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domingo, 15 de noviembre de 2020

El mundo es de Dios y Él lo ha puesto en nuestras manos para hacerlo mejor

 Parábola de los talentos - Wikipedia, la enciclopedia libre

Una cosa de la vida de los hombres que marcará definitivamente nuestra existencia no solo para ese futuro grandioso que nos espera a todos, sino que sin duda marcará cada momento, es el aprovechamiento que hagamos de la inmensa cantidad de dones que hemos recibido de Dios nuestro Padre desde el mismo primer momento de existir. El Dios inmensamente dadivoso no ha querido solo favorecernos con la vida que nos ha regalado, desde aquel movimiento absolutamente inusitado de bondad y de beneficios que ha surgido de su corazón, sin que mediara una motivación de obligación y mucho menos de necesidad, ni tan solo por lo extraordinario del derramamiento del amor que dejó surgir desde aquella esencia personal que existía solo para Él, en la plena satisfacción mutua que vivía la Santísima Trinidad, pues era un amor totalmente suficiente para sí, sin ninguna otra necesidad externa y para su propia vida de intimidad divina, es su empeño de favorecer al hombre con todo lo que necesite para existir. Es claro que todos esos movimientos son deseados totalmente por Él, con los que nos creó, nos puso en medio de todo, nos dio todos los medios para que nuestra vida pudiera ser lo mejor que nos podía procurar, nos llenó de un amor que no tiene ni tendrá jamás parangón con cualquier otro amor que nos podamos imaginar. Y con todo, no quiso que esa obra ingente de creación y sostenimiento fuera suficiente con la sola obra de amor y de poder. A cada hombre que estableció en el mundo y que colocó en el centro de todo, nos encomendó una responsabilidad. Puso en nosotros una tarea que debemos cumplir, pues el mundo, habiendo sido hecho perfecto por Él para nosotros, lo hizo propenso de mejoría. El haber sido creados a imagen y semejanza suya no consistió solo en la misma vida donada, en la libertad que nos regaló, en la capacidad de amar y se existir en favor de los otros, sino que lo marcó con su misma capacidad creativa, con su fuerza de hacer mejor las cosas, de añorar el bien no solo para sí mismo, sino asumiéndolo como una responsabilidad en favor de todos los que tenemos como convivientes en el mundo. Somos co-creadores con Dios, porque Él lo ha establecido así. Dios nos ha hecho sus socios en el mundo, y por eso el mundo puede ser mejor. No solo porque Él lo hizo, lo creó y lo sostiene, sino porque nos ha hecho capaces para ello, tal como Él mismo lo es. "Dominen la tierra y sométanla", es una decisión muy concreta de Dios y un mandato expreso que debe ser cumplida a rajatabla. Y a eso agregó por esencia la posibilidad de que ese dominio no fuera un simple cumplimiento formal o individual del hombre, sino una conjunción de intereses y de esfuerzos de todos en el que cada uno tuviera algo que aportar: "No es bueno que el hombre esté solo". Es decir, pudiendo lograr que cada hombre se ocupara de lo suyo única y exclusivamente, decidió que el plan fuera para todos, ejercido en la unidad y en la ocupación de amor mutua que fuera surgiendo de lo que cada uno aportara. En este sentido no es solo importante responder positivamente al diseño divino, sino que es mucho más importante hacerlo en unidad de criterios e intereses, en los que el aporte de cada uno fuera un beneficio para todos.

La existencia humana no es, por lo tanto, no puede ser, un simple pasar y ocupar espacios. No es solo que cada uno en su individualidad tenga una tarea que cumplir, sino que en su esencial diversidad y riqueza personal, tiene la obligación hermosa y grandiosa, pues es originalmente de Dios, de servir para que otros reciban también todos los beneficios que el Señor mismo ha diseñado para todos. Por eso es tan importante sentirse llamado y responsabilizado. Al margen de lo concreto, que corresponderá a cada uno, estará el deseo de ser útil, de hacer su parte, de asumir su diferencia que enriquecerá a los demás siempre. La marca no estará, aun siendo muy importante, en si se es hombre o mujer; niño, joven, adulto o viejo; profesional u obrero; sabio o poco agraciado. La marca estará en el ser hombre, en el ser miembro del mundo, en asumir que el mundo ha sido puesto en sus manos para hacerlo mejor: "Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? Supera en valor a las perlas. Su marido se fía de ella, pues no le faltan riquezas. La trae ganancias, no pérdidas, todos los días de su vida. Busca la lana y el lino y los trabaja con la destreza de sus manos. Aplica sus manos al huso, con sus dedos sostiene la rueca. Abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura; la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en público". ¿Qué es entonces lo importante? ¿Es importante la mujer, o cualquier persona, por lo que aparenta, por su belleza, por su sabiduría, por su destreza al hacer las cosas? Para Dios eso es absolutamente secundario. Y para el mundo también, pues lo que Dios quiere del hombre para el mundo no es la superficialidad ni la apariencia, sino que logre que sea el lugar de perfección que Él ha establecido para todos. La bondades de Dios, podemos estar seguros, que no se detienen en pretensiones exteriores, sino en realidades profundas que tienen que ver con lo de dentro más que con lo de fuera. Por eso insiste San Pablo en evitar centrarse en las cosas que pasarán, sino en las que quedarán. Aun siendo el mundo un lugar de tarea actual, en el cual todos debemos esforzarnos al máximo, pues Dios nos quiere felices y gozosos en Él y en su amor, conviviendo lo mejor posible con el aporte que hagamos cada uno en favor de todos, logrando que realmente en ese mundo podamos vivir la solidaridad fraterna que nos sustraiga de tantas calamidades y maldades que lamentablemente por nuestra indolencia y falta de criterio realizamos, el fin no es únicamente un mundo mejor actual, sino una eternidad que nos lleve al gozo que no se acabará jamás en el que ciertamente lograremos la mayor de las felicidades, pues es la plenitud a la que estamos destinados para siempre y que nadie nos quitará. "En lo referente al tiempo y a las circunstancias, hermanos, no necesitan que les escriba, pues ustedes saben perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: 'paz y seguridad', entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero ustedes, hermanos, no viven en tinieblas, de forma que ese día los sorprenda como un ladrón; porque todos son hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente". Ese es nuestro futuro y jamás podremos desentendernos de él.

Jesús añade un punto más que debe ser asumido también en detalle. Nuestra vida, habiendo sido ese regalo amoroso y lleno de bondades de Dios, ha sido no solo enriquecida con amor y beneficios, sino que aquellas capacidades divinas son también ahora prerrogativas nuestras que nos pertenecen y apuntan a la vida verdadera. Una vida sin capacidades es una vida vacía. Ninguno de los hombres ha sido desfavorecido de ellas. Incluso los que nos imaginamos que puedan haber sido olvidados en esto, sirven a todos, al menos para animarnos a ser mejores en favor de ellos. Hablar de discapacitados es un  absurdo. Son ellos los que nos hacen más capaces para ellos mismos, pues así tienen la tarea hermosa de hacernos para ellos y de llenarnos de su propia capacidad de animación. Por eso Jesús nos invita a nunca dejar de hacer nuestra parte, aunque nos parezca la más superficial y menos fructuosa: "Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: 'Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco'. Su señor le dijo: 'Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor'. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: 'Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos'. Su señor le dijo: 'Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor'. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: 'Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo'. El señor le respondió: 'Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes'". Los otros hicieron lo que tenían que hacer, no porque hicieran maravillas, muchas o pocas, sino porque cumplieron su cometido, el que Dios les había dejado en sus manos. Nadie debe dejar de hacer su parte. Dios nos ha colocado el mundo en sus manos. Es el mundo que es el suyo y que nos encargó. Y somos nosotros los encargados de hacerlo mejor, más habitable para todos, lugar de encuentro con los hermanos, para preparar aquel encuentro final maravilloso para el que todos estamos destinados con el amor infinito del Padre.

martes, 12 de noviembre de 2019

Mi salario es el amor eterno de Dios

Resultado de imagen para siervos inútiles somos hemos hecho sólo lo que deberíamos haber hecho

La frase que mejor resume la actitud que debemos tener los siervos del Señor cuando cumplimos bien con nuestra responsabilidad nos la dice Jesús: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer". Aunque suene duro, lo que quiere decir Jesús es que cada uno debe asumir con alegría la tarea que le corresponde en el mundo. Dios nos ha creado para que seamos los reyes de la creación. Cada bautizado está llamado a ser sacerdote, profeta y rey, y en el asumirlo y cumplirlo con seriedad está la misma recompensa. Por eso, para que quede bien claro, Jesús pregunta: "¿Tienen que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?" Cada obrero tiene una tarea asignada. Para eso es contratado. Su recompensa es la satisfacción por haber hecho lo debido. Por ser cristianos nos corresponde ser sacerdotes, es decir, tratar de consagrar con nuestra actitud y nuestra responsabilidad todo lo que hacemos. Así como el sacerdote ministerial consagra para todos el pan que se convierte en el Cuerpo de Cristo, alimento espiritual para todos los hombres, así mismo el bautizado consagra toda su realidad y la coloca a los pies del Señor. Nos corresponde ser profetas en el mundo, es decir, anunciar el amor de Dios y su justicia y la salvación que nos ha traído Jesús, y denunciar con valentía todo lo que se oponga a Él. Y nos corresponde, finalmente, ser reyes y ejercer nuestro reinado sobre el mundo, dándole buen uso a todo lo que Dios ha puesto en nuestras manos, dominándolo con mano firme y suave, y no dejándonos esclavizar por ninguna de las criaturas que han sido sometidas a nosotros.

No podemos pretender exigir de Dios ninguna compensación. Él ya nos ha bendecido con las capacidades con las que nos enriquece para poder crecer en nuestra condición humana y en nuestra santificación personal. Los talentos no son otra cosa que esas cualidades que ha puesto Dios en nosotros para que podamos ser esos siervos que cumplen bien con su tarea. Y, por añadidura, el mismo Dios se coloca entre nosotros y el mal del mundo para protegernos y servirnos de sustento en medio de la posibilidad del dolor y del sufrimiento. En efecto, no solo nos ha dado las capacidades, sino que se ofrece como apoyo indestructible para que nuestro itinerario pueda ser cumplido perfectamente: "La vida de los justos está en manos de Dios, y no los tocará el tormento. La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia, y su partida de entre nosotros como una destrucción; pero ellos están en paz". Dios es el mejor defensor. En medio de los avatares del mundo, Él es una fortaleza inexpugnable para el fiel. "Resplandecerán como chispas que prenden por un cañaveral; gobernarán naciones, someterán pueblos, y el Señor reinará sobre ellos eternamente". El mejor seguro de esto es que el mismo Dios que les encomienda su tarea, los capacita para llevarla adelante y los acompaña en todo el trayecto como guía y protector: "Los que confían en él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos".

Pero, aun cuando Jesús asevera que el siervo inútil no necesita de reconocimiento por su labor, afirma también que habrá una compensación merecida al final de los tiempos. A los siervos que multiplicaron sus talentos, les da la recompensa de la eternidad feliz junto a Dios: "Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante”. Está claro que Dios no se dejará nunca ganar en generosidad. Ciertamente el gozo del siervo está en cumplir con su responsabilidad y hacerlo, además, con la mayor calidad y de la mejor manera posible, pero a ese gozo natural por la labor cumplida, Dios le añade el gozo eterno del premio merecido por haber hecho lo que correspondía. Nuestro Dios es un Dios de amor y de justicia. Su amor lo llevará siempre a procurar para nosotros lo que más nos favorece. Y su justicia lo llevará siempre a entregar en las manos de quien se lo merece, aquello que se haya ganado con esfuerzo. Pero es justicia divina, por lo cual, es superabundante. Da el ciento por uno. Más de lo que nos merecemos. Porque Él es así. Infinito. Infinito en su amor, infinito en su justicia e infinito en su misericordia.

sábado, 31 de agosto de 2019

Mis talentos son para mis hermanos

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Dios creó al hombre en el sexto día de la creación. Fue el último en ser creado. Después que había llenado ya el universo entero de los demás seres, puso la guinda de su obra poniendo al hombre en el centro, y entregándole todo lo creado para que lo dominara y se sirviera racionalmente de ello. Así reza el libro del Génesis: "Cuando Dios creó al hombre, lo creó a su imagen; varón y mujer los creó, y les dio su bendición: 'Tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves, y a todos los animales que se arrastran'. Después les dijo: 'Miren, a ustedes les doy todas las plantas de la tierra que producen semilla, y todos los árboles que dan fruto. Todo eso les servirá de alimento. Pero a los animales salvajes, a los que se arrastran por el suelo y a las aves, les doy la hierba como alimento.' Así fue, y Dios vio que todo lo que había hecho estaba muy bien. De este modo se completó el sexto día". En ese designio creador, Dios estableció una sociedad perfecta entre los hombres, para lo cual tenían que ser ayuda adecuada unos para otros. La sociedad humana naciente, así, funcionaría con el aporte de cada uno. "Luego, Dios el Señor dijo: 'No es bueno que el hombre esté solo. Le voy a hacer alguien que sea una ayuda adecuada para él.'"

Dios creó al hombre libre, inteligente y con voluntad, capaz de amar. "A nuestra imagen y semejanza". Lo hizo "poco inferior a los ángeles", con lo cual puso en él cualidades divinas, inéditas en todos los demás seres de la creación. Por eso con el hombre, la creación alcanza su zenit, su punto más alto. El Señor había bordado su creación, derramando todo el amor de su corazón en el hombre, al cual ama por sí mismo, por encima de todos los demás seres de la creación, a los cuales ama en cuanto sirven al hombre. Para que esta obra llegara a su plenitud, deja al hombre la responsabilidad de seguir adelante. Aun cuando la creación es el reflejo concreto de la inmensidad y la belleza del mismo Dios, el hombre, hecho socio de Dios, es responsabilizado de mantener las cosas en el orden deseado por Dios. Para ello, el Señor da a cada uno los talentos, que son cualidades específicas que servirán a cada uno para lograr ese cometido. Se los da de acuerdo a las capacidades que tiene cada uno, de modo que no todos tendrán los mismos talentos ni servirán para lo mismo, pero sí tendrán que poner el máximo esfuerzo por colocar su capacidad en orden a lograr el bien común, para beneficiar a todos.

Ser siervo bueno y fiel del Señor es hacerse consciente de las propias cualidades, de los propios talentos con los cuales nos ha enriquecido el Señor, y ponerlos a funcionar, sin esconderlos ni inutilizarlos. Todos los tenemos y nadie puede aducir que no los posee. Es una cuestión de justicia, para con el Señor y los hermanos. Los talentos no son para beneficio personal o para un goce absurdamente egoísta. Son dones que nos ha regalado el Señor para ponerlos a producir en función de los demás. Toda la humanidad se enriquece con los talentos que nos han sido regalados. Sería muy deshonesto recibirlos, reconocerlos y no sentirnos responsables de hacer que todos los disfruten. Dios no nos ha dado sólo la vida, sino que se ha ocupado de que, a través del aporte de los mismos hombres, con la puesta en práctica de los talentos recibidos, la vida sea mejor para cada uno.

Pero así como es injusto no ponerlos a producir en beneficio de los hermanos, es igualmente injusto exigirlos a quien no los ha recibido o exigirlos en cantidad mayor a la recibida, o lo que es lo mismo, no se le pueden pedir peras al olmo. "No todos servimos para todo, pero todos servimos para algo". Exigir fuera de ese "algo" para el que servimos, no tiene sentido. Exigirle un bello canto al que es mudo, es absurdo. De igual manera exigir cien al que puede dar solo ochenta (en lo que sea), carece de sentido. Eso sí, es igualmente injusto exigir solo sesenta a quien puede dar cien. Sobre todas nuestras capacidades pesa la responsabilidad de querer el bien de los hermanos. Nunca podemos dejar a un lado este sentido de responsabilidad con el Dios que nos ha hecho socios suyos en la procura del bienestar general. Todos debemos responder al máximo en esta sociedad. Debemos dar lo mejor de nosotros y debemos exigírselo con justicia a todos, haciéndonos conscientes de que si alguien no hace las cosas como yo creo que deben ser hechas, no significa que no esté poniendo su mejor empeño en hacerlo. No todos tenemos las mismas capacidades. Decía Gabriel García Márquez, respecto al amor: "El que alguien no te ame como tú quieras que te ame, no significa que no te esté amando con todo su corazón".

Ser siervo negligente y holgazán es echar en saco roto las exigencias que conlleva el ser enriquecido con los talentos. Es haber perdido el sentido de la propia existencia. Es no actuar con la justicia de quien se debería sentir responsable de las riquezas que ha recibido pero sólo en función del beneficio de los hermanos. Es defraudar la confianza del Creador, que te ha hecho socio suyo, elevándote infinitamente de categoría, y para ello se hace además Providente para ti mismo y, a través de ti, para los demás. Por eso, por deshonesto, por injusto, por defraudador, merece el castigo eterno. "Y a ese siervo inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes..."

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Ni sumar, ni conservar... ¡Multiplicar!

Dios es el Dador de todos los bienes del hombre. Desde su creación, lo colocó en medio de todas las cosas para que le sirvieran de apoyo, de sustento, de herramienta para su desarrollo y promoción personal y comunitaria. Todas las cosas Dios las hizo pasar en frente del hombre para que les fuera poniendo su nombre, con lo cual, en la mentalidad del escritor sagrado, era como un paso del dominio a las manos del hombre. Colocar el nombre a todo lo que existe hacía del hombre el "propietario", el "administrador" de todo lo creado. El Creador eterno ponía en las manos del creado predilecto todo lo que había surgido de sus manos. El hombre, así, tenía todo el control de la creación. Y podía usar de ella a su placer... En ese uso absolutamente libre, el hombre podía avanzar correctamente o equivocar el camino. El avance correcto sería adelantar en el camino de la perfección, de la plenitud, hacia la meta de la felicidad eterna... Equivocar el camino significaría el pecado, el apartarse de la voluntad de Dios, es decir, de Dios mismo, y atrasar cada vez más la llegada a esa meta final de la felicidad...

Ese Dios sigue siendo siempre providente. No hay un solo momento en el cual Dios no esté proveyendo para el hombre lo que necesita. En la parábola de las aves del cielo y los lirios del campo, Jesús lo explica perfectamente. Si Dios se ocupa de ellas, que son criaturas simples, que ha puesto en las manos del hombre para su disfrute, ¿cómo no se va a ocupar del hombre, que es su criatura predilecta, la más amada, la que ha llamado al compartir final y eternamente su amor para ser plenamente feliz? El Dios providente provee para el hombre todo lo que necesita para vivir bien, y el hombre debe reconocer que el origen de todos los bienes que recibe es el Dios del Amor que lo ha creado...

En ese doble reconocimiento, en el del origen de todos los bienes y el para qué son donados cada uno de ellos, está, podríamos decir, la lógica para poder llegar a vivir en la satisfacción plena, en lo razonable del ser las criaturas predilectas de Dios, en la añoranza de llegar a la meta feliz y eterna de vivir en el amor junto a Él...Cuando el hombre hace así, puede decirse que ha comprendido perfectamente cómo desarrollar su vida en concordancia con lo que Dios quiere... Es el reconocimiento de lo grandioso de Dios, que merece un agradecimiento continuo y un compromiso de respuesta de fidelidad a lo que Él quiere que hagamos para ser verdaderamente felices...

En esa lógica de providencia de Dios, Él se preocupa, por lo tanto, de que cada uno tenga lo necesario para adelantar. En ocasiones, da todo lo que se necesita, cuando sabe que los hombres por nosotros mismos no podemos alcanzar la plenitud en aquello que se dona. Pero en otras ocasiones, nos da lo que necesitamos para "arrancar" y seguir adelante, haciendo crecer los dones que pone en nuestras manos, de manera que sea nuestro esfuerzo el que finalmente haga que todo llegue a donde debe llegar... Es lo que se conoce en el Evangelio como "talentos"... Son las riquezas, las capacidades, que Dios pone en nuestras manos para que podamos usar de ellas para nuestro bien y el de los demás. La felicidad consiste en hacer que los talentos crezcan, produzcan, procuren el bien para uno mismo y para los demás... Y serán mejor usados en cuanto los hagamos funcionar y multiplicar según las mismas capacidades que tenemos... Un talento es un don de Dios que debe ser puesto al servicio, pues será la única manera de hacerlo crecer. No es para esconderlo o para ponerlo a funcionar a lo mínimo, de manera que "no se pierda". Eso sería su muerte... Si el talento tuviera vida por sí mismo, quisiera siempre ser donado para mantenerse vivo y multiplicarse...

En esa lógica, los grandes talentos se multiplicarían dándolos: El amor crece cuando se ama, la fe crece cuando se da, la esperanza crece cuando se infunde en los demás, la valentía crece cuando se comporta uno valientemente... Los talentos no "se gastan", no "disminuyen" cuando se dan. Al contrario, se solidifican y crecen, y hacen que quien los vive y los dona. los multiplique en sí mismo... En contraposición, quien tiene amor y no ama asesina ese amor, quien tiene fe y no la transmite la pierde, quien tiene esperanza y no la infunde se frustra, quien es valiente y no se comporta valientemente se vuelve cobarde...

Esa misma lógica se vive en las demás cualidades con las que Dios nos ha enriquecido: inteligencia, voluntad, don de gentes, simpatía, facilidad de palabra, poder de convencimiento, solidaridad, caridad, consejo, piedad, justicia, prudencia, templanza... Cada una es un talento que es necesario fortalecer y multiplicar, practicándolo. No basta con sólo "querer mantenerlo", sino que es necesario por todos los medios practicarlos y darlos a los demás. Es la única manera como las haremos más y que se hagan beneficio para todos. Los talentos no nos han sido dados para un disfrute egoísta... Es absurdo, por ejemplo, tener facilidad de palabra para usarla en el espejo... Es absurdo haber recibido el sentido de la justicia para no aplicarlo en la búsqueda de la justicia para todos... No tiene sentido un talento escondido, enterrado, envuelto en un pañuelo... Ni se aprovecha, ni se permite que otros se aprovechen...

En la lógica de las capacidades no se puede un contentar con sólo sumar, aunque ya eso es bueno. ¡Qué extraordinario cuando uno pone sus talentos junto a los de los demás para que se sumen y hagan bien! Pero Jesús quiere que no sea sólo el resultado de una suma, sino que se multipliquen. Ponerlo junto al de los demás, de modo que no resulte una simple sumatoria, sino un inusitada multiplicación. No será un dos, como resultado de uno más uno... Será miles, cuando sumo mi talento al del otro, y al del otro, y al del otro...

No hacerlo producir nada es ya trágico... Y no hacerlo multiplicarse también... Debemos apuntar siempre a lo máximo. A la multiplicación... Nuestro talento debe unirse a los de los miles que también los han recibido.Resultará en una extraordinaria multiplicación... Y si unimos nuestros talentos, los que nos ha regalado Dios, a las mismas capacidades divinas, ya no será una simple multiplicación, sino que se irán al infinito, pues lo de Dios es siempre infinito. Unirse a Dios es la mejor multiplicación de los talentos que podemos hacer... No nos quedemos en los mínimos que significaría una terrible mediocridad. Vayamos a los máximos, a los niveles del mismo Dios, multiplicando nuestros talentos uniéndolos a los de los hermanos, y más, uniéndolos a las capacidades infinitas que Dios mismo tiene...

lunes, 23 de septiembre de 2013

¿Por qué escondemos nuestra Luz?

Hace algunos años, un amigo me dijo un refrán que me quedó dando vueltas en la cabeza: "En comunidad, nunca muestres tu habilidad". Y me lo dijo ante un comentario que le hice de que alguna vez yo había hecho algo que, objetivamente y sin jactancia, había quedado muy bien, y desde ese momento, cada vez que había que hacerlo, me lo encomendaban a mí... No lo dije con ninguna molestia, sino como un comentario neutro sobre el comportamiento de un grupo de personas ante las habilidades que puede mostrar alguien entre ellos...

Yo, sinceramente, disfrutaba haciendo lo que se me encomendaba. Porque, además del bien que representaba para todos, me gustaba hacerlo. Pero el comentario me llevó a profundizar en una meditación ulterior. Pensaba que es realmente una lástima que los hombres intentemos esconder nuestras capacidades para que no se "aprovechen" de nosotros. Que nos molestemos al poner nuestra habilidad al servicio de todos, cuando realmente, si es una habilidad, es un absurdo pensar que esté destinada para el disfrute de nadie, más allá que el portador...

Por eso tiene mucho sentido lo que nos dice Jesús: "Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entren tengan luz". Esto tiene conexión directa con la parábola de los talentos... Esos talentos los hemos recibido para ponerlos a producir, no para enterrarlos. Así mismo, la luz que hemos recibido la debemos poner a alumbrar a todos, no podemos ocultarla... Una luz que no ilumine es un absurdo...

En una sociedad que promueve el egoísmo y el materialismo, se nos anima a esconder las habilidades. O a demostrarlas sólo en el caso en que produzcan réditos para nosotros mismos. Si no nos van a dejar alguna ganancia, para esta sociedad egoísta y mercantilista, sería absurdo demostrarlas... Esa economía de mercado, ese capitalismo sin corazón que tanto criticamos, nos ha hecho daño no sólo en lo económico o lo social... También ha perjudicado hasta nuestra relaciones humanas y el compromiso que tenemos todos de aportar lo que nos corresponde para hacer nuestra sociedad, nuestro mundo, mejor, más humano, más fraterno, más solidario...

Y lo cierto es que todos tenemos una inmensa cantidad de habilidades... No pensemos sólo en las grandes cosas o en las grandes empresas. No confundamos talento con ampulosidad o magnificencia... De esas cosas, más bien, podríamos decir que muchísimos carecemos... Cuando hablamos de poner a la disposición de los demás las habilidades, estamos hablando de lo cotidiano, de lo "normalito", de lo que todos tenemos a la mano y podemos poner a la mano de los demás. Son las cosas más sencillas que poseemos, no por voluntad propia, sino por iniciativa divina, con las cuales el mismo Dios nos ha enriquecido para que podamos a nuestra vez enriquecer a nuestro entorno, empezando por los más cercanos, nuestra familia, nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo... Y que podemos, incluso, extender a un grupo mucho más amplio, al que pertenecerían aquellos que circunstancialmente nos cruzamos en nuestro camino... En el ascensor, en el bus, en el metro, en la acera, en el cine, en el estadio... En tantos lugares...

No intentemos cavar tan profundo que perdamos lo que está ahí mismo, muy cerca... Esa habilidad tiene que ver mucho con la afabilidad, que podemos demostrar siempre con un saludo cariñoso de buenos días, con una sonrisa simpática que rompe cualquier hielo, con un buen apretón de manos que denota confianza, con una palabra que comente las condiciones del día... Esa luz la escondemos debajo del celemín cuando ponemos caras largas, de mal humor, cuando negamos el saludo o el beso cariñoso incluso al cónyuge o a los hijos y les ponemos delante el glaciar de nuestra cara desencajada... ¡Es impresionante lo que puede cambiarle el día a alguien el iniciarlo con encuentro afectivo, cariñoso, con alguien en sus primeras horas!

La luz la ponemos al servicio de los que están a nuestro alrededor cuando ofrecemos el apoyo a quien está pasando por un momento malo, a quien se le ha fallecido algún ser querido, a quien está pasando por una crisis afectiva importante, a quien sin decir nada deja traslucir una preocupación grande... No nos estamos quedando con nuestra luz escondida, sino que procuramos iluminar con ella a quien está cerca de nosotros...

No podemos permitir que nuestro mundo se despersonalice tanto que las cosas de los demás no nos llamen a compromiso. No se trata de entrometernos en la vida de ellos, sino de iluminarlos, de hacerles sentir que no están solos en sus circunstancias, que estamos a su lado no para invadir su privacidad, sino para respetarla al máximo y queriéndola hacer más llevadera cuando se comparte la carga aunque no sepamos cuál es...

Una sociedad que quiere hacernos mónadas, burbujas individuales, lucha contra ese intercambio. Te invita a tener tu luz debajo de la cama. Te convence de que debes enterrar tu talento para no perderlo... La sociedad a la que te quiere integrar Jesús, ese mundo nuevo que Él propone, te invita a colocar la luz sobre la mesa, a multiplicar tus talentos, para que todos se enriquezcan de ellos. Los que tienen grandes llamaradas o inmensas habilidades y talentos, que hagan su parte. Nosotros, que los poseemos en calidad mucho más humilde, hagamos la nuestra, la sencilla, la que construye desde la base, la que hace que, trabajando cada uno como células, nuestra sociedad se vaya enriqueciendo casi imperceptiblemente y vaya transformándose en una sociedad verdaderamente humana y divina, según la voluntad de Dios...

Definitivamente la frase que me dijo mi amigo, no es cristiana. Debemos transformarla a: "En comunidad, pon a disposición tu habilidad". Sólo así sentiremos que hacemos algo que vale la pena. De lo contrario, estaremos yendo contra nuestra naturaleza, que es comunitaria, y contra la voluntad de Dios, que nos ha hecho a todos hermanos y nos ha comprometido a unos en favor de los otros...

sábado, 31 de agosto de 2013

Poner los Talentos a producir...

¡Qué fácil debería resultar ser justo! La Justicia es una virtud moral que nos invita siempre a dar a cada quien lo que le corresponda. Es una virtud que asegura la vida en equilibrio, en armonía. Con ella, no deberíamos tener absolutamente ningún conflicto, ni social, ni económico, ni político, pues la regla que ella promueve aseguraría la felicidad de todos, al recibir todos lo que es de cada uno...

Pero, lamentablemente, se mete de por medio nuestro egoísmo, nuestra sed de retaliación, nuestra suspicacia. Dejamos de pensar justamente para pensar egoístamente. Y al dejarnos llevar por esos pensamientos abandonamos la actitud justa y nos apegamos a intereses personales o grupales. Empezamos a dejar pesar más nuestras propias conveniencias que las del otro o las de la sociedad. Y nuestras acciones apuntan a favorecernos a nosotros mismos o a favorecer a unos sobre otros, sin importar a veces que eso sea para algunos su destrucción, su humillación, su exclusión, su indigencia, su aniquilamiento...

Jesús nos relata la Parábola de los Talentos como una enseñanza de lo que hemos recibido para ponerlo a funcionar con el fin de multiplicarlo, de modo que podamos hacer un mayor bien con esos dones. Pensemos, en primer lugar, que son regalos de Dios. No serían, en última instancia, propiedades privadas que habrían surgido de nosotros mismos por nuestro propio esfuerzo. Son cualidades que nos han sido dadas, con las cuales hemos sido enriquecidos. Las hemos recibido para que sean riquezas, no para el disfrute individual, sino para ponerlas al servicio de todos. Ese es la misteriosa esencia de los dones divinos. Los regalos de Dios apuntan siempre a lo comunitario, a lo social. Jamás a lo individual, a lo egoísta. No compartir esas riquezas sería, por lo tanto, convertirlas en monstruosas pobrezas...

Además, constatemos que el disfrute de los dones de Dios sólo será pleno en la medida en que los pongamos a la disposición de los demás. Nos equivocamos cuando pensamos que disfrutamos más en la soledad de nuestra satisfacción egoísta. Cuando los compartimos, cuando los ponemos a funcionar para los demás, cuando hacemos que otros se vean beneficiados con los dones que hemos recibido, esos mismos dones, maravillosamente, se multiplican en nosotros. Cuando damos amor, el amor se engrandece en nosotros. Cuando sembramos esperanza, nuestra esperanza se ve engrandecida. Cuando compartimos nuestra fe, nos fortalecemos y vivimos más sólidamente nuestras convicciones. Cuando creamos un clima de alegría a nuestro alrededor, somos más felices. Cuando nos empeñamos en ser solidarios con los más necesitados, la solidaridad de los otros para con nosotros aumenta... Quizá a esto se refería Jesús cuando dijo que quienes pusieron a trabajar los Talentos, los multiplicaron...

Nuestra sociedad necesita de la justicia de los que han recibido tantos Talentos. Y todos los hemos recibido. Una sociedad triste existe porque los que han recibido como don la alegría, no lo han compartido con los otros. Una sociedad egoísta existe porque los que han recibido el don de la solidaridad no lo han puesto a funcionar. Una sociedad deshonesta existe porque los que han recibido el don de la honestidad no lo han sembrado en sus acciones. Una sociedad que no cumple sus compromisos existe porque los que han recibido el don del compromiso no lo han ejercido. Una sociedad en la que la miseria crece existe porque los que han recibido el don de la caridad lo han escondido. Una sociedad que sirve a la mentira y a la manipulación existe porque lo que han recibido el don de la veracidad lo han dejado encerrado en sí mismos...

Huyamos de la posibilidad de ser como el siervo que recibió un solo Talento y lo escondió por miedo al señor. Mejor es, en todo caso, arriesgarse a perderlo (lo cual nuca sucederá), que no ponerlo a la disposición de los demás. No hacerlo es perder la razón de la existencia, pues la vida consiste en eso: en poner a funcionar los Talentos, en desarrollarlos, en hacerlos fructificar para los otros. Lo otro es buscar la muerte por consunción, con la seguridad de encontrarla en el camino propio. Es la pérdida absoluta del sentido de la vida.

Somos los responsables de hacer que los Talentos se multipliquen. Los nuestros y los de los demás. Si damos el primer paso, otros se sentirán acicateados a hacerlo también. Es una cadena de bien que podemos iniciar. Hagamos el bien para que otros se sientan animados a hacerlo. Pongamos a producir nuestros Talentos para que otros, viendo nuestro avance personal, se sientan ilusionados a seguir nuestro camino. No hagamos caso a las voces que nos invitan a vivir en el egoísmo, sólo pendientes de nuestro ombligo, de nuestras conveniencias. No oigamos las voces que invitan a surgir a costa de los demás. No demos cabida a los sueños de progreso personal sin importar lo que suceda a los demás. No nos enfermemos de egoísmo, que ya mucho daño le ha hecho a un mundo que, sin duda, puede ser mejor con nuestro aporte. Lograr un mundo mejor para los demás es lograrlo para uno mismo. No al revés. Es el secreto de la lógica divina. Y dejarse llevar de esa lógica es la clave para la verdadera felicidad. Sin ellos,estaremos siempre añorantes, extrañando algo que nunca llegará si no somos solidarios...

Dios ha sido infinitamente amoroso con nosotros dándonos los Talentos con lo que nos ha enriquecido. Seremos más ricos a medida que los demos a los demás. Así, sólo así, se multiplicarán en nosotros. Y sólo así seremos justos con Dios, con nosotros mismos y con los demás...