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miércoles, 27 de enero de 2021

Hagámonos terreno fértil donde fructifique el amor del Reino de Dios

 Archidiócesis de Granada :: - “La semilla cayó en tierra buena, creció y dio  grano”

Jesús es el Maestro perfecto. No enseña rebuscando conceptos enrevesados, sino que busca la manera en la que la idea que quiere transmitir llegue de la manera más diáfana. Por eso su enseñanza la basa en cuestiones sencillas, cotidianas. Su estilo magisterial no es el del que quiere transmitir verdades trascendentes con ideas oscuras, sino que esas mismas verdades, sin duda trascendentes y esenciales para la vida de cualquier discípulo, las quiere hacer llegar de la manera más sencilla, de modo que una verdad profunda y esencial, quede lo más clara posible sin mayores rebuscamientos u ocultamientos. Por ello, entre otras cosas, su modo de enseñar era tan atractivo, pues las verdades quedaban meridianamente claras, a través de la sencillez de su palabra y de las enseñanzas que transmitía con ella. La implantación de la nueva realidad que venía a presentar la hacía con la sencillez de quien sabía que su auditorio no buscaba verdades contundentes, argumentadas sabiamente, en la búsqueda de un convencimiento que no conquistaba los corazones, aunque las verdades que se presentaban fueran irrefutables. Jesús buscaba sembrar vida, no ideas. Su tarea, la que le había encomendado el Padre, era la de hacer entender que se estaba viviendo un tiempo nuevo, basado, sí, en verdades importantes, pero que se sustentaban más en un amor de convicción que en verdades teológicas o filosóficas que, siendo importantes, no sustentaban sólidamente en el corazón de los oyentes la convicción del amor de Dios que apuntaba al logro de la plenitud final de la historia humana. Su Sacerdocio era un sacerdocio totalmente nuevo, distinto al que se había ejercido hasta ese momento en Israel. Aquel sacerdocio era el de una mediación que aseguraba la presencia de Dios en medio del pueblo, pero que era necesario asegurar con la repetición constante de sacrificios que representaban la intención del pueblo de hacer que Dios estuviera ahí para la escucha y el auxilio de ese mismo pueblo que se colocaba humildemente ante Él.

El Sacerdocio de Jesús es el sacerdocio nuevo. Es el del Dios que se ha hecho hombre, bajo las órdenes del Padre Creador, que exigió no solo un sacrificio cotidiano de animales, sino el del mismo enviado, su propio Hijo, para que fuera totalmente satisfactorio. Ese sacrificio del mismo Hijo de Dios hacía ya innecesaria la repetición de aquellos sacrificios antiguos. El de Jesús es un sacrificio suficiente, ahora y para siempre, por cuanto, sin ser culpable, asume los pecados de todos y hace ya presente en la Iglesia el nuevo tiempo del Reino de Dios en el mundo. La entrega de Jesús es única. Ya no será necesario hacerlo más, por cuanto es un sacrificio que vale para siempre. La entrega de Jesús es única, y lo único que tenemos que hacer todos es recibirlo como el don mayor que hemos recibido de parte del amor eterno e infinito de Dios: "Hermanos: Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden borrar los pecados. Pero Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Esto nos lo atestigua también el Espíritu Santo. En efecto, después de decir: Así será la alianza que haré con ellos después de aquellos días dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones y las escribiré en su mente; añade: Y no me acordaré ya de sus pecados ni de sus crímenes. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados". El único sacrificio de Cristo es válido ya para toda la historia.

Queda la parte del otro actor de toda la acción de rescate. El sacrificio de Jesús es definitivo y suficiente en sí mismo. Pero la humanidad mantiene su libertad para aprovechar o no esa entrega. Cada persona tiene su propia libertad para aceptar o rechazar. Más aún, tiene libertad incluso en el estilo de la aceptación. Algunos lo rechazarán de plano, considerando que no necesitarán para nada de ese auxilio espiritual que se les ofrece gratuitamente, en la torpeza de pensar que ese futuro de eternidad feliz no depende de lo que haga Dios por ellos. Lo despreciarán y caerán en la mayor ignominia que es la pérdida total del sentido de la vida, pues al terminar, finalizarán en la nada y el vacío total. Y luego tendrán todo un abanico de posibilidades, cada una con mayor sentido, en la que tendrán que decidir el camino de mayor solidez para alcanzar esa plenitud a la que Dios quiere hacer llegar todo lo creado: "El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno". Jesús no impone un camino. Si somos el terreno en el que cae la semilla, nosotros tenemos la potestad de decidir qué terreno hacernos. Ese Reino sembrado es nuestro. Ese terreno es nuestro. Esa semilla, desde que la lanza Jesús, es nuestra. Somos libres de decidir qué terreno queremos ser. Si queremos vivir en la plenitud definitiva y final tenemos que hacer fértil nuestro terreno. Así el Reino será nuestro para toda la eternidad y ya nadie nos lo podrá arrebatar.

viernes, 24 de julio de 2020

Nos hablas, Señor, de la sencillez de tu amor, porque tu amor es sencillo

El sembrador

Las imágenes extraídas de la naturaleza son muy entrañables para Jesús. El uso de ellas en las parábolas busca facilitar la comprensión del mensaje que quiere transmitir, pues no quiere correr el riesgo de que queden en la nebulosa de lo incomprensible. Si embargo, llama mucho la atención la respuesta que Jesús da a los discípulos cuando le preguntan sobre el porqué del uso de las parábolas: "A ustedes, Dios les da a conocer los secretos de su reino; pero a ellos no. Pues al que tiene, se le dará más y tendrá de sobra; pero al que no tiene, hasta lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo por medio de parábolas; porque ellos miran, pero no ven; escuchan, pero no oyen ni entienden". Aquellos que lo siguen, porque tienen una buena disposición en el corazón para asimilar en sus corazones todo lo que Jesús quiere transmitir, comprenderán y aceptarán perfectamente el mensaje. Pero aquellos que tienen el corazón endurecido y que acechan a Jesús solo para perjudicarlo, seguirán en su dureza de corazón, aun escuchando lo mismo que escuchan los seguidores fieles. Por ello, para evitar toda posibilidad de que no quede claro el mensaje, a los discípulos les explica el sentido de las parábolas. La imagen natural que utiliza Jesús en ocasiones no llega a quedar del todo clara, por lo que en su empeño de que los discípulos lleguen a recibir todo el contenido del mensaje y lo comprendan totalmente, se los explica aparte. A ellos les ha sido dado "conocer los secretos del reino". A los acechadores más bien se les mantiene oculto, hasta que no cambien de actitud y se conviertan hasta tener un corazón puro y dócil al mensaje de amor. Sin duda, Jesús desearía que en ellos también hiciera mella el mensaje, pero lamentablemente ellos mismos lo impiden, aun recibiendo las mismas evidencias que reciben los que sí se han dejado conquistar por Jesús, por su obra y por su mensaje. Es de tal manera grande la dureza de su corazón que ni siquiera siendo testigos de muchas maravillas y de muchas palabras que transmitía Jesús eran capaces de permitir que los removieran y sucumbieran ante la solidez de esas evidencias. Estaban ganados por el mal, y correspondía a ellos mismos evadirse de esas cadenas, pues Jesús ya había hecho lo que naturalmente estaba en sus manos hacer.

Así, en ese uso de lo cotidiano, vemos cómo Jesús usa las imágenes del pastor, del sembrador, del ama de casa que amasa la harina para el pan, de la viña, de los niños que juegan en la plaza, del árbol que da fruto y el que no lo da, del coleccionista de joyas y de perlas, de la mujer que encuentra la moneda que se le pierde, de las semillas usadas para la siembra, de los pescadores que hacen una gran pesca... Todas son imágenes que su público tiene muy bien vistas y conocidas y que son aprovechadas por el Señor para dejar su enseñanza. A aquellos que son dóciles a su mensaje esas imágenes les clarifican perfectamente lo que Dios quiere que viva cada uno. Les hacen entender los beneficios que recibirán si hacen el esfuerzo de dejarse hacer y de poner de su parte para que Dios haga en ellos su labor de salvación. Al fin y al cabo esa tarea que hace Dios, ejemplificada en las imágenes rutinarias que les presenta Jesús, no hablan de otra cosa sino de lo sencillo que es vivir en el amor, lo cercano que quiere Dios que estemos de Él para llenarnos de su presencia, de todos los beneficios que nos quiere dar con los cuales quiere que vivamos en la mayor de la riquezas, de lo inmensa que será la compensación cuando nosotros apenas pongamos lo mínimo de nuestra parte. Las parábolas nos hablan de un Dios cercano, a la mano, sencillo, generoso, compensador, dichoso, desprendido. Para los que se dejan conquistar por Jesús, por sus obras maravillosas, por sus palabras, su receptividad les depara un sinfín de bendiciones, pues serán beneficiados con todas las maravillas que se enuncian en las parábolas narradas por Jesús. Serán pastoreados por el buen pastor, serán el buen terreno que da buena cosecha, serán la buena semilla que dará buenos frutos, serán el fermento que hará crecer toda la masa, serán los que se alegran con el canto feliz de los niños, serán un árbol frondoso que dará buenos frutos y buen refugio para las aves, serán el coleccionista que encuentra la perla preciosa, serán la mujer que se alegra al encontrar la moneda perdida, serán la buena semilla que cae en el campo, serán los pescadores que hacen una buena pesca. Eso es lo que quiere Jesús. Que comprendan todos los beneficios que se recibirán cuando se sucumbe a su amor, abriendo el corazón para que ocurra todo eso que es significado en las parábolas.

Él es Jesús, el sembrador. Y nosotros somos el terreno en el que es lanzada la semilla. La misma parábola es una autodefinición de sí misma. Quien acepta las parábolas, como esa misma del sembrador, se hace buen terreno: "Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno". La parábola describe perfectamente a los que aceptan o rechazan las parábolas con las que Jesús quiere enseñar. Tener un corazón rendido a Él es ser ese terreno que produce "ciento o sesenta o treinta por uno". El amor se multiplica cuando se pone una pizca de él. El mismo Dios se encarga de eso. Ese Dios sencillo y cercano, es también el Dios todopoderoso que logra todo en favor de quien lo ama y le abre su corazón. La compensación es infinita. Por ello, cuando los corazones se rindan a Él, sucederá la irrupción gloriosa del Reino con todas sus bendiciones: "Les daré pastores, según mi corazón, que los apacienten con ciencia y experiencia. Se multiplicarán y crecerán en el país. Y en aquellos días —oráculo del Señor— ya no se hablará del Arca de la Alianza del Señor: no se recordará ni se mencionará; nadie la echará de menos, ni se volverá a construir otra. En aquel tiempo llamarán a Jerusalén 'Trono del Señor'. Todas las naciones se incorporarán a ella en el nombre de 'El Señor que está en Jerusalén', y ya no se dejarán guiar por su corazón perverso y obstinado". Todos los corazones se habrán rendido a Él y dejarán su obstinación, por lo que recibirán ese ciento por uno en vida de gracia, que es la mayor bendición que podremos recibir. Será el reinado pleno del amor, en el que todas las parábolas se habrán hecho realidad, por lo que el Señor no podrá hacer otra cosa que hacernos a todos destinatarios de su amor y de su salvación, que al fin y al cabo es lo único que Él persigue con nosotros, que somos el objeto de su amor.

domingo, 12 de julio de 2020

Estamos invitados a adelantar la llegada del Reino de Dios

Salió un sembrador a sembrar | Ecos de la Palabra

La dinámica del Reino de Dios abarca a todos los actores. Cada uno debe cumplir su parte perfectamente. En el tiempo en que vivimos se sustenta sobre todo en la añoranza de que todas las cosas se cumplan. La promesa del Señor es la de la felicidad plena en un futuro idílico en el que todo será alegría y paz, la de la vivencia del amor en plenitud que ya no tendrá obstáculos y que será la verdad vivida para toda la eternidad. La presencia definitiva de ese Reino asegurará la presencia de la septena de bendiciones que él traerá consigo: verdad, vida, santidad, gracia, justicia, amor y paz. Quien escucha a Jesús y presencia como testigo las obras maravillosas que realiza, no puede sino suspirar por que esa realidad sea ya la definitiva en un mundo que lamentablemente se percibe más lejos de esas bendiciones, a fuerza de una absurda autoafirmación del hombre que erróneamente piensa que el camino de la felicidad está exclusivamente puesto en sus manos, asumiendo ingenuamente que puede avanzar en él sin contar con lo que lo hará auténticamente feliz y por ello, despreciando la posibilidad real que le ofrece Dios al tenderle la mano, sabiendo que por sí mismo jamás podrá alcanzar esa felicidad plena sin contar con Él. Ignora el hombre, de esta manera, que ha sido creado por Dios y que Él le ha dejado en sí un vacío de eternidad, que muta en añoranza, muchas veces inconsciente, y que solo será llenado por el mismo Creador. De allí los sueños de grandeza, las ilusiones de ausencia de males, el pensamiento que atrae las situaciones de idilio y de paz absolutos. Son utopías deseadas, cuyo origen no se conoce a ciencia cierta, ni se está en la seguridad de que sean razonables, pero que están allí ciertamente presentes en el espíritu de todo hombre. Y están allí porque en lo más recóndito de ese espíritu son la muestra de un origen superior que, además, iluminan cuál es el final al que se está convocado. Dios es ese origen y es también esa meta. Todos los sueños de grandeza se explican de esa manera. Dios nos creó con el vacío de Él y será el único que podrá llenarlo. De allí la añoranza de Él, aunque en quien lo desconozca simplemente se llame ansias de más. Estamos llamados a llenarnos de Dios, a seguir teniendo sueños de eternidad, a vivir en aquella plenitud que no tiene más allá porque lo es toda en sí misma. Y ese final es posible y seguro, pues al final de ese camino siempre está Dios con los brazos abiertos y llenos de amor, dispuesto a derramarlo sobre nosotros totalmente, cuando hayamos dejado a un lado todos los obstáculos que lo impiden.

Dios ha realizado, realiza y realizará siempre su parte perfectamente. Nunca faltará a ella y jamás se echará en falta algo que Él haya debido hacer y no haya hecho. Su motor es el amor y el amor siempre cumple, es responsable y no deja de honrar sus compromisos: "Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo". Debemos confiar que en esa dinámica del Reino, el actor principal que es Dios, ha hecho ya su parte de manera insuperable. Entra en juego, entonces, el otro actor principal, el hombre. Si el motor de Dios es el amor, el motor del hombre es la esperanza. Esos sueños de añoranzas y de ilusiones deben encender el motor de la esperanza para que el hombre haga su parte en la implantación del Reino, en apresurar su llegada, en la vivencia anticipada de sus prerrogativas que hacen gustar con antelación lo que se vivirá en un futuro ya inmutable de establecimiento definitivo del Reino entre nosotros. Es la añoranza de lo superior, de lo trascendente, de lo eterno: "La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo". Por ello Dios, que hace su parte perfectamente, la lleva a concreción en Jesús: "Salió el sembrador a sembrar". Jesús es ese sembrador que lanza su semilla sobre el mundo. Son ahora cada uno de los hombres los que tienen en sus manos la responsabilidad de que la semilla arraigue, crezca y dé frutos. Se trata de que la añoranza de eternidad lleve a los hombres a convertirse en esos terrenos fértiles en los que la semilla de Dios haga su parte. No debe permitirse que una mala comprensión de nuestra superioridad o que la acentuación de una liberación o emancipación absoluta que prescinda de la grandeza de saberse menos que el mismo Dios Creador y Todopoderoso, nos impidan hacernos esos buenos terrenos.

"Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno". Se necesita abrir el corazón, afinar el entendimiento, liberarlo de los abrojos, cultivar lo profundo, promover el dominio de sí, evitar las cadenas que esclavicen a los sentidos. Todo esto, de existir en nosotros, impedirá que la semilla llegue a echar raíces y a dar frutos. La esperanza que nos mueva debe llevarnos a realizar esa obra anterior de hacernos terreno fértil. Añorar ese futuro idílico de la presencia del Reino de Dios en nuestro mundo no puede llamarnos a la pasividad de una espera infructuosa en la que no se haga el esfuerzo correspondiente, sino que debe alimentar una esperanza que nos llame a la actividad. La esperanza cristiana está muy lejos de la inactividad. Más bien es el toque continuo a la puerta de nuestro corazón para que abandonemos la pasividad y pongamos todo el empeño para hacer presente el futuro, a fin de gustar ya de las mieles dulces y sabrosas de ese Reino de armonía total. Esa esperanza será cumplida totalmente en el futuro si se ha hecho ya el esfuerzo ahora de cumplirla. Gozar de las bendiciones del Reino en el futuro eterno en la presencia de Dios debe empezar ya. Más aún, solo será verdad en esa eternidad feliz, si empieza a ser verdad ya en esta vida nuestra. Si empezamos a vivir en la verdad ahora, si nos llenamos de esa vida feliz ya, si comenzamos hoy a valorar y a vivir la santidad, si abrimos nuestro corazón para que la vida de Dios se convierta en gracia actual, si cumplimos toda justicia ahora con todos los hermanos, si dejamos que el motor de Dios que es el amor sea también el nuestro en el día a día, si promovemos la paz en nuestras relaciones con nuestros hermanos, entonces estaremos asegurando que el Reino de Dios sea una realidad plena en nuestro futuro. Solo viviremos la plenitud del Reino en la eternidad si lo empezamos a vivir ya.

domingo, 13 de julio de 2014

Ayuda a la semilla a dar su fruto

Dios hace su parte perfectamente. El Creador, cuyo amor se expresó en lo grandioso de la obra creada por su poder infinito, dejó su impronta de perfección en todo lo creado. "Vio Dios que todo era muy bueno", no sólo en la belleza de todo lo que llegó a existir por su voluntad, sino en la absoluta armonía que se vivía, en el orden que Él le había impreso, en el cumplimiento radical de su voluntad. Esa armonía y ese orden se basaban esencialmente en que todo iba según el designio divino. Esa era la perfección. La plenitud de lo creado estaba en mantenerse en ese ámbito de "obediencia" a lo que Dios había dispuesto, pues esa era la plenitud. Para eso había sido creado todo y su gozo absoluto estaba en estar en ese ámbito... La creación entera tenía esa finalidad. Trastocar ese orden era la debacle de la armonía, de la paz, del orden. Por eso, la obra de la Redención consiste en restablecer el orden original, en lograr que de nuevo todo esté "como escabel de los pies" de Jesús, como lo estaba en el principio.

La acción del hombre, creado perfecto pues era "imagen y semejanza" de Dios, fue el culmen de esa creación. Su libertad y su capacidad de amar fue el rasgo más propio de Dios impreso en su ser. Pero fue, a la vez, el riesgo más grande que corrió Dios. Crear al hombre libre y con capacidad de amar era abrirse a la posibilidad de tener que aceptar que, en el uso de esa libertad, el hombre decidiera tener capacidad también para lo contrario del amor. Y la historia triste y negativa del hombre nos dice que eso fue lo que pasó. El hombre destronó de su ser a quien debía ser el objeto del amor, a Dios, y con Él quedaron expulsados como consecuencia, también los demás hermanos, que deben ser objetos y muestra del amor a Dios. Amar a un objeto distinto de Dios y de los hombres es automáticamente sustituir al objeto correcto del amor por uno equivocado. Cuando esto sucede el amor es sustituido por su contrario, el odio. Amar lo creado, por encima de Dios, es odiar a Dios y odiar a los demás. No se necesita que se sientan deseos de destrucción o de aniquilación del otro para afirmar que se odia. Simplemente se necesita que no se le ame, cuando es el único digno de ser amado... En esa debacle de su esencia, el hombre arrastró consigo todo: "Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió". Hasta la creación inanimada ha pecado, no libremente sino sometida por el hombre pecador. Basta ver lo que el hombre es capaz de hacer con su propio entorno: destrucción, desaparición de especies animales, devastación de bosques y selvas, cambio climático... Incluso con el mal uso de grandes cosas que ha descubierto el hombre: energía atómica, drogas, avances científicos y médicos... El odio del hombre no tiene límites, como no lo tendría tampoco el amor, de ser vivido... Es la capacidad de la libertad que Dios le regaló...

Pero, hemos dicho que Dios siempre hace su parte, y que la hace perfectamente. Si el orden original ha sido devastado, el mismo Dios se pone a la obra para su restitución. Hace descender a quien tiene la posibilidad de hacerlo. Es su Palabra creadora:  "Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo". El hombre destruye, en el uso equivocado de su libertad, pero Dios, que nunca dejará de amar, pues es su esencia, y su libertad jamás dejará de ser tal -la libertad es tal sólo si apunta al bien, de lo contrario se convierte en libertinaje o en capricho-, rediseña un plan de restitución, en el cual su Palabra es protagonista y autora esencial. Esa Palabra suya, el Verbo eterno de Dios, su Hijo, que se encarna, es el Redentor del mundo y del hombre, el que logrará poner de nuevo todo en su lugar... Es Jesús de Nazaret.

En ese plan de restitución del orden original, Dios nos encarga de algo importante: Hacernos capaces nosotros mismos de recibir esa Palabra, de dejar sembrar la semilla, de dejarnos redimir. Ante la propuesta divina podemos reaccionar de diversas maneras: empeñarnos en seguir destruyendo, ser indiferentes en la búsqueda de nuestra plenitud, dejar que el entorno nos siga engullendo, no profundizar y quedarnos sólo en lo superficial y en la vanidad de la vida, colocarnos en situaciones límite en la que el riesgo de perdernos esté siempre presente... O hacernos buen terreno en el que la semilla del Verbo prenda , se arraigue, crezca y dé frutos... Está en nuestras manos. Dios hace su parte, pero nosotros debemos hacer también la nuestra. Nuestra obra es pasiva, por cuanto de lo que se trata es de "dejarnos redimir". Pero nos exige una lucha frontal contra todo lo que buscará distraernos de esa meta. Se trata de hacernos "tierra buena" para que la Palabra de Dios haga su trabajo en nosotros y nos lleve a la plenitud. Eso debemos desearlo, pues es nuestra verdadera felicidad. No hemos sido creados para medias tintas. Tampoco para tintas transparentes. Mucho menos para tintas negras completas. Hemos sido creados para tintas resplandecientes, brillantes, de colores alegres y esperanzadores. Hemos sido creados para el cielo. "Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno".Y en caminar hacia esa meta está nuestro gozo. No hay otra posibilidad para vivir la plenitud a la que somos llamados y en la que está la dicha plena...