sábado, 24 de abril de 2021

Dios quiere seguir actuando hoy a través de cada uno de nosotros

 EVANGELIO DEL DÍA: Jn 6, 60-69: ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras  de vida eterna. | Cursillos de Cristiandad - Diócesis de Cartagena - Murcia

En los años del nacimiento de la Iglesia y en la gesta de anuncio del Evangelio que ésta emprendió en el mundo, cumpliendo con el mandato que había dado el Señor al subir a los cielos recuperando su gloria absoluta, la que había puesto entre paréntesis durante su periplo terreno, su presencia y su acción jamás dejó de estar presente, esta vez no directamente, sino a través de los discípulos que habían asumido con toda responsabilidad la tarea que les había sido encomendada. Es impresionante la constatación de la cantidad de portentos que realizaban ellos, por cuanto eran hombres comunes, de carne y hueso como cualquiera, de cuyas manos surgían las maravillas que se sucedían una tras otra, al punto de que para ellos ya era natural la actuación de Jesús a través de ellos. No se daban a sí mismos la gloria, sino que hacían que todos reconocieran la acción del Señor a través de sus propias acciones. Así, por la confianza extrema que tenían en la compañía de Jesús, la acción del Señor se hacía presente continuamente. El saberse instrumentos dóciles en las manos del Salvador y la confianza sin fisuras en que cumplía su palabra de estar con ellos hasta el fin, lograba que esos portentos se llevaran a cabo y siguieran favoreciendo a los hombres por los cuales Él se había entregado. Por eso los favores eran continuos, sanando enfermos, expulsando demonios, y hasta resucitando muertos. La condición que existía para que eso se diera era doble: disponibilidad y confianza. Los discípulos se habían puesto en las manos de Jesús y confiaban radicalmente en su palabra. Hoy nos preguntamos por qué esos portentos no siguen presentes entre nosotros y si es que el Señor ya dejó de favorecer a los hombres con ellos. La respuesta es doble. Por un lado, el Señor no ha dejado nunca de favorecernos, incluso con hechos maravillosos, que seguramente muchos han experimentado, y que se siguen sucediendo. Además, somos espectadores de los milagros cotidianos que se dan a nuestro alrededor, y que por la fuerza de la costumbre, hemos dejado de admirar como regalos divinos. Y por el otro, sin duda muy negativamente, los hombres hemos perdido la confianza en Dios y somos suspicaces ante la posibilidad de su actuación, es decir, no estamos disponibles ante Él y fallamos gravemente en nuestra fe. Seguramente Él quiere seguir actuando en el mundo a través de nosotros, pero le hemos cerrado las puertas.

Esa actuación de Jesús hoy puede llegar a ser tan vívida como la que sucedió en la vida de los apóstoles. En aquel tiempo fue absolutamente necesaria para lograr más conversiones, lo que efectivamente sucedía al paso de los apóstoles del Señor. "En aquellos días, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo", nos relatan los Hechos de los Apóstoles. La presencia del Señor y la acción de su Espíritu campeaban libremente por la instrumentalidad consciente de los discípulos. Todos ellos eran capaces de permitir con la mayor libertad la acción de Dios. Y cada vez más hombres eran beneficiarios de todos los favores que Dios quería derramar: "Pedro, que estaba recorriendo el país, bajó también a ver a los santos que residían en Lida. Encontró allí a un cierto Eneas, un paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba de la camilla. Pedro le dijo: 'Eneas, Jesucristo te da la salud; levántate y arregla tu lecho'. Se levantó inmediatamente. Lo vieron todos los vecinos de Lida y de Sarón, y se convirtieron al Señor. Había en Jafa una discípula llamada Tabita, que significa Gacela. Tabita hacía infinidad de obras buenas y de limosnas. Por entonces cayó enferma y murió. La lavaron y la pusieron en la sala de arriba. Como Lida está cerca de Jafa, al enterarse los discípulos de que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres a rogarle: 'No tardes en venir a nosotros'. Pedro se levantó y se fue con ellos. Al llegar, lo llevaron a la sala de arriba, y se le presentaron todas las viudas, mostrándole con lágrimas los vestidos y mantos que hacía Gacela mientras estuvo con ellas. Pedro, mandando salir fuera a todos, se arrodilló, se puso a rezar y, volviéndose hacia el cuerpo, dijo: 'Tabita, levántate'. Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó. Él, dándole la mano, la levantó y, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva. Esto se supo por todo Jafa, y muchos creyeron en el Señor". La obra del Señor era incesante, y servía para la conversión de muchos. El abandono de los discípulos en las manos del Señor era determinante para esta acción divina.

Esto requirió de los apóstoles una convicción a toda prueba, de la cual empezaron a dar señales mientras Jesús estuvo presente físicamente en medio de ellos, aun cuando su adhesión estaba plagada todavía de incertidumbre. Al finalizar el discurso del Pan de Vida, muchos de los que seguían a Jesús se retiran y se alejan de Él, pues al escuchar lo que decía sentían que eran realidades fantásticas, irreales, increíbles. No fueron capaces de dar el paso adelante, que era como un salto en el vacío, basado principal y exclusivamente en la confianza de que la palabra de Jesús era verdadera: "En aquel tiempo, muchos de los discípulos de Jesús dijeron: 'Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?' Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: '¿Esto los escandaliza?, ¿y si vieran al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre ustedes que no creen'. Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: 'Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede'. Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él". La novedad que proponía Jesús era de tal magnitud que para muchos era imposible de digerir. Pero del otro lado estaban los que, aun sin comprender del todo lo que estaba proponiendo Jesús, habían crecido en la confianza en su palabra: "Entonces Jesús les dijo a los Doce: '¿También ustedes quieren marcharse?' Simón Pedro le contestó: 'Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios'". Es la voz del que se abandona en las manos del amor, confiando radicalmente en Él, aun cuando muchas veces las cosas sean humanamente incomprensibles. Esa confianza radical fue esencial para las grandes obras que realizaba el Señor a través de los discípulos en aquella Iglesia que nacía. Y es la misma confianza que el Señor nos pide que tengamos, pues Él quiere seguir actuando a través de nosotros, sus discípulos de hoy.

viernes, 23 de abril de 2021

No hay otro camino para la plenitud que el mismo Jesús y su amor

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna

El inicio de la vida de fe en los hombres tiene variantes muy significativas. Sin duda, la conversión es un acto personal en el cual nos encontramos cada uno, en nuestra individualidad, delante de la Verdad, que es luminosa y se nos presenta clara y diáfana, para que la aceptemos y la vivamos. No es un acto intelectual. Es un acto englobante de todo el ser del hombre, cuerpo y alma, materia y espíritu. Ante esa Verdad que se coloca frente a nosotros, debemos tomar una decisión crucial, que transformará por entero la vida. Y, como hemos dicho, el abanico de posibilidades que se presenta en el momento de la decisión es amplísimo. Se da para algunos desde prácticamente el inicio de su vida, pues tienen la suerte de pertenecer a una familia que vive la fe y esa fe es inoculada casi literalmente desde el mismo biberón que les toca consumir. Para otros es un camino de maduración progresivo, en el que la misma vida y la revelación de Dios les van dando razones sólidas por las cuales creer y entregarse a una vida nueva, que evidentemente se presenta como superior a la que hasta esos momentos han vivido. En este nivel, es  posible que se tengan experiencias espirituales muy intensas, inexplicables naturalmente, que les hacen lograr a su vez una compensación inmaterial que jamás antes habían sentido. Para algunos otros, ese momento de la conversión es muy intenso e incluso dramático, pues caen en la cuenta de la vaciedad de la vida que tenían antes del encuentro frontal con la Verdad y de la falta de sentido que en consecuencia tenía. A lo mejor teniendo la mejor valoración posible de la vida que llevaban, convencidos de su propia verdad y de la necesidad de ser fiel a ella, ese encuentro frontal con  la Verdad auténtica, los hace caer en la cuenta de la falsedad en la que vivían y de la necesidad de cambio. Será, de esa manera, una novedad de vida radical, absolutamente necesaria y esencial, para poder vivir la novedad del nuevo camino, que valorarán muy por encima de lo que vivían antes. Serán, totalmente, hombres nuevos.

Esta última fue la experiencia de San Pablo, el temible Saulo, perseguidor implacable de aquellos que seguían el nuevo camino que había inaugurado Jesús, y que él consideraba traidores, pues abandonaban el camino antiguo de la ley mosaica, para seguir uno diferente, el del amor propuesto por Jesús, con lo cual se apartaban totalmente de la tradición. Saulo era un fariseo convencido de la bondad de la ley y de la tradición, por lo cual, analizándolo con toda objetividad, actuaba fielmente a sus ideas. Está claro que su ruta era la equivocada, y así se lo hace ver el mismo Jesús en la experiencia mística que tiene en su encuentro: "'Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?' Dijo él: '¿Quién eres, Señor?' Respondió: 'Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer'". Este encuentro con Jesús representa para Pablo el choque frontal entre su seguridad, adquirida en tantos años de estudio y de vida, y la novedad radicalmente opuesta de algo que era totalmente nuevo, pero que por lo portentoso de su presentación, se advertía que era el camino verdadero. Por eso, entre el orgullo de su judaísmo radical y la humildad de bajar la cabeza ante la evidencia clara de la Verdad, no duda en someterse a lo que le exigía Ese a quien perseguía: "El Señor le dijo (a Ananías): 'Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre'. Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: 'Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo'. Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas. Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios". Es conquistado por Jesús. Y le es anunciado que su camino no será de pétalos, sino de espinas, por la fidelidad a la novedad del amor.

Para Pablo, desde ese encuentro con Jesús, quedó claro y diáfano que la verdadera Vida era la que Jesús ofrecía y que todo otro camino era absurdo. No dudó, desde esa experiencia de conversión, y en medio de persecuciones, de desprecios y del peligro de muerte, de que ese era el camino que él debía seguir y al cual debía servir, dando a conocer a todos que Jesús era la vida del mundo. Jamás pensó en su beneficio personal o en huir de su responsabilidad por las amenazas. Al contrario, entendió que su vida era Jesús: "Para mí, la vida es Cristo y una ganancia el morir". Hizo suyas las palabras de Jesús: "En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre". Jesús, habiendo hecho nuevas todas las cosas y habiendo hecho nuevos a los hombres, lo ha hecho con la entrega de su vida. No ha dejado nada para sí, sino que todo lo ha entregado por amor a los hombres. La novedad radical se basa en el derramamiento de todo su amor sobre el mundo y sobre la humanidad. Y ha ido más allá, pues se ha quedado como alimento para fortalecer y dar la vida a quienes lo sigan y lo coman. Fue esto lo que vivió Pablo y lo asumió como su forma de vida. Y es esto lo que debemos asumir todos los seguidores de Jesús, sabiendo que es el único camino para obtener la verdadera Vida y llegar a la plenitud final y eterna.

jueves, 22 de abril de 2021

Basta abrir el corazón al amor de Dios para recibir la salvación

 Lectio Divina: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae mi Padre” | Desde la  Fe

La expansión del mensaje de salvación de Jesús, que se empieza a llevar adelante en cumplimiento del mandato misionero y luego del envío del Espíritu Santo, se va realizando con mucha solidez y mucho éxito. Son cada vez más los que escuchan la mejor noticia que el mundo podía recibir, y se convierten. Ya no se trata solo de los judíos que se convertían a la nueva fe cristiana, sino que en esa misma expansión, causada principalmente por la persecución a la que eran sometidos los discípulos de Jesús, el anuncio llegaba fuera de las fronteras de Israel, a personajes que no pertenecen al pueblo judío y que venían del paganismo, es decir, creyentes en otras deidades o ídolos. Son gente que nunca había tenido noticias previas de un Dios como Yhavé, todopoderoso y creador, que había elegido a un pueblo para que fuera suyo, y que tenía la plena disposición de llenarlo de su amor y de sus favores. En ninguna otra religión del mundo se daba esta cualidad del encuentro personal de Dios, pues era imposible, al ser creaciones de las mentes religiosas de esos pueblos extranjeros. En el judaísmo había plena conciencia de ser un pueblo elegido, que no se había inventado a un dios propio, sino que había sido elegido por ese Dios para que fueran suyos. No habían sido ellos los que habían salido en la búsqueda de Dios, sino que era Dios el que había salido en busca del pueblo. Esto llegó a su punto más alto en Jesús. El Papa San Juan Pablo II, en su convocatoria a la celebración del Jubileo del año dos mil, en la Exhortación Tertio Millennio Adveniente, hizo una afirmación que echa muchas luces al respecto. Afirmó que la única religión del mundo en la que no es el hombre el que sale en busca de Dios, sino que es Dios el que sale en busca del hombre, y en la que realmente viene, haciéndose uno más de entre nosotros, es nuestra religión cristiana. Esta manera de actuar de Dios es absolutamente única, y por eso era tan atractiva para todos los que no lo conocían.

Fue esto lo que atrajo más a aquel eunuco etíope que iba leyendo las Escrituras, pero que no entendía lo que querían transmitir. Seguramente era un prosélito o temeroso de Dios, como se calificaba a aquellos no judíos que se convertían al judaísmo. En ese peregrinaje de los primeros discípulos, se hacía presente el Dios vivo y marcaba las pautas. El diácono Felipe es transportado a su encuentro para echar luces al espíritu del eunuco: "En aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo: 'Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto'. Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías. El Espíritu dijo a Felipe: 'Acércate y pégate a la carroza'. Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó: '¿Entiendes lo que estás leyendo?' Contestó: '¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía? E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él". Es sorprendente la humildad del eunuco que solicita el ser iluminado para poder comprender las Escrituras. Y su aceptación de la iluminación que recibe de parte de Felipe: "El eunuco preguntó a Felipe: 'Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?' Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: 'Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?' Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría". La conversión del eunuco y su aceptación de la palabra que le transmitió Felipe, fue su salvación. Era un nuevo cristiano que confirmaba la intención de Dios de salvar a todos los hombres que se dejaran conquistar por su amor y se entregaran a Él con la mayor ilusión, tal como lo hizo él.

La venida del Hijo de Dios al mundo no tenía otra intención que la del rescate de la humanidad, empezando por el pueblo elegido y siguiendo adelante hasta conquistar a toda la humanidad. Son los hombres de todos los tiempos y de todas las geografías los beneficiarios del amor de Dios y de la entrega del Hijo para su restauración. Es a todos los hombres del mundo a los que quiere hacer de nuevo Dios con la obra de entrega de Jesús. Ninguno está excluido, como no estuvo excluido el eunuco etíope. En el discurso del Pan de Vida que pronuncia Jesús en el Evangelio de San Juan, esta intención queda claramente establecida: "En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: 'Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí'". Ese Dios que sale de sí mismo y se entrega a la humanidad, haciéndose uno solo con ella, no solo traerá la salvación para todos, sino que se ofrecerá como peña en la que se sustente la nueva vida que recibirán, y añadirá a ese tesoro su propio ser que se ofrece como alimento espiritual para la vida y la fortaleza de quienes lo reciban como su Salvador. No es una compensación temporal, sino que será determinante y esencial para mantenerse luego en la condición de salvados, de resucitados, de nacidos de nuevo en el amor de Dios: "No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad les digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de Él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo". Es la promesa cumplida de nuestro Dios de amor, la de Aquel que es fiel y nunca deja de cumplir su promesa a los hombres.

miércoles, 21 de abril de 2021

El ¨mal" de la muerte de Cristo se convirtió en el mayor bien para nosotros. Él es Pan de Vida

 Ésta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna  | InfoVaticana

En el refranero popular, arca de la sabiduría del pueblo llano, que está basada más en las experiencias que se viven que en la profundización en las ideas, aunque no esté descartada la capacidad de inteligencia y de discernimiento que tenga la gente sencilla, nos encontramos con frases que dan más iluminación a la verdad que las grandes disertaciones que se puedan hacer. En él hallamos esta frase: "No hay mal que por bien no venga". Es la capacidad del pueblo de extraer de sus experiencias duras y dolorosas, las consecuencias positivas que necesariamente deben tener. Las experiencias negativas, para este pueblo, deben ser también aprovechadas. Dado que estarán siempre presentes en la vida cotidiana, se debe tener la capacidad de convertirlas en riquezas para la vida futura. En todo caso, deben ser transmutadas para sacar provecho de ellas, y nunca permitir que sean solo destructivas. En medio del mal, del dolor y de la frustración que sin duda se vive cuando se experimentan, se debe ser capaz de convertirlas en riquezas que sirvan de enseñanzas para el futuro. Los problemas, lejos de ser una rémora, deben ser oportunidades de crecimiento. Esta sabiduría popular se alinea perfectamente con las enseñanzas de los grandes sabios y santos de la Iglesia. San Agustín enseñaba que Dios es experto en sacar consecuencias buenas del mal que pueden vivir los hombres. Por otro lado, tenemos la convicción de que Dios nunca permitirá que suceda nada que al final no tenga consecuencias buenas para los hombres. Esto entra en la lógica del amor de Dios. Él quiere solo lo bueno para nosotros. Y cuando sucede algo malo, no por su voluntad, sino por la voluntad humana que hace mal uso de su libertad, Él estará siempre como bombero atento para sofocar el fuego que se haya producido, y transformar el mal en un bien para el hombre.

Esto lo vivió en carne propia la Iglesia naciente. Después de la lapidación de San Esteban, primer mártir cristiano, se desató la persecución contra aquellos que profesaban la nueva religión. Las autoridades judías reaccionaban contra lo que, entendían ellos, era la amenaza más peligrosa hacia sus privilegios. Notaban que cada vez eran más los seguidores de Jesús y con ello perdían el poder y el dominio que ejercían sobre ese pueblo sencillo que seguía entusiasmado la noticia de la nueva vida que ofrecía el Señor a través de sus enviados: "Aquel día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria. Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia; penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres. Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a la ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría". En efecto, como "No hay mal que por bien no venga", la ocasión de la huida de aquellos que eran perseguidos por anunciar la Buena Nueva de Jesús, de su amor y de su salvación, era la oportunidad de hacer el anuncio en las ciudades por las que iban pasando. Así muchos hombres y mujeres de otros lugares fueron conociendo la Verdad y se iban adhiriendo al nuevo camino, el que abría Jesús para la salvación de todos. Dios, experto en transmutar el mal en bien, convirtió la persecución en el mejor instrumento para darse a conocer a través de la palabra y el testimonio de los que iban huyendo y visitando en su huida nuevos pueblos. No evitaba la persecución, pero sí la convirtió en ocasión de salvación de muchos.

El objetivo de Dios es que el hombre alcance su plenitud, y que esa plenitud alcance su zenit en la eternidad. Por ello, en la vida cotidiana procurará que incluso el mal se mute en tesoro para el camino de avance hacia esa meta. Y aun va más allá. Se preocupa de que la obra de Jesús nunca se dé por terminada, sino que hace que su Hijo siga presente para siempre entre nosotros, haciéndose compañero de camino, sustento con su amor, alivio en los dolores, ejemplo de paciencia y de humildad. Y, principalmente, llegando a ser el centro del fortalecimiento de los discípulos, en alimento que sustentará el camino hacia la vida eterna. En los días de su vida en la tierra anuncia lo que está dispuesto a hacer para nunca dejar abandonados a los hombres. Afirma: "Yo estaré con ustedes hasta la vida eterna", y anuncia en el discurso del Pan de Vida, que magistralmente hila San Juan, que su promesa será cumplida cabalmente y de la manera más extraordinaria: convirtiéndose Él mismo en el alimento que dará el sustento para el camino de los cristianos, que los sostendrá en su vida de testimonio diario y en su empeño por ser mejores, por hacer mejores a los demás y por hacer un mundo mejor para todos. Jesús es el alimento espiritual que hará que no sea necesaria la búsqueda de otros apoyos para poder tener fuerzas para avanzar. Y será no solo el alimento como Eucaristía que fortalece y que da vida, sino que será el que estará presente en la tierra para que se pueda recurrir a Él en la ocasión en que se desee, para sentir su amor, su ternura, su alivio, su consuelo, su fortaleza. Esta seguridad de tenerlo a la mano, llena de confianza y de fe al cristiano: "Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como les he dicho, ustedes me han visto y no creen. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día". Es la promesa de su compañía y de convertirse en el Pan de Vida para la vida eterna. Con esa promesa, los cristianos no tenemos nada que nos falte. El "mal" de la muerte de Cristo se convirtió para todos en causa de vida. El mayor mal se trastocó en el mayor bien para todos.

martes, 20 de abril de 2021

Añoremos el Pan de Vida que nos da Jesús, que es Él mismo

 LECTURAS DEL DOMINGO XVIII DEL T. ORDINARIO 5 DE AGOSTO (VERDE) | MISAL  DIARIO

Existe entre los hombres, sobre todo en aquellos que quisieran ser seguidores de Jesús, una continua diatriba entre los beneficios que se pueden obtener en ese seguimiento, particularmente si ellos son materialmente favorables o no. Se confunde el seguimiento de Jesús con una especie de seguro contra males. Quienes están cerca de Cristo, siendo fieles a su amor, cumpliendo su voluntad, haciendo lo que Él pide, frecuentemente creen que por ello están exentos de todo mal. Incluso muchos que ya están en el camino de la fidelidad quieren convencer a los otros a acercarse también ellos para lograr que todos los males desaparezcan de su vida. Está claro que Dios puede hacer que los males se alejen de los suyos. Pero en la realidad, quien funda su fidelidad en no sufrir males por estar cercano a Dios, ha puesto una base muy endeble a su fe. Se puede verificar que muchos hombres y mujeres buenos, que viven su seguimiento a Dios con fidelidad, siguen sufriendo males, persecuciones, rechazos, enfermedades, y hasta la muerte, por ser fieles. No es cierto, entonces, que ponerse al lado de Dios inmuniza contra lo malo que puede vivir el hombre. Si es así, ¿qué es entonces lo que haría atractivo seguir con ilusión y fidelidad a Dios? ¿Cuál sería la ganancia que se obtiene por estar cerca de Dios, si no se gana nada mejor de lo que se vivía antes de seguirlo? Es necesario, entonces, hacer el discernimiento de la ventaja que representa querer ser de Dios, pues en múltiples ocasiones nos percatamos de que los que sirven al mal, reciben muchas más compensaciones materiales que los que sirven al bien. Incluso muchos buenos llegan a ver hasta con envidia a los malos, pues son mucho más favorecidos a su entender que ellos mismos.

Es una inquietud que ha estado presente siempre. Muchos de los salmos del Antiguo Testamento son un reclamo a Dios por el mal que sufren los que son fieles, frente a todos los bienes que reciben los malos. Se hace necesario que haya entonces un itinerario distinto en el discernimiento. No se debe partir de los beneficios que se alcancen actualmente, los temporales y pasajeros, sino de los que se obtienen establemente y que nunca desaparecerán. Puede ser que haya bienes que se obtengan en lo cotidiano. Dios también puede hacerlo, pues no hay nada imposible para Él. Podríamos ubicar en esa categoría los milagros que conocemos como obras portentosas y maravillosas que realiza Dios, por intercesión de sus santos. Pero son eso, portentos. No es la manera normal de su actuación. Por ello, a pesar de que siempre podremos obtener favores y beneficios, como en efecto sucede en nuestras vidas, es cierto que nuestra expectativa no puede agotarse en ello, pues estamos llamados a algo más elevado. Dios nunca nos promete la ausencia del dolor. Lo que sí nos promete es su presencia que nos consuela, nos alivia y nos fortalece, en medio del sufrimiento en su nombre y por fidelidad a Él. Y esta es la experiencia de todos aquellos elegidos suyos para ser sus anunciadores en medio de un mundo que sigue valorando más lo material que lo espiritual. Lo vivió San Esteban, el primer mártir cristiano, que se entregó de lleno al anuncio y obtuvo como compensación física su muerte: "Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: 'Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios'. Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: 'Señor Jesús, recibe mi espíritu'. Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: 'Señor, no les tengas en cuenta este pecado'. Y, con estas palabras, murió". Su premio no fue una vida muelle o desahogada. Su fidelidad le atrajo la muerte. Y él la asumió con gallardía, con valentía y con ilusión, pues había valorado y discernido bien en qué consistía la plenitud a la que era convocado por su fidelidad.

En ese camino de fidelidad que deben emprender los discípulos de Jesús, en medio de los sufrimientos y persecuciones, no nos deja el Señor desamparados, a nuestra merced. Él mismo se monta en la barca que nos invita a hacer bogar en el mar del mundo y nos acompaña. Pero no solo eso. Va más allá, ofreciéndonos el alimento que nos fortalece y que nos renueva para poder seguir llenos de ilusión en la misión que nos encomienda, que no es otra que la de seguir su misma obra de salvación en nuestro tiempo y en el tiempo de cada enviado: "En aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús: '¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”'. Jesús les replicó: 'En verdad, en verdad les digo: no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo'. Entonces le dijeron: 'Señor, danos siempre de este pan'. Jesús les contestó: 'Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás'". No promete Jesús ausencia de conflictos o de sufrimiento, sino alimento para la fortaleza en el testimonio que deben dar. Y es en esto en que los discípulos debemos poner el acento. La compensación no es la ausencia del dolor, sino la presencia suya en nosotros que nos llena de paz y de consolación, y que nos da la fortaleza que necesitamos para mantenernos en el camino de la fidelidad, que es el que dará la plenitud del gozo. La presencia de Jesús en el corazón del hombre llena de alegría, da la mayor ilusión para seguir adelante, nos anima a seguir en nuestro camino, en medio de nuestro mundo muchas veces hostil, pues nos asegura que estamos avanzando hacia la plenitud que nos pertenece ya en promesa, pero que será realidad plena cuando lleguemos después de nuestro periplo a la presencia del Padre del amor y vivamos la felicidad total en su presencia por toda la eternidad.

lunes, 19 de abril de 2021

Lo material, con ser importante, nunca está por encima de lo eterno

 Trabajen por el alimento que perdura para la vida eterna» – Reporte  Católico Laico

Uno de los principales intereses de Jesús en la realización de su obra de amor en favor de los hombres, es el de darles una perspectiva de vida superior a la que viven cotidianamente. Desea Jesús que los hombres elevemos nuestra mirada y nuestro corazón a las cosas trascendentes, a las que no pasarán nunca, aquellas que, por ser eternas e infinitas, estarán siempre por encima de lo simplemente temporal o pasajero. No quiere Él que nos despeguemos totalmente de ello, pues al fin y al cabo son parte esencial de nuestra vida, la que Dios mismo nos ha donado, haciéndola compleja en sí misma, en el sentido de que tiene la doble componente de lo material y lo espiritual. La materia es parte esencial de nuestro ser. El hecho de que seamos seres corporales hace que naturalmente tengamos necesidad de ella para poder satisfacer nuestras exigencias básicas. Además, será de la misma materia de la que nos aprovecharemos para el bien y para la solidaridad con los hermanos menos favorecidos. La materia, en fin, es esencia y riqueza. Sin embargo, aun dando por sentado que su origen es bueno y que lo será siempre, pues ha sido un regalo de Dios a la humanidad, Jesús llama la atención para que no centremos nuestra vida solo en ella, evitando que tengamos la tentación de absolutizar lo temporal, como si fuera lo único importante. Esa fue la raíz del pecado, cuando el hombre puso la materia, la suya propia y la que tenía a su alrededor, en el centro de sus intereses, colocándose a su servicio, en vez de hacer lo que Dios quería: que él se sirviera de ella. Los Obispos latinoamericanos en Puebla definieron el pecado mortal como: "La absolutización de lo que no es absolutizable". Y eso fue lo que hizo el hombre. Y a eso quiere Jesús que el mismo hombre ponga fin. El único absoluto es Dios y su lugar no lo puede ocupar ninguna otra realidad, por muy importante que sea.

Por eso Jesús sentencia delante de aquellos que lo buscaban, no por un interés elevado de búsqueda de la Verdad, del Amor o del Bien, sino simplemente para poder satisfacer sus necesidades físicas: "En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan no porque han visto signos, sino porque comieron pan hasta saciarse. Trabajen no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios". Es necesario que el hombre que busque a Jesús lo haga no solo para sacar un buen provecho material, es decir, por un interés solo crematístico, sino que la motivación debe ser la de la obtención de una riqueza espiritual que satisfaga no solo lo corporal, sino que apunte a lo trascendente. Y no es que lo material no sea importante. Jesús ha venido a redimir a todo el hombre, en su integralidad. Para Él esa realidad material es también susceptible de redención. Por ello su obra es totalizante y abarca toda la realidad del hombre. Ese interés lo ha demostrado apenas momentos antes cuando ha multiplicado los panes y los peces para dar de comer a más de cinco mil hombres. La miseria, la explotación del hombre, el hambre y la sed que sufren tantos, la falta de insumos básicos que necesitan tantos hermanos para poder sobrevivir es, a todas luces, una situación antievangélica contra la cual los cristianos estamos obligados a actuar. Pero no por una simple inspiración sociológica, sino por la que es propia de nuestra fe, que es la del amor, la de la caridad, la de la solidaridad y la de la compasión, siguiendo las mismas huellas de Jesús. Nosotros, como primer interés, debemos apuntar a esa verticalidad en la búsqueda de Jesús. Que Él se convierta en nuestra prioridad. Y que, hallándolo, lo hagamos parte de nuestra existencia para llevarlo a los demás, procurando que también ellos lo pongan en el primer lugar.

Así entendieron siempre los primeros discípulos que debían actuar. Sin despegarse de su realidad, hacer a Jesús el huésped principal de su ser y llevarlo con delicadeza y amor a todos los hombres que tienen el derecho de conocerlo y de amarlo como ellos. Hacerles la misma invitación a todos a no centrarse solo en el día a día, como si todo terminara allí, como si la realidad se redujera solo a preocuparse por el qué tener para comer, dónde vivir, cómo disfrutar, sino que el interés para esforzarse por algo, fuera más elevado, apuntando a lo que no pasa, a lo trascendente, a lo eterno. La materia no puede, de esta manera, agotarlo todo, ni colocarse en el centro de la vida del hombre. Al fin y al cabo, eso pasará. Es necesaria la elevación de la perspectiva hacia lo que no pasa ni termina. Cuando los apóstoles y los primeros discípulos lo comprendieron, adquirieron una perspectiva totalmente nueva, llena de atractivo, que les dio la ilusión de saber que servían a quien debían servir y que estaban haciendo en favor del hombre lo mejor que podían hacer, que era procurar que también todos ellos tuvieran la misma perspectiva que los elevara. Por eso eran capaces de colocarse a sí mismos en un lugar secundario. El primero lo reservaban para Dios y para los hermanos: "En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba". No les importaban las consecuencias que pudiera tener su entrega, pues sabían claramente a quién servían. Y lo asumían con la mayor de las ilusiones: "Entonces indujeron a unos que asegurasen: 'Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios'. Alborotaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y, viniendo de improviso, lo agarraron y lo condujeron al Sanedrín, presentando testigos falsos que decían: 'Este individuo no para de hablar contra el Lugar Santo y la Ley, pues le hemos oído decir que ese Jesús el Nazareno destruirá este lugar y cambiará las tradiciones que nos dio Moisés'. Todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron su mirada en él y su rostro les pareció el de un ángel". Su gozo no era la aprobación de los hombres, sino la de Dios y saber que estaban haciendo lo que se esperaba de todo discípulo, conquistado por el amor de Dios y el amor a los hermanos.