viernes, 12 de marzo de 2021

El Reino de Dios en el mundo es su amor en el corazón del hombre

 EVANGELIO DEL DÍA: Mc 12, 28b-34: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?.  | Cursillos de Cristiandad - Diócesis de Cartagena - Murcia

El cometido principal de la obra de Jesús es el establecimiento del Reino de Dios en el mundo. Es la instrumentación de aquello que Dios quiso desde el principio, al emprender su obra de creación, colocando al hombre en el centro de todo y llenándolo de su amor y de sus favores. El Reino de Dios es la presencia de Dios en el corazón del hombre que, al poseerlo plenamente, lo hará presente también en todas sus circunstancias vitales, en su entorno humano, invitando a todos a hacer lo mismo, a aceptar que Dios, en Jesús, sea el verdadero Rey de sus vidas. Ese Reino posee las mejores cualidades para la humanidad, pues tiene su fundamento en el amor. La identidad profunda de Dios dará la identidad profunda al mundo en el que Él es Rey. Esa obra que realiza Jesús con su encarnación, su entrega y su sacrificio en la cruz, pasa por crear las condiciones para que esa presencia de las cualidades del Reino se haga real. En los hombres debe darse una conversión auténtica, que haga deponer las actitudes contrarias a la verdad, a la vida, a la santidad, a la gracia, a la justicia, al amor, a la paz, que son propias del Reino de Dios. La propuesta de Dios para establecer su Reino se inicia con su presentación al hombre, en la búsqueda de que sea el mismo hombre el que prepare el terreno para el sí que esté dispuesto a dar. El Reino de Dios no es, de ninguna manera, una entelequia imaginaria propuesta como una utopía irrealizable. Es una verdad absolutamente real que depende de que el hombre se ponga del lado de procurar que se vaya haciendo cotidiana. Jesús mismo afirmó que era una realidad que ya estaba en medio del mundo: "El Reino de Dios ya está entre ustedes".

El sacrificio de Jesús, su entrega, su muerte en cruz y su resurrección, logra el perdón de los pecados de toda la humanidad. Ésta debe aceptar ese perdón y acercarse al Dios de amor para que ese perdón se haga realidad en su vida. Esa humanidad está llamada a aceptar a Dios, a recibir sus encomiendas, a aceptar vivir cumpliendo su voluntad convencida de que ese es el camino para alcanzar la felicidad y la plenitud añoradas. El hombre debe convencerse de que un camino distinto al que propone Dios, por lo tanto, un camino distinto al establecimiento del Reino en su corazón y en el corazón de todos, es un camino que no lo conducirá a esa felicidad que añora y que más bien, por el contrario, lo llevará a su total frustración. Cuando Israel, luego de sufrir en la oscuridad y en el dolor, se convence de que su situación es la consecuencia de haber elegido un camino distinto al que Dios proponía, recapacita y en ese resto significativo que quería ser fiel a Dios, se decide a retomar el camino justo. Esa decisión del pueblo atrae de nuevo la bendición de Dios: "'Curaré su deslealtad, los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de ellos. Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano. Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo, y su perfume como el del Líbano. Regresarán los que habitaban a su sombra, revivirán como el trigo, florecerán como la viña, será su renombre como el del vino del Líbano. Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos? Yo soy quien le responde y lo vigila. Yo soy como un abeto siempre verde, de mí procede tu fruto'. ¿Quién será sabio, para comprender estas cosas, inteligente, para conocerlas? Porque los caminos del Señor son rectos: los justos los transitan, pero los traidores  tropiezan en ellos". La determinación de conversión de Israel, atrae de Dios la promesa del establecimiento de su Reino de amor.

Como se ha afirmado, el Reino de Dios es Reino de amor. Por eso la principal cualidad que debe brillar es la del amor. De él se desprenderá todo lo demás. Sin el amor, no tiene sentido hablar de las otras cualidades del Reino. Para un discípulo que quiera profundizar en su fidelidad, esta debe ser la primera de las preocupaciones. La pregunta que debe surgir en su corazón es la de qué debe hacer para lograr que ese Reino llegue a su corazón. Cuál debe ser su primera obligación, por encima de todas las exigencias que existen en la fe. Por eso, aquel maestro de la ley se le acercó a Jesús a consultarle sobre el Mandamiento principal de todos. Jesús le hizo la simplificación más clara y auténtica que podía existir: "En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: '¿Qué mandamiento es el primero de todos?' Respondió Jesús: 'El primero es: 'Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser'. El segundo es este: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No hay mandamiento mayor que estos'". El Maestro de la ley luego hizo suyas esas palabras, las asumió y logró de Jesús el elogio por lo que había entendido: "'Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios'. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: 'No estás lejos del Reino de Dios'". El Reino de Dios es el amor en el corazón del hombre. Es lo que debemos procurar cada uno de los que queremos seguir a Jesús, para que se haga una realidad en nuestros corazones la presencia del Reino de Dios. Que el Reino de Dios esté presente en nuestras vidas nos colmará del amor de Dios y nos llenará de la felicidad más grande que jamás podremos imaginar.

jueves, 11 de marzo de 2021

Está planteada la guerra del mal contra el bien. Vencerá siempre el bien

 El dedo de Dios - Libro " Conociendo a mi amigo el Espíritu Santo

Desde que Luzbel se rebeló a Dios y se enfrentó a Él en aquella épica batalla angelical contra el ejército de Dios, liderado por Miguel, habiendo sido vencido y expulsado de su presencia, se plantea en la historia la guerra del mal contra el bien. Apenas tuvo la oportunidad, después de la creación del universo, y en él, del hombre, apareció para obnubilar al hombre y a la mujer y ponerlos también a ellos contra el Creador, haciendo que le dieran la espalda y prefirieran servirse a sí mismos, en el colmo del egoísmo, de la soberbia y de la vanidad, actitudes típicamente demoníacas, pretendiendo ser ellos mismos dioses que no dependieran ni sirvieran a uno mayor. En esa oportunidad el mal conquistó el corazón del hombre y con ello empezó la mayor tragedia para toda la humanidad, pues expulsó a Dios de su vida y atrajo para sí la desgracia de la ausencia del amor y de la esperanza de eternidad feliz. Sin embargo, el Dios todopoderoso y amoroso diseñó el plan de rescate de su criatura amada, lo puso en marcha inmediatamente y lo concretó tendiendo la mano al hombre a través de acciones y prodigios realizados por enviados que cumplían la misión de procurar un nuevo acercamiento al Dios del amor. Algunos hombres se percataron de su error y aceptaron esa mano tendida de Dios y se acogieron a ella. A pesar de las desgracias que sufría el pueblo, entendían que ellas eran fruto precisamente de esa lejanía que experimentaban por el servicio al mal que habían decidido. Y se convirtieron en ese resto fiel que servía de reclamo amoroso del Dios que los quería de nuevo a todos junto a Él. Y por eso, a pesar del rechazo de otros, Él seguía insistiendo una y otra vez, pues el amor es perseverante y no se cansa. La infidelidad del pueblo persistía y por ello seguían ganándose ellos mismos las desgracias que les venían.

La maldad provocada por el alejamiento del hombre hiere al amor y hace que se profundice la desgracia que se yergue sobre la humanidad. Dios quiere que el mismo hombre se haga consciente de ello y por eso sigue tendiendo la mano y envía sus emisarios que anuncian la superioridad de la vida cuando se está con Él, la experiencia inefable del amor y de la fraternidad, la compensación infinita que se tiene cuando la vida se desarrolla junto a Dios y en armonía con los hermanos: "Esto dice el Señor: 'Esta fue la orden que di a mi pueblo: 'Escuchen mi voz, Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo. Sigan el camino que les señalo, y todo les irá bien'. Pero no escucharon ni hicieron caso. Al contrario, caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado corazón. Me dieron la espalda y no la cara. Desde que salieron sus padres de Egipto hasta hoy, les envié a mis siervos, los profetas, un día tras otro; pero no me escucharon ni me hicieron caso. Al contrario, endurecieron la cerviz y fueron peores que sus padres. Ya puedes repetirles este discurso, seguro que no te escucharán; ya puedes gritarles, seguro que no te responderán. Aun así les dirás: 'Esta es la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. Ha desaparecido la sinceridad, se la han arrancado de la boca'". La obstinación de los malos es extrema y los mantiene en su decisión de servir al mal, en contra de las evidencias de su propia frustración al saberse lejos de Dios y de su amor. La vida, así, se convierte en la zozobra de la lucha por mantener la hegemonía, por procurarse los placeres mayores, por luchar por obtener bienes bajo cualquier método, por alcanzar una fama que los coloque por encima de todos. La experiencia de la alegría huye de la propia vida. Mucho más la del amor, pues el hombre se convierte en amante de sí mismo, sin tener de ninguna manera alguna compensación. Esta frenética carrera por satisfacerse a sí mismo no deja más que cansancio. Es urgente que llegue el momento en que el mismo hombre caiga en la cuenta de su absurdo y se decida por emprender una ruta diversa en la que sí encuentre las compensaciones espirituales que son esenciales para su felicidad.

Los servidores del mal pretenden aplicar los mismos criterios de acción a todos. Aquella guerra del inicio sigue planteada en los mismos términos. Así como fueron conquistados Adán y Eva, el demonio quiere seguir conquistando hombres y mujeres para él. Pero providencialmente también están los que no se dejan embaucar por sus cantos de sirena y saben que el camino de la verdadera felicidad nunca podrá ser el que aleje de Dios y de su amor. La guerra sigue vigente. Por eso el mal se atreve incluso a retar a Jesús: "En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo. Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: 'Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios'. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo". Él, con el mejor de los tinos, refuta estos pensamientos y pone las cosas en el orden que deben estar: "Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues ustedes dicen que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, los hijos de ustedes, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes". Satanás es vencido por Jesús en esa ocasión, y lo será siempre. Jesús ha venido a establecer la novedad del Reino de Dios en el mundo. Sus obras van anunciado la victoria del bien y la derrota definitiva del mal. Quien se alinee con el mal, será vencido y perderá la posibilidad de la felicidad eterna y de la experiencia inacabable del amor. Quien en esta guerra del mal contra el bien, se coloque del lado del bien, tendrá la mejor ganancia, pues obtendrá la plenitud de la vida y del amor y será feliz en su vida actual y para toda la eternidad.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Lo que da validez a toda ley es el amor a Dios y a los hombres

 Catholic.net - No he venido a abolir la Ley y los Profetas

En la mentalidad de quienes queremos ser seguidores de Jesús, pueden darse ocasiones en las que entremos en confusión. Los enfrentamientos de Jesús con los fariseos, con los escribas, con los sumos sacerdotes, con los maestros de la ley, en los que dejaba muy mal parados a aquellos que centraban la fidelidad a Dios, a la religión, solo en el cumplimiento externo de la ley mosaica, y así lo exigían a todos los fieles, cargando un yugo legal sobre los hombros del pueblo que ni siquiera ellos mismos eran capaces de soportar, logrando así una sumisión total a ellos como autoridades religiosas, "guardianes" de la fidelidad a Dios, sin importar su propio comportamiento, que no hacían más que sacar provecho interesado con esa manipulación y subyugación de ese pueblo sencillo, ponían en evidencia su intención malsana de dominio de la gente por intermedio del uso ilegítimo de las exigencias de la ley, aunque fueran inhumanas. Daría la impresión, con estos enfrentamientos de Jesús con ellos, que la ley debía pasar a un segundo plano, y dejar de ser la norma a seguir. Esta es la confusión que se puede generar en el creyente. ¿Se debe tener en cuenta la ley? ¿Hay que cumplir con el yugo que está impuesto desde el principio, el de la ley de Moisés, a pesar de que Jesús les echa en cara a las autoridades el uso ilegítimo que hacen de esas exigencias? ¿Los seguidores de Jesús siguen atados a las exigencias de los Mandamientos, a pesar de lo que ha dicho el mismo Jesús? Se debe responder con toda contundencia que sí. El enfrentamiento de Jesús con las autoridades no apunta al contenido de la ley, sino al uso que han hecho ellos para sacar provecho narcisista y lograr así el control sobre la voluntad del pueblo sencillo. Jesús lo que busca es colocar las cosas en su debido lugar.

Para el perteneciente al pueblo de Israel, la ley es una cuestión de honor. Para ellos el que Dios haya dado normas de conducta es un gran gozo, pues lo entendieron como la manera de mantenerse como pueblo de Dios, beneficiarios de un amor que estaba por encima de todo, receptores de las indicaciones para avanzar por el camino de encuentro con Dios, hechos partícipes de un pacto que se firmaba nada más y nada menos que con el Dios todopoderoso y providente, el cual los comprometía, como parte del pacto, a ser cumplidores celosos de la parte que les correspondía: "Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo les enseño para que, cumpliéndolos, vivan y entren a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de sus padres, les va a dar. Miren: yo les enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumplan en la tierra donde van a entrar para tomar posesión de ella. Obsérvenlos y cúmplanlos, pues esa es su sabiduría y su inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: 'Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación'. Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo les propongo hoy? Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos". La ley, en su origen para el pueblo de Israel era gala y orgullo. Jamás la entendieron como una imposición autoritaria de parte de Dios, sino más bien como la demostración fehaciente de su preferencia sobre los otros pueblos y de su amor por ellos. Vivir bajo esas normas de amor era una cuestión de sabiduría y de orgullo religioso.

Por eso Jesús, para evitar la confusión entre los discípulos, que habían sido testigos de todas las ocasiones en las que Él se enfrentó a las autoridades religiosas de la nación, insistiendo en la necesidad de colocar al hombre en el centro de todo, pues para él fueron declarados los mandamientos, por lo cual nunca la ley podía colocarse por encima del bien del hombre, ya que si fuera así sería inútil, vio necesario hacer la aclaratoria sobre la vigencia de la ley, bajo la perspectiva del amor y de la búsqueda del bien del hombre. Para Jesús, la ley tenía que estar sondeada por el amor a Dios y al hombre, pues la ley sin amor es simplemente dictadura, yugo, hegemonía, autoridad vil que busca simplemente someter y subyugar. En la comprensión de los cristianos debe estar siempre entendido que la ley debe apuntar a señalar el camino para el encuentro con Dios y con su amor, y para la experiencia de fraternidad entre los hombres, basada también en el amor mutuo. Si existiera una ley que hiera al hombre, que busque dañar a la vida, que pretenda impedir el encuentro del hombre con Dios, que busque enfrentar a los hombres entre sí, sería una ley ilegítima y no tendría ningún fundamento de validez, por lo cual puede ser simplemente rechazada y nadie estaría obligado a cumplirla. Al contrario, la obligación de los fieles sería combatirla hasta hacerla desaparecer. Las palabras de Jesús en referencia a la ley de Dios, surgida desde su amor, refrendan su absoluta validez: "No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos". La plenitud que viene a dar Jesús a la ley es la plenitud del amor. La ley, así, es la indicación que nos deja Dios en el camino para avanzar por la ruta hacia la plenitud que alcanzaremos, en la que la única ley será la del amor eterno.

martes, 9 de marzo de 2021

Jesús nos enseña a ser misericordiosos y justos como nuestro Padre Dios

 No debías tener compasión de tu compañero, como yo tuve de ti? - ReL

Dios es infinitamente misericordioso.Y es también infinitamente justo. Ambas cualidades las ejerce plenamente. No son de ninguna manera contradictorias. Al contrario, son complementarias. Muchas veces intentamos contraponerlas, como queriendo poner a Dios en un apuro, cuando le exigimos que sea justo con los malos, castigándolos y dándoles el escarmiento que se merecen y que se han ganado por su mala conducta. Está claro que Dios no se niega a ser justo, pues está en su esencia serlo. Pero sí es cierto que en el caso de conflicto entre el ser misericordioso y el ser justo, si se dan las condiciones para que así sea, siempre se decidirá por la misericordia. Tal como nos dice el salmo: "La misericordia vence sobre la justicia", pues el Dios del amor, en línea con su identidad profunda, nunca podrá negar lo que es. Dios es amor, y la misericordia es la manera sublime en que ese ser amor se pone en práctica. La justicia, sin duda, es también una expresión del amor y de la misericordia, por cuanto es el tomar partido en contra del injusto y a favor de quien sufre indignamente la injusticia que comete la maldad y sus servidores. Por ello, nunca habrá conflicto entre la misericordia y la justicia. Más aún, finalmente no será Dios quien tome la decisión sin percatarse de las acciones de las partes, sino que simplemente usará aquella de la que se han hecho acreedores los mismos hombres con su conducta. El amor, la misericordia, el perdón, la justicia, surgirán de Dios solo cuando Él se haya percatado de qué es lo que merecen los actos del hombre. En cierto modo, la decisión no corresponde a Dios, sino al hombre que se gana o no cada una de ellas. Dios dará de acuerdo a aquello para lo que el hombre haya preparado el terreno. La fuente siempre será Dios, pero la llave la tiene el corazón del hombre. Percatarnos de esto es fundamental para nosotros, por cuanto de ello dependerá nuestra justificación y finalmente nuestra salvación. Gozar de la dulzura del perdón, que es el amor transformado en misericordia, dependerá de nuestro reconocimiento humilde del pecado y de nuestra determinación de cambio. Y así, daremos un paso más adelante en el seguimiento del ejemplo que nos da Dios y que se hizo aún más patente en Jesús, haciéndonos nosotros también misericordiosos con nuestros hermanos, como Jesús lo fue desde la Cruz. Así como Él perdonó a sus agresores, la misma disposición debe haber también en nosotros. Es lo que nos comprometemos a hacer cada uno cuando reza el Padrenuestro: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". La condición la ponemos nosotros mismos.

En atención a esa esencia de amor que se transforma en misericordia, respondiendo al reconocimiento del pecado y al arrepentimiento, Israel, en el peor momento de su historia, cuando ha sido expulsado de la tierra prometida y es obligado a adorar ídolos, recurre al Dios todopoderoso, que es además Dios de amor y de misericordia, para que se conduela de su pueblo elegido y se ponga a su favor, liberándolo del yugo que se había ganado por su infidelidad. La oración de uno de los jóvenes en el horno de fuego al que habían sido lanzados para morir, es la súplica esperanzada, ya en el último momento de la tragedia, elevada a Dios para que alce su mano en favor de todos: "Ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que este sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos, y buscamos tu rostro; no nos defraudes, Señor; trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor". El recurso final es el de la esperanza en el poder misericordioso de ese Dios que no deja defraudado: "Los que en ti confían no quedan nunca defraudados". Tarde o temprano Dios dará su favor a quien está a sus pies arrepentido solicitando su amor.

Esta actitud de Dios es la actitud que quiere que tengamos todos. Jesús enseña a sus discípulos esta conducta y se la exige a todos. Pedro, haciéndose seguramente voz de la inquietud de todos, le pregunta a Jesús hasta cuándo se debe perdonar: "Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?" La respuesta de Jesús es clarísima: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete". Para Pedro, y para cualquier humano, perdonar siete vez es casi un heroísmo inalcanzable. Pero Jesús pone la medida más allá de lo heroico, no en lo común. Setenta veces siete, siguiendo la numerología bíblica, significa siempre. No debemos dejar de perdonar nunca. La justicia que exige compensación, manteniéndose vigente, da paso a la misericordia, cuando hay la disposición a la conversión auténtica. El ejemplo lo pone el mismo Jesús en la parábola del administrador injusto que les relata. El señor le perdonó, pero este no fue capaz de perdonar. Por eso se le aplica la justicia. Al no perdonar, cerró las puertas al perdón que había recibido y fue castigado, cumpliéndose así la justicia que le correspondía. La actitud del cristiano debe ser siempre con la tendencia al perdón. Como Jesús perdonó desde la Cruz, como su gesto de entrega y de muerte fue la donación del perdón para todos los pecados de todos los hombres, todos debemos seguir sus pasos. Nosotros mismos ponemos la condición al rezar el Padrenuestro. Si lo rezamos convencidos de que es la oración que nos corresponde siempre hacer como hijos de Dios, debemos asumir el compromiso de perdonar, pues es la condición para recibir el perdón nosotros mismos. La sentencia final de la parábola es determinante: "Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano". Somos nosotros los que abrimos las puertas para el perdón. O los que las cerramos. Dios es infinitamente misericordioso. Pero es también infinitamente justo. Nosotros decidimos qué queremos que sea con nosotros mismos.

lunes, 8 de marzo de 2021

Nadie tiene la exclusividad de la salvación

 Naaman. | Conforme a Dios

El anuncio y la obra del amor de Jesús para la salvación de los hombres es totalizante. Cada una de las palabras y las obras que realiza van dejando claro que la intención del Padre es lograr que todos los hombres alcancen la salvación. Para ello, el Padre ha estado dispuesto a entregar a su Hijo, asumiendo éste la humanidad a la que tenía que rescatar como segunda naturaleza y corriendo a su vez voluntariamente con todas las consecuencias que acarreaba este paso. La historia de la salvación nos coloca en la comprensión del compromiso que asume el Padre con la humanidad desde el principio -"Un descendiente de la mujer te pisará la cabeza"-, envía a su Hijo para que desde dentro mismo de la humanidad realice la obra salvadora -"Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros"-, y el mismo Hijo de Dios acepta el encargo en favor de sus hermanos -"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"-. No hay paso que dé Dios que no vaya en función de lograr el rescate de aquel al que ha creado y que ha sostenido en su amor, pues su meta es que el hombre esté con Él, aceptando ser suyo, dejándose amar y respondiendo con el mismo amor, viviendo comunitaria y solidariamente en el amor con los otros hombres, hasta llegar a la plenitud total en una eternidad en la que solo se viva el amor y la felicidad junto a Él. En función de este plan diseñado por Dios, que se puede explicar solo desde el amor, Él emprende toda esta historia nuestra para impulsarnos a llegar a esa meta que ha establecido para todos los hombres. Es un plan que engloba todo lo que toca al hombre: El sentido espiritual de su existencia, tratando de disuadirlo de su amor al crearlo y sostenerlo en el mundo, al poner en sus manos todo lo necesario para su existencia, haciendo que todo confluya para su bien, colocándolo en medio de una familia de hermanos que solidariamente buscará avanzar en el logro de metas para una vida mejor; y el sentido material de ella, haciendo que los bienes que procura sean siempre para todos, evitando el egoísmo malsano que atenta contra la fraternidad, avanzando en logros técnicos y científicos que faciliten la vida, respetando el medio ambiente de su casa que es el mundo. Y esto, lo quiere para todos los hombres. No hay exclusión de nadie. Dios lo quiere para todo el hombre y para todos los hombres.

Para Israel esta idea de la salvación de toda la humanidad no estaba muy clara. Yahvé era el Dios de Israel, e Israel era el pueblo de Dios. Para muchos esto significaba que los únicos beneficiarios de las acciones de Dios iban a ser ellos, su pueblo elegido. Al punto de que llegaron a confundir el favor de Dios como la procura de una superioridad hegemónica sobre todos los demás pueblos. El Dios de los israelitas haría que todos los pueblos de alrededor, particularmente sus pueblos enemigos, fueran subyugados y quedaran bajo el dominio del pueblo de Dios. Israel sería el primero de todos los pueblos y todos los demás quedarían bajo su dominio y a su servicio. Aun así, nos encontramos en el Antiguo Testamento algunas insinuaciones con las que el Señor desmentía esta idea de los israelitas. En los salmos y en los profetas existen expresiones que afirman la universalidad de la salvación de Dios. Y algunos acontecimientos también destacan la no exclusividad del favor de Dios con el pueblo de Israel. El caso de Naamán el sirio es emblemático de esto. Un servidor de un país extranjero recibe la curación de su lepra por la obra del Dios de Israel. A pesar de que no está convencido de aquello que le invita a realizar el profeta Eliseo, a instancias de sus acompañantes obedece y logra la sanación que solicitaba: "'Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: Lávate y quedarás limpio!' Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio". No era un israelita el que recibía la salud. Era un pagano, perteneciente a otro pueblo el que la recibía. El favor de Dios no está limitado. Su poder y su amor son infinitos y no están restringidos para nadie.

Esta idea de la universalidad de salvación fue tomando cuerpo cada vez más importante en la fe de los judíos. Aun cuando en el tiempo de Jesús todavía quedaban algunos ultranacionalistas reticentes, Él se encargó de echar por tierra esa idea. Él mismo hizo maravillas delante de todos en favor de extranjeros que se le acercaban implorando alguna gracia. Se atrevió a poner como ejemplo de bondad a algún extranjero, que llegaba a comportarse incluso mejor que muchos miembros del pueblo, como es el caso del buen samaritano de la parábola. Y en sus diatribas con los judíos los enfrentaba haciéndoles caer en la cuenta de que no había exclusividad para ellos en la intención salvífica de Dios. Su deseo era ser aceptado como el Salvador de todos, incluso de aquellos que no pertenecían a Israel. Se dolía Jesús de no ser aceptado por los suyos y mostraba su frustración poniendo a su vista los testimonios de aquellos extranjeros que sí se acercaron a Dios convencidos de que Él pondría su amor y su poder a su favor, cosa que sus paisanos no eran capaces de hacer. Estos enfrentamientos en los cuales Jesús dejaba en evidencia la reticencia de los suyos, fueron causa de que se sintieran señalados y frustrados, no pensando otra cosa que quitarlo de en medio: "'En verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo asegurarles que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio'. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino". En vez de hacer revisión de su conducta, buscan eliminar a Jesús, eliminando así aquello que los ponía en evidencia. Los hombres, en vez de mirarnos hacia dentro, miramos a los lados, buscando culpables inexistentes de nuestras conductas que nos alejan de Dios y de su amor. Ojalá seamos capaces de dirigir nuestra mirada hacia dentro, hacia nuestro corazón, aceptando que Dios nos quiere salvar a todos, procurando nuestra conversión, y aceptando que nos quiere salvar integral y universalmente, porque nos ama a todos por igual.

domingo, 7 de marzo de 2021

Dios no nos "debe" nada. Nos ha regalado todo su ser y todo su amor

 Formación Pastoral para Laicos: Jesús expulsa a los mercaderes del Templo

En nosotros los hombres existe siempre una tentación muy fuerte en referencia a la relación con Dios. Creemos que podemos llegar a "dominar" a Dios, al punto que pretendemos manipularlo logrando su favor por algunas acciones buenas que cumplimos, con lo cual llenaríamos la "cuota" que lo satisface, por lo que Él ya no tendría otra opción que concedernos el beneficio de lo que le pedimos. Es una práctica antiquísima, pero no por eso en desuso, pues hoy nos encontramos con miles de cristianos que aún mantienen esta mentalidad de pretensión de dominio sobre la voluntad divina. Las famosas cadenas de oración o de acciones que prometen lograr una meta específica, "arrancándole" a Dios su favor, son una muestra de esto. Son signo de una fe totalmente inmadura, que no ha comprendido la forma de acción de Dios ni de su amor, ni la necesidad de una fidelidad radical a su voluntad, lo que hará que podamos recibir los beneficios, no como "premios" que nos concede Dios por buena conducta, sino como consecuencia natural de la misma fidelidad que mostramos a Dios y a su amor. Por eso Dios ha considerado necesario "regular" nuestra relación con Él y con los hermanos, precisamente para evitar estos equívocos tan frecuentes y tan arraigados en la humanidad. Los Mandamientos que Dios da al pueblo son la demostración del amor del Señor que quiere que el hombre tenga claro cómo debe ser su relación con Él y entre ellos. No son prohibiciones impuestas, sino luces que el Señor pone en el camino de los hombres para iluminar el camino, de manera que la ruta se haga expedita hacia su amor. Son señales que nos van indicando cuál es el itinerario a seguir para ir avanzando hacia la plenitud. No podemos pensar que sean fruto de un Dios caprichoso que quiere confirmar su supremacía sobre todo, en particular sobre el hombre. Son fruto de un Dios que ama y que indica el camino correcto para poder vivir en plenitud los beneficios de ese amor. Después de exigir colocarlo a Él en el primer lugar de todo, indica cómo debe ser la relación entre los hermanos: "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo". El amor, de esta manera no puede ser expresado solo hacia Dios, sino que deberá ser manifestado también claramente en la relación con los hermanos. No hay confusión posible, entonces, para justificar el equívoco de pretender manipular a Dios.

El ejemplo en este sentido nos lo ha dado el mismo Jesús. La pretensión de dominio sobre Dios parte de la idea de que Dios es manipulable, de que la búsqueda de beneficios personales sin importar el beneficio que se le debe a los demás, no tiene nada que ver con la relación que se pueda tener con Dios. Una cosa no quitaría la otra. Se podría pretender mantener una buena relación con Dios sin importar la relación con los hermanos. Jesús, con su acción, nos dice que esto es totalmente imposible. Siendo Dios, mantuvo una relación de intimidad profunda con el Padre y llevó al culmen esa relación con su entrega en favor de los hombres, por encima de las convenciones que afirmaban que no tenía sentido lo que hacía. La mayor expresión de su fidelidad a la voluntad divina la realizó en la entrega en favor de los hombres, sus hermanos, para rescatarlos del pecado y de la muerte. No permitió que su condición de Dios lo sustrajera de la manifestación del mayor amor por el hombre que venía a rescatar: "Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres". La mayor ignominia sufrida por Jesús, su muerte en cruz, no fue un acto que estuviera fuera de lo que Dios exigía para el rescate de la humanidad. Esa redención hubiera podido haber sido hecha de cualquier otra manera, pero Jesús la asumió de la forma más clara de demostración de amor, negando lo que había en la mentalidad de los "manipuladores" de Dios, que exigían demostraciones de poder o de sabiduría infinitos. La que decidió hacer Jesús fue la de la mayor humildad por amor a la humanidad.

En esa búsqueda de impedir esa mentalidad del hombre que pretende el dominio sobre Dios, manipularlo y manejarlo a su antojo, nos encontramos con el episodio de Jesús enfrentándose con los mercaderes en el templo. Habían convertido a Dios en una mercadería más, de la que podían sacar provecho. El templo era un mercado de compra-venta, en el que se tenía más ventaja si se ofrecía más. Para Dios bastaría una buena oferta para cumplir la voluntad del oferente. En este sentido, se puede entender que Dios fuera un servidor de la moneda, casi un ídolo más al que había que ofrecer el propio sacrificio monetario para lograr su favor. No se diferencia mucho de lo que hoy pretenden tantos "cristianos", que ofrecen a Dios sus "sacrificios" para hacerse de sus favores. Jesús, evidentemente, reacciona ante esta mentalidad. Él no ha venido a rescatar al hombre a cambio de sus dádivas. En todo caso, la única dádiva que exige es la del corazón rendido a su amor. Y por eso se molesta cuando los hombres no terminan de entender esto y se empeñan en seguir un camino que buscaría ventajas o "pagos" generosos de parte de Dios. El amor de Dios es gratuito, máxime cuando lo que pide es que se haga lo que ha sido establecido como su voluntad de donar la plenitud a quien se mantenga a su lado: "'Quiten esto de aquí: no conviertan en un mercado la casa de mi Padre'. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: 'El celo de tu casa me devora'. Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: '¿Qué signos nos muestras para obrar así?' Jesús contestó: 'Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré'. Los judíos replicaron: 'Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?' Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre". Nuestra vida como discípulos no puede estar basada en la pretensión de que Dios nos deba algo y podamos manipularlo para lograr que nos lo conceda. Debe estar basada en el reconocimiento de un amor que no tiene parangón, que nos pide que nos mantengamos junto a Él, y que demostremos el amor que le tenemos, amando a los hermanos que Él mismo ha puesto en nuestras manos para conformar la gran familia de los que aman a Dios.