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lunes, 1 de febrero de 2021

La victoria plena es la del Dios que se ha hecho hombre

 IMPORTANTE ACLARACIÓN PARA COMPARTIR.... - Miguel Sánchez-Ávila | Facebook

En los encuentros con Jesús que nos relatan los Evangelios, se da una variedad inmensa. Están los que se dan en el sosiego y en la serenidad del encuentro gratificante con Jesús, en el que se obtienen los beneficios del amor sin ningún obstáculo y en los que se recibe el sosiego pacífico de ese amor experimentado y vivido casi en plenitud. Están los que se sabe que se está en la presencia del Dios del amor, pero que tienen una cierta exigencia de parte del receptor, en el que se pide un esfuerzo de responsabilidad personal para hacerse digno de ese regalo de amor, de ese favor que el Señor quiere derramar sobre el sujeto y hacerlo llegar a disfrutarlo plenamente. Está también quien sin esperar realmente nada recibe el favor amoroso sin saber cuál es la causa. Paradójicamente, se da también el caso de quien espera ardientemente un favor que aparentemente nunca llega y se queda siempre a la espera de dicho favor. Son muchas y muy variadas las formas de actuación de Dios en favor de cada hombre. Quedará siempre la duda del por qué esas actuaciones son tan diversas, por qué con unos Dios es tan "dadivoso" y con otros se hace esperar tanto. La realidad es que Dios sigue manteniendo su libertad plena. Y seguramente en su mente está claro quién necesita más y quién menos. El amor es para todos y sin duda llegará el momento en el que cada hombre y cada mujer de la historia tendrá su oportunidad de disfrutar en plenitud de todos los favores, pues Dios no los reserva para nadie en particular ni los niega a nadie. En la plenitud del final, cuando el Reino sea una realidad total, todos los hombres llegaremos a ese disfrute pleno, pues Dios nos lo ha ganado para todos.

Esa diversidad no es nueva. Desde toda la historia de Israel las actuaciones de Dios fueron tan variadas como estruendosas. Hubo momentos en los que Israel vivió ese regalo de amor con la mayor transparencia. Hubo otros momentos en los que la búsqueda de Dios era una convicción más profunda y convencida. En la didáctica divina el pueblo debía vivir con cada vez más convicción la seguridad de la presencia de Dios en medio de ellos, aun con algunas evidencias que podían afirmar lo contrario. Aquellos personajes del Antiguo Testamento que se fueron sumando unos tras otros llevaban como tarea convencer al pueblo de la presencia de Dios y de asegurarle que una supuesta ausencia no era tal, sino llamada a la humildad y a la paciencia: "Hermanos: ¿Para qué seguir? No me da tiempo de referir la historia de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas; estos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus muertos. Pero otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra. Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección". Era el camino del perfeccionamiento, cuya meta era la plenitud anunciada, por lo que, en medio de gozos y dolores, de sufrimientos y tribulaciones, se tenía la convicción real y total de que el fin era el de la vida feliz en plenitud que venía para la eternidad.

En esa línea de favorecer y beneficiar al hombre, sea cual fuere, aparece Jesús, el Dios hecho hombre, cuya obra de rescate pasó por el sacrificio cruento de entrega a la muerte, pero que fue trastocado en la mayor de las victorias sobre la muerte, sobre el mal y sobre el pecado, con el fin de lograr que cada hombre tuviera las puertas abiertas para alcanzar esa plenitud que Dios había establecido para todos. Incluso aquellos que estaban más sometidos por el mal, quizá por falta de vigilancia personal, quizá por un engaño del maligno, quizá por el egoísmo que los encerraba en sí mismo llegando a tener la pretensión de creer que no existía otro camino de plenificación, también tenían la puerta abierta para entrar a esa plenitud que no estaba vedada para nadie. Dios quiere la salvación de todos y a nadie se la va a negar. Ni siquiera a los que son más reticentes. Aquellos recibirán exactamente el mismo trato pues la plenitud no tiene medida. Será la misma para todos. Bastará sencillamente que la adquieran como propia convicción. El mal, en este sentido solo tendrá la victoria de quien se niegue al bien. La plenitud es una puerta franca para todos y estará cerrada solo para quien se coloque del otro lado, el del mal y la perdición para siempre: "'¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes'. Porque Jesús le estaba diciendo: 'Espíritu inmundo, sal de este hombre'. Y le preguntó: 'Cómo te llamas? Él respondió: 'Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca. Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: 'Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos'. El se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar. Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su comarca. Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con Él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: 'Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti'. El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban". El mal, ante el nuevo orden de cosas que se estaban presentando con la llegada del Reino, constataba que ya no tenía poder. Jesús es el vencedor y nos da su victoria a todos, que la disfrutaremos eternamente en la plenitud con Él.

sábado, 30 de enero de 2021

La fe sustenta nuestra esperanza y nos hace esperar siempre lo mejor

 Parroquia de la Asunción de Ntra. Sra. Albaida - UNA FE EN PAÑALES Escrito  en 28 Enero 2017. Evangelio según san Marcos (4,35-41) Aquel día, al  atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «

El autor de la Carta a los Hebreos da una definición clara de lo que es la fe: "La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve". Tiene que ver con las cosas intangibles, de las cuales no se puede esperar comprobación científica, de laboratorio. Quien quiere sustentar una realidad de fe en realidades tangibles está equivocando el camino y solo recibirá frustraciones. Los hombres de todos los tiempos están acostumbrados a recibir pruebas tangibles de lo que les circunda, llegando a confundir la verdad de la fe con la verdad de la ciencia. Los positivistas, que son aquellos que fundan sus certezas solo en lo que pueden comprobar científicamente, terminan indefectiblemente en un ateísmo teórico pues no hay realidades materiales que puedan confirmar y ni siquiera refutar lo que desean. La mente científica es una mente que se mueve en las seguridades. La mente espiritual se mueve más bien en el campo de las certezas. La prueba científica da la solidez de la seguridad. La prueba de fe da la solidez de la certeza. Se basa sobre todo en la humildad de reconocer que la mente humana no tiene la capacidad de entrar en las verdades intangibles, que sí existen, como lo haría un científico en su tabla de trabajo o de experimentación. La seguridad científica da la solidez de lo tangible. La certeza de fe da la solidez de aquello que escapa a lo tangible, pero que tiene como aval a Aquel en quien se confía radicalmente y que ha dado muestras suficientes de que toda la realidad está en sus manos, incluso aquella en la que no se tiene ninguna seguridad, sino solo la certeza del amor. El hombre que se queda solo en lo tangible perderá su sustento cuando se percate de que todo aquello que existe y que conoce perfectamente será un hoyo sin fondo que dejará de existir totalmente cuando quede solo el Reino implantado por el amor del Redentor, que será la única realidad existente en el futuro de plenitud.

Todos los personajes que vivieron de la fe en el Dios del amor que los convocaba y los elegía para que fueran suyos, instrumentos del amor para hacerlo llegar a su pueblo, demostrando siempre su preferencia por ese pueblo elegido, haciéndoles disfrutar siempre de sus favores, aun en medio de las posibles dudas, pues los pueblos de alrededor eran mucho más numerosos y poderosos, dando inicio a su epopeya de la forma más débil e insignificante, eligiendo apenas a un personaje que lo tenía todo para ser derrotado totalmente; de esa manera, en medio de la más clara debilidad, el Dios del amor hizo callar a todos esos pueblos, que tuvieron que hacer el reconocimiento de ese Dios poderoso que favorecía al pueblo más insignificante: "Hermanos: La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve. Por ella son recordados los antiguos. Por la fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba. Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas, y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios. Por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo 'vigor para concebir' cuando ya le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía. Y así, de un hombre, marcado ya por la muerte, nacieron hijos numerosos, como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas. Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra. Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad. Por la fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac: ofreció a su hijo único, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: 'Isaac continuará tu descendencia'. Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar de entre los muertos, de donde en cierto sentido recobró a Isaac". La fe de Abraham, y en general, la de los primeros padres, fue el motor principal que los sostuvo en el camino que ofrecía Aquel que los había elegido y que no les podía fallar en su amor.

Aquello que vivieron los padres en esas épocas tempranas fue asumido por Jesús para que también sus seguidores lo asumieran como una realidad definitiva, que sería la normal en la experiencia del Reino definitivo que venía a implantar Jesús. La obra de Jesús será completada solo cuando ya toda la realidad esté en la línea de la presencia del Dios que ama y que salva. El mundo y el hombre serán mejores, llegarán a lo que deberán llegar y para lo que han sido creados, cuando se termine el periplo por el que deben pasar luego de recibir el perdón de sus culpas y acepten que la única verdad imperecedera es la del amor y la del abandono en las manos amorosas del Señor. Esa será la realidad final, la de la felicidad plena, para la cual hemos sido creados: "Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: 'Vamos a la otra orilla'. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: 'Maestro, ¿no te importa que perezcamos?' Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: '¡Silencio, enmudece! El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: '¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?' Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: '¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!'" Es el Dios que se hizo hombre para nuestro rescate, el que ha venido para hacer realidad ese Reino de amor y paz que será nuestra realidad definitiva en la que viviremos eternamente.

miércoles, 27 de enero de 2021

Hagámonos terreno fértil donde fructifique el amor del Reino de Dios

 Archidiócesis de Granada :: - “La semilla cayó en tierra buena, creció y dio  grano”

Jesús es el Maestro perfecto. No enseña rebuscando conceptos enrevesados, sino que busca la manera en la que la idea que quiere transmitir llegue de la manera más diáfana. Por eso su enseñanza la basa en cuestiones sencillas, cotidianas. Su estilo magisterial no es el del que quiere transmitir verdades trascendentes con ideas oscuras, sino que esas mismas verdades, sin duda trascendentes y esenciales para la vida de cualquier discípulo, las quiere hacer llegar de la manera más sencilla, de modo que una verdad profunda y esencial, quede lo más clara posible sin mayores rebuscamientos u ocultamientos. Por ello, entre otras cosas, su modo de enseñar era tan atractivo, pues las verdades quedaban meridianamente claras, a través de la sencillez de su palabra y de las enseñanzas que transmitía con ella. La implantación de la nueva realidad que venía a presentar la hacía con la sencillez de quien sabía que su auditorio no buscaba verdades contundentes, argumentadas sabiamente, en la búsqueda de un convencimiento que no conquistaba los corazones, aunque las verdades que se presentaban fueran irrefutables. Jesús buscaba sembrar vida, no ideas. Su tarea, la que le había encomendado el Padre, era la de hacer entender que se estaba viviendo un tiempo nuevo, basado, sí, en verdades importantes, pero que se sustentaban más en un amor de convicción que en verdades teológicas o filosóficas que, siendo importantes, no sustentaban sólidamente en el corazón de los oyentes la convicción del amor de Dios que apuntaba al logro de la plenitud final de la historia humana. Su Sacerdocio era un sacerdocio totalmente nuevo, distinto al que se había ejercido hasta ese momento en Israel. Aquel sacerdocio era el de una mediación que aseguraba la presencia de Dios en medio del pueblo, pero que era necesario asegurar con la repetición constante de sacrificios que representaban la intención del pueblo de hacer que Dios estuviera ahí para la escucha y el auxilio de ese mismo pueblo que se colocaba humildemente ante Él.

El Sacerdocio de Jesús es el sacerdocio nuevo. Es el del Dios que se ha hecho hombre, bajo las órdenes del Padre Creador, que exigió no solo un sacrificio cotidiano de animales, sino el del mismo enviado, su propio Hijo, para que fuera totalmente satisfactorio. Ese sacrificio del mismo Hijo de Dios hacía ya innecesaria la repetición de aquellos sacrificios antiguos. El de Jesús es un sacrificio suficiente, ahora y para siempre, por cuanto, sin ser culpable, asume los pecados de todos y hace ya presente en la Iglesia el nuevo tiempo del Reino de Dios en el mundo. La entrega de Jesús es única. Ya no será necesario hacerlo más, por cuanto es un sacrificio que vale para siempre. La entrega de Jesús es única, y lo único que tenemos que hacer todos es recibirlo como el don mayor que hemos recibido de parte del amor eterno e infinito de Dios: "Hermanos: Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden borrar los pecados. Pero Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Esto nos lo atestigua también el Espíritu Santo. En efecto, después de decir: Así será la alianza que haré con ellos después de aquellos días dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones y las escribiré en su mente; añade: Y no me acordaré ya de sus pecados ni de sus crímenes. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados". El único sacrificio de Cristo es válido ya para toda la historia.

Queda la parte del otro actor de toda la acción de rescate. El sacrificio de Jesús es definitivo y suficiente en sí mismo. Pero la humanidad mantiene su libertad para aprovechar o no esa entrega. Cada persona tiene su propia libertad para aceptar o rechazar. Más aún, tiene libertad incluso en el estilo de la aceptación. Algunos lo rechazarán de plano, considerando que no necesitarán para nada de ese auxilio espiritual que se les ofrece gratuitamente, en la torpeza de pensar que ese futuro de eternidad feliz no depende de lo que haga Dios por ellos. Lo despreciarán y caerán en la mayor ignominia que es la pérdida total del sentido de la vida, pues al terminar, finalizarán en la nada y el vacío total. Y luego tendrán todo un abanico de posibilidades, cada una con mayor sentido, en la que tendrán que decidir el camino de mayor solidez para alcanzar esa plenitud a la que Dios quiere hacer llegar todo lo creado: "El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno". Jesús no impone un camino. Si somos el terreno en el que cae la semilla, nosotros tenemos la potestad de decidir qué terreno hacernos. Ese Reino sembrado es nuestro. Ese terreno es nuestro. Esa semilla, desde que la lanza Jesús, es nuestra. Somos libres de decidir qué terreno queremos ser. Si queremos vivir en la plenitud definitiva y final tenemos que hacer fértil nuestro terreno. Así el Reino será nuestro para toda la eternidad y ya nadie nos lo podrá arrebatar.

martes, 23 de junio de 2020

Una sociedad que se merezca lo sagrado

La puerta estrecha y el camino angosto

Dios es celoso de sí mismo. Defiende su honor y anima al respeto de lo que es y de todo lo que representa. Por ello se opone y enfrenta decididamente todo lo que pretenda disminuirlo o ridiculizarlo. Y aun va más allá, pues invita al que cree en Él y le sigue, a hacer lo mismo, colocándolo en el sitial de honor que le corresponde, atendiendo a sus indicaciones para avanzar en la fidelidad y en su propia plenitud y a tratar con suma delicadeza y respeto todo lo que pone en sus manos y que otros quieran afrentar. Reconoce Dios que siempre habrá quienes no lo valoren en su verdadera dimensión y lo despreciarán echándolo a un lado o ridiculizándolo. Una sociedad en la que cada vez Dios es más ignorado, en la que se burlan de aquellos que aprecian los valores espirituales y quieren regir sus vidas por ellos, en las que se promueve la absoluta autonomía despreciando las indicaciones divinas, llegando a presentar esta pretensión revestida de una "legítima" promoción del hombre que no debe ser "subyugado" por normas externas, sino que debe regirse solo por lo que él considere justo y bueno para sí, o de lo contrario estará "sometido" a leyes que "coarten" su libertad suprema, en las que lo único que importa es el regalo a los sentidos, por lo tanto, solo lo material que apunte al hedonismo como cultura general, por lo cual será bueno todo lo que produzca placer y malo lo que exija un mínimo esfuerzo mayor y no sea un regalo para los sentidos, es, en fin, una sociedad en la que existe ausencia total de referencia a la trascendencia, pues solo importa lo actual, lo del momento, lo que dé satisfacción aquí y ahora. Es un paso absurdo en el que se promueve la huida de una supuesta "dictadura de Dios" a una que sería terrible, porque es dañina y finaliza en el vacío total de sentido y en el camino de ciegos que caen en el abismo, que sería la dictadura del relativismo. Es la dictadura donde solo se promocionaría lo pasajero, lo inestable, lo que depende de los aires que haya en el momento. En Venezuela hay una frase que lo define de maravilla: "Como vaya viniendo, vamos viendo". No existe un sustento sólido del cual se pueda fundar para poder hacer pie y tomar un nuevo impulso hacia una meta superior. Es el desprecio total a la superior capacidad del hombre, por haber sido enriquecido con inteligencia y voluntad, contentándose con lo que se contentaría cualquier otra criatura de la creación que se ocupa solo de satisfacer sus instintos.

Por ello, Jesús sentencia con gravedad, y hasta con un dejo de ridículo, la obligación de no promover el desprecio a la realidad superior y trascendente que representaría la aceptación de Dios, de su providencia, de sus indicaciones, de su amor: "No den lo santo a los perros, ni les echen sus perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozarlos". Lo que Dios nos da es el regalo más valioso surgido de su corazón de amor. Además de habernos regalado la vida y aun lo que es todavía más valioso, su propia vida, no quiere que esos regalos caigan en manos de quienes no sepan apreciarlos, a pesar de todas las evidencias que descubren el inmenso valor que tienen. Es celoso Jesús, por cuanto esos regalos no surgen de alguien que tiene sobra de bienes o que los da por necesidad o sin sentido, sino que lo da todo porque ama, y que lo mínimo que espera es que sepan valorarlos en su justa medida. Esa sociedad que desprecia estos dones, según lo dicho por Jesús, no se los merece. Pero esto hay que entenderlo bien. Evidentemente quien desprecia a Dios, jamás será despreciado por Él. Lo ha demostrado suficientemente en todas sus actuaciones en favor de los hombres que reiteradamente han mostrado desprecio a su amor. Jamás ha dejado Dios de insistir. Dios es obcecado en su amor hacia el hombre. El paso siguiente es, entonces, hacer de aquellos que no se merecen a Dios, merecedores de Dios, atrayéndolos hacia Él. Y, aunque eternamente todos somos no merecedores de Dios, Él quiere que en el corazón humano haya el deseo de aceptar su amor y de recibirlo para la propia felicidad. Y es aquí en donde entramos cada uno de los discípulos. Es nuestra tarea intentar derrumbar el muro de aquella dictadura del relativismo y presentar el reino idílico de los valores del Reino de Dios como algo posible y completamente satisfactorio para el hombre. Esto tendrá una tarea exigente para cada uno de nosotros: "Así, pues, todo lo que desean que los demás hagan con ustedes, háganlo ustedes con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas. Entren por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos". Se trata, por lo tanto, de asumir en sí mismo este esfuerzo que será inmensamente compensado en el amor y la felicidad que da el estar en Dios, con lo cual se llega a la plenitud de sentido de la vida, que apunta a lo superior y a lo trascendente, y que tiene un ámbito de felicidad por el amor en el que se vive y que justifica, dejando obnubilado el clima de sacrificio, todo el esfuerzo que eso requiere.

Aquellos que han sido conquistados y sometidos por la dictadura del relativismo en la que nada tiene consistencia propia, donde no consiguen un terreno firme en el cual hacer pie, que se convencen de que debe haber algo superior que trasciende a los simples gustos y placeres, deben ver en los discípulos de Cristo lo consistente, lo sólido, lo compensador que es saber que la mirada no se agota en todo lo que aparece a la vista en el nivel horizontal, sino que por elevar algo la vista y dejarse conquistar también por lo vertical, encuentran lo que le da mayor sentido, lo que llena de ilusión al percatarse de que hay algo más grande por lo cual luchar para poseer y sustentarse a sí mismo, que abre las puertas a lo que no desaparecerá y que existirá eternamente, y que se puede empezar a gustar ya aquí y ahora, con los pies bien puestos sobre la tierra y la mirada que no agota su panorama en lo que descubre en lo natural sino que se llena de ilusión y de fuerzas por lo que descubre al ser elevada a lo sobrenatural. Eso es hacer que Dios quiera entrar en esa sociedad que, viéndonos, comienza a entender que hay algo más que lo que ve y lo que disfruta, que la vida adquiere un sentido superior y que no consiste solo en pasarla bien con lo que se regala a los sentidos, sino en pasarla bien también en la dimensión superior del espíritu, que es el ámbito de las sensaciones estables, como la del amor, la de la felicidad, la de la solidaridad, la de la fraternidad, la de la justicia, la de la paz. Es la dimensión en la que tenemos la convicción de la presencia de Dios, que sale para ser nuestro aval, para llenarnos de su amor y de su felicidad, y para ser nuestro refugio y fortaleza ante los embates de aquella dictadura del relativismo que no se quedará de brazos cruzados. Seremos como esa ciudad que se convierte en fortaleza inexpugnable contra la cual el mal no tendrá ninguna fuerza: "No entrará en esta ciudad, no disparará contra ella ni una flecha, no avanzará contra ella con escudos, ni levantará una rampa contra ella. Regresará por el camino por donde vino y no entrará en esta ciudad —palabra del Señor—. Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David, mi siervo". Quien se llena de Dios y le da pleno sentido a su vida, no solo vive la alegría infinita que da el amor vivido en plenitud, sino que descansa confiado en los brazos de Aquel que es su amor y su alegría, y se convierte en su escudo ante el mal que lo seguirá acechando. Dios mismo será su amor y su alegría, y se convertirá en su defensa ante el mal.

martes, 17 de septiembre de 2013

Para exponer la fe en Cristo Jesús

La predicación del cristiano no es cualquier cosa. En primer lugar, es un mandato de Cristo, ante el cual no se pueden buscar excusas. Claramente, antes de ascender al cielo, Jesús dejó una orden: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará..." Para los discípulos de Jesús no hay alternativa. O evangelizamos, o evangelizamos. Evidentemente, aunque sea un mandato, Cristo no quiere de ninguna manera violentar la libertad que Dios regaló a todos. Queda la posibilidad de refutarse a hacerlo, pues Dios es soberanamente respetuoso del don que nos ha regalado en nuestra libertad. Negarse, en todo caso, no va contra Él, sino contra nosotros mismos, pues nos negamos a vivir la inmensa dignidad de ser portadores de la noticia de salvación que Jesús vino a traer al mundo. Nos hace, de esa manera, ejecutores de la obra que Él mismo realizó. Nos hace, sin haber tenido ningún concurso en ella, actores de su obra redentora. La dignidad del cristiano, en este caso, es la de ser considerado por el mismo Jesús como apto para llevar adelante su propia obra, la que Él realizó, salvando a la humanidad. De alguna manera, nos hace con Él, salvadores de nuestros hermanos... Por nuestra libertad podríamos eximirnos de vivir esa dignidad al refutar el mandato de Jesús. No suena, realmente, muy inteligente de nuestra parte...

En segundo lugar, la predicación es consecuencia de una vida. Cierto que podemos pronunciar palabras hermosas en referencia a la obra de Jesús, para darla a conocer a los demás... Existen hombres y mujeres que son realmente elocuentes en su palabra y presentan sus argumentos muy válidamente... Pero, lamentablemente, muchos de estos no hablan "con autoridad", como reconocían los judíos contemporáneos de Jesús cuando oían sus discursos: "Este habla como quien tiene autoridad"... Y la razón era muy sencilla: Jesús sustentaba perfectamente sus enseñanzas en una vida de coherencia con lo que predicaba... No había en Él un hablar "de memoria". Su experiencia era la que dominaba en su discurso. Si invitaba al amor, la invitación surgía de un corazón que había demostrado inmenso amor y compasión por el hombre. Ese que hablaba de fraternidad, de perdón, de compasión, era el mismo que se había dolido de la gente que andaba "como ovejas sin pastor", el que se preocupó de que quienes lo escuchaban tuvieran que comer y para ello multiplicó los panes y los peces, el mismo que vio a la viuda de Naím traspasada de dolor por la muerte de su único hijo y lo resucitó para que su madre tuviera una inmensa alegría, el mismo que entregó su Cuerpo y su Sangre en la Última Cena para que los hombres tuvieran el alimento espiritual que necesitaban para avanzar sólidamente en sus vidas, el que desde la Cruz pidió al Padre que no tuviera en cuenta el pecado de los que lo asesinaban porque "no saben lo que hacen"... Al predicar Jesús no hacía más que mostrar su propio corazón a los hombres. Y cuando invitaba de palabra, les mostraba con hechos lo que pedía que imitaran...

La predicación, sin duda, es un hecho comprometedor. Es un mandato, pero también es un desnudarse delante de todos. Por el Bautismo hemos sido hechos apóstoles de Cristo. Y eso se acentuó al recibir la fuerza del Espíritu en nuestra Confirmación. Los bautizados hemos sido hechos discípulos de Cristo, hijos de Dios, hermanos de todos los hombres, para tenerlos a cada uno como responsabilidad propia. No podemos deshacernos de ese compromiso. Los demás son responsabilidad nuestra. Están en nuestras manos para llevarlos a la salvación, mediante la vivencia del amor, de la compasión, de la fraternidad, de la solidaridad. Tenemos que hacer práctico el amor que Jesús quiere que reciban todos con nuestras acciones propias, a imitación de las que realizó Cristo en su vida terrena. De lo contrario, estaremos traicionando nuestra propia esencia, la que fue elevada en nuestro bautismo a la dignidad de discípulos y apóstoles de Jesús. Y estaríamos refutándonos de ejercer la altísima dignidad que nos concede Cristo al poner su propia obra en nuestras manos, encomendándonos que la hagamos llegar a los demás.

A esto se suma la necesaria veracidad que deben tener nuestras palabras, que deben estar sustentadas en una vida buena. Pablo dice: "Los que se hayan distinguido en el servicio progresarán y tendrán libertad para exponer la fe en Cristo Jesús"... El servicio que distinga al predicador, al evangelizador, es el mejor aval para la credibilidad del mensaje que se transmita. Y aún más: dará la libertad para poder predicar con absoluta frescura, con lozanía, con convicción... Es necesario predicar no sólo con una palabra convincente, hermosa, cierta. Es imprescindible hacerlo, además, con coherencia, con transparencia, con apoyo en el testimonio vital... ¡Cuántos son los que quieren erigirse en maestros, pero lamentablemente no son testigos! ¡Cuántos en la Iglesia son incoherentes, predicando el amor pero guardando rencores, odios y suspicacias! ¡Cuántos proclaman la fidelidad a Dios y a los hermanos, desde la propia infidelidad que los acusa! ¡Cuántos exigen honestidad y pulcritud en el manejo de los bienes, viviendo una vida de corrupción y de deshonestidad, no sólo con bienes materiales, sino también en otros órdenes de la vida! ¡Cuántos claman por la Verdad desde la mentira en la que ellos mismos viven, llegando incluso a justificarla por nimiedades! ¡Cuántos "se duelen" porque no se ama a Dios por encima de todas las cosas, y a la primera oportunidad sustituyen al único Dios por cualquier ídolo que les dé placer o alegría momentáneos! Estamos invadidos, lamentablemente, por incoherencias en la evangelización. Por eso, muchas veces el mensaje de amor de Cristo no es aceptado por nuestros hermanos... Escuchamos demasiado frecuentemente: "¿Yo ir a misa, rezar o acercarme a la Iglesia como fulanito o fulanita, que se la pasa en eso, dándose golpes de pecho a cada rato, pero en su casa, en su trabajo, en su vida personal, es un desastre? ¡No, mi amor!"...

Por eso Pablo insiste en "distinguirse en el servicio", es decir, en ser coherente con lo que se predica de palabra. Toda nuestra vida debe ser una predicación continua. Es más elocuente nuestra vida que nuestra voz. Servir es el sentido de la vida del cristiano. Si no entendemos esto, no sabemos lo que es ser cristiano. Un cristiano que no sirve es la nulidad total y absurda... Y más allá, tener conciencia de nuestra coherencia, saber que no hay quiebres en nuestra vida, que no hay contradicciones, nos da la sensación de ser verdaderamente libres para poder anunciar a Jesús. ¡Qué sensación tan agradable la de predicar aquello que estás viviendo! ¡Que agradable es poder desnudarse delante de todos y que vean lo que realmente eres, sin tener necesidad de estar ocultando nada que te haría avergonzarte! ¡Esa es la verdadera libertad, la que le da frescura a tu vida, la que la llena de vientos renovadores, la que le da alas a tus palabras para que se asienten en el corazón de todos los hermanos!

Esto es lo que necesitamos "para exponer la fe en Cristo Jesús". Que no haya nada que nos lo impida. Que seamos auténticos servidores del amor a nuestros hermanos, prestándoles el mejor servicio posible, que es hablarles de Jesús, de su amor, de su salvación, de su justicia... Y eso, desde una palabra convincente, sustentada por un testimonio de vida valiente y sin quiebres, que ha asumido a Jesús y su Reino como su vida propia...