viernes, 24 de abril de 2020

Soy capaz de entregar mi vida con tal de anunciar tu amor

Pensamientos real de Jesucristo detrás de "Cinco panes y dos peces"

La persecución contra Jesús y sus seguidores tiene cosas sorprendentes. En primer lugar, hace decir palabras a sus mismos perseguidores que pasan a formar parte del misterio de la revelación de Dios en cada uno de los acontecimientos que rodean la entrega de Cristo. Cuando Jesús es prendido e injustamente enjuiciado por las autoridades del Sanedrín, el sumo sacerdote Caifás, proféticamente afirma lo que sucederá: "Ustedes no entienden ni palabra; no comprenden que les conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera". Es exactamente lo que sucede en el sacrificio que ofrece Jesús de sí mismo. Él se ofrece a morir para rescatar a todo el pueblo de la muerte. Uno muere en vez de todos. Algo similar sucede con el Rabí Gamaliel. Cuando las autoridades se empeñan en impedir que los apóstoles anuncien la Buena Nueva a todos, el Espíritu lo hace decir una frase que explica totalmente lo que está sucediendo: "Israelitas, piensen bien lo que van a hacer con esos hombres. Hace algún tiempo se levantó Teudas, dándoselas de hombre importante, y se le juntaron unos cuatrocientos hombres. Fue ejecutado, se dispersaron todos sus secuaces y todo acabó en nada. Más tarde, en los días del censo, surgió Judas el Galileo, arrastrando detrás de sí gente del pueblo; también pereció, y se disgregaron todos sus secuaces. En el caso presente, les digo: no se metan con esos hombres; suéltenlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se disolverá; pero, si es cosa de Dios, no lograrán destruirlos, y se expondrían a luchar contra Dios". De nuevo, Dios se vale de los mismos perseguidores para echar claridad en su pretensión. Lo que sucede con los apóstoles no es un empeño de un iluminado que surge espontáneamente y se difuminará con el tiempo. Es algo que está viniendo del mismo Dios, por lo que es absurdo oponerse a ello. Sería luchar contra el mismo Dios. No habrá fuerza que pueda impedirlo. Gamaliel da en la diana de lo que hay que hacer. Lo prudente es dejar que la cosa se desarrolle y, si es de Dios, ni siquiera la fuerza más poderosa del mundo podrá contra eso. Evidentemente las palabras de Gamaliel fueron palabras proféticas. El anuncio del Evangelio ha perdurado hasta hoy. Es cosa de Dios. No depende de un hombre mortal. Y se ha hecho procurando la salvación de todos los hombres. El sacrificio de uno ha servido para evitar que todos hubieran de morir.

La segunda cosa que llama la atención sobremanera en la persecución contra los apóstoles por parte de las autoridades judías, es la actitud de aquellos cuando sufren torturas y malos tratos por lo que hacen. Después de escuchar las palabras de Gamaliel, los miembros del Sanedrín "le dieron la razón y, habiendo llamado a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús, y los soltaron". No se atrevieron a dejarlos presos, pues el pueblo los escuchaba con satisfacción y, además, hicieron caso de la advertencia del Rabí. Temiendo estar enfrentándose a Dios les dieron un simple castigo ejemplar. El fin era amedrentarlos y poner a prueba su determinación de seguir o no dando testimonio del Resucitado. Si el castigo hacía efecto y lograba acallar su empeño de hablar de Él, se habría acabado el problema. Otra cosa sucedería si, a pesar del castigo, ellos seguían en esa tarea. Se estaría demostrando que no era simplemente cosa de hombres, sino que algo más estaba detrás de todo. Convenía actuar con pinzas. Los apóstoles, lejos de sentirse intimidados y de huir del compromiso por temor a los castigos, sorprendentemente "salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre de Jesús". A nadie le gusta sufrir ultrajes. Pero los apóstoles, en este caso, estaban contentos. Sufrir por el Nombre de Jesús para ellos representaba algo que los llenaba de alegría. De esa manera, lejos de debilitarlos en su misión de anuncio de la Buena Nueva, el castigo los fortalecía. Se lograba exactamente lo contrario de lo que pretendían las autoridades religiosas. Sufrir por el Nombre de Jesús era un orgullo, y se convertía más bien casi en sello que certificaba la verdad de lo que estaban haciendo y por lo tanto, los convencía de que ese era el camino que se debía seguir y lo hacían con fuerzas renovadas. Esto explica el porqué de tantas vidas entregadas por la causa de Cristo. El absurdo mayor, considerado solo con la óptica horizontal, de entregar la vida por una causa, para quien lo hace, se convierte en su dignidad mayor. Se trata de hacer propias las palabras de Jesús: "Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará". El trueque es incomparablemente favorable para quien se ofrece. Perder la vida actual por el Nombre de Jesús, dando testimonio de su amor y de su salvación, queriendo agregar más hermanos a la lista de salvados, para quien lo hace es ganarla para siempre. No hay comparación posible. El martirio es ganancia total. Unos azotes, unos momentos de sufrimiento, unos dolores ocasionales, no son suficientes para dejar perder esa ganancia eternamente superior. Lo sabían muy bien los apóstoles y por ello salieron contentos luego del castigo. Y por eso todos sellaron luego su tarea con la entrega póstuma de sus vidas anunciando el amor y la salvación de Cristo.

No tenían ellos ya dudas de quién era Aquel que anunciaban, de la misión que había venido a cumplir al mundo, de la novedad de vida que cada uno de ellos había recibido y que debían procurar que recibieran todos los hombres. Por ello fueron realmente apóstoles, enviados a anunciar la Buena Nueva a toda la creación y dando la nueva vida que había ganado Jesús para todos. Ese Jesús, en sus días de presencia física entre ellos, ya les había demostrado quién era. A pesar de la torpeza que aún mostraban algunos para comprender su manifestación al mundo, seguían siendo testigos de esas maravillas que Él seguía realizando con el poder divino que poseía. Él era el Hijo de Dios, Dios en sí mismo, encarnado en el vientre de María para asumir la naturaleza humana y desde ella misma lograr la satisfacción por los pecados de la humanidad. En esa doble condición de hombre y Dios les demostró a todos el amor del Padre que los quería con Él y les llevó las demostraciones fehacientes de que esa obra iba a ser insuperable. Por ello pudieron presenciar también la maravilla de la multiplicación de los panes y los peces que los hacía entender que para Dios no había nada imposible y que estaba dispuesto a hacer las maravillas que los convencieran de que quería al hombre libre de toda atadura material y espiritual. Dios quiere que la humanidad sea promovida material y espiritualmente. Por eso calma el hambre y libera de la esclavitud del pecado. No se queda solo en uno de los dos aspectos, corporal o espiritual. Es la integralidad del hombre la que es sujeto de su amor y de su redención. Se entrega por el hombre total, no solo por su espíritu. Con ello condena tanto la miseria antievangélica y las heridas contra la vida como el yugo del pecado que azota al hombre. Con los cinco panes y los dos peces hizo la maravilla de su poder: "Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado". Y luego que quedaron todos satisfechos, en su favor exagerado en favor de los hombres, manda a recoger las sobras para que no se pierda nada, demostrando con eso que nada sobra del amor: "Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: 'Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se pierda'. Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido". Ese es el Dios que anuncian los apóstoles, por el cual cobra sentido cualquier sufrimiento. Es el Dios del amor y de la providencia, el que está a favor del hombre y pone todo su poder a actuar. El que promete la vida eterna por encima de todo. Si se ocupa del hambre de los hombres, también se ocupará de su realidad de eternidad. No dejará de cumplir su palabra, que es palabra de amor y de esperanza.

jueves, 23 de abril de 2020

Los ideales eternos son los que me harán mejor persona

El que cree en el Hijo tiene vida eterna | Radio Pentecostés RD

Una de las dictaduras que vive el hombre de hoy es la del materialismo. El poseer cosas nos ha robado el corazón. El ídolo moderno es el del consumismo, por el cual nos desvivimos y ponemos incluso nuestra vida en riesgo, con tal de poseer. Las metas que nos colocamos los hombres se quedan solo en lo material: tener mucho dinero, tener un buen trabajo y un buen sueldo, comprar una buena casa, tener buena ropa, estar al día con las mejores marcas, tener un buen carro, comer las mejores comidas. Cuando percibimos que estas son las metas más altas que se ponen los hombres, no podemos menos que sentir tristeza, pues, con ser legítimas, son tan débiles y tan bajas que nos percatamos de que estamos ante una generación que ha sido destruida en los valores más altos como los de la honestidad, la transparencia, la solidaridad, la fidelidad, el servicio. Nos quedamos solo en lo horizontal y perdemos la perspectiva de lo superior, de lo intangible, de lo vertical, de lo eterno. Si colocamos toda nuestra perspectiva en las cosas, corremos el riesgo de sufrir las mayores debacles psicológicas, por cuanto la desaparición de ellas será la desaparición de todas nuestras ensoñaciones. Si hemos llegado a acumular riquezas y esa era nuestra meta más añorada, una quiebra inesperada por cualquier razón fútil, llegará a destruirnos y a dejarnos sin ninguna base sobre la que sustentar nuestra vida. Si nuestros sueños están puestos en tener la mejor marca de zapatos, no lograr comprarlos representará para nosotros la mayor frustración. Incluso llega a haber padres cuyo sueño es solamente dar a sus hijos todos los gustos pues "no quiero que ellos vivan lo que yo viví" o "que no pasen ninguna necesidad como la pasé yo" o "mis hijos deben tener lo mejor para que no se sientan menos que nadie", como si aquello hubiera sido una gran tragedia personal que les hubiera impedido ser lo que son, cuando al contrario, más bien pudo haber servido para crearles un carácter que les haya hecho enfrentar la vida de manera más madura y responsable. Facilitarle todo a los hijos es la mejor manera de criar dependientes, tiranos que se crean con todos los derechos y sin ningún deber, materialistas que estarán pendientes solo de la moda, ogros de sus semejantes a los que pisotearán sin misericordia y de los que se aprovecharán a mansalva con tal de estar por encima de ellos. El materialismo nos ha ido creando seres sin corazón, sin metas sublimes, sin referencias trascendentes.

Ese materialismo no es nuevo. Aunque ciertamente hay épocas, como la nuestra, en la que parece exacerbarse pues los medios de comunicación por el peso que han llegado a alcanzar apuntan a aprovecharse de esa veta por la cual los grandes negociantes pueden entrar creando incluso necesidades donde no las hay, ha estado presente en toda la historia humana, con los acentos propios de cada época. Los hombres hemos tenido siempre la tentación de querer darnos todos los gustos, pues las satisfacciones temporales e instantáneas que las cosas nos ofrecen son muy atractivas. No se necesita ser de una época concreta para sentir la necesidad de dar gusto a los sentidos y a los placeres. Eso forma parte de nuestra naturaleza humana, que por supuesto nos acompañará toda nuestra vida. En el diálogo que Jesús mantiene con Nicodemo le habla de esto claramente, contraponiéndolo a lo que es vivir según el Espíritu: "El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz". El hombre que tiene solo metas rastreras, que no se elevan por encima de la condición material que él mismo vive, nunca será "tirado" hacia arriba, sino que permanecerá atado a lo superficial. El ideal que motiva al hombre horizontal, "el que es de la tierra", nunca lo hará mejor persona, sino que lo mantendrá a raya en su condición instintiva, buscando dar satisfacción solo a sus sentidos. Por el contrario, "el que viene del cielo" será un hombre que "está por encima de todo", es decir, que no se contentará solo con lo material, con lo corpóreo, sino que buscará también lo intangible, lo superior, lo que eleva. Sus ideales serán altos y lo "tirarán" hacia arriba, hacia lo que trasciende, hacia lo que permanece. Por eso, será mejor persona, apuntará a los valores que lo hacen más solidario, mejor profesional, mejor esposo y padre, mejor amigo. Habla de "lo que ha visto y ha oído" en su experiencia personal de encuentro con el que logra esto, que es Dios. Sabe que la realidad no puede reducirse solo a lo que puede ver, tocar y disfrutar, sino que apunta a algo que está por encima y que permanece, pues todo lo material llegará un momento en que desaparecerá y quedará solo lo que trasciende y tiene existencia por sí mismo. Son los valores a los que hay que atarse y por los cuales vale la pena dejarse conquistar. Lo material será solo herramienta e instrumento para apegarse más a los valores que verdaderamente importan.

Por ello, al haber sido conquistado el corazón del hombre por lo trascendente, por Dios, por su amor y por los valores que de Él surgen, la vida se coloca en función de ello. Y se defenderá por encima de cualquier otra pretensión. Valorar en su justa medida lo que no desaparecerá jamás dará la perspectiva justa de lo que debe ser realmente valorado, por lo cual sí vale la pena luchar y desvivirse. Luchar por lo material no dará una recompensa duradera, sino solo la satisfacción momentánea que se transformará luego en aburrimiento cuando se canse de eso o en frustración cuando salga al mercado algo mejor y se desee con todo el corazón tenerlo y no poder. Luchar por lo intangible, por lo que nunca desaparecerá, dará una compensación total. Vivir en los valores no depende de la moda del día, sino de lo que se tiene en el corazón. Y nunca dejará de ser compensador, pues es siembra para la eternidad. Los apóstoles lo vivieron en plenitud y por ello, a pesar de que pretendieron anularlos, asumieron que eso era lo que tenían que vivir pues era a lo que los llamaba el tesoro que llevaban en su corazón: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen". Nada podrá estar por encima de Dios, de los valores que Él inculca en el corazón, de la perspectiva de la recompensa de eternidad que ofrece, de la inmutabilidad de la vida en Él que no depende de los vientos de la moda. Por más que haya argumentos de disfrute momentáneo, nada se compara a la satisfacción eterna que se vivirá en la felicidad y en el amor que se vivirá para siempre. Unos minutos de satisfacción no pueden compararse jamás ni estar por encima de la compensación de vivir y disfrutar eternamente del amor y la felicidad que da el que lo llena todo y que nos ha regalado la posibilidad de entrar a esa morada celestial que nos ha sido reservada con la muerte y la resurrección de su Hijo Jesús. Por ello, aunque haya vientos contrarios que signifiquen persecución, burla, oposición, aislamiento, lo que vale es la meta final en la que se logrará la vida de eterna felicidad. "Por eso ustedes están alegres, aunque de momento se vean obligados a sufrir diversas pruebas". Es la conciencia de lo que verdaderamente vale. No lo de hoy, aunque sea en esta realidad en la que debemos hacer nuestra siembra, sino lo de mañana, donde haremos la cosecha de eternidad feliz junto a Dios nuestro Padre, viviendo para siempre en su amor infinito.

miércoles, 22 de abril de 2020

"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito"

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único…" – Alcalá Pbro ...

Si nos solicitaran una frase que sirviera de resumen único y englobante de todo el misterio narrado por las Sagradas Escrituras, no dudaríamos nunca en colocar esta: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna". Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento confluyen y apuntan a esto. Es la conclusión que saca todo el que se deja invadir por el mensaje y las acciones de Dios descritas en la Escritura. Es lo que explica absolutamente todas las acciones que Dios emprende desde la creación del universo hasta la ascensión a los cielos de Jesús. El origen de todo lo que existe no se puede explicar sino solo desde un arrebato de amor de Dios, apuntando a aquella última manifestación de su amor, la más alta de todas, que es la contemplación del crucificado, entregado para rescatar a esa misma creación que había surgido de las manos amorosas y todopoderosas del Padre. Dios es autosuficiente en sí mismo. No necesita de nada ni de nadie. Existe desde siempre y para siempre. Nadie lo ha creado, pues es eterno. Por lo tanto, en sí mismo vivía una vida de satisfacción plena, viviendo su esencia de amor en el más alto grado de perfección. Dios se amaba a sí mismo, en una corriente de amor íntimo. No era un amor narcisista, que en sí mismo sería repugnante en Dios, pues alimentaría una egolatría que en Dios es absurda. Las tres personas divinas vivían en un intercambio de amor absolutamente satisfactorio y compensador, por lo cual no necesitaban de nada más. Por ello, nada de lo que existe fuera de Dios es necesario. Nada de lo que ha surgido de sus manos lo hace más grande, más infinito, más poderoso, más sabio, más glorioso... Todas esas cualidades las vive Él ya naturalmente, sin necesidad de apoyarlas en algo externo para engrandecerlas. Su condición es infinita en todo. También en el amor. Si quisiéramos, entonces, entender de alguna manera, evidentemente imperfecta, el porqué de la existencia de todo lo que está fuera de Dios, podríamos decir que todo existe porque a Dios "se le salió el amor". Siendo infinitamente poderoso, no pudo contener al amor. Y dando rienda suelta a ese amor, surgió todo lo creado. No hay argumento de necesidad, sino solo de amor. Hay quien afirma que cuando el escritor sagrado escribe, al final del día sexto de la creación, cuando ya estaba el hombre sobre el mundo, que "Dios vio todo lo que había creado, y era muy bueno", no está diciendo otra cosa sino que Dios estaba muy satisfecho porque al fin tenía a quien amar fuera de sí. En la mente y en el corazón de Dios estaba ya presente toda la historia de lo que ocurriría con ese ser que era su preferido, su amado, el hombre. Por eso, tiene pleno sentido el resumen: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna".

En la teología de la creación, cuando se hace el estudio del movimiento de Dios en el acto creador, algunos afirman que la frase: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", además de referirse a la posesión de parte del hombre creado de algunas cualidades divinas por la inmensa generosidad del Dios creador, como la inteligencia, la voluntad, la libertad, la capacidad de amar, la eternidad de su realidad espiritual, se pudo haber referido también a la corporeidad que asumiría en el futuro la segunda Persona de la Santísima Trinidad. "Hagamos al hombre como será mi Hijo Unigénito en el futuro cuando se encarne en el vientre de María", habría dicho Dios. En Él toda la historia está presente en una misma mirada. El pasado y el futuro son para Él un eterno presente, por lo cual en el mismo momento en que está creando al hombre, está viendo a su Hijo encarnándose en el vientre de María. La imagen y semejanza de Dios en el hombre podría referirse entonces a que todo hombre será un ser corporal, como lo será el Hijo encarnado, por lo cual asumirá esa carne para ofrecer satisfacción por la falta que cometerá el hombre alejándose del amor divino. Es el amor el que le da sentido a todo. Dios hubiera podido realizar la salvación del mundo de cualquier otra manera. Él es todopoderoso y su creatividad no tiene límites. Una voz que hubiera lanzado desde lo alto de su imperio celestial hubiera sido suficiente para el perdón de los pecados. Él es Dios y para Él "no hay nada imposible". Pero quiso revelar su amor de la única manera y la mejor por la que nosotros podríamos haberla entendido. "No hay amor más grande que el de quien entrega su vida en favor de sus hermanos". Así lo hizo, y por eso lo entendemos perfectamente. Más aún, cuando vemos esa entrega que asume todas las consecuencias por un pecado que Él no había cometido. En esta historia Él era el único inocente, por lo que no existía razón para el envilecimiento de los sentimientos en contra suya. Pero haber asumido el cuerpo humano traía para Él esa consecuencia. Y la asume radicalmente, pues era la voluntad amorosa del Padre en favor de los hombres. "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad", es lo único que se escucha de sus labios mortales. Al final, surge también su expresión de cumplimiento en la cruz, ya desfallecido: "Todo está consumado". La tarea ha sido cumplida perfectamente. Ese gesto de amor ha quedado claro, por lo cual para ningún hombre de la historia quedará ese amor en la oscuridad, pues está plasmado en la claridad total que da la cruz en la cual está inerte el Hijo de Dios que se ha hecho hombre.

Hacerse eco de ese amor es la tarea que corresponde a cada hombre y a cada mujer de la historia. Nada ni nadie, ninguna fuerza mundana, podrá detener el ímpetu de quien se siente amado hasta ese extremo. El amor infinito de Dios llena de valentía y de fuerzas, da la ilusión y la seguridad para hacerse heraldo suyo y querer hacer partícipes a todos. La alegría de ese amor recibido en el corazón dichoso del redimido lo lanza al mundo. La alegría es autodifusiva, es decir, busca compartirse en sí misma. Y esa alegría, al ser compartida, se hace mayor y más sólida. Quien está feliz por sentir el amor infinito de Dios por él, busca hacer partícipes a todos de esa misma felicidad, y así su felicidad se hace incólume y la vive más conscientemente. No habrá fuerzas contrarias que lo convenzan de dejar de hacer lo que hace, pues además el poder infinito de Dios se pondrá a su favor. Ninguna persecución, ninguna prohibición, ningún sufrimiento, ningún estorbo, será suficiente para impedir el anuncio gozoso del Evangelio del amor. Incluso el silencio procurado por el dolor o hasta por la muerte, será un grito estruendoso que anuncia el amor infinito de Dios por todos los hombres, incluyendo a aquellos mismos que procuran ese silencio. Así se comprende el gozo que vivían los mártires que con su muerte anunciaban al mundo la salvación y el amor de Dios por ellos y por todos. Lo vivieron los apóstoles, hechos presos por las autoridades: "Por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles: 'Márchense y, cuando lleguen al templo, expliquen al pueblo todas estas palabras de vida'". La tarea de anunciar el amor era prioridad, por su propia felicidad y por la felicidad del mundo. Ese mundo debía enterarse del amor que Dios le tenía, por el cual había enviado a su Hijo, entregándolo por amor extremo. No hay otra explicación razonable. El absurdo de la entrega, el absurdo del anuncio por encima de todo peligro, el absurdo de la dicha de la donación de la propia vida con tal de anunciar el Evangelio, no tiene explicación razonable, sino solo la del amor. "Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado". Al igual que la existencia del hombre se explica solo por un arrebato de amor de Dios por los hombres, también poner la vida propia en riesgo con tal de que todos vivan la alegría del amor de Dios, se puede explicar solo por la experiencia propia del amor. El amor lo compensa todo, lo explica todo, lo llena todo. Nada más perfecto ni más compensador, ni en la misma medida inexplicable, que vivir el amor de Dios en el corazón henchido por su entrega.

martes, 21 de abril de 2020

Solo necesito vivir tu amor para hacerme uno contigo y con mis hermanos

Nicodemo y Jesus - Consejos Cristianos

El encuentro de Jesús con Nicodemo es toda una catequesis. Jesús accede a hablar con uno de sus supuestos adversarios, que era jefe de fariseos, dirigente de aquel grupo con el cual Jesús tuvo tantos enfrentamientos, y que luego por sus artimañas logrará que el Mesías sea condenado a muerte, pero en el cual Jesús intuye un resquicio de bondad, del cual se aprovecha enormemente. Es una manera didáctica con la cual nos dice a todos que no debemos dar a nadie ni a nada por perdido. De todo podemos sacar provecho y a todos podemos conquistarlos para Él. Nicodemo, lo sabemos, pasará luego a ser discípulo secreto de Jesús, al igual que José de Arimatea. Suponemos que su vida posterior fue de entrega a la causa de Cristo y que habrá dado testimonio de ese amor y de esa salvación que Él trajo. En esa catequesis que Jesús hace con Nicodemo destaca el misterio que representa la realidad espiritual. Jesús afirma claramente que estas realidades de fe no son comprensibles aplicando solo criterios humanos, por lo cual es necesaria una rendición del intelecto ante lo invisible. No será posible la comprobación científica de lo que está sobre el tapete, sino que hay que hacer asentir al corazón ante las verdades de la realidad espiritual no comprobables positivamente. Hay que dar paso a la fe, que se fundamenta en las certezas del amor, de lo afectivo, de la confianza en que no puede engañar quien solo quiere el bien del amado. Es necesario deponer prejuicios, actitudes negativas o revanchistas, para echar la vista a toda la obra que ha sido realizada por Aquel que nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos. Para Jesús no hay ganancia personal ninguna en todo lo que ha hecho. Su beneficio es el que logra para sus amados. Su entrega no es desprecio de su propia vida para obtener una ganancia personal. Todo lo que gana es para sus amados. Ciertamente Él recobra su gloria al finalizar su obra y regresar al seno del Padre. Estrictamente hablando no es ganancia sino retomar lo que ya tenía. Despreció por un tiempo esa gloria de eternidad que era natural en Él, para hacerse uno más de nosotros y desde nuestra realidad tomarnos a todos para elevarnos al Padre. "Y así, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte en la cruz". El repaso de este proceso que ha llevado a Jesús es lo que convence, lo que conquista. Solo el amor pudo haber sido la motivación de semejante grandeza. Comprender esto es permitir que la verdad rotunda del amor de Dios por mí me conquiste.

Jesús quiere convencer así a Nicodemo. Y es así como lo quiere conquistar: "¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no reciben nuestro testimonio. Si les hablo de las cosas terrenas y no me creen, ¿cómo creerán si les hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna". El lenguaje de Jesús es arcano, misterioso. Ni siquiera un maestro de la ley como Nicodemo es capaz de comprenderlo. Tendrá que rendirse a la evidencia del amor que se entrega. Por eso hace referencia a la cruz, altar en el cual se ofrecerá, cuando habla de la elevación de la serpiente. Él mismo será elevado en la cruz. Y esa elevación será el grito de amor eterno de Jesús por los suyos. Esa será la prueba más contundente. Contemplar en su momento a Jesús elevado en la cruz, como Moisés elevó a la serpiente para ser la salud del pueblo, será la demostración contundente del amor donado, lo cual fundamentará en la certeza de la fe en Jesús, que ha venido a salvar. No habrá más pruebas, pues todos los demás acontecimientos se irán desprendiendo de este que es determinante: Jesús muere en la cruz por amor a ti y a mí. No se necesita de más razonamientos, pues con ellos corremos el peligro de afear el acontecimiento más hermoso y más maravilloso de toda la historia de la humanidad. La pretensión humana de querer racionalizarlo todo ha logrado que se afee toda una realidad de fe que en sí misma es la más bella que podemos percibir y la más rica que podremos vivir jamás. Es necesario un corazón que se rinda ante una evidencia no tangible como es la del amor, que solo se experimenta dejándose amar sin mayores racionalizaciones. Cerrar los ojos y percibir cómo el corazón se va hinchando en la experiencia de amor que compensa absolutamente toda necesidad humana y que llena de la seguridad de que todo lo humano será elevado al máximo, que se recibirán todos los consuelos necesarios, que se tendrá toda la fortaleza y el alivio en cualquier experiencia que podamos tener, que se vivirá la mayor alegría que jamás podremos obtener con ningún logro humano. Eso es lo que Jesús quiere que le quede claro a Nicodemo. Y que nos quede claro a todos nosotros.

Vivir esa experiencia es sentir la absoluta novedad de lo que logra Jesús para cada uno. Y percibir que en cada uno de los que tienen la misma experiencia se logra una novedad radical similar. Es prácticamente experimentar que esa nueva vida nos hace uno, pues es la misma vida para todos. Jesús pasa a reinar en el corazón de cada hombre. Ha logrado con su obra arrancar de cuajo aquel corazón de piedra que cada uno había ido endureciendo a fuerza de alejarse de la vivencia del amor divino y encerrándose en sí mismo, buscando y dándose las respuestas racionalistas alejadas totalmente de la realidad afectiva y espiritual, y ha colocado en cada uno un corazón de carne que es capaz de sentir, de amar, de confiar, de abandonarse en las manos de Aquel que ha demostrado más amor que cualquiera. Es el mismo corazón para todos, pues es su mismo corazón, el corazón de Jesús que ama radicalmente, que se entrega por amor y que eleva a cada uno de los beneficiarios con su donación total. A todos los hace iguales y uno. Por eso, aquellas primeras comunidades de cristianos, que habían entendido esa entrega por amor, lograron vivir la experiencia cristiana en la unidad radical de intereses y de metas. Todos vivían lo mismo y estaban felices de que así fuera: "El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba". Lo material ya no era la riqueza por la que había que desvivirse, sino que era una cuestión complementaria, de la cual ciertamente había que servirse, pero que no pasó jamás a ser una razón de dominio o de superioridad de unos sobre otros. Lo importante era el espíritu de unidad. Jesús les había puesto el mismo corazón a todos, el suyo. Y lo verdaderamente esencial era conservar esa unidad, que se basaba en el corazón nuevo, henchido de amor por el Padre y por los hermanos. No hacerlo era correr el riesgo de hacerse nuevamente islas que competían unos contra otros. Aceptar a Jesús como el Salvador es ofrecer el pecho para dejarse arrancar el corazón viejo y dejarse colocar un corazón nuevo, lleno del amor de Cristo por el Padre y por los hombres. Y vivir la plenitud de la vida de gracia ya, aquí y ahora, anticipándose a la gloria eterna inmutable del futuro.

lunes, 20 de abril de 2020

Convierte, Señor, mi noche en día, y hazme luz para mis hermanos

Jesús y Nicodemo – Bendiciones Cristianas

El Evangelio de San Juan está plagado de simbolismos. En él, todo lo que escribe tiene un fundamento histórico sólido, pero algunas cosas las quiere narrar haciendo recurso de la simbología, de modo de hacer una construcción teológica y narrativa atractiva y concluyente entre su auditorio. Recursos como el del agua, las parábolas, los sentimientos, las realidades circundantes utilizadas por Jesús para hacer llegar sus mensajes, tienen en San Juan un uso casi litúrgico. Así, nos encontramos con este encuentro de Jesús con Nicodemo, quien se acerca de noche a hablar con Jesús. "Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche". Evidentemente, al pertenecer al grupo de los fariseos, acérrimos adversarios de Jesús y foco de sus ataques más frontales por su hipocresía y aprovechamiento de las cosas sagradas en contra del pueblo sencillo, además de que entraba en la categoría de "jefe", lo hacía recurrir a Jesús amparado por las sombras de la noche. Seguramente se sentía muy atraído por todo lo de Jesús. Sus palabras y sus obras probablemente lo habían hecho cuestionarse profundamente, y por eso sentía la necesidad urgente de acercarse a Jesús para plantearle sus inquietudes. Pero no podía hacerlo abiertamente, pues su categoría como fariseo y jefe lo colocaban en la acera opuesta a Jesús. Debía hacerlo a escondidas. Por eso escoge la noche como aliada para acercarse a Cristo. Este encuentro es emblemático de lo que vive quien se acerca a Jesús, haciéndolo con espíritu acucioso, sin prejuicios, limpio de toda pretensión de convencer de sus propias ideas, sino abierto a dejarse convencer y arrebatar. Nicodemo se acerca de noche a Jesús. Esta noche no solo se refiere a la realidad meteorológica, aunque ciertamente el encuentro se da en horas nocturnas. La noche, para el San Juan simbólico, está también reinando en el alma de Nicodemo. Él se encuentra en la oscuridad por percatarse de la equivocación de la conducta que ha vivido hasta ahora. Las palabras de Jesús han hecho mella en él, lo han hecho cuestionarse. Está inquieto. Es una noche que no es perjudicial, sino que preludia y anuncia un amanecer. Veremos como ese encuentro termina siendo ya de día. Después de pasar toda la noche hablando ambos, se hizo de día. Ciertamente en la realidad exterior los dos personajes estuvieron hablando toda la noche. Podemos imaginarnos a Jesús y Nicodemo intercambiando criterios. Nicodemo preguntando y Jesús respondiendo. Ambos eran conocedores de la Escritura, por lo cual podemos suponer el ir y venir de argumentaciones. Al final, Nicodemo se deja conquistar. Vemos como en el Evangelio luego aparece junto a José de Arimatea como discípulo secreto de Jesús. Para Nicodemo se había hecho también el día en su alma. La luz de Jesucristo lo había iluminado. Él vino con la noche en su alma, se acercó a la Luz que es Jesús y se alejó de Él lleno de esa iluminación divina.

La claridad que Nicodemo obtiene de la Luz que es Jesús no se da sin dificultades. El argumento de Jesús en un primer momento le parece fatuo, imposible. Empieza reconociendo en Jesús una condición extraordinaria: "Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él". Sabiamente, quizá lo hace para suavizar de entrada a Jesús, alabándolo. Lo reconoce como maestro y como enviado de Dios. Pero Jesús, prácticamente sordo a estas adulaciones, va en barrena: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios". Le plantea ya la necesidad de dejarse hacer hombre nuevo para realmente aceptarlo. No hay otro camino. Es necesario dejar todo lo anterior y llenarse de todo lo nuevo. Algo que es incomprensible para Nicodemo. "¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?" Esta realidad propuesta por Jesús es algo radicalmente nuevo, y por eso no lo comprende. La radicalidad de la nueva vida ofrecida por Jesús es total. No hay términos medios. Es necesario hacerse de una vida nueva. Jesús, al resucitar hará esto posible, por cuanto esa novedad de vida la obtiene Él en primer lugar y la hace luego derramarse sobre todos. La resurrección de Cristo es la posibilidad del nuevo nacimiento para toda la humanidad. Ese nuevo nacimiento que ofrece Jesús es un renacimiento espiritual. Es el hombre en su interior el que debe ser transformado en el amor. Este amor vivido en la radicalidad como lo vivió el mismo Jesús en su entrega es el que dará un tinte nuevo a todo. La novedad no es en los años de vida, sino en la calidad de vida del espíritu. Dejándose llenar de ese Espíritu de Dios se obtendrá un nuevo ser en la experiencia vital delante de Dios y de los hermanos. Será una transformación que tendrá repercusión no solo en quien nace de nuevo, sino en todos los que sean testigos de esa novedad que vive el renacido. "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu". No debe ser solo la carne, en adelante, la que dictará las pautas de la vida, sino que será también el Espíritu. Viviendo en la misma vida cotidiana que se poseía, al renacer, esa vida nueva en el Espíritu obtendrá tintes luminosos que harán que el nuevo ser sea como una antorcha que va llenando de luz toda su realidad circundante. Habiéndose hecho de día en el alma oscura del renacido, la claridad de ese día nuevo la llevará a toda su vida.

Ese Espíritu que plenifica al nuevo hombre, que lo llena de Luz y lo hace día para todos a su alrededor hace su obra no sólo de renovación, sino también de acompañamiento al renacido. El nuevo día que se hace realidad en el ser del que ha nacido de nuevo es de tal magnitud, que marca toda su existencia. No se trata solo de alegrarse por sentir que esa nueva vida llena de fe y de esperanza en un futuro de eternidad seguro para quien lo recibe y lo aprecia, sino para todo el que fijándose en esa novedad que vive el renacido abre también su corazón para dejarse hacer de día en su alma. Es la alegría del que se hace instrumento de la luz y sabe que la riqueza del mundo trasciende con mucho a la simple realidad material y se refiere desde su experiencia personal a todo, incluyendo como parte primordial a la realidad espiritual, invisible, a la que prácticamente se había dejado a un lado, haciendo sentir un vacío existencial que solo se llena con esa presencia del Espíritu en el alma del renovado. El cambio radical de vida se refiere a la conversión, a ese proceso que se inicia cuando hay noche en el alma y se produce el acercamiento a la Luz que es Jesús, y se siente como poco a poco su palabra y su acción van venciendo a las sombras espirituales y van iluminando todos los rincones del propio ser. Así, lo que adquiere sentido es la vida en el Espíritu de Dios. Todo se llena de su color y de su presencia. La vida pasa a girar en torno a esa realidad que prevalecerá en la eternidad, por la cual vale la pena esforzarse por defenderla en sí mismo y por hacerla patrimonio de todos, pasando por encima de cualquier obstáculo o estorbo. Por eso, los apóstoles asumieron su parte en esa tarea titánica. Lo hicieron con alegría e ilusión, haciendo acopio total de sus fuerzas y de su energía, y dejándose llenar de la valentía necesaria para no desfallecer ante las adversidades y persecuciones: "'Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús'. Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios". La novedad que traía Jesús los llenaba del deseo de ser servidores de ella. No podía el mundo seguir siendo antiguo, cuando Jesús, el Renovador resucitado, había entregado su vida para que esa novedad llegara a todos y a todo. Por eso valía la pena asumir cualquier riesgo, con tal de hacer que todo fuera hecho de nuevo. Esa es la tarea de todo cristiano, que debe ser asumida con alegría e ilusión, y siendo valientes ante cualquier adversidad. Hacer que el mundo salga de la oscuridad de la noche en la que se encuentra y pase a vivir el día, lleno de la Luz que es Cristo.

domingo, 19 de abril de 2020

Que te pueda confesar como Santo Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!

Santo Tomás, Apóstol - 21 de diciembre - FSSPX.Actualités / FSSPX.News

Santo Tomás ha pasado a la historia como el prototipo del incrédulo. El episodio del encuentro del Señor resucitado con los apóstoles, en el cual no se encontraba Tomás, que pone en duda la noticia que le transmitían los otros apóstoles sobre la aparición de Jesús, y en el que exige tocar las llagas de Cristo para creer, lo ha marcado para siempre. Tomás es el clásico positivista que exige pruebas físicas fehacientes y contundentes para poder rendirse ante las evidencias. De lo contrario, si esas pruebas no son presentadas, no creerá. "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo". Es contundente en su determinación. No habrá manera de convencerlo, ni siquiera aunque tenga a los otros diez como testigos que aseguran que lo han visto y que se les ha aparecido. Ciertamente es un poco cabeza dura, pues el testimonio de tantos debería haber sido suficiente para darle la credibilidad suficiente al acontecimiento. Sin  embargo, aunque ciertamente es extraña la reacción de Tomás, es un poco injusto el desprecio que hacemos de él, por cuanto, de alguna manera todos tenemos algo de Tomás en nuestras conductas. También nosotros somos deudores de ese positivismo que exige pruebas. Nos cuesta mucho rendirnos a las pruebas de fe, que no son materiales sino que van en la línea de la afectividad, del amor, del poder divino. Tomás eres tú y soy yo, cuando exigimos de Dios actuaciones evidentes, milagros a diestra y a siniestra, y cuando al faltar estos, perdemos la ilusión de seguirlo y de dar testimonio de Él. No somos capaces de hacer evidente para nosotros las acciones espirituales con las que Dios nos enriquece y nos eleva. La renovación de nuestras vidas, al recibir la gloria con la que Cristo ha vencido, al enriquecerse con el perdón de nuestros pecados, al tener nuevamente la posibilidad de irrumpir en el cielo como hijos amados de Dios, al ser realidades que pueden ser percibidas solo desde nuestra dimensión espiritual, quedan en el ámbito de lo dudoso. Es necesario para nosotros que haya pruebas contundentes que nos hagan rendirnos ante la evidencia física. La pérdida de noción de lo importante que es el componente espiritual de nuestro ser nos hace perder la riqueza que ello representa y quedarnos en la pobreza de lo solo material. Y, no obstante, debemos aceptar que esa realidad es, sin duda, la más determinante e importante, pues es la que prevalecerá y quedará para la eternidad. Las pruebas físicas, incluso ellas, desaparecerán para dar paso a la nueva realidad de los cielos nuevos y la tierra nueva.

Es interesante, de todas maneras, fijarnos bien en el proceso que sigue Santo Tomás. En la siguiente aparición de Jesús resucitado, Él lo conmina a comprobar lo que exigía: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente". Jesús, en su condescendencia amorosa con todos, le concede lo que ha pedido. Le invita a tocar sus llagas y comprobar que ciertamente es Él. Y Tomás, ante la evidencia, hace la primera confesión de todas las que se hacen después de la resurrección: "¡Señor mío y Dios mío!" Ya no existen dudas en su corazón. No necesita tocar las llagas. Es suficiente para Él tener a Jesús frente a sí para arrancar esa confesión de fe maravillosa. Él es su Señor y su Dios. Ya Tomás no tiene ninguna duda. Pasó de ser el mayor incrédulo y el prototipo de ellos, al creyente radical, confesando a Jesús como su Señor y su Dios. Y por lo que sabemos de su vida posterior, vivió solo para Él y entregó su vida dando testimonio fiel y hasta la muerte de su persona y de su obra. El incrédulo se dejó arrebatar el corazón y vivió toda su vida posterior solo para Él, su Señor y su Dios. También es injusto que pongamos el acento solo en el momento en que dudó y no en su confesión de fe, que es tan perfecta que ha pasado incluso a ser la oración de intimidad que hacemos normalmente en el momento de la consagración del pan y del vino que se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. La hacemos conscientes de que en las especies de pan y vino se hace presente Jesús, con todo su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Y lo hacemos con la oración de confesión de fe más maravillosa que se puede hacer, que es la de Santo Tomas, el supuesto incrédulo. "¡Señor mío y Dios mío!" No tenemos ninguna duda de que Jesús está allí, presente para ser nuestro alimento de eternidad y nuestro compañero de camino. Es el regalo que nos ha dejado desde aquel primer Jueves Santo, en el que adelantó su entrega y se quedó, dando rienda suelta a su deseo de permanecer entre nosotros hasta el fin de los tiempos. El Señor y el Dios nuestro es el mejor regalo que Él mismo nos ha dejado. Y lo percibió en su plenitud Santo Tomás, convirtiéndose en el perfecto creyente. Ya no es el prototipo del incrédulo, sino el que nos marca la pauta para tener una fe inquebrantable. Jesús es el Dios que se ha hecho hombre. Es el Señor que ha venido a nosotros. Es el que ha resucitado y el que está vivo y nos acompaña hasta el fin de los tiempos.

Por ello, alabamos al Señor por la obra que ha hecho en favor de nosotros. Nuestros Señor y nuestro Dios ha transformado radicalmente nuestra realidad: "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a ustedes, que, mediante la fe, están protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final". Ya no somos hombres y mujeres sin perspectiva mayor. Tenemos a nuestra vista el futuro de gloria en el que habitaremos, gracias a la obra que Jesús ha realizado en nuestro favor. Es nuestro Dios y Señor, cuya obra es la más importante que se ha realizado. Nosotros ya no quedaremos en una realidad simplemente horizontal, con todo lo importante que es, pues en ella construiremos nuestro futuro y sembraremos las semillas de eternidad que cosecharemos, sino que esa perspectiva se abre a una eternidad que no finalizará jamás y que viviremos al lado de nuestro Padre celestial, amoroso y providente, que tiene reservada para cada uno una estancia en las moradas eternas. Nuestra fe nos mantiene en esa esperanza de eternidad: "Sin haberlo visto lo aman y, sin contemplarlo todavía, creen en él y así se alegran con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de su fe: la salvación de sus almas". Y en la vivencia de esa esperanza, estamos llamados a ser testimonio de Jesús y de su amor y salvación para el mundo. Nuestra conducta como cristianos será también causa de salvación para nuestros hermanos: "Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando". Nuestra experiencia de fe será razón no solo para nuestra propia salvación, sino para todo el que viéndonos pueda sentirse atraído por Jesús, nuestro Dios y Señor. Nuestra confesión de fe y nuestra conducta son instrumentos que el Señor utiliza para seguir salvando a los demás. Ojalá lo asumamos y podamos llegar a muchos para que todos puedan ser salvados por el amor redentor de nuestro Señor y nuestro Dios.