lunes, 7 de octubre de 2019

María, mereces que te diga que te amo

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"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." Estas palabras de la Virgen María cambiaron la historia de la humanidad. Esta disponibilidad de nuestra Madre hizo que se abrieran las puertas del cielo para que pudiera entrar a la tierra el Hijo de Dios, el Verbo eterno del Padre, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Por ella se cumplía la promesa antiquísima del Padre, por la cual "un descendiente de la mujer te pisará la cabeza", como se lo advirtió a la serpiente, que representaba al demonio, el príncipe del mal. La mujer, por la que había entrado el pecado en el mundo, restañaba así su responsabilidad. Por Adán y Eva entraba el mal en el mundo. Ahora, por Jesús y María, el bien hacía presencia y comenzaba su batalla contra el mal, que quedará totalmente vencido en la Cruz y en la Resurrección del cuerpo de Aquel que tomaba carne, en ese momento, de la mujer más bella de la historia. La Virgen es la mujer que plantará cuerpo ante el demonio, es Aquella que ha sido declarada desde el principio la contendiente perfecta contra el mal. "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Un descendiente de ella te pisará la cabeza". Es el resumen perfecto de la historia de salvación que empieza a escribirse desde el mismo momento del primer pecado de la humanidad.

María es el prototipo de la humanidad redimida. Ella es el compendio de todas las gracias que recibimos y que recibiremos. Ella es la llena de Gracia, pues desde el primer momento de su existencia fue preservada del pecado. Se requería que el lugar en el cual se iba a hacer carne el Redentor, fuera absolutamente limpio, inmaculado. La prefiguración del Arca de la Alianza nos anuncia que Ella será inviolada. Que solo la figura del Sumo Sacerdote, representación de Jesús, puede entrar en Ella. Y que solo Él puede habitar en su seno. La carne que Ella da al Hijo de Dios que viene al mundo es carne santa, libre de toda mancha. Así será la Iglesia redimida y cada hombre redimido. Ella es la primera en avanzar por las rutas de la plenitud que está reservada para todos nosotros. Ella vive anticipadamente todas las bendiciones que viviremos los hombres redimidos. Sabemos que ese será nuestro camino porque ya la Virgen ha caminado por ellos. Ella no solo abre las puertas del cielo para que entre el Mesías Redentor, sino que las abre también para que todos podamos entrar al cielo, siguiendo las huellas de quien ya está disfrutando de la plenitud del amor y de la felicidad junto a su Hijo, junto al Padre y junto al que es el Amor, el Espíritu Santo.

No es María una actriz pasiva de esta obra en la que el protagonista es el Padre, que envía a su Hijo para satisfacer por los pecados de la humanidad. No es Ella un simple instrumento inactivo que "utiliza" el Padre para su finalidad. Ella es plenamente activa. Por ello el Arcángel Gabriel, antes de que Dios realizara su obra en María, requiere de su asentimiento. Y Ella, con plena libertad y en uso de todas sus facultades, quiere conocer detalles de esa obra que Dios pretende realizar en Ella. "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?", es la pregunta razonable de quien no es un simple objeto que Dios usa para sus intereses. Su deseo es saber, es conocer, para que el Sí que pueda dar sea plenamente consciente y asumiendo todas sus consecuencias. Ella asume su Sí ahora, y luego, cuando le es vaticinado el sufrimiento al que será sometida por ser la Madre del Redentor. "Una espada de dolor atravesará tu corazón". La obra que está aceptando en Ella, tiene consecuencias terribles para la Madre que verá a su Hijo sufrir lo indecible, hasta la muerte. Ella vivirá también su pasión particular, cuando vea a su Hijo vivir la Pasión universal. Acompañará con el corazón destrozado a su Hijo en su Pasión, será testigo de todo su sufrimiento y del ensañamiento en su contra de los hombres que lo asesinarán, lo verá clavado en la Cruz en agonía terrible antes de su muerte, sentirá en lo íntimo de su ser el último aliento que lanza, contemplará su cuerpo sin vida pendiente de la Cruz, y lo acunará exánime en sus brazos al descenderlo. El Sí de María es su asentimiento a la unión perfecta a la obra de su Hijo. Con Él, Ella dice también "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". La voluntad de Dios es la salvación de los hombres por la entrega de su Hijo. "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo para que todo el que crea en Él no perezca". María se hace eco de estas palabras del Padre. Las palabras que pronuncia la Madre son las mismas que la del Padre. También Ella entregó por amor a Dios y a la humanidad a su propio Hijo para la salvación del mundo.

Por eso, los hombres no podemos más que estar agradecidos a nuestra Madre María, por su obra tan importante en toda la gesta redentora de su Hijo. Ella es esencial en el plan de redención que había diseñado Dios para los hombres. La mujer es parte sustancial de esta obra. Ella asegura la plena humanidad de quien tenía que hacerse hombre para asumir plenamente la naturaleza que había de ser redimida. Como dijeron los sabios teólogos, "lo que no es asumido, no es redimido", con lo cual se establecía la necesidad de que Dios hubiera asumido realmente nuestra humanidad para realmente redimirnos. Eso lo aseguró el Sí de María. Por eso algunos, sin entrar en mayores implicaciones teológicas, le dan el título de "Corredentora", ciertamente no en el grado en que lo hace su Hijo, pero sí en el grado de la colaboración absoluta y necesaria en la que está implicada. Como hijos de Dios, y como hijos de María, nuestro corazón debe estar agradecido a esta instrumentalidad activa y eficaz de María. Por eso la saludamos continuamente y le expresamos nuestro amor. Así como a nuestra madre de la tierra le confesamos continuamente nuestro amor, también a nuestra Madre del cielo, la que nos regaló Jesús desde la Cruz como donación póstuma segundos antes de morir, tenemos el derecho de decirle que la amamos profundamente. Nuestro corazón filial reconoce en Ella a quien sirvió a Dios para alcanzarnos la vida nueva que nos regalaba su Hijo.

Eso es el Rosario. Una repetición continua de nuestra confesión de amor a nuestra Madre. Así como no nos cansamos de decirle a nuestra madre terrena que la amamos, tampoco lo hacemos con nuestra Madre del cielo. La oración litánica del Santo Rosario no es repetición robótica y sin sentido. Es invitación a entrar en un clima de afectividad inacabable, en el cual acompañamos a nuestra Madre que nos lleva de su mano a recorrer los misterios de la vida de su Hijo y a agradecerle con amor el que Ella los haya posibilitado. Es hacer lo mismo que hacía una niña pequeñita, que no sabía aún rezar el Rosario, pero que deseaba manifestarle a María su amor. Imitando a los adultos que pasaban las cuentas del Rosario, ella las pasaba y en cada cuenta le decía a María: "Mamita te quiero, mamita te amo". Ese es el sentido de la oración del Santo Rosario. Confesarle a María nuestro amor, agradecerle que se haya prestado tan profundamente a la obra de amor de Dios, reconocer su parte en la obra redentora, y dejarse tomar por su mano suave, amorosa, maternal, para que nos conduzca con Ella al sitio donde se encuentra su Hijo. Por eso, repetirle incansablemente con aquella niñita: "Mamita, te quiero, mamita, te amo..."

domingo, 6 de octubre de 2019

Dame fe, Señor, y comprenderé quién eres y quién soy

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La petición que hacen los apóstoles a Jesús, en este momento de intimidad, de diálogo sabroso y didáctico, en el que Jesús está hablando de evitar escándalos y de tener la disposición de perdonar siempre, tiene mucho sentido. "Señor, auméntanos la fe". Todas estas cosas que el Señor está poniendo a la vista jamás podrán ser comprendidas si no es desde el ámbito y la óptica de la fe. Una persona que no tiene fe las ve como exigencias absurdas, irrealizables. Para poder cumplirlas, es necesario deshacerse de los propios pensamientos y actitudes, deslastrarse de la carga que representa la "lógica" humana para llenarse de la lógica divina, que surge solo cuando damos paso a los criterios de la fe. La fe nos hace entrar confiadamente en el misterio de lo profundo y trascendente de Dios, en su pensamiento superior. Y nos introduce en un terreno sin duda oscuro, en el que damos pasos sin seguridad, pero los damos con certeza, pues impera la confianza en Aquel que nos ama con amor eterno e infinito, y que nunca nos podrá engañar ni mentir. "La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven." Está fundada en la confianza en Aquel que se nos revela y que nos revela lo profundo del misterio que es Él mismo y todo lo que lo abarca.

En este sentido, aun cuando tenemos la capacidad y el derecho de entrar en la búsqueda de la comprensión de lo que es Dios y de lo que a Él se refiere, su naturaleza superior e infinita, inabarcable para nuestra comprensión racional, hace que lleguemos a un punto en el que para poder avanzar debemos abandonarnos en Él mismo, para que, tomados de su mano, podamos ingresar en ese terreno oscuro y misterioso. Ciertamente Dios mismo ha puesto en nosotros las capacidades para poder conocerlo. "Desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se pueden descubrir a través de las cosas creadas". Es nuestra responsabilidad el poder avanzar lo más posible en este conocimiento de Dios y de su mundo. De cierta manera, Dios mismo espera de nosotros este esfuerzo, pues nos dio nuestras capacidades para que ejerzamos ese derecho, que, sin duda, es también un deber. No hacerlo sería un incumplimiento de lo que Dios espera de nosotros. Debemos intentar conocer a Dios lo más posible, para poder entregarnos a Él con mayor conciencia de lo que estamos haciendo. Pero, en su sabiduría infinita, sabe perfectamente que todo conocimiento que tengamos por esta vía, con nuestro propio esfuerzo, será siempre incompleto e imperfecto. Por eso, con amor infinito, para permitirnos llegar más allá de lo que nos permiten nuestras capacidades, Él mismo se da a conocer, se revela y se acerca a nosotros para que podamos conocerlo. Y así, conociéndolo mejor, podremos amarlo más, podremos entregarnos a Él con mayor ilusión, podremos seguirlo con fidelidad, y podremos ser sus testigos ante un mundo que añora conocerlo también, aunque conscientemente no lo asuma.

La comprensión de Dios, en efecto, exige de nosotros un doble esfuerzo: el de poner nuestras capacidades a tope para abarcar lo más posible el misterio divino, y el de abandonarnos confiadamente en sus brazos para dejarnos llevar por su amor por las sendas que nos harán descubrirlo perfectamente. Lo primero lo exige mi naturaleza. Lo segundo lo exige la naturaleza divina. La conjunción de ambos esfuerzos me llevará a sentir la seducción de Dios, de su amor, de su providencia, de su salvación. "Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir". Emprender ese camino es un reto a nuestra racionalidad. No se trata de renunciar simplemente con pasividad. Se trata de una renuncia activa, que emprende un camino confiado para adentrarse en el misterio del amor de Dios. Eso solo lo puede hacer alguien valiente, que se arriesga, que es capaz de abandonar su comodidad, para entrar en el terreno de lo inseguro y de lo sombrío, donde solo existe la certeza y la confianza en Aquel que me quiere conquistar y que me ofrece algo mucho mejor de lo que ya poseo. Se necesita hacerse cada vez más consciente de lo que le dice San Pablo a Timoteo: "Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza".

Entrando en ese ámbito de misterio y de penumbras, confiados en Dios y en su amor, por lo tanto iluminados con su luz resplandeciente, nuestra vida adquiere un sentido muy superior. No se reduce a lo que podemos ver y tocar materialmente, sino que nos abre a la perspectiva de lo que ella es realmente, que trasciende nuestra simple temporalidad y nos lanza a lo eterno, a lo inmaterial, a lo que está más allá de nuestra corta comprensión. Así, movidos por la fe, asentados firmemente en la solidez de lo que Dios mismo me dice, confiados en su Palabra sólida e inamovible, mi razón entra en un terreno de serenidad, de confianza, de sensación de certeza que no podrá ser jamás alcanzada solo con mis propias fuerzas. Dios me hace entrar en el terreno de la confianza absoluta, la del niño confiado en los brazos de su padre, donde sabe que nunca podrá pasar nada malo. Aun cuando tenga momentos de desazón y desasosiego, como los que están representados en los reclamos de Habacuc a Yahvé: "¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me oigas, te gritaré: ¡Violencia!, sin que me salves? ¿Por qué me haces ver crímenes y contemplar opresiones? ¿Por qué pones ante mí destrucción y violencia, y surgen disputas y se alzan contiendas?", Dios mismo responde invitando a la calma, a la espera confiada, a la fe: "La visión tiene un plazo, pero llegará a su término sin defraudar. Si se atrasa, espera en ella, pues llegará y no tardará. Mira, el altanero no triunfará; pero el justo por su fe vivirá."

La fe que podemos vivir es lo que completa perfectamente nuestra existencia. Sin esa referencia a lo trascendente, a lo que nunca pasa, a lo eterno y espiritual, seremos siempre incompletos. Dios nos quiere completos. Nos ha creado para ser completos. Haber insuflado en nuestras narices el hálito de vida, fue habernos hechos partícipes de su misma naturaleza inmortal y trascendente. Hacer referencia a ella no es una alienación ni un absurdo. Es hacer referencia a nuestra plenitud, que no sería nunca tal sin ese componente de eternidad. "Te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti", es una invitación muy pertinente para quienes estamos llamados siempre a más. Hacerlo, reavivar el don de la fe con el que hemos sido enriquecidos, es avanzar confiadamente por la ruta que nos marca el Señor para nuestra plenitud. Llegar a vivirla con naturalidad, como parte esencial de nuestro ser y de nuestro vivir, es lo lógico. “Somos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”, lo que el mismo Dios ha hecho posible en mí, al donarme la fe, al llenarme de su amor, al llamarme para ser suyo y avanzar junto a Él hacia mi propia plenitud. Soy bendecido por Dios, quien me llama a Él, y me invita a caminar confiadamente tomado de su mano, por caminos de solidez y de firmeza, a pesar de que sean para mí misteriosos. Todo eso misterioso se resuelve en su amor y en su deseo de que mi vida sea siempre mejor en Él.

sábado, 5 de octubre de 2019

Dios es el manantial de todos mis bienes

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De Dios solo vamos a recibir cosas buenas. Desde el mismo hecho de nuestra propia existencia, que no se puede explicar sino solo desde un arrebato de amor de ese Dios infinitamente trascendente, absolutamente autosuficiente en sí mismo, que no necesita de nada más sino de sí mismo para amarse, no en el sentido narcisista que conocemos, sino en el de la simple expresión de su propia esencia. "Dios es amor", nos dice San Juan, describiendo perfectamente a quien es la razón de la existencia de todo, con lo cual nos dice que todos los movimientos de ese que es amor infinito y esencial, son causados por la razón de su existencia. Dios mismo existe por el amor que es Él en sí mismo, por cuya razón en Él nunca habrá nada que desdiga de ese amor. En Dios no hay otra razón de existir, ni otra realidad que lo sustente. Y por ello, jamás dejará de amar, pues si llegara ese momento, dejaría de ser lo que es, por lo que desaparecería totalmente, lo cual resulta absolutamente absurdo. Dios no dejará de existir jamás, porque nunca dejará de amar ni dejará de ser lo que es en esencia.

Existimos, en efecto, por una razón de amor. Nosotros, existiendo, no agregamos nada a Dios. Él no aumenta en su amor, en su poder, en su tamaño, en su sabiduría, en su presencia, porque exista yo. Él ya es infinito en sí mismo en todo. Estrictamente hablando, y con lo duro que pueda sonar, ninguno de nosotros es necesario para Dios. Por eso, los hombres somos contingentes. Podemos estar o no estar. Y eso no cambiaría en nada a la humanidad. Si alguno de nosotros no hubiera llegado a existir nunca, la historia seguiría adelante sin ningún problema ni obstáculo. Nadie es imprescindible, ni sería lógico pensar que alguien lamentaría que no hubiéramos existido, pues nadie nos echaría en falta pues nunca hubiéramos estado ocupando ni tiempo ni espacio y no habría ningún recuerdo o añoranza a nuestro respecto. Sin embargo, esta realidad, lejos de llenarnos de desazón, nos debe llenar de gozo, pues quiere decir que existimos entonces por un deseo expreso de Dios y de su amor de hacernos existir. Aunque Él no nos necesita, decidió necesitarnos. Eso sí está entre sus potestades. El Dios todopoderoso, se hizo débil haciéndonos existir, añorando nuestra existencia, a pesar de la inmensa cantidad de razones que Él, avizor del futuro, sabía que le daríamos para lamentar habernos creado. En Él pesa más el amor que el dolor por el pecado del hombre. Su misericordia es infinitamente mayor que su justicia. "Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados", nos dice San Pablo. Por eso, en nosotros, criaturas amadas de Dios, debe existir siempre el deseo de acercarnos a Él, que es nuestra fuente de vida y de perdón. Es la invitación que nos hace el mismo apóstol: "En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios."

El gozo por nuestra existencia, más allá de los logros que vayamos teniendo en su transcurso, totalmente justos y razonables, por cuanto Dios nos ha enriquecido con nuestra inteligencia y nuestra voluntad, con nuestra libertad y nuestras capacidades, para que avancemos cada vez más en ellos, debe estar sobre todo en el reconocimiento que debemos hacer siempre de las cosas con las cuales el mismo Dios creador y sustentador nos enriquece. No somos nosotros los únicos autores de nuestra historia. Ella contiene, sin duda, las cosas que vamos logrando y se va llenando de líneas con los avances que vamos escribiendo en ella, pero sobre todo, los dones con los que el Señor nos ha enriquecido, de los cuales debemos estar siempre conscientes y humildemente agradecidos. No hacerlo es ensoberbecernos y llenarnos de una vanidad absurdamente autosatisfactoria. "No te olvides del Señor, tu Dios, siendo infiel a los preceptos, mandatos y decretos que yo te mando hoy (...) Y no digas: 'Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas.' Acuérdate del Señor, tu Dios: que es Él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas, y así mantiene la promesa que hizo a tus padres, como lo hace hoy", nos recuerda Moisés.

En el reconocimiento humilde del origen de nuestras bendiciones en Dios, y en el agradecimiento sincero y de corazón por todos los beneficios con los que nos bendice, está la seguridad de nuestro futuro de providencia divina. Reconocer que vienen de Él y agradecerlos, hace que esa fuente inagotable siga abierta para nosotros. Por el contrario, llegar a pensar en que somos autosuficientes y que no necesitamos de esa providencia amorosa, clausuraría el manantial del amor, y nos dejaría desprotegidos, bajo nuestro propio arbitrio. Sin duda, podremos alcanzar algunas metas, pero no podremos llegar a las cimas a las que nos haría llegar la providencia del Dios que nos ama. "Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres", sentencia San Pablo. Nuestra fortaleza no está en nosotros mismos, con todo y que el Señor ha colocado en nosotros muchas capacidades. Nuestra fortaleza es debilidad ante la fortaleza de Dios. Y cuando creemos que somos fuertes, Dios nos comprueba que lo que más destaca en nosotros es la debilidad. Por eso, lo más sabio es allegarse a quien nos llena de fuerzas desinteresadamente y por puro amor. "Sin mí no pueden hacer nada", dice Jesús, cuyo sentido a la inversa es: "Conmigo lo pueden hacer todo". San Pablo lo dijo en su propia traducción: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta". Y: "Cuando soy débil, soy fuerte, pues entonces residirá en mí la fuerza de Cristo".

Jesús conoce muy bien esta realidad. Y por ello hace extender la mano providente del Dios amoroso. Y nos pone ante la realidad de un Dios que, habiéndonos creado por amor, quiere seguir sustentándonos con ese mismo amor: "Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre". Basta que nosotros expresemos nuestra necesidad para que el Dios del cual hemos surgido y que nos ha colocado en el mundo para ser felices, provea aquello que necesitamos y que nos conviene. Esa es la disposición continua de Dios. No nos creó para lanzarnos al mundo para que suframos necesidades y vivamos en la indigencia. Nos enriqueció con nuestros talentos para que tuviéramos suficiente capacidad de proveer a nuestras propias necesidades. Pero, además, nos colma la medida con su amor providente, que lo hace estar continuamente preocupado por nuestro bienestar y atento a nuestras necesidades. Porque "si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!" Nuestro Dios es un Dios de amor y de providencia. No se desentiende de nosotros. Ha decidido hacerse débil creándome y estando pendiente de mí. Yo debo dejar en lo más profundo de mi corazón que me ame y que se ocupe de mí como mi Padre amoroso y providente. Es mi riqueza y mi derecho de hijo.

viernes, 4 de octubre de 2019

Soy responsable de mi felicidad

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La conversión es un proceso que debemos emprender todos para avanzar hacia el encuentro con el Dios del amor y la misericordia. Es colocar la mirada en el final del camino, en el cual se dará la experiencia sublime del amor infinito de Dios que se derrama sobre cada uno de los convertidos. Se inicia cuando escuchamos la llamada que el Señor nos hace para que seamos suyos, para que dejemos un estilo antiguo de vida que nos lleva al alejamiento paulatino y creciente de esa experiencia de amor, encerrándonos cada vez más en nosotros mismos. Ante la propuesta de felicidad plena que nos hace el Señor, y habiendo probado la frustración de estar alejados de Él tanteando la búsqueda de esa felicidad por caminos errados, nos decidimos a dar ese primer paso, que implica la renuncia a los propios intereses, el arrepentimiento por los errores cometidos, el deseo de disfrutar de esa plenitud que Dios dice que la obtendremos solo en Él. Es asumir con firmeza, confiados en la Palabra de Dios, que es amorosa y convincente, el camino del encuentro con Él, para llegar a sentir la plenitud de la experiencia personal del amor que Él nos promete. Es confesar la propia ineptitud, de la cual deberíamos estar siempre más que convencidos, para avanzar y alcanzar esa felicidad con medios propios, alejados de los que propone el Dios que nos ha creado para vivir continuamente esa felicidad y la ha enlazado con el encuentro permanente con Él, con su amor y con su misericordia.

Dios nos ha creado para Él, y ha condicionado la plenitud de la vida en el mantenernos unidos a Él. Lo entendió muy bien San Agustín, cuando, en medio del hallazgo maravilloso que había hecho del Dios que lo quería junto a Él, después de haber probado esa búsqueda por caminos diversos, que en ocasiones lo alejaron más de la felicidad y lo llenaron de frustración, probó la dulzura de haberlo encontrado, y manifestó maravillosamente: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti". Dios nos ha creado y ha dejado en nosotros la semilla de la añoranza de Él en nuestro corazón. Los hombres vivimos con la sed de trascendencia que el mismo Dios ha puesto en nosotros. Y en la búsqueda de saciarla se va nuestra vida. Todo lo que hacemos va en función de satisfacerla. Somos seres que están llamados siempre a más, a la superación, a la búsqueda de metas mayores y más altas. Nuestro signo es el de la superación, y cuando no avanzamos en él, nos estancamos, nos frustramos y nos deshumanizamos. No hay hombre menos hombre que el que ha perdido la ilusión de ser siempre más. Peor aún, cuando se va en el sentido contrario de esa superación, y la deshumanización avanza hacia la negación de lo que nos debe caracterizar como seres humanos, y vamos impidiendo que ni el amor, ni la inteligencia, ni la voluntad, ni la libertad, se hagan presentes. Es la desaparición total de nuestra condición humana.

Empeñarse en sacar a Dios de la propia vida es autodestrucción. Habiendo salido de sus manos, nuestra vida la aseguramos solo manteniéndonos bajo el cobijo de esas manos amorosas y providentes. La humanidad que proclama la muerte de Dios, la que se opone a Él, la que lo tilda de molesto y castrante, la que es indiferente a su amor, da coces contra sí misma. Es el suicidio espiritual, que no logrará otra cosa sino simplemente su desaparición. Apuntar a una autorrealización, a una promoción sin referencia trascendente, sin lo que nos hace elevarnos incluso más allá de nuestra propia naturaleza, nos dejará solo en la satisfacción pasajera por lo que se logra temporalmente, pero que no saltará hasta la vida eterna. No se satisface de ese modo la sed de transcendencia, la añoranza de eternidad que tenemos naturalmente por haber surgido de las manos del Dios eterno creador. Encontrarse con esa realidad, convencerse de que ese camino es camino hacia el vacío, es el primer paso de la conversión. Y emprenderla, iniciando el proceso del cambio interior, es ya encaminarse hacia la plenitud a la que somos convocados todos.

Es un proceso que se inicia, pero que no se acaba en esta vida. Su final se dará solo cuando estemos ya en la presencia del amor eterno, cuando "veamos cara a cara", y conozcamos como somos conocidos, cuando ya no exista ningún obstáculo pasajero que nos impida gozar del amor eterno, de la felicidad plena, de la libertad total. Es necesario, entonces, que reconozcamos lo que somos. Evitando todo pesimismo y toda negatividad dañina, decir con San Agustín: "Que te conozca, Señor, para que te ame. Que me conozca, para que me desprecie". No somos nosotros los que tenemos la clave definitiva de la felicidad, de la plenitud. Esa la tiene Dios, y la pondrá en nuestras manos cuando nos acerquemos a Él, con humildad y confianza. Israel lo entendió muy bien, cuando reconoció haberse alejado de Dios, no haber cumplido su voluntad, y por ello vivían en medio de grandes tragedias acarreadas por ese alejamiento: "Confesamos que el Señor, nuestro Dios, es justo, y a nosotros nos abruma hoy la vergüenza: a los judíos y vecinos de Jerusalén, a nuestros reyes y gobernantes, a nuestros sacerdotes y profetas y a nuestros padres; porque pecamos contra el Señor no haciéndole caso, desobedecimos al Señor, nuestro Dios, no siguiendo los mandatos que el Señor nos había dado (...), seguimos nuestros malos deseos, sirviendo a dioses ajenos y haciendo lo que el Señor, nuestro Dios, reprueba".

Pero en su infinito amor y en su infinita misericordia, el Señor no permite que esa frustración sea permanente. Coloca el remedio en medio del mismo mal. Es arrepentirse, acercarse a Él con humildad y disposición de cambio. Es iniciar el proceso de conversión que nos llevará a la plenitud. Dios es débil ante el corazón humilde y arrepentido de quien se acerca a Él a solicitar su misericordia. Es "lento a la cólera y rico en piedad y leal". Es no permitir que lo que han visto y vivido Corozaín y Betsaida, lo que ha visto y vivido Cafarnaún, quede infructuoso. Que cada una de las experiencias que han tenido esas ciudades, que corresponderían a mis experiencias personales en las que se verifica la presencia de Dios en mi vida, maravillas que el Señor ha hecho continuamente para mi riqueza espiritual y personal, hagan mella en mí, y logren que me decida a emprender el camino de vuelta al Padre. Que nunca Jesús se lamente de que yo no haya emprendido mi proceso de conversión ante la cantidad ingente de gestos de amor que ha hecho en mi favor. Que yo escuche a sus enviados, que me invitan a la plenitud, por mi bien, por mi felicidad, por amor a mí: "Quien a ustedes los escucha a mí me escucha; quien a ustedes los rechaza a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado".

jueves, 3 de octubre de 2019

Necesito tu Palabra, Jesús, y quien me la anuncie

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Hoy hacen falta muchos Esdras y muchos levitas, que le lleven al pueblo la Palabra de Dios. En aquel tiempo, cuando se vivió la deportación, Israel había prácticamente perdido el contacto con la Palabra. Estaban perdidos, sin la orientación que representaba tenerla siempre presente, como en los tiempos de la paz, cuando se reunían en el Templo para adorar a Dios y escuchar lo que Él quería decirles a través de su Palabra. El haber salido de la tierra prometida había representado una especie de "paganización", pues habían hecho ausente a Dios de sus vidas, quizás más preocupados por la búsqueda de los recursos para subsistir en medio de un pueblo poderoso que los había hecho esclavos de nuevo. Vivían la misma tragedia de la que habían sido liberados en Egipto, con el agravante de que habían ya gustado las mieles de la conquista de aquella tierra que había sido anunciada por Yahvé y la libertad de la que disfrutaron durante el tiempo que habían habitado en ella. De un día para otro, bajo el yugo de los reinos invasores, perdieron todas esas bendiciones. Para ellos, Dios había pasado a un segundo plano. Había otras prioridades de las que había que preocuparse con urgencia. Cuando se recupera el tiempo de paz, cuando Dios toca el corazón del invasor y hace que permita el regreso de Israel a sus tierras, cuando se reconstruye el Templo e Israel retoma entonces el ser pueblo de la Alianza, Nehemías, Gobernador, junto con Esdras y los levitas, emprenden el camino de una reconquista no sólo geográfica, sino también espiritual.

El reencuentro de Israel con la Palabra de Dios es impresionante. La escucha de las maravillas que Dios les quería transmitir, explicadas por Esdras y los levitas, hace que Israel redescubra a ese Dios que siempre había estado de su lado, que los había elegido como el pueblo de su amor y su preferencia, que les había exigido respuestas de amor y de entrega a las que en ese tiempo de nueva esclavitud ellos habían sido tremendamente infieles. Por eso el choque de la conducta que habían llevado hasta ese momento con las exigencias que Dios había puesto, el relato de su amor y de su misericordia con ellos, los llevó a un dolor inmenso: "El pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la Ley." Nehemías, Esdras y los levitas quitaron el velo que cubría los ojos y el corazón de los israelitas. Pero, imitando el amor y la misericordia que Dios siempre había demostrado por su amado Israel, animaron al pueblo: "Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagan duelo ni lloren (...) Vayan, coman buenas tajadas, beban vino dulce y envíen porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estén tristes, pues el gozo en el Señor es la fortaleza de ustedes (...) Silencio, que es un día santo; no estén tristes". Tenía que quedar claro que el reencuentro con la Palabra de Dios no debe quedarse solo en la lamentación de lo que no se ha hecho para cumplir con Ella, sino que debe mutarse en el gozo por tenerla de nuevo como guía y por la recuperación de su presencia que ilumina, que anima, que empuja a la fidelidad, al amor y a la justicia. El Dios infinitamente misericordioso no se queda en la contemplación de la infidelidad, sino que abre una perspectiva hermosa que posibilita reemprender un camino que lleva a la plenitud.

Estos personajes que presentan al Dios verdadero, el que es todo amor y misericordia, son esenciales en todo momento. Quizá hoy adolecemos de ellos, y precisamente porque son escasos estamos ante un mundo que vive poco la esperanza y el gozo de estar con Dios, y que busca para llenar ese vacío dioses extraños que aparentemente puedan cubrir esa necesidad. La gente de hoy puede estar viviendo una experiencia similar a la que vivió Israel en la deportación. Habiendo saboreado las mieles de la libertad y habitado en una tierra de promisión por el contacto filial con Dios, han sido conquistados por imperios invasores, que han borrado de la memoria esa relación amorosa, la han hecho ver ridícula o alienante, y han propuesto los ídolos a los que sirven hoy, llenándose de frustraciones continuas al comprobar que ese no es el camino que los estaría llevando a una plenitud deseada, sino que por el contrario los deja cada vez más desilusionados y ansiosos de algo mejor. Obstinadamente persisten en su empeño, a pesar de que la sensación es que están al borde de un desfiladero que los llevará a la frustración total.

Jesús ha percibido esta realidad y la ha valorado en su justa dimensión. Cuando envía a sus discípulos de dos en dos al mundo, lo hace para que presenten el camino de la verdadera plenitud. Después de dar las indicaciones de lo que deben hacer, les conmina: "Digan: 'Está cerca de ustedes el Reino de Dios'." No está tan lejos. Basta que se dejen iluminar por la luz correcta, que se dejen llenar de la miel verdaderamente dulce, que se dejen encaminar por las rutas correctas que los llevarán a gozar de nuevo de la tierra prometida. Es la misión que les encomienda a esos enviados predilectos. Jesús los necesita para que cumplan esa tarea tan delicada de dar a los hombres una razón para vivir, una ilusión que seguir, una plenitud que perseguir. Por eso, de alguna manera, traslada al mismo pueblo sediento de su Palabra iluminadora la responsabilidad de lograr que existan esos a los que Jesús quiere enviar y comprometer en su misión de salvación: "La mies es abundante y los obreros pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Pónganse en camino! Miren que los mando como corderos en medio de lobos." Son los Esdras y los levitas del Nuevo Testamento, que presentan a los hombres de su tiempo, por encima de cualquier dificultad y a pesar de las oposiciones posibles, la Palabra de Dios, Jesús mismo. Él es el Reino de Dios que ya está cerca, tan cerca que ya está en medio de todos.

Hoy esta invitación de Jesús es más pertinente que nunca. Rogar al dueño de la mies, a Dios, que envíe obreros a su mies que nos señalen el camino, que nos iluminen con su Palabra, que nos indiquen las rutas que debemos seguir, es nuestra responsabilidad. Añorar que haya esos enviados de Jesús que nos vayan gritando con sus vidas y sus palabras que el Reino de Dios ya está cerca, debe ser una añoranza acuciante que nos impulse a implorar a Dios que nos siga viendo con amor y no nos deje desamparados, sin guías, sin luces que nos iluminen. Y a poner todo nuestro empeño no solo en la oración, sino en la facilitación de todos los medios a nuestro alcance para que surjan más vocaciones de hombres y mujeres que sean enviados por Jesús a cumplir su misión delicada de llevar la Palabra de Dios al mundo. Orar por ellos, animarlos, apoyarlos, defenderlos, protegerlos, es nuestra responsabilidad. Hacerlo, es procurar nuestro propio beneficio, pues tendremos a los Esdras, a los levitas, a los discípulos, que nos conducirán a la plenitud de nuestro gozo, pues nuestro tiempo será, así, "un día consagrado a nuestro Dios", el de la llegada de su Reino a todos nosotros.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Jesús no te quiere inhumano

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El Evangelio nos presenta siempre a un Jesús profundamente humano. Lo vemos naciendo del vientre de una mujer y creciendo en una familia, recibiendo los cuidados cariñosos de sus padres, incluso sus "regaños" amorosos por su conducta aparentemente desobediente, cansándose por el rigor del camino, sediento junto al pozo pidiendo agua para calmar su sed, asistiendo a banquetes en su honor. Sus actitudes son típicamente solidarias, las que llamamos "humanas", por surgir de un corazón solidario y compasivo, cuando nota que la gente está hambrienta después de uno de sus discursos, cuando se duele de la dureza del corazón de algunos que juzgan a sus hermanos con muchísima más severidad de lo que lo harían consigo mismos, como el caso de la mujer adúltera o la pecadora que se lanza a sus pies con lágrimas. Cuando lo vemos atravesado de dolor por la muerte de su amigo Lázaro y cuando percibe el dolor de sus hermanas que le reclaman por no haber asistido a tiempo a su llamado, o cuando ve a la viuda que con el corazón roto lleva a enterrar a su único hijo muerto. Jesús es el Dios que se ha hecho solidario con los hombres, en sus dolores y en sus alegrías. Se ha hecho en tal medida solidario, que se ha hecho uno más, asumiendo la naturaleza humana con todas sus características, incluso, en medida superlativa, como corresponde al Dios que es, por ser la suma de las perfecciones. Al punto de que sus mismos paisanos, cuando lo ven hacer cosas maravillosas, quedan sorprendidos de que "uno de los suyos" sea el protagonista de esos portentos: "¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos?"

Por eso, cuando vemos que Jesús asume posturas que parecen ser "inhumanas", quedamos sorprendidos. Aparentemente, algunas de esas posturas son invitaciones a la indolencia, a la indiferencia con los propios, a desentenderse de los más cercanos, como pueden ser los miembros de la propia familia. Este diálogo que tiene con algunos de los que pueden ser sus seguidores apunta quizá en esa dirección: "A otro le dijo: 'Sígueme.' Él respondió: 'Déjame primero ir a enterrar a mi padre.' Le contestó: 'Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.' Otro le dijo: 'Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.' Jesús le contestó: 'El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios'." Ese Dios que se ha hecho hombre, que se ha hecho totalmente solidario con los hombres, que se ha hecho uno más entre todos, ahora pide que no exista ni amor ni compasión, que no haya cercanía con los propios, que reine la indolencia y la despreocupación por ellos. Es lo que surge a primera vista. Ciertamente es la primera impresión que se tiene, pero realmente no es exacta. Jesús nos invita a poner correctamente las prioridades. De ninguna manera está echando por tierra lo que ha sido la enseñanza tradicional de la religión. "Honra a tu padre y a tu madre", sigue siendo el primer mandamiento que se refiere a los hombres, después de los tres primeros que se refieren a Dios. No es falso que Jesús estaba sometido a la autoridad de sus padres y bajo su tutela "crecía en estatura, en sabiduría y en gracia". Enterrar a los muertos seguirá siendo siempre una de las obras de misericordia corporales... ¿Entonces, cómo se debe comprender esta conducta de Jesús, y que nos exige a todos?

Recordemos la premisa que pone Jesús para ser dignos de Él: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí." Para el seguidor de Jesús, haber tomado la decisión de seguirlo implica amarlo por encima de todo: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza". Nada, ni siquiera lo que podamos tener como más entrañable en nuestro corazón, puede estar por encima de Él ni de todo lo que se refiere a Él. En el momento del discernimiento de las prioridades, cuando podemos percibir algún conflicto entre ellas, debe pesar siempre la supremacía de Dios y de lo de Dios. No nos pide el Señor dejarlos a un lado, sino saber priorizar. Entre Dios y mis padres, entre Dios y otras cosas importantes para mí, la decisión debe ser siempre la que dicte el amor primero que debe estar en mi corazón. Es el amor lo que nos hace más humanos. Ningún otro ser de la creación tiene la capacidad de amar, reflejando con ello la imagen y semejanza de Dios con la que hemos sido creados. Por ello, cuando Jesús nos exige que pongamos a Dios en el primer lugar de todo, por encima de cualquier otra prioridad, realmente nos está pidiendo que pongamos nuestra humanidad a tope. No nos pide ser inhumanos, sino extremadamente humanos, pues nos pide dejar que surja el mayor amor. Elegir a Dios por encima de cualquier otra realidad importante en nuestra vida, nos llena de mayor humanidad, pues hace que el amor se explaye totalmente.

Amar a Dios por encima de todo es lo que naturalmente debemos hacer todos los que queremos ser seguidores de Jesús. Sea que Él nos invite a seguirlo -"Sígueme"-, o sea que nosotros tomemos la iniciativa de seguirle -"Te seguiré a donde vayas"-, la única condición que Él nos pone es que lo tengamos siempre en el primer lugar. No nos pide el abandono de los nuestros o de las otras prioridades que podamos tener. No nos pide ser inhumanos. Nos pide que seamos "sobrehumanos". Nunca nos invita a ser antinaturales, sino sobrenaturales. Su medida apunta a nuestro perfeccionamiento. Nos invita a que seamos más. Más hombres, más humanos, más llenos de amor por Él, más entregados a Él. Ser cada vez más suyos nos hace más humanos. Y siendo más humanos, viviremos con mayor profundidad y mayor entrega nuestra realidades cotidianas. Amando más a Jesús amaremos más a los nuestros. Los amaremos con un amor que tiene más sentido, que no se dejará llevar por premisas personales, que buscará el mayor bien de todos. El amor de Dios no nos hace pertenecer menos a los nuestros. Nos hace ser más de ellos, con un amor más intenso, más profundo y más benevolente.

Por eso, tiene sentido entregarse de lleno a Dios, para no tener ningún obstáculo extra para amar mejor a los demás. "Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza (...) Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios (...) El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios", no son, de ninguna manera, una invitación a lo inhumano. Poder poner todo en su justo lugar de prioridad, colocar a Dios por encima de cualquier otra realidad, para que no haya nada que impida mi entrega radical a Él, me hará avanzar hacia la plenitud de mi humanidad. Jesús no me pide que deje de ser humano. No me pide dejar de amar a mis padres y a los míos, no me pide que lo natural en mí deje de ser el sentir afectos grandes por mi gente. Me pide que lo ame a Él más que a nadie. Haciéndolo así, mi amor por los míos será también más puro, más oblativo, más benevolente. Amar a Dios por encima de todo, me hará amar con un amor más puro e intenso a todos los míos y a todo lo que me rodea y es importante para mí. Asumirlo así contribuye a mi plenitud, a mi perfección. Es el camino por el que Jesús quiere que avance para ser más humano.

martes, 1 de octubre de 2019

Ven conmigo a conquistar el mundo

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Cuando entendemos bien la obra que viene a realizar Jesús en favor de todos los hombres, y dejamos que esa obra de amor actúe en nosotros profundamente, comenzamos realmente a entender nuestro papel como discípulos de Cristo. En primer lugar, comenzamos a vivir la novedad radical de vida que nos trae Jesús. Dejamos atrás todas las obras del hombre viejo que habitaba en nosotros. La vida de rencores, de odios, de violencia, de egoísmo, de soberbia, la dejamos a un lado, pues es un lastre demasiado pesado para poder emprender el vuelo al que nos invita el amor. Y comenzamos a llenarnos de las actitudes del hombre nuevo, cuyo modelo ejemplar es el mismo Redentor. Por eso, observando su vida, comprendemos que debemos asimilar su mismo amor, su mismo deseo de bien para todos, su mismo acercamiento amoroso a los hermanos, principalmente a los desplazados de la sociedad, su misma solidaridad y solicitud por los enfermos, por los débiles, por los más indefensos, por los alejados, por los pecadores. Asumimos que nuestra vida no puede quedar simplemente en el transcurrir de las horas, en la sucesión de momentos, uno tras otro, sin que en cada uno de ellos dejemos alguna huella que descubra que nosotros hemos sido sus protagonistas. Y se da, entonces, el segundo paso. El hombre nuevo entiende que es lanzado al otro. Que el hermano es una responsabilidad que Dios coloca en sus manos. A decir del Papa Benedicto XVI, se entiende que "el hermano es un regalo de Dios para mí". Que cada hombre y mujer que se topa en mi camino es una oportunidad que me proporciona la providencia divina para que demuestre que realmente Jesús ha hecho mella en mí, y que no soy simplemente "un paquete más" que vive y respira. En ellos puedo confirmar que mi deseo es dejar huellas de eternidad, que asumo mi condición de hombre nuevo, hermano de todos, corresponsable de su futuro de felicidad eterna.

No asumir esta realidad puede tener consecuencias indeseables en mi conducta, que desdirían de mi renovación interior y que denotarían que me falta aún un buen trecho de camino por andar y avanzar. Es lo que demostraron los hermanos Santiago y Juan en el episodio del rechazo de los samaritanos a Jesús. En vez de asumir una actitud conciliatoria, de búsqueda de entendimiento y de acercamiento, propusieron una solución radical, de destrucción y eliminación, muy lejana, por supuesto, a la enseñanza del Maestro al que seguían. "Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?", fue su primera reacción. Es lo que cualquiera que no se haya dejado renovar en el amor sugeriría. Pero no es, ni mucho menos, lo que el Señor quiere para quienes lo rechazan. Él busca que depongan su actitud, los quiere acercar con suavidad y argumentos convincentes. Nunca eliminarlos. El amor lo lanza a atraer, nunca a rechazar. Su figura emblemática es la del Crucificado que, en medio de los tormentos y a punto de morir, tiene los brazos abiertos para esperar, recibir y acoger a todos.

Jesús explica el por qué de lo absurdo de la propuesta: "Ustedes no saben de que espíritu son. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos." Le falta a los apóstoles un buen trecho de camino para que sigan creciendo en el amor y en el deseo de aglutinar alrededor de Jesús a todos, incluso a los más obcecados contra Él. No es perderlos lo que motiva a Jesús. Es ganarlos para sí y para su Reino. Ya vendrán momentos futuros en los que, paso a paso, podrán comprender que es mucho mejor estar con Jesús que desecharlo. Es lo que concluyó Pablo en su momento, que, habiendo sido también perseguidor de Jesús, fue conquistado por el amor y luego se convirtió en el perfecto adalid de su causa de amor y de salvación: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad". En el corazón de Cristo tienen cabida todos. No hay lugar en Él para el vacío ni para la exclusión. Él ha comprendido que el Padre le ha encomendado la misión más delicada, rescatarlos a todos, sin dejar a nadie por fuera: "Que no se pierda ninguno de los que has puesto en mis manos".

Los discípulos debemos también vivir para conquistar a los demás para Jesús, para su amor, para su salvación. Nuestra presencia en el mundo debe ser un llamado continuo a todos, principalmente a los que están más alejados de Jesús. Con amor, con suavidad, con un buen testimonio, debemos lograr que todos quieran acercarse a Jesús. Que nuestra palabra convenza, que nuestras acciones conquisten. Que todo lo que hagamos sea signo de nuestra condición de seguidores de Cristo y de su amor, de que somos discípulos de Aquel que vino a "dar su vida en rescate de todos". Que no queremos que nadie se quede sin tener en sus corazones el sabor de la salvación y la dulzura del amor que los quiere junto a Él. Que queremos incluso que aquellos que no se hayan dejado renovar aún en el amor, lo logren, dejando a un lado las acciones injustas, violentas, egoístas, que caracterizan a quienes viven lejos de la novedad radical del amor. Que seamos un reclamo continuo con nuestras palabras y nuestras acciones a vivir la verdadera fraternidad, la solidaridad, la caridad, la solicitud por el hermano necesitado de consuelo y de misericordia. Y que, siendo un reclamo para todos, se sientan también ellos convocados a pertenecer al grupo de los que no quieren excluir, sino sumar cada vez a más discípulos del amor. Es el sueño de Dios, el testimonio que quiere Yahvé de los judíos fieles, para convocar y arrastrar a muchos extranjeros a acercarse al Dios de Israel: "Aquel día diez hombres de cada lengua extranjera agarrarán a un judío por la orla del manto, diciendo: 'Queremos ir con ustedes, pues hemos oído que Dios está con ustedes'."

Es hermosa la tarea del discípulo. En el orden que le corresponde, debe hacer la misma tarea de Jesús. Su palabra y su obra deben servir para que más hermanos se acerquen al amor y se dejen conquistar por su dulzura y su deseo de salvarlos. Es la invitación continua a dejar atrás las actitudes antiguas que desdicen del amor, y a asumir en sí mismo, para sí y para los hermanos, las actitudes de Cristo. Es imitarlo, al extremo de poder decir como dijo san Pablo: "Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo". No me imiten a mí, sino al Cristo al que yo imito, dice. Debo ser, con Él, salvador de mis hermanos. Así como Él me quiere para sí, los quiere a todos. Y yo soy instrumento que debe dar testimonio continuo del amor para que su obra no quede en el vacío y se cumpla totalmente. Me corresponde y debo asumirlo, como el hombre nuevo que soy porque me ha hecho así y que me lanza al mundo para renovarlo en su amor.