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viernes, 12 de marzo de 2021

El Reino de Dios en el mundo es su amor en el corazón del hombre

 EVANGELIO DEL DÍA: Mc 12, 28b-34: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?.  | Cursillos de Cristiandad - Diócesis de Cartagena - Murcia

El cometido principal de la obra de Jesús es el establecimiento del Reino de Dios en el mundo. Es la instrumentación de aquello que Dios quiso desde el principio, al emprender su obra de creación, colocando al hombre en el centro de todo y llenándolo de su amor y de sus favores. El Reino de Dios es la presencia de Dios en el corazón del hombre que, al poseerlo plenamente, lo hará presente también en todas sus circunstancias vitales, en su entorno humano, invitando a todos a hacer lo mismo, a aceptar que Dios, en Jesús, sea el verdadero Rey de sus vidas. Ese Reino posee las mejores cualidades para la humanidad, pues tiene su fundamento en el amor. La identidad profunda de Dios dará la identidad profunda al mundo en el que Él es Rey. Esa obra que realiza Jesús con su encarnación, su entrega y su sacrificio en la cruz, pasa por crear las condiciones para que esa presencia de las cualidades del Reino se haga real. En los hombres debe darse una conversión auténtica, que haga deponer las actitudes contrarias a la verdad, a la vida, a la santidad, a la gracia, a la justicia, al amor, a la paz, que son propias del Reino de Dios. La propuesta de Dios para establecer su Reino se inicia con su presentación al hombre, en la búsqueda de que sea el mismo hombre el que prepare el terreno para el sí que esté dispuesto a dar. El Reino de Dios no es, de ninguna manera, una entelequia imaginaria propuesta como una utopía irrealizable. Es una verdad absolutamente real que depende de que el hombre se ponga del lado de procurar que se vaya haciendo cotidiana. Jesús mismo afirmó que era una realidad que ya estaba en medio del mundo: "El Reino de Dios ya está entre ustedes".

El sacrificio de Jesús, su entrega, su muerte en cruz y su resurrección, logra el perdón de los pecados de toda la humanidad. Ésta debe aceptar ese perdón y acercarse al Dios de amor para que ese perdón se haga realidad en su vida. Esa humanidad está llamada a aceptar a Dios, a recibir sus encomiendas, a aceptar vivir cumpliendo su voluntad convencida de que ese es el camino para alcanzar la felicidad y la plenitud añoradas. El hombre debe convencerse de que un camino distinto al que propone Dios, por lo tanto, un camino distinto al establecimiento del Reino en su corazón y en el corazón de todos, es un camino que no lo conducirá a esa felicidad que añora y que más bien, por el contrario, lo llevará a su total frustración. Cuando Israel, luego de sufrir en la oscuridad y en el dolor, se convence de que su situación es la consecuencia de haber elegido un camino distinto al que Dios proponía, recapacita y en ese resto significativo que quería ser fiel a Dios, se decide a retomar el camino justo. Esa decisión del pueblo atrae de nuevo la bendición de Dios: "'Curaré su deslealtad, los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de ellos. Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano. Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo, y su perfume como el del Líbano. Regresarán los que habitaban a su sombra, revivirán como el trigo, florecerán como la viña, será su renombre como el del vino del Líbano. Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos? Yo soy quien le responde y lo vigila. Yo soy como un abeto siempre verde, de mí procede tu fruto'. ¿Quién será sabio, para comprender estas cosas, inteligente, para conocerlas? Porque los caminos del Señor son rectos: los justos los transitan, pero los traidores  tropiezan en ellos". La determinación de conversión de Israel, atrae de Dios la promesa del establecimiento de su Reino de amor.

Como se ha afirmado, el Reino de Dios es Reino de amor. Por eso la principal cualidad que debe brillar es la del amor. De él se desprenderá todo lo demás. Sin el amor, no tiene sentido hablar de las otras cualidades del Reino. Para un discípulo que quiera profundizar en su fidelidad, esta debe ser la primera de las preocupaciones. La pregunta que debe surgir en su corazón es la de qué debe hacer para lograr que ese Reino llegue a su corazón. Cuál debe ser su primera obligación, por encima de todas las exigencias que existen en la fe. Por eso, aquel maestro de la ley se le acercó a Jesús a consultarle sobre el Mandamiento principal de todos. Jesús le hizo la simplificación más clara y auténtica que podía existir: "En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: '¿Qué mandamiento es el primero de todos?' Respondió Jesús: 'El primero es: 'Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser'. El segundo es este: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No hay mandamiento mayor que estos'". El Maestro de la ley luego hizo suyas esas palabras, las asumió y logró de Jesús el elogio por lo que había entendido: "'Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios'. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: 'No estás lejos del Reino de Dios'". El Reino de Dios es el amor en el corazón del hombre. Es lo que debemos procurar cada uno de los que queremos seguir a Jesús, para que se haga una realidad en nuestros corazones la presencia del Reino de Dios. Que el Reino de Dios esté presente en nuestras vidas nos colmará del amor de Dios y nos llenará de la felicidad más grande que jamás podremos imaginar.

viernes, 28 de marzo de 2014

Debes dar muestras de tu conversión

La conversión necesaria para recibir el perdón de los pecados es una acción que debe ser, podríamos decir, "verificable". Cuando hacemos balance de nuestra vida, y en ella encontramos, con seguridad, muchas cosas buenas, debemos agradecer a Dios que su Gracia nos ha dado la capacidad que necesitamos para alcanzar esos puntos. Ciertamente, nosotros también ponemos de nuestra parte, porque por nuestra inteligencia y voluntad el Señor nos ha enriquecido para que podamos discernir correctamente el bien del mal. Cuando nos decidimos por el bien, estamos poniendo a funcionar esa capacidades que son don de Dios. Además de la ayuda divina por su Gracia, nosotros también ponemos de nuestra parte. Nuestra voluntad se decide por el bien que le presenta la inteligencia. De esa manera, podemos afirmar que nosotros mismos "nos damos testimonio" de que sí se puede avanzar por el camino del bien.. Pero, lamentablemente, en ese balance seguramente encontraremos también cosas malas, que nos avergüenzan cuando hacemos un examen de conciencia en la presencia de Dios, y de las cuales nos arrepentimos. Son esas cosas las que debemos poner en las manos de Dios para que las borre y las convierta en Gracia que nos santifique. Es lo que decía San Agustín: "Dios saca cosas buenas de lo malo del hombre".

En el Catecismo se enseña que para realizar una buena confesión hay que llenar varios requisitos: Examen de Conciencia, Dolor de Corazón, Propósito de Enmienda, Confesión y Penitencia... Cada uno de estos pasos es esencial. Si falta uno solo de ellos es absurdo acercarse a confesar los pecados en el Sacramento de la Penitencia. No se lograría de esa manera el perdón, aunque el Sacerdote pronuncie la fórmula de absolución... En este proceso del perdón es esencial el arrepentimiento, que implica necesariamente la conversión, es decir la firme intención no sólo de no caer otra vez en las mismas fallas o debilidades, sino la de hacer exactamente lo contrario. Es decir, no basta sólo con evitar el pecado, sino que es necesario buscar el bien, hacerlo y procurarlo para todos...

Es lo que enseña Dios a su pueblo Israel, cuando le dice: "Preparen su discurso, vuelvan al Señor y díganle: "Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios. No nos salvará Asiria, no montaremos a caballo, no volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos. En ti encuentra piedad el huérfano". El reconocimiento de lo malo que ha hecho Israel es definitivamente esencial para lograr incluso acercarse a Dios para demostrarle la intención de cambio."No volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos", es la dolorosa verificación que hace Israel de su bochornosa conducta de sustitución de Dios por los ídolos que ellos mismos se construían. La constatación final es la confirmación de la intención firme de avanzar por otras rutas: "Rectos son los caminos del Señor: los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan en ellos". El arrepentido que asume la conversión como camino de salvación, asume que el camino que se debe andar es el de Dios, que es recto, por el cual caminan los justos...

La conversión es, de esta manera, un gesto que se debe verificar en los actos propios de quien se convierte. Quien se había sumido en el odio, debe avanzar ahora en el amor. Quien había destruido la fraternidad, debe ahora construir puentes hacia todos los hermanos. Quien se había hecho esclavo de la violencia, debe ahora sembrar la semilla de la paz. Quien se había dejado dominar por el materialismo, debe impregnar su vida de la dependencia exclusiva de Dios. Quien había sucumbido ante los placeres, debe ahora demostrar el dominio de sí mismo, el respeto a su propio cuerpo como templo desde el cual glorificar a Dios... La conversión no es una simple "declaración de intenciones", sino que debe ser demostrada y vivida en lo concreto, en los pensamientos y conductas, en las actitudes y los gestos. La santidad es algo que debe verse, no porque se quiere dar un "espectáculo", sino porque es imposible no dejarla traslucir al exterior...

La medida de esa conversión es la medida del amor, que es infinito. Es el resumen que da Jesús de la Ley. Nada importa más que el amor. En nuestra vida de fe, si queremos de verdad vivir la santidad, debemos vivir en el amor, que es la característica fundamental de todo cristiano. No es cristiano quien no ama. Ni siquiera es cristiano quien vive el amor sólo a medias, dejándolo llegar sólo a los más cercanos, a los conocidos, a los amigos, a los familiares. El amor debe invadirlo todo. No en un sentimentalismo que las más de las veces es infértil, infecundo, absurdo y nulo, pues se queda sólo en la periferia. Es el amor del querer bien, de la benevolencia, de la donación, de la oblación. Es el amor del darse plenamente al otro, aunque yo no vaya a sacar ningún  provecho de ello, que se siente satisfecho sólo en eso. La compensación con la que el amor se siente plenamente satisfecho es la del acto de amar en sí mismo. Quien ama se siente feliz y plenamente compensado porque sabe que está haciendo lo de debe, lo que es lo definitorio de su esencia. El cristiano se define por el amor que vive, no por el esfuerzo que hace por evitar el mal...

Jesús dice, al hablar del mandamiento más importante: "El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que éstos". Convertirse es vivir de tal manera convencido de esta exigencia, que deja de ser simplemente un mandamiento para convertirse en estilo de vida. El convertido lo asume como su marca de fábrica, como el camino que debe recorrer y como la meta a la cual debe apuntar siempre... Delante de Dios no podemos quedarnos sólo en la manifestación del dolor por haberlo ofendido, sino que nuestro deseo de agradarle debe apuntar a una verdadera conversión en la que se evite de nuevo el pecado, pero que vaya más allá, y se asuma que es el amor el que debe impregnar todo el ser y todas las conductas, y elevar al hombre al nivel de Dios, que es quien vive esencialmente en el amor, porque Él mismo es Amor...