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domingo, 18 de abril de 2021

La santidad es hacerse amigo de Dios y vivir en su amor

 :: Archidiócesis de Granada :: - “Paz a vosotros”

El camino del cristiano en la tierra, en sus días de temporalidad, es un peregrinaje hacia la santidad. Todos sus esfuerzos deben dirigirse naturalmente al amor, a la justicia, a la paz. Lejos de pensar que avanzar por ese camino sea algo imposible, debe apuntar siempre a dar pasos hacia adelante en la búsqueda y la vivencia del bien, del amor, de la fraternidad. Su clima natural debe estar imbuido siempre por la cercanía del Dios del amor, por el conocimiento y el cumplimiento de su voluntad, por la experiencia de la caridad y de la solidaridad fraterna. Y esto debe hacerlo en medio de la naturalidad. Quien lo ha comprendido así vive con toda normalidad el amor. Y siente que su vida cobra todo el sentido que debe tener, pues el hombre ha sido creado para el bien y para el amor. Ir en contra de este fin es violentar el camino que se debe seguir. Lo natural no es hacer o servir al mal. Eso es precisamente lo contrario de lo que debe vivir el hombre, pues no ha sido creado para eso. Incluso la libertad con la que ha sido enriquecido por Dios al crearlo tiene como objetivo el caminar hacia el bien. La libertad que se invoque para seguir y servir al mal, automáticamente se convierte en esclavitud, desvirtuando totalmente lo que debe ser la vida humana. Por eso Dios insiste una y otra vez en la invitación al hombre a convertirse y emprender ese camino de la justificación, de la santificación, de la plenitud a la que está llamado. Muchas veces el camino del mal se presenta como más atractivo. Se disfraza de dulzura para atraer, y cuando ya ha conquistado al hombre, lanza su dardo mortal que vacía de todo sentido la existencia. El hombre, de esa manera, cae en el abismo oscuro de la muerte y de la pérdida del sentido de la vida. Y por eso, envuelto en ese espiral de mal, cree que para poder sobrevivir, debe meterse más de lleno en el torbellino que lo que hace es robarle más vida y llevarlo a la debacle total de su existencia. Dios, en su amor, por sí mismo o por sus enviados, enciende la luz del nuevo camino y le ofrece al hombre la alternativa para que logre avanzar hacia el bien y hacia la santidad.

Los apóstoles, a pesar de echar en cara a los asesinos de Jesús su pecado, no cierran nunca la puerta de la comprensión de Dios, y hasta de su justificación por ignorancia, y les ofrecen a ellos mismos, autores de la tragedia de persecución, sufrimiento y muerte de Cristo, la posibilidad de recibir el perdón, si se arrepienten y se dejan abrazar por el amor y la misericordia: "El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que ustedes entregaron y rechazaron ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Ustedes renegaron del Santo y del justo, y pidieron el indulto de un asesino; mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello. Ahora bien, hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia, al igual que sus autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados". Para Dios el interés no es condenar a nadie, ni siquiera los que se atrevieron a alzar la mano para asesinar a su Hijo Jesús. Su deseo es la salvación de todos, derramar su amor sobre ellos y llevarlos con Él a la plenitud. Dios no ha creado al hombre para que éste se pierda, sino para que avance en la justificación y sea santo. Para Dios, la santidad que debe vivir el hombre no consiste en aspavientos o portentos, sino en una estrecha relación de amistad y de intercambio de amor, buscando que todos los hermanos avancen solidarios por ese mismo camino. No se debe pensar nunca que la santidad personal sea una exigencia sobrehumana. Si así fuera, Dios nos se atrevería a torturarnos pidiéndonosla. Lo que Él quiere es que seamos sus amigos entrañables. El que es amigo de Dios y vive cercano a su amor es el santo de Dios.

Por supuesto que será un camino de exigencia, pues implicará el no dejarse conquistar por el atractivo del mal. No obstante, en esa lucha jamás estaremos solos, por cuanto el mismo Dios que hace la petición, pone en nuestras manos las herramientas que necesitamos. Así lo dice San Juan: "Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: 'Yo lo conozco', y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud". Es este el camino propuesto: ver los mandamientos como la ruta establecida para la justificación. No son negaciones, sino afirmaciones en el amor. Son las señales del camino que conduce hacia la plenitud. Dios asume nuestra debilidad y nuestra fragilidad y por eso pone a nuestro favor a su Hijo Jesús, que es nuestro abogado defensor. Él se presenta ante nosotros como el verdadero triunfador. No es el mal el que ha triunfado. Es Jesús, el Redentor y el que nos ha rescatado para que tomemos de nuevo la vía de la santificación para llegar a la plenitud que Dios quiere que nos pertenezca: "'Esto es lo que les dije mientras estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí'. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: 'Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto'". Ese es el Dios que nos quiere santos, nos invita a ello, se entrega para que lo tengamos a la mano y se ofrece para ser el compañero que se convierta en nuestra fuerza y nuestro apoyo para que no nos alejemos del camino de la santidad.

lunes, 22 de febrero de 2021

San Pedro sigue siendo la piedra que sostiene a la Iglesia

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La figura de San Pedro es una de las figuras emblemáticas de nuestra Iglesia, y se convierte así en prototipo del cristiano. Son muchísimas las consideraciones que podemos hacer sobre este elegido por Jesús parar llevar adelante la barca de la Iglesia. Es, en primer lugar, modelo del llamado, por cuanto es convocado por Jesús desde la total anonimia, pues era un simple pescador que estaba a las orillas del lago arreglando los aperos después de la jornada de labor. Es un personaje que, estrictamente hablando, no se diferenciaría de alguno de cualquiera de nosotros: Rudo, trabajador, desconocedor de Jesús, impetuoso, espontáneo, entusiasta, demostrando una valentía que luego desaparecerá cuando sea exigido. Su misma espontaneidad le hará entrar en situaciones en las que seguramente él mismo jamás se imaginó. Tan pronto dirá que defenderá a Jesús y se entregará dando su vida por Él, como saldrá luego a esconderse y lo negará cuando llegue ese momento de la entrega. Tan pronto lo confesará como el Hijo de Dios, como luego le reprochará cuando anuncie la obra redentora que tendrá que llevar adelante con su muerte. Son conductas y actitudes que surgen en San Pedro, pero que pueden también estar presentes en cualquiera de nosotros. No podemos criticar su conducta, pues nosotros mismos hubiéramos actuado de manera similar e incluso hasta peor. Y aún así, es el elegido por Jesús para ponerlo al frente de su Iglesia: "Ahora yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos". Pedro es el primer Papa de la Iglesia y sobre él recae toda la responsabilidad de su guía, con la misma autoridad que tenía Jesús. Es el "Vicario de Cristo", es decir, el que hace las veces de Cristo cuando ya Él no está físicamente presente en el mundo.

El Papa ejerce su tarea, en obediencia a la indicación de Jesús a Pedro, desde ese momento hasta nuestros días. Desde el libro de los Hechos de los Apóstoles nos percatamos cómo los otros apóstoles se acercaban a Pedro en atención a su autoridad, respetando la decisión de Jesús. Él ejercía su autoridad y mantenía la unidad de esa Iglesia que estaba naciendo. Su palabra era indicadora del camino que se debía seguir y lo que se decidía era refrendado por su autoridad. Desde Jerusalén, y luego desde Roma, era escuchado y seguido por los cristianos. La mayor muestra de su fidelidad a la tarea que puso Jesús en sus manos fue su misma muerte, por la Verdad de Jesús que proclamaba la Iglesia bajo su guía. Su autoridad no fue la de un déspota, sino la del pastor que llevaba a cada cristiano sobre sus hombros y que daba testimonio de su amor a Jesús y a cada fiel de la Iglesia. Con su palabra quiso conducir a la Iglesia por el camino de la Verdad. Incluso se preocupa de animar a los presbíteros (que significa "ancianos", los que estaban al frente de las comunidades nombrados como guías) a que se pusieran al frente de sus fieles, animándoles en medio de las persecuciones y sufrimientos para que entendieran que el camino de la fe no era un lecho de rosas. Así animaba a los pastores de las comunidades: "Queridos hermanos: A los presbíteros entre ustedes, yo, presbítero con ellos, testigo de la pasión de Cristo y participe de la gloria que va a revelar, los exhorto: pastoreen el rebaño de Dios que tienen a su cargo, miren por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes les ha tocado en suerte, sino convirtiéndose en modelos del rebaño. Y, cuando aparezca el Pastor supremo, recibirán la corona inmarcesible de la gloría". Con el cumplimiento de su tarea animaba en el camino de la santidad. En esa Iglesia que nacía buscaba que todos fueran unificando la práctica de la fe, mediante la organización de las estructuras necesarias y la celebración sobre todo de la Cena del Señor, recordando el último encuentro con Jesús en el que dejó el regalo de la Eucaristía. Aquel Pedro que negó a Jesús en el momento de la cobardía, asumió con la mayor responsabilidad la tarea que Jesús mismo le encomendó, hasta las últimas consecuencias.

Hoy, San Pedro es Francisco. No hubiera sido razonable que la figura del Pedro que quiso Jesús poner al frente de su Iglesia, desapareciera cuando éste muriera. La piedra sobre la que se construye la Iglesia -"Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"-, no podía desaparecer, pues entonces se hubiera venido abajo toda la estructura. El Papa sigue ejerciendo su misión, exactamente con la misma autoridad que Jesús puso en las manos de Pedro. Se equivocan radicalmente quienes afirman que ya esa figura de Pedro no tiene importancia y que solo la tuvo en el momento histórico en que existió. Si así fuera, no existiría la posibilidad de la unidad, uno de los deseos más intensos de Jesús y que expresa claramente en su oración sacerdotal delante del Padre: "Que todos sean uno, como Tú y yo, Padre, somos uno". El Papa es hacia quien se anuda esa unidad deseada por Jesús, que se afinca en el amor y en la solidaridad humanas, y por supuesto en el amor y la fidelidad a Dios. El Papa anima a todos los fieles a vivir en la Verdad de Jesús y los impulsa a profundizar y conocer cada vez más en su conocimiento. Su palabra orientadora ilumina el camino de la Iglesia y de cada fiel cristiano. Basado en la Verdad del Evangelio, va extrayendo de él el tesoro de la Verdad y lo pone a nuestra vista para que lo vivamos con mayor conciencia. Nos anima a vivir la fraternidad cristiana echando luces sobre los problemas actuales y sobre las soluciones que pueden tener a la luz del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia, en las cuales es experto. No impulsa una Iglesia separada del mundo o del hombre, sino profundamente comprometida, pues es a ese mundo y a ese hombre a los que sirve. Anima a los cristianos a una unión más profunda, consciente y madura con Dios, viviendo una vida en santidad que no desplaza la realidad, sino que invita a un compromiso de unión con Dios haciéndolo tangible en la unión con los hermanos. De esta manera, entendemos que Jesús no se ocupó solo de los discípulos en su momento histórico, sino que nos dejó bien resguardados bajo las alas del Papa, a quien debemos aceptar como el Pedro de todas las épocas.

domingo, 7 de junio de 2020

Los Tres crean, los Tres redimen, los Tres santifican

Reflexiones Vicentinas al Evangelio: La Santísima Trinidad ...

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio más profundo de Dios, el que nos vino a revelar en su plenitud Jesús al cumplir la tarea encomendada por el Padre, por cuanto no era posible llevar adelante esa obra de redención sin dar a entender quién estaba detrás de todo ese hecho maravilloso. La frase que podría resumir con la mayor densidad y el mayor sentido esa obra portentosa de Jesús es la que utiliza San Juan como colofón de todo lo que ha ido sucediendo y lo que está por suceder en la vida de Cristo: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna". El mismo Jesús ubica perfectamente en el ámbito que deber ser comprendida la obra que lleva adelante. Todo tiene su origen en el amor de Dios Padre que toma la iniciativa para rescatar a la humanidad que había decidido darle la espalda traicionando su amor. Se lleva a cabo por la aceptación de la encomienda por parte del Hijo por amor al Padre y a los hombres, quien la asume desde su corazón de amor, aceptando que ese corazón tenga también carne humana, lo cual representará para Él el rebajamiento casi total de su condición divina "pasando por uno de tantos", ocultando toda su gloria en ese ser que inicia su vida desde la encarnación en el vientre sagrado de María, como cualquiera de los hermanos a los que viene a rescatar, como condición para asumir en sí esa naturaleza que tenía que ser rescatada -"Lo que no es asumido, no es redimido", dirán los teólogos-, hasta llegar a cumplir el ciclo vital de cualquier ser humano, "llegando incluso a la muerte, y una muerte de cruz". Y todo se sostiene con la presencia del Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, desde el seno del Padre, para ser el alma de la Iglesia, instrumento por el cual se hará llegar a todos los hombres de la historia esa gracia salvífica que envió el Padre y que ganó el Hijo para los hombres, haciendo que fuera posible derramarla en el corazón de cada uno de los redimidos por la obra grandiosa que Él cumpliría en el tiempo de la Iglesia. Como se ve, cada persona de la Trinidad tiene una tarea muy específica que cumplir en esta obra de salvación del hombre, aun cuando este "parcelamiento" no significa que uno se desentienda de la obra del otro. Podríamos decir que es una manera de comprender mejor esa diversidad de personas, por la diversidad de obras que lleva cada una entre manos.

Nuestro empeño por conocer mejor a Dios nos lleva a querer explicar mejor lo que es cada uno de ellos. Esa comprensión jamás puede estar desvinculada de lo que es más esencial en Dios y lo que lo define más atinadamente en su ser. Es el amor. Así lo entendió la Iglesia naciente, gracias a la comprensión inspirada que tuvo San Juan en su momento más profundo de reflexión sobre el ser de Dios. Más que comprenderlo racionalmente, San Juan se empeñó en hacer continua aquella experiencia que tuvo en la Última Cena, al colocar su cabeza en el regazo de Jesús, gesto con el cual definió para cada uno de nosotros la mejor manera de acercarnos a Dios para saber quién es. Juan se definió a sí mismo como "el discípulo a quien Jesús amaba". Es el nombre que se puede colocar cada uno de nosotros, para entender mejor quiénes somos en el corazón de Dios, pero más allá, para conocer quién es Dios en el corazón de cada uno de nosotros. Es quien nos ama con el amor más puro y más intenso, el que nos ama más de lo que podemos amarnos nosotros mismos, quien por ese amor es capaz de despojarse de lo más preciado para Él, que es su propio Hijo, quien asume la tarea que le encomienda el Padre aunque represente para Él la humillación extrema, quien acepta la misión de acompañar a la Iglesia hasta el fin de los tiempos para que sea un ideal instrumento de salvación para todos los hombres, quedando así encadenado al tiempo y al espacio, aunque Él esté por encima de todo eso. Es el único Dios, que tiene una esencia única en el amor, que se moverá siempre únicamente por ese amor inmenso hacia su criatura, que es Uno y Trino, pero que en su unidad vivirá exclusivamente para procurar para el hombre lo mejor que siempre estará dispuesto a derramar en el corazón humano que es el amor. Dios no "asume" tres personalidades diversas, no se "disfraza" de tres diversos personajes. Es realmente tres personas que tienen su individualidad cada una, su libertad absoluta, su experiencia personal, su vivencia propia del amor. El Padre ama con amor creador. El Hijo ama con amor redentor. El Espíritu Santo ama con amor santificador. Y los hombres somos beneficiarios de estos tres tipos de amor, por los cuales existimos, hemos sido redimidos y avanzamos en el camino de la santidad. Por ello, aun cuando cada una de las tres Personas actúa propiamente con un amor totalizante, para cada aspecto de nuestra vida debemos colocar en las manos del que corresponda nuestra confianza.

Es ciertamente un misterio profundo, por cuanto no podemos excluir de ninguna de las obras a ninguna de las tres Personas. Donde está uno de los tres, están los tres, pues es un solo Dios. No es Creador solo el Padre. No es Redentor solo el Hijo. No es Santificador solo el Espíritu Santo. Los tres son creadores, redentores, santificadores. Pero en cada una de las etapas de esta historia de salvación, beneficiosa infinitamente para cada uno de nosotros, tiene mayor peso uno de los Tres. Cuando el Padre estaba creando, estaban también creando el Hijo y el Espíritu Santo. Cuando el Hijo estaba muriendo en la cruz, estaban también redimiendo el Padre y el Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo está llenando de gracia a los hombres, están también santificando el Padre y el Hijo. Destaca uno, pero actúan los tres. Donde está uno, están los tres. Es una comprensión que tuvo ya la Iglesia primera, como lo atestigua el saludo final de San Pablo a los Corintios: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes". Los tres siguen actuando en la historia de la humanidad, y lo harán por toda la eternidad. La conversión que logre la Iglesia en esa historia que le es encomendada en el amor, debe desembocar en el bautismo, como lo manda Jesús: "Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". Son los tres los que estarán siempre presentes en esa historia de conversión y de salvación. No puede ser de otra manera, pues lo que estará presente será siempre el amor de Dios. Esa es su identidad más profunda. Es el Dios de amor el que nos salva. Es Él el que procura para nosotros el hacernos hombres nuevos, mediante la nueva creación a la que somete por amor a toda la creación surgida de sus manos. Es Él quien nos conduce a través de la historia por el camino del encuentro consigo, de manera que no podamos perdernos, pues tenemos siempre el dedo indicador del Espíritu Santo que nos indica la ruta correcta para avanzar en él hasta llegar a ese encuentro maravilloso. Y todo estará siempre surcado por el amor, pues es el mismo Dios el que hará posible que lleguemos todos a la plenitud. Esa plenitud es la que nos alcanza el estar íntegramente en Dios, llenos de Él, respirando por Él, salvados por Él, redimidos por Él. Será el zambullirnos totalmente en su esencia de amor, haciéndonos nosotros mismos amor como Él, pues Él "será todo en todos". El "Dios es amor" que definía San Juan, se transformará en "el hombre es amor", pues todo quedará regenerado en Dios y su esencia será la esencia de todo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo serán la razón definitiva de la existencia de todo, y harán que todo se mantenga en el amor que son los tres.

domingo, 31 de mayo de 2020

¡Ven, Espíritu Santo! Asegura nuestra vida en Comunión y nuestra Santificación

La fiesta del Espíritu Santo, solemnidad de Pentecostés (9 de ...

"Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse". Fue el primer día de la semana, un domingo, en el que los apóstoles pasaron ya a conformar formal y oficialmente a la Iglesia. Ella recibía su alma, la que le daba vida definitivamente, después de todos los pasos previos que había ido dando Jesús para ir conformándola, para ir dándole su estructura formal. Faltaba solo la llegada de Aquel que había sido anunciado y que se iba a convertir en el soplo vital y en su impulso, el que la iba a lanzar al universo conocido para dar a conocer la obra vital de la Redención. Con la fuerza del Espíritu Santo la Iglesia estaba ya destinada a hacer su recorrido por toda la realidad, para hacer llegar a todos los hombres la gran noticia del amor salvador de Dios. De alguna manera eso está significado en el gran milagro del don de lenguas. La Iglesia habla todos los idiomas de todos los hombres, porque debe hacer llegar esa noticia a todo el mundo. Se cumple así la promesa de Jesús. Él está enviando su Espíritu desde el seno del Padre para que acompañe a cada discípulo que estará encargado de ser testigo del amor misericordioso de Dios, lo conserve en la verdad que debe transmitir, le dé la fortaleza que necesita para alcanzar los rincones de mundo y lo llene de valentía para enfrentar todos los embates que recibirán en el cumplimiento de su misión. Además, hará una labor en el corazón de los oyentes de la gran noticia, suavizándolos y disponiéndolos a vivir en carne propia la gran novedad de vida que regalaba Jesús. El Espíritu Santo es Dios, como lo es el Padre y el Hijo. Él inaugura la nueva etapa de la historia de la salvación. Esa historia tendrá así tres etapas muy bien diferenciadas. La primera, la que le correspondió al Padre, la de la Creación. La segunda, la que le correspondió al Hijo, la de la Redención. Y la tercera, la que le corresponde al Espíritu Santo, la de la Comunión y la Santificación del mundo, que durará hasta el fin de los tiempos. Será la etapa más larga y más fructífera, en referencia a los logros en el corazón de los hombres en el cumplimiento de la misión que se les encomienda y la aceptación feliz de la obra de rescate que ha llevado adelante el Hijo enviado por el Padre. Esta labor de impulso y de sostenimiento será la más delicada en cuanto a hacer conscientes a los hombres del tesoro que han recibido y que pueden vivir intensamente.

El Espíritu Santo es el Espíritu de la Comunión. Una de las características más apreciadas por Dios en la obra que ha realizado en favor de todos los hombres es la de la unidad que se debe vivir con Él y en Él. La misma oración que hace Jesús al Padre antes de su pasión descubre esa importancia: "Que todos sean uno, como Tú y Yo, Padre, somos uno. Como Tú en mí y Yo en ti, que todos sean uno en nosotros". Esa unidad es, por tanto, reflejo de la unidad esencial de Dios en sí mismo. Los hombres deben vivir como un solo corazón, en busca de los mismos intereses, preocupados todos por ir como un solo cuerpo hacia Dios. Pero debe darse antes un paso previo, que es el de la unidad en Dios. Todos deben estar esencialmente unidos a Dios para poder tener vida. La alegoría de la vid y los sarmientos es reveladora de esa condición necesaria. Para poder ser transmisores de vida en la Iglesia, debe antes cada uno estar conectado con quien es la fuente de la Vida. Esa unión esencial con la fuente de vida la asegura el Espíritu Santo. Él hará que la Iglesia y cada uno de sus integrantes se mantengan íntimamente unidos a quien es la razón de su existencia. Al ser el alma de la Iglesia, Él posibilita la misma vida de ella y de cada uno de sus miembros. Y eso lo logra asegurando la unión de todos con Aquel que es la razón de su vida. Evidentemente, no será una labor solo hacia dentro, sino también en la expresión externa de la misma vida que se vive. La unión es el tesoro que asegura la credibilidad del mensaje: "Que todos sean uno para que el mundo crea". La credibilidad no está solo en el anuncio del mensaje de la Verdad, sino en el testimonio que acerca de ella se dé, que está basado fundamentalmente en la unidad de vida de los integrantes de la Iglesia. El mensaje será creíble solo en la medida en que los que lo den testimonien la unidad en el amor que viven ellos mismos. Arrastrará más al mundo hacia Dios el testimonio de unidad que toda la Verdad que proclaman. La presencia del Espíritu en la Iglesia tendrá, en primer lugar, un objetivo de solidificación en la unidad. Es cierto que Él será quien los mantenga en la Verdad y los lleve a la Verdad plena. Es cierto que Él será quien inspire y ponga en sus labios las palabras que deberán decir en toda ocasión. Es cierto que Él será quien mantenga en la fortaleza y dará la valentía necesaria ante las diversas dificultades y contrariedades que vivirán los discípulos. Pero hay una verdad anterior a estas: Él será quien los mantenga en la solidez de la unidad que será la prenda definitiva para la credibilidad de todo lo que harán, para dar sustento a la misma Verdad que será proclamada, para hacer atractivo el vivir ese nuevo estilo de vida que está siendo anunciado. "Miren cómo se aman". El Espíritu Santo es quien sostiene en la unidad que hace creíble la Verdad que se proclama: "Nadie puede decir: 'Jesús es Señor', sino por el Espíritu Santo. Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común".

El Espíritu Santo es el Espíritu de la Santificación. Jesús ha alcanzado con su maravillosa obra de Redención el rescate de todos los hombres que estaban sumidos en la oscuridad del pecado y de la muerte. Él ha alcanzado la vida, entregándose a la muerte, transformando esa muerte en vida para todos. Canceló la deuda que pesaba sobre las espaldas de cada hombre. Con el término de su sacrificio, simbolizado en el lanzazo del soldado romano que le abrió el corazón y lo hizo fuente de vida para todos, empezó a derramarse esa vida de gracia sobre todos. La vida sacramental de la Iglesia no es otra cosa sino el ejercicio de su instrumentalidad para ser canal de la gracia que Dios quiere derramar en el corazón de cada hombre de la historia. En la época de la Iglesia, la presencia del Espíritu asegura que ese canal de comunicación de la gracia divina se mantenga abierto. La Iglesia pasa a ser la dispensadora de la gracia divina a través de los sacramentos, gracias a la presencia del Espíritu Santo en ella. Queda evidenciado con la expresión de Jesús: "Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos". Con ello, los apóstoles reciben con el Espíritu el poder de ser instrumentos de la gracia, en este caso, de la gracia del perdón. Así, en definitiva, es la Iglesia en la historia la que tiene esa capacidad. No podía ser que solo aquellos que estuvieran presentes con Jesús en ese momento fueran los que recibieran este don. En ellos está representada la Iglesia de todos los tiempos. Es la capacidad de transmitir la gracia multiforme de Dios, en cada uno de los sacramentos instituidos por Cristo. Así, en cada uno de los siete sacramentos que ha instituido Jesús, actúa su Espíritu, haciendo que la Iglesia cumpla perfectamente con ese objetivo de santificación, que en definitiva es objetivo del mismo Espíritu a través de ella. Igualmente, enriquece a los justos con la vida en santidad que enriquece a todos y los hace solidarios en el amor. Esta que vivimos es la etapa de la Comunión y de la Santificación. El Espíritu hace posible la unidad de todos los cristianos con Dios y entre ellos. Y también hace que cada hombre de la historia pueda gozar de la vida con la que Dios quiere enriquecerlo. En esta etapa de la historia, que terminará cuando todo lo visible conocido desaparezca y pase, la Iglesia seguirá sondeada por la presencia del Espíritu Santo. Desde Pentecostés ya el mundo vive esta etapa de dones extraordinarios, pues tiene formalmente a la Iglesia que es el instrumento de esa gracia para todos los hombres. El Espíritu, que es el alma y el protagonista de la evangelización, está entre nosotros, haciendo posible que esta obra de la gracia se desarrolle y alcance a todos. Y cada cristiano tiene esa alma. Tiene al Espíritu que lo lanza al mundo y lo capacita para que sea un verdadero testimonio del amor de Dios por todos.

jueves, 1 de mayo de 2014

Socios de Dios para un mundo mejor

La fiesta de San José Obrero es la cristianización, el "bautizo", de la fiesta del trabajo. Es la fiesta de la dignidad. No hay actividad que más enaltezca al hombre que la de lograr el sustento para su propia vida y la de quienes dependen de él. Por eso, la lucha de los hombres de toda la historia ha sido siempre por lograr trabajos dignos, que enaltezcan su condición humana, que no pisoteen sus derechos, que respeten su condición de criatura primera en el corazón de Dios. El trabajo dignifica porque pone al hombre en la misma condición del Dios trabajador... El Dios Creador fue el primer trabajador cuando puso manos a la obra de la creación. Las palabras de Dios, cuando realiza la creación del universo son palabras de labor. "Hágase", "exista", "pulule la tierra", "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", no son otra cosa sino la manifestación de la obra que el mismo Dios emprendía para crear todo lo que existe. Dios es el primer obrero de la historia por cuanto fue el primero que se puso en acción en favor de transformar la realidad que lo circundaba...

He ahí la altísima dignidad del trabajo: asociarse a Dios en la obra de la transformación del mundo. Sin duda es justo que el hombre reciba una compensación monetaria que le sirva para su sustento y el de su familia o cualquiera que esté a su cargo por lo que hace, pero más justo aún es que sea considerado por lo que lo hace socio de Dios al buscar hacer del mundo un lugar mejor para todos. El trabajo, aun siendo designio de Dios, por el pecado del hombre, que sea fatigoso, es, en cualquier caso, asociación con el Dios que crea y que cuenta con el hombre para la transformación del mundo... Al crear al hombre Dios hizo pasar frente a él todo lo creado para que le pusiera nombre. Este gesto, en la cultura hebrea y oriental en general, simbolizaba el "tomar posesión" sobre todo lo creado. Poner el nombre significa reclamar propiedad sobre aquello a lo que se nomina. Por eso Dios no da su nombre a Moisés cuando éste se lo pregunta. Le responde: "Yo soy el que soy... Le dirás al pueblo: 'Yo soy' me manda a decirles esto..." Nadie puede saber el nombre de Dios, pues saberlo significaría que quien lo sepa puede ser su "dueño", y es absurdo pensar que alguien "posea" a Dios... De esta manera, Dios da al hombre la posesión de todo lo creado. El hombre es dueño de la creación, a él se le encarga su cuidado, su administración, su conducción... El trabajo no es maldición, sino asociación a la obra creadora. La maldición es, en todo caso, lo fatigoso, lo pesado, lo desagradable que pudiera llegar a ser en algún momento...

Tan dignificante es el trabajo que el mismo Jesús, El Verbo Eterno de Dios que se hace hombre, lo asumió como condición concomitante a la naturaleza humana que había asumido. Aprendió de su padre, San José, el ser artesano. De esa manera aprendía su oficio para lograr el sustento para su familia sagrada. Cuando ya San José no estaba, a Jesús le correspondió ganar el sustento para su madre María y para Él mismo... En el taller de Nazaret Jesús vio a su padre trabajar con ahínco y de él aprendió todas las artes de su oficio. Jesús fue "tekton" -artesano, en general, que significa que pudo haber aprendido oficios diversos, no sólo el de carpintero-, lo cual no significó de ninguna manera asumir la "maldición" del trabajo, sino hacer que sus manos y sus esfuerzos representaran para el trabajo su santificación. El trabajo, así, gracias al ejemplo que nos da Jesús de Nazaret, habiéndolo aprendido de su padre San José, es para todos los hombres su posibilidad de santificación.

De esta manera, las razones para la valoración altísimamente positiva del trabajo son muy sólidas... En primer lugar, es la labor que desde un momento de su eternidad inmutable realizó el Dios Creador, haciéndose con ello el primer obrero de la historia. De sus manos trabajadoras surgió todo lo que existe y fueron sus manos las que modelaron la arcilla con la cual creó al hombre y a la mujer. Su voluntad creadora fue voluntad trabajadora. En segundo lugar, el Hijo de Dios hecho hombre asumió la condición de artesano, con lo cual santificó con sus propias manos toda la materia que debía ser transformada por el trabajo. De su padre San José aprendió el oficio de artesano y nos enseñó a todos a altísima dignidad del trabajo, destruyendo para siempre la idea de maldición o de castigo que pesaba sobre él... Y en tercer lugar, al asociarnos a los hombres a su obra creadora, Dios nos hizo a todos co-creadores con Él, dándonos la más alta dignidad, pues nos colocaba a su misma altura en la transformación de nuestro mundo. El trabajo es sociedad con Dios y su compensación no es sólo la remuneración monetaria, sino el logro de un mundo mejor para todos por el esfuerzo humano que realiza cada uno de nosotros...

Por eso, tenemos que luchar siempre por mantener esta dignidad del trabajo. En la fiesta del trabajo hay que colocar sobre el tapete la necesidad insoslayable de que todo hombre y toda mujer ejerzan labores que los dignifiquen, que no los pisoteen, que no los humillen, que no los esclavicen. Que sean labores que lo eleven en su condición, que respeten su ser hijos de Dios y socios suyos en la obra de trasformación del mundo. Cada uno debe asumir su condición trabajadora como un instrumento que lo eleva y que lo hace responsable de la mejor marcha del mundo. Una mejor sociedad, un mejor mundo para todos, está en las manos de los hombres. Cada hombre y cada mujer trabajadores de la historia son responsables de la mejor marcha del mundo. Con la conciencia de que Dios nos ha dejado al mundo como tarea, podemos hacerlo realmente un sitio más humano, más santo, más justo, para todos los hombres de la historia....