sólida, en medio de sus discípulos, aquellos que sentían la añoranza de los tiempos nuevos que tendrán que venir y que ya han sido prometidos tantas y tantas veces. La espera mesiánica del pueblo de Israel estaba ya en su punto más álgido. Y en medio del pueblo se daba ya una especie de seguridad de que efectivamente faltaba muy poco para que todo ya se fuera dando y empezara a cumplirse la promesa de plenitud. Nos podemos imaginar a los oyentes del Bautista no solo escuchando esa palabra firme y convencida, sino ya además sabiéndola inminente.

En medio de la dureza que nos puede causar como sensación el estilo que use Juan, al que nos imaginamos un tipo rudo, muy firme, duro en sus expresiones, él sigue siendo la voz de quien es el amor y la dulzura. Por ello no podemos desdeñar esas expresiones de ternura y cercanía que utiliza Dios al manifestar su intención de atraer a los hombres a su corazón: "No temas, yo mismo te auxilio. No temas, gusanillo de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio -oráculo del Señor-, tu libertador es el Santo de Israel. Mira, te convierto en trillo nuevo, aguzado, de doble filo: trillarás los montes hasta molerlos; reducirás a paja las colinas; los aventarás y el viento se los llevará, el vendaval los dispersará. Pero tú te alegrarás en el Señor, te gloriarás en el Santo de Israel. Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la encuentran; su lengua está reseca por la sed. Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré. Haré brotar ríos en cumbres desoladas, en medio de los valles, manantiales; transformaré el desierto en marisma y el yermo en fuentes de agua". Dios puede utilizar palabras firmes y exigentes, como las de Juan Bautista, pero su corazón siendo siendo un corazón de miel para los que quiere que sean suyos. Su amor va mucho más allá del rechazo del hombre. Y su intención siempre será la de hacer sentir al hombre como el ser más amado y añorado para que habite en su corazón. La palabra dulce del amor de Dios atrae más que las gotas de la miel.

Es por ello, porque en Juan Bautista se conjugan tan magistralmente la firmeza de la Voz que clama en el desierto y la ternura del Dios que nos quiere tener consigo que esa figura se convierte en central para aquel inicio sencillo y humilde del anuncio de la venida del Redentor. Un anuncio que debería ser estruendoso por el personaje anunciado, pero que el mismo Jesús ha considerado que tiene su mejor desarrollo en la humildad. La de Él mismo y la del Bautista. Ambos son centrales en este momento, pero todo lo hacen desde la sencillez y la humildad. Así quiere Jesús que se cumplan los primeros pasos. Sin aspavientos, sin ruidos desagradables. Solo dando testimonio con su bautismo de que su obra debe surgir de esa humildad. De allí que Jesús no tiene otra opción que reconocer ese gran mérito de Juan: "En verdad les digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos, que oiga". Nadie nacido de mujer es más grande que Juan Bautista. Se entregó a su misión y la cumplió hasta el extremo. Y es nuestro modelo. Todos somos Juan Bautista. Todos somos Voz que clama en el desierto. Y por ello todos debemos ser instrumentos de ese amor tierno de Dios. Y de esa ternura de Dios para los hermanos no somos los dueños. Por ello no se lo podemos negar a nadie.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Con Jesús somos una fortaleza indestructible

 EL PESO DEL AMOR

Entre las sensaciones que podemos vivir los cristianos en el mundo, teniendo la conciencia de que el Señor nos ha creado para ser felices y nos ha puesto en el mundo como sus criaturas predilectas para procurar avanzar en ese camino de felicidad que Él mismo nos señala y en el cual Él es también la meta, está el de vivir en una angustia espiritual y a veces hasta física, de sentirnos abandonados y no saber descubrir esa dicha a la que estamos llamados. Son a veces tantas las experiencias contrarias a la felicidad que llegamos incluso a dudar de la promesa divina de felicidad: "Al Señor no le importa mi destino, mi Dios pasa por alto mis derechos". Es un reclamo que casi hasta legítimamente le hacemos a Dios en ocasiones en las que sentimos que aquella promesa de felicidad está muy lejos de cumplirse. Un mundo que ha sido puesto en nuestras manos para hacer nuestra vida feliz, para hacer las vidas de los hermanos felices, para hacer que en cada estructura que lo conforma se haga todo lo posible por lograr que todos puedan acceder a esa ruta de felicidad, es lo que Dios nos ha encomendado. La tarea de la humanidad entera debería estar centrada en la búsqueda de esas rutas que el Señor ha establecido. Nuestra grandiosidad como criaturas está en que Dios nos ha asociado a Él en esa tarea. No lo ha querido asumir Él solo sobre sus espaldas y nos ha dotado de las suficientes capacidades para avanzar en ello. El gozo de cada uno de nosotros está en unir nuestro hombro al de Dios para hacer que el mundo avance.

No obstante, sabemos también que esta finalidad que ha perseguido Yhavé cuando nos regaló el mundo y puso todas las cosas en nuestras manos, tiene su lado oscuro. La creación, habiendo surgido de las manos amorosas de Dios y siendo radicalmente buena por su origen glorioso en Dios, empezó a albergar la fuerza más destructiva que se podía imaginar. No podemos decir que Dios hubiera sido ignorante de esta posibilidad. Dios es todopoderoso y omnisciente. Para Él todo lo que sucede es sabido y por lo tanto la ingenuidad nunca estará entre sus debilidades. La creación del hombre trajo sus bemoles de amor y de capacitación. Y también trajo aquella libertad que Dios respeta reverencialmente. Por ello, nos encontramos en esa ya larga historia las ocasiones en las que el mal hace su tarea. Y vemos con dolor el empeño del hombre contra el mismo hombre, para dañarlo, irrespetando sus derechos, pisoteando su dignidad, aprovechándose de cualquier circunstancia para adquirir más poder y obtener mayores riquezas personales. Es largo el rosario de los males que el mismo hombre ha ido sumando a esas desgracias. En esta línea de males se encuentran muchos que no ven la luz, pues están agobiados realmente por sus situaciones particulares. Pero son realidades muy concretas que no pueden ser dejadas a un lado.

Y aunque no entendamos aún del todo, pues es el futuro prometido que definitivamente se dará y triunfará ya que es la promesa firme de Dios, nuestra tarea como cristianos es poner el oído atento y el corazón bien dispuesto para nunca dejar morir esa esperanza. Dios es un Dios fiel y jamás dejará una sola de sus promesas sin cumplir. Las promesas del idilio final de Dios con los hombres y con el mundo son un futuro incuestionable. A pesar de los dolores y las angustias que sobrevengan, Él está siempre en medio de todo sosteniendo a cada hombre y a cada mujer en sus avatares. Él está inspirando al hombre a que haga su parte. La fatiga no es una opción para el cristiano. Por eso surge su palabra que anima e impulsa: "El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto. Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan". Nunca dejará de estar presente en esa historia que al fin y al cabo es la suya. Y, si acaso se sintiera que fuera poco esta promesa, ha venido Él mismo a tendernos la mano para que tuviéramos el más sólido apoyo en nuestra lucha cotidiana: "En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo: 'Venid a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera'". Es la más feliz de las ofertas que podremos recibir jamás. En medio de tantas tribulaciones y dolores que cotidianamente podemos vivir y que seguramente seguiremos viviendo, jamás estaremos solos, pues además de todas las manifestaciones de amor y de poder que nos ha dado Dios en la historia, en este momento de esta historia que escribimos, Jesús se sigue poniendo a la vera del camino con su mano tendida para que nos agarremos a ella y no la soltemos. Nadie conoce mejor de cansancios, agobios y tribulaciones que el Hijo de Dios hecho hombre. Y aún así, sigue siendo el Dios poderoso que sigue a nuestro lado. Con ese auxilio suyo nuestra esperanza se afianza y seremos capaces de vivir el consuelo que en cada segundo de nuestras vidas podremos recibir de ese Dios que nos ama con amor infinito.

martes, 8 de diciembre de 2020

María es la ternura materna de Dios

 Novena a la Inmaculada Concepción de la Virgen – Primeros Cristianos

La importancia de la figura de nuestra Madre María en la historia de la salvación es inobjetable. No se trata simplemente de una figura devocional, que pudiera presentar un atractivo superficial por ser una mujer fiel, devota a Dios, cumplidora de la voluntad divina. Es algo que va más allá de eso. Toda la historia de la salvación está sondeada de alguna manera por el anuncio de aquella jovencita que en el futuro prestaría su seno para dar entrada al cielo. Y esta irrupción de la figura de María se da en los momentos más tempranos de los anuncios de la salvación futura. Es como si Dios mismo no pudiera contener su propia emoción cuando vislumbra en ese futuro glorioso la presencia de Aquella que iba a ser la "Bendita entre todas las mujeres". Las imágenes con las que se describe a esa niña futura son quizás de las más entrañables que podemos encontrar en las Sagradas Escrituras. Ella es el "Lucero del Alba", la "Estrella de la mañana"... y tantos otros apelativos que descubren en quien los pronuncia un corazón conquistado. Para quien ha sufrido el oprobio del pecado y espera en Dios su obra de salvación, María no puede ser un personaje indiferente. Lo llama a descubrir en su interior una causa más para fundamentar su esperanza en un Dios que en este detalle añadido de su amor le demuestra que su preferencia por el hombre es absoluta. Nada lo podrá borrar jamás.

María desde el mismo inicio es presentada como la aliada perfecta de la lucha de Dios contra el demonio, empeñado en arrebatar de las manos de amor de Dios al hombre. La primera mujer, Eva, se dejó conquistar por el mal. La soberbia y la envidia azuzadas por la obra demoníaca habían hecho su parte. Y en aquel momento de su triunfo se creyeron todopoderosos. El castigo por el atrevimiento de los hombres fue inmediato. Habiendo desobedecido el único mandato restrictivo que Dios había colocado, aun cuando había más bien demostrado su absoluta disposición de compensar con la infinita cantidad de beneficios que estaba dispuesto a conceder, el hombre fue expulsado del Edén. Su traición no solo fue un daño a la confianza que Dios había puesto en sus manos, sino el peor daño que se infligía a sí mismo: "Después de comer Adán del árbol, el Señor Dios lo llamó y le dijo: 'Dónde estás?' Él contestó: 'Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí. El Señor Dios le replicó: '¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer? Adán respondió: 'La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí'. El Señor Dios dijo a la mujer: '¿Qué has hecho?' La mujer respondió: 'La serpiente me sedujo y comí'. El Señor Dios dijo a la serpiente: 'Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón'. Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven". Habiendo sido el pecado la destrucción que el mismo hombre se procuraba, Dios se antepone para que, aun cuando el hombre reciba su escarmiento, quede abierto el camino de la plenitud futura.

Y en ese camino de promesa, de idilio de Dios con el hombre, está presente nuestra Madre. Siendo un personaje teológico fundamental, sin llegar a ser el esencial, es el personaje que nos expresa la ternura del rostro materno de Dios. Con María lo que de rudo pudiera tener la figura de Dios queda totalmente cancelada. No puede ser rudo quien ha escogido como su Madre la dulzura más grande sobre la tierra. Por Ella somos bendecidos todos los hombres. Por ella podemos sentir las caricias de aquella gallina que quiere acoger a todos sus polluelos bajos sus alas. Por ella no podemos sino contemplar a la misma que acunó en su regazo a Jesús, en el que nos podemos colocar cada uno pues a cada uno nos acoge de la misma manera. No existe un solo segundo en nuestras vidas en el que no podamos sentir que Ella está cumpliendo la tarea que le encomendó su propio hijo desde la cruz. Elegida desde el principio, anunciada como puerta del cielo, encomendada por nuestro hermano mayor a cuidarnos, cumple y cumplirá siempre con su mayor amor la tarea: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin". Esa es la Madre que Dios ha escogido para nosotros. Y está siempre a la disposición. No nos deja solos, pues Ella ha asumido con gozo esa misión. Su corazón es de Madre. Y un corazón de Madre nunca dejará de amar. Aunque seamos infieles Ella nunca dejará de ser fiel, pues cumple la voluntad del Padre que nos ha puesto en sus manos para que nos cuide y nos proteja.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Por encima de todo está el amor de Dios por nosotros

 Evangelio de hoy (Lunes, 10 de diciembre de 2018) - La Luz de Maria

La obra que viene a realizar Jesús para rescatar al hombre de su propio oprobio, procurado por el alejamiento a su amor, jamás dejará de encontrar opositores. Incluso con las evidencias en los ojos de que es una obra que de ninguna manera puede perjudicar, pues surge de las manos de Aquel que solo busca el bien del hombre, y que por lo tanto en ningún momento podría ser interpretada como perjudicial para nadie, el imperio del mal querrá siempre imponerse para atraer adeptos que se alineen con él, pretendiendo con ello ganar una batalla que, a pesar de que al final perderá, intentará lograr una y otra vez. La obstinación del mal es atrevida, y no dejará de intentarlo. Por ello en incontables ocasiones nos encontraremos en el Evangelio con estos desencuentros de Jesús con aquellos que que, fuera como fuera, querían imponer la experiencia de la fe judía solo como una práctica de cumplimientos vacíos, que no tomaban en cuenta al hombre concreto, ni sus necesidades, sino solo su alineamiento o no con el cumplimiento de lo exterior. Poco les importaba a ellos que la gente fuera buena o no, que vivieran la fraternidad o no, que fueran solidarios o no. Apuntaban más bien a sus privilegios y al peligro que corrían de perderlos desde que apareció Jesús para echarles en cara su conducta alejada de la justicia y de la verdad. Lo cierto es que, al final, cuando todo lo anunciado se haga realidad, su conducta quedará en evidencia y tendrán que aceptar que ese tiempo de subyugar a la gente con su poder ha llegado a su fin.

Jesús viene a dar al traste con toda esa parafernalia montada concienzudamente por los poderosos. El plan de ellos es destruir el plan de Dios sobre el hombre. Y en ese encuentro con el paralítico, que tiene todo un relato previo de las maravillas y portentos que va realizando Jesús a su paso por en medio del pueblo, donde se van suscitando las alegrías supremas por la presencia de Aquel que viene a salvar, lo cual además ese pueblo que se sentía abandonado por sus propias autoridades religiosas percibe como el signo de que Dios nunca deja de cumplir su palabra y que por lo tanto es el Dios fiel que los ama eternamente, exige de algún modo una adhesión de fe y una confianza absoluta en el Dios que no deja de cumplir: "Un día, estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor estaba con Él para realizar curaciones. En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Él, viendo la fe de ellos, dijo: 'Hombre, tus pecados están perdonados'". Es un encuentro con el Dios de la vida, el que hará absolutamente nueva todas las cosas. El gozo es la reacción natural. Aún así, hay reticencia entre las autoridades ante quienes están presentes. No van al argumento de la curación sino al del perdón. Jesús no solo se ocupa de la situación física del hombre, sino que entra en barrena en lo más profundo: "Tus pecados están perdonados". Para aquellos es un escándalo... "Entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos: '¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?'". Era un campo vedado. Nadie puede hacerse igual a Dios. "Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, respondió y les dijo: '¿Qué están pensando en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir: 'Tus pecados te son perdonados', o decir: 'Levántate y echa a andar'? Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: 'A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa'". Jesús muestra su poder divino y su misericordia amorosa. Por ello, al final no resta sino solo reconocer: "Hoy hemos visto maravillas".

Y es que como es natural, en medio de todo el tráfago de la vida, sean situaciones de bien o que podamos percibir dañinas, la presencia de Dios en la vida de los hombres es una realidad que nunca desaparecerá. Habiéndonos creado no nos ha dejado ni nunca nos dejará solos. Necesitamos fundar nuestra esperanza sólidamente, pues es lo que nos queda en el corazón. De lo contrario la vida se nos puede escurrir de las manos como el agua que no almacenamos. Y es eso precisamente lo que Dios quiere que atesoremos, por encima de todo pensamiento que nos pueda venir en contra, cuando la tristeza o el dolor quieran vencer: "Sean fuertes, no teman. ¡He aquí su Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y los salvará.' Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo, y cantará la lengua del mudo, porque han brotado aguas en el desierto y corrientes en la estepa. El páramo se convertirá en estanque, el suelo sediento en manantial. En el lugar donde se echan los chacales habrá hierbas, cañas y juncos. Habrá un camino recto. Lo llamarán 'Vía sacra'. Será por supuesto, la consolidación de todo en el amor. El reinado de ese amor se impondrá y será lo único que existirá e inundará el corazón de todos. En medio de tanta tribulación que haya tocado vivir, real y dolorosa, se dará el cambio radical y el establecimiento definitivo de aquella realidad idílica, que nos es relatada de las maneras más sublimes, para que entendamos que es el amor que siempre vencerá. "Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción". Es el decreto de Dios y eso no dejará de cumplirse.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Juan Bautista, la Voz que nos urge a convertirnos

 Una voz grita en el desierto: preparen el camino...

El tiempo de la espera de la llegada del Mesías prometido fue como en ascenso durante todos los años anteriores de Jesús. En medio de todos los avatares que vivía a su alrededor el pueblo de Israel, nunca hubo de parte de Dios un descuido en el anuncio de la llegada de aquel tiempo idílico que se avecinaba en el futuro en el cual sería rescatado el hombre del oprobio y el caos en el que él mismo se había incrustado. El hombre, en su soberbia, en vez de someterse y vivir según la voluntad divina, que quería solo su bien, se dejó arrebatar el corazón por la tortuosidad del pecado y del mal. Pero Dios es un Dios fiel, responsable, y sobre todo profundamente amante de su criatura. Siendo el autor de todo, habiendo dotado al hombre de los mayores beneficios, y habiéndose comprometido no por obligación sino por amor, no deja de ser el actor principal del camino del rescate. Él es el responsable del hombre. Así se siente. Y a pesar del mismo hombre, sigue a su vera acompañándolo con su amor de Padre. De todas maneras, esa compañía no implica injerencia en la vida de cada hombre. Esa injerencia la tendrá solo cuando el mismo hombre la permita y se convenza de que los caminos que Dios ofrece casi indefectiblemente serán mejores que los que él mismo pueda diseñar para sí. Es una estrategia sublime, pues Dios no quiere imponer, sino conquistar y subyugar desde el amor. El hombre, en medio de ese caminar tortuoso deberá, también por amor, llegar a la conclusión lógica: Solo en Dios se puede ser plenamente feliz.

En esos intentos de convencer al hombre, durante toda la historia de la salvación, Dios se ha cuidado muy bien de que surjan para el pueblo hombres y mujeres que se conviertan como en atalayas que fueran indicando el camino mejor. Con la suavidad de su amor, fue colocando a la vista de todos personajes que se convertían en maestros, en guías, en iluminación para todos. Por supuesto que hubo entre el pueblo quienes lo comprendían y entendían que era el bien que Dios quería seguir procurando. Otros se empecinaban en su dureza de corazón. El profeta Isaías nos anuncia para el futuro la presencia de aquel personaje que se convertirá en el adalid del Mesías. Será la voz que clama en el desierto, preparando el camino del Señor: "Una voz grita: 'En el desierto prepárenle un camino al Señor; allanen en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos juntos -ha hablado la boca del Señor-". Un personaje que hará el puente entre lo antiguo y lo nuevo, pues pasa de ser el último de los profetas de Dios a ser en cierto modo el protoapóstol que ya va insistiendo en la necesidad de abrir el corazón a ese amor que ya pronto estará derramándose sobre el corazón de cada hombre, con la gloriosa obra de Redención de Jesús a quien anuncia. Es una llamada imperiosa a la conversión, a dejar el camino errado, pues es la llegada de la salvación a la que hay que prepararse, como lo afirma San Pedro: "No olviden una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión". El objetivo es la salvación de todos. Y por eso envía, al final de este periodo, la voz potente del Bautista.

Para el Evangelista San Marcos es tan emblemática la figura de Juan Bautista que incluso antes de hablar de Jesús, habla de él. Siendo Jesús el centro del mensaje, el Hijo de Dios: "Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios", es hacia Juan hacia quien quiere atraer la atención de sus lectores. Ese gozne que representa Juan Bautista entre el Antiguo y el Nuevo Testamento es fundamental para que se vayan todos percatando de la llegada de los tiempos nuevos. Juan es la espada valiente que quiere llamar la atención de todos hacia aquel que está viniendo a regalar la plenitud. Sin importarle más nada sino solo la misión para la que el Señor lo ha elegido. "Como está escrito en el profeta Isaías: 'Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino; voz del que grita en el desierto: 'Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos". Y él lo asumió, como era natural, pues había sido llamado desde el vientre materno, cumpliendo a rajatabla lo que se la había encomendado: "Se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: 'Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo". Siendo el gran Juan Bautista, no buscó sino solo ser pequeño. Jamás se arrogó importancia mayor. La Voz que clama en el desierto preparando el camino de Jesús a los hombres, quiso ser siempre eso, simplemente la voz que Dios usaba como instrumento para llegar al corazón de los hombres. Sin más. La humildad y la valentía fueron sus mejores armas. Seamos capaces de seguir escuchando su voz. Y de asumir nuestra responsabilidad procurando abrir el camino de Jesús hacia el corazón de cada uno de nuestros hermanos.

sábado, 5 de diciembre de 2020

Somos los brazos largos del amor de Cristo al mundo

 Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies

Es impresionante la confianza que Dios tiene en el hombre. Desde el momento de su creación su actitud ante el hombre ha sido siempre transparente, sin rebuscamientos, sin vericuetos que puedan hacer sospechar en algún momento una reticencia de su parte de dejar de dar al hombre todo lo que necesite, favoreciéndolo siempre con lo mejor para su vida. Esto, evidentemente, tiene que ver con la razón última de su decisión de hacerlo existir y de ponerlo en medio de todo como usufructuario primero de todo lo que ha surgido de las manos divinas. Pero es que a eso, además, se suma un respeto casi reverencial hacia su propia criatura pues, habiendo surgido de sus manos, lo dotó de casi su misma capacidad creadora y ordenadora, poniéndolo así en una situación de privilegio que no puede tener otra explicación que la de haberse dejado arrebatar el corazón ante la contemplación de aquel al que ama más de lo que el mismo hombre puede amarse a sí mismo. En ese sentido, los hombres somos totalmente privilegiados por cuanto jamás encontraremos la razón suficiente para poder desear o añorar objetivamente un amor distinto. Cuando nos percatamos de esta realidad y la comenzamos a vivir con el corazón convencido de que nunca podrá existir un mayor amor, y por lo tanto, privilegios tan altos como los que se nos han concedido, nuestra vida entra en una espiral de serenidad que se convierte incluso en razón de vida. No existirá fuerza suficiente que pueda llegar a destruir esa sensación de armonía interior.

El privilegio que tiene el hombre desde su origen, con la convicción de la confianza que Dios deposita sobre él, no goza, sin embargo, de un seguro absoluto. Precisamente por haber surgido de las manos creadoras con todos los privilegios, nos ha hecho también enriquecernos con aquella libertad única de Dios que ha querido hacer también nuestra. Y en ese campo, Dios respetuoso y reverente, no entra, aunque pudiera hacerlo para manipularlo. Así nos creó y así nos quiere siempre. El privilegio también consiste en que el hombre demuestre que con las capacidades regaladas puede responder a la finalidad de bienestar para el hombre y para el mundo que Él ha establecido. Por ello, porque el hombre muchísimas veces no ha terminado de entender su privilegio, han sucedido los tremendos daños que se ha infligido a la humanidad, con responsabilidad directa del mal que el hombre ha provocado. Aún así, Dios es fiel eternamente, y su promesa es inamovible: "Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, se apiadará de ti al oír tu gemido: apenas te oiga, te responderá. Aunque el Señor te diera el pan de la angustia y el agua de la opresión ya no se esconderá tu Maestro, tus ojos verán a tu Maestro. Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: 'Éste es el camino, camina por él'. Te dará lluvia para la semilla que siembras en el campo, y el grano cosechado en el campo será abundante y suculento; aquel día, tus ganados pastarán en anchas praderas; los bueyes y asnos que trabajan en el campo comerán forraje fermentado, aventado con pala y con rastrillo. En toda alta montaña, en toda colina elevada habrá canales y cauces de agua el día de la gran matanza, cuando caigan las torres. La luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días, cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure las llagas de sus golpes". Nunca se apartará del hombre esa amor de privilegio.

Y es que además, llega al extremo de que en medio de toda una historia tortuosa por razón de las acciones destructivas del hombre, Jesús nos viene a confirmar que a pesar de nosotros mismos, que hemos creado tanta zozobra, la confianza de Dios nunca desaparecerá. Él ha venido a hacer la obra más grande de la historia para rescatar al hombre de su propia destrucción. Y demuestra que no lo quiere hacer solo. Quiere seguir dando pruebas del amor y la dignidad que nos ha regalado, pues pudiendo haber hecho esta otra obra de rescate de mil maneras distintas, haciendo estruendosas demostraciones de su poder, sigue manifestando la confianza sobre su criatura. Al ver al mundo necesitado no sale Él en una epopeya individual, sino que quiere unir a todos los que decidan ser de Él: "Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, 'como ovejas que no tienen pastor'. Entonces dice a sus discípulos: 'La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies". Jesús es Dios. Y tiene todo el poder en sus manos. La redención la puede realizar de la manera que le plazca. Pero nos respeta y confía en nosotros. Por ello nos convoca a cada uno a unirnos con alegría e ilusión a su obra: "Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: 'Vayan a las ovejas descarriadas de Israel. Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios. Gratis han recibido, den gratis". Somos nosotros los enviados al mundo. Él realizará su obra. Pero cuenta con nosotros y con nuestra acción convencida. Somos los brazos largos del amor de Cristo a los hermanos.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Con nuestra fe, Jesús nos da su Luz

 Hijo de David, ten compasión de mí! - Templo de San Francisco - Celaya, Gto.

Los preferidos de Jesús son los desplazados del mundo. La creación, en sí misma es la maravilla que surgió de esas manos amorosas y creadoras. Y la constatación que hace el mismo autor del relato de la creación es: "Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno". Y es que Dios se sintió "orgulloso" de su obra. Podríamos suponer que esa bondad de lo creado era como una especie de decreto que lanzaba Dios sobre todo, para que esa bondad fuera inamovible y no cambiara jamás. Pero no nos podemos quedar solo en esa parte divina. El "orgullo" de Dios no se queda solo lo que creó, sino que a eso añade uno mayor, que es por quién lo creó todo y la motivación última que tuvo su amor. Todo es bueno, y fue puesto en las manos de los hombres para que éste lo hiciera todo mejor. Por lo tanto el "orgullo" no es solo haber creado, sino haber creado por amor al hombre. Y se da así un paso más. El hombre no es una criatura más. Es la criatura por excelencia sobre la cual Dios derrama todas las bendiciones que están en su corazón amoroso. Y una de las primeras riquezas es la de su libertad. El hombre libre es el "orgullo" más grande de Dios. Por eso, cualquier atentado contra la libertad del hombre se encontrará frontalmente con ese Dios que nos ha creado libres y luchará para que las razones de la esclavitud desaparezcan. Nunca veremos a un Dios que contemple impertérrito el mal que se pueda procurar a su criatura amada.

Desde el inicio hemos recibido el anuncio de aquella presencia en el mundo de la acción que Dios realizará en favor de los suyos. Eso no va a faltar. Dios es el Dios de la promesa y del cumplimento. No nos ha engañado jamás y jamás lo hará. Aquellos anuncios nos llenan de gozo seguro, pues sabemos que el camino, aunque aparezca tortuoso para muchos, siempre tendrá un final de gloria: "Esto dice el Señor: 'Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, y el vergel parecerá un bosque. Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor, y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel; porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico; y serán aniquilados los que traman para hacer el mal: los que condenan a un hombre con su palabra, ponen trampas al juez en el tribunal, y por una nadería violan el derecho del inocente. Por eso, el Señor, que rescató a Abrahán, dice a la casa de Jacob: 'Ya no se avergonzará Jacob, ya no palidecerá su rostro, pues, cuando vean sus hijos mis acciones en medio de ellos, santificarán mi nombre, santificarán al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel'. Los insensatos encontrarán la inteligencia y los que murmuraban aprenderán la enseñanza". Y Dios, celoso de los suyos, saldrá en defensa siempre de aquellos que han sido desplazados por sus propios hermanos. Y aún hará más, pues en el empeño de salvación de todos tenderá la mano también incluso a aquellos que aparecen como opresores y sanguinarios con sus hermanos, ofreciéndoles una conversión a la cual, por amor divino, también tienen derecho.

En este caminar es fundamental que cada uno entienda quién es Jesús, que contemple su ser y se percate de su persona totalmente. No se podrá confiar en Jesús si no se sabe quién es y para qué ha venido. Por eso, la vivencia de la fe debe darse también progresivamente. No basta con pedir favores a Jesús. Lamentablemente muchos hermanos solo se acercan a Jesús para pedir favores. No está mal pedírselos. Él mismo nos invita a hacerlo: "Pidan y se les dará". Lo malo está en quedarnos en una relación instrumental con Jesús en la que estaría solo para hacernos milagritos. Él nos quiere conscientes de lo que Él es. Aquellos ciegos del camino se acercaron a Jesús confiados. Tenían conciencia de quién era: "En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: 'Ten compasión de nosotros, hijo de David'". Solo el nombre con el que lo llaman nos dice que sabían a quién se dirigían. Pero Jesús va más allá: "Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: '¿Creen ustedes que puedo hacerlo?" Jesús pide algo más. No quiere ser solo ese Mesías en quien creer, sino que quiere ser el Dios humanado recibido en el corazón por amor y poder: "Contestaron: 'Sí, Señor'. Entonces les tocó los ojos, diciendo: 'Que les suceda conforme a su fe'. Al final, la última palabra la tiene no solo saber quién es Jesús, sino dejarse arrebatar por ese amor y ese poder que quiere usar en favor de los más necesitados: "Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: '¡Cuidado con que lo sepa alguien!' Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca". La expectativa se muta en gozo. La prohibición de Jesús no hace ningún efecto, pues el hombre amado por Dios solo vive para anunciar ese gozo de amor que vive en su corazón. Y eso nadie se lo puede impedir.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Construyamos siempre sobre Jesús como cimiento

 El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre  prudente, que edificó su casa sobre roca» – Reporte Católico Laico

Es muy hermoso como, cuando vamos descubriendo con detalle las enseñanzas de Jesús a los discípulos, nos vamos percatando de que va dándonos elementos fundamentales para comprender realmente ese empeño amoroso de que tengamos a la mano una perspectiva completa de lo que puede ser una vida futura vivida en Él y en su amor. No son cosas que se quedan en la contemplación de lo solo posible. Son realidades que formarán parte de la misma vida de los hombres y que de ninguna manera son extrañas para él. Las situaciones que plantea el Señor para convertirse en el Maestro, no necesita inventarlas. Él sabe muy bien lo que vive cada uno y de esas mismas vivencias va extrayendo lo que quiere dejar claro. Es tan palmario esto, que se funda nada más y nada menos que en su propia experiencia de vida. Jesús no habla de memoria. Desde que se hizo hombre, asumió absolutamente todas las cualidades humanas y vivió como uno más de nosotros. Jesús vivió nuestra humanidad no como vía instrumental desde el cual realizaría su obra de salvación, sino que fue su realidad profunda esencialmente. Él es el Hombre que es Dios. Por eso no solo es capaz de hacer obras maravillosas en favor de todos, sino que, conociendo a cada hombre en su intimidad más profunda, conoce también sus intereses, sus intenciones, sus dolores, sus añoranzas.

En esa acción de salvación que el Señor desarrolla, en la que derrama su amor y su poder sobre cada hombre y sobre el mundo, la perspectiva que se nos presenta es la de la total armonía final. El anuncio de la existencia de aquella ciudad futura que vendrá nos pone a la vista la realidad más gozosa que se podrá vivir jamás. La esperanza de que se cumpla es cierta, pues surge de los labios de Aquel que sin ser culpable asume la culpa en vez de nosotros. Ciertamente requerirá de que cada uno asuma también su parte en la reconstrucción. Pero también igualmente la promesa se mantiene firme, pues el amor no puede fallar jamás. Cuando se percibe desde el horizonte de la promesa aquello que está anunciado como realidad futura total no puede producirse en el hombre sino solo gozo. No es que pierda sentido la realidad, pues ella sigue estando allí, esencialmente, feliz o dura, gozosa o cruel. Pero sí tiene el añadido que nunca debe faltar, que es el de la confianza de corazón en la promesa divina: "Aquel día, se cantará este canto en la tierra de Judá: 'Tenemos una ciudad fuerte, ha puesto para salvarla murallas y baluartes. Abran las puertas para que entre un pueblo justo, que observa la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti. Confíen siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua. Doblegó a los habitantes de la altura, a la ciudad elevada; la abatirá, la abatirá hasta el suelo, hasta tocar el polvo. La pisarán los pies, los pies del oprimido, los pasos de los pobres". Es la presencia que tendremos todos en las maravillas que se cumplirán.

Jesús nos pone sobre aviso acerca de las actitudes que podremos asumir ante esta realidad absolutamente cierta. La clave para Él es que cada uno se mantenga vigilante ante lo que viene. Podemos perder la perspectiva y poner nuestros acentos en realidades que nada tienen que ver con una buena disposición para vivir aquella apoteosis final. Podemos ser superficiales o profundos. No se trata de que dejemos de vivir con naturalidad nuestra realidad diaria, sino de saberla vivir introduciendo en ella la riqueza que representa vivir no solo en horizontal, sino con el añadido vertical que la enriquece. Construir la propia morada con solidez, tratando siempre de dejar a un lado lo que destruye los cimientos y hace caer la construcción de nuestra vida: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'No todo el que me dice 'Señor, Señor' entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande". Nuestra tarea será siempre, entonces, verificar sobre qué realidades hemos estado construyendo el edificio de nuestra vida. Y si asumimos que no hemos puesto buenos cimientos, hacer lo que corresponda para no llegar a ser destruidos por el agua destructiva del pecado. Jesús nos quiere con Él y nos lanza siempre el mejor cimiento, que es Él mismo.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

El bienestar del futuro marca nuestra esperanza

 Evangelio Diario: Alimentación de los cuatro mil(Mateo 15:29-37)

En el tiempo fuerte y esperanzador del Adviento, una de las prácticas obligadas para cada cristiano que lo quiera vivir con la mayor abundancia de riqueza personal, es la de la escucha activa de la Palabra que la Iglesia nos dirige para meditarla con profundidad y extrayendo el mejor beneficio posible para nuestra vida de compromiso cristiano. Si algo tiene este tiempo es el signo de una esperanza que debe ir consolidándose fuertemente, pues nos va adentrando en una espiral fabulosa de encuentro con las promesas de eternidad que están dadas desde el principio. Las imágenes que son utilizadas refieren a la realidad cotidiana, por lo tanto, asequibles a cualquiera pues es lo que vive cada uno en su día a día. Para nadie es extraña la experiencia de la fiesta, de la alegría espontánea, del compartir bienes con los hermanos, del saber vivir con sencillez los momentos de encuentro con los familiares y amigos. Es lo que cada uno ha ido viviendo, y al escuchar que se les habla en esos términos, inmediatamente están bien ubicados en la idea. En el lenguaje bíblico Dios ha decidido que estas imágenes de la vida cotidiana sean las que se vayan reflejando en la mente de los que las oyen. Es llamativo que se presenten siempre con hechos que refieren a lo material, casi exclusivamente. Está claro que todo entra en el proyecto progresivo de revelación que tiene establecido Dios, quien con ello demuestra que su intención es que cada uno vaya dando el paso hacia adelante que lo vaya conduciendo a una profundización necesaria.

Es evidente que aquel futuro anunciado no puede reducirse solo al logro de una armonía exclusivamente material. Siendo una realidad total el que el mundo también esa armonía la logrará, la promesa es tan amplia que ésta formará solo una parte de ella. En el mundo estamos conviviendo en la más grande de las diversidades. La creación avanza hacia una armonía absoluta que será indestructible y que podríamos decir es la realidad más segura que tendremos, pues Dios nunca fallará a su promesa de plenitud. Y ya sabemos que en esta historia que se está desarrollando concurren factores que favorecen su avance, pero que también existen otros factores que más bien lo dificultan e incluso llegan a casi impedirlo. Por ello la promesa de bienestar originalmente se centra en esos beneficios materiales, que es en lo que en realidad centran sus esfuerzos aquellos que desprecian una realidad superior: "En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados". La gran fiesta del amor está anunciada en los términos de la alegría del encuentro en un gran banquete. Y como todo no se puede quedar solo en la conquista de los beneficios del banquete final, la Palabra nos abre el camino de aquella perspectiva superior: "Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo —lo ha dicho el Señor—. Aquel día se dirá: 'Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en Él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor'".

Esta apoteosis divina que se dará al final de los tiempos ya tiene en Jesús un adelanto sustancioso. La presencia de Jesús es la presencia del Dios nuevo, que viene a hacer nuevas todas las cosas. Su obra de Redención no es otra cosa que el cumplimento del empeño divino en el amor que nunca desaparecerá. Los atisbos de la gracia, de la misericordia, de la salvación, se convierten en absoluta luminosidad. Por más oscuridad que se pueda presentar en la vida de cualquiera, en las que nunca faltarán los dolores que produzcan añoranzas de alivio, la injusticia que siempre querrá el fin de los daños, la pobreza que siempre requerirá del trabajo de los justos, siempre estará Jesús en medio del camino queriendo aliviar a todos y ser el apoyo y el consuelo seguro. No hay manera de que esto no llegue a darse, pues es una promesa cierta y en la que Dios ha empeñado su amor que nunca desaparecerá: "Jesús, se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a Él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y Él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: 'Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino'". No es Jesús un Dios lejano. Es el Dios de la cercanía. Su ocupación es no solo el hombre espiritual, sino el hombre integral... "Jesús les dijo: '¿Cuántos panes tienen?' Ellos contestaron: 'Siete y algunos peces'. Él mandó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastos llenos". Ese es el Dios que estamos esperando. El que nos regala el bienestar actual y el bienestar mayor que nos espera en el futuro.

martes, 1 de diciembre de 2020

Jesús mismo es nuestra utopía

 EVANGELIO DEL DÍA: Lc 10,21-24: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de  la tierra. | Cursillos de Cristiandad - Diócesis de Cartagena - Murcia

Vivir la utopía debería ser natural entre los cristianos. Lamentablemente, la palabra Utopía ha adquirido en alguna ocasión una connotación negativa, sobre todo por la referencia natural que hace hacia lo imposible, lo irrealizable, lo irreal, lo que aun cuando se espera, contiene siempre una cierta reticencia de que llegara a cumplirse. Pero la realidad es que el mismo concepto es muy atractivo, pues refiere a lo que ciertamente se puede esperar en el futuro, no sin las dificultades naturales de la misma labor humana en favor de que se logre. La utopía, en todo caso, se convierte no en una espera infructuosa, sino en algo que llama a comprometerse. La Palabra de Dios nos invita a vivir esa utopía. Y a vivirla en una actitud vehemente de espera gozosa, en la que no se pierda una expectativa positiva que le dé un acento nuevo y haga que en general todo tenga esa luz nueva de la presencia del amor de Dios. A esto no puede negarse quien busca que haya un mundo nuevo, en el que la ley sea la del amor, la norma sea la justicia, la base de todo sea la verdad, la línea de vida sea la de la fraternidad. Para los cristianos esa utopía tiene una realidad muy concreta. La Utopía es Jesús. Él es quien está al final del camino y es quien hará ya una realidad definitiva todas las promesas maravillosas que han sido hechas desde el inicio.

La figura tan entrañable de aquel retoño que nace: "Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago", que evidentemente es la figura de Jesús, nos presenta la perspectiva de todas las maravillas que se harán realidad en el futuro glorioso que nos espera. La forma de presentarlo puede parecernos incluso infantil, pero no significa que no sean las reales. Aquel futuro idílico no es otra cosa sino signo de lo que realmente vendrá. Con la irrupción de Jesús como la gran utopía del cristiano, irrumpe todo lo que de maravilloso podemos esperar. No quedará nunca corto Dios cuando de demostrar su amor a los hombres se trata: "Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé será elevada como enseña de los pueblos: se volverán hacia ella las naciones y será gloriosa su morada". La utopía es real, pues Dios nunca falla a sus promesas. Más aún cuando esa promesa tiene que ver con aquello a lo cual se ha comprometido al haber puesto al hombre en medio de todo lo creado, comprometiéndose a regalarle una vida de felicidad plena. Si algo tenemos seguro todos es que estamos convocados y comprometidos a avanzar en ese camino de avance hacia el logro de esa utopía que es nuestra. Ya el Señor nos la prometió y su empeño será por siempre el que llegue a cumplirse.

Y de nuevo surge entonces el sentido de ese compromiso que debe ser asumido por cada uno. Dios también manifiesta su amor eterno por nosotros poniendo en nuestras manos una responsabilidad concreta, que es la de la apertura del corazón esperanzado hacia lo que viene. No somos pasivos. De ninguna manera. El mantenerse pasivos en la procura de que se llegue a alcanzar la utopía, significaría la muerte de las esperanzas. Sería haber despreciado la verdad del amor de Dios que quiere siempre lo mejor para nosotros y añora que nosotros mismos nos alineemos para alcanzarlo. Cuando esto se comprende así, incluso llegamos a producir en Jesús el gozo natural porque lo hemos entendido: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien". Es en este sentido que es necesario que nuestro corazón se vuelva pequeño, humilde, sencillo. Será la aceptación de aquella utopía que puede parecer engañosa o exagerada, pero que permitiendo que se desarrolle en un corazón que confía radicalmente en el amor de Dios, llega a tener la certeza de que es una verdad que se llegará a cumplir irrefutablemente. No puede ser de otra manera, pues es la promesa de Dios. Por ello mismo Jesús nos invita a todos a agradecer  por esa espera activa que tendremos que ir haciendo nuestra: "¡Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron". Por eso, debemos asumir que aquello que vivieron los apóstoles en su momento, será totalmente superado por lo que vendrá en la utopía de la llegada del tiempo futuro. Solo que tendremos que disponer el corazón para vivirlo con la máxima intensidad.