viernes, 24 de julio de 2020

Nos hablas, Señor, de la sencillez de tu amor, porque tu amor es sencillo

El sembrador

Las imágenes extraídas de la naturaleza son muy entrañables para Jesús. El uso de ellas en las parábolas busca facilitar la comprensión del mensaje que quiere transmitir, pues no quiere correr el riesgo de que queden en la nebulosa de lo incomprensible. Si embargo, llama mucho la atención la respuesta que Jesús da a los discípulos cuando le preguntan sobre el porqué del uso de las parábolas: "A ustedes, Dios les da a conocer los secretos de su reino; pero a ellos no. Pues al que tiene, se le dará más y tendrá de sobra; pero al que no tiene, hasta lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo por medio de parábolas; porque ellos miran, pero no ven; escuchan, pero no oyen ni entienden". Aquellos que lo siguen, porque tienen una buena disposición en el corazón para asimilar en sus corazones todo lo que Jesús quiere transmitir, comprenderán y aceptarán perfectamente el mensaje. Pero aquellos que tienen el corazón endurecido y que acechan a Jesús solo para perjudicarlo, seguirán en su dureza de corazón, aun escuchando lo mismo que escuchan los seguidores fieles. Por ello, para evitar toda posibilidad de que no quede claro el mensaje, a los discípulos les explica el sentido de las parábolas. La imagen natural que utiliza Jesús en ocasiones no llega a quedar del todo clara, por lo que en su empeño de que los discípulos lleguen a recibir todo el contenido del mensaje y lo comprendan totalmente, se los explica aparte. A ellos les ha sido dado "conocer los secretos del reino". A los acechadores más bien se les mantiene oculto, hasta que no cambien de actitud y se conviertan hasta tener un corazón puro y dócil al mensaje de amor. Sin duda, Jesús desearía que en ellos también hiciera mella el mensaje, pero lamentablemente ellos mismos lo impiden, aun recibiendo las mismas evidencias que reciben los que sí se han dejado conquistar por Jesús, por su obra y por su mensaje. Es de tal manera grande la dureza de su corazón que ni siquiera siendo testigos de muchas maravillas y de muchas palabras que transmitía Jesús eran capaces de permitir que los removieran y sucumbieran ante la solidez de esas evidencias. Estaban ganados por el mal, y correspondía a ellos mismos evadirse de esas cadenas, pues Jesús ya había hecho lo que naturalmente estaba en sus manos hacer.

Así, en ese uso de lo cotidiano, vemos cómo Jesús usa las imágenes del pastor, del sembrador, del ama de casa que amasa la harina para el pan, de la viña, de los niños que juegan en la plaza, del árbol que da fruto y el que no lo da, del coleccionista de joyas y de perlas, de la mujer que encuentra la moneda que se le pierde, de las semillas usadas para la siembra, de los pescadores que hacen una gran pesca... Todas son imágenes que su público tiene muy bien vistas y conocidas y que son aprovechadas por el Señor para dejar su enseñanza. A aquellos que son dóciles a su mensaje esas imágenes les clarifican perfectamente lo que Dios quiere que viva cada uno. Les hacen entender los beneficios que recibirán si hacen el esfuerzo de dejarse hacer y de poner de su parte para que Dios haga en ellos su labor de salvación. Al fin y al cabo esa tarea que hace Dios, ejemplificada en las imágenes rutinarias que les presenta Jesús, no hablan de otra cosa sino de lo sencillo que es vivir en el amor, lo cercano que quiere Dios que estemos de Él para llenarnos de su presencia, de todos los beneficios que nos quiere dar con los cuales quiere que vivamos en la mayor de la riquezas, de lo inmensa que será la compensación cuando nosotros apenas pongamos lo mínimo de nuestra parte. Las parábolas nos hablan de un Dios cercano, a la mano, sencillo, generoso, compensador, dichoso, desprendido. Para los que se dejan conquistar por Jesús, por sus obras maravillosas, por sus palabras, su receptividad les depara un sinfín de bendiciones, pues serán beneficiados con todas las maravillas que se enuncian en las parábolas narradas por Jesús. Serán pastoreados por el buen pastor, serán el buen terreno que da buena cosecha, serán la buena semilla que dará buenos frutos, serán el fermento que hará crecer toda la masa, serán los que se alegran con el canto feliz de los niños, serán un árbol frondoso que dará buenos frutos y buen refugio para las aves, serán el coleccionista que encuentra la perla preciosa, serán la mujer que se alegra al encontrar la moneda perdida, serán la buena semilla que cae en el campo, serán los pescadores que hacen una buena pesca. Eso es lo que quiere Jesús. Que comprendan todos los beneficios que se recibirán cuando se sucumbe a su amor, abriendo el corazón para que ocurra todo eso que es significado en las parábolas.

Él es Jesús, el sembrador. Y nosotros somos el terreno en el que es lanzada la semilla. La misma parábola es una autodefinición de sí misma. Quien acepta las parábolas, como esa misma del sembrador, se hace buen terreno: "Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno". La parábola describe perfectamente a los que aceptan o rechazan las parábolas con las que Jesús quiere enseñar. Tener un corazón rendido a Él es ser ese terreno que produce "ciento o sesenta o treinta por uno". El amor se multiplica cuando se pone una pizca de él. El mismo Dios se encarga de eso. Ese Dios sencillo y cercano, es también el Dios todopoderoso que logra todo en favor de quien lo ama y le abre su corazón. La compensación es infinita. Por ello, cuando los corazones se rindan a Él, sucederá la irrupción gloriosa del Reino con todas sus bendiciones: "Les daré pastores, según mi corazón, que los apacienten con ciencia y experiencia. Se multiplicarán y crecerán en el país. Y en aquellos días —oráculo del Señor— ya no se hablará del Arca de la Alianza del Señor: no se recordará ni se mencionará; nadie la echará de menos, ni se volverá a construir otra. En aquel tiempo llamarán a Jerusalén 'Trono del Señor'. Todas las naciones se incorporarán a ella en el nombre de 'El Señor que está en Jerusalén', y ya no se dejarán guiar por su corazón perverso y obstinado". Todos los corazones se habrán rendido a Él y dejarán su obstinación, por lo que recibirán ese ciento por uno en vida de gracia, que es la mayor bendición que podremos recibir. Será el reinado pleno del amor, en el que todas las parábolas se habrán hecho realidad, por lo que el Señor no podrá hacer otra cosa que hacernos a todos destinatarios de su amor y de su salvación, que al fin y al cabo es lo único que Él persigue con nosotros, que somos el objeto de su amor.

jueves, 23 de julio de 2020

Hacernos de tal modo sarmientos de la vid que no nos puedan diferenciar

Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» | Razones para Creer

La alegoría de la vid y los sarmientos que nos propone Jesús para explicar la necesidad de estar unidos a Él para simplemente vivir y poder dar frutos, es tremendamente clarificadora para todos sus discípulos. Los que oyeron a Jesús en esa oportunidad recibieron la mejor iluminación posible, pues para ellos esa imagen de la viña era cotidiana y más que clara. Seguramente ellos, que pertenecían a esa cultura de la uva, vivieron como experiencia propia la realidad de los sarmientos que se mantenían vivos y daban frutos porque estaban bien conectados con la vid y la de los que se secaban y morían al caer despegados de ella. Para los que no tenemos la cultura del viñedo, valdría hacer una traducción muy oportuna aplicando esta alegoría a un árbol frutal del que surgen ramas desde el tronco y que siguen exactamente el itinerario de vida y frutos o de sequía y muerte que siguen los sarmientos de la vid. "Yo soy el tronco del árbol y ustedes son las ramas". En cualquier caso, sea vid o sea árbol frutal, la enseñanza es igual. Un discípulo de Jesús necesariamente debe mantenerse unido vitalmente a Él, pues si no lo hace, muere como discípulo suyo y pasa a ser otra cosa. En el orden de la fe queda solo para ser echado al fuego por inservible. Los sarmientos o las ramas no pueden unirse o despegarse por su propia voluntad. No son actores en esa acción. Pero el discípulo de Cristo sí tiene la opción ante sí: o se mantiene unido por su propia iniciativa, añorando recibir de Jesús la savia vital que lo mantiene como discípulo, o decide separarse de la vid o del tronco, por lo cual perderá toda la inyección de vida que le viene de las venas de la fuente. Nadie puede obtener la vida de la gracia sin estar conectado a su fuente que es Jesús. Es absurdo pretender lograrlo, como absurdo sería pretender respirar con la nariz tapada o en un ambiente donde no hay oxígeno, o beber agua sin acercarse a un grifo o a otra fuente o donde simplemente hay absoluta sequía. Esa vida no tiene otra vía ordinaria para llegar al hombre que quiere convertirse en discípulo de Cristo que la conexión al mismo Cristo. Él es Dios y puede hacer llegar su vida por cualquier vía que desee, pero ha establecido que la vía ordinaria para hacerlo sea esa. Estar conectados a Jesús es la vía establecida ordinariamente por Él para llenar el corazón y establecerse como razón vital para los cristianos. Y más allá, para asegurar la posibilidad de dar frutos de los cuales se beneficie el mundo en el cual habitan y en el cual deben derramar toda la gracia que reciben de la fuente.

La promesa de las bendiciones por mantenerse unidos al tronco del árbol es maravillosa: "Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que desean, y se realizará". Quien se mantiene unido a Jesús no solo recibe de Él la vida que lo sostiene y la capacidad de dar frutos para sí y para los demás, sino que recibe también su poder. Él se coloca de su lado y cumple los deseos de los discípulos, siempre y cuando vayan en orden a sustentar mejor esa vida que reciben. Se supone que siempre sea así, por lo cual Jesús no pone ninguna condición al prometerlo. Quien está unido a Él, siendo auténtico discípulo suyo, ha dejado atrás egoísmos y vanidades, vicios y desviaciones indeseables, y ha avanzado en la experiencia discipular, por lo cual todo lo que pedirá será en función de asentarse mejor en esa condición. Eso será parte del "dar fruto" del que habla Jesús. El discípulo da frutos logrando que la acción de la gracia que recibe vaya en función de enriquecer a todos, por lo cual sus deseos irán siempre en beneficio de los hermanos, a los cuales se siente lanzado por el amor, que es parte esencial de la vida que regala Jesús. Cuando se recibe la vida de Cristo en sí no hay manera de vivir de otra forma que la que Él vive. El discípulo, en su condición de hombre que recibe la vida que Jesús le da, hace de su vida una copia fiel y exacta de la de Él. "He venido al mundo para dar mi vida por la salvación de muchos". Es este el sentido de la vida de Jesús, y por ello todo el que recibe la vida de Él queriéndose hacer su discípulo debe asumir esta verdad como propia. También quien se hace discípulo de Cristo debe añorar dar su vida por el mundo, tal como lo hizo Jesús. Es el mejor fruto que podrá dar en su momento. "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto". Fue lo que hizo el mismo Jesús, consciente de que entregar su vida era dar la vida a todos. Así como Jesús entregó su vida para obtenerla de nuevo, elevada a la gloria, logra la misma ruta para los discípulos que obtienen de Él su vida y la entregan por Él al mundo. Recibirán la misma compensación, por lo que entregar la vida por amor será la mejor transacción que podrán hacer jamás. Dar frutos será una consecuencia inmediata de dar la vida. Al igual que Jesús con su entrega dio el mejor fruto para todos, la salvación, y recibió luego la compensación máxima al recuperar su vida transformada en gloria, los discípulos de Cristo, que siguen unidos al tallo, van a correr la misma suerte. La ganancia será infinitamente superior a lo entregado.

Este intercambio infinitamente favorable para el discípulo de Cristo es el producto de la maduración firme en el itinerario que sigue un verdadero seguidor de Jesús. Basta solo con avanzar confiado en ese camino que se propone para ir profundizando en el compromiso e ir recibiendo las compensaciones admirables que pueden obtenerse. Lejos de ser una anulación total de la propia vida, es la fundamentación más firme en lo que ella debe ser. No hay desaparición en el afirmarse al ser de Cristo. Por el contrario, quien lo hace ha llegado a la plenitud de su propia sustentación, por cuanto ha alcanzado la unión esencial como rama al tallo que se desea para todos y que está al final del camino como la meta deseada. Lo afirmó claramente San Pablo en las líneas más sublimes de su avance en la identificación con Jesús. Podríamos decir que es la perfecta descripción de la unión ideal deseada por Jesús al hacer la alegoría de la vid y los sarmientos. El fin es estar de tal manera unidos a la vid, que ya no sea posible imaginar la vida del sarmiento sin referirla a la vida de la vid. Es decir, se haría imposible llegar a diferenciar a la rama del tallo, porque la identidad alcanzada entre ambos lo impide: "Yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí". Se ha alcanzado un punto tal de identificación con Jesús, haciéndose de tal manera rama del tallo, que es imposible saber hasta dónde llega Cristo y dónde empieza el discípulo. Se han hecho los dos una sola cosa. Ya no será la ley la que mande en la vida del discípulo unido a la rama, pues no tiene sentido normatizar al amor. Será la libertad plena la que imponga su ritmo, que es el ritmo del amor. Quien recibe la vida de Cristo como fuente vital para sí, recibe de Él el mismo amor con el cual vivió y se entregó en la máxima libertad. Vivirá ese mismo amor de entrega y se entregará igual que Él. Y recibirá la compensación infinita de la vida gloriosa que ahora tiene Jesús. Le habrá dado a su vida el sentido más pleno. El del amor. La vida que da la fuente, la que transmite la vid o el tallo, es la vida de amor. Y será el amor la única ley posible. Y el amor así vivido asegurará la entrega natural de la propia vida para el bien de los demás, y su recuperación en gloria infinita, que será la felicidad plena vivida eternamente.

miércoles, 22 de julio de 2020

Nada vale más que enamorarse de Jesús y seguirlo, como la Magdalena

La que amó: María Magdalena en el arte

En los relatos de los Evangelios nos encontramos con personajes que son retratos perfectamente logrados de lo que pudiera ser alguno de nosotros. Están los fariseos, que en defensa de sus privilegios buscaban hacer caer a Jesús en las trampas que continuamente le tendían, haciéndolo público para demostrar delante de la gente el supuesto absurdo que representaba seguir a esa especie de charlatán que sería Él, pero que los dejó siempre en ridículo, por lo cual se enardecían aún más en contra suya, decidiendo finalmente su eliminación por el peligro que representaba para sus intereses y sus privilegios sobre el pueblo. Están los hermanos Lázaro, Marta y María, los grandes y entrañables amigos de Jesús, con los cuales no perdía oportunidad de pasar temporadas sabrosas de descanso y de reposo y a los que amaba con corazón tierno y sincero, asumiendo la diversidad extraordinaria de caracteres que poseía cada uno, pero que por el amor que les tenía fue capaz de amalgamarlo todo de tal modo en su corazón que los aceptó sencillamente porque eran sus amigos del alma. Está Zaqueo, aquel jefe de publicanos que no se sentía feliz consigo mismo ni con lo que hacía, por lo cual, ante el aviso de que Jesús pasaría cerca de su lugar, no escatimó ni siquiera en hacer el ridículo para poder verlo pasar, con lo que quedaría totalmente satisfecho, siendo lo único que pretendía, pero que se llevó la gran sorpresa de que ese Jesús, al que admiraba tanto por las cosas que decía y por las obras maravillosas que realizaba, no se contentó con solo pasar y ser visto, sino que se detuvo ante él y se autoinvitó a su casa para comer y hospedarse en ella. Zaqueo vio como su vida daba un vuelco total por la presencia de Jesús en su hogar, en medio de su familia, y se dejó conquistar totalmente por Aquel al que solo quería ver pasar pero que no se contentó con eso, sino que quiso pasar y quedarse en su corazón y en el de toda su familia, alcanzando además así la salvación para él y para todos los suyos. Nos encontramos también con la mujer adúltera, a la que había que aplicar el peso de la ley mosaica que la condenaba a morir apedreada por el inmenso pecado que ciertamente había cometido, pero que es rescatada de las fauces de la muerte que enarbolaban aquellos que la acusaban y que eran como perros de presa ávidos de la sangre de la víctima, por un Jesús que no quiere la muerte de nadie sino su salvación, y que echa en cara la hipocresía de los que la acusaban, pues eran quizás poseedores de pecados peores de los que acusaban a esa mujer. Ella no fue condenada por Jesús, a pesar de que era cierta la gravedad de su pecado, sino que fue amada e invitada a no pecar más y a recuperar su dignidad como mujer casada... Podríamos enumerar muchos casos más, en los cuales cada uno de nosotros puede verse retratado: cada uno de los apóstoles, José de Arimatea, Nicodemo, Simón el Leproso, los innumerables curados, los poseídos por el demonio, la viuda de Naím, la anciana que echa las dos monedas en el cepillo del templo... Ahí, en alguno de ellos, estamos cada uno de nosotros.

Y nos encontramos con ella, con la Magdalena, famosa prostituta del pueblo, que seguramente era muy cotizada por su belleza y ampliamente conocida y deseada por todos, pero que al encontrarse con Jesús ya supo claramente en su corazón a quién se quería entregar de verdad con todo su corazón, con toda su alma y con todo su ser, dejando atrás toda su vida pasada de inmundicia y de solo placeres bien cotizados, incluso monetariamente, para cambiar la moneda física por la del pago celestial del amor y de la eternidad. De ella Jesús expulsó los demonios de la sensualidad y del hedonismo, de la lujuria y de la atracción al pecado. Y le inoculó el espíritu de pureza y de entrega dichosa, la plenitud del verdadero amor. No hubo en Jesús, como no lo hay nunca por nadie, un atisbo de rechazo a su condición. Por el contrario, seguramente fijándose en ella, afirmó que "los despreciados cobradores de impuestos y las prostitutas llegarán al reino de Dios antes que ustedes", echándole en cara a los fariseos su falso puritanismo y su rigidez en las exigencias de la ley. El corazón de María fue plenamente conquistado por Jesús y a Él exclusivamente decidió servir. No en el sentido en el que algunos vendedores de lo espectacular quieren hacer entender, según los cuales Jesús y María Magdalena se habrían llegado a entender como hombre y mujer, magnificando su absurdo con la afirmación de que hubo incluso un fruto de ese supuesto amor marital. No es necesario ni siquiera intentar negar este absurdo, pues no existe ninguna manera de comprobarlo. De haber sido real, no hubiera habido problema para los evangelistas en haber hecho referencia a ello. Pero no es así. Se queda simplemente en un empeño más por enturbiar una relación de amor puro y total que para esas mentes enfermas de lo fabuloso y ganadas solo por la sensualidad llegaría a ser inexistente e imposible, con lo que ellas mismas se cierran a vivir la plenitud gratificante de ese amor que es el que más llena y compensa. La Magdalena llega a la experiencia más sublime del amor, por lo cual, identificada como aquella mujer que no tiene reparo en cometer el absurdo y el abuso grande de irrumpir en la casa de un renombrado fariseo, Simón el Leproso, que ofrecía un gran banquete a Jesús, seguramente no por un interés limpio y puro sino para codearse con el personaje famoso del momento y así obtener algún beneficio para sí mismo, a pesar de que las mujeres no podían hacerse presentes en la sala del banquete que era reservado solo para hombres, no hace caso de la restricción, y se lanza a los pies de Jesús, abundando en lágrimas que bañan sus pies y secándoselos con sus propios cabellos, para luego perfumarlos con perfume valioso, y así no dejar ninguna duda de su amor pleno e incondicional por Él. "Porque se le ama tanto y ha demostrado tanto amor, sus pecados quedan perdonados", dice Jesús delante de todos.

Esa radicalidad en la entrega de Magdalena al amor de Cristo la hace ser premiada como la primera testigo de las resurrección del Maestro: "'Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré'. Jesús le dice: '¡María!'. Ella se vuelve y le dice: '¡Rabbuní!', que significa: '¡Maestro!'" Y, como es lo natural, la condición de testigo de la resurrección le trae como consecuencia ser anunciadora. La Magdalena es la primera que anuncia la resurrección. Es la primera en ser la poseedora de la noticia más grandiosa de toda la historia de la humanidad, la que cambiará el curso del camino por el que transita cada hombre y cada mujer, pues le confirma a cada uno de ellos que seguirán esa misma ruta de triunfo y de plenitud hacia la eternidad en la que ya no habrá más muerte ni oscuridad. Ella es la primera que comprueba que ni la soledad del sepulcro, ni su frío, ni su oscuridad, llegaron a ser más poderosos que el Dios que se había hecho hombre y que supuestamente había sido vencido por el mal al pender inanimado de la cruz fatal y ser posado en la oscuridad del sepulcro. No era ese el final de la epopeya de Aquel al que ella amaba tanto y al que se había entregado con todo su ser. El final era el de la victoria resplandeciente de la vida y de la luz. Y eso era lo que le encargaba Jesús que anunciara a todos: "'No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: 'Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes'. María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: 'He visto al Señor y ha dicho esto'". Su dignidad había quedado tan elevada, que fue considerada idónea para anunciar la noticia más grandiosa de la historia a los apóstoles, que eran los privilegiados de Jesús. Ella quedó incluso por encima de cada uno de ellos. La mujer despreciada por todos, la execrada por prostituta, la pecadora pública, de la que Jesús llegó a expulsar hasta siete demonios, fue rescatada por Jesús, por su amor, por su misericordia, y colocada en el primer lugar por encima de cualquiera. La "cualquiera" llegó a estar sobre cualquiera. Ella es la esposa del Cantar de los Cantares que canta enamorada: "En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma; lo buscaba, y no lo encontraba. 'Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma'. Lo busqué y no lo encontré. Me encontraron los centinelas que hacen la ronda por la ciudad. '¿Han visto al amor de mi alma?' En cuanto los hube pasado, encontré al amor de mi alma". Es la enamorada que nos habla del amor más puro y nos invita a vivirlo también nosotros. Tengamos ese corazón enamorado de Jesús como la Magdalena y sucumbamos a Él, viviendo solo para Él.

martes, 21 de julio de 2020

No basta con ser hijo de Dios. Hay que hacerse hijo de Dios

Mateo 12, 46-50: “Éstos son mi madre y mis hermanos”. – Boosco.org

Los miembros de la Iglesia conformamos la gran familia de Dios. Por el Bautismo nos ha sido donada la nueva vida que nos coloca en una novedad radical, inédita previamente, en la que somos elevados a una condición sin parangón, solo comparable a la que vivió el hombre apenas surgido de las manos creadoras del Dios del amor, pero que fue perdida por su empeño en querer hacerse superior haciendo extraño a Aquel que era la causa de su existencia. En el Bautismo se nos reincorpora a la vida de los que viven la gracia, es decir, la misma vida de Dios en sí. El Padre nos acoge de nuevo como sus hijos, arrebatándonos del poder del mal que se había erigido sobre nosotros con el pecado, concediéndonos el perdón de todas las culpas, trayendo como consecuencia el ser iguales al Hijo de Dios, no en el sentido natural que le corresponde solo a Él, sino siendo adoptados de nuevo como hijos, con la consecuente recuperación de la plena dignidad que poseíamos antes del pecado, y somos plenificados con la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas que nos hará capaces de caminar en la santidad de vida, haciéndose a su vez nuestro compañero de ruta, llenándonos de fuerza y de ilusión, capacitándonos para la vida de fe, haciendo que demos testimonio valiente y audaz del amor de Dios, manteniéndonos en la esperanza firme en el futuro de eternidad en el que todo será luminosamente claro y en el que se confirmará esa unidad que vivimos en nuestro itinerario terrenal, al que nos llama la vivencia común del amor y de la expectativa en la felicidad que nunca se acabará, que hace que procuremos lograr un mundo cada vez mejor, en el que empiece a reinar Dios y su amor, como adelanto de lo que sucederá en la utopía de la eternidad. Ese logro que obtenemos en el Bautismo es, podríamos decir, objetivo. Es lo que Dios produce en el ser de cada uno de los que se acercan a recibir ese nuevo nacimiento en el amor. Pero en él se da también una realidad subjetiva, la que corresponde a cada uno de los agraciados con esa nueva vida obtenida en el Bautismo. No se puede entender esa incorporación a la novedad radical de vida simplemente como una especie de inyección en la que no tiene ninguna participación cada uno de los beneficiados. Aun cuando hay una realidad objetiva que se hace posible por la acción divina que no deja de estar presente, los receptores de tales beneficios deben también hacer su parte, una que le corresponde activamente y que no puede faltar.

Podemos concluirlo de las palabras que dirige Jesús a los que le comunican la presencia de su madre y sus hermanos, que están buscándolo: "Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo". La respuesta de Jesús es tremedamente clarificadora: "'¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?' Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: 'Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre'". Nuestros amados hermanos que no están en plena comunión de fe con nosotros, han querido entender en este "desplante" de Jesús un desprecio a su Madre y una confirmación de que Ella tuvo otros hijos. Nada más lejos de la realidad. Baste con decir que la afirmación de Jesús es, por el contrario, la mejor alabanza a su propia Madre, por cuanto es Ella la primera que cumple esa condición que Él coloca para ser su Madre. Si alguien escuchó la voz de Dios y la puso en práctica fue Ella misma, al punto de que en Ella "la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". Por otro lado, los lingüistas más avezados reconocen que la palabra "hermano" en hebreo es, en primer lugar, el apelativo usado para los miembros en general del mismo clan familiar, sin necesidad de que fueran hijos del mismo padre y de la misma madre. Y más allá de esto, que no presenta ningún conflicto de interpretación, incluso según muchos exegetas protestantes, la realidad apunta a una condición que deben cumplir los que quieren conformar esa unidad al pertenecer al cuerpo de la Iglesia, la gran familia divina. No se trata de haber recibido una condición esencial que no los implique y los comprometa, sino que esa "inyección" de vida exige una respuesta de profundización y madurez personal en la que se dé la asunción de responsabilidades. Quien quiere ser un auténtico discípulo de Jesús, miembro real de su familia, y gozar de todas las prerrogativas que le da el haber sido hecho de nuevo por la nueva vida recibida en el Bautismo, debe entender que no se ha acercado a esa nueva condición de vida como el que va al surtidor de combustible y ha llenado el tanque hasta el tope, sin necesitar más concurso de su parte. Ello lo llama a una respuesta consciente y comprometida. "El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre". La realidad objetiva cumplida por Dios en el Bautismo, debe ser completada en la realidad subjetiva del corazón del agraciado. La salvación no es un ticket que sale automáticamente al pinchar en el botón del Bautismo.

La respuesta no es algo que se nos pide inconscientemente. Los hombres, por haber sido dotados de inteligencia y voluntad, necesitamos conocer lo que se nos ofrece, convencernos de su bondad, y actuar luego en consecuencia. No se trata de un simple racionalismo que se base en una supuesta suspicacia. Dios mismo nos ha enriquecido con esos dones para que los usemos. Y nos ha presentado un abanico casi infinito de razones por las cuales debemos convencernos de la conveniencia y de la compensación más que satisfactoria que recibiremos al colocarnos en la línea de la respuesta afirmativa a su propuesta de amor. La capacidad de razonamiento no debe hacernos la mala jugada de evitar el paso a la fe. Ese sería un racionalismo destructivo, el que impide ese salto final de confianza en el amor demostrado ostensiblemente por Dios con sus palabras y más aún con sus hechos portentosos en favor de sus hijos adoptivos tan amados. Entender las razones objetivas es un primer paso. Pero aceptar ser amado al extremo y por tanto colocarse confiadamente en los brazos de Aquel que nos ama con amor eterno, es el paso final que nunca debe dejar de ser dado. Será el paso que nos conduzca a escuchar la palabra de Dios y a cumplirla poniéndola en práctica con la confianza de que ese es el camino de nuestra plenitud y de nuestra felicidad. Nunca querrá nuestro mal ni algo menos bueno quien nos ama tanto. Es llegar a la misma conclusión que llegó el profeta: "¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar". Es llegar a la conclusión de que el mejor modo de vivir es en el intercambio continuo de amor, en el que sentiremos siempre la compensación infinita de la vida nueva que nos regala Dios en el Bautismo y que no es solo una donación que recibimos pasivamente, sino que la hacemos más que consciente y por lo tanto más compensadora, con lo cual estaremos encaminándonos a la experiencia más sublime que podemos tener los hombres, que es la del amor vivido conscientemente, con todas las consecuencias, que nos lleva a entrar en ese ámbito en el que estaremos plenamente convencidos de ser los más agraciados y los más felices, pues estamos resguardados en ese corazón de amor que nos llena con plenitud y nos hace vivir la experiencia más sublime que es la de los hijos preferidos y amados de Dios.

lunes, 20 de julio de 2020

Es bella una fe serena que solo busque amar

Esta generación perversa y adúltera exige una señal | InfoVaticana

El Evangelio de San Juan está compuesto alrededor de los siete milagros que relata el apóstol y evangelista. Claramente su intención está encaminada a presentar la obra de Jesús como la de la plenitud del amor de Dios en favor de los hombres. El número siete entre los hebreos es un número que habla de plenitud, de gloria, de infinitud. Presentar siete milagros revela que se quiere afirmar que Dios está presente, que está ahí, que pone todo su poder y su plenitud en favor de aquellos que son favorecidos por su gracia todopoderosa. Revela, además, que Juan considera suficiente esa presentación para dejar bien establecida la primacía de Jesús, la de su amor y su poder, y que no tiene que resaltar las obras maravillosas que Jesús realiza, pues todo lo que hace, incluso aquello que es ordinario y común, debe ser entendido como revelación también de su presencia. En cierto modo, la falta de insistencia mayor en las obras portentosas podríamos entenderla como una invitación al descubrimiento de la obra de Jesús también en lo ordinario y en lo sencillo que, ciertamente, es el ámbito común de revelación de la obra grandiosa de Cristo. No hay que esperar siempre lo maravilloso o lo portentoso para fundar la alegría o la esperanza de la redención, sino que hay que procurar vivir esa felicidad por las demostraciones perennes en todas las donaciones comunes y ordinarias que sigue Dios permitiendo para nosotros. Es una llamada a la limpieza de la mirada para poder ver con transparencia y sencillez la obra cotidiana de Dios en la propia vida. Una llamada a evitar las contaminaciones que nos permitimos nosotros mismos, invocando siempre lo estrambótico para poder dar fe al Dios que nos demuestra su amor en la sencillez y en la humildad. Al ser fanáticos de lo extraordinario, no nos llegamos a conformar con lo ordinario, sino que queremos poner a Dios también en el predicamento de demostrar incluso su existencia por las obras grandiosas de las que queremos ser testigos. No es extraño, entonces, que muchos basen su criterio de fe, incluso como condición para creer en la existencia de Dios, en la realización de obras portentosas. En el caso de no darse sería para ellos la demostración suficiente de que Dios es simplemente una idea inventada para satisfacer mentes débiles y acomplejadas. Esta exigencia obnubila de tal manera su mente que impide la posibilidad de vivir la fe en la simpleza de lo cotidiano y se guarda solo para lo fantástico. De ese modo llegará a ser una fe que necesita una sobreexcitación continua, lo cual la envilece y la hace prácticamente un narcótico exacerbante.

No hay mayor satisfacción que la de tener una fe serena. Está claro que Dios puede realizar portentos y maravillas cuando quiera. Para Él no hay nada imposible. Pero su objetivo no es mantener al hombre en un estado de ánimo continuamente exaltado, exacerbado, enardecido. Lo quiere con un corazón en paz, sereno, en el que haya un ámbito sencillo y apacible para la recepción de su amor, y en el que se pueda dar una verdadera relación de amistad suave, dulce y tranquila. Sería la respuesta a la petición que hacen los cursillistas de cristiandad en la hora apostólica con la que cierran su experiencia: "Señor, que no necesitemos milagros para tener fe, pero que tengamos tanta, que merezcamos que nos los hagas". Se debe procurar, entonces, tener un corazón tan libre en el amor que sea capaz de descubrir la presencia de Dios en todo lo que acontece alrededor: en la salida del sol que regala Dios día a día, en el aire dulce que se respira y que llena vivificante los pulmones, en la mirada dulce y enamorada de los novios, en el amor sereno que comparten los esposos, en la ternura de los hijos que van creciendo bajo la mirada protectora de sus padres, en la ancianidad sabia y preciosa de los abuelos que tienen siempre tendidas sus manos arrugadas ofreciéndose como apoyo no por ser fuertes sino por ser sabios, en la fidelidad de los animales domésticos que se convierten en unos miembros más de la familia, en la belleza de las plantas y las flores que nos rodean y llenan de color y ricas fragancias todo el entorno, en la vida salvaje de los animales que retozan libres en los bosques y las selvas, en el azul vivo y sereno de los cielos que nos cubren, en el blanco inmaculado de las nubes que se transforma en gris cerrado cuando aparecen para dejar caer el agua que renueva la vida en la tierra, en la magnificencia de los mares, los océanos y los ríos que nos hablan de lo magnífico que es Dios, que es mucho mayor que todos ellos juntos... No hay parangón a lo maravilloso que es tener un espíritu que sea capaz de descubrir a Dios en todo eso. Cada experiencia humana, sea sencilla o portentosa, es una ocasión para poder descubrir a ese Dios que está lleno de amor por nosotros y que en cada acontecimiento que nos rodea quiere hacer que sintamos su caricia en nuestro rostro y en nuestra mirada. Lo extraordinario de las actuaciones de Dios puede llegar a convencernos, mas lo sencillo de descubrir a Dios y su obra en todo lo que acontece, nos conquista y nos enamora.

Debemos evitar entonces esa tentación continua de necesitar portentos: "Algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: 'Maestro, queremos ver un milagro tuyo'". Jesús pudo haber decidido en ese momento realizar un gran milagro. Pudo haber mandado a oscurecer el sol instantáneamente, pudo haber elevado vuelo sobre todos ellos para posarse nuevamente sobre la tierra, pudo haber secado todas las plantas de alrededor para luego hacerlas revivir de nuevo. Ninguna de esas cosas habría sido imposible para Él. Él es Dios. Pero no quiso hacerlo así. Apeló a lo que ya ellos conocían por experiencias de personajes anteriores y que se habían dejado conquistar previamente, con lo cual les reprochó su dureza de corazón: "Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón". Es el mismo Dios que reclama a todos no haber sucumbido a su amor a pesar de haber realizado portentos y maravillas, con lo cual queda demostrado que no bastan las obras portentosas para lograrlo: "¿Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? ¡Respóndeme! Yo te saqué de Egipto y te libré de la servidumbre." Lo dijo Abraham al rico epulón cuando estaba en el infierno y le pedía que enviara al pobre Lázaro a su familia para que creyeran: "Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán, aunque algún muerto resucite". Necesitamos rendirnos al amor de Dios, más que a sus portentos. Nuestra fe no puede basarse ni ser ella misma una experiencia exacerbante. Esa fe sería una fe extenuante, sin reposo sereno. Debe ser un encuentro dulce y pacífico en el amor con el corazón de Dios que nos ama más de lo que podemos imaginarnos y, por supuesto, más de lo que nosotros mismos nos amamos. "Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: tan solo practicar el derecho, amar la bondad, y caminar humildemente con tu Dios". Es la respuesta que da el profeta al que se pregunta qué es lo que quiere Dios. No es más. Es lo más sencillo que existe. Dios no quiere corazones alterados a su lado, frutos de una fe lograda a fuerza de portentos. Quiere hombres conquistados, enamorados, frutos de la experiencia gratificante y enriquecedora de un amor que solo quiere la serenidad de un corazón que abra sus puertas para asentarse en él y vivir allí un intercambio de ternuras sin fin.