viernes, 14 de agosto de 2020

Hombre y mujer los creó. Crezcan y multiplíquense

 El misterio del matrimonio « El Imparcial

Uno de los temas más controvertidos que aparecen en las Sagradas Escrituras es el que se refiere a la enseñanza sobre el matrimonio, y sobre todo, respecto a él, a la indisolubilidad del mismo. Es un tema muy sensible por cuanto son cada vez más los matrimonios que se rompen, por razones que pueden ser más o menos válidas y comprensibles, o porque se alega con mayor fuerza la libertad del hombre y de la mujer la cual quedaría "gravemente herida" al ser impedida de poder hacer una nueva elección, o porque la institución matrimonial recibe con más frecuencia ataques externos que la hieren más gravemente de muerte. El carácter de superficialidad que ha ido adquiriendo la vida en general, con su sello de provisionalidad en el que todo es desechable, ha marcado letalmente también a la unión del hombre y la mujer pues el pretender que haya una estabilidad en ella atentaría frontalmente contra el nuevo estilo de vida y "no cuadraría" con los nuevos tiempos que se viven. Lo cierto es que en el fundamento de todo se descubre una cantidad de carencias, que incluso hoy se considerarían "ventajosas", que han desnaturalizado tanto a la institución matrimonial, como a los sexos, como a las mismas categorías de humanización. Ubicándose en la mentalidad actual, escuchar a alguien defendiendo al matrimonio como lo hizo Jesús sería trasladarse en el tiempo, por lo que habría que acusar sus argumentaciones de anacrónicas y poco realistas, de desactualizadas, pasadas de moda y desubicadas: "Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: '¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?' Él les respondió: '¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: 'Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne'? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre'". El matrimonio, en la descripción que hace Jesús, de alguna manera hace nacer un nueva persona, que es la persona de la pareja. De los dos que se unen hace surgir una nueva realidad, "una sola carne", que no existía antes. Es como la creación de un nuevo ser, que es el ser de la pareja. El fundamento de la indisolubilidad está, en efecto, ni siquiera aún en la realidad sacramental, sino en la capacidad que se ha tenido de hacer existir este nuevo ser de la pareja, capacidad que debe ser puesta en práctica durante toda la vida de ambos componentes de la nueva realidad del ser matrimonial. El matrimonio, de esa manera, debe ser una re-creación cotidiana en la que los miembros de la pareja hacen gala de su poder creador.

El fundamento de esta unión matrimonial tiene dos bases esenciales: el amor y la procreación de los hijos. Si falla alguna de estas dos bases, falla el matrimonio, pues no tendría un fundamento sólido sobre el que apoyarse. Quizá la falla más frecuente para la creación del nuevo ser de la pareja la encontramos en la falta de comprensión de lo que es el amor. La superficialidad en la que vivimos ha hecho que el concepto de amor que se maneja sea el que históricamente haya llegado a lo más bajo. Se considera amor a lo que haga que cualquier cosa guste, atraiga, satisfaga, dé placer. Se "ama" a las cosas: la comida, el vehículo, la casa, la ropa, los zapatos. Y entre esas "cosas" se incluye al novio o a la novia. Se llega a amar solo a lo que hace sentirse bien, y se deja de amar cuando se tiene el primer desencanto. Se confunde amar con sentirse bien, dándole así al amor una connotación de simple romanticismo en el que se excluiría de plano cualquier sentimiento o realidad que desdiga de la "felicidad", como la tristeza, el dolor, la compasión, la enfermedad, la pobreza. Se confunde "amar" con "querer ser feliz", que es prácticamente la única motivación que se tiene para estar con una persona con una cierta estabilidad, pero que al no lograrlo del todo produce una sensación de desencanto que hace que toda la ilusión se venga abajo. El amor verdadero está muy lejos de todo esto. Y no es que no los contemple, pero no conforman lo que es el auténtico amor. Está bien tender a buscar la felicidad, pues para eso nos ha creado Dios. Pero la verdadera felicidad propia nunca puede estar regida por un egoísmo exacerbado que es el que está en la base de todas las actitudes anteriores. Quien ama así no tiene a la vista la felicidad del amado, sino solo la propia, casi sin importarle la del otro. El auténtico amor es el que se parece más al de Dios, que es un amor oblativo y benevolente. Es el amor de donación y que busca el bien del otro. El que ama realmente busca por encima de todo la felicidad de aquel al que ama, y entrega incluso su propia vida para lograrlo. No busca simplemente "querer ser feliz", lo cual encubriría un peligroso egoísmo larvado en el cual no importaría para nada si el otro es feliz, sino simplemente que me haga feliz. Quien ama con amor auténtico buscaría "querer hacer feliz" al otro. Porque se ama se quiere hacer feliz, más que ser feliz. Es el amor que más se parece al de Dios, por lo que es el más auténtico. Al vivir de esa manera el amor, y al comprenderlo así, se está sin duda dispuesto a asumir un compromiso de estabilidad, que es la consecuencia razonable de amar de ese modo. Un amor que se entiende de esa manera no es un amor provisional. No puede serlo, pues es la asunción de un estilo de vida que marcará toda la existencia. Por eso, el amor no "desaparece" sin más, pues esa marca no se borra jamás. Si llegara a desaparecer se puede concluir que nunca existió. Un libro sobre este tema tenía por título "El amor conyugal no termina, se transforma". Una verdad inobjetable y que hay que asumir totalmente como plena realidad, para no sufrir desencantos de inmadurez por los cambios naturales en el amor que va madurando y se va haciendo más sosegado en la vida matrimonial.

La segunda base del matrimonio es la procreación. Es el primer mandato de Dios, de todos los que dio a los hombres: "Crezcan y multiplíquense". Podríamos afirmar que si no existiera la intención firme de procrear en la pareja, no existe matrimonio. La teología sacramental del matrimonio establece la nulidad matrimonial cuando los esposos no tiene la intención de procrear, algo razonable en el contexto de los relatos de la creación. El hombre y la mujer son creados el uno para el otro, para que se unan en el amor y para tener hijos. Si alguna de las dos cosas deja de estar presente, no hay matrimonio. De ahí el absurdo de la propuesta actual del matrimonio homosexual, pues en esa pareja de ninguna manera existiría la capacidad de reproducirse. La misma biología pone su argumento en contra. Dos con el mismo sexo jamás podrán procrear. Tanto el amor como la procreación están, entonces, en el fundamento de la realidad matrimonial. Son los que le dan la estabilidad. Al existir, hacen existir el matrimonio, y por ello lo convierten en indisoluble, no por capricho de nadie, sino por la misma naturaleza del vínculo que llama al compromiso, a la estabilidad, a la continua creación. De allí que no exista en la Iglesia el divorcio. No lo decide nadie, sino que lo da la misma cualidad estable del matrimonio como realidad natural desde el amor. Si la Iglesia declara nulo algún matrimonio, lo hace declarando que ese matrimonio nunca existió por haber faltado alguno de los dos componentes principales. La Iglesia no anula, sino que declara nulo, es decir, declara que nunca existió tal matrimonio al haber habido defecto en el amor o en la intención de procreación. Debe ser de tal manera el compromiso de amor entre los esposos, que debe ser reflejo de ese amor que Dios siempre confesó a su pueblo: "Yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo una alianza eterna, para que te acuerdes y te avergüences". Él mantiene su fidelidad a su alianza, a pesar de las infidelidades del pueblo: "Se difundió entre las naciones paganas la fama de tu belleza, perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti —oráculo del Señor Dios—. Pero tú, confiada en tu belleza, te prostituiste; valiéndote de tu fama, prodigaste tus favores y te entregaste a todo el que pasaba". Ni siquiera el oprobio de las ofensas contra Él fueron suficientes para alejar a Dios de Israel. Él había asumido su compromiso de amor y lo mantenía establemente por encima de todo. Por eso, tendía la mano a Israel, su amado, queriéndolo atraer de nuevo para que se mantuviera a su lado, recuperando su fidelidad y huyendo de la vergüenza de estar de nuevo lejos de Él. Así actúa el amor de Dios con todos nosotros. También nosotros debemos actuar con ese amor, que es el auténtico amor.

jueves, 13 de agosto de 2020

Dios perdona exageradamente porque ama exageradamente

 Setenta veces siete | El Informador :: Noticias de Jalisco, México ...


Jesús no se cansa de ponernos cuesta arriba el camino hacia la perfección. Su enseñanza es continuamente cuestionadora, retadora, transgresora del orden normal. De alguna manera es por ello que lo llamamos "el Maestro", pues se ha ganado el título a fuerza de la novedad que es parte de lo que enseña, que no es lo tradicional de lo que se ha escuchado siempre de las voces de otros que se llaman maestros, pero que no calan tan profundo como las palabras que Jesús pronuncia: "Las multitudes se admiraban de su enseñanza; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas". El nivel en el que coloca su exigencia es muy superior al de aquellos, que no producen ningún aspaviento, pues sus exigencias son las "normales", las del día a día, las que no exigen un mayor compromiso, ni un cambio, sino un simple ir adelante sin mayores esfuerzos, solo el de cumplir con los mínimos. Para Jesús los mínimos no deben existir en sus discípulos: "Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso hasta los recaudadores de impuestos? Y, si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué de más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen esto hasta los gentiles? Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto". Lo propio del discípulo de Jesús es el camino de la perfección, en procura de la perfección del mismísimo Dios, no la "normalidad" en la que vive el rebaño que no piensa ni se exige más allá de lo que vive cotidianamente. Por ello, Jesús, el Maestro, en su enseñanza no puede traicionar su objetivo. Su llamada a la perfección pone nuestro camino cuesta arriba porque no puede ser de otra manera. El discípulo de Jesús es el que nada contra corriente, el que camina en sentido contrario al que va el rebaño, el que es trasgresor no porque incumple las leyes sino porque lleva el cumplimiento de ellas al grado superlativo, el que se caracteriza no por hacer las cosas con la mayor de las normalidades sino porque las hace con toda la normalidad aderezándolas con el condimento del amor y de la fidelidad a Dios y a los hermanos en la búsqueda siempre del bien mayor para todos. Los mínimos no le son satisfactorios pues ellos solo apuntan a la mediocridad, y ésta, a la larga, es desaparición de la buena calidad. Y eso no se lo puede permitir el buen discípulo de Jesús. Su meta es la perfección. El camino se hace cuesta arriba porque no estamos acostumbrados a ver la meta de la perfección, sino que nos quedamos solo viendo las huellas que vamos dejando en nuestro caminar cansino y rutinario. Jesús es Maestro porque nos atrae hacia lo más alto. Si no fuera así, no sería Maestro. Porque es Maestro nos exige, nos pone la ruta más exigente, nos llama a la plenitud, nos anima a la felicidad plena y no a la simple rutina.

Cuando Pedro le pregunta a Jesús sobre las veces que hay que perdonar, le está planteando una inquietud muy lícita. Ya Jesús en sus enseñanzas ha presentado la necesidad de perdonar al hermano. Incluso podríamos decir que Pedro está siendo realmente generoso en la propuesta de perdón que hace. Pero Jesús sobrepasa la buena oferta de Pedro y rompe el barómetro de la medición del perdón: "Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: 'Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?' Jesús le contesta: 'No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete'". La oferta de Pedro, decimos, es realmente generosa. Habría que preguntarse quién de nosotros está dispuesto a perdonar hasta siete veces a quien nos ha ofendido. Una y otra vez. Una vez tras otra. Es realmente heroico. Pedro no se está quedando en lo mínimo, sino que apunta a un máximo bastante alto. Pero Jesús no se contenta ni siquiera con eso. El Maestro enseña a no tener medida en el perdón. No hay que llevar contabilidad en ello, pues el corazón que ama y perdona no tiene medidas. La medida es la de la perfección del Padre. Y debemos agradecer realmente de corazón que el Padre no tenga la medida del perdón. Ni siquiera la heroica que propone Pedro. De ser así, ¿desde cuándo se hubieran agotado los perdones que Dios debía darnos? Setenta veces siete entra dentro de lo que llamamos hiperbólico en el lenguaje bíblico. Lo hiperbólico es lo exagerado, lo absurdo. Y el perdón, según Jesús, debe ser exagerado, llegando incluso a lo absurdo en la medida de lo que es razonable humanamente hablando, pues al usar esa expresión, Jesús simplemente está diciendo "siempre". ¿Cuantas veces debemos perdonar? Siempre... Esa es la respuesta de Jesús. Y es su respuesta porque es lo que hace el Padre Dios, que no se cansa jamás de perdonarnos. Porque nos ama con amor eterno e infinito, nunca nos negará su perdón cuando nos acercamos humildes y arrepentidos a solicitárselo. Y porque así lo hace el Padre, quien es discípulo de Jesús y acepta su invitación de seguimiento, acepta también su invitación a la perfección como la del Padre: "Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto".

Para dejarlo aún más claro, Jesús pronuncia la parábola del criado injusto: "Se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo'. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: 'Págame lo que me debes'. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré'. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía". La hipérbole esta vez es usada por Jesús para dar a entender el absurdo en el que somos capaces de caer los hombres. Exigimos para nosotros lo mejor, y procuramos para los otros lo peor. Queremos que la misericordia y el perdón de Dios esté siempre a nuestro lado, pero no estamos nosotros dispuestos a ser misericordiosos con nuestros hermanos. Utilizamos una doble rasante para las mediciones. Usamos la ley del embudo y colocamos lo ancho para nosotros y lo estrecho para los demás. Jesús, sabiamente, nos enseña a no ser injustos. Incluso llega a comprometernos de tal modo en el perdón debido a los hermanos, que cuando nos enseña el Padrenuestro como oración propia de los hijos de Dios, condiciona el perdón que Dios pueda darnos al perdón que nosotros otorguemos anticipadamente a los hermanos: "Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Si nosotros no perdonamos, Dios no nos perdonará. El perdón surge de un corazón que ama. Y quien se habitúa a vivir en el amor de Dios y en el amor a los hermanos, podrá vivir el perdón como condición natural de vida. Y llegar al extremo de Jesús quien, desde la cruz, llegó a perdonar incluso a quienes lo estaban asesinando, y pidió a Dios que los perdonara: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Porque Jesús amó, perdonó. Quien no perdona, no ama. Quien ama está siempre dispuesto a dar nuevas oportunidades. Por eso, el perdón es siempre un nuevo inicio. Puede ser que la exigencia nos ponga el camino cuesta arriba, pero lo cierto es que nos lo hace también tremendamente atractivo, pues es iniciar una y otra vez el camino de perfección al que nos llama Jesús, que es el camino de la plenitud y de la felicidad sin fin, al llegar a la perfección del Padre que nos espera en el cielo

miércoles, 12 de agosto de 2020

Porque te amo, te corrijo y quiero que seas mejor

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles ...

El amor nos obliga. Los discípulos de Cristo, por haber sido llamados desde el amor y para vivir en el amor, tenemos como sello característico su experiencia. Un cristiano que no entiende esto, no ha entendido a lo que lo llama el seguimiento de Jesús. Él nos convoca para que nuestra vida esté marcada por el mismo estilo que vivió, que no es otro que el de la entrega a los hombres por amor. Cuando el hombre se hace discípulo de Cristo no lo hace para contemplarlo de lejos, sin involucrarse, sino para seguir sus pasos, para vivir su misma vida, para dejarse marcar por el mismo amor, para entregarse de ser necesario en favor de los hermanos. La vivencia del amor no puede ser una opción que se puede tomar o dejar a un lado, pues es la señal que identifica al cristiano. El discípulo no puede ser más que su Maestro. Si seguimos los pasos de Jesús, entonces vivimos su mismo amor y caminamos hacia la misma meta. En efecto, el amor nos compromete profundamente y se convierte en la esencia que le da forma y consistencia a la vida del discípulo. Toda su vida cotidiana está marcada por él, de tal modo que su identidad se da en el reconocimiento por ser quien ama. Si tuviéramos que dar una descripción sencilla y corta del discípulo de Jesús, diríamos: "El discípulo de Jesús es quien ama". Es su sello de fábrica y su estilo natural de vida. Debemos, sin embargo, vigilar cercanamente lo que entendemos por amor. En ocasiones, le damos una connotación de romanticismo bobalicón que lo hace totalmente insípido y falto de compromiso, queriendo entender así que es totalmente aséptico y neutral, y que al ponerse siempre a favor del "amado" busca nunca contradecirlo o desagradarlo, aceptando todo lo que venga de él, en aras de cultivar más un culto a la persona amada que un verdadero amor. El amor real no calla pues es un verdadero compromiso. Al querer el bien del otro busca que supere todo lo que hay de malo en él y lo que le hace daño en su personalidad. Si no llega a hacerlo así, se transforma en complicidad. Incluso al extremo de colocar en riesgo su salvación eterna. Precisamente porque el amor compromete con el amado, y porque busca siempre su bien y su felicidad, se manifiesta más claramente en lo que es el mayor bien posible, que es la vida eterna feliz.

Por eso Jesús, en sus enseñanzas a sus discípulos, a los que quiere viviendo en la experiencia auténtica del amor, los enseña a no callar ante la mala conducta de los amados: "Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano". La corrección fraterna es propia de quien ama y quiere el bien del hermano. El fundamento último de ella es el amor. No tiene sentido hacer corrección fraterna si no se hace desde el amor que se sienta por el hermano, pues si no tiene su forma, se convertirá seguramente en una humillación o una declaración de superioridad. Quien ama y corrige debe decir en su corazón: "Te corrijo porque te amo. Y porque te amo quiero que seas mejor". El sentido de la corrección fraterna apunta a una mejor vida en la comunidad, en las relaciones interpersonales, en la búsqueda de que existan entre los miembros de ella, entre los hermanos, transparencia y autenticidad. No hacerla es deslealtad, pues sería hacerse la vista gorda ante al mal que puede corroer al hermano y traerle consecuencias muy desagradables incluso para su vida eterna. Así mismo es desleal no hacerla al mismo interesado, comentando su mal con terceros, pues con ello no se está resolviendo ningún problema sino que por el contrario, se está haciendo un gran daño a la fama del hermano que se extendería como una mancha de aceite. Al estar revestida de amor, la corrección fraterna está muy lejos de ser una declaración de superioridad. No se corrige desde una consideración sobre sí mismo de ser mejor. Lo primero que debe hacer quien corrige es mirarse hacia dentro y reconocer con humildad que él mismo sería capaz de eso y de cosas quizás aun peores. De esa manera, al no considerarse mejor que el hermano se aleja incluso de la tentación de humillar al otro "por portarse mal". No se corrige porque se es mejor que el otro, ni porque se está por encima de él, sino porque se le ama y se quiere que sea mejor.

Es la forma de actuación de Dios, que llama a cada hombre para que se convierta, abandonando el mal y todo lo que lo aleja de Él. La conversión del pecador implica el acercarse a Dios, a su amor, y aceptar sus indicaciones como la guía para llegar a ser verdaderamente felices. La corrección que hace Dios apunta a que el hombre retome el camino de su plenitud, dejando a un lado lo que le rebaja y lo desnaturaliza. Cuando Dios corrige busca que el hombre sea lo que debe ser, aquello para lo cual lo creó. Si la motivación última que tuvo Dios al crear al hombre fue su amor por él, la meta a la que lo llama es efectivamente a la vivencia plena del amor. Dios corrige porque ama. No busca la humillación del hombre ni su eliminación. Si el hombre no acepta la llamada a la conversión, es él mismo el que se atrae la desgracia a su vida, pues no se acerca a caminar hacia la plenitud que Dios le ofrece. Él mismo se sustrae de esa vida en plenitud. "Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén, y marca en la frente a los que gimen y se lamentan por las acciones detestables que en ella se cometen". Quienes gimen y se lamentan son los que han aceptado la invitación a la conversión y se duelen de los que no la aceptan, pues prefieren acercarse al abismo que los lleva a la perdición. Dios, que "no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva", los llama a todos. Lamentablemente hay quienes prefieren quedarse revolcándose en su mal, pensando erradamente que afirmarse en sí mismos es el camino correcto para ellos y que no traerá otras consecuencias. De ese modo colocan su vida en la cuerda floja y ponen en riesgo incluso su propia salvación. Si la corrección entre los hermanos, llamada por ello fraterna, viene motivada principalmente por el amor que deben vivir los discípulos de Jesús, y apunta a la búsqueda del bien para el otro porque se le ama y por ello se quiere que sea mejor, la corrección de Dios hacia sus criaturas los hombres, por lo tanto no fraterna sino paterna, tiene aún más sólidamente su fundamento en el amor, pues proviene de quien es el amor y de quien ha creado por amor. Si el hermano corrige por amor a su hermano, aún más lo hace Dios con sus hijos. Él quiere su plenitud, pues para eso los ha creado, y no cesará en su empeño por lograr que aquellos a los que creó por amor y a los que sostiene por amor, avancen por la senda de su plenitud. Aceptar la corrección de Dios y la del hermano que nos ama, es también un acto de amor. Amo a quien me corrige porque sé que lo hace porque me ama y porque quiere mi bien.

martes, 11 de agosto de 2020

Que la adultez no nos robe ni la inocencia ni la ingenuidad

Jesús enseña que debemos llegar a ser como niños pequeños -

La adultez, en ocasiones, nos puede hacer malas jugadas. Cuando entramos en ella, la madurez nos quita frescura e inocencia. Muchas veces dejamos a un lado la espontaneidad por la que podemos vivir con una sensación de mayor libertad, y estamos más pendientes de guardar las formas que de mostrarnos tal como somos, pues no queremos dar la impresión de ser inmaduros, de habernos quedado en la infancia psicológica, con la consecuente falta de confianza de los otros en nosotros pues no seríamos maduros. La adultez nos llena de prejuicios, de suspicacias, nos hace calculadores, juzgando muchas veces injustamente pues basamos nuestro juicio en lo que hemos adelantado y no en la realidad. Para un niño esto es impensable. Es igual el niño negro que el blanco, el niño pobre que el rico, el niño feo que el bonito. No basa su criterio de selección en la forma externa o en el propio concepto de bondad, pues ninguna de esas cosas han pasado a formar parte aún de su bagaje humano. Basta simplemente que esté ahí, dispuesto a compartir el momento, para echar por la borda todo criterio negativo y dedicarse libremente a disfrutar. Es cierto, no obstante, que es necesario un mínimo de cuidado. La inocencia extrema puede ser un arma de doble filo, pues la maldad campea por doquier. En cierto modo, Jesús nos puso sobre aviso cuando nos dijo que había que ser "mansos como las palomas y astutos como las serpientes". Lamentablemente, nosotros nos hemos quedado solo con la segunda parte de la llamada de Jesús y la primera prácticamente la hemos desechado, como si no existiera. Somos muy astutos en todo, en todo somos suspicaces y desconfiados, y hemos borrado de nosotros mismos la posibilidad de ser mansos como las palomas. Jesús nos invita urgentemente a que volvamos a ser como niños: "Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: 'En verdad les digo que, si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí'". En el camino de los grandes maestros de la espiritualidad se habla de la "infancia espiritual", en la que se da una transparencia total delante de Dios, donde no existen prejuicios ni cálculos previos, sino solo el abandono radical y total en los brazos del Padre, en los cuales se vive la más grande de las seguridades. Un modelo ideal de esto lo encontramos en Santa Teresita del Niño Jesús quien avanzó de tal modo en esta infancia que es el prototipo perfecto de ello. En el colmo de esa altura alcanzada llegó a conformarse con ser la pelotica del Niño Jesús, con la cual Él jugaba y a la cual abandonaba en algún rincón cuando se cansaba de jugar. Esa era su felicidad. 

Las dos cualidades más hermosas de la infancia podemos afirmar que son la inocencia y la ingenuidad. La inocencia nos habla de pureza, de transparencia, de libertad de manchas. El inocente no debe estar buscando ocultar absolutamente nada pues no se avergüenza de ninguna de sus actuaciones. Tiene plena conciencia de estar siempre en la presencia de Dios por lo cual se comporta siempre como quien está en medio de la plaza. No actúa por interés ni por quedar bien, sino que de su bondad natural extrae cada una de sus conductas. Ama, y por eso es libre en el amor. Su lema podría ser el de San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Quien tiene espíritu de inocencia no debe poner freno a nada de lo que haga, pues la frescura de la misma inocencia lo hará siempre actuar en función del bien. La ingenuidad nos habla de ausencia de maldad y de prejuicios. Jamás se deja llevar por la suspicacia que caracteriza a los adultos que en todo ven segundas intenciones o mala fe. No son calculadores, pensando siempre en el beneficio que podrán obtener en sus actos, sino que actúan bien sin más. Su espíritu es bondadoso por naturaleza, pues no se ha contaminado aún del mal del mundo. Inocencia e ingenuidad van de la mano, y son cualidades, sin duda, que debemos rescatar. Nuestra adultez debe ser vivida con intensidad, de eso no hay duda, pero debemos enriquecerla con lo que la embellece. El hecho de que hayamos avanzado en nuestra adultez no significa que debemos desechar lo que de atesorable hay en nuestra infancia. Las bondades no se deben perder, sino que se deben acumular. Aún así, Jesucristo, realista cien por ciento, nos habla de quienes pierden esa inocencia y esa ingenuidad, y necesitan ser rescatados. Son la oveja perdida de la que sale en busca: "¿Qué les parece? Supongan que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad les digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Igualmente, no es voluntad de su Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños". Las noventa y nueve ovejas que quedan en el redil son las que han mantenido su inocencia infantil. La perdida es la que debe recuperarla. Eso hace Jesús: sale en busca de aquella perdida y la quiere hacer recuperar también esa inocencia y esa ingenuidad de nuevo. La hace convertirse de nuevo y hacerse otra vez como un niño.

Para los que se hacen como niños Dios ofrece la golosina de su palabra. Es una palabra que ilumina el camino y que es aceptada como guía que no debe faltar. El niño sabe muy bien que debe asirse a la mano firme de un adulto. Es la referencia que debe tener siempre a la mano para sentir que su camino está iluminado y que no tendrá tropiezos, pues quien lo dirige lo quiere bien, sabe bien cuál es la ruta a seguir y lo lleva adelante con paso firme. El que se hace como niño es el hombre que se ha abandonado en las manos de Dios, confiando en que ese es su lugar más seguro, en el cual jamás tendrá frustraciones y del cual solo recibirá bendiciones, pues está convencido, en su proceso de conversión, de que ese Dios que lo convoca nunca va a dejar de favorecerlo y siempre querrá el bien para él. Su inocencia y su ingenuidad lo han convencido de que el Dios del amor y de la misericordia está allí para él, que lo ha llamado para que sea suyo, que se ofrece para llenar todos sus vacíos y todas sus expectativas, que la plenitud solo la va a alcanzar en Él y que la meta a la que está llamado es a la plenitud de la felicidad y del amor. Vive con la convicción de que esa felicidad que experimenta en sus días no es otra cosa que el preludio de aquella plenitud a la que está llamado a vivir en la eternidad junto al Dios que lo llama a la conversión y al que se ha decidido a seguir sin ninguna duda, sin cálculos previos, sin prejuicios ni suspicacias. "'Hijo de hombre, come lo que tienes ahí; cómete este volumen y vete a hablar a la casa de Israel'. Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome: 'Hijo de hombre, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy'. Lo comí y me supo en la boca dulce como la miel". Quien se ha convertido y se ha hecho como niño de nuevo, recibe de Dios la golosina de su palabra. Esa palabra es dulce como la miel, es su norte y la guía perfecta para su vida. La palabra de Dios es la luz que ilumina su camino y le da la sensación de seguridad de que caminando según lo que ella le indique va por el camino justo y recto. Su meta, que es la meta que le indica la palabra de Dios, es la llegada al Reino de Dios, en la que se vivirá la plenitud de la inocencia y de la ingenuidad, que no será otra cosa que la plenitud del amor y de la felicidad. Será como aquella oveja que se perdió y que recibe de Jesús el trato de amor, colocándoselo de nuevo en sus hombros para hacerlo entrar de nuevo en el redil para compartir la vida de felicidad con las otras noventa y nueve ovejas que ya están en la vida de felicidad plena del Reino de los cielos.

lunes, 10 de agosto de 2020

Jesús, glorioso como Dios y cercano como hombre

Evangelio Meditado: El tributo del templo | Villa Tapia Digital

Jesús es el Dios que se ha hecho hombre. Desde toda la eternidad, junto al Padre y el Espíritu Santo, su vida natural fue la de la gloria infinita. Nosotros no tenemos la capacidad ni siquiera de imaginarnos lo que eso significa y lo que eso es en su realidad más profunda. Aquellas visiones que sabemos que han tenido algunos personajes bíblicos del Antiguo Testamento y la que tuvieron los apóstoles al contemplar la Transfiguración de Jesús son imágenes que de alguna forma revelan parcialmente esa gloria, pero debemos aceptar también que son la manera en que Dios ha decidido mostrarla en esas ocasiones, dando lugar a su condescendencia con aquellos a los que se revelaba, pero que realmente no muestran lo que es su imagen más real. En cierto modo, en ellas Dios asume una corporalidad que realmente no le corresponde, se hace visible siendo en su más íntima realidad absolutamente invisible por cuanto Él es espíritu puro, por lo tanto, es imposible para el hombre percibirlo a través de sus sentidos. Las representaciones que son percibidas en esas visiones son las que ha decidido Dios en su momento dejar ver, como vestiduras que asume para que los sentidos humanos puedan percibirlo, pero realmente no son la realidad verdadera de lo que es Dios. Dios no es materia, "a Dios nadie lo ha visto jamás", es pura realidad espiritual. Es por su amor infinito por el hombre, desde la creación, por lo que ha decidido hacerse visible, mostrándose al hombre asumiendo una materialidad que no posee. Dejándose ver en la asunción de una corporalidad, se "rebaja" para acercarse al hombre y hacerle cercano su amor y su poder: "Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos". Y previamente, en las manifestaciones que Dios tuvo ante los hombres, dejaba atisbar su presencia a través de manifestaciones visibles en las que hacía material su realidad puramente espiritual. Esto es posible para Dios pues Él es el creador de todo lo que existe y todo se mantiene en Él, por lo cual no hay ninguna dificultad en asumir las cualidades de su criatura. Desde el mismo principio fue así, cuando en el Génesis se nos sugiere que Yahvé paseaba por el Edén y se encontraba con Adán y Eva, con los cuales vivía momentos de solaz y de reposo: "El hombre y su mujer escucharon que Dios el Señor andaba por el jardín a la hora en que sopla el viento de la tarde". Su condescendencia con los hombres, con todos nosotros, ha hecho que "se deje ver", a pesar de que es imposible por nosotros mismos hacerlo.

Sin duda, esa gloria natural que vive Dios es una realidad que nos sobrepasa absolutamente. Quienes han tenido la posibilidad de presenciarla han quedado sobrecogidos por ella, han sido invadidos por una sensación de maravilla inabarcable, llegando incluso a pensar que debían morir, pues solo la muerte era considerada la puerta para la contemplación de Dios en su intimidad. Es la experiencia que vive Isaías al contemplar la gloria de Dios: "¡Esta es mi muerte! Porque soy un pecador de boca impura, miembro de una raza pecadora, de inmunda boca, y sin embargo he mirado al Rey, al Señor Todopoderoso". Es de tal manera sobrenatural la visión, que para los hombre ver a Dios significa ya vivir en su presencia, y ella se alcanza solo con la muerte. Esas visiones de Dios son, sin duda, descritas maravillosamente, dejando entrever la sorpresa que producen en sus testigos: "Vi un brillo como de electro (algo así como fuego lo enmarcaba) de lo que parecía su cintura para arriba, y de lo que parecía su cintura para abajo vi algo así como fuego. Estaba nimbado de resplandor. El resplandor que lo nimbaba era como el arco que aparece en las nubes cuando llueve. Era la apariencia visible de la gloria del Señor. Al contemplarla, caí rostro en tierra". La experiencia es de tal modo sobrecogedora que se hace imposible para los hombres sostener su mirada ante tal resplandor. O se consideran muertos, o se humillan totalmente ante la visión que consideran impropia para sí mismos. La misma experiencia la tuvieron Moisés, Elías, Jeremías. Cada uno, en su experiencia personal, vivieron esa condescendencia divina, en la visión de la gloria de Dios que asumió la materialidad para mostrarse a ellos. Fue la experiencia que tuvieron los apóstoles en la visión de la Transfiguración, en la que no solo vieron la gloria divina de Jesús, sino que escucharon la voz del Padre que se dirigía a ellos. Fue la experiencia que tuvo San Pablo en el camino de  Damasco, en la que se vio envuelto por una gran luz: "Yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues". Esas experiencias espirituales que tuvo cada uno de ellos los convenció de la presencia de Dios que se les revelaba y de la verdad que los rodeaba al ser elegidos y enviados para una misión específica.

Esta realidad de la gloria inmarcesible de Dios se hace en Jesús la manera más cercana por la que los hombres podemos percibirla. Pensar en que esa gloria de Dios estaba naturalmente presente en Jesús se nos hace realmente difícil. De tal manera la ocultó Jesús en las carnes tomadas de María que nos parece increíble que lo haya logrado, aunque estemos convencidos de que para Dios no hay nada imposible. Hay quien ha afirmado que el milagro más grande que Jesús realizó en su paso terrenal no fue ninguno de los que nos relatan los Evangelios, sino el de haber sido capaz de esconder toda la gloria de su divinidad en las carnes de aquel niño recién nacido que lloraba en los brazos de su madre María. Existe en Jesús una doble posición diametralmente opuesta que tuvo que resolver con inmensa sabiduría: Él es el Dios que vive la gloria infinita naturalmente, pero se ha hecho hombre para traernos lo más cercanamente posible el amor de Dios y su poder y hacerlo tangible para cada uno de nosotros. Por eso vemos que nos trae al Padre y así se lo revela a los apóstoles: "Quien me ve a mí, ve al Padre ... El Padre y Yo somos uno solo". Sólo un inmenso poder lo puede realizar y solo movido por un amor infinito podemos entender que Dios mismo haya dado ese paso. La solución perfecta es la de haberse mostrado hombre para todos, cercano, vivir la misma vida de cualquiera, pero mantener en sí las prerrogativas divinas que poseía normalmente para poder hacer presente para todos ese amor que Dios quería manifestar, haciendo gala de él incluso usando de su poder siempre en favor de los hombres, principalmente de los que más lo necesitaban. Casi nunca usó de su poder en beneficio personal. Incluso cuando "se hace un milagrito para sí mismo", lo hace para no escandalizar a los hombres y mostrarse realmente un hombre más, que cumple perfectamente hasta con sus deberes ciudadanos: "Jesús se adelantó a preguntarle: '¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?' Contestó: 'A los extraños.' Jesús le dijo: 'Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizarlos, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti.'" Ese Dios eterno, infinito, glorioso, trascendente, necesitó hacerse un milagro para poder pagar impuestos. No tenía dinero ni siquiera para eso. Pero no quiso dejar de cumplir con su obligación humana como ciudadano. Es el Dios que se ha hecho hombre. El que se ha rebajado al extremo. Y todo lo ha hecho por amor. Porque nos ama a ti y a mí. No podemos sino sentirnos inmensamente bendecidos por Aquel que llegará incluso a morir, dándonos desde la cruz la imagen más gloriosa y la más humana de sí mismo.

domingo, 9 de agosto de 2020

Por la fe, creemos en Dios y le creemos a Dios

JESÚS CAMINA SOBRE EL AGUA – Mateo 14:22-36, Marcos 6:45-56 ...

La fe es un don de Dios, pero es a la vez una tarea que Dios mismo asigna al hombre. El autor de la Carta a los Hebreos la define así: "La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve". Recibimos este don en nuestro bautismo, junto con las otras virtudes teologales, la esperanza y el amor, de las cuales no puede estar jamás desconectada. La fe se sostiene en la esperanza y se alimenta del amor, de allí que, siendo un regalo de Dios al hombre, queda en manos de éste el hacerla crecer y que sea cada vez más sólida hasta llegar a ser incólume. La semilla de la fe que Dios coloca en el hombre tiene que ver, en primer lugar, con la convicción sobre su existencia. Por la fe los hombres creemos en "Alguien". La sed de trascendencia con la que el Señor nos ha creado nos coloca en el camino del reconocimiento de que al final del camino de nuestra vida está un ser superior a la espera de cada uno de nosotros. Y esto, a su vez, nos confirma que en la vida que llevamos desarrollando, ese ser superior nos va acompañando, conduciendo de algún modo nuestro caminar, dirigiendo misteriosamente nuestros pasos hacia el encuentro con Él. Ese camino, en un primer momento, se puede dar naturalmente, es decir, sin el concurso del mismo trascendente. Nuestra inteligencia y nuestra voluntad llegan a la conclusión de la existencia de ese ser superior que es la causa final de todo lo que existe y del orden que rige las leyes de la naturaleza. La misma contemplación de los misterios de la naturaleza nos convencen de la necesidad de la existencia de ese "Alguien" alrededor de quien orbita todo lo creado. No puede no existir Aquel que es el origen de todo. La misma continuidad de la existencia de la creación, hace absolutamente necesaria la continuidad de la existencia de quien es su causa, por lo cual se concluye que la existencia de ese ser superior sobrepasa la temporalidad, es decir, necesariamente tiene que ser eterno. A esto se añade la infinita condescendencia del Creador con la criatura. Siendo la inteligencia del hombre incapaz de escalar en su totalidad la realidad trascendente de la necesidad de la existencia de ese Ser superior, Él mismo se da a conocer y se revela al hombre. Esa inteligencia humana, por ser limitada ante lo infinito que es Dios, puede llegar a tener atisbos de lo que Él es, pero jamás podrá llegar a la plenitud de su conocimiento. Siempre quedará en la imperfección y en la tiniebla, por lo que Dios, amor infinito, se da a conocer a sí mismo, se revela en lo que es, y hace sentir su existencia al hombre, a través de sus palabras y de sus acciones, dándose a conocer lo más posible, aunque la plenitud de su conocimiento queda reservada para la eternidad, cuando ya esté viendo cara a cara la realidad total de su misterio.

De allí que por la fe, se haga necesario dar un paso posterior. Del creer en "Alguien" hay que seguir al creer en "Algo". Si Dios se ha revelado en lo que es en sí mismo, ha demostrado que somos capaces de entrar en relación con Él, de comunicarnos mutuamente. Dios "habla" con el hombre. Y en esa comunicación transmite sus verdades y sus peticiones. No es solamente que Dios se presenta al hombre tal cual es, sino que se revela también en lo íntimo de sus pensamientos y de sus exigencias. Creer en "Algo" es, de este modo, creer que ese Dios que se nos ha revelado es capaz de comunicarse con nosotros, de hablar y de revelarnos su verdad más profunda, y de decirnos qué debemos hacer en nuestra comunicación con Él y en el desarrollo de nuestra propia vida para avanzar en el camino de la felicidad plena a la cual nos llama, pues nos ha creado por amor y para que vivamos en esa felicidad plena que debe convertirse en nuestra meta más añorada. Si creemos en "Alguien", creemos en Dios, en su existencia infinita, en que es nuestro Creador, en que nos creó por amor porque es bueno, y en que quiere nuestro bien por encima de todo. Por ello, al creer en "Algo", creemos que ese "Alguien" nos habla, que nos comunica su verdad, que esa verdad es nuestra salvación, que cuando nos pide algo es para nuestro bien, pues Él es bueno y nos ama y jamás querrá nuestro mal. Creer en "Algo" es confiar de tal manera en el Dios Creador, bueno y todopoderoso, que no dudaremos jamás en obedecer a sus indicaciones, pues serán siempre las que nos conducirán a la plenitud y nos harán totalmente felices. Quien entiende así la fe en esa doble vertiente de creer en Dios y creer en lo que dice, avanza en la esperanza y en el amor. Abandonándose en esa fe, la esperanza lo hace mirar al horizonte de la eternidad con alegría y con ilusión, añorando ese futuro feliz sin fin en el amor del Padre, y el amor lo hace vivir la dulzura de su día a día en la presencia de ese mismo amor de Dios, haciéndolo concreto en el amor a los hermanos. Nunca dudaremos de esa paz interior que produce la presencia de Dios en nuestra vidas, aun en medio de las dificultades que se puedan presentar: "Le llegó la palabra del Señor (a Elías), que le dijo: 'Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor'. Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva". Es en esa suavidad de la fe que nos produce el Señor en la que Él se encuentra. Es la paz que produce creer en Dios y en su amor.

Por esa fe, en la que confesamos la existencia de Dios, su amor y su bondad por cada uno de nosotros, la que nos convence de que de Él podemos obtener todos los beneficios que nos promete, podemos sostener sólidamente nuestra vida. Es ella la que arranca de Jesús los mayores beneficios para cada uno. Por tener esa fe María logró el milagro de la conversión del agua en vino para los jóvenes esposos,  la hemorroísa vio curada su enfermedad, el leproso vio limpia su piel, el centurión vio como era curado su siervo, Marta se alegró con la resurrección de su hermano, la cananea pudo probar de las migajas que caían de la mesa del amo, la mujer adúltera fue salvada de la muerte segura, la Magdalena recibió el perdón de sus pecados, el paralítico pudo volver a caminar, el ciego pudo abrir de nuevo sus ojos para ver... Creer en Dios y en su amor, y creer que Él es bueno y quiere siempre nuestro bien, arranca de Él los mayores favores. Basta que lo creamos y esa realidad será absolutamente cierta para nosotros. Por tener esa fe, Pedro fue capaz de caminar sobre las aguas como lo hizo Jesús cuando se acercó a la barca caminando sobre las aguas en medio de la tormenta: "Pedro le contestó: 'Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua'. Él le dijo: 'Ven'. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús". Mientras confió en Jesús, sabiendo que era Él el que lo sostenía, pudo avanzar por encima de las aguas hacia Él. Pero al empezar a soplar más duro el viento, Pedro dejó de confiar pues tuvo miedo y empezó a confiar más en sus propias fuerzas para salvarse: "Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse". Solo una fe recuperada en Jesús lo hace salvarse de morir ahogado: "Gritó: 'Señor, sálvame'. Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: '¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?'" Es lo que nos sucede a nosotros cuando empezamos a confiar más en nosotros mismos que en Jesús. Solo una fe incólume, inconmovible, en Jesús nos salvará de todas nuestras tormentas. Mirar hacia arriba, elevar nuestra mirada por encima de todas nuestras dificultades y contratiempos, y fijarla en el Dios que se hizo hombre y que murió en la cruz por amor a nosotros, teniendo por tanto la convicción de que Aquel que fue capaz de morir por amor a nosotros, jamás dejará de querer el bien para cada uno, nos convencerá de que nunca permitirá que lo que nos suceda no tenga algo bueno para nosotros y que nos rescatará de todo los males que podamos sufrir. Es la convicción final de los apóstoles: "En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: 'Realmente eres Hijo de Dios'". Que esta sea nuestra confesión final: Jesús es el Hijo de Dios que nos ama infinitamente y que ha venido a salvarnos y a traernos el amor del Padre. Y en Él confiamos.

sábado, 8 de agosto de 2020

Pidamos confiando en que ya se nos ha concedido, y se nos concederá

Si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza nada sería ...

La confianza en el amor y el poder de Dios, manifestado en Jesús a los hombres, es una realidad tremendamente necesaria en la vida de los cristianos. Para poder abandonarnos totalmente en sus brazos y avanzar confiadamente en nuestra vida de fe, necesitamos de esta convicción, de lo contrario, nunca terminaremos de abandonarnos realmente en Él, y siempre estaremos caminando en las tinieblas de la duda. Cuando guardamos algún prejuicio sobre Dios y estamos preguntándonos continuamente si será cierto todo lo que promete a sus seguidores, es más duro el caminar y evidentemente se le hace más cuesta arriba al mismo Dios dar las demostraciones ideales de su amor y de su poder, de sus favores para los hombres. Las formas más expeditas en las que Jesús lo evidencia son las que vienen precedidas por las demostraciones indudables de la confianza en Él. Así lo vemos dejando salir su fuerza sanadora cuando aquella mujer que sufría ya por tanto tiempo de flujos de sangre se acerca para tocarlo, segura de que ese gesto sería suficiente para alcanzar su curación. También cuando la cananea implora por la salud de su hijita y entiende que ella es uno de los perritos que come de las migajas que caen de la mesa de los amos, pero que sabe que esas migajas vienen del mismo Dios y por eso es capaz de curar porque es poderoso. O cuando el centurión demuestra confianza plena en ese poder de Jesús y por eso le dice que no es necesario ni siquiera que se acerque a su casa para sanar a su criado, sino que solo debe ordenarlo con su voz para darle la salud. Igualmente cuando aquel enfermo de lepra se pone delante de Él y deja a su arbitrio la voluntad sanadora, revelando con ello que sabe muy bien que tiene el poder de hacerlo y basta solo que sea su voluntad. Todos esos personajes fueron beneficiados por el amor y el poder de Cristo pues demostraron antes plena confianza en que podía hacerlo. Jesús mismo reconoció que lograban el favor por la inmensa fe que demostraban tener: "¡Qué grande es tu fe! Que se cumpla como has pedido". Incluso el mismo Jesús demostró su satisfacción y su sorpresa ante tales demostraciones de fe: "Les aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe". Las puertas para que la obra de Jesús tuviera entrada eran las puertas de la fe en Él que abrían los beneficiados. En cierto modo, la debilidad en el reconocimiento de la única grandeza de Jesús fue lo que los hizo poderosos. Es lo que afirma San Pablo: "Cuando soy débil, soy fuerte", es decir, cuando se reconoce que el único poder es el de Jesús, por lo tanto no el propio, es cuando ese poder divino puede hacerse presente. La Virgen María lo puso en práctica de la manera más clara cuando intercedió por los jóvenes esposos en Caná: "Hagan lo que Él les diga". El poder lo tiene Él, y Ella estaba plenamente segura que teniendo fe y confianza en su amor y su poder, no quedarían defraudados.

Por eso, en la pedagogía que esgrime Jesús con sus apóstoles, esta afirmación de la necesidad de la confianza en Él y en su poder y su amor en favor de los hombres, debía resultar en una convicción profunda que se debía alcanzar en lo más íntimo del corazón y en lo más claro de los pensamientos. De lo contrario, su propia actuación se haría más difícil. Podemos intuir la urgencia con la que Jesús trata el tema cuando de alguna manera manifiesta su inconformidad con las actitudes que demuestran sus seguidores: "Se le acercó un hombre, que se puso de rodillas y le dijo: 'Señor, ten compasión de mi hijo. Le dan ataques terribles. Unas veces se cae en la lumbre y otras muchas, en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no han podido curarlo'. Entonces Jesús exclamó: '¿Hasta cuándo estaré con esta gente incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla? Tráiganme aquí al muchacho'". Mientras los hombres no crean firmemente en su poder, no alcanzarán las maravillas que pueden lograr al abandonarse en Él. Todo favor proviene de Él, pero es necesario creer firmemente y confiar radicalmente en que ese poder se hace presente cuando se le invoque. Se necesita dejar de confiar en sí mismo, confesarse totalmente débiles y afirmarse en la convicción de que el único poder posible para actuar en favor de la humanidad es el de Dios. El hombre debe poner solo su disponibilidad en dejarse conducir por el amor y el poder divinos que quiere siempre el bien de sus criaturas. "Después, al quedarse solos con Jesús, los discípulos le preguntaron: '¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?' Les respondió Jesús: 'Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ‘Trasládate de aquí para allá’, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes'". Mientras no tengamos esta confianza en Dios, que se traduce en la confesión de la propia imposibilidad por la debilidad que poseemos naturalmente y en el reconocimiento de que la única fuerza posible es la de Jesús, no se podrán producir las maravillas que Dios está dispuesto a realizar en medio de nosotros. Solo quienes se han atrevido a confiar radicalmente en Jesús, en su amor y su poder, han alcanzado este grado de acción de Dios en sus vidas. Así tenemos que la providencia actúa maravillosamente en la vida de un San Pedro que hace caminar a un paralítico solo por la fuerza del nombre de Jesús, a un San Vicente Ferrer que suspende en el aire a un obrero que iba cayendo hacia la muerte para solicitar permiso de un superior para impedir esa muerte, a un San Juan Bosco que se abandona en la providencia para poder tener el dinero para el pago del alquiler de una casa para los jóvenes. Y no solo realizando estas cosas maravillosas e increíbles, sino también las cotidianas que suceden a diario a personas que con confianza filial han abandonado sus vidas en las manos de Jesús.

Esa insistencia de Jesús se da, sobretodo, porque en algo que nos favorece radicalmente parece mentira que seamos tan reticentes. Es la fuerza de Dios que se pone a nuestro favor e increíblemente no terminamos de creerlo. Nos dejamos dominar por la incredulidad y no terminamos de ceder a la fuerza de Dios. En cierto modo es la soberbia de creer que solo cuando tenemos el dominio total de la situación podrán darse bien las cosas para nosotros. Podríamos decir que en este caso concreto en el que Jesús solicita de nosotros nuestro total abandono, nos está pidiendo que demos el salto al vacío como el niño que está completamente abandonado en los brazos de su padre y confía plenamente en que jamás lo dejará caer. Es adquirir de tal modo una confianza plena en Jesús que ningún obstáculo, ni siquiera los puestos por nosotros mismos, puedan impedir su acción. Debe darse, de este modo, la confianza de quien espera de Dios siempre las actuaciones a su favor, y que "reclama" su acción cuando percibe que se tarda: "¿Por qué miras en silencio a los traidores y callas cuando el malvado devora al justo?" Quien "se atreve" a reclamarle a Dios no está, en este sentido, actuando mal, pues siente que Aquel que le ha prometido su acción a su favor, no está cumpliendo, y por ello pide con insistencia su concurso. Dios promete su acción y queda comprometido con quien confía en Él. Y actuará sin duda en su momento, pues Él no engaña jamás. Por eso, para quien cree en Él "nada sería imposible". Es el mismo Dios el que hipoteca su acción, y por ello nunca dejará de cumplir su promesa, pues Él nunca engaña. Desde el mismo momento en que invita a pedir en su nombre, ya queda comprometido. Más aún, se debe tener tanta confianza en la petición que se haga que al pedirla se debe pensar que ya ha sido concedida: "Les digo que todas las cosas por las que oren y pidan, crean que ya las han recibido, y les serán concedidas". Hay que dar ese pequeño paso, a la vez gigantesco, de tener una confianza sin límites en el cumplimento de las promesas de Dios: "Escribe la visión que te he manifestado, ponla clara en tablillas para que se pueda leer de corrido. Es todavía una visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará; si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta. El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”. Dios, al ponerse del lado de los justos y de los que confían radicalmente en Él, nunca dejará de cumplir su palabra. Su momento es el más oportuno. Solo basta que quien confía en su poder, confíe también en que Él actuará y que sabe mejor el momento ideal para actuar. Su amor y su poder siempre están a favor de nosotros. Y nunca dejará de favorecernos. Nosotros, por nuestra parte, debemos enriquecernos de esa fe sin límites en su amor y en su poder, y creer que todo lo que nos promete será una realidad, pues su palabra es palabra de amor.