miércoles, 7 de octubre de 2020

Nuestra Madre María está presente en todo momento de nuestra vida

 APA_Valdeluz on Twitter: "¡Buenos días! «El Espíritu Santo vendrá sobre ti,  y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va  a nacer será llamado Hijo

Todas las advocaciones de María tienen un atractivo singular. Cada una de ellas nos pone ante un aspecto diverso de la figura de nuestra Madre María, que nos coloca en una comprensión exacta de lo que Ella es y del papel que juega para cada hombre en esa historia de la salvación en la que Ella, siendo una beneficiaria más como uno de nosotros, pues al fin y al cabo, aunque en su caso haya sido anticipadamente por el papel principal que desarrollará, también es objeto de la Redención que trae su Hijo Jesús a los hombres, es también parte fundamental para que esa misma historia adquiera esa altura inmensa por su concurso. Así nos encontramos a la Virgen activa desde casi el mismo principio de la historia de la evangelización, incluso aún en vida, visitando a los apóstoles en el Pilar de Zaragoza en España, para animarlos a no desfallecer en su tarea y a no sentir de ninguna manera la desilusión por los contratiempos o el rechazo que sufrieran; o cuando la encontramos en Guadalupe en México manifestando su amor a sus hijos indígenas, en la figura de Juan Diego, y pidiendo ser venerada como la Madre que está allí siempre presente para animar al seguimiento de su Hijo Jesús y proteger a todos ante las fuerzas del mal; o cuando la vemos en Coromoto en Venezuela visitando a una familia entera de indígenas, el Cacique, su mujer y sus hijos, única figura familiar completa en toda la historiografía de las apariciones marianas, e invitándolos a acercarse a los blancos para que fueran limpiados con el agua del bautismo; o cuando en Fátima en Portugal visita a los tres pastorcitos y los invita, y en ellos, a todos los hombres, a orar insistentemente por la conversión del mundo y el fin de los conflictos; o cuando en Lourdes en Francia se acerca a aquella preciosa niña para que sea portadora de su voz que anima a la unión con su Hijo para obtener el perdón de sus pecados y la sanación de sus cuerpos; o cuando se aparece a la hermana Agnes, en Akita en Japón, insistiéndole en la necesidad de hacer mucha oración y penitencia para oponer la fuerza de la Gracia ante la persecución a los sacerdotes y ante las herejías en la Iglesia; o cuando la Madre del Verbo se apareció a los tres jóvenes africanos en Ruanda, África, para insistir en la necesidad de la conversión, la oración y el ayuno, implorando el fin de las masacres y el derramamiento de sangre... Todas las advocaciones, éstas y muchas más, nos hablan de la acción continua de nuestra Madre María que se ocupa de cada uno de nosotros y se seguirá ocupando siempre.

Desde el Antiguo Testamento ya se anunciaba la presencia de aquella mujer que sería fundamental en esta historia de amor y salvación que Dios diseñaba en favor de los hombres: "Miren que la virgen está encinta y dará a luz a un niño al que pondrán por nombre Emmanuel, Dios con nosotros". María es aquella hija de Sion en la que se hará presente el Dios que viene a salvar a la humanidad: "Alégrate y goza, Sion, pues voy a habitar en medio de ti —oráculo del Señor—. Aquel día se asociarán al Señor pueblos sin número; ellos serán mi pueblo, y habitaré en medio de ti. Entonces reconocerás que el Señor del universo me ha enviado a ti. Judá será la herencia del Señor, su lote en la tierra santa, y volverá a elegir a Jerusalén. ¡Silencio todo el mundo ante el Señor que se levanta de su morada santa!" Ella será la tierra en la que hará pie el Señor, será el lugar santo en el cual va a habitar Dios en medio de su pueblo. Su vientre se convertirá en el primer santuario en el que irrumpirá en carne humana el Dios que salvará a los hombres y será, de esa manera, la nueva Arca de la Alianza que sustituirá prodigiosamente aquella que había en el Sancta Sanctorum que existía en el Templo Santo, en la cual se guardaba celosamente la Palabra que Dios había dirigido a Israel, y aseguraba su presencia para siempre. Ahora ese sitio es el vientre de la Virgen que recibe la visita del Arcángel que, en nombre de Dios, solicita su aquiescencia para servir de puerta de entrada triunfal al Verbo eterno de Dios: "'Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo ... No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin ... El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios ... Para Dios nada hay imposible'. María contestó: 'He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra'". Su disponibilidad no es la que nos da la salvación, pero sí es la que hace que esa salvación entre por su vientre al mundo y alcance nuestra elevación total. Y es lo que sigue haciendo que nosotros sigamos recibiendo el favor que nos alcanza desde Dios, como lo ha seguido haciendo en el Pilar, en Guadalupe, en Coromoto, en Fátima, en Lourdes, en Akita, en Ruanda...

Hoy se nos presenta en su figura de la Virgen del Rosario, la que nos invita, en primer lugar a mantener la unión con Ella en la oración, no para mantenernos en Ella como fin, sino como puente que nos lanza a su Hijo. Sería muy triste para nuestra Madre María el que nos quedemos en Ella como fin, pues no es Ella el objeto de nuestra fe, sino su Hijo Jesús. Nuestra fe es mariana solo en cuanto es un acicate para que la llevemos a lo que debe ser, una fe cristiana. María no deja jamás de invitarnos a lo mismo que invitó a los criados de las Bodas de Caná: "Hagan lo que Él les diga". Y lo hace en cumplimiento de la encomienda que le dejó desde la Cruz: "Ahí tienes a tu hijo", con el deseo de que nosotros aceptemos su donación entrañable: "Ahí tienes a tu Madre". La Madre que nos deja Jesús desde la Cruz, es su Madre. No debemos perder nunca esta perspectiva. Nuestra Madre es la Madre de Jesús. Antes de ser nuestra Madre era la Madre de Cristo. Por eso, aceptarla como nuestra Madre implica y nos exige aceptar antes a Jesús como nuestro Salvador. No tiene sentido hablar de la maternidad de María si no se acepta y se habla antes de la Redención de Jesús. No tendría ninguna entidad aquello sin esto. Por eso, en la advocación del Rosario lo que debe imperar en primer lugar es la unión a nuestra Madre María que nos conecta a la contemplación de los misterios de la vida de Jesús. El Rosario es unión filial a María que nos toma de su mano y nos va haciendo dar un paseo por cada uno de los pasos de la vida de Cristo, como si en cumplimento de su función maternal nos va conduciendo por ellos para que los conozcamos mejor, los vivamos más intensamente y nos entreguemos más al amor que Jesús derrama en nosotros con su obra redentora. El Rosario no es una simple repetición de oraciones, sino una guía que indica el itinerario que se debe seguir para vivir y experimentar más la unión con el Hijo y con su amor salvador, llevados y conducidos suavemente por la mano de esa Madre que conoce perfectamente esos misterios de amor porque los vivió en carne propia. Nuestra Señora del Rosario es la misma Madre de Dios, elegida desde la eternidad para ser puerta de entrada para el Verbo eterno del Padre al mundo, la que le dio su aprobación para ser "invadida" por el Espíritu Santo, la que vivió cada acontecimiento de la vida de su Hijo en primera línea, la que recibió su encargo amoroso, la que lo cumple perfectamente en cada momento de nuestra historia hablándonos de esos acontecimientos y acercándonos a vivirlos entusiasmados cada vez que rezamos el Santo Rosario.

martes, 6 de octubre de 2020

Por encima de todo, Jesús y su amor

 Religión en mi Colegio: Encuentro de Marta y María

¿Qué es lo más importante que podemos hacer los hombres que queremos vivir la fidelidad a Dios? ¿Hacia dónde debemos encaminar nuestras preferencias y nuestras acciones para confirmar en nuestro corazón y en todo nuestro ser que queremos ser de Jesús y servir solo a Él? El itinerario de la fe lo conocemos en lo básico: reconocer a Jesús como nuestro Señor y nuestro Dios, como lo hizo Santo Tomás cuando se le presentó Jesús después de la resurrección: "¡Señor mío y Dios mío!"; mantener una unión espiritual con el Dios que es causa de la vida y fuente del amor, de manera que se haga efectivo el recibir la vida solo de Él y la conciencia clara de que fuera de Él es imposible recibir cualquier beneficio, ni siquiera la misma vida que se sostiene en su presencia y en su unión: "Yo soy la vid, ustedes son los sarmientos" ... "Cuando oren digan: 'Padre nuestro que estás en el cielo...'"; colocar como la meta primera de la experiencia personal de vida la vivencia del amor como lo que debe estar por encima de todo y sin lo cual no tiene sentido ni siquiera llamarse cristiano: "El primer mandamiento es éste: Amar a Dios sobre todas las cosas ... El segundo es similar a este: Amar al prójimo como a sí mismo"; escuchar, aceptar y asimilar el mensaje de la verdad y de la vida que nos ha transmitido, en el que nos invita a amar por encima de todo a nuestros hermanos al punto de dejar a un lado y abandonar las pretensiones de venganza y de revancha ante quienes actúan mal y a concederles un perdón total en el que no se enquiste ni el odio ni el rencor: "Perdona hasta setenta veces siete";  llegar al extremo de poner los intereses de los demás por encima de los propios: "A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva"; celebrar la fe como el regalo extraordinario que se puede renovar cotidianamente en el que Jesús mismo es la donación central, la causa de la alegría y el alimento primordial por el que se mantiene la vida: "Tomen y coman... Esta es mi carne ... Tomen y beban... Este es el cáliz de mi sangre ... Hagan esto en conmemoración mía"; convertirse en anunciador entusiasmado de su palabra de salvación y de amor para todos los hermanos, haciendo que se acerquen también a Él y puedan sentir el gozo de saberse amados por ese Dios que ha entregado su vida por amor a todos: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará". Estas cosas son las que conforman las exigencias esenciales de la fe, en la cual los cristianos debemos desarrollar toda nuestra vida. Fuera de ellas, las demás cosas que podemos vivir y hacer serán siempre añadidos.

Pero aún así, los cristianos también echamos en falta lo que nos indique lo que está por encima de todo. ¿Qué sería aquello que tiene que estar siempre por encima y en la base, lo que jamás debe faltar, lo que indica que somos verdaderamente cristianos y que nos da la carta de identidad ideal a nuestro ser? Además de todo lo que se ha enumerado arriba, debe existir algo más que nos hace ser verdaderamente cristianos, auténticos hombres de fe, que tiene más que ver con lo que somos que con lo que hacemos. El riesgo que corre el que se preocupa solo por hacer lo que hace un cristiano es el de quedarse únicamente en lo formal, en lo exterior, lo cual no lo haría muy distinto a lo que hacían los fariseos a los que tanto criticó Jesús, que se quedaban solo en un cumplimiento formal pero muy alejados realmente de lo que era un ser conquistado por Dios. Los movía la apariencia y la búsqueda de reconocimiento, al extremo de que casi pretendían ser felicitados por el mismo Dios, si se lo hubieran permitido. Jesús nos da la clave en el encuentro con las hermanas Marta y María: "Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: 'Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano'. Respondiendo, le dijo el Señor: 'Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada'". Jesús afirma que la única cosa necesaria es estar con Él. Todo lo demás es accesorio. Más aún, todo lo demás será solo consecuencia de ese permanecer en su presencia. Para el cristiano la primera preocupación que debe existir es el discernimiento del lugar que ocupa Jesús en su corazón, por encima incluso de la cantidad de "tareas" de la fe que correspondería hacer. A Jesús le importa muy poco que Marta esté afanada. Incluso, podríamos decir que poco le importa que María esté echada a sus pies y más le importa lo que la motiva a hacerlo. Si María lo hubiera hecho simplemente para huir de los afanes que ocupaban a su hermana Marta, de ninguna manera Jesús le hubiera hecho un reconocimiento. Jesús va más allá del simple hecho externo de la acción, y barrunta lo que hay dentro. Alaba a María porque en su corazón descubría lo que en esa intimidad era su más profunda motivación, que no era otra que un amor entrañable, dulce y total a Jesús. Si Marta hubiera demostrado ese mismo amor, aun ocupándose de las cosas de la casa, hubiera sido también reconocida por Jesús. Lamentablemente, en Marta las cosas de la casa habían desplazado la primacía del amor a Cristo.

El cristiano es, entonces, quien vive para Jesús, quien se sostiene en su amor, quien lo ha colocado en el primer lugar por encima de todo, quien añora estar con Él en todo momento de su vida, quien ha llenado su corazón de su amor y no concibe ya otro estilo de vida diverso al que le da esa experiencia de amor que lo llena todo, quien ha escogido esa "mejor parte" y luchará por que nadie nunca se la quite para jamás perderla de modo que en todo lo que viva y en todo lo que haga solo Jesús será su forma de vida. Es quien, como San Pablo, llega a afirmar rotundamente: "Para mí la vida es Cristo", y ya nada fuera de Él lo conquistará. El mismo Pablo vivió la experiencia de esa conquista total del amor de Jesús, incluso dramáticamente, cuando por ese amor transformó totalmente su vida y comenzó a vivir para Jesús: "Ustedes han oído hablar de mi pasada conducta en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y aventajaba en el judaísmo a muchos de mi edad y de mi raza como defensor muy celoso de las tradiciones de mis antepasados". La conquista del amor fue total. Habiendo sido radicalmente fiel al judaísmo, entendió que la fidelidad debida no era a la ley mosaica, sino al Dios que había sido enviado para la conquista del hombre que estaba perdido, entre los cuales estaba él mismo. Fue el amor demostrado por Dios en Jesús el que hizo que su corazón entendiera cuál era la única verdad posible, y que esa verdad le exigía una respuesta acorde, que no era otra que la de dejarse conquistar por ese amor y comenzar a vivir solo para él. Nada tenía más sentido que eso. El amor que Jesús había venido a derramar en el corazón de todos los hombres es lo que le daba sentido a todo: "Me amó a mí y se entregó a la muerte a sí mismo por mí". Es por ese Dios por el que vale la pena vivir. Es por ese amor que vale la pena todo lo demás, sea lo que sea. La vivencia del amor llena todo lo demás de sentido. Sea en los afanes del mundo o en la reunión con Jesús en la intimidad del corazón, todo cobra sentido por tenerlo a Él en el primer lugar. Es esta la primera ocupación que deben tener los cristianos. Ser de Jesús. Vivir para Él. Amar con su mismo corazón. En todo, tenerlo a Él en ese primer lugar que le corresponde y que no debe ser desplazado por nada más. Pablo, por su abandono al amor de Jesús, también "escogió la mejor parte": "Yo era un desconocido para las iglesias de Cristo que hay en Judea; solo habían oído decir que el que antes los perseguía anuncia ahora la fe que antes intentaba destruir; y glorificaban a Dios por causa mía". Esa debe ser la vida de todos los cristianos: una vida llena de Jesús, en la cual Él sea el primero, encaminada a sostenerlo para llenar todo de sentido, y que no persiga en nada de lo que hace otro fin sino ser solo de Jesús y vivir en su amor.

lunes, 5 de octubre de 2020

Quien nos hace grandes es Dios, su amor y su providencia

 EVANGELIO DEL DÍA: Mt 7,7-11: Pedid y se os dará, buscad y encontraréis,  llamad y se os abrirá. | Cursillos de Cristiandad - Diócesis de Cartagena -  Murcia

Entre las ideas sólidas de nuestra fe, que son tantas y tan gratificantes, nos encontramos con la del Dios providente. La idea de un Dios que lo dispone todo para el beneficio del hombre, al que ha creado por amor y ha colocado en el centro de todo para que manifieste su primacía en el dominio sobre cada cosa creada, es congruente con esa realidad esencial que lo define y lo lanza a la aventura de hacer existir todo lo que es distinto de Él, que es el amor. Cuando Dios decide que existan realidades distintas a Él, en un movimiento inusual de su amor que se mantenía solo en el intercambio íntimo y suficiente dentro de sí mismo, dando un paso infinitamente distinto pues representaba su atrevimiento a hacer venir a la existencia todo lo que no era Él, llegando incluso a su decisión de poner en el medio de todo a aquella criatura que no solo iba a existir por un gesto inusitado de amor sino que lo iba a elevar por encima de todo lo demás, haciéndolo "a su imagen y semejanza", es decir, llegando al atrevimiento de colocar en él algunas prerrogativas que eran exclusivamente suyas, con lo cual confesaba una preferencia inexistente en referencia a las otras criaturas, asume también la responsabilidad de mantener bajo su cobijo a ese ser que, aun teniendo las cualidades que pertenecían en el origen exclusivamente a Él, seguía siendo criatura y por lo tanto no podía quedar a su absoluto arbitrio personal, pues había cosas de las cuales no podría disponer por sí mismo ni tampoco se las podría procurar por muchas capacidades que llegara a tener. Por eso, en la realidad que define a Dios esencialmente hay que afirmar que ese Dios Creador, todopoderoso, omnisciente y amoroso, es y deberá seguir siendo siempre, providente. No es posible para el hombre, por muy poderoso que pretenda llegar a ser, disponer de todo lo creado de manera que lo tenga siempre a la mano para poder disponer de ello libremente, sin contar con el concurso de Aquel que es la causa de todo. El hombre no tiene el dominio sobre la naturaleza como para poder trastocar su itinerario natural. Por muy poderoso que pretenda ser no puede cambiar el ciclo del sol y de la luna, no puede producir el cambio de las estaciones, no puede hacer existir vida en sí mismo, no puede crear nuevos seres que le produzcan alimentación o recreo solaz. Su capacidad, con ser inmensa, tiene el límite de su imposibilidad de creación y de sostenimiento que solo posee el Creador y Sustentador de todo. Por ello, debe realizar un ejercicio absolutamente necesario en su propio espíritu, que es el de la aceptación humilde de la superioridad divina, de modo que ello lo lleve a una experiencia vital sosegada, en total armonía, y en la vivencia gratificante del amor y de la conciencia de estar en las manos de Aquel que jamás dejará de amarlo y de hacerlo todo para que viva feliz.

La experiencia de la providencia divina, lejos de ser algo que lo reduzca en sus posibilidades o que lo haga sentir menos, es lo que lo coloca en el lugar privilegiado que tiene en el universo, pues el hombre que lo vive sosegadamente llega a ser capaz de reconocer que Dios mismo de ese modo le confiesa su amor, le asegura que siempre estará en ese primer lugar, y le confirma que jamás echará en falta lo que necesite para subsistir. La grandeza del hombre no se encuentra en la afirmación pretendida de ser todopoderoso, pues jamas lo será, sino en el ser el preferido y amado de Dios por encima de todo, lo que le da su plena dignidad y la altura que jamás podrá tener por sí mismo. El hombre es grande no por lo que se dé a sí mismo, que es nada, sino por todo lo que le ha dado Dios, que es todo. Incluso las metas que logre alcanzar por sí mismo serán producto de las capacidades que Dios ha colocado en él como dones de su amor. Dios lo ha hecho capaz y quiere que así siga siendo. Para ello le regaló su inteligencia y su voluntad. Pero también lo quiere humilde, reconociendo que todo le viene de Él. Es allí donde radica la grandeza humana. No en la desconexión del Dios, razón y sustentador de su existencia, sino en la unión esencial con Él y en el reconocimiento de que sin Él no es nada. En ese reconocimiento radica la felicidad humana, la reconciliación consigo mismo, evitando la pretensión de excluir a Dios en algún momento: "No sea que, cuando comas hasta saciarte, cuando edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes en todo, se engría tu corazón y olvides al Señor, tu Dios ... No pienses: 'Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas'. Acuérdate del Señor, tu Dios: que es Él quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza, a fin de mantener la alianza que juró a tus padres, como lo hace hoy". Llegar a ese punto, excluyendo a Dios, no solo no le sirve de nada al hombre para asumir su verdadera realidad, sino que lo coloca en una actitud de soberbia que lo deja totalmente desguarnecido, pues lo desconecta de lo que lo hace verdaderamente grande. Un hombre que pretende desconectarse de Dios y busca atribuirse solo a sí mismo los reconocimientos de lo que vaya logrando, lejos de enaltecerse se hace descender a sí mismo al nivel de las demás criaturas que han sido colocadas por Dios para su servicio. Deja de ser el predilecto para ser uno más, perdiendo la prerrogativa de ser privilegiado desde la providencia amorosa que Dios ha establecido para ser suya, no puede ser considerado jamás un logro del cual enorgullecerse.

Esa providencia divina sigue actuando en nuestro mundo siempre, en favor del hombre. El mismo hecho de que Dios sea amor, de que haya creado todo por amor, de que haya colocado en el centro de todo al hombre por amor, es la prenda de seguridad absoluta de que nunca dejará de estar presente ese deseo eterno de favorecer al hombre con todo lo que necesite, empezando por ese amor que jamás dejará de darle y, por supuesto, de todo lo que ello implica de procura de lo que le sirva para su sostenimiento. Ese doble movimiento debe darse siempre. Por un lado, el que está asegurado, que es el que parte desde Dios mismo, que es un compromiso asumido desde que se embarcó en la gesta creadora del mundo y del hombre. Dios nunca dejará de cumplir su parte. Y por el otro, el del hombre que debe deponer actitudes de soberbia y enriquecerse con la humildad que lo colocará en el lugar correcto en su relación con Dios: "Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación". La tentación de la autosuficiencia se hará siempre presente y querrá imponerse. Ya ha hecho mucho daño al hombre que se ha dejado embaucar por sí mismo y por su soberbia, lo que lo ha llevado a la frustración. Reconocer a Dios como fuente de todo bien es el perfecto enaltecimiento del hombre en sí mismo. Es el primer paso hacia la correcta exaltación personal: "Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de ustedes le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!" Reconocer a Dios como la fuente de todos los bienes y acudir a Él con esa convicción, asegura la posesión de los bienes. Por el contrario, despreciar esta verdad y quedarse en la autoexaltación y en la pretensión de poderlo todo por sí mismo, cierra las puertas a la providencia divina. El amor nos asegura la presencia de Dios, de su amor y de su providencia en nuestras vidas. Nos asegura nuestra grandeza real. No hacerlo, nos deja en la debacle personal y no nos permite la obtención de todos los beneficios con los que nos quisiera favorecer nuestro Dios de amor.

domingo, 4 de octubre de 2020

La viña es de Dios y a Él le debemos los frutos

 Piedra angular - Wikipedia, la enciclopedia libre

Entre las cosas que se colocan a favor del hombre, sorprendente y gratamente, encontramos una que tiene apariencia absurda pero que al final es totalmente positiva. Es la obstinación de Dios. En la característica de su amor esencial, que lo define en su ser más íntimo, Dios es insistente, obstinado, absolutamente coherente con su intención de no permitir de ninguna manera que se pierda lo que Él ha pretendido desde el inicio que sea suyo. Una y otra vez tocará la puerta del corazón del hombre, que Él ha creado y ha puesto en el mundo, regalándole sus propias cualidades y favoreciendo su total libertad, con el fin de que desde el uso de ese tesoro de la libertad con el que lo ha enriquecido, lo reconozca como necesario e imprescindible, lo acepte como superior desde el amor y la suavidad de su autoridad, entienda que en la vivencia de su cercanía se encuentra el sentido de su vida, reciba con alegría el regalo de los hermanos con los que convive y junto a quienes construirá un mundo mejor lleno de plenitud y de felicidad, se encamine hacia Él junto a ellos consciente de que es la meta hacia la que debe dirigir siempre sus pasos, añore aquella experiencia de plenitud que será total en la eternidad a la que está llamado. La libertad del hombre es para Dios una componente que respeta reverentemente, pues es su don de amor y lo que más lo identifica con su criatura, por lo que jamás hará nada que pueda ir contra ella, pues de hacerlo sería ir contra sí, violentando lo que Él mismo ha establecido. Dios es infinitamente poderoso, pero Él mismo se ha hecho impotente ante el don que ha dejado en las manos del hombre. Su poder infinito no llega hasta la negación de lo que que Él ha fijado como esencia humana. El Dios todopoderoso se ha hecho a sí mismo eternamente débil por amor ante la libertad del hombre. No puede Él negarse a sí mismo. Dios es amor, y ese amor es obstinado pero a la vez respetuoso. Sin embargo, el hecho de que respete la libertad del hombre no impide que Él, también desde su propia libertad esencial y movido por su empeño de tener al hombre consigo, haga lo que considere necesario para invitar a que el hombre, también libremente, se decida a estar con Él, a amarlo, a seguirlo, a servirlo, a colocarlo como centro de su vida. Por eso en esa imagen de la viña se expresa muy claramente lo que Dios quiere. La libertad que Él ha donado al hombre no ha sido concedida para que el hombre use de ella inconscientemente. Desde el mismo momento en que el hombre es favorecido por Dios, lo ha sido con el fin de que cumpla una tarea específica.

El mundo, sí, es un regalo de amor de Dios para el hombre. Pero lo ha sido no solo para que sirva de provecho constructivo para su vida, sino para que en el desarrollo de ella el mismo hombre dé muestras de su deseo de plenitud, para sí mismo y para todo lo que ha sido puesto en sus manos. El mundo es como una tarea que nos ha encomendado Dios, y en la realización de la misma demostraremos la valoración en la que ponemos los dones con los que el Señor nos ha favorecido. Un uso inconsciente de los bienes denotará una tremenda irresponsabilidad. Por el contrario, un uso racional de ellos, de modo constructivo, no solo en el sentido material o ecológico de su realidad sino en uno superior, como apoyo a la promoción de lo humano, y más allá, de lo divino, en el mismo hombre, revelará una comprensión acorde con el fin que Dios mismo ha establecido para las riquezas que ha regalado a la humanidad. Cada hombre debe comportarse razonablemente dentro de los cánones que ha establecido Dios. Esa riqueza de la libertad ha venido acompañada con las de la inteligencia y la voluntad que lo hacen muy consciente de la llamada a la responsabilidad con la que debe actuar en su mundo. No puede ser un inconsciente que actúa sin razón, sino un ser plenamente consciente de la gravedad de su responsabilidad. Dios hubiera podido hacer por sí mismo todo lo que pretendía para el mundo. En primer lugar, porque todo existe por su expresa voluntad, y además, porque tiene el suficiente poder para hacerlo. Pero no quiere despreciar al hombre ni lo que Él mismo le ha regalado. Por eso cuenta con el hombre como socio principal. Para eso lo ha capacitado. Por eso envía a sus criados a recibir los frutos que le corresponden, que deben haber sido alcanzados con la labor humana: "Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían". No sabemos cuándo se dará ese momento de la rendición de cuentas. Lo que sí sabemos es que llegará. Por ello, no nos podemos confiar y dar largas a la responsabilidad que tenemos. Si hemos dado frutos no podemos negarlos a quien le corresponden. Los beneficios, habiendo sido disfrutados por nosotros mismos, al final son todos de Dios, pues la viña, es decir, el mundo, es de Él. Nosotros hemos sido colocados solo como los labradores, es decir, administradores y usufructuarios de todo lo creado, pero nada ha dejado de ser de Dios. Incluso nosotros mismos. Mucho menos podemos comportarnos como si no tuviéramos nada que ver con la producción de beneficios, desentendiéndonos del esfuerzo que debemos realizar para lograr hacer del mundo un lugar mejor para todos. Dios nos lo ha confiado y no podemos fallarle.

El colmo de la irresponsabilidad llega cuando nos consideramos los propietarios únicos de lo que nos ha sido donado: "Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: 'Tendrán respeto a mi hijo'. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: 'Este es el heredero: vengan, lo matamos y nos quedamos con su herencia'. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron". Es el colmo de la soberbia, de la pretensión y de la irresponsabilidad. Es robar al que es el único propietario que nos ha colocado por amor en el centro para que disfrutemos de lo que es suyo. El amor de Dios, obstinado e insistente incluso en esas situaciones extremas, no podrá nada contra la estupidez humana que se empeñará en ponerse en su contra. La consecuencia será la debacle del mismo hombre: "Les hago saber lo que haré con mi viña: quitar su valla y que sirva de leña, derruir su tapia y que sea pisoteada. La convertiré en un erial: no la podarán ni la escardarán, allí crecerán zarzas y cardos, prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella". El rechazo de Dios no daña a Dios, nos daña a nosotros mismos: "'La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente'. Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos". En la comprensión del absurdo humano y de la obstinación amorosa de Dios está la clave para lograr avanzar por la ruta correcta. Si Dios llegara a sentir el deseo de permitir nuestro alejamiento inconsciente, debemos reaccionar valorando realmente lo que debe ser valorado. Quizá nuestra conversión a su amor obstinado logre lo que debe suceder en nosotros como labradores de su viña: "Nada les preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, sus peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús. Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, ténganlo en cuenta ... Y el Dios de la paz estará con ustedes". Ese amor de Dios que es maravillosamente obstinado, aun cuando nada podrá contra la libertad humana que se empeñe en alejarse, seguirá actuando obstinadamente tocando a las puertas de nuestro corazón para que nos convirtamos en buenos labradores de la viña que den los frutos a sus horas y los pongan en las manos de quien es su dueño final.

sábado, 3 de octubre de 2020

Sin Dios, nuestros logros terminan en nada

 Miradas al cielo: « ALEGRAOS DE QUE VUESTROS NOMBRES ESTÉN ESCRITOS EN LOS  CIELOS »

Una de las grandes inquietudes de los hombres, sobre todo de aquellos que disciernen sobre su estancia en el mundo y el objetivo que ella tiene, es la búsqueda de la ruta para alcanzar la felicidad. La casi totalidad de los hombres tiene muy claro que el fin de la vida es ser felices. Los que conocen el origen divino de su existencia afirman rotundamente que Dios los ha creado y los ha colocado en el centro del universo con el único fin de que alcancen la felicidad. Confiesan, de esta manera, que la razón última de su existencia, que es el amor de Dios, no puede pretender otra cosa que la procura de la felicidad de su criatura. Para ello lo ha puesto como criatura primera y predilecta, para ello le ha dado el dominio sobre todo lo creado, para ello se ha comprometido con su providencia amorosa y todopoderosa a procurarle los bienes necesarios. Y para ello lo ha enaltecido con los bienes superlativos, prerrogativa únicamente suya, de la inteligencia y la voluntad. La felicidad, así comprendida, no sería entonces solo como una "inyección" que Dios inocula al hombre, sin que haya un concurso activo de éste. Esa felicidad será el resultado de la conjugación entre la acción de Dios y la acción del hombre. La felicidad mejor valorada y que elevará realmente al hombre no será la que solo se reciba, sino la que, unida a la donación amorosa de Dios se "confabula" para hacer sentir que es también producto de la propia procura. La "inyección" de felicidad, sí, hace feliz, por supuesto. Pero esa "inyección", cuando se une al logro de la felicidad por el esfuerzo personal, da una sensación de mayor satisfacción y de capacidad personal para avanzar en ella. Los hombres, en efecto, tenemos "derecho" a ser felices. Para ello existimos. Para ello nos ha creado Dios. La dificultad se presenta cuando colocamos esa finalidad como derecho inalienable, sin convivencia posible con otra realidad que se le oponga, como es la del dolor o el sufrimiento, que vendría a trastocar ese derecho inalienable y llega a ser de tal manera destructivo, que influye hasta llegar a hacer perder el sentido de la vida. O cuando colocamos la fuente de la felicidad desvinculada totalmente de la única fuente original posible, que es el mismo Dios, y encaminamos nuestra vida a procurarla sin conexión al amor y haciéndola depender de lo que nosotros mismos podamos ir logrando, creyendo que ella se encontrará solo en el disfrute de lo material y de lo pasajero, haciéndolo incluso depender de la mayor posesión de bienes, del mayor disfrute posible de prerrogativas personales y de placeres, del egoísmo exacerbado que verá en los otros solo competidores o por el contrario herramientas de las cuales echar mano para la búsqueda de la finalidad que se persigue.

La exclusión de Dios en el avance de la búsqueda de la felicidad construye hombres inhumanos, pues éstos se mirarán más a sí mismos, se colocarán como el centro de todo y llegarán a creer que cada uno es más importante que cualquiera, incluso más que Dios y, por supuesto, mucho más que todos los demás hombres. Es la debacle de la humanidad. Cuando se llega a ese punto no habrá freno a las pretensiones personales, llegando incluso a presentarlas como grandes logros para todos, cuando en realidad no buscan otra cosa sino la autocomplacencia en la que se le rinda pleitesía al propio hombre. Es exactamente el itinerario que siguen los grandes promotores de las ofensas a la vida, del feminismo a ultranza, del derecho a decidir, de la ideología de género, de la rebelión ante todo lo institucional, de la globalización del pensamiento, de la promoción de la diversidad de comprensión sobre la familia, de la eliminación de libertades culturales o religiosas... La presentación que se hace de dichas ideas y conductas se hace con el revestimiento disfrazado de grandes logros para la humanidad, pues promoverían el bienestar del hombre y su libertad, cuando en realidad están encaminadas a ir anestesiando las conciencias y a ir esclavizando a cada hombre para que lleguen al punto de pensar que les están haciendo un gran bien y favoreciéndolo para el alcance de su enaltecimiento como hombres. La exclusión de Dios deviene en la tragedia de la humanidad. Cuando Dios no está presente, el hombre no sólo se desvincula de su origen, sino que se hace cada vez menos hombre. La única manera de hacerse más hombres es hacerse más divinos. Solo con la conexión con Aquél que es la causa de la vida y la fuente del amor y de todo bien, podrá el hombre ser quien debe ser. No se trata de anular al hombre para que no llegue a ser lo que debe ser, sino de que esa confabulación Dios-hombre debe entenderse como esencial para la existencia de una verdadera humanidad. Lo que quiere Dios y lo que puede lograr el hombre son la combinación fabulosa para la verdadera y auténtica felicidad. Fue la conclusión a la que llegó Job, luego de la diatriba con sus amigos, cuando tuvo que reconocer el absurdo de la ausencia de Dios para lograr su exaltación: "Reconozco que lo puedes todo, que ningún proyecto te resulta imposible. Dijiste: '¿Quién es ese que enturbia mis designios sin saber siquiera de qué habla?' Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que superan mi comprensión. Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echado en el polvo y la ceniza". La ausencia de Dios solo conduce al absurdo y a la debacle del hombre.

Por ello, la ruta de la felicidad no se encontrará nunca en la sola pretensión humana. Los grandes logros de la humanidad, con todo lo lícitos y grandiosos que pueden llegar a ser, no deben servir para ensoberbecer al hombre ni para hacerlo creer autosuficiente para llegar a la felicidad solo procurada por su único esfuerzo. No son esos los logros que lo enaltecen. Junto a ellos está la satisfacción de la unión con la voluntad divina, que lo quiere al servicio de su amor y al servicio de los hermanos, lo cual apuntará, finalmente, a la plena felicidad, la que alcanzará en la unión definitiva con el Dios del amor que lo ha puesto en la dirección correcta y lo ha llenado de las capacidades necesarias para hacerse a sí mismo mejor hombre y para procurar que el mundo sea mejor para todos los hermanos. Por eso Jesús invita a los discípulos a huir de la autocomplacencia: "Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren: les he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada les hará daño alguno. Sin embargo, no estén alegres porque se les someten los espíritus; estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo". Ningún logro humano, ni siquiera los alcanzados por los que Dios posibilite, podrán enaltecer más al hombre que la meta de la felicidad plena a la que está llamado. El gozo de Jesús será comprendido cuando los hombres entendamos qué es lo que persigue al entregarnos su amor: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". La soberbia que excluye a Dios nos deja en la postración total. No es lo que quiere Jesús. Él quiere para nosotros lo mejor. Nos rescata para la vida, y quiere que esa vida la desarrollemos en la presencia de Dios y en la unión sencilla y humilde con Él, que será la única vía posible para nuestra plenitud. Nuestra exaltación será una realidad total solo en la experiencia del amor que quiere lo mejor para nosotros. Nuestra bienaventuranza no estará jamás en los grandes logros que alcancemos con nuestras capacidades, lícitos y deseables, pero que estén extrañados de la presencia divina, sino en esos logros alcanzados con la conciencia de que son posibles solo con la presencia actuante y amorosa de Dios en nuestra vida: "¡Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron". La plenitud no es un logro nuestro. Es un regalo amoroso de nuestro Dios que nos asocia a Él para que la alcancemos.

viernes, 2 de octubre de 2020

Tenemos un ángel que nos guía y nos protege

 Los ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial »

Una de las hermosas tradiciones de nuestra fe que casi todos hemos recibido de nuestros abuelos y nuestros padres es la de la presencia de los ángeles que nos acompañan, nos guían, nos iluminan y nos protegen. Seguramente tenemos en nuestros recuerdos mejor atesorados las veces cuando éramos conducidos a dormir a nuestras camas y nuestros padres nos invitaban a tener un contacto con los ángeles antes de dormir y a dirigirnos a ellos, particularmente a nuestro Ángel de la Guarda, a quien nos dirigíamos con aquella oración que todos tenemos aún en nuestra mente: "Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería. Hasta que amanezca en los brazos de Jesús, José y María. Amén". Está en el recuerdo de nuestra infancia y puede ser que haya sido de alguna manera una baza para el fortalecimiento de nuestra fe desde esas edades primeras. Esta identificación de la unión de nuestra vida de infancia con los ángeles custodios pudo haber venido al traste cuando ya nos hicimos grandes, pues quizá llegamos a considerarla ya superada en nuestra madurez y habernos mantenido en ella se hubiera podido entender como una falta de crecimiento, por infantil e inmadura. Lamentablemente nuestra pretendida madurez humana pudo habernos hecho una mala jugada haciendo que no solo perdiéramos esa frescura infantil tan entrañable, sino que llegáramos incluso a alejarnos de nuestra conciencia de hijos amados, siempre bien guardados en el corazón amoroso de nuestro Padre Dios. Para Él siempre seremos sus hijos amados, al punto que las imágenes más delicadas que nos expresan esa cercanía de su corazón hacia nosotros son las extraídas de esa relación de ternura de los padres y las madres con sus hijos pequeños: "¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste!" ... "¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Pues, aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré! Te llevo esculpido en las palmas de mis manos". La unión entrañable de Dios con nosotros jamás estará desconectada de esa imagen del padre que ama con ternura infinita a sus hijos. Por ello, la madurez humana no debe hacernos perder nunca la conciencia de hijos amados, acunados en los brazos amorosos y poderosos de nuestro Padre. Y si eso implica dar rienda suelta a esa experiencia filial cariñosa, entrañable, cercana, familiar, debemos luchar por vivirla con intensidad de modo que nuestra relación con Dios, apoyada en la cercanía de quienes nos la hacen posible, se mantenga siempre viva.

Esa fe en la que hemos crecido nos enseña que los ángeles forman parte de esa creación espiritual, también surgida de las manos poderosas de Dios, que son parte de ese mundo invisible que escapa a nuestros sentidos, pero que están realmente presentes en el universo, como criaturas que tienen una tarea que llevar adelante. El mismo Jesús lo afirma concretamente cuando se refiere a los niños: "Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial". Los ángeles son esos seres que acompañan a cada niño y que están además en la eterna presencia de Dios en continua adoración. No significa que su presencia solo está asegurada para la infancia, sino que es una presencia continua para cada hombre, en la que no solo están al servicio suyo para acompañarlo, para iluminarlo, para guiarlo y para protegerlo, sino para servirle incluso de conexión con Dios. El ángel sería, en cierto modo, un puente que une al hombre con Dios, cuando esa presencia se hace consciente y el hombre permite que el ángel cumpla en él su tarea. La Angelología (la disciplina teológica que estudia la doctrina sobre los ángeles), llega incluso a afirmar que Dios a cada realidad humana le ha fijado la protección y el patrocinio de un ángel, llegando a afirmar que las naciones, las ciudades, las instituciones humanas, poseen cada una su ángel protector. Durante toda la historia de la espiritualidad nos encontramos con grandes personajes que promueven la unión a los ángeles del país, de la ciudad, de las instituciones. Esto estaría de acuerdo con la idea del Dios providente que se ocupa del hombre y de todas las cosas que tienen que ver con él y con el desarrollo de su vida. Una corriente materialista, incluso laicista, que ha ido invadiendo cada vez más la espiritualidad cristiana, ha ido haciendo caer en el desprecio a esta espiritualidad que acentúa la infancia espiritual. Solo lo tangible tiene sentido que forme parte del desarrollo actual de la fe, por lo que estas ideas espiritualistas que tienen rancio sabor, deben ir siendo abandonadas. Lo ideal, por supuesto, no sería en ningún modo su desprecio y mucho menos su supresión, sino buscar la manera de rescatarlas para reincorporarlas al bagaje cristiano. Toca discernir cuál sería el camino para que el materialismo no tiranice también las mentes de los cristianos y nos haga sucumbir a la invitación injusta de suprimir la existencia de este mundo espiritual que puede dar mucha riqueza a nuestro tesoro de la fe.

Hay que hacer buenas las palabras que expresamos en el Credo de nuestra fe, en el que afirmamos creer "en un solo Dios ... creador de todo lo visible y lo invisible". Los ángeles son parte de ese mundo invisible que está ahí también para nosotros. Siguen teniendo un papel importante en el desarrollo de nuestra historia de salvación, por cuanto siguen siendo acompañantes de Dios y de sus enviados, pues estando eternamente en la presencia de Dios y en continua adoración a su figura, nos hacen presente ese espíritu de unión con el Señor para que también nosotros podamos unirnos a ellos adquiriendo en nosotros ese gusto por el encuentro continuo con Dios y su amor. Cuando confiamos en su presencia en nuestras vidas, experimentamos de manera maravillosa sus inspiraciones que nos iluminan en la toma de decisiones, nos facilitan las relaciones humanas, nos ponen sobre aviso en los peligros, nos inspiran las mejores rutas, nos fortalecen en las luchas espirituales y morales. Son innumerables las posibilidades de actuación y con ello de beneficios que podemos disfrutar. El camino de una renovación espiritual del hombre de hoy, hijo de un mundo que es heredero y deudor de ese materialismo que aleja de lo espiritual, no puede nunca avanzar por el desprecio del mundo espiritual e invisible de nuestra fe. El tesoro de la fe no se mide por la actualidad que tenga o por la moda imperante. Se debe medir por lo que de contenido de verdad haya en él y lo que de beneficioso pueda tener para cada cristiano. Nada de lo que Dios mismo ha colocado en nuestras manos como riqueza de fe puede ser despreciado y mucho menos desechado, por cuanto cada cosa tiene su sentido y llena de sentido la existencia. Hay que luchar para que en ese retorno espiritual que se está dando en nuestro mundo, que es una especie de convencimiento de que el hombre no tiene todas las respuestas siempre a la mano, se puedan retomar esas experiencias que pudieron haber llegado a ser consideradas pueriles, pero que han demostrado ser una tremenda riqueza que sostuvo y puede seguir sosteniendo la fe de tantos, tal como sostuvo la nuestra cuando nos conectó inocentemente con la presencia de esos seres angelicales que tienen que ver con nosotros y que hicieron que nuestra vida en esos años infantiles se enriqueciera con una sensación de que no nos faltaría nunca su protección y su guía, que nos daban una sensación sólida de firmeza y esperanza. Así se cumple la promesa del Señor: "Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. Respétalo y obedécelo. No te rebeles, porque lleva mi nombre y no perdonará tus rebeliones. Si lo obedeces fielmente y haces lo que yo digo, tus enemigos serán mis enemigos, y tus adversarios serán mis adversarios. Mi ángel irá por delante". No nos miente Dios ni nos puede engañar. Su promesa es eterna, pues "los dones de Dios son irrevocables".

jueves, 1 de octubre de 2020

Sin Dios no es posible la felicidad

 Catholic.net - Lectio Divina del Sábado 9 de diciembre de 2017

Hay un mundo que espera la acción de los cristianos. No lo espera porque sea consciente de su necesidad, sino porque va sintiendo la añoranza de algo mejor, de algo que le está faltando y que se hace cada vez más ausente. El hombre camina él mismo hacia su debacle y se empeña en seguir avanzando hacia el abismo, creyendo aún que ese es el camino correcto. Lo percibimos en la cantidad de acciones que se van llevando adelante en las que se busca, no sin una última motivación que puede ser buena, la exaltación del hombre sobra todas las cosas. Al fin y al cabo, eso fue lo que determinó Dios al crearnos: "Dominen la tierra y sométanla". Él puso en las manos del hombre todo lo que creó, en el entendido de que había sido creado para él, para que estuviera por encima de todo, para que lo encaminara todo a su plenitud, para que se sirviera de ello para su subsistencia, para que extrajera de lo creado todo lo que necesitara para vivir. Pero al mismo tiempo, quiso dejar establecido que Él nunca podría faltar en esa relación de la criatura con lo creado. De alguna manera lo clarificó cuando en medio de todo dejó el árbol del bien y del mal que sería solo suyo y sobre el cual solo Él iba a tener derechos. En la aceptación de esa condición y en la vivencia pacífica de esa realidad que dejaba clara la superioridad del Creador, se basada la total armonía que estaba destinada a vivir el hombre. Cuando esto se violentó, se dio la debacle humana. La exclusión de la superioridad divina dio al traste con la armonía original. La pretensión humana, que sobrepasó lo deseado por Dios, dejándolo a un lado, hizo que todo lo que estaba en un orden ideal, el deseado por Dios, se trastocara y se volviera contra el mismo hombre. La clave estaba en la comprensión de que la ausencia de Dios y la consecuente exaltación del hombre no favorecía al hombre, sino que lo colocaba en una situación de indigencia absoluta. Mientras el hombre no termine de comprender que su situación no es mejor porque le falta lo más importante, lo esencial, que es Dios mismo, y se empeñe en avanzar inconscientemente sin percatarse de ello, seguirá encaminándose hacia el abismo de su propia debacle. En la medida en que el hombre coloque obstáculos a su propio pozo de vida que le perturben la llegada al origen de su fuente que es Dios, sus brazos estarán cada vez más impedidos de llegar a su origen para poder gozar del agua de la vida. Él mismo, en su afán de goce que, sin duda, puede ser motivado por el razonable deseo de vivir mejor, se ha hecho ciego e incapaz de descubrir que jamás habrá alegría si no la extrae de la única fuente posible, es decir, del mismo Dios del amor y de la felicidad del que ha surgido.

De allí que la presencia de los cristianos se hace cada vez más urgente. Nosotros somos los que conocemos realmente cuál es el itinerario que se debe seguir para alcanzar la auténtica felicidad. Por un lado, es necesario que vivamos con cada vez mayor solidez esta convicción. Si no es así, se nos hará imposible ser creíbles. Por el contrario, si traicionamos lo que sabemos, nuestra verdad de fe que debe ser inconmovible se convertirá en un boomerang que nos arrasará a nosotros mismos y nos hundirá junto a todos los que se supone deberíamos colaborar en rescatar. En efecto, se necesita tener la convicción, aun en medio de la realidad que se presenta en ocasiones muy dura, de que el Señor está en medio de todo sosteniéndonos. Impresiona muchísimo cómo esta convicción de fe la vivió en grado extremo Job, asediado incluso por sus amigos que lo impulsaban a despreciar al Dios que le había hecho vivir su mayor desgracia: "¡Piedad, piedad, amigos míos, que me ha herido la mano de Dios! ¿Por qué me persiguen como Dios y no se hartan de escarnecerme? ¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y con plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que mi redentor vive y que al fin se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré, y no otro; mis propios ojos lo verán. ¡Tal ansia me consume por dentro!" En medio de la mayor desgracia, jamás se atrevió a alzar su voz contra Dios. La certeza de Job bastaba no para querer explicar y comprender todo lo que vivía, pero sí para confiar en el Dios de cuya existencia no duda un ápice y de cuya bondad está absolutamente convencido, que lo hará llegar a su presencia en su momento, recibiendo el regalo de su visión eterna y totalmente gratificante. Cada cristiano está llamado a ser un Job, a vivir la certeza absoluta del amor, a veces oculto y misterioso, pero jamás ausente, y a hacer de todos los demás un Job que comprenda que la única felicidad posible no se agota en el disfrute de las bondades de la vida, sino en la confianza absoluta en el Dios del amor, por encima de todo. La exclusiva y excluyente promoción humana, que ha llevado al hombre a colocarse en el centro de todo con exclusión de Dios, lo ha hecho probar de todo: aborto, eutanasia, libertad sexual, ideología de género, esclavitud, corrupción, drogadicción, narcotráfico, tiranía, terrorismo, asesinato, tortura, hostigamiento, exclusión política y racial, explotación humana, burla a los derechos humanos... Todo ha sido probado, y todo se ha comprobado ser insuficiente, pues en todo se ha excluido a Dios. Urge hacer presente de nuevo a Dios y confiar en Él como única fuente legítima de la felicidad.

Jesús lanza su reto a todos. Nadie más lo va a poder lograr sino solo aquellos que la poseen. Hay que vivirlo con intensidad para poder darlo. Nadie da de lo que no tiene: "La mies es abundante y los obreros pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Pónganse en camino! Miren que los envío como corderos en medio de lobo". La mies es ese mundo que camina equivocadamente buscando las rutas de la felicidad y tocando las puertas de esa superexaltación del hombre que termina en su propia destrucción mientras no esté bien fundada. No podemos asistir como simples espectadores mientras el mundo se encamina al precipicio. Debemos presentarle nuestra verdad, la Verdad única, que es la de Jesús, desde nuestra convicción profunda de que no hay otra y demostrándolo en la confianza radical que tenemos en quien sabemos es la única razón del gozo humano. Por eso, Él nos invita a hacerlo desde ese gesto extremo de confianza en Él: "No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saluden a nadie por el camino. Cuando entren en una casa, digan primero: 'Paz a esta casa'. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos su paz; si no, volverá a ustedes. Quédense en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No anden cambiando de casa. Si entran en una ciudad y los reciben, coman lo que les pongan, curen a los enfermos que haya en ella, y díganles: 'El reino de Dios ha llegado a ustedes'. Pero si entran en una ciudad y no los reciben, saliendo a sus plazas, digan: 'Hasta el polvo de su ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre ustedes. De todos modos, sepan que el reino de Dios ha llegado'. Les digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad". La felicidad, está claro, no puede el hombre seguir buscándola obstinadamente en lo que ya está demostrado que solo le crea desasosiego y ansiedad. Por mucho que el hombre se empeñe en seguir por ese camino no la va a encontrar. Es por ello que vive en una continua añoranza de algo más, que él mismo no se puede explicar. Se lo podemos explicar nosotros, que sabemos quién es la fuente de la plenitud y que mientras siga ausente en la búsqueda como meta a alcanzar, siempre dejará el vacío de lo que no se alcanza. Solo Jesús es la respuesta a las añoranzas más profundas del hombre. Solo Él nos asegura una vida fraterna constructiva y con sentido. Solo en Él hallaremos la base para una felicidad estable y duradera, no dependiente de acciones externas sino de convicciones profundas. Solo esperando en Él podremos traer sosiego a nuestro ser en medio de las situaciones inexplicables de dolor que podemos experimentar. Porque Él es el Dios que nos ha puesto en el mundo para ser felices y ha establecido que esa felicidad, por su amor, está siempre dispuesto a donárnosla para nuestra plenitud.