lunes, 22 de febrero de 2021

San Pedro sigue siendo la piedra que sostiene a la Iglesia

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La figura de San Pedro es una de las figuras emblemáticas de nuestra Iglesia, y se convierte así en prototipo del cristiano. Son muchísimas las consideraciones que podemos hacer sobre este elegido por Jesús parar llevar adelante la barca de la Iglesia. Es, en primer lugar, modelo del llamado, por cuanto es convocado por Jesús desde la total anonimia, pues era un simple pescador que estaba a las orillas del lago arreglando los aperos después de la jornada de labor. Es un personaje que, estrictamente hablando, no se diferenciaría de alguno de cualquiera de nosotros: Rudo, trabajador, desconocedor de Jesús, impetuoso, espontáneo, entusiasta, demostrando una valentía que luego desaparecerá cuando sea exigido. Su misma espontaneidad le hará entrar en situaciones en las que seguramente él mismo jamás se imaginó. Tan pronto dirá que defenderá a Jesús y se entregará dando su vida por Él, como saldrá luego a esconderse y lo negará cuando llegue ese momento de la entrega. Tan pronto lo confesará como el Hijo de Dios, como luego le reprochará cuando anuncie la obra redentora que tendrá que llevar adelante con su muerte. Son conductas y actitudes que surgen en San Pedro, pero que pueden también estar presentes en cualquiera de nosotros. No podemos criticar su conducta, pues nosotros mismos hubiéramos actuado de manera similar e incluso hasta peor. Y aún así, es el elegido por Jesús para ponerlo al frente de su Iglesia: "Ahora yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos". Pedro es el primer Papa de la Iglesia y sobre él recae toda la responsabilidad de su guía, con la misma autoridad que tenía Jesús. Es el "Vicario de Cristo", es decir, el que hace las veces de Cristo cuando ya Él no está físicamente presente en el mundo.

El Papa ejerce su tarea, en obediencia a la indicación de Jesús a Pedro, desde ese momento hasta nuestros días. Desde el libro de los Hechos de los Apóstoles nos percatamos cómo los otros apóstoles se acercaban a Pedro en atención a su autoridad, respetando la decisión de Jesús. Él ejercía su autoridad y mantenía la unidad de esa Iglesia que estaba naciendo. Su palabra era indicadora del camino que se debía seguir y lo que se decidía era refrendado por su autoridad. Desde Jerusalén, y luego desde Roma, era escuchado y seguido por los cristianos. La mayor muestra de su fidelidad a la tarea que puso Jesús en sus manos fue su misma muerte, por la Verdad de Jesús que proclamaba la Iglesia bajo su guía. Su autoridad no fue la de un déspota, sino la del pastor que llevaba a cada cristiano sobre sus hombros y que daba testimonio de su amor a Jesús y a cada fiel de la Iglesia. Con su palabra quiso conducir a la Iglesia por el camino de la Verdad. Incluso se preocupa de animar a los presbíteros (que significa "ancianos", los que estaban al frente de las comunidades nombrados como guías) a que se pusieran al frente de sus fieles, animándoles en medio de las persecuciones y sufrimientos para que entendieran que el camino de la fe no era un lecho de rosas. Así animaba a los pastores de las comunidades: "Queridos hermanos: A los presbíteros entre ustedes, yo, presbítero con ellos, testigo de la pasión de Cristo y participe de la gloria que va a revelar, los exhorto: pastoreen el rebaño de Dios que tienen a su cargo, miren por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes les ha tocado en suerte, sino convirtiéndose en modelos del rebaño. Y, cuando aparezca el Pastor supremo, recibirán la corona inmarcesible de la gloría". Con el cumplimiento de su tarea animaba en el camino de la santidad. En esa Iglesia que nacía buscaba que todos fueran unificando la práctica de la fe, mediante la organización de las estructuras necesarias y la celebración sobre todo de la Cena del Señor, recordando el último encuentro con Jesús en el que dejó el regalo de la Eucaristía. Aquel Pedro que negó a Jesús en el momento de la cobardía, asumió con la mayor responsabilidad la tarea que Jesús mismo le encomendó, hasta las últimas consecuencias.

Hoy, San Pedro es Francisco. No hubiera sido razonable que la figura del Pedro que quiso Jesús poner al frente de su Iglesia, desapareciera cuando éste muriera. La piedra sobre la que se construye la Iglesia -"Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"-, no podía desaparecer, pues entonces se hubiera venido abajo toda la estructura. El Papa sigue ejerciendo su misión, exactamente con la misma autoridad que Jesús puso en las manos de Pedro. Se equivocan radicalmente quienes afirman que ya esa figura de Pedro no tiene importancia y que solo la tuvo en el momento histórico en que existió. Si así fuera, no existiría la posibilidad de la unidad, uno de los deseos más intensos de Jesús y que expresa claramente en su oración sacerdotal delante del Padre: "Que todos sean uno, como Tú y yo, Padre, somos uno". El Papa es hacia quien se anuda esa unidad deseada por Jesús, que se afinca en el amor y en la solidaridad humanas, y por supuesto en el amor y la fidelidad a Dios. El Papa anima a todos los fieles a vivir en la Verdad de Jesús y los impulsa a profundizar y conocer cada vez más en su conocimiento. Su palabra orientadora ilumina el camino de la Iglesia y de cada fiel cristiano. Basado en la Verdad del Evangelio, va extrayendo de él el tesoro de la Verdad y lo pone a nuestra vista para que lo vivamos con mayor conciencia. Nos anima a vivir la fraternidad cristiana echando luces sobre los problemas actuales y sobre las soluciones que pueden tener a la luz del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia, en las cuales es experto. No impulsa una Iglesia separada del mundo o del hombre, sino profundamente comprometida, pues es a ese mundo y a ese hombre a los que sirve. Anima a los cristianos a una unión más profunda, consciente y madura con Dios, viviendo una vida en santidad que no desplaza la realidad, sino que invita a un compromiso de unión con Dios haciéndolo tangible en la unión con los hermanos. De esta manera, entendemos que Jesús no se ocupó solo de los discípulos en su momento histórico, sino que nos dejó bien resguardados bajo las alas del Papa, a quien debemos aceptar como el Pedro de todas las épocas.

domingo, 21 de febrero de 2021

Vamos al desierto con Jesús para vencer al mal con Él

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La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno de Dios, el Hijo de Dios, que se ha hecho hombre aceptando la propuesta del Padre para el rescate de la humanidad pecadora -"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"-, ha asumido su misión con todas la carga que ello implicaba. Hacerse hombre no era simplemente "aparecer" en el mundo como uno más, sino que implicaba la asunción de la naturaleza humana con todas sus características y consecuencias, viviendo la misma vida de cualquiera, naciendo como uno más de una mujer como todos, viviendo en una familia como uno más. El periplo humano del Dios hecho hombre no fue en nada distinto al de cualquiera de nosotros. Ello implicaba pasar por todas las etapas por las que pasa cualquier hombre, sin dejar ninguna por fuera. Por eso ríe, goza, disfruta de las amistades, conoce y comparte con los amigos. Y por eso también sufre el dolor, la tristeza, las decepciones, los desencantos. Y también por eso, como la vida de cualquier hombre, deberá rendir el tributo a la muerte. En Él este tributo tendrá una connotación diversa, por cuanto será una muerte con un contenido muy específico, pues implicará no una desaparición de una vida, sino el rescate de todas las vidas de los hombres de la muerte en la que estaban sumidos. Su condición de Dios que asume la humanidad lo hacía estar muy lejos del pecado. Y aún así, no solo muere por el pecado y el mal del hombre, que toma sobre sus hombros y lo lleva a la cruz y al sepulcro para vencerlo, sino que muere para rescatar al hombre de esas garras que lo tenían encadenado. La muerte de Jesús es muerte liberadora, no solo, por lo tanto, de signo negativo, con todo lo dolorosa que pudo haber sido, sino convertida en el signo más positivo que se puede dar a la vida de la humanidad, pues la rescata y la coloca de nuevo en el sitio que le corresponde, junto a Dios para vivir la felicidad en plenitud.

En ese recorrido de la vida humana que debe cumplir el Redentor como Dios que asume la humanidad, no podía Él sustraerse de la experiencia que ha vivido el hombre que ha sido conquistado por el mal y ha sido tentado con los más grandes beneficios humanos y materiales si se decide a servir al demonio. En los cuarenta días en el desierto al que el Espíritu conduce a Jesús, Satanás toma la batuta y pretende tentarlo con las mismas tentaciones que le han dado tan buenos resultados con los hombres. No se diferencia en nada de la experiencia que tiene cada uno de nosotros. Las tentaciones del poder, del tener y del placer son las que el demonio pone delante de Jesús en su intento de hacerlo sucumbir: "En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás". Evidentemente Jesús vence al demonio. Comienza así su historia de victorias sobre el mal. Jesús vence y con ello nos invita a todos a seguir sus pasos. El desierto y las tentaciones no serán jamás extrañas a nosotros. Cada uno recorrerá su desierto y será siempre tentado por el demonio de diversas maneras, como se atrevió a hacerlo con Jesús. En ese sentido, la fuerza de Jesús es también nuestra misma fuerza. Nuestro itinerario podrá ser el mismo que el de Cristo, pues siendo cada uno de nosotros tentados por el mal, con esa fuerza espiritual que nos da el Redentor, podremos vencer siempre, pues nunca la fuerza de la tentación será mayor que la de Jesús que nos acompaña: "Dios es fiel y no permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas". Y aún más: la victoria nos servirá de purificación y de fortalecimiento. Purificaremos nuestro espíritu y cada victoria nos hará más fuertes. Tentación y purificación van de la mano y avanzan sólidamente si logramos ir venciendo en cada paso.

En el diluvio la humanidad fue purificada: "Esta es la señal de la alianza que establezco con ustedes y con todo lo que vive con ustedes, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco y recordaré mi alianza con ustedes y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir a los vivientes". De este modo, el diluvio se convirtió en signo del bautismo que nos regala Jesús para darnos la nueva vida que nos enaltece y nos lleva a la situación de salvados para avanzar en el camino hacia la plenitud de la alegría. La experiencia de desierto que vamos a vivir cada uno de nosotros, se equiparará a la de un bautismo, pues nos impulsará a purificarnos venciendo las tentaciones que pondrá en nuestro caminar el demonio: "Queridos hermanos: Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conducirlos a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu; en el espíritu fue a predicar incluso a los espíritus en prisión, a los desobedientes en otro tiempo, cuando la paciencia de Dios aguardaba, en los días de Noé, a que se construyera el arca, para que unos pocos, es decir, ocho personas, se salvaran por medio del agua. Aquello era también un símbolo del bautismo que actualmente los está salvando, que no es purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena conciencia, por la resurrección de Jesucristo, el cual fue al cielo, está sentado a la derecha de Dios y tiene a su disposición ángeles, potestades y poderes". Las tentaciones deben transformarse, entonces, de experiencias negativas a experiencias enriquecedoras, por cuanto nos equiparan a Jesús que las sufrió también, y que se une a nosotros para que sepamos sacarle provecho purificándonos al vencerlas y encaminarnos por las rutas que nos hacen avanzar hacia la perfección que viviremos plenamente en la eternidad feliz junto a nuestro Padre Dios.

sábado, 20 de febrero de 2021

Unirnos a Jesús nos asegura el gozo ahora y en la eternidad

 Resultado de imagen para No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan

La salvación que ha traído Jesús es para todo el que la necesite. En principio será, entonces, para todos los hombres. La voluntad salvífica del Señor es universal. Lo afirma rotundamente San Pablo: "Dios quiere que todos los hombres se salven". Pero para que se dé se requieren algunas condiciones previas en el hombre a salvar. Debe, en primer lugar, reconocerse necesitado de salvación. Es imposible que Dios pueda salvar a quien se considera a sí mismo no necesitado de salvación. La soberbia, que desemboca en la vanidad, el egoísmo, el orgullo malsano, es el primer obstáculo para poder recibir la salvación. En segundo lugar, debe acercarse con arrepentimiento y humildad a la fuente de la salvación, de modo que haga un reconocimiento de que existe un único manantial de salvación y que lejos de él jamás podrá obtenerla por sí mismo. El hombre nunca podrá alcanzar por sus propias fuerzas la salvación que desee. Y en tercer lugar, debe asumir un compromiso de vivir las actitudes y los pensamientos del hombre salvado. Quien añore la salvación debe comportarse desde el momento en que la busca como un hombre salvado, de modo que la salvación no será un acontecimiento que se traslade al tiempo final de la vida personal, sino que debe gozarse desde el mismo momento en que se desea. Quien asume este itinerario como un compromiso real y que lo llevará a la situación idílica de amor y felicidad que Dios quiere que viva, podrá vivir lo que es la auténtica salvación. Quien se encierra en sí mismo y se obsesiona por seguir en el camino de alejamiento de Dios y de los hermanos, jamás podrá aspirar a obtener la salvación.

En todo caso, hay que evitar un equívoco en el que se incurre con mucha frecuencia, que es el de la pretensión de obtención de beneficios materiales cuando se está caminando hacia la salvación y se es fiel a Dios. Se llega a pensar que porque se está con Dios nunca habrá nada malo en la propia vida, no habrá tristezas ni sufrimientos ni enfermedades, las cosas en lo material irán de lo mejor, todos los problemas serán resueltos. Y así, muchos se acercarían a Dios para refugiarse en Él de manera de evitar cualquier circunstancia negativa en su vida. La verdad es que acercarse a Dios no evitará el mal, pues el mal seguirá actuando libremente y atentando contra el hombre, incluso contra el que está cerca de Dios. Podríamos atrevernos a decir que se ensañará aún más contra el que es fiel a Dios. En todo caso, Jesús jamás ha prometido la ausencia de conflictos en la vida del hombre, sino su consuelo, su alivio, su fortaleza. En medio del sufrimiento nos ha prometido estar allí presente, dándonos su fuerza, su aliento y su alivio. Los beneficios que ofrece el Señor cuando nos acercamos a Él, apuntan al gozo espiritual, a la esperanza de la eternidad. Lo cual no resta a que añoremos también ya en esta vida vivir la felicidad, lo cual, en su amor y en su misericordia, también lo posibilita el Señor. El gozo espiritual es compensación y complemento para el gozo humano cotidiano: "Esto dice el Señor: 'Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía. El Señor te guiará siempre, hartará tu alma en tierra abrasada, dará vigor a tus huesos. Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas que no engañan. Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas, volverás a levantar los cimientos de otros tiempos; te llamarán 'reparador de brechas', 'restaurador de senderos', para hacer habitable el país. Si detienes tus pasos el sábado, para no hacer negocios en mi día santo, y llamas al sábado 'mi delicia' y lo consagras a la gloria del Señor; si lo honras, evitando viajes, dejando de hacer tus negocios y de discutir tus asuntos, entonces encontrarás tu delicia en el Señor. Te conduciré sobre las alturas del país y gozarás del patrimonio de Jacob, tu padre. Ha hablado la boca del Señor". El gozo que ofrece el Señor es un gozo total, no parcial ni pasajero.

Ese camino de salvación está abierto a todos, principalmente a aquellos que más lo necesitan y que se reconocen necesitados. Para aquellos que se ilusionan con un camino distinto al que han llevado hasta ese momento, y saben que debe haber algo que le dé más sentido a la vida que están viviendo. A los que saben que hay algo más, que debe haber algo más, que eleve la vida al simple vivir cotidiano en el que solo sobrevivir es ya la rutina. Para los que elevan su mirada y no se quedan solo con lo que perciben en su día a día. Para aquellos que están convencidos de que están en la vida para algo más y que la vida no puede terminar en el vacío de la nada que implicaría la meta de lo que viven cotidianamente. Para aquellos que esperan con ilusión y esperanza firme un final glorioso, feliz, gozoso, en el que esperan vivir en la felicidad y en el amor que nunca se acaba. Esto es lo que le da sentido a una vida vivida en tensión: llegar a una plenitud que nunca termine. Es lo que ofrece Jesús a aquellos que lo cuestionan. Llevar a la plenitud a quien reconoce que lo necesita y por eso se acerca a Él, consciente de que Él es la fuente de esa plenitud: "En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: 'Sígueme'. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús: '¿Cómo es que ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?' Jesús les respondió: 'No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan'". Así se emprende el camino de la salvación: Reconociendo que Jesús ha venido a salvar a los pecadores. Y que, para recibir esa salvación, debemos empezar por reconocernos pecadores y necesitados de esa salvación.

viernes, 19 de febrero de 2021

El ayuno debe desembocar en la solidaridad con el necesitado

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Uno de los signos característicos del espíritu de penitencia, que se convierte además en indicación de la seriedad con la que se asume el avance por el camino de la conversión, es el ayuno. Ayunar es deslastrarse de aquellas cosas que son cargas pesadas para avanzar más fluidamente hacia la meta del encuentro con la felicidad plena que nos ofrece el Señor. A veces serán cosas, pensamientos y conductas que sabemos nos conducen a rutas diversas e incluso opuestas al encuentro con Dios. Otras, serán adherencias que hemos ido permitiendo en nuestro caminar y que son absolutamente prescindibles para nuestra propia vida. Y otras, finalmente, serán cosas que podemos llegar a considerar esenciales, pero que, al valorar por encima de lo nuestro lo que nos propone Dios, hacemos el esfuerzo por echarlas a un lado, seguramente no sin esfuerzo, para avanzar más ágiles a su encuentro. Jesús nos propone el ayuno como proceso de perfeccionamiento, en el cual damos muestras de la seriedad con la que asumimos favorablemente su invitación a ser suyos y a avanzar en el encuentro más profundo e íntimo con Dios. Pero Jesús, en esta invitación nos quiere hacer caer en la cuenta de la actitud que debe acompañar la acción. No se trata, sin duda, de un ejercicio exterior, en el cual queramos ser reconocidos, buscando que ese reconocimiento sea una especie de pago por el esfuerzo que se esté haciendo. El Señor quiere que el ayuno sea un signo de algo que está sucediendo muy en lo íntimo, en el corazón del hombre, convencido de la necesidad de un cambio radical de pensamientos y conductas. De nada vale un ayuno que no derrumbe el egoísmo, la vanidad, la falta de solidaridad. Un ayuno del que se saque provecho personal es lo más alejado del auténtico ayuno.

Desde el mismo principio, este sentido del ayuno estaba muy claro en lo que Dios exigía al pueblo. El ayuno debe lanzar a los hermanos. El fruto del ayuno es para los hermanos. Los beneficiarios principales del ayuno personal son los que están alrededor, más concretamente, los más necesitados. Debe ser un ayuno que entrañe y desemboque en la justicia, en la solidaridad con los hermanos, más específicamente con los más oprimidos, los desplazados de la sociedad, los que tienen hambre y sed y se sienten más desprotegidos: "Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: 'Aquí estoy'". El ayuno no es un acto individual, que se queda solo en la persona que lo hace. Tiene un profundo sentido sociológico, pues lanza inmediatamente a los hermanos. Quien hace ayuno y no se siente inmediatamente comprometido con el bien del hermano, está haciendo algo mal. La intención del Señor es que los hombres vivamos como hermanos, realmente comprometidos con el bienestar propio y con el bienestar de los hermanos. Si esto no sucede, no estamos entendiendo bien el sentido del ayuno. Además de los bienes materiales, tales como alimento, vestidos, techo, el ayuno nos invita a compartir lo más íntimo: la compasión, la misericordia, el perdón, el acompañamiento, la visita solidaria. El ayuno debe denotar el cambio radical que se da en el penitente, desde una actitud de individualismo y de indiferencia ante el hermano necesitado, hacia una actitud de amor, de solidaridad, de misericordia, de fraternidad. Elimina la mentalidad de "islas" que podamos tener.

Al estar convencidos de que un ayuno así nos eleva a nosotros mismos y nos hace encaminarnos hacia la meta de la felicidad plena a la que estamos todos llamados, nos confirmamos en que ese es el camino por el que nos invita Jesús a caminar. Es el camino por el cual encontraremos el verdadero sentido de la vida, por el que nos dirigimos a lo que Dios quiere de nosotros y que tendrá las mejores consecuencias para nosotros mismos, pues nos lleva directo a recibir aquella plenitud añorada que nunca se acabará. Por ello, el sentido del gozo se hace presente. Quien hace el ayuno en esa actitud siente satisfacción de lo que está haciendo, pues se sabe en la presencia de Dios que lo está convocando. No será, sin duda, un camino de pétalos de rosas, sino que estará plagado de cardos y espinos, por cuanto el mal se retorcerá para no permitir que se le alejen sus adeptos. En el ayuno asumido se presentarán contradicciones, persecuciones, burlas, incomprensiones, rechazos. Podrá haber incluso violencia. Pero la sensación de compensación total dará sentido a lo que se viva. Por eso, la alegría de vivir con buen espíritu la conversión por la que se está avanzado, llenará de una sensación de plenitud esa vivencia. Lo experimentaron los apóstoles, justificados incluso por Jesús: "En aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: '¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?' Jesús les dijo: '¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán". El gozo de saberse haciendo lo que Dios quiere desplaza cualquier posibilidad de dejarse aplastar por el dolor o el sufrimiento. Saberse de Jesús, avanzar en la conversión, sentirse unido a los hermanos más necesitados, compensa con mucho cualquier carga negativa.

jueves, 18 de febrero de 2021

Lo que Jesús ofrece es mucho mejor que lo que tenemos

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La ruta de la salvación es única. Solo quien se rinde al amor de Dios, quien se mantiene unido a su origen, quien cumple la voluntad del Señor, quien se esfuerza por vivir la fraternidad deseada por Dios para la humanidad, puede avanzar sólidamente por ella. Quien así actúa se ha convencido de que esa es la verdadera ruta de la felicidad y que cualquier otro camino es errado pues lo conducirá al alejamiento del amor, al egoísmo, al individualismo, a la pretensión absurda de creerse autosuficiente, de no necesitar de nada de lo que el Creador ha puesto en sus manos. No se trata de una anulación del propio ser, sino al contrario, de su exaltación, por cuanto es avanzar por el camino para llegar a la meta final, a la de la plenitud, a la de la felicidad que nunca se acabará. Dios no cancela la libertad del hombre. Tampoco el hombre se debe sentir constreñido a dejarla a un lado. Se trata más bien de procurar alcanzar la mejor manera de hacer uso de esa libertad donada, por cuanto es la que hará que se ascienda hacia lo que se debe ser. La verdadera libertad no busca nunca hacer que el hombre deje de ser lo que es, sino por el contrario, es la que impulsa a poner el mejor esfuerzo para ser lo que se debe ser. Y los hombres hemos sido hechos libres para esforzarnos, desde esa libertad que se nos ha donado, a ser auténticos hijos de Dios y verdaderos hermanos entre nosotros. Cuando no usamos así de la libertad, le estamos poniendo las cadenas que la anulan y la hacen convertirse en rémora dañina para nuestra vida. El respeto reverencial de Dios por esa libertad que le ha regalado al hombre es el que lo hace proponer y no imponer. Es desde esa libertad desde la que el hombre decidirá seguir o no al Señor. Más aún, Dios espera que la respuesta del hombre sea hecha desde esa misma libertad. Una respuesta que no sea libre no tiene sentido para Dios. La esclavitud, es decir, no dejarse llevar por la libertad, no tiene sentido en la mente de Dios que quiere al hombre suyo desde su decisión libre de toda coacción.

Desde el mismo principio de su existencia como pueblo, Israel recibió de Dios la propuesta de seguimiento. De ninguna manera era una imposición autoritaria, pues Dios no quería borregos a su lado. Quería hombres y mujeres que entregaran su corazón a su amor, convencidos que Él era el único Dios, el Creador, el Providente, quien los sostenía y los impulsaba para que avanzaran por el camino hacia la tierra prometida. Llegar a esa tierra y disfrutarla es el signo de lo que sucederá al final de los tiempos. La peregrinación del hombre que recibe y acepta la invitación de Dios a seguir avanzando con Él es el signo de la vida de cada hombre que valora esa plenitud final como lo más añorado. Por eso, en busca del compromiso de quien acepte su invitación, a través de Moisés, Dios les transmite su propuesta y su voluntad: "Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla. Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo les declaro hoy que morirán sin remedio; no durarán mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán. Hoy cito como testigos contra ustedes al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que vivan tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a Él, pues Él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob". La propuesta es clara. Decidirse a seguir al Señor es la verdadera vida. Decidirse por no seguirlo acarrea la muerte. Pero si nos decidimos a seguirlo, asumimos el compromiso de ser fieles en ese caminar. Es un camino que se debe asumir con responsabilidad.

Si llegamos a valorar bien la propuesta de Dios y nos decidimos a aceptarla, debemos poner en la balanza los valores que vivimos para decidirnos por los mejores. Puede ser que nosotros valoremos en gran medida muchas de las cosas que tenemos y disfrutamos, pero que algunas de ellas no sean buenas para avanzar por el camino de avance en el seguimiento del Señor, y que, por el contrario, en ocasiones se conviertan en rémoras que nos impidan avanzar o que nos hagan el camino más pesado. Por ello, al colocarlas en la balanza debemos saber valorar lo que debemos conservar y lo que debemos dejar a un lado para que no estorbe. El camino de seguimiento y de fidelidad a Dios es un camino atractivo que nos hace ver qué es lo mejor para poder avanzar expeditos. Y si lo que nosotros tenemos en nuestra vida, aun siendo bueno, debe ser dejado a un lado para avanzar más cómodamente, no deberíamos dudar en hacerlo. Más aún si es algo dañino que nos puede desviar del camino y hacernos perder. Dios nos quiere suyos con todo lo que somos y tenemos. Pero nos quiere suyos sin los estorbos que pueden hacer que su presencia en nuestras vidas sea incómoda. Se trata de ser nosotros mismos hasta las últimas consecuencias, valorando correctamente lo que sirve para una mejor unión con Dios, y desechando lo que puede poner en riesgo nuestro camino de fidelidad: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día'. Entonces decía a todos: 'Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?'" Si colocamos en la balanza lo que somos y lo que Jesús nos ofrece ser, nos percataremos de que lo que Jesús nos pone en la perspectiva es, con mucho, lo mejor, pues implica avanzar por el camino que nos hará llegar a la plenitud del amor y la felicidad en Dios y en la eternidad de su gloria.

miércoles, 17 de febrero de 2021

En nombre de Jesús y por su entrega, reconciliémonos con Dios

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Al inicio de la Cuaresma San Pablo nos hace un llamado perentorio a la conversión y a la reconciliación con Dios: "En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios". Pablo es como el padre de familia que sabe qué es lo mejor para sus hijos y con ternura, pero también con gran determinación, hace un llamado a lo sensato. La obra grandiosa que ha realizado Jesús al entregar su vida para rescatar al hombre de la oscuridad, necesita ser bien valorada y aceptada, para que produzca los frutos de plenitud que están en la mente del Padre para todos los hombres. Pero sobre todo, tiene que ser asimilada por el mismo hombre como la obra más maravillosa y que produce los mejores frutos para él, por cuanto apuntan a una eternidad feliz en el amor del Padre y son, en sí mismos, ya demostraciones apabullantes de ese amor infinito que Él siente por su criatura. El pecado separó al hombre de Dios, y su empeño en mantenerse alejado de Él es la autodestrucción más insensata que se inflige a sí mismo. En ese camino en el que se empeña seguir avanzando lo espera la oscuridad, la tristeza, la desaparición, la muerte eterna. No existe otra meta al asumir esta opción. Por eso Pablo, conocedor perfecto del amor reconciliador de Dios, llama imperiosamente a la conversión. Reconciliarse con Dios no es anularse a sí mismo. El mismo Dios, al crear al hombre le dio todas las capacidades para que fuera cada vez a más, para que se promoviera como hombre, como hermano, como constructor de un mundo mejor. Mal podría no querer que el hombre fuera más. Pero lo quería junto a Él, unido a Él, viviendo de su amor, haciéndose cada vez más hombre mientras se hacía cada vez más suyo. Un camino distinto era camino de perjuicio, de pérdida de sentido, de deshumanización. Alejarse de Dios implicaba hacerse cada vez menos hombre. La obra redentora de Jesús es la reapertura del camino de encuentro con el amor. Por eso Pablo le dice a los cristianos: "Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación". No se puede dejar pasar esta ocasión que nos presenta el amor de Dios en Jesús. Contemplar el amor que actúa siempre en favor del hombre, debería ser razón suficiente para emprender ese camino de reconciliación con Dios y disfrutar de las mieles de ese amor infinito.

Dios contempla al hombre en su ruta. Y una y otra vez percibe cómo yerra en ese caminar, prefiriendo vías que lo llevan a su destrucción. Su amor se duele de que el hombre no se termine de convencer de la riqueza que adquirirá manteniéndose unido a Él. Y va percatándose del daño que se autoinflige el hombre, centrando su vida en sí mismo, en sus ídolos, alejándose del amor a Él y a los hermanos. Espera que se dé el momento en que se dé cuenta de lo equivocado que se encuentra, pues ese camino de oscuridad de ninguna manera podrá proporcionarle la satisfacción que da estar esencialmente unido a su origen, alimentándose de su amor, procurando ser cada vez mejor en su presencia, acercándose con un verdadero sentido de fraternidad a los demás, construyendo un mundo mejor que disfrutará él mismo y que disfrutarán también los hermanos. Cuando el hombre cae en cuenta de todas estas bondades, debe acercarse a ese Dios de amor y colocarse con humildad delante de Él en la actitud de reconciliación que pide San Pablo, para obtener la posibilidad de reingresar como rescatado a ese grupo de discípulos felices de Dios en Jesús. Él, de ninguna manera, lo rechazará, pues está con los brazos abiertos, como buen Padre de amor que es, a la espera de ese regreso triunfal al amor: "'Ten compasión de tu pueblo, Señor; no entregues tu heredad al oprobio ni a las burlas de los pueblos'. ¿Por qué van a decir las gentes: 'Dónde está su Dios'? Entonces se encendió el celo de Dios por su tierra y perdonó a su pueblo". Ante la vuelta esperada del hombre, la única reacción que tendrá Dios será la del amor, la del perdón, la de la misericordia.

La única exigencia que pone Jesús para este acercamiento a Dios, en la reconciliación deseada con el Padre, es la de la autenticidad. Que no sea una simple palabra de los labios para afuera, como buscando una ventaja engañosa, sino que sea todo el hombre el que está comprometido en esa búsqueda de ese nuevo camino de renovación. La novedad de vida no puede ser un barnizado exterior y superficial que se hace el hombre para dejar todo igual por dentro. La conversión debe ser total, plena. En ella debe estar implicado todo el ser, sin dejar nada por fuera. Al fin y al cabo, Dios no podrá ser jamás engañado, pues conoce lo más íntimo de cada hombre. El camino de conversión que se emprenda y el esfuerzo de reconciliación que se haga, deben surgir del corazón de un hombre convencido de que ese es el camino correcto, el de su auténtica promoción humana, consciente de que será posible solo en la unión íntima y profunda con Dios. Por eso Jesús, a quien quiera emprender responsablemente este camino que lo compromete, le pone claras las condiciones que debe cumplir: "Cuídense de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tienen recompensa de su Padre celestial... Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará... Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará... Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará..." Jesús pide conversión de corazón. La reconciliación con Dios no es un disfraz que nos colocamos para parecer justos. Es el cambio de corazón y de mente, convencidos de que el camino de la verdadera felicidad es el que nos propone Jesús para llegar a esa plenitud eterna que el Padre quiere regalarnos a todos.