domingo, 13 de octubre de 2019

Tu amor todopoderoso, Jesús, limpia mi lepra

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Todos los gestos que realiza Jesús en su misión de predicación y de acción por instaurar el Reino de Dios en el mundo, son clarificadores de su intención salvífica universal. "Si yo hago todas estas obras, es que el Reino de Dios está ya entre ustedes", nos dice Cristo. Él ha venido a traer la salvación a todos, sin dejar a nadie por fuera. "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad", es la conclusión que saca San Pablo sobre la obra de Cristo. Poco a poco, Jesús va dando pasos para que a todos les vaya quedando claro que su obra abarca a todo y a todos. Es tal la amplitud de su acción salvífica, que hasta la creación inanimada será beneficiada de ella. "La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios". Para los judaizantes extremos esto resultaba escandaloso, por cuanto ellos se consideraban los únicos beneficiarios de la obra de rescate de Dios. En varias oportunidades, durante los enfrentamientos con los escribas y fariseos, las palabras de Cristo e incluso sus obras portentosas causaron escándalo entre ellos, al extremo de que, al comprender lo que les quería dejar claro Jesús, se sentían puestos en evidencia y aumentaban sus deseos de quitarlo de en medio. "Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos", es su expresión clara de esa voluntad universal de salvación.

Es razonable que esto fuera así. Si nos detuviéramos solo en la consideración numérica de lo que representaba el pueblo de Israel, concluiríamos que hubiera sido realmente absurdo y exagerado el que el Hijo de Dios hubiera asumido una misión que representaba para Él el máximo sacrificio, el derramamiento de la sangre sagrada del hombre que era Dios, su sufrimiento extremo hasta la muerte, sólo en favor de un puñado de hombres. Israel era un pueblo realmente insignificante, rodeado de otros pueblos más numerosos y poderosos. Ciertamente era el pueblo elegido de Dios, lo cual resulta sorprendente por cuanto era mínimo, comparado con todos los demás. Dios mismo había mostrado su favor hacia ellos en muchas ocasiones, haciéndolos triunfar sobre los demás. Y había también dejado bien clara su intención de tomar a Israel para que desde él la salvación llegara a todos los hombres. "La salvación viene del oriente". No obstante, hubiera sido un gasto exageradamente dispendioso que el Hijo de Dios, el hombre que era Dios, derramara toda su sangre por apenas unos cuantos. Esa sangre es infinitamente valiosa. Y fue derramada por todos. La salvación alcanzada por el sacrificio de Jesús no es agotada para unos pocos. Alcanza para todos los hombres de todas las geografías y de todos los tiempos.

Por eso, desde el Antiguo Testamento esto va quedando establecido. El mismo Jesús les echa en cara a los judíos esto: "Puedo asegurarles que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio". Ni Sidón ni Siria eran territorios israelitas. Esa curación de Yahvé superaba las fronteras. La Gracia divina no podía quedar confinada a unas fronteras humanas. Si ya en el Antiguo Testamento esto estaba claro, con la llegada del Redentor lo estaba aún más. "Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia". No es posible poner límites a esta intención de Jesús. En la Última Cena, Jesús, "tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo:– Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: – Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes (y por muchos)". No hay exclusión de nadie en su deseo de entregarse para redimir.

Siendo, por lo tanto, la intención salvífica de Jesús englobante y universal, la responsabilidad de ganarla queda en nuestras manos. No se trata de "comprarla" ni de "merecerla". Ella es totalmente gratuita y voluntaria en Dios. Pero sí debemos manifestar, con nuestras obras y nuestras palabras, nuestra conciencia de que ella viene solo del Dios salvador y nuestro deseo de disfrutarla. Este reconocimiento lo hizo Naamán al obtener milagrosamente la limpieza de su lepra: "Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel". Y también, el único extranjero de los diez leprosos curados por Jesús: "Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano". El agradecimiento contenía en sí mismo el reconocimiento del poder salvífico de Dios y su gratuidad, y la gratitud por haberlo hecho una realidad en ellos. Es lo único que pide Dios a todo el que quiere ser beneficiado por su amor y su poder. El himno paulino establece claramente lo que todos los que recibimos los bienes y las gracias divinas debemos guardar en nuestro corazón: "Pues si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo". Es el Dios que ha venido a salvarnos y no a condenarnos. Es la fuente de todas las bendiciones que podemos recibir. Es quien quiere que tengamos nuestros corazones bien dispuestos para recibir y saborear la dulzura de su amor y su salvación.

Este es el Dios que quiere salvarnos a todos nosotros. No porque nos lo merezcamos, sino simplemente porque nos ama. Quiere que su salvación llegue a cada uno de nosotros, que ocupamos un lugar entre todos los que Él quiere hacer llegar su salvación. Ella es universal, por lo tanto, también para cada uno. No es una salvación etérea, sino que se hace concreta en ti y en mí. Tenemos muchas lepras que necesitan ser limpiadas. Jesús espera que seamos fieles, obedientes y agradecidos. Que reconozcamos que es solo de Él que puede venir nuestra limpieza. Como aquel leproso que con la máxima humildad y confianza en el amor todopoderoso de Jesús, se acercó a Él y le dijo emocionado: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Que esta sea nuestra actitud y nuestra oración. Que reconozcamos que Jesús es la fuente de todas nuestras bendiciones, que conscientes de eso nos acerquemos confiados y humildes a su amor, y que imploremos nuestra limpieza, esa que solo puede venir del Dios que nos ama con amor eterno, más de lo que nos podemos imaginar.

sábado, 12 de octubre de 2019

La visita de María es visita de Jesús

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La Virgen María está profundamente incrustada en la historia de la humanidad. En cierto modo, Ella ha acompañado a todos los discípulos de Jesús en las tareas de la evangelización. El mandato de Jesús: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación", es un mandato a todos, sin excluir a nadie. Y María entendió que Ella también estaba incluida en ese envío. Por eso, en cada paso de la historia de la humanidad, que ha sido acompañada por la evangelización de todos los pueblos, la Virgen está presente animando, acompañando, asistiendo, dando sosiego y esperanza. Nadie pude negar esto, ni siquiera los que quisieran atacar la figura de María como central en nuestra fe cristiana. Desde prácticamente los orígenes de la Iglesia, Ella ha estado presente. Las tradiciones más antiguas así lo atestiguan. Y no son tradiciones que pudieran ser cuestionadas tildándolas de apologéticas, es decir, que estuvieran buscando una defensa o exaltación de la figura de la Virgen ante supuestos ataques contra Ella, pues estos no existían. El interés por reducir o hacer desaparecer la relevancia del papel de María en la historia de la salvación es muy posterior. Se da virulentamente con el surgimiento de la reforma protestante, ni siquiera animada por Martín Lutero, quien, dicho sea de paso, era un gran amante de María, sino por quienes obstinadamente querían distanciarse lo más posible de la única Iglesia católica. Por ello, acentúan su virulencia contra los pilares fundamentales de la unidad, como son, entre otros, el papado, el papel de María y los sacramentos, principalmente la Eucaristía y el Sacerdocio.

Esta tradición de la Virgen del Pilar es la más antigua de todas las que atestiguan el acompañamiento de María en la evangelización. Ella es la Estrella de la Evangelización, pues es la que lleva la Luz más refulgente de Cristo para que todos tengan la ruta iluminada. Aún en vida, se le aparece al apóstol Santiago, para animarlo ante su decaimiento en la evangelización de la antigua Hispania. En el origen de la fe cristiana que se derrama sobre toda la tierra hispana está la mano amorosa y maternal de María. Es imposible, por tanto, desligar la historia de España, de la historia de María y de su presencia en la evangelización. Jesús cumple su palabra, "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo", no solo personalmente quedándose en la Eucaristía y en el Sacerdocio, en los pobres y afligidos y en medio de la oración que elevan dos o tres en su nombre, sino también en la figura de su embajadora principal, su propia Madre. Y así fue acompañando a todos los pueblos que recibían la palabra de la salvación. Se hizo española en El Pilar, mexicana en Guadalupe, venezolana en Coromoto, francesa en Lourdes, portuguesa en Fátima, japonesa en Akita, africana en Kibeho, Ruanda. Ella ha tomado las nacionalidades de quienes van siendo convocados por Jesús a pertenecer a su Iglesia y a recibir todos los dones de la salvación.

Así como cumplió perfectamente, con amor maternal, aquella primera misión que comprendió Ella que debía cumplir con su prima Isabel, anciana que estaba embarazada en su vejez, por lo tanto necesitada de ayuda y de apoyo para sus labores por su condición de gestante, así mismo sigue cumpliendo con esa misión con todos nosotros. Ella es "la Madre de mi Señor" que visita a todos sus hijos. En su vientre está presente el Mesías, el Salvador, el anhelado de todas las naciones. En Ella el Señor "ha hecho maravillas", y por eso Ella misma reconoce, con la máxima humildad, "me llamarán bienaventurada todas las generaciones". Su presencia hace real también la presencia de Jesús, la Palabra hecha carne en su seno. María visita a Isabel y con Ella el mismo Jesús también la visita y a su hijo Juan. Recibir la visita de María es recibir la visita de Jesús. En cierto modo, podemos afirmar que las visitas de María cobran pleno sentido solo si son visitas simultáneas de Jesús. La finalidad no es Ella. La finalidad es su Hijo. Nuestra fe no es mariocéntrica, sino cristocéntrica. El centro es Jesús. María es simplemente la sierva. "Aquí está la esclava del Señor", lo confirma Ella misma. Por eso, ante la voz de entre el pueblo que aclama a Jesús y lo saluda alabando a María: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron", Jesús proclama dichoso a quien lo recibe a Él: "Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen". Él es la Palabra que debe ser recibida. Aunque se profese un cariño inmenso a su Madre, el objeto final de nuestro amor debe ser el mismo Salvador. Es a Él al que en primer lugar hay que acoger y recibir en el corazón, y vivir según sus designios. La primera que lo hizo fue su propia Madre, por lo tanto Ella es la primera que es declarada dichosa por Jesús. "Y el Verbo se hizo carne (de María), y habitó entre nosotros".

La misión de María es totalmente subordinada. Ella ha sido elegida eternamente por Dios para ser la Madre de quien venía a traer la Redención a los hombres. Fue preservada del pecado original, redimida anticipadamente en atención a los méritos que haría su Hijo, receptora de todos los beneficios que venía a distribuir Jesús. "Llena eres de Gracia", la reconoce el Arcángel Gabriel al saludarla, estableciendo ya claramente la plenitud de santidad que Ella ya vivía y de la cual era receptora porque iba a ser la Madre de Dios. Ella es la nueva Arca de la Alianza, que contenía en sí la Palabra de Dios. Como el Arca de la Alianza en el Antiguo Testamento fue reconocida como la presencia de Dios en medio del pueblo, así la presencia de María es también la seguridad de la presencia de Jesús, la Palabra de Dios hecha carne en su vientre. Venerar a la Virgen tiene pleno sentido por cuanto Ella es la nueva Arca de la Alianza que nos asegura esa presencia de Jesús entre nosotros. Esa presencia es causa de alegría para todos. Por eso a Ella en las letanías le decimos "Causa de nuestra alegría". "David mandó a los jefes de los levitas organizar a los cantores de sus familias, para que entonasen cantos festivos acompañados de instrumentos, arpas, cítaras y platillos". Ante María no podemos menos que sentir el gozo que Ella nos regala, pues nos trae al Salvador. Cada pueblo que Ella visita, recibe también la visita de Jesús.

De su mano llegó el Evangelio a nuestras tierras americanas. María fue la primera misionera de América. El día de la Virgen del Pilar desembarcó la Palabra redentora en el Nuevo Mundo. De nuevo, así como del vientre de María entró la salvación en el mundo, pues el Verbo, "nacido de mujer", entró a nuestra historia desde Ella, de su mano entra el mismo Verbo hecho misión, salvación y redención, desembarcando hace ya más de quinientos años en las costas de la Isla de La Española, para establecerse aquí y ya nunca más dejarnos. Nuestra tierra es tierra bendita, pues desde el encuentro con el Viejo Mundo su historia está marcada por la presencia de María. Ello nos asegura su protección maternal, su compañía suave y dulce. Y nos asegura, sobre todo, que tendremos siempre al Verbo de Dios que se ha hecho carne en su vientre, del cual Ella es la Nueva Arca. Por eso, todos los hombres y en especial en este día los españoles y los latinoamericanos, debemos agradecer a Jesús el habernos dejado desde la Cruz su regalo más entrañable, su propia Madre, como Madre nuestra, que nos toma de su mano y nos conduce al encuentro de su Hijo, invitándonos siempre con su voz dulce y amorosa: "Hagan los que Él les dice".

viernes, 11 de octubre de 2019

No quiero ser una bestia. Quiero ser hombre

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Es terrible la guerra. En ella no hay vencedores ni vencidos. Todos los que en ella actúan tienen pérdidas. Ni siquiera la sensación de la victoria puede calmar el desasosiego de quien ha vencido, pues a su paso lo que ha quedado es destrucción, herida, muerte, humillación. Quien vence por la fuerza ha vencido pero no ha convencido. Ha avasallado. Y sabe bien que en la primera oportunidad que tenga el derrotado, buscará la retaliación, la venganza. Cuando alguien vence por sometimiento a la fuerza, ha demostrado tener el poder bélico superior, pero es lo único que ha demostrado. Las demás razones brillan por su ausencia. Es muy sabio el refrán popular: "La violencia es el arma de los que no tienen razón". La fuerza es la única razón de los seres irracionales. Así vemos como entre las bestias salvajes domina el que es más poderoso. Es el que se hace de las hembras para poder procrear y dejar sus genes en toda su generación, mientras sea él el que domine. Pero esto le durará hasta que aparezca un rival más poderoso que lo venza y extermine a toda su progenie, hasta no dejar rastros de esos genes anteriores e imponer los suyos. Todo es cuestión de fuerza y de poder.

Muchos hombres nos dejamos llevar por esta ley de la naturaleza, llegando con ello a rebajarnos al nivel de las bestias. Perdemos así, nuestra condición de seres superiores, que están llamados también a vivir, sí, bajo la ley natural, pero sabiendo que no es la irracionalidad de la fuerza la que debe imperar, sino las razones de nuestra inteligencia y nuestra voluntad las que deben siempre brillar. La ley natural es, ciertamente, ley necesaria y vinculante para todos, pero para los seres racionales, los que hemos sido creados a imagen y semejanza del Dios eterno, omnisciente, infinitamente libre, es la base para una conducta superior, que apunte al perfeccionamiento, a la convivencia armoniosa y pacífica, al progreso y al desarrollo consensuado y solidario. No es, por lo tanto, el dominio sin más, a la fuerza, lo que hará que seamos más humanos, sino la convicción, la persuasión, la conquista de la razón, la que nos hará una sociedad más humana y fraterna. El "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" debe ser para nosotros un plan de vida. Dios es en su intimidad Uno y Trino, inmensamente poderoso en sí mismo, pero ese poder no lo utiliza para el dominio o la opresión de una de las personas sobre las otras, sino que se deja llevar por su amor, por su inteligencia, por su voluntad, para vivir en la mayor armonía imaginable, no superada por ninguna en la existencia de todas las cosas.

En la voluntad todopoderosa e infinitamente sabia de Dios, nunca estuvo el dar al hombre una compañía que desembocara en el enfrentamiento y el conflicto interhumano. "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". Este designio de Dios apuntaba al apoyo solidario, a la ayuda mutua,  al progreso consensuado. Más aún, elevándolo a la categoría divina, su deseo era la unión fraterna, basada en el amor mutuo, en la caridad que buscara el bien del otro, por ser amado desde un corazón que fuera semejante al de Dios. Así lo comprendió el mismo hombre salido de las manos de Dios, cuando vio a la mujer a su lado: "Ésta sí es carne de mi carne y sangre de mi sangre". Es decir, "Soy yo mismo, prolongado en ella. Nuestra unidad es tan íntima que somos uno solo, somos el mismo ser en dos". La noche oscura de la humanidad, que cayó sobre el hombre por el pecado, tiene como consecuencia la rotura total de esta unidad hasta ese momento inquebrantable. "Esa que me diste por compañera", es la expresión de quien ya no se siente carne de la misma carne ni sangre de la misma sangre, sino un extraño, distanciado de aquella que había sido él mismo. El demonio había logrado lo que buscaba. Su lema preferido, "divide y vencerás", se había hecho trágicamente real. La humanidad vivía su peor desgracia, pues comenzaba así un camino de rotura, de enfrentamiento, de odio criminal. Caín mata a Abel, su hermano. La desolación se ciñe sobre los hombres y el odio empieza a dar sus funestos frutos: "¿Qué tengo yo que ver con mi hermano?", es la expresión de quien se siente totalmente distanciado de los suyos.

Pero Jesús viene a restañar esa herida profunda y mortal. No está perdido el designio de fraternidad y de amor mutuo, pues ese designio está en la esencia del hombre creado. Es una semilla que puede esconderse en ocasiones, pero que en algún momento resurgirá triunfante. "Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a ustedes", afirma Jesús. Ante el poder irracional del demonio, Jesús demuestra su poder mayor, y va más allá. No solo logra la derrota del adversario mayor, Satanás, sino el establecimiento de un orden restaurado, el que se había perdido por el pecado. El Reino de Dios que instaura Jesús viene con los valores de la Verdad, la Vida, la Santidad, la Gracia, la Justicia, el Amor y la Paz. Es el restablecimiento de la búsqueda de la armonía no por la humillación del vencido o por su anulación total, sino por tender la mano para que venga conmigo, para que sea uno conmigo, para que avancemos juntos por las sendas del progreso y del desarrollo, para que aporte de su riqueza personal al gran depósito en el que todos aportamos algo. Se basa en el amor, no entendido como un romanticismo vago y sin cuerpo, sino como el mirar juntos hacia la misma meta y procurar por todos los medios que el camino sea más expedito y de provecho para todos para alcanzar bienes superiores. Por ello, hay que deslastrarse de todo lo que pueda estorbar el avance más fluido hacia la meta. "Vístanse de luto y hagan duelo, sacerdotes; lloren, ministros del altar; vengan a dormir en esteras, ministros de Dios, porque faltan en el templo del Señor ofrenda y libación. Proclamen el ayuno, congreguen la asamblea, reúnan a los ancianos, a todos los habitantes de la tierra, en el templo del Señor, nuestro Dios, y clamad al Señor. ¡Ay de este día! Que está cerca el día del Señor". Es una actitud de conversión total, en la cual se dejan atrás todos los obstáculos que ha logrado poner el pecado.

La guerra nos destruye a todos. Nos deshumaniza y nos saca del corazón de Dios. La búsqueda de la unión, de la solidaridad, de la justicia y de la paz, nos humaniza. Nuestra vida humana es caracterizada por lo comunitario, basado en el amor mutuo. Nunca estar aislados o enfrentados nos hará más humanos. Al contrario, nos hará mas bestias. Cristo quiere que todos miremos a la misma meta, la de la unidad perfecta, la de la solidaridad, la del progreso y el desarrollo comunitario. Quiere que vivamos como hermanos, con un solo corazón. "Que todos sean uno", es la oración sentida que hace ante el Padre. Y es la invitación que hace San Pablo a los primeros cristianos: "Mantengan entre ustedes lazos de paz y permanezcan unidos en el mismo espíritu. Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos." Nuestra condición de cristianos nos llama a la unidad en el amor. La guerra es la contradicción total a este llamado de Jesús. Que nunca en nuestros corazones demos lugar al demonio que nos quiere destruir, implantando el odio en nuestros corazones, haciéndonos bestias. Que reine el amor mutuo, para ser verdaderamente hombres, hijos del Dios de la Paz.

jueves, 10 de octubre de 2019

No quiero ser envidioso sino humilde

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"Mala consejera es la envidia". Ella nos hace entrar en una espiral que se va moviendo hacia el egoísmo radical, nos va encerrando en nosotros mismos y nos va haciendo considerarnos los únicos que tenemos derecho a las cosas buenas. No sería justo que otros tengan bienes si nosotros no los tenemos. Y si los tienen, yo tengo que luchar por tener algo mejor. No se trata de tener lo que justamente nos puede servir para vivir mejor, más cómodamente, lo que indicaría que yo estaría haciendo un buen esfuerzo por progresar como hombre. Esto es lícito, pues Dios ha puesto en nosotros las capacidades para que vivamos cada vez mejor. Lo lamentable es que este sentimiento se envenene con un sentido de competencia absurdo, ilícito, desleal, alimentado por un egoísmo exacerbado que lleva a utilizar incluso medios fuera de lo moral para alcanzar dichos bienes. Esta puede ser la actitud que estuvo en la base del primer pecado de los hombres. La serpiente, conocedora de este talón de Aquiles que tenemos todos, movió sus hilos provocando esta envidia, diciéndole a Eva: "Si comen del fruto de ese árbol, serán como dioses". ¿Por qué no ser entonces como Dios, si puedo llegar a serlo? Nos esforzamos en ser lo que no somos. Incluso en ser lo que no es justo que seamos. Y esto, sin importar los medios que pongamos a funcionar.

En esta argumentación, llegamos a cuestionar incluso a quien nos ha dado todas las capacidades, a quien ha creado a la humanidad entera, como queriendo enmendarle la plana, asumiendo que tenemos un mejor juicio que Él, atreviéndonos a querer corregir su "error" cuando da su favor a quienes nosotros no consideramos dignos y no a nosotros. Dios nos ha dejado bien claro cómo es su conducta. Y en Jesús la ha puesto diáfanamente sobre la mesa. "No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos". "No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores". "Hay más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse". "He venido a rescatar lo que estaba perdido". "El buen pastor deja las noventa y nueve en el redil y sale a buscar a la oveja perdida". Y en concreto, en su actuación misericordiosa en favor de los hombres, demuestra que su preferencia son los alejados: a la mujer adúltera le perdona su pecado, pidiéndole que no peque más; a Zaqueo, jefe de publicanos, le pide que lo invite a su casa y ante su conversión le informa que la salvación ha llegado a su casa; a la pecadora pública le permite que le limpie los pies con sus lágrimas, dejándose tocar por ella, a pesar de la prohibición ritual de dejarse tocar por impuros y, reconociendo el amor que le tiene, le perdona sus pecados; al ladrón crucificado a su lado le promete su entrada al paraíso... Él nos quiere justos a todos, pero la insistencia de su amor y de su misericordia la demuestra más con quien más la necesita. Comprendiendo perfectamente esta actitud de Jesús, el Papa Francisco nos ha invitado a todos a "ir a las periferias". "Prefiero una Iglesia accidentada por salir al mundo, que una Iglesia enferma por encerrarse en sí misma".

En todo caso, no se equivocan quienes afirman que los que tienen mala conducta deben recibir justamente un escarmiento por sus faltas. El amor no es injusto. Por tanto, tampoco Dios lo es. "Miren que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir –dice el Señor de los ejércitos–, y no quedará de ellos ni rama ni raíz". Puede ser que veamos con sorpresa que a los justos les va mal, mientras que a los malos les va bien. "Nos parecen dichosos los malvados; a los impíos les va bien; tientan a Dios, y quedan impunes". Y por eso, reaccionamos equivocadamente: "No vale la pena servir al Señor; ¿qué sacamos con guardar sus mandamientos?; ¿para qué andamos enlutados en presencia del Señor de los ejércitos?" Pero, así como Dios es infinitamente misericordioso, también es infinitamente justo. Nuestras malas acciones no quedarán jamás impunes. El perdón de nuestras malas acciones no borra el daño que hemos hecho y del cual somos culpables. Dios es misericordioso, pero nos hará purificar las consecuencias de nuestros pecados. No hay impunidad en Dios. Y por otro lado, los justos recibirán su recompensa: "Me compadeceré de ellos, como un padre se compadece del hijo que lo sirve. Entonces ustedes verán la diferencia entre justos e impíos, entre los que sirven a Dios y los que no lo sirven".

En Jesús, la invitación de Dios es a acercarnos con humildad a su amor, a su justicia, a su misericordia, sin exigir nada motivados por sentimientos bastardos como la envidia. Jesús nos invita a esperar de Dios todos los bienes, sin aducir méritos por nuestra parte, sino solo confiando en su amor infinito por nosotros. Al fin y al cabo, todos los bienes que hemos recibido y que recibiremos de Él, serán siempre por un gratuito beneplácito suyo. Jamás porque nos los merezcamos. Desde el primer beneficio que nos regaló, nuestra propia vida, nos lo ha donado sin ninguna razón de conveniencia, sino por puro amor. Así mismo, cualquier bien que nos venga de Él será siempre porque surge de su manantial inagotable de amor y misericordia por nosotros. Más aún aquellos bienes que se refieren al perdón, a la misericordia, a la justicia, a la vida en Él. Nosotros con nuestra propias fuerzas somos incapaces de alcanzar un perdón, un amor, una misericordia que supuestamente se nos deba. Esto es absurdo en Dios. Él no debe nada a nadie. Se hace deudor por propia iniciativa, pues su corazón pugna por concedernos siempre su Gracia y su Vida. Desde que nos creó, el mismo Dios se hipotecó a nosotros. Decidió libremente entregarnos su corazón en cada gesto de amor y de misericordia a favor nuestro.

Por eso, Jesús nos invita a no tener otra actitud ante el Dios que nos ama y que es infinitamente misericordioso, que la de la humildad y la confianza radical en Él. Quien nos creó por amor, no dejará nunca de amarnos y de preocuparse por nosotros. Por todos y cada uno de nosotros, incluyendo a los alejados de Él. A ellos con mayor razón los desea junto a Él. Quiere conquistarlos y tenerlos a su lado. Quiere ganarle la batalla al mal que los ha esclavizado. Para eso plantea su lucha. Son de Él desde el principio de la existencia, y no permitirá que el mal se los arrebate sin luchar por ellos. Humildad y confianza en todos. Es lo que nos pide Jesús. Nunca dejar de poner nuestras vidas en sus manos, incluso en la procura de los bienes que nos quiere regalar. Es una espera humilde y confiada en el amor desinteresado del Señor: "Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre". Con esta actitud, Dios abrirá el manantial de su amor y de su providencia para favorecerme a mí, su criatura predilecta, y para favorecer a todos, pues estamos incrustados en su corazón de amor.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Quiero amarte, Padre, y amar a todos, como me amas Tú a mí

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Cuando nos hacemos conscientes de la existencia de un ser superior, de que nuestra existencia se ha dado gracias a un deseo expreso, voluntario y libérrimo de ese ser del cual hemos surgido, somos capaces de levantar nuestra mirada y comenzamos a tener el deseo de conocer a ese que es la fuente de todos los dones. Concluir que existe ese ser superior, al cual llamamos Dios, puede ser el fruto de un arranque de fe profunda, en el cual no se necesita de mayores argumentos. En ese caso, la docilidad es la marca expresa del creyente. Éste se caracteriza por tener una confianza extrema en ese Dios al que acepta no sólo como su creador, infinito en todo, sino que también lo acepta como el necesario, el que no puede dejar de estar, pues de su permanencia depende toda su propia existencia. Sin embargo, hay quienes necesitan que existan argumentos sólidos. Tienen una mente acuciante, que necesita del razonamiento para poder aceptar. Es un derecho que nos da el mismo Creador, pues nos ha hecho capaces de pensar, de argumentar, de construir conceptos. En esta búsqueda se han inscrito millones de hombres durante toda la historia. Su rastro lo podemos encontrar en los grandes pensadores griegos que concluyeron la necesidad de la existencia de "El Ser", al cual llamaron "Theòs", que era la causa final de todo, el motor inmóvil, el ordenador primero. Es lo que se conoce como Teología Natural, la que concluye en la necesidad de un Dios creador, sustentador, providente, absolutamente trascendente, que está por encima de todo lo que existe.

La relación con ese "Dios" es totalmente impersonal. Se trata solo de un reconocimiento expreso de la necesidad de su existencia, como de una relación causa-efecto. Mi existencia se debe a él, pero no me implica más allá pues es suficiente ese simple reconocimiento sin que ello me exija algo más. Es como saber que para poder encender la luz de mi habitación, debo simplemente dar al encendedor. Eso básicamente basta para tener luz, aunque yo esté claro que detrás de eso existe una cantidad de procesos necesarios que hacen posible que yo tenga luz en mi habitación. Sin embargo, el gesto extremo de ese Dios al que reconozco como necesario, me llevará a entender que Él quiere no solo un reconocimiento objetivo de su existencia y de su necesidad, sino que ha diseñado, en su sabiduría infinita, un plan para entrar en un contacto personal con su criatura predilecta. La autorevelación de Dios me aclara que Él no quiere ser simplemente reconocido y aceptado, sino que quiere estar implicado en la vida personal de cada uno. Por eso se da a conocer en facetas más íntimas, que van más allá de su poder, de su sabiduría, de su omnipresencia, y nos llevan a conocerlo en su corazón, en su amor, en su misericordia, en su condición de Padre cercano y providente.

Esto llega a su plenitud en la revelación que hace Dios de sí mismo en la persona de Jesús. "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". Dios no ha considerado suficiente el conocimiento al que podamos llegar los hombres con nuestra sola razón, sino que ha querido que ese conocimiento llegue al punto culminante, el que se da por el corazón. Jesús, en toda su obra redentora que descubre el íntimo amor de Dios, "es la imagen visible del Dios invisible". Un conocimiento solamente inteligente no es suficiente. La plenitud del conocimiento se da solo en lo afectivo. Quien no conoce a Dios por el amor que es, quien no ha sentido el amor de Dios en su corazón, no lo ha conocido realmente. Por eso, el verdadero conocimiento de Dios en su plenitud, racional y afectivamente, conecta al hombre completamente con su creador, y hará realmente imposible, para quien haya tenido esta experiencia profunda de amor, el que se pueda separar de Él. Haber sentido el amor de Dios, haberlo conocido en su amor por nosotros, nos conquista para toda la eternidad. Y es entonces cuando se da la verdadera necesidad de entrar en contacto con Aquel que sé que me ama y al que no puedo responder sino solo también con mi amor. Por eso los discípulos, al conocer a Jesús, y saber que Él ha venido a traernos concreta y efectivamente el amor de Dios, le imploran: "Señor, muéstranos al Padre".

Cuando uno ama y se sabe amado, busca mantener una relación cercana, afectiva, amorosa, con el amado. Los que se aman quieren estar unidos. El amor busca la cercanía, no sólo física, sino de corazones. De allí que la petición que hacen los apóstoles a Jesús tenga mucho sentido: "Señor, enséñanos a orar". La oración es el punto de encuentro culminante entre Dios y los hombres. No es posible una relación de amor con Dios sin la oración. La oración me satisface en el deseo de entrar en contacto con Dios, pero va más allá. Enardece mi corazón y hace que mi amor por Dios crezca, y me hace vivir más profundamente, en el dulce encuentro con Él, el amor que me tiene. "La oración es el encuentro de dos corazones que se aman", decía Santa Teresa de Ávila. Un cristiano que no ora, no está alimentando con lo más profundo que existe, su relación con Dios. Solo la oración le da sentido a su conciencia de criatura, necesitada y contingente, débil e indigente, y le hace vivir con la mayor intensidad, la causa final de su existencia, que es el amor que Dios le tiene y que hace que lo quiera tener siempre a su lado, junto a Él, ahora y por toda la eternidad, que es la meta a la que quiere dirigirlo.

Orar a Dios con las mismas palabras que Jesús enseña implica para el cristiano un compromiso serio y profundo. Lo debe hacer consciente de su filiación y de su hermandad. Lo llama a vivir en el mismo ámbito del amor que Dios le tiene y en el amor a los hermanos. No es, no puede ser, una simple repetición de una fórmula aprendida de memoria. Es hacerse cargo de todo lo que esta oración implica. Dios es mi Dios, pero es el Dios de todos. Dios quiere entrar en contacto conmigo, pero quiere entrar en contacto con todos. Y quiere que esa sea también mi actitud. No es "Padre mío". Es "Padre nuestro". Y a todos nos ama por igual. Yo debo tratar de tener su mismo corazón, que lo hace afirmar: "¿No voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad, que habitan más de ciento veinte mil hombres, que no distinguen la derecha de la izquierda, y gran cantidad de ganado?" Es el Padre que se ocupa de todos porque los ama a todos. Y me llama a mí a vivir ese mismo amor. Orar con el Padrenuestro me pone en contacto con el Dios que me ha creado porque me ha amado desde mi no-existencia, y me pone en contacto con mi hermano que es también hijo amado de Dios. Debo poder decir al Dios de amor: "Padre nuestro, que me amas y nos amas, hazme entrar en tu corazón para poder amarte infinitamente y para poder amar a todos como me amas Tú a mí".

martes, 8 de octubre de 2019

Ven a mí, Jesús. Mi corazón es tu hogar

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El sabor de familia, de cotidianidad, de hogar, que tiene este encuentro de Jesús con las hermanas Marta y María, es realmente hermoso. Se nota que Jesús era muy buen amigo de esta familia de tres hermanos, de la cual formaba parte también Lázaro, al que Jesús resucitó después de cuatro días de muerto, lo que se convirtió luego en uno de los milagros más grandes y entrañables que realizó el Señor. Todo lo que rodea los encuentros de Jesús con estos hermanos tiene un sabor a hogar, a casa, inmenso. Seguramente, en sus recorridos, el paso por Betania era casi obligatorio, si no por ser un pueblo que estuviera en el cruce de caminos, con certeza porque Jesús mismo buscaba tener este oasis en medio del desierto que representaba el agotador itinerario que tenía que cumplir. Quería sentir el sosiego que representaba poder sentarse a platicar con serenidad, la paz del encuentro con aquellos que solo querían tenerlo entre ellos porque lo amaban de verdad, el amor que se desvivían por hacerlo concreto en los gestos cotidianos y hogareños que podía sentir cualquier miembro de la familia. No es arriesgado afirmar que en ellos Jesús encontraba algo similar a la paz que vivía en su casa de Nazaret, junto a sus padres José y María. Lázaro, Marta y María eran lo equivalente a los hermanos de sangre que nunca tuvo Jesús. 

Llama mucho la atención la confianza con la que estos hermanos, sobre todo Marta, se dirigen a Jesús. En esta escena la vemos reclamando a Jesús la actitud de su hermana María, que está embelesada a sus pies, escuchando sus palabras reconfortantes. "Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano." Él es el Maestro, y para María no había cosa más importante que escucharlo cuando estaba con ellos. Esta Marta es la misma que con dolor reclama a Jesús el no haber estado presente en la enfermedad de su hermano Lázaro y aparecer cuando ya éste ha fallecido. "Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano". En estas dos ocasiones podemos descubrir en Marta una cercanía afectiva muy estrecha con Jesús. Ella confía infinitamente en Él, en su autoridad, en su poder. Y es esta cercanía, unida a la confianza en Él, la que la hace dirigirse a Jesús con tanta firmeza. Si esto no existiera, sería incapaz de hacerlo. Porque Marta sabe que Jesús tiene autoridad, porque confía en su poder, es capaz de dirigirse a Jesús con esa actitud.

Jesús, según todos estos signos, es uno más de la familia. Los hermanos le han abierto las puertas de su hogar. Y Jesús se siente cómodo entre ellos. Estos dos episodios de reclamo de Marta son apenas esos dos, en medio de muchísimos que nos imaginamos que han tenido todos en la serie de encuentros continuos que ha habido entre ellos. Ellos han logrado que Jesús tenga la experiencia de familia, que se sienta bien recibido, querido, amado, cuando está en su casa. Lázaro, Marta y María son el prototipo de la familia que acoge a Jesús como uno más de entre ellos, como el hermano mayor que tiene mucho que darles, como aquel que puede dar pautas de conducta, de justicia, de santidad, de agrado a Dios. Para ellos, Jesús es referencia obligada para conducirse mejor como familia, y por eso lo acogen con tanta satisfacción y cariño. Por eso se desviven por atenderlo bien, por hacerlo sentir bien recibido.

Marta hace lo que sabe hacer. Por lo que vemos en su conducta, era la hermana mayor, la que dirigía todo, la que tenía el control de la marcha de la casa. Era el ama de casa. Y teniendo a Jesús en casa se desvive por hacer de la mejor manera lo que ella sabe hacer. Jesús está y hay que hacer lo mejor para él. "Se multiplicaba para dar abasto con el servicio". No hace nada extraño a lo que está acostumbrada a hacer. Era su responsabilidad que todo estuviera a punto para que Jesús no echara en falta nada. Solo que en ese momento, su preocupación extrema por agradar a Jesús le estaba restando importancia a lo que debía gozar de esa presencia. Lo entendió perfectamente María, que sin duda, en otros momentos hubiera estado también atareada ayudando a su hermana en todos esos quehaceres. Pero que, entendiendo que tener a Jesús y recibirlo en su corazón, era lo verdaderamente importante. Por eso Jesús le aclara a Marta lo que ella también debe vivir: "Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán." Si se recibe a Jesús en la casa propia, es para vivir el sosiego que Él representa, la paz con la que Él nos puede llenar. Es para abrir el corazón y dejarse llenar de la dulzura de su presencia, que viene acompañada por su amor, por su misericordia, por su providencia. No es que querer atender bien a Jesús no fuera importante. Es que cada momento hay que vivirlo con la intensidad que corresponde.

María nos enseña lo que debemos vivir con la mayor intensidad en nuestra vida de relación con Jesús. No es que andemos atareados en medio de tantas cosas. Para eso ya llegará el momento. Es que abramos nuestro corazón, que nos dejemos invadir por su presencia y por su amor, que seamos capaces de afinar nuestro oído y de abrir nuestro corazón para que Jesús derrame en ellos toda su misericordia. Que a la luz de ese amor, nos revisemos y podamos cambiar de conducta para hacernos dignos de ese amor. "Que todos se vistan de sayal e invoquen con fervor a Dios, y que cada uno se arrepienta de su mala vida y deje de cometer injusticias." Que el Señor nos llene de una serenidad tal, que no haya en nosotros otro interés que llenarnos de su miel y vivir para Él, que Él sea la fuente de nuestra vida y del amor que debemos tener para darlo a nuestros hermanos. Que podamos recibir a Jesús en nuestra casa, que nuestro hogar sea su hogar. Que lo hagamos sentir tan bien como lo hacían Lázaro, Marta y María, de manera que Jesús desee estar entre nosotros porque es bien acogido, escuchado, amado. Que podamos decir con María que hemos escogido la mejor parte y que nadie nos quitará la felicidad plena de ser de Jesús, de escucharlo y de amarlo con todo nuestro corazón.