miércoles, 14 de octubre de 2020

El goce de la vida aquí y ahora apunta a la eternidad feliz

 Evangelio miércoles 28ª semana de Tiempo Ordinario

Hay una frase que se invoca mucho entre los hombres que proclaman el disfrute hedonista de la vida como único objetivo de la existencia: "Esta vida es una sola y hay que gozarla". Estrictamente hablando no es falso lo que afirman, pues la existencia del hombre tiene una solución de continuidad entre lo que se vive actualmente y lo que vendrá en el futuro. El problema está en que no es este el sentido que ellos ponen a dicha afirmación. Para ellos, la vida se agota en lo que viven aquí y ahora, y no tiene ningún sentido, de esa manera, ocuparse de cosas que distraigan lo que sería el único objetivo de la vida, que es el disfrute, el goce, el oropel, el regalo a los sentidos. No habría razón para un compromiso profundo, para una búsqueda de elevación en la calidad interior de la vida. Es lo que viven tantos y tantos a los cuales la vida no los llama a un aumento en la riqueza espiritual, sino que solo se aplican en la búsqueda de placeres, entregados a toda clase de satisfacciones corporales, desenfrenados en la procura de regalos al cuerpo, preocupados solo en el empeño de lograr esos regalos que persiguen una y otra vez, día tras día, probando grandes novedades que aumenten el placer. Consecuencia de ello es una continua frustración, por cuanto nada de lo que van probando logra satisfacer totalmente esas ansias de satisfacción plena. Por ello, en la debacle de la vida que no encuentra otra salida, van encontrándose cada vez más insatisfechos y pretenden resolver dicha insatisfacción con mayor frustración. La experiencia de vida de aquellos que se centran solo en la procura de honores egoístas, de riquezas cada vez mayores, de placeres cada vez más intensos, nos dice que en lo más intimo de ellos no consiguen dar a sus vidas la plenitud que pretenden, sino que, por el contrario, la sensación que los va dominando es la del vacío que los va encerrando cada vez más en sí mismos, la de la superficialidad total en la que saben perfectamente que no se han logrado hacer más o mejores hombres en ese camino, la frustración de sentir que nada de lo que prueban en lo corporal los hace sentir bien totalmente. Centrándose solo en lo pasajero, en lo que se termina, en lo que pasa, terminan convenciéndose que la vida, ciertamente, "es una sola" y por ello no pueden seguir empeñándose en perderla en la búsqueda frustrada de la felicidad donde jamás la encontrarán. El hombre se pregunta, entonces, sobre el sentido de su propia vida, sobre la ruta que ha ido siguiendo, sobre las metas que se ha propuesto, sobre las experiencias de fraternidad que ha ido despreciando, sobre la dirección hacia la que ha dirigido su mirada desviándola de la visión que lo llega a elevar y a unir a quien de verdad será el único que dará un sentido pleno a todo lo que puede vivir. No puede el hombre seguir procurando su suicidio espiritual y debe apuntar a lo que lo eleve como hombre.

San Pablo, gran experto en humanidad y consciente de lo que a los hombres les hacía falta para avanzar hacia la verdadera plenitud a la que están llamados, ponía sobre aviso a los gálatas: "Hermanos: Si ustedes son conducidos por el Espíritu, no están bajo la ley. Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo.Y les prevengo, como ya les previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios". El fin de los que se centran en estas cosas materiales y corporales será la frustración total. No solo avanzarán en la insatisfacción personal al percatarse de que nada de lo que procuran en este nivel sensible logrará hacerlos más y mejores personas, sino que ponen en riesgo el que sus vidas terminen en la peor de las frustraciones por cuanto, al concluir que efectivamente "esta vida es una sola" y avanza hacia una eternidad segura, no pueden permitirse que las insatisfacciones actuales lleguen a ser las mismas para una eternidad que jamás acabará. Por ello, el paso siguiente, el que verdaderamente tiene sentido, es el de asumir un nivel distinto del simplemente material y apuntar a una búsqueda de la plenitud de la propia vida que no se agota en lo que se vaya logrando en las metas simplemente corporales, sino que eleva la mirada y la consideración hacia algo que trasciende, que es la presencia de quien pone todo en nuestras manos no para que nos agotemos en ello, sino para que nos sirva como apoyo y sustento para la elevación del propio ser, llevándolo a la plenitud que debe tener. Es la unión con Dios y la solidaridad fraterna con todos los demás que caminamos hacia la misma ruta de la plenitud. El fin de la vida no será por tanto el de la frustración total de quien se empeña en buscar solo las cosas que pasan, sino aquellas que le dan la plenitud al lograr la verdadera felicidad que no está en el simple disfrute de lo que se agota, sino en el goce auténtico de lo que llena y que da sentido, que anima de verdad a ser mejores hombres y que pone en el camino correcto para huir de la frustración eterna. "El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu". Quien ha entendido que la vida tiene una meta de eternidad futura y que no es una llamada a la frustración sin fin, sino a la plenitud, entiende que esa llamada a vivir según el Espíritu está dirigida expresamente a él.

Entenderlo es clave para poder asumir un estilo de vida que impulse a la realización personal como hombres de Dios y de Jesús, como hermanos conscientes de que ese caminar jamás lo podrán honrar individualmente. De que incluso su creación para ser hombres plenamente felices puede llegar a quedar en nada si no lo hacen una realidad firme y sólida para avanzar hacia la meta de la plenitud. Cuando esto no se entiende se llega incluso a la pretensión de manipular al mismo Dios, como lo hicieron los fariseos y los maestros de la ley que se empeñaban en vivir en la búsqueda de sus conveniencias personales, mediante la manipulación de los débiles, para poder seguir gozando de esos beneficios materiales que les daban honores y privilegios y les aseguraban seguir disfrutando de los goces de esa vida, creyendo que nunca tendrían que rendir cuentas de sus tropelías. "'¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras pasan por alto el derecho y el amor de Dios! Esto es lo que había que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de ustedes, fariseos, que les encantan los asientos de honor en las sinagogas y los saludos en las plazas! ¡Ay de ustedes, que son como tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!' Le replicó un maestro de la Ley: 'Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros'. Jesús replicó: '¡Ay de ustedes también, maestros de la ley, que cargan a los hombres cargas insoportables, mientras ustedes no tocan las cargas ni con uno de sus dedos!'" La conducta más indeseable no es la de los que actúan por falta de conocimiento, aunque ciertamente también frustran en sí esa plenitud deseada. La peor es la de los que conocen perfectamente la exigencia del amor, al que están llamados y bajo cuya órbita debían vivir, pero se dejaron obnubilar por la búsqueda de prebendas personales. Es malo invocar interesadamente la frase que invita a asumir la vida como una sola en ese sentido del único regalo a los sentidos. Pero es despreciable quien la invoca para servirse a sí mismo, pretendiendo manipular incluso al mismo Dios y burlándose de los hermanos a los que debían servir, sometiéndolos bajo su poder religioso para servirse con malignidad de ellos. Si quienes se entregan solo a la vida de los placeres para "gozar de la vida" arriesgan su frustración eterna, los que lo hacen aprovechándose del mismo Dios y de los hermanos, prácticamente se la han asegurado ya para siempre. Solo una actitud de conversión sincera, de entrega al Dios del amor y de servicio a los hermanos, podrá asegurar que esa vida, que es una sola, tenga el final feliz de la eternidad en el gozo real en el amor y en la realidad de plenitud total.

martes, 13 de octubre de 2020

Nada debe dañar la libertad que nos regala Jesús

 Blog Archives - Ministerio Imitando a Jesus

Hay verdades que son de perogrullo, que dan la impresión de ser simplemente expresiones absurdas que no tendría sentido repetir y a veces ni siquiera enunciar, pues o son demasiado evidentes, por lo que no vale la pena gastar esfuerzos en declararlas, o por el contrario, son tan incomprensibles que nadie, por más de que se les busque aclarar, podrá asimilarlas. Aún así, en el lenguaje bíblico no es infrecuente encontrar este tipo de expresiones que persiguen un objetivo muy claro: insistir en una verdad que debe ser inobjetable, en la que no haya ninguna duda sobre lo que se quiere transmitir. El uso hiperbólico del lenguaje tiene, en este caso, un objetivo didáctico que fundamente sólidamente la verdad y no dé pie nunca a equívocos. En esta línea nos encontramos la respuesta que da Yhavé a Moisés al preguntarle su nombre: "Yo soy el que soy". Esta autodefinición de Dios tiene variados fines. Por un lado, la tautología es un recurso que apunta a la comprensión de Dios como el único ser que se autosustenta, el único que tiene el ser en sí mismo, que no tiene ni origen ni final sino solo en sí mismo, que por ello es el único ser que no necesita de otro para existir. "Yo soy el que soy" quiere decir que, en definitiva, es realmente el único Ser, del cual todos los demás seres surgen por una voluntad expresa suya, lo que sería entonces una concesión amorosa de sí mismo, dejando su impronta esencial en todo lo que no es Él, lo cual es finalmente un movimiento de amor y de condescendencia único, infinito y eterno. "Yo soy el que soy" es, además, una autoconfesión que busca que sea no solo propia sino de todos los seres pensantes, para que concluyan que es el único ser absolutamente necesario, por lo que sin Él no hay ninguna posibilidad de existencia en nada ni en nadie más. Solo quien existe en sí mismo puede con propiedad dar la vida y sostener en ella todo lo que por su voluntad existe, por lo que es incuestionable la necesidad de aceptarlo como tal. Cuando se comprende y se acepta esta verdad radical, todas las criaturas pueden asumir su vida como lo que es, una donación graciosa, gratuita, desinteresada, sostenida en el amor y por el amor, dirigida a avanzar pacífica y armónicamente hacia su plenitud que no podrá ser otra distinta que la que se logre con la unión plena de quien es la causa de la propia existencia y la llegada a la meta de la convivencia inmutable con Él, para quien ha hecho que existan todos los seres. Esta perogrullada divina tiene, en sí misma, un razón muy lógica.

Siguiendo el ejemplo divino, en la revelación se ha echado mano al mismo estilo de discurso para dejar claras algunas verdades que son irrefutables, cuya comprensión es fundamental para poder vivir con solidez la propia fe. San Pablo le dice a los Gálatas: "Para vivir en libertad nos ha liberado Cristo". La obra de Jesús, enviado por el Padre para restablecer al hombre a su condición original de libertad plena, destruida por su obcecación en el mal y en el pecado, que lo llevó incluso a probar la mayor desgracia contra su propia libertad como es la muerte, fue una obra de liberación propia y radicalmente. No era posible restituir al hombre a su condición original de hijo de Dios, hermano de los demás, si no se emprendía la obra de recuperación de su libertad. La esclavitud del pecado hace imposible la elevación del hombre a su condición de criatura predilecta del Dios de amor. Quien es esclavo ha perdido lo más esencial que lo caracteriza como hombre, que es su propia libertad, es decir su propio deseo de erigirse en dueño de sí, de sus actos, de su camino de plenificación, dejando su libertad al arbitrio de lo que decidan sus pasiones, sus tendencias desbocadas, sus conveniencias muchas veces malsanas, su egoísmo exacerbado que se enseñorea en la vanidad y en la búsqueda de la satisfacción de las solas conveniencias personales. La libertad perdida tiene como marca identificadora el alejamiento de Dios, de su amor, y como consecuencia, del amor a los que son como él. Por ello no está fuera de lugar usar la perogrullada de la libertad como la ha usado San Pablo. La finalidad última de la obra de Jesús es la recuperación de la libertad. Por eso conviene insistir en que "para vivir en libertad nos liberó Cristo". No tiene sentido preocuparse en otra cosa sino en la búsqueda de esa libertad que se había perdido, en recuperarla para ser verdaderamente hombres, y en mantenerla en sí cuando se logra tener de nuevo. El cristiano es el hombre que ha sido hecho libre de nuevo por Jesús y que vive y lucha por mantenerse libre en ese amor que ha sido el regalo más hermoso que ha recibido en toda su existencia. Todo lo que vaya en desmedro de la libertad alcanzada por Jesús para nosotros debe ser rechazado y descartado, a riesgo de que seamos de nuevo subyugados por la esclavitud que nos haría otra vez menos hombres y nos alejaría de lo que debemos ser en Dios. Por ello, la insistencia de San Pablo: "Manténganse, pues, firmes, y no dejen que vuelvan a someterlos a yugos de esclavitud". Lo que ha alcanzado Jesús para nosotros es nuestra libertad total, la que nos quita de encima el yugo del pecado, e incluso el yugo de las exigencias de la ley que nos atan al pecado, y nos coloca en la libertad de la fe y del amor en Dios: "Nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe; porque en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor". Son la fe y el amor las razones últimas de la libertad de los cristianos.

Atarse a las prescripciones de la ley, como lo hacían los fariseos, no tenía como finalidad ser virtuosos, sino someter a ella. Ni siquiera ellos mismos estaban dispuestos a asumirlo como práctica de la propia virtud. Fijarse en el cumplimiento de la ley no tenía como finalidad la promoción de la virtud, mucho menos de la libertad. Era sencillamente una vigilancia superficial de lo estricto. Ni siquiera tenía como finalidad la búsqueda de la fidelidad a Dios, pues no tenía como meta el acercamiento a Dios, a su amor, a los hermanos. Con ello se erigían en los "sensores" de Dios, de un dios en el que ellos mismos no creían pues no estaban dispuestos a aceptar a ese Dios del cual habían recibido su existencia. Ese dios para ellos no era el que merecía su confesión, su servicio, su disponibilidad, sino el dios al cual manipulaban a su antojo, por el cual sometían a los sencillos mediante el miedo y la amenaza. No estaban motivados de ninguna manera por aquella libertad que traía Jesús, sino por la promoción de la esclavitud a ese dios que existía solo en su conveniencia personal para mantener sus privilegios. Por ello Jesús les echa en cara la ilegitimidad de sus actuaciones: "Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosan de rapiña y maldad. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, den limosna de lo que hay dentro, y lo tendrán limpio todo". La libertad de Jesús es la libertad del amor, la que eleva al hombre, la que no lo ata a motivaciones de conveniencias, sino la que lo libera en el seguimiento fiel al Dios del amor, el que anima a la plenitud, el que anima a la verdad, el que anima a la fraternidad. No es el Dios que se queda en la acentuación de las convenciones, sino el que anima a tener en cuenta al hombre como centro de todo, sin el cual nada de lo que existe tiene sentido. Por el hombre, por su amor, Dios fue capaz de salir de sí. El que se definió a sí mismo como "Yo soy el que soy", siendo en sí mismo suficiente, amándose a sí mismo plenamente, decidió salir de sí y hacerlo existir todo, entre ello al hombre, para que viviera su misma libertad. Ese Dios no va a permitir que su propia criatura vaya a ser la que dañe su fin, que es el disfrute pleno de su libertad, para lo que envió a su propio Hijo. Por ello tiene sentido aquello en lo que insiste San Pablo: "Para vivir en libertad nos liberó Cristo". Mucho le ha costado a Dios nuestra existencia, y mucho le ha costado hacernos recuperar por la obra de Jesús la libertad perdida, para permitir que la perdamos nuevamente por la obra inescrupulosa de unos cuantos que quieran mantener al hombre esclavo de sí y de sus intereses malsanos.

lunes, 12 de octubre de 2020

María cumple perfectamente la encomienda de Jesús. Es nuestra Madre de amor

 María no es mediadora con Dios - Protestante Digital

La figura de María en la historia de la salvación tiene una centralidad indiscutida. No existe en ninguna mente razonable un argumento sólido para despreciarla, de no ser el de aquellos que apuntan a una desvinculación total de todo lo que "huela" a católico, que más que apuntar a la negación de Ella como figura central, apuntan al desprecio de lo que es la confesión de fe en el catolicismo. De allí que sus argumentaciones van desde el desprecio de la institución de los sacramentos, incluyendo la Eucaristía, que quedaría reducida a un simple gesto litúrgico sin presencia real del Cuerpo y la Sangre de Jesús y sería como un superficial acto de memoria ceremonial; pasaría por la negación del acto institucional de la figura del Papado sobre Pedro, quien sería la "piedra sobre la que edificaré mi Iglesia", en palabras del mismo Jesús; avanzaría al desprecio del episcopado y del sacerdocio ministerial como instituciones estables; descalificarían totalmente el acercamiento a las figuras emblemáticas de la fe que representarían algunos cristianos fieles a los que se recordaría con afecto y veneración y a los que se acudiría como modelos y patronos. María entraría en todo el "paquete" de negación que sería el empeño de desvinculación para dar sustento a las propias ideas con argumentaciones forzadas con el fin de presentarse como los que defienden la fe verdadera contra aquellos que la han contaminado desde el principio, que seríamos nosotros. Estos contenidos generales de fe no se los ha dado a la Iglesia ninguna mente privilegiada ni nadie que pretendiera controlar la vida y la acción de aquella Iglesia naciente, sino que han sido fruto de la misma revelación de Dios en Jesús, que fue siendo preparada desde el Antiguo Testamento y llegó a su punto culminante con la irrupción del Hijo de Dios en el mundo en carne humana. Todo lo que vive la Iglesia es lo que ha querido Jesús que viviera, y que ha colocado en las manos de los apóstoles, en primer lugar, como las columnas de la Iglesia que Él mismo quiso dejar establecidos, y de todos a los que los mismos apóstoles fueron transmitiendo la verdad y fueron dejando como legado inmutable por ser la voluntad manifiesta de Cristo. Una fe auténtica no podrá jamás basarse en la negación frontal de lo que quiso y estableció Jesús. Todo lo que vaya en esa línea será siempre ilegítimo y movido simplemente por intereses espúreos que apuntarán sencillamente a la búsqueda de apoyos interesados en restar adeptos al catolicismo y en embaucar a los más débiles e ignorantes de los fundamentos de la verdadera fe.

Hace algunos años se creó una Comisión interdisplicinaria conformada por teólogos católicos y protestantes que se propusieron como meta desentrañar, en base a las Sagradas Escrituras, la verdad cruda sobre dos temas principales que atraían las mayores disputas y desencuentros entre ambos cristianismos. Uno era el tema de la figura de San Pedro y su elección para ser la piedra sobre la que se edificaría la Iglesia, es decir, sobre la institución del Papado como surgida de la misma voluntad de Jesús; y el otro era la figura de la Virgen María como la elegida para ser la Mujer que prestaría su vientre para la entrada de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad al mundo, con lo cual se llevaría a cabo la obra más grande de re-creación del universo por la Redención que iba a llevar adelante Jesús. Las conclusiones de esta Comisión, sin que llegaran a ser definitivas y determinantes, afirmaron que la doctrina enseñaba por el catolicismo concordaba perfectamente con todo lo que fue revelado y que no había argumentos suficientemente razonables para negarlos. Fue un estudio totalmente objetivo, sin apasionamientos ni apabullamientos, que concluyó lo que era natural concluir por cuanto tenía como fuente única la misma Escritura. En este sentido, María, al dar su asentimiento a la propuesta que le hacía Dios a través del Ángel Gabriel sería la Mujer anunciada desde antiguo, madre del "descendiente que pisará la cabeza de la serpiente" y que será el mismo Dios que irrumpirá en el mundo gracias a su disponibilidad absoluta, por lo cual no habrá ninguna duda de que Ella es con propiedad la Madre de Dios, en concordancia con todo lo que ha sido revelado. El Arcángel Gabriel le anuncia a la Virgen que Aquel al que dará a luz "será llamado Hijo del Altísimo"; su prima Isabel la alaba diciendo que es "la Madre de mi Señor". Ambos nominativos, Hijo del Altísimo y Señor, son clarísimamente definitorios de la divinidad de quien está en el vientre de María, por lo cual no se puede negar sin un interés malsano e inconfesable, que María sea realmente con toda propiedad llamada Madre de Dios. Toda mujer que da a luz es madre. Y en el caso de María, Ella da a luz al Hijo de Dios, a la segunda persona de la Santísima Trinidad, al Verbo Eterno "que se hizo carne y habitó entre nosotros", a Dios mismo, por lo que es de toda lógica llamarla "Madre de Dios". Y esa Madre, además, por voluntad expresa de su mismo Hijo, afirmada desde la Cruz, pasó a ser nuestra Madre: "Ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu Madre". Ella no solo se ocupó se dar a luz al Hijo de Dios, de criarlo y de acompañarlo en su vida terrena, sino que sigue teniendo en la historia la tarea de Madre de todos los hombres que le encomendó Jesús.

Así la encontramos ejerciendo su maternidad desde el mismo inicio de la historia de la Iglesia: "Después de que Jesús fue levantado al cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos". No tiene sentido nombrar expresamente a María junto a los apóstoles, si su papel no fuera central y esencial en esa historia. Para todos tenía que quedar claro que la Madre de Dios cumplía fielmente la tarea de Madre de todos que le había encomendado su Hijo. Igualmente es claro el objetivo que persigue el Evangelista San Lucas, llamado "Evangelista de la Virgen", cuando en el entusiasmo desbordante de aquella mujer del pueblo no tiene otra forma de alabar y agradar a Jesús que alabando la figura de su Madre: "En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: 'Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron'". Es el reconocimiento sencillo que hace la gente más humilde del pueblo. No es para San Lucas un simple relato de algo que pasó en la vida de Jesús. El Evangelista no es un simple relator de sucesos, pues llega a ser un teólogo que en cada paso que va describiendo va dejando clara una intencionalidad. Además del entusiasmo real que despierta Jesús en la gente y en la expresión sin ambages del reconocimiento de su Madre, San Lucas quiere que los cristianos seamos capaces de hacer el mismo reconocimiento de la Madre de Jesús que hace aquella mujer sencilla. Pero también sabiamente Lucas pone en labios de Jesús ya no solo la alabanza a su Madre física, sino la de la Mujer que va más allá del gesto corporal de servicio a Dios, y apunta a lo más puro y alto: "Pero Él dijo: 'Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen'". María escuchó esa Palabra dirigida claramente a Ella, la cumplió a la perfección, tanto, que la hizo carne en su vientre. Y fue más allá. Escuchó la palabra de su Hijo encomendándole a cada cristiano desde su Cruz, y desde entonces la cumple y seguirá cumpliendo por toda la historia. Es nuestra Madre. La que nos ama como amó a su Hijo y la que cumple la encomienda amorosa de Jesús y lo hará siempre hasta el fin.

domingo, 11 de octubre de 2020

El Padre nos invita a vivir con gozo el banquete de nuestra propia boda

 El Reino de los cielos se compara a un rey que celebra la boda de su hijo”

La imagen de las Bodas es una imagen muy entrañable en la comunicación de Dios con los hombres. Son innumerables las veces en las que Él hecha mano de ella para explicar cómo desea que sea su relación con la humanidad. Prácticamente desde el inicio de su revelación a los hombres, utiliza este acontecimiento natural de la vida humana para poner un parangón de su encuentro con los hombres. Él es el esposo y el pueblo es la esposa. La suya es una relación esponsal en la que ambas partes realizan un pacto de amor, que tendrá como aditamento la fidelidad, la exclusividad, la mutua pertenencia: "Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios". El uso de los términos que describen esta unión es claramente matrimonial. La unión de la humanidad con Dios es una "Alianza", un "Pacto", un "Matrimonio", una "Unión Conyugal". El matrimonio, lo sabemos bien, es una realidad totalmente natural, deseada por Dios desde el principio del tiempo de existencia de los hombres, que se basa en la diversidad de los sexos, en el amor mutuo y exclusivo de los cónyuges, en la tarea de procreación para la existencia de los otros seres. El hombre, Adán, desde ese mismo inicio, fue favorecido por Dios para que no quedara solo sino que recibiera la complementación de un ser similar a él, que le sirviera de compañera de vida y llenara esa vida suya de la alegría de la convivencia: "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". En ese momento, el hombre sintió que la existencia de la mujer, de Eva, llegaba para hacerlo completo: "Ahora sí... Esta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos". Era "otro yo" el que estaba ante él, que venía a darle un sentido distinto a lo que había recibido hasta ahora. Todos los otros seres de la creación, habiendo surgido de las manos del Creador, representaban sin duda una riqueza para él, por cuanto venían para llenar la existencia de todo aquello que no era él, y para servirle de apoyo para el desarrollo mejor de su vida, atendiendo al mandato original de Dios: "Llenen la tierra y sométanla". Pero ninguno de esos seres distintos a él iban a ser su complemento ideal, su compañero de lucha, su conviviente, quien vendría a compartir las mismas inquietudes y a emprender las mismas luchas comunes, quien recibiría su experiencia del amor personal, y quien sería quien iba a hacer posible la perpetuación de la propia raza y de la propia naturaleza mediante la procreación de otros iguales a él. El matrimonio es así, la manera perfecta en la que los hombres desarrollarían su existencia y darían pie para aquel dominio de todas las cosas que Dios había puesto en sus manos. Es, de alguna manera, la forma ideal en la que el hombre se hace "imagen y semejanza" de Dios, pues Él en sí mismo es comunidad de amor y de convivencia perfecta. Por ello, para Dios se convierte también en la mejor forma y la más a la mano para describir la relación que Él quiere tener con la humanidad.

En esta relación que Dios quiere tener con los hombres, reflejada perfectamente en la celebración del banquete de bodas del hijo del Rey, la invitación es para todos. Nadie está excluido. El gozo del Rey es total y quiere compartirlo con todos, sin dejar a nadie por fuera. Solo será posible quedarse ausente por la negativa de los mismos invitados al banquete de bodas. El Rey, que es Dios, vive la emoción del acontecimiento más importante en la vida de su Hijo, que es su matrimonio definitivo con la humanidad. Como en el matrimonio humano, el momento determinante se verifica cuando cada uno de los cónyuges coloca toda la vida en las manos del otro, el Hijo va a llevar adelante el mismo gesto, abandonando en las manos de la humanidad su propia vida, en el gesto más determinante de su amor, entregando todo su ser para la vida de la humanidad. El esposo se entrega completamente a la esposa. El Padre ha preparado con ilusión ese gran momento con la celebración del banquete, que es el festejo de la alegría compartida con todos, y no quiere que nadie quede fuera de ese momento crucial y emblemático. No es un "derecho" de los invitados, sino un gesto de amor y de alegría que lleva adelante el gran Señor de la casa. El gran banquete es el gran regalo del Padre a la humanidad que, en definitiva, es también la gran homenajeada. La humanidad es la esposa en la boda y es a la vez la primera invitada. No existe para el Padre una mayor ilusión que la de que la humanidad acepte la propuesta de matrimonio y a la vez la invitación a la celebración del gran banquete que lo festeja. Por ello, la desilusión y la frustración son mayúsculas cuando los invitados comienzan a declinar la invitación: "El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: 'Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Vengan a la boda'. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: 'La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos a la boda'". Merecer estar en el banquete significa acoger con entusiasmo la invitación del Rey, dejarse invadir con la alegría de la celebración de la boda, asumir que es la boda del Hijo del Padre que será el mayor beneficio que se vivirá no solo por poder disfrutar del gran banquete sino por ser a la vez los llamados a ser los primeros favorecidos pues conforman esa humanidad que llegará a ser la esposa amada del Hijo del Padre.

La alegría es mayúscula cuando somos considerados dignos de estar presentes en el gran banquete. Pero más aún cuando entendemos que aquel banquete es el que ha sido preparado para festejar nuestra propia boda. Dios se alegra cuando aceptamos estar presentes en el gran banquete: "Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo —lo ha dicho el Señor—. Aquel día se dirá: 'Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor'". Será la gran celebración de la vida, en la que triunfará el amor de Dios sobre todos los males y nos llevará a todos a vivir de la opulencia de sus manjares de vida. Esa que nos da Dios por ser la humanidad su esposa amada, a la que favorecerá por encima de todo, cuya alegría no quedará en ningún momento frustrada. La celebración de la boda llenará todo de sentido pleno y producirá la alegría mayúscula que no podrá ser despreciada en ningún momento, pues ser los agraciados del amor de Dios compensa absolutamente todo lo demás. Nada habrá que pueda frustrar el gozo que se experimente al saberse los bendecidos por el amor y los invitados a vivir la alegría sin fin: "Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, ustedes hicieron bien en compartir mis tribulaciones. En pago, mi Dios proveerá a todas sus necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén". No hay frustración en quien se sabe amado. Ninguna de las experiencias personales podrá jamás deshacer la alegría de ser llamados para celebrar la boda del Hijo que se entrega por amor radical a quienes ama. El esposo jamás dejará de amar a su esposa, la humanidad. El Padre jamás dejará de invitar a todos para que celebren la boda feliz de su Hijo. Somos los invitados los que nos podremos negar alguna vez a asistir a nuestra propia boda. La humanidad es la que puede dejar frustrada la intención del Padre que lo ha preparado todo para festejarnos y seguir haciéndonos los seres más felices en sus manos.

sábado, 10 de octubre de 2020

María es el ser humano más libre, pues vivió para la fe y para el amor

 Dichoso el vientre que te llevó | InfoVaticana

Pareciera que los hombres adoleciéramos siempre de normas, que necesitáramos siempre de alguien o de algo que nos indique el camino por el que debemos avanzar para ir seguros. Es cierto que en una sociedad como en la que estamos inmersos, en la que debemos tener siempre una autoridad que sirva incluso para organizar mejor la convivencia mutua, el respeto a las libertades, la búsqueda solidaria del bien común, se hace necesario el ordenamiento de las conductas y de los pensamientos, pues de no existir ese orden correríamos el riesgo de despeñarnos hacia la anarquía, es decir, hacia la ausencia del concierto y de los principios básicos. Sería la debacle de la armonía social, pues todos avanzarían individualmente sin ninguna referencia a lo que pondría una cierta norma a los intercambios humanos, y cada uno haría lo que le viniera en gana sin importar la afectación o la influencia sobre los otros. Sin duda, nuestra complejidad humana tiene como exigencia la necesidad de colocar acuerdos básicos para asegurar una convivencia mínima. La misma condición originaria del hombre, al haber sido creado un ser social por el Dios todopoderoso, sugiere esta necesidad como algo insoslayable. "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada", sentenció Dios en el principio. Esa necesidad de la convivencia no se refería, por supuesto, solo a la simple convivencia mutua, sino que apuntaba a algo que implicaba al hombre más profundamente, en cuanto su vida era puesta en las manos de los demás no solo como condición de compañía material, sino como posibilidad cierta de progreso personal en la ayuda mutua, en la aseguración del aprovechamiento de las cualidades de cada uno en beneficio de todos, en la aportación de las propias capacidades para sumar como bienes a la comunidad humana. La misma complejidad humana, en cuanto a la diversidad existente de conductas, de pensamientos, de valoraciones, de principios, de metas, exige naturalmente la existencia de un orden mínimo. Eso aseguraría que todos aportan lo que le corresponde, sin aprovechamientos exclusivos indeseables que fueran en detrimento del beneficio común. La sociedad es una realidad compleja, porque el hombre es complejo. Y la única manera de hacerla viable, evitando que llegue a ser una realidad fallida, es haciendo que los mismos hombres se pongan de acuerdo en criterios básicos que los hagan vivir en la mínima unidad tirando todos de la cuerda hacia la misma dirección y aportando cada uno de sus personales riquezas espirituales y materiales.

Siendo esto una realidad que hay que aceptar como básica para la mínima convivencia humana, en la experiencia de nuestra fe se da un paso firme y sólido en la consideración de la necesidad de que esa misma fe apunte a la consecución de una madurez que haga avanzar sólidamente hacia la unión cordial y esencial con Dios, teniendo esto como consecuencia inmediata la mejor convivencia mutua, basada no solo en la compañía por presencia física, sino en algo que la sustenta mucho más sólidamente, como es la experiencia de la fraternidad que surge de la conciencia de ser todos hijos del mismo Padre, hermanos del mismo Jesús y amigos del mismo Espíritu Santo. Si por formar parte todos de la gran familia humana, a la cual debemos nuestro aporte en el uso de la inteligencia y de la voluntad constructivas para lograr una sociedad mejor para todos, estamos llamados a colocar nuestro aporte, nuestra condición de hombres de fe nos coloca en una tesitura mucho más seria, por cuanto la experiencia de ser todos hijos de Dios, habiendo recibido su regalo infinito de amor y habiendo sido hechos hermanos unos de otros, no solo miembros activos de una sociedad que nos acoge y nos recibe a todos y que espera de cada uno su aporte, la responsabilidad es aún mayor por cuanto no se trata solo de aportar de lo nuestro, sino de estar conscientes de que dependiendo de lo que se ponga a favor de los hermanos no solo se estará haciendo que el mundo sea mejor, sino procurando que se conozca al autor último de toda bondad y ayudando a encaminarse hacia la plenitud de su condición humana, abriendo su perspectiva a la eternidad y a la vivencia de la plenitud que se alcanzará en el Reino de los Cielos prometido. Y en este nivel ya no se trata de vivir en lo que está mandado, sino de dar el paso adelante para vivir en lo que exige la misma libertad que alcanza quien vive en la fe y en el amor. La insistencia de San Pablo en este tema busca que se dé una convicción de la consecuencia de la vivencia de la fe y del amor, que ya no necesita de las indicaciones de una ley externa, sino de la iluminación sobrenatural de la fe: "La Escritura lo encerró todo bajo el pecado, para que la promesa se otorgara por la fe en Jesucristo a los que creen. Antes de que llegara la fe, éramos prisioneros y estábamos custodiados bajo la ley hasta que se revelase la fe. La ley fue así nuestro ayo, hasta que llegara Cristo, a fin de ser justificados por fe; pero una vez llegada la fe, ya no estamos sometidos al ayo. Pues todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús". Así como la sociedad sigue necesitando de la ley para vivir el orden, los cristianos ya no necesitamos la tutela de la ley antigua, pues tenemos la fe y el amor que ha derramado Jesús sobre nosotros al redimirnos.

"Cuantos de ustedes han sido bautizados en Cristo, se han revestido de Cristo", es decir, la marca esencial de la vida de los cristianos es el mismo Jesús. Eso no necesita ley que lo indique, sino la sola vivencia convencida e ilusionada. Ese revestimiento de Cristo da la sensación de la total plenitud, en la que no se necesita más nada sino solo dejar que esa vida se manifieste y salga de sí hacia los demás y los enriquezca a todos. Es la dinámica del amor que es naturalmente difusivo. Quien vive en la fe del Hijo de Dios y se ha dejado llenar y subyugar por su amor, lo vive con la mayor naturalidad y con esa misma naturalidad permite que sea experiencia para todos. Quien así lo vive no necesita demostrarlo, como no lo necesitó demostrar la Madre de Jesús: "Mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: 'Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron'. Pero él dijo: 'Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen'". Aquella mujer, feliz del encuentro con Jesús, no encontró mejor manera de buscar agradarlo que alabando a la mujer que lo había dado a luz y lo había amamantado. Quizá no la conocía, pero sí intuía en Ella algo especial, pues había sido la puerta de entrada de ese ser maravilloso que era Jesús. Solo alguien que hubiera sido conquistada totalmente por la fe en el Hijo, habiendo incluso abandonado todo su ser en las manos de Aquel que venía a hacer la obra más importante en favor de la humanidad, podía haberse prestado tan clara y decididamente para ser un instrumento en esa obra de conquista radical, dejándose conquistar previamente a sí misma. La expresión de Jesús denota todo lo contrario de lo que podríamos haber asumido sobre la Virgen. De ninguna manera es un desprecio a la importancia del papel de la Madre, sino el reconocimiento más claro a la centralidad de su actuación. María escuchó la Palabra de Dios incluso antes de su encarnación, pues Gabriel fue la voz anticipada de ese Dios que quería contar con Ella para la obra grandiosa que iba a realizar: "El Espíritu del Señor vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra ... Tú concebirás en tu seno, y darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús, Dios con nosotros". Escuchó con tal atención que la hizo carne en sí misma. Y de tal manera la cumplió que fue su Madre. Como dice San Agustín: "María lo pudo concebir en su seno, porque ya antes lo había concebido en su corazón". Ella no necesitó de la ley para ponerse en las manos de Dios y de su Hijo Jesús. Simplemente necesitó de su fe y de su amor, que vivió con la mayor intensidad de la que lo pudo haber vivido cualquier ser humano sobre la tierra. Ella nos dice lo que debemos hacer para no ser más esclavos de la ley y vivir la libertad que nos da el amor de Dios y vivir en su fe totalmente.

viernes, 9 de octubre de 2020

La fe me hace libre. La ley me hace esclavo

 Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina. - RM Joven

La diatriba continua que se presenta en la tensión que plantea San Pablo al contraponer la fe y las obras, sigue siendo para los cristianos un tema pendiente de resolver. Para San Pablo la cosa está muy clara. Una vida de fidelidad a Dios no puede estar sustentada simplemente en el cumplimiento exterior de reglas, en la fidelidad a la ley, en la realización de obras, pues todo ello corre el riesgo de enmascarar lo que se puede estar viviendo realmente en el interior del hombre, llegando a ser posible incluso la absoluta falta de concordancia entre lo que se hace y lo que se cree. La ley por sí misma no sería, de esta manera, la que asegure la pureza de la confesión, por cuanto fácilmente puede ser objeto de engaño, presentando a la vista de todos una bondad que no existe en el corazón. Quien sustenta su vida de fe en lo externo puede incluso llegar a pensar, hasta sin mala intención, que una fe así vivida es suficiente para ser "bueno". Así quizás lo ha aprendido y ha recibido equivocadamente la idea de que ello es suficiente para ser un buen hombre de fe. Son muchos los cristianos que han llegado a esa conclusión, al extremo de no sentir implicación mutua entre un compromiso vital que los impulse a avanzar en una exigencia cordial de vida y la realización exterior que descubra lo que se vive dentro. Es muy frecuente encontrarse con cristianos que aseguran ser buenos hombres de fe porque de vez en cuando rezan, o van a la misa ocasionalmente, o alguna vez han dado una limosna, o porque estudiaron en un colegio de curas o de monjas, sin que haya una clara manifestación de fe vital. Esos actos ocasionales, según ellos, serían suficientes para demostrar al mundo que son hombres o mujeres de fe. Realmente la vida queda totalmente desconectada de lo que debe ser una fe verdadera, al punto de que en lo cotidiano llegarán incluso a realizar sin ningún pudor actos que son evidentemente contrarios a la fe. Aquellos actos ocasionales de fe vendrían a ser como una especie de exculpación que los justificaría del todo, incluso llegarían a ser casi como un justificante de su mala vida. No importaría nada de lo malo que se hace, con tal de que se pague una especie de "peaje" moral. La deshonestidad en el trabajo quedaría borrada por un buen padrenuestro. La infidelidad con el cónyuge se cancelaría con una buena limosna. La irresponsabilidad en el cumplimiento de las tareas laborales que corresponden se borraría con la asistencia a un sentido funeral. Un acto bueno ocasional daría carta blanca para seguir en una vida sin compromiso de purificación. Es la debacle de la vida de fe que quedaría al arbitrio de actos externos que no implican de ninguna manera al sujeto. Precisamente contra eso es que reaccionaba San Pablo en la vida de las comunidades.

Por ello, él sale al paso de todo lo que huela a justificación externa, sin implicación del corazón: "Cuantos viven de las obras de la ley están bajo maldición, porque está escrito: 'Maldito quien no se mantenga en todo lo escrito en el libro de la ley, cumpliéndolo'. Que en el ámbito de la ley nadie es justificado resulta evidente, pues 'el justo por la fe vivirá'; en cambio, la ley no procede de la fe, sino que 'quien los cumpla vivirá por ellos'". Una cosa sería, entonces, la experiencia de vida sustentada en la fe auténtica, aquella que implica a todo el ser y le da forma y contenido a todo lo que se vive, que un cumplimiento externo que no necesariamente descubre un compromiso vital. Por ello, el modelo que coloca San Pablo es el de Abraham, hombre de fe que no se puso a hacer cálculos de lo que tendría que hacer para agradar a Dios, sino que, sin ni siquiera contar con una certeza absoluta incluso sobre quién lo convocaba, se abandonó al extremo en su voluntad y comenzó a andar en la ruta que le indicaba. Fue una fe radical que lo impulsó a seguir sin oponer ninguna resistencia al Dios que lo quería para Él y que lo convencía de que ese era el sentido que debía dar a su vida, por encima incluso de sus propias y probablemente muy justas conveniencias. Dios vino con su propuesta a trastocar toda la serenidad de la vida que tenía entre manos Abraham, pero él aceptó y siguió su voluntad en la convicción total de que de esa manera su vida adquiría su plenitud absoluta pues estaba en las manos de quien había entendido era la razón final de la vida. Por eso Abraham se convierte en el padre de nuestra fe y en el modelo perfecto de hombre que por encima de la ley había colocado su entrega a Dios. La consecuencia de esta entrega es la experiencia sublime de la libertad delante de Dios. La ley obliga a seguir unos cánones estrictos fuera de los cuales no se puede vivir sin correr el riesgo de dar al traste con la experiencia personal de lo externo. La fe, por el contrario, solo exige el abandono, por el cual ya no hay una exigencia de cumplimientos externos sino solo la de dejarse llevar y conducir, como lo hizo Abraham, lo que implicará la propia plenitud. La ley te obliga a procurar mantenerte en la ruta de la fidelidad para obtener el beneficio. La fe te da el beneficio siempre, bastando para ello simplemente dejarte abandonado en las manos del dador de todos los bienes. La ley te hace correr el riesgo de perder el beneficio, pues estarías atado al peligro del pecado. La fe te libera del pecado por lo que nunca perderás el beneficio. Es una ley de libertad, que es la que nos logra Jesús con su entrega a la muerte: "Para vivir en libertad nos liberó Cristo". 

Evidentemente esta radicalidad de la vivencia de la fe no exime de las obras. No se debe entender erróneamente que quien vive de la fe no debe manifestar su misma fe a través de las obras de la fe. Lo que sí debe quedar claro es la primacía que tiene cada paso. No son las obras lo primero. Lo primero es la fe. Y las obras serán consecuencia de la fe que se vive. Quiere decir que las obras no surgirán, nunca podrán surgir legítimamente, de corazones que no vivan fielmente la fe. Serán simplemente como obras de teatro que no denoten el compromiso de una vida. "De la abundancia del corazón habla la boca", quiere decir que tendrá sentido para la fe solo lo que surja desde la misma fe que viva interiormente cada uno. Del resto, todo será solo representación externa. Por eso, en el encuentro de Jesús con los fariseos que lo criticaban, dejó muy claro qué había en la raíz de toda su conducta: una unión radical con el Padre, lo que daba sustento a todo lo que hacía: "Ustedes dicen que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, los hijos de ustedes, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes". La plenitud de la obra de Jesús estaba en el haber sido enviado por el Padre y vivir solo para Él, lo que le daba toda la legitimidad y la credibilidad. Su obra hacía presente a Dios, anunciaba la llegada del Reino a los hombres. Era la llegada de la plenitud. De allí que fuera el mayor regalo que recibía la humanidad: "Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama". La fe busca la unión con Jesús, para recoger con Él y no recibir sorpresas desagradables que nos excluyan de la salvación. Estar con Jesús va más allá del simple cumplimiento de gestos y acciones, pues ellos serán solo indicativos externos de lo que se esté viviendo dentro. La fe se eleva por encima del cumplimiento de la ley que puede no implicar al sujeto. Es de alguna manera dar pie para actuar gracias a la fuerza de Belzebú, que solo intenta que el hombre se contente con acciones externas que no impliquen su ser, y que enmascaren actitudes interiores que desdicen en lo más profundo y esencial lo que es la verdadera fe. Por ello, ocuparnos de las obras de la ley será lícito únicamente cuando hayamos dado nuestro asentimiento a lo que debe ser nuestra fe, como abandono radical a Dios, a su amor y a su voluntad.

jueves, 8 de octubre de 2020

Jesús impide la depresión, el aburrimiento y la rutina

 Qué padre, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente? - ReL

En nuestra vida los hombres debemos llegar a un momento en el que plantearnos cuáles son las motivaciones más profundas que tenemos para vivir, para pensar y para actuar. Si no llegamos a pensar en esto, nuestra vida puede llegar a convertirse en una simple vegetación, en pasar el momento, en pura superficialidad sin trascendencia. Vivir así puede llegar a hacerla entender como una vida vegetativa en la que nada de lo que hagamos va más allá, sino que solo se reduce al día a día, sin el condimento de los retos y de las novedades que la hagan atractiva. Sería asumir para sí mismo el estilo de vida de los seres irracionales que se ocupan solo de la procura de la propia subsistencia, en lo que se va la vida, solo dependiendo del lugar que ocupan en la escala animal, para saber si deben vivir en una continua defensa o en un continuo ataque para poder sobrevivir. Para un hombre que vive únicamente en ese nivel la vida se convierte en rutina, en cansancio, en aburrimiento, en repetición continua. Es terrible constatar que para muchos en eso se ha convertido la vida, llegando a ser algo que ha abandonado todo su atractivo y se ha perdido en el marasmo de lo rutinario en el que se repite una y otra vez el mismo itinerario, y en el que un día no se diferencia en nada del anterior o del que viene. Nuestra condición humana, en la que brilla la libertad, la inteligencia, la voluntad y la vivencia del amor, por el contrario, debe caracterizarse por una experiencia de continua novedad, no solo por el hecho de ser creativa en sí misma, sino por la actitud personal que debe existir en la que destaque siempre la disposición de responder con gozo al reto de lo cotidiano, incluso de lo rutinario, con bríos y fuerzas renovadas, en las que se dé también un espíritu que afronte lo de siempre con dedicación y que incluso esté abierto a la vivencia de nuevas experiencias que enriquezcan. El hombre de hoy, por haber perdido esa capacidad de novedad e incluso de asombro, se ha enfermado interiormente y ha permitido que en su espíritu aniden aquellas enfermedades que lo aquejan y lo destruyen, como la depresión, la angustia, la ansiedad. El haber perdido la capacidad de asombro y de novedad, que puede llegar incluso a rayar en lo inocente y en lo infantil y que puede llenar de frescura, lo ha hecho entrar en un bucle interminable que si no pone de su parte para evitarlo, se convertirá en un laberinto y prácticamente llegará a ser la tumba de sus expectativas.

Por eso es necesario que se llegue a discernir seriamente sobre las motivaciones últimas. Si éstas no sobrepasan "lo establecido", llegando incluso a invitar a la transgresión de aquello que siempre se hace igual, porque es "lo que está mandado", en la línea de esa superación personal que respeta lo que indica la propia promoción humana y la promoción del bien para sí mismo y para los hermanos, siendo creativos y dejándose también guiar por lo que indique la propia razón lógica, y dando un paso audaz de confianza en quien es el primer interesado en que el hombre sea más en sí mismo, que es el Padre que lo ha creado para ello, la rutina asesina será la única vencedora y no dejará marcar pautas nuevas. No hay cosa que colabore más a vivir esa continua novedad que la fe. Podemos pensar al contrario que la fe nos ancla en lo rutinario y que más bien apunta a la destrucción de la creatividad, pero es precisamente todo lo contrario. Desvincularse de ella nos hace los seres más rutinarios que pueden existir, por cuanto nos ancla a nosotros mismos, y la perspectiva de novedad que nos podemos ofrecer no pasará jamás de unas cuantas ideas "revolucionarias" que en muy poco tiempo nos hundirán de nuevo en lo ya conocido y nos llevarán otra vez a la rutina que necesitará de una nueva novedad que nos entusiasme otra vez. La fe nos pone ante el que es siempre nuevo y el que nos anima a dar nuevos pasos que nos llenen de oxígeno y de frescura. Dios es el eternamente nuevo, de quien obtenemos con absoluta certeza la continua novedad. Cada gesto suyo, cada palabra que nos dirige, cada invitación que nos hace, cada camino que nos indica a seguir, es un planteamiento nuevo que nos viene al encuentro y que necesariamente nos cuestiona, nos confronta, nos reta, nos exige una respuesta nueva, nos llena de entusiasmo y oxigena nuestro espíritu. No hay tiempo para el aburrimiento, pues debemos estar siempre prontos para responder con ilusión. Por ello, el mejor fundamento para poder vivir la novedad continua es el que nos propone San Pablo: "¿Quién los ha fascinado a ustedes, a cuyos ojos se presentó a Cristo crucificado? Solo quiero que me contesten a esto: ¿Recibieron el Espíritu por las obras de la ley o por haber escuchado con fe? ¿Tan insensatos son ustedes? ¿Empezaron por el Espíritu para terminar con la carne? ¿Han vivido en vano tantas experiencias? Y si fuera en vano... Vamos a ver: el que les concede el Espíritu y obra prodigios entre ustedes, ¿lo hace por las obras de la ley o por haber escuchado con fe?" Las obras, es decir, la ley, lo rutinario, "lo de siempre", no es lo que nos llena de novedad. Es la fe, la unión con el Espíritu de Dios, el siempre nuevo, el que nos conecta a Jesús, el que nos hace nuevos a cada uno.

Esa novedad de vida que pone a nuestra vista ese Dios que nos reta, que nos lanza a rutas transgresoras, es una vida entusiasmante, una vida que no tiene espacio para la rutina o el aburrimiento. Si alguien quiere huir de las depresiones, de las angustias, de las ansiedades, que se anime a escuchar a ese Dios que no quiere de ninguna manera esas lacras en la vida personal. Su propuesta es la de la eterna novedad del amor, en la que no se debe jamás apuntar a lo de siempre, sino a la continua transgresión de lo normal. Jesús nos lanza esa parábola del amigo inoportuno, en la que lo normal, lo que invita a hacer lo rutinario, es a no permitir que vengan a molestar en horas tan inusuales, menos aún cuando estás en el descanso familiar junto a la mujer y los hijos. Quien añora seguir viviendo en su depresión personal cierra las puertas en las narices de quien viene a importunar. Quien está dispuesto a aceptar la transgresión a la que invita la fe y el amor, se mueve no solo para evitar la molestia, como sugiere Jesús, sino para actuar en la línea del amor que invita a lo nuevo, como actuaría el padre con el hijo que le pide el pez o el huevo: "Si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite ... ¿Qué padre entre ustedes, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, pues, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?" La motivación final de la vida del hombre, más aún de aquel que quiere por encima de todo vivir la continua novedad del amor, está en no dejarse encerrar en la rutina de lo inacabable, de lo que encierra en el laberinto interminable del aburrimiento, sino en aquella novedad que lo entusiasma y lo une al Dios del amor. El que quiere su bien, su renovación, su entusiasmo. Será el hombre que se sabe eternamente renovado porque puede recurrir siempre, sin desconfianza, al que es la fuente del amor y de la novedad: "Yo les digo a ustedes: pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre". Es la fuente del amor y de la vida, de la novedad y de la transgresión, del cual recibirá siempre la continua frescura que lo llenará de entusiasmo y le dará el deseo de seguir viviendo con gozo y alegría.