miércoles, 23 de septiembre de 2020

Vivir la Verdad y la Pobreza nos hace exclusivamente de Jesús

 

Cuando Jesús convoca a los discípulos a seguirlo quiere que en sus corazones exista solo la intención de ser de Él. No quiere que haya nada que perturbe el seguimiento o desvíe su atención hacia otras realidades distintas de Él, de su persona, de su enseñanza o de su acción. En la respuesta de auténtica fidelidad a esta intención del Maestro está el verdadero compromiso que asume quien desea ser real seguidor de Cristo. La obra de Jesús apunta a la restauración del hombre como propiedad de Dios, lo que en la realidad brutal de su pecado quedó destruido, al pretender el hombre ser dueño de sí mismo, con la consecuencia trágica de su debacle, pues con ello pasó de estar a la altísima condición de criatura predilecta, amada y sostenida por el cuidado reverente del Dios creador, comprometido con su bienestar total en la procura de la máxima felicidad posible, a estar a la de una criatura surgida del mismo poder infinito del Creador, pero criatura al fin, que era él mismo, y que no tenía la capacidad de crear una felicidad o un bienestar mayores que el que podía procurarle el mismo Creador que, por añadidura, es todopoderoso. El resultado del cambio que logró el hombre para sí mismo fue realmente desolador. De estar en las manos del Dios todopoderoso, creador y sustentador de todo, movido por un amor infinito que lo llevó a entregarle todo al hombre, pasó a estar en sus propias manos con la sola ventaja de las mismas capacidades que Dios había puesto en su ser, pero que de ningún modo se equiparaban a las infinitas que poseía el Creador, y que por lo tanto solo podrían dar una satisfacción parcial y totalmente agotable y pasajera. En concordancia con la intención primigenia del Señor cuando creó al hombre, que lo llevó a asumir el compromiso de amor de ofrecer para siempre todas las bondades y toda la felicidad posible a su criatura predilecta, la obra de rescate que emprende Jesús apunta a procurar la recuperación de todas esas prerrogativas, no porque el hombre se lo hubiese ganado o se lo mereciera, sino porque era el compromiso que el Padre amoroso había asumido desde el principio. Dios es fiel a su intención, y nunca dejará de cumplir lo que busca. Y si su deseo es que el hombre sea feliz y tenga a su mano todo el bienestar, Él eternamente intentará que eso se cumpla. Y esto, incluso por encima del empeño humano de querer convencerse de que lo podrá lograr sin Dios. La estupidez humana luchará siempre por hacerse presente, una y otra vez, a pesar de que todos los indicios le señalen el absurdo de su pretensión.

La llamada de Jesús busca, entonces, una respuesta de exclusividad en quien lo acepte. Nada debe haber en el corazón del hombre que perturbe esta decisión y esta entrega. Nada debe presentarse como obstáculo al seguimiento fiel y único. El convocado debe demostrar siempre una confianza radical en el Señor que lo llama, poniendo en el deseo de seguirlo y de serle fiel todas sus expectativas, sabiendo que ese seguimiento traerá su compensación y logrará el bienestar y la felicidad que Dios quiere para todos sus hijos. Por eso el atrevimiento de Jesús es realmente llamativo, cuando no solo llama a seguirlo en la radicalidad de una respuesta convencida, sino que da un paso adelante al lanzar el reto de su envío: "Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: 'No lleven nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengan dos túnicas cada uno. Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si alguno no los recibe, al salir de aquel pueblo sacúdanse el polvo de los pies, como testimonio contra ellos'". Jesús entiende que procurarse todas las comodidades para el cumplimento del envío apostólico es signo de una confianza colocada erróneamente más en las propias capacidades o en las cosas que se procuren a sí mismos, que en la providencia amorosa que Él les pueda asegurar. El objetivo de esta actuación de Jesús no es el de que sus seguidores y enviados simplemente la pasen mal, o que tengan necesidades extremas e insalvables, sino que pongan su confianza en donde deben ponerla. Quien los envía no es un irresponsable que quiere que sufran absurdamente. Quien los envía es el mismo Dios que lo creó todo y que creó al hombre para colocarlo en el centro de todo, y se comprometió a procurar para él todos los beneficios y toda la felicidad que surgían de Él. Y ese compromiso está dispuesto a cumplirlo por encima de todo. Por eso, al enviarlos pidiéndoles que no pongan su confianza en lo que ellos mismos se procuren, busca que el hombre se convenza de que todo beneficio viene de Dios y que basta con abandonarse en Él y en su amor para vivir las compensaciones infinitas que con toda seguridad les procurará. Ningún enviado de Jesús ha dejado de recibir las compensaciones que Él promete. Si han pasado por alguna necesidad ha sido en la convicción de que así sirven mejor y son mejor testimonio para aquellos a los que han sido enviados, de modo que se convenzan de que la única realidad absolutamente necesaria es Dios mismo y su amor salvador.

En este caminar procurando siempre evitar todo lo que se pueda presentar como estorbo a la centralidad de Jesús y de su amor, el mismo elegido debe mostrar su conformidad con el estilo de envío de Jesús, colocándose confiadamente en la misma línea que será enriquecedora para su propia experiencia. La compensación será no solo espiritual, al saberse en las manos amorosas y providentes de quien lo ha elegido, sino que también será, como lo han experimentado miles y miles en la historia de la Iglesia, una compensación material, pues no dejará en la indigencia a su enviado a quien le ha prometido la compañía eterna de su providencia. Los grandes santos de la Iglesia, los conocidos y los anónimos, han centrado siempre su atención en el seguimiento radical de Jesús más que en su comodidad o en las compensaciones materiales, convencidos de que éstas últimas vendrán "por añadidura". Por eso, incluso en su disponibilidad radical imploran al mismo Señor que les impida cualquier cosa que pueda perturbar su camino de fidelidad: "Dos cosas te he pedido, no me las niegues antes de morir: aleja de mí falsedad y mentira; no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti, diciendo:  ¿Quién es el Señor?". Son las dos cosas que debemos tener siempre entre nuestras peticiones y que son las que deben estar en el corazón de todo el que quiere ser fiel en el seguimiento y en el servicio a Dios y a los hermanos: Ser siempre veraces y no vivir ni en la ostentación ni en la miseria. La manera de ser únicamente de Jesús, tal como Él desea que seamos sus seguidores es, en primer lugar, siendo hijos y servidores de la verdad, que en definitiva es Jesús mismo: "Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida"; y la segunda, no permitiendo que nuestro corazón sea secuestrado por la criatura, centrándonos en el poseer más que en el ser. La posesión obsesiva de bienes nos desvía del deseo de ser únicamente del Señor, pues nos hace centrarnos en la obtención de beneficios por encima de la confianza debida al Señor. Cuando empezamos a servir a la criatura, representada en los bienes materiales, permitimos que Jesús sea desplazado de nuestro corazón. Jesús no nos quiere indigentes. Nos quiere pobres, que es muy distinto. La miseria, por ser antievangélica, no es el deseo de Jesús para nadie. Lo que Él quiere es que lo creado no lo desplace del corazón del hombre. En la experiencia de ambas realidades: la verdad y la pobreza, está el resumen perfecto de la fidelidad a Jesús. Y en la base de ambas está el amor, el que sabemos que nos tiene Jesús al llamarnos para ser exclusivamente suyos y para enviarnos a anunciarlo al mundo, y aquel con el que le respondemos nosotros, al saber que solo en Él obtenemos los mayores beneficios y recibiremos la compensación absoluta de sabernos suyos, y que nos llevará a la felicidad de la salvación eterna.

martes, 22 de septiembre de 2020

Apuntemos a ser sabios como lo fue María

 Mi madre y mis hermanos

Entre los libros que componen las Sagradas Escrituras nos encontramos con un cuerpo que apunta al conocimiento y a la vivencia de las verdades trascendentes, aquellas que se refieren al saber y a las conductas humanas, más concretamente a las que se conectan directamente con las verdades sobre Dios y a la influencia de éstas en la vida del hombre. Nos referimos al cuerpo llamado "Literatura Sapiencial", o más simplemente "Libros Sapienciales". Puede invitar a la confusión el nombre que se les ha dado, por cuanto en las consideraciones más superficiales del término "Sabiduría" se le da a éste una connotación preferente y casi exclusiva al componente intelectual del hombre, refiriéndolo casi de manera única al enriquecimiento del acerbo mental o al bagaje del pensamiento, cuando la verdad es que el abanico que abarca el mismo, particularmente en lo que refiere a la Palabra revelada, es amplísimo pues tiene que ver no solo con lo intelectual o con el mundo de las ideas, sino que aplica para la totalidad de la vida humana, en cuanto ésta trasciende lo simplemente cerebral y se introduce en todo lo que tiene que ver con el conocimiento a la vez que con la puesta en práctica de las verdades en la vida ordinaria. Para la mentalidad escriturística la sabiduría engloba a todo el hombre, sin parcelarlo, y lo hace comprender como un todo irreductible. En nuestra mentalidad occidental se hace muy sencillo poder hacer dicotomía entre el hombre intelectual y el hombre de la acción. En la mentalidad oriental, aquella en la que fue construido todo el conjunto de la literatura bíblica, es imposible hacer una diferenciación entre el pensamiento y la acción, entre la idea y la conducta, entre la sabiduría y la aplicación. El hombre que conoce es el mismo hombre que actúa, por lo que toda idea con la cual se enriquece tiene inmediata aplicación a la vida. El hombre oriental conoce para vivir, obtiene sabiduría para enriquecer toda su vida, por lo que jamás podrá pretender dejar el conocimiento solo en el plano intelectual sin que ello tenga una inmediata repercusión en su conducta. Para nosotros los occidentales esto es más sencillo. Podemos conocer y no aplicar, aun cuando lleguemos a la conclusión de que aquello conocido sea una verdad fundamental. Fácilmente podemos hacer que el mundo de las ideas se quede en el ámbito de lo solo cerebral sin que pase a formar parte de las conductas. Y, por supuesto, podemos llegar a ser traidores de nuestros propios pensamientos, actuando en contra de lo que sabemos es la verdad. Y se llega incluso a cumplir la máxima que proclama prácticamente el obituario de la riqueza del pensamiento verdadero: "Quien no vive como piensa, terminará pensando como vive".

Así, el aprendizaje para la vida del sabio es obtenido no solo de lo que le venga de su fuente original, que puede ser el mismo Dios, sino de todo lo que tiene a su alrededor, comprendiendo de esta manera que la experiencia de los otros puede ser un instrumento adicional que esa misma fuente divina pone a su disposición: "Los planes del diligente traen ganancia, los del atolondrado, indigencia. Tesoros ganados con boca embustera, humo que se disipa y trampa mortal. El malvado se afana en el mal, nunca se apiada del prójimo. Castigas al cínico y aprende el inexperto, pero el sabio aprende oyendo la lección. El honrado observa la casa del malvado y ve cómo se hunde en la desgracia". De este modo, se entiende que el sabio no será solo el que conoce la verdad, sino el que la pone en práctica, constatando incluso el efecto que tiene esa puesta en práctica en la vida de los que están a su alrededor. La verdad, de este modo, no tiene que ver solo con su fuente, sino con su efecto. Será más sabio quien no solo conoce la verdad, sino el que constata su experiencia en los demás y de ello aprende y se enriquece. La sabiduría, en efecto, va más allá de lo intelectual y se erige reinando en la vida entera. Quien se empeña en encerrase en sí mismo, dándole los propios contenidos a su verdad sin atender a la enseñanza que puede obtener de la conducta de los demás, se arriesga a vivir las desgracias que le pueden procurar su falta de atención, y a repetirlas trágicamente. La sabiduría tiene que ver incluso con la inteligencia práctica. Es más inteligente quien enriquece su sabiduría de la experiencia de los demás y no solo de lo que él mismo se procure, aunque sean verdades fundamentales. También lo que viene de la vida de los otros se convierte en fuente de la propia experiencia de sabiduría y de vida. Está claro que cada hombre tiene como tarea la construcción de su propio sistema de pensamiento, y en ese proceso, la obtención de verdades fundamentales que le den forma original, principalmente atendiendo a la fuente primaria que es el mismo Dios, pero es también consecuente con ello lo que Dios coloca en su camino, como lo es la experiencia de los demás, que puede servir para enriquecer la forma que se le vaya dando a ese sistema propio, a riesgo de que, si no lo acepta, pueda estar equivocando el camino y al final sea juzgado como inepto: "El corazón del rey es una acequia que el Señor canaliza adonde quiere. El hombre juzga recto su camino, pero el Señor pesa los corazones. Practicar el derecho y la justicia el Señor lo prefiere a los sacrificios. Ojos altivos, corazón ambicioso; faro de los malvados es el pecado". La soberbia puede ser lo que haga que en el pesaje que haga el Señor el resultado sea la falta de consistencia.

En nuestra experiencia cristiana la riqueza que nos procura la sabiduría que viene de Dios se ha hecho aún más compensadora. No se queda solo en los conocimientos intelectuales que debemos aplicar para demostrar nuestra sapiencia real, tal como lo vivieron los hombres del Antiguo Testamento que, podríamos decir, se quedaban solo en la repercusión de esa vivencia en la vida del día a día de cada uno, y en su idoneidad delante del Dios que era la fuente de toda verdad, sino que apunta a algo más trascendente que va más allá de lo cotidiano, pues se refiere a lo que marca el futuro que no acaba, a la riqueza de la sabiduría vivida como carga que marca la pauta para la eternidad y para la felicidad que en ella se vivirá. No se trata solo de atender a lo que Dios quiere que se viva en la relación con Él y con los hermanos, sino a la repercusión que tendrá para nuestra vida eterna la manera como lo hagamos. De esa manera, ser sabio y vivir la sabiduría se eleva muchísimo más de una simple exigencia para ser justos a un requisito indispensable para obtener la salvación eterna. Por ello, tener contacto con Jesús es más que un simple hacerse cercano a Él. Es ser sabio con Él y por Él y vivir para Él, como lo entendió su Madre María, que se acercaba a Jesús con todo el derecho por ser su Madre, pero más aún, superando lo doméstico, por ser su discípula: "Vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces lo avisaron: 'Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte'". María, evidentemente, se acerca a Jesús como Madre, y sus "hermanos", miembros del mismo clan familiar, se acercaban aludiendo al mismo derecho de familia. Pero Ella se acerca también como la que ha aplicado de la mejor manera el criterio de sabiduría vital y transformadora al que hace alusión Jesús en su respuesta: "'Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen'". Si alguien atendió a la Palabra de Dios, si alguien se dejó abarcar por la sabiduría divina y no la dejó solo como una simple riqueza personal e intelectual, al extremo de que esa sabiduría la transformó radical y esencialmente hasta hacerla la Madre de Dios, fue Ella. Tanto se dejó transformar por esa sabiduría divina, que en su vientre "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros", transformando no solo su vida, sino la vida de todos los hombres. María escuchó de manera tan diáfana esa Palabra de Dios y la cumplió tan radicalmente, que la encarnó en su vientre y la dio al mundo. Ella es la verdadera sabia, la que nos enseña la manera de serlo también nosotros, y de cómo hacer vida esa sabiduría. Esa es la verdadera sabiduría: La de María, que la escuchó y la hizo suya hasta vivir solo para ella, y que nos la trajo a cada uno con su Sí de amor.

lunes, 21 de septiembre de 2020

No se puede ser cristiano impunemente

 X Domingo (A) | Familia Franciscana

Una pregunta crucial que debemos hacernos los cristianos continuamente es la que se refiere a nuestra idoneidad para ser seguidor de Jesús. ¿Qué se necesita tener o hacer para ser seguidor de Cristo? ¿Qué se debe hacer para que Jesús desvíe su mirada hacia nosotros y nos llame? La llamada que Él hace, ¿depende de lo que hagamos nosotros o depende de lo que hay en su corazón? En la respuesta que demos, o que descubramos, está la clave de la comprensión de lo que es el seguimiento de Jesús. Cada apóstol fue llamado por Jesús y convocado a pertenecer a ese grupo privilegiado de sus seguidores por una razón concreta. ¿Por qué los llamó Jesús? ¿Cuál fue la razón última que lo llevó a llamarlos? ¿Por qué fueron ellos los privilegiados y no otros? ¿Qué tenían ellos de especial para haber sido llamados y para que Jesús los prefiriera a ellos y no a cualquiera de los otros miles de hombres que estaban alrededor? Hoy nos encontramos con esta figura de San Mateo, un publicano reconocido que está ocupado en sus labores, con el cual se topa Jesús en su caminar, y espontáneamente, sin que medie ni siquiera un diálogo previo, es llamado por Jesús a seguirlo. Podríamos cavilar acerca de un posible encuentro anterior que hubiera habido entre ambos, en el cual Cristo hubiera podido haber presentado un esbozo sucinto de su plan de acción, pero solo serían conjeturas, pues no existe constancia de ello. Lo cierto es que Mateo recibe la llamada y responde sin dudar un segundo, abandonando todo lo que tiene entre manos. Quizá lo movió su misma condición de publicano, despreciado por sus congéneres por haberse puesto al servicio del imperio invasor romano, lo cual era una de la mayores traiciones que un judío podía cometer contra su propio pueblo. Así veremos lo que sucederá más tarde con otro publicano famoso del Evangelio, Zaqueo, igualmente inconforme con el desprecio al que era sometido por los suyos. Probablemente Mateo vio en esta llamada de Jesús una oportunidad de liberarse de ese yugo que se le hacía ya muy pesado. Jesús hubiera sido para él como un aire que refrescaba su ya ensombrecida vida. No obstante, esto no nos resuelve la gran pregunta que nos hacemos: ¿Cuál es la razón ultima de la llamada? ¿Qué tenía Mateo para llegar a ser considerado en ella? Y en consecuencia, ¿qué debo hacer o tener yo para que el Señor me llame? Observar la historia de estos personajes, que pueden ser Mateo o cualquiera de los otros apóstoles, o cualquiera de todos los que se hubieron cruzado con Él en su caminar, o cualquiera que en la historia haya escuchado claramente su nombre al ser convocado por Jesús a ser suyo, nos coloca a cada uno de los cristianos en la necesidad de mirarnos a nosotros mismos para descubrir la historia de nuestra llamada, incluso al extremo de discernir si esa llamada se ha hecho desde los labios de Jesús hacia nosotros.

Escudriñar en esa historia concreta de los apóstoles es, sin duda, querer nadar en las aguas de la intimidad del corazón de Jesús, por cuanto es pretender entender la motivación que hay en Él para acercarse a los hombres a los que va a convocar. Fijarnos en la vida de cada uno de los apóstoles es percatarse de que todos ellos son una entidad propia y diversa, entre los cuales hay adultos, jóvenes, profesionales, obreros rudos, pescadores, hombres ilustrados, hombres ignorantes, expectantes de un futuro mejor para Israel, revoltosos, espirituales, materialistas... Toda una gama variada que elimina la posibilidad de preferencia de alguna categoría específica, por lo que debemos descartar la condición personal impoluta como requisito. Ninguno ha llegado a Jesús por una recomendación previa ni con condición de exclusión de los demás, por lo que debemos aceptar que su decisión es absolutamente libre, consecuencia de su plena y total libertad divina que no necesita fundarse en razones externas, por lo cual, finalmente, es absurdo querer comprender la razón de la preferencia de unos sobre otros. En todo caso, la llamada sobre los apóstoles es para la realización de una tarea muy concreta en un momento específico, lo cual acepta la posibilidad de que exista una llamada diversa o en otro momento para algunos discípulos, para el desarrollo de otras tareas diversas o de las mismas en momentos diversos. Esto encaja mejor con lo que sucede, por cuanto no hay constancia en ningún pasaje del Evangelio de que haya habido un expreso rechazo de alguien específico por parte de Jesús. Ni siquiera se dio en los enfrentamientos más crudos que tuvo Jesús, que fueron contra los fariseos y los escribas. Lo que se debe asumir, entonces, es que no hay una llamada exclusiva y, de ese modo, es necesario aceptar que las llamadas a los apóstoles son emblemáticas de lo que hace Jesús con todos: Todos los hombres son llamados por Jesús para ser suyos, en momentos concretos y para tareas específicas. Como añadido, es necesario entonces también aceptar que la motivación última que tiene Jesús al llamar es totalmente suya, está incrustada profundamente en su corazón y no tiene miramientos adicionales externos que puedan explicarnos su decisión, fuera de una razón clarísima de amor. Así, debemos concluir que la única razón de la llamada es la del amor que hay en su corazón, por lo cual no existen preferencias, o mejor, concluimos que en ese corazón motivado por el amor, todos somos los preferidos. No hay exclusión de nadie, pues el amor nos prefiere a todos.

Habiendo aceptado esa preferencia universal de Jesús, el foco de atención se centra entonces en los convocados. Si Jesús nos llama a todos porque nos ama a todos, el peso de la responsabilidad se traslada a los convocados, es decir a nosotros. Se debe fijar en la respuesta que se da, en la calidad de esa misma respuesta y en el compromiso concomitante que significa saberse llamado y responder afirmativamente. La pregunta que se hacía -¿Qué se necesita tener o hacer para ser seguidor de Cristo?- ha recibido ya una primera respuesta: Ser llamado por Él. Y ya sabemos que su llamada es a todos y por amor a todos. Por ello, es necesario preguntarse, dando un paso adelante después de haber tenido la primera respuesta: ¿Cómo debo responder a la llamada? ¿Estoy respondiendo como Jesús quiere? ¿Qué debo hacer para que mi respuesta sea en la línea que Él quiere? ¿Comprendo bien que mi respuesta es automáticamente la asunción de un compromiso de amor con el que me llama porque me ama? Ser de Cristo es algo muy serio. Responder a su llamada no es simplemente un acto formal, sino que es un acto constitutivo, que me transforma y produce una nueva vida en mí: "Les ruego que anden como pide la vocación a la que han sido convocados. Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sobrellévense mutuamente con amor, esforzándose en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que han sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos. A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo". Y la medida del don de Cristo es infinita, por lo cual nuestro compromiso es total. No se puede ser cristiano "impunemente". Es necesario serlo asumiendo todas las consecuencias de serlo. No existe solo la llamada, sino que debe darse también la respuesta para que el proceso se complete. Así como Mateo, al escuchar la invitación de Jesús: "Sígueme. Él se levantó y lo siguió", así mismo cada uno de nosotros debe levantarse y seguirlo. La llamada es un momento de gozo, pues experimentamos la alegría de la mirada de Jesús puesta sobre cada uno de nosotros y nuestro nombre pronunciado por sus propios labios, todo ello motivado por su infinito amor. Y así mismo, gozosa debe ser nuestra respuesta, pues es la oportunidad que se nos presenta para demostrarle nuestro amor a Él y, por él, a nuestros hermanos, a los que nos acercamos y servimos, habiendo encontrado el sentido pleno de nuestras vidas.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Dios no quiere superhombres. Dios quiere hombres

 Lectio Divina: 22 de agosto de 2018 – Iglesia en Aragon

La pregunta crucial que debe hacerse todo cristiano sobre su propia experiencia en el camino de la fe es sobre el lugar que ocupa Jesús en su vida. En la respuesta que dé está la clave para conocer cómo ha sido su avance, si ha valido y ha sido bien valorado el esfuerzo que ha hecho Jesús para rescatarlo, si la presencia de su amor, de sus enseñanzas y de sus exigencias ha marcado su actitud ante la vida, si en su caminar ha dejado ocupar los primeros puestos al amor al que Él invita que debe ser el motor, la fuente y la motivación final, o si por el contrario Jesús no es más que un personaje más, quizá importante pero no imprescindible, un añadido que acompaña en la vida, al cual se le tiene presente y en cierto modo se le conoce, pero que no es determinante pues la acción que se le permite es ocasional, y se recurre a Él en caso de necesidad, dejándolo a un lado cuando no es necesario y se cree que todo puede ser resuelto con las propias fuerzas. En este segundo caso, Jesús y su mensaje serían atendidos casi con el mismo peso que la letra de la música de moda del cantante del momento, o sería admirado casi como se admira al más grande deportista que va rompiendo récords. En ocasiones, caemos en la trampa de la posmodernidad que nos deslumbra con la necesidad absoluta de novedad radical en todo, por lo cual un personaje como Jesús, cuyas enseñanzas y exigencias se habrían quedado ancladas en el pasado, por lo que debe dar paso a valoraciones distintas que tengan más que ver con el estilo de vida actual y que no apunten a restricciones o a pretensiones de reducción de la libertad del hombre. Así, Jesús pasaría a ser algo incómodo, pasado de moda, castrador de la libertad, por lo cual debe ser echado a un lado. Si hemos caído en esa trampa, nos hemos dejado engatusar por la tendencia actual de relativismo, atraídos por lo supuestamente atractivo que resulta poner al hombre como única medida de todo, cuya libertad ha devenido en el siempre hacer lo que le venga en gana sin mayor criterio, por lo que nadie tendría derecho a poner normas o a pretender poner límites a esa libertad que sería omnímoda. La enseñanza que está en la base es que el hombre es dios de sí mismo, al cual se debe idolatrar y servir, y alrededor del cual se debe desarrollar todo avance y todo progreso posible sin otra referencia que él mismo. Evidentemente, imbuidos en estos pensamientos y en estos desarrollos, se establecen unos protocolos de vida en los que no tiene cabida de ningún modo lo que pretenda ir en una ruta diversa a esa. Hablar de un Jesús que pide ser seguido, dejando un estilo de vida específico, poniendo por encima de los propios gustos y placeres los que son motivados por el amor, poniendo siempre en el primer lugar los intereses de los demás, desplazando de esa manera los intereses propios, buscando siempre el beneficio para el hermano porque se le ama, incluso por encima de sí mismo... es un lenguaje desconocido e incomprensible.

Y lo cierto es que la figura de Jesús, su enseñanza, sus exigencias, se nos presentan cada vez con mayor claridad como de una extraordinaria actualidad, pues precisamente su ausencia ha causado la debacle mayor que vive la humanidad, sumiéndola en la época más oscura, echando en falta la iluminación que puede dar la luz de su amor. Enorgullecido de sus avances en las ciencias, en la tecnología, en la ecología, en la carrera aeroespacial y en muchos otros campos del saber y del actuar humanos, el mismo hombre ha dejado fuera de todo el empeño de avance al actor más importante de todos: el hombre mismo. La superexaltación de su saber se ha dado en detrimento de lo que debería ser más valioso, como lo es la interioridad del hombre, sus valores humanos, su virtud, el enriquecimiento de sus principios. Todo se ha puesto al servicio de ese superhombre pero no del hombre. Por ello, es urgente colocar de nuevo en el centro a Aquel que es la revelación mejor del hombre para sí mismo: Jesús de Nazaret, su obra y su mensaje, su exigencia de amor como base fundamental para que exista una verdadera vida en el hombre. Urge que el hombre mismo retome las rutas del encuentro hacia Él, haciendo no solo que esté presente de nuevo, sino que marque las pautas, que dé forma a lo importante, que llene con su vida la vida de cada uno: "Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia". Así lo entendió San Pablo y luchó por que el hombre cristiano lo asumiera de la misma manera. La presencia de Jesús no es una cuestión accesoria, pues de la unión con Él depende que el hombre se comprenda a sí mismo de la mejor manera. Jesús revela al hombre lo mejor que puede vivir, sorprendiéndolo con valoraciones muy diversas a las que se han ido imponiendo: más que el egocentrismo debe acentuar el teocentrismo; más que el individualismo debe acentuar la fraternidad; más que a los logros científicos y tecnológicos se debe apuntar al cultivo de la interioridad; más que a la libertad absoluta se debe apuntar a la esclavitud del amor; más que a la promoción de un superhombre se debe apuntar a avanzar hacia la verdadera humanidad. Son los caminos que propone Dios, que coliden frontalmente con los que quiere imponer la actualidad: "Mis planes no son los planes de ustedes, sus caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los de ustedes, y mis planes de sus planes".

Esto no se debe entender como un capricho de Dios, como si Él estuviera empeñado en llevarnos la contraria. Más bien lo debemos entender como el deseo auténtico de su corazón amoroso por proporcionarnos y poner a nuestra vista el camino de nuestra plenitud que será alcanzada solo cuando Él esté de por medio. Habiendo surgido de sus manos amorosas, conoce perfectamente qué es lo que nos hará avanzar y qué es lo que nos hará retroceder y desvirtuar nuestro ser. Al surgir de Él ha puesto en nosotros como única posibilidad de plenificación la unión esencial con su amor y como estilo de vida la fraternidad enriquecedora por la cual entendemos a todos como "carne de mi carne y hueso de mis huesos", es decir, la extensión de nuestro propio ser. Lo que hace al hombre más hombre no son los grandes avances que logre alcanzar, sino la profunda experiencia creciente de su amor y del amor a los demás. Sin dejar a un lado el empeño por hacer un mundo mejor, asumiendo como necesarios esos mismos avances que se han logrado gracias al ingenio que Dios mismo ha colocado como capacidad nuestra, no convertirlos en absolutos, sino en ocasiones para un mejor servicio a la humanización del mismo hombre, de modo que sea cada vez mejor cultivador de su interioridad, de su unión con Dios y de su unión con los demás en la fraternidad añorada por Dios y puesta como marca de nuestra humanización. Por esa fraternidad se entiende al hermano no como alguien con el cual se compite -"¿Qué tengo yo que ver con mi hermano?"-, sino como alguien con quien se vive en unidad de afectos y acciones, para avanzar juntos y solidariamente, por lo cual su alegría es alegría propia, su avance es avance propio, su dolor es dolor propio. No hay celos ni envidias, sino gozo por sus logros, que se comparten y enriquecen a todos: "'Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?' Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos". La idea es que, siendo los primeros en el corazón de Dios, procuremos que todos seamos esos primeros y vivamos la alegría de estar todos en ese primer lugar, sin envidias de unos por otros, sino felices de llegar juntos y solidariamente al encuentro con el amor infinito. Esa es nuestra verdadera humanización, a la que apuntamos a llegar en medio de tantos avances que lícitamente se alcancen por la aplicación del mandato divino: "Crezcan y multiplíquense. Dominen la tierra y sométanla", pero que no excluye de ninguna manera la conversión a Dios y al hermano como característica esencial que da la más perfecta identidad cristiana: "Busquen al Señor mientras se deja encontrar, invóquenlo mientras está cerca. Que el malvado abandone su camino, y el malhechor sus planes".

sábado, 19 de septiembre de 2020

Nuestra historia empieza en Dios y termina en Dios

 Salió el sembrador a sembrar | Ecos de la Palabra

El tiempo entra en la categoría de lo que los teólogos llaman "lugares teológicos". Un lugar teológico es llamada toda realidad en la que puede hacerse presente Dios y manifestarse claramente en la vida de los hombres, por sí mismo o por las expresiones que lo identifican y lo hacen visible en una circunstancia concreta. De la comprensión de lo que es el tiempo y, por ende, de la manera de entender la presencia de Dios en él, dependerá mucho la importancia que se le dé a la misma figura divina y a la influencia que tenga en la vida humana. Diversas han sido las posturas de comprensión de la categoría "tiempo", o de su paralelo "historia", con las consecuentes diversidades de comprensión, incluso a veces de la misma figura de Dios y de su accionar en el mundo. Desde prácticamente el inicio de la historia del pensamiento humano y de la construcción de sistemas propios sobre los que basar los desarrollos intelectuales, se ha asumido posturas no solo diversas sino incluso opuestas al considerar la categoría "tiempo" como formalidad presente en el desarrollo de la humanidad. Para una línea, el tiempo, y su paralelo, la historia, son una sucesión irrepetible y lineal de acontecimientos que apunta siempre a un avance indetenible hacia una meta concreta que será una plenitud desconocida, hacia la que se encamina la existencia entera y, dentro de ella, el hombre. Para otra línea, el tiempo y la historia no son más que la eterna sucesión de los mismos acontecimientos una y otra vez, con lo cual todo será simplemente un ciclo interminable que se repite hasta el infinito, por lo que la novedad absoluta no existe, sino que existiría una nueva manera de presentación de la misma realidad, que estaría revestida de novedad, pero solo como un ropaje exterior. La conclusión en la confrontación entre ambas líneas es la de la imposibilidad de conciliación o comunión entre ambas, por cuanto las dos parten de puntos muy distintos y se desarrollan de maneras muy diversas. El intento de conjugación de los dos diversos enfoques fue emprendido también desde la fe, dado que de la comprensión del desarrollo de la temporalidad y de la historicidad surgirá una idea de Dios y de su presencia en la historia que puede resultar iluminadora para el hombre creyente. Uno de los grandes pensadores que se atrevió a emprender este engorroso camino fue el gran pensador, filósofo, teólogo y paleontólogo, Pierre Teilhard de Chardin, quien no sin oposición frontal originalmente del Magisterio de la Iglesia, luego reivindicado parcialmente por el mismo Magisterio, intentó desarrollar una línea de pensamiento que salvaba las dos posturas, la de la absoluta novedad de cada momento temporal y la de la repetición interminable de ellos. Partiendo del Alfa, del cual surge todo lo creado, cada momento temporal e histórico es como una ola en la que actúa Dios, en cuyo caso cada uno de esos momentos es como un bucle de avance que se recogería en sí mismo hasta poder avanzar en un nuevo paso hacia adelante, que haría adelantar la historia, cuya meta final será la Omega, que es el mismo punto de origen hacia el que tiende todo lo creado. Esa Alfa y esa Omega son Dios, que será así el origen y la meta de todo.

Lo ingenioso del desarrollo de Teilhard fue haber logrado armonizar la idea de novedad con la de repetición, haciendo de esa manera que el actor principal de todo fuera Dios y su acción en el tiempo y en la historia, pues Él es el origen y la meta de todo. El tiempo, indudablemente, es el dominio de Dios, y Él va moviendo los hilos de la historia de modo que todo, viniendo de Él, avance hacia Él. Por eso, podemos entender que los creyentes no podemos quedarnos únicamente en la contemplación de lo que vivimos actualmente, sino en la aceptación de ser parte de un gran movimiento universal que nos trasciende y que tiene que ver con la realidad de la absoluta trascendencia de Dios, del cual venimos y hacia el cual tendemos, por lo cual, como parte de nuestra existencia, habrá realidades que en ocasiones se nos presentarán como incomprensibles, pero que, dado que creemos en un Dios bueno y amoroso, deberemos aceptar por fe, cuando demos por descontado que por nuestra sola razón será imposible hacerlo. Esta es una verdad que vivió ya la Iglesia desde sus orígenes, en los cuales se emprendió la ingente tarea de racionalización de las verdades de fe, para lograr hacerlas algo comprensibles a los primeros cristianos. Basados en los conocimientos rudimentarios que existían, los apóstoles se encaminaron a ello. Para la comprensión de la novedad absoluta que representaba la verdad de la resurrección, San Pablo intentó acercar las ideas de realidad corporal y realidad espiritual: "Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual. Si hay un cuerpo animal, lo hay también espiritual. Efectivamente, así está escrito: el primer hombre, Adán, se convirtió en viviente. El último Adán, un espíritu vivificante. Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material. y después lo espiritual. El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial". En esa línea de la historia que nos preside, debemos aceptar que Dios, siendo el Señor de la historia, nos ha hecho avanzar de lo menos a lo más, de lo temporal a lo eterno, de lo pasajero a lo que nunca termina. Ha hecho la conjugación perfecta entre la novedad absoluta de lo que nunca se repite y la reiteración sin fin de la realidad que estaría circundada por Él mismo.

En la experiencia de la fe de la cual somos deudores, lo que más interesa a Dios y a nosotros mismos es que en nosotros se dé el establecimiento de su Palabra de salvación, al punto de que poco importaría la comprensión perfecta de nuestra propia temporalidad, sino la convicción profunda de la presencia de Dios en ella, de su acción amorosa en nuestro favor, del deseo firme que Él tiene de que seamos únicamente suyos, de la aceptación de su acción de amor para hacernos pasar de la temporalidad a la eternidad junto a Él. Es decir, de la disponibilidad que tengamos para dejarnos llevar desde el ser seres materiales al ser seres espirituales que únicamente vivan de su amor, en una unión íntima con los demás, que será la vida de comunión perfecta que se dará con Dios como Rey de todo, teniéndonos a nosotros y a todo lo creado como escabel de sus pies. Es la obra que en el momento culminante de la historia vino a realizar Jesús, presidiendo el último bucle temporal que elevó todo el universo al punto más alto, pues fue creado de nuevo con su obra de redención. Lo que busca Dios es que nos hagamos receptores de su palabra redentora, de su semilla de vida nueva, dejando a un lado todo lo que pueda perturbar su llegada a nosotros y la vivencia de la verdad de su amor, que nos encamina a ese momento temporal de plenitud, a esa historia concluyente de amor inmutable: "Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno. Dicho esto, exclamó: 'El que tenga oídos para oír, que oiga'". Nuestra temporalidad debe servir para que la semilla de Dios, del cual venimos, empiece a producir los frutos deseados. Si todo viene de Él, todo se sostiene en Él, y todo tiende hacia Él, nuestro paso por el tiempo debe ser una ocasión para que asumamos que tenemos nuestro origen en Él y que tendemos hacia Él. Hacernos terreno dócil para la semilla que lanza Jesús es asumir que nuestra temporalidad tendrá una solución de eternidad. Que toda otra realidad distinta a la que apuntemos será terreno agresivo, será piedra, zarza, superficialidad, comparada con la excelencia que puede llegar a ser el hacerse terreno fértil, en el que finalmente se dé ese paso de lo corporal a lo espiritual, de lo temporal a lo eterno, de lo terrenal a lo celestial, que es a lo que estamos destinados a ser y a hacernos, en este tiempo que Dios nos ha regalado, haciéndose Él el protagonista primero por su presencia y su acción, impregnada toda ella de su amor que tiene sabor a eternidad.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Creer en la resurrección de Jesús y vivirla es nuestra salvación

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En los contenidos de nuestra fe hay verdades que son esenciales, insoslayables, absolutamente necesarias, de las que nunca se puede prescindir pues si así fuera la misma fe pasaría a ser algo distinto de lo que es en esencia. Lo que le da la identidad a algo no puede jamás pasar a estar ausente, a riesgo de que empiece a ser algo distinto o desaparezca. Existen verdades que son accidentales, temporales, que fácilmente pueden ser distintas en algún momento, cuya presencia o no, no representa un cambio de sustancia de lo que es el fondo que identifica la cosa. Por ejemplo, una persona que ha nacido en España naturalmente habla con corrección el español, sin embargo, si llegara a mudarse a Inglaterra, tendría necesidad de hablar también con corrección el inglés, lo cual, si lo logra, no lo haría una persona distinta de lo que es en su esencia. Existen también las verdades importantes que, aun cuando su cambio podría representar algo significativo en el objeto, no implica la esencia, por lo que, en lo que sustenta su ser, no se da ninguna transformación. Un ejemplo de ello es la transformación que experimenta quien pasa de ser un estudiante universitario a un profesional graduado que, siendo la misma persona, ha adquirido algo que lo ha enriquecido en ese cambio que ha sufrido, pero que no la hecho algo distinto en sí mismo. Y finalmente existen las verdades esenciales, fundamentales, que son las que necesariamente deben estar siempre presentes pues son las que sustentan el ser y lo hacen ser lo que es y no otra cosa, y cuya ausencia implicaría la pérdida de la identidad y de la esencia, haciendo entonces que el objeto sea algo distinto de lo que era antes. Por ejemplo, en la experimentación científica, cuando se logra que se dé la fusión nuclear se puede pasar de un elemento químico absolutamente inocuo a uno que resulte totalmente devastador para el mundo y para el hombre, cambiando de esa manera su esencia. Esta graduación de la entidad de la verdad, que se refiere hasta ahora solo a condiciones personales o físicas, puede ser trasladada también al ámbito intelectual y finalmente al ámbito de las verdades de la fe. Al igual que los cambios materiales que se han referido, tanto la verdad del intelecto como la verdad de la fe tienen la misma graduación, por lo cual no pueden ser tratadas de la misma manera en todos los casos. En este que nos ocupa, existen las verdades de fe que jamás pueden dejar de estar presentes, a riesgo de que creamos entonces algo distinto de lo que debemos creer.

Nuestra referencia primera y básica es la que conocemos como "kerigma", que es el anuncio fundamental, primario, esencial, de las verdades de la fe, que fueron anunciadas por los apóstoles en sus correrías originales. Invariablemente el contenido de sus discursos fue el mismo, pues eran las primeras verdades que debían conocer quienes querían acercarse a Jesús y disfrutar de su amor y de su salvación. Así es el mensaje que transmite San Pablo a los primeros cristianos: "Les recuerdo, hermanos, el Evangelio que les prediqué, que han recibido y en el cual permanecen firmes, por el cual también son salvados, si lo guardan tal como se lo prediqué... Si no, ¡habrán creído en vano! Porque les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo". Y con la misma entidad San Pedro dirige su discurso a aquellos judíos presentes en Jerusalén en el día de Pentecostés: "Escuchen estas palabras: A Jesús, el Nazareno, a este hombre acreditado por Dios con milagros, prodigios y señales, que por su medio Dios realizó en presencia de ustedes, como bien lo saben, a este hombre, que fue entregado a la muerte porque así estaba previsto y querido por Dios, a este hombre ustedes le han quitado la vida, clavándolo en cruz por mano de los infieles. Pero Dios, rompiendo las ataduras de la muerte, lo resucitó, porque era imposible que continuase dominado por ella ... A éste, que no es otro sino Jesús, Dios lo ha resucitado; testigos somos todos nosotros ... Dios ha constituido Señor y Mesías a este mismo Jesús, a quien ustedes han crucificado". Ambos apóstoles hacen un resumen mínimo de lo que es Jesús y de lo que debe estar siempre presente en la base de cualquier confesión de fe en Él. El cristiano tiene como base fundamental de su fe a Jesús, su paso por la historia, sus obras y sus palabras, su muerte en cruz y su resurrección, con lo cual logra el perdón de los pecados de los hombres y ofrece su amor y su salvación a todo el que lo acepte como Dios y Señor. Esto es lo esencial. El que cree en Jesús y se llama cristiano debe confesar esto. Y quien no lo hace, no se puede llamar realmente cristiano.

Todas las otras verdades de nuestra fe entran en la categoría de importantes o de accesorias o accidentales, lo cual no implica que puedan ser despreciadas, pues tienen entidad también por sí mismas, aunque no entren en la categoría de esenciales. Las verdades divinas reveladas no pueden de ninguna manera ser rechazadas, cuestionadas o puestas en duda, pues su fuente es el mismo Dios que es inmutable. Las verdades eclesiales deben también ser aceptadas pues son pronunciadas por aquel instrumento establecido por el mismo Jesús para llevar a todos la fe: "Confirma a tus hermanos en la fe ... Quien a ustedes escucha, a mí me escucha". Toda opinión personal, sea de un ente oficial o no, siempre será una verdad opinable, pues no entra en la categoría de verdad esencial. Nuestra verdad más grande es la que se refiere a la resurrección: "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también la fe de ustedes ... Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto". Por ello tiene sentido el seguimiento de Jesús y la atención que prestemos a la Iglesia como instrumento que Él mismo ha puesto para anunciar y hacer llegar a todos la verdad de su resurrección, de su amor y de la salvación que ha alcanzado para todos nosotros. Es un seguimiento que emprendieron los cristianos desde el principio, destacando entre ellos aquellos que se dejaron conquistar en las primeras de cambio por ese amor que se empezó a evidenciar en la obra incipiente de Jesús mientras estuvo físicamente entre los hombres, como el de aquellos primeros discípulos y aquellas mujeres fieles que sintieron la atracción inmediata del Redentor: "Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes". La aceptación de esas verdades fundamentales de nuestra fe no debe quedarse, por tanto, solo en un enriquecimiento de nuestro acerbo cultural, sino que debe apuntar a la asunción de la nueva vida que debe surgir en el cristiano que vive la resurrección. No se trata simplemente de afirmar que se cree en las verdades esenciales de la fe, sino que se asume el estilo nuevo que ello implica. Es, en definitiva, asumir la vida del resucitado en sí para vivir también como resucitados cada uno, como hombres nuevos, amados infinitamente por Jesús y salvados en su amor, para vivir la nueva vida de los hombres nuevos.