sábado, 6 de marzo de 2021

Nuestro Padre de amor jamás dejará de ser misericordioso

 La Parábola del Hijo Pródigo - Historia de la Biblia - Historias Bíblicas

Dios respeta reverentemente la libertad del hombre. Siendo un regalo que le dio al crearlo a su imagen y semejanza, no puede arrebatársela, pues sus dones son irrevocables. Cuando da algo, nunca lo echará atrás. Queda, en cierta manera, atado a su decisión. En primer lugar, la condición de que el hombre existiera "a nuestra imagen, según nuestra semejanza", implicaba que tuviera cualidades divinas que lo harían participar analógicamente de su naturaleza divina. Sin ser Dios, el hombre llegó, por voluntad divina, a poseer cualidades divinas. Estas cualidades son la capacidad de amar como ama Dios; la capacidad de pensar, de discernir, de tomar decisiones; la capacidad de vivir en comunidad al igual que lo hace la Santísima Trinidad; la libertad por la cual el hombre es capaz de escoger su camino y de decidir según su criterio lo que es mejor para él. Son los tesoros que Dios ha dado a aquel que ha puesto en el centro de todo lo creado, haciendo gala de su amor por él, por cuanto ninguna obligación tenía con su criatura. Lo lanza a ello solo el amor infinito que vive en su intimidad y que dejó que se transmitiera en el gesto grandioso de la creación. Y en segundo lugar, la donación de todas estas prerrogativas divinas no puede ser revocada, pues Dios es inmutable y no puede, o no desea, cambiar su decisión de favorecer en todo al hombre. Aun a sabiendas de que el hombre puede hacer un uso errado de esa libertad y de todas las cualidades divinas que ha colocado en su ser, su decisión sigue siendo que el hombre las siga poseyendo. El mismo camino de la historia humana será el mejor pedagogo, pues el hombre, en su propia experiencia vital, irá viviendo el inmenso abanico de posibilidades que se le presentan, y al experimentarlas, tendrá siempre la opción de discernir el camino mejor que lo sustentará sólidamente en la auténtica libertad, y al fin, lo hará más hombre, más consciente de su condición de hijo de Dios y de hermano de los demás hombres. En este sentido, Dios no busca imponer una conducta a su criatura, sino que desea, amorosamente, que el mismo hombre vaya descubriendo cuál es la mejor. De ahí el respeto a su libertad y su determinación de nunca impedirla.

A todo esto es necesario añadir una condición divina que nunca dejará de estar presente. Dios es un Dios de amor. Esa es su identidad más profunda. Teniendo, por supuesto, todas las cualidades divinas a tope, como su poder, su sabiduría, su infinitud, su omnipresencia, todas ellas infinitas y naturales en Él, en referencia a la humanidad, la que más brilla y más nos compensa es su amor. Somos beneficiarios de todas esas cualidades, pero la que vivimos con mayor intensidad es la de su amor. Dependemos en todo absolutamente de Él, por cuanto es nuestro origen, ha previsto cargarnos de todos los beneficios, pone en nuestras manos todo lo que necesitamos, ha hecho que el mundo funcione para nosotros, todos los demás seres de la creación existen en función de lo que sirven al hombre. No hay nada en nuestra historia que no esté conectado a la voluntad divina que nos hace existir y que nos sostiene. Pero lo que más toca nuestra intimidad es el amor que derrama sobre nosotros. Y es un amor que se transforma siempre en lo que necesitamos más, que es en misericordia. A pesar del mal uso de la libertad que en ocasiones mostramos, Él está siempre a la espera de que caigamos en cuenta del perjuicio que nos producimos nosotros mismos, que nos arrepintamos de aquello que nos ha alejado de Él, y que volvamos con humildad y confianza a retomar el camino correcto y nos acerquemos con la cabeza gacha a su presencia para solicitar su perdón y ser admitidos de nuevo como hijos amados: "¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar. Concederás a Jacob tu fidelidad y a Abrahán tu bondad, como antaño prometiste a nuestros padres". Es un Dios de amor que no puede negar su misericordia al corazón arrepentido de su pecado, el que lo ha alejado de su amor, y añora de nuevo la cercanía.

El cuadro perfecto de esa figura del Dios misericordioso, que es el Padre amoroso que añora el regreso de su hijo que se ha alejado y ha elegido el camino de la lejanía del amor y el que lo lleva cada vez más al abismo y a la oscuridad de la vida sin Dios, nos lo ha pintado Jesús en la parábola del Hijo Pródigo. Este es el verdadero Dios. El que se conduele de la desgracia que sus propios hijos se procuran. No es el Dios que está esperando para reprender ni castigar, sino el Padre de amor que espera el retorno de su hijo, que habiendo comprobado la tristeza y el dolor de estar lejos de su Padre amoroso, vuelve arrepentido y humilde a solicitar ser de nuevo admitido en el hogar paterno, donde se vive solo el amor. Lejos de ese hogar solo ha experimentado la debacle personal, en un primer momento haciéndose todos los regalos imaginables que caían en el vacío de la idolatría a sí mismo, a la riqueza, al placer y al prestigio, produciendo las ansias de más, lo cual demostraba que nada de eso era satisfactorio para darle alegría ni esperanza, sino que lo dejaban en la insatisfacción y el desasosiego. Y en un segundo momento, en la oscuridad total cuando perdió ya todo el dinero, con lo cual todos aquellos que lo acompañaban en sus juergas desaparecen, pues ya no podrían sacar más provecho de su prodigalidad. Su humanidad estaba herida mortalmente. Lo único que le queda es acudir de nuevo a Aquel del que está seguro que no le fallará, como en efecto fue. Arrepentido y reconociendo su debacle humana vuelve a la casa del Padre que lo recibe de nuevo amorosamente, sin siquiera reprocharle su conducta. Lo importante es que ha vuelto, y por ello es recibido de nuevo, como el hijo que era, recuperando su total dignidad. Así es la actuación del Padre que se duele más por la lejanía que por el pecado, y por eso no duda jamás en aplicar su misericordia al que vuelve humilde y arrepentido, reconociendo su torpeza: "El padre dijo a sus criados: 'Saquen enseguida la mejor túnica y vístansela; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y sacrifíquenlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado'. Y empezaron a celebrar el banquete". La alegría del Padre es la vuelta de su hijo amado, tener a sus hijos con Él, incluso aquel que se negaba, porque había sido supuestamente "fiel". El Hijo Pródigo había decidido. Y había decidido mal. Pero el Padre esperó siempre su regreso al notar su tragedia. El amor convertido en misericordia es el que vence. Y así será siempre si somos humildes y nos acercamos de nuevo a nuestro Padre, Dios de amor, que nunca dejará de ser misericordioso y jamás nos negará su perdón.

viernes, 5 de marzo de 2021

Dios siempre sacará frutos buenos para nosotros de nuestro dolor

 Resultado de imaxes para josé vendido por sus hermanos | Biblia, Biblia  ilustrada, Imágenes religiosas

Dios es el Señor de la historia. En sus manos está todo lo que sucede y lo que sucederá a los hombres, fruto de las acciones, buenas o malas, que libremente asumen y realizan. Desde esa libertad que Dios les ha donado los hombres pueden decidir hacer y seguir el bien o hacer y seguir el mal. Y Dios siempre respetará esa decisión, pues Él no puede suspender la vigencia de su regalo de amor que es la libertad, aun sabiendo que el camino elegido puede ser el peor y el más letal para el mismo hombre. Su amor, su misericordia y su paciencia son infinitamente mayores que el deseo que pueda tener de impedir que el hombre tome malas decisiones. Son decisiones que el hombre toma desde el uso de esa libertad que es su mayor regalo, en lo cual Dios mismo ha asumido el riesgo de que se tomen caminos malos. Pero siendo esto así, también es cierto que Dios ama al hombre por encima de todo y el diseño de su plan tiene como meta la plenitud de la felicidad y del amor en la vivencia de su criatura, por lo cual, siendo Dios también infinitamente sabio, no ha dejado que las cosas simplemente se desarrollen para el mal. Siendo malas las acciones de la humanidad, Dios busca la manera de que no produzcan todo el daño que pueden. Él, anteponiendo su amor y su providencia, busca mutar lo solo malo en algo que pueda luego tener buenas consecuencias para la misma humanidad que procura el mal. Parafraseando a San Agustín, podemos afirmar que Dios es experto en sacar consecuencias buenas de las malas acciones de los hombres. El mal es realizado libremente por el hombre, pero Dios es también libre al procurar que ese mal dañe lo menos posible, sobretodo a aquellos que son menos culpables y están más desprotegidos.

El caso de José, hijo de Israel, y sus hermanos, es un caso emblemático de cuanto llevamos dicho. La envidia y el odio de los hermanos por la preferencia de su padre sobre José, los lleva a urdir contra él los planes más terribles. Primero piensan en matarlo, pero luego, a instancias de Rubén y Judá, respetan su vida y deciden venderlo a una caravana de mercaderes del desierto que se dirigían a Egipto: "Vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad a Egipto. Judá propuso a sus hermanos: '¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra'. Los hermanos aceptaron. Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se llevaron a José a Egipto". Los hermanos, sintiendo odio y envidia por José, se lo quitan de encima vendiéndolo a unos mercaderes del desierto. Es impresionante pensar hasta dónde puede llegar la envidia del hombre, cuando ve que sus intereses están amenazados. Es la conducta de la humanidad que se ha dejado conquistar y arrebatar el corazón por sí mismo, en un egoísmo que lanza al extremo de alzar la mano contra la propia sangre. La historia se repite una y otra vez. Vimos lo mismo con Caín que levanta su mano contra su hermano Abel y lo asesina, también por envidia. Y unas tras otras, las generaciones van repitiendo las mismas conductas. Hoy no somos distintos. El egoísmo, la envidia malsana, la búsqueda de beneficios individuales, el empeño de dominio sobre los más débiles, nos hacen repetir la historia una y otra vez. Pero, ya lo hemos dicho, Dios se encargará de extraer beneficios para el hombre de sus mismas acciones malas. Ya veremos cómo José será el encargado de rescatar a Jacob, a sus otros hijos y a su pueblo, de morir de hambre en el desierto. El gesto funesto de los hermanos fue convertido por Dios en razón de salvación para el pueblo.

José es prefiguración clara de Jesús. La acción de los hermanos de José es la acción de la humanidad que se erige en fuerte con la pretensión de quitar de en medio a quien pone en riesgo sus prerrogativas individuales o grupales. Sobre todo aquellos que serán más afectados con sus denuncias son los que han decidido eliminar cualquier estorbo o cualquier obstáculo que se interponga en su camino hacia la hegemonía. Jesús no ahorra ninguna denuncia contra ellos. Y el enfrentamiento, así, está declarado: "Y Jesús les dice: '¿No han leído nunca ustedes en la Escritura: 'La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente'? Por eso les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos'. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos. Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta". Las autoridades religiosas de Israel veían que sus privilegios sobre el pueblo sencillo y humilde estaban en peligro. Para poder conservarlos era necesario eliminar a quien les echaba en cara su hipocresía. Pero percibían que ese pueblo que esperaba la liberación no solo del pecado y de la opresión del imperio dominante, sino de aquellos que los tenían subyugados bajo normas draconianas, fruto de una ley utilizada para beneficio de la casta, se sentían entusiasmados, pues percibían al fin que había alguien que aparentemente podía llevar adelante esa obra de liberación. Por eso, los sumos sacerdotes y los ancianos deciden quitarlo de en medio. Exactamente lo mismo que hicieron los hermanos de José, lo entregan a la muerte, vendiéndolo como esclavo. Y el resultado es el mismo: El gesto asesino es transformado por Dios en gracia para los hombres. La entrega y la muerte de Jesús llega a ser la salvación de todos, incluso haciendo posible la salvación de aquellos mismos que han levantado su mano contra Él. Dios no se deja ganar en generosidad, máxime cuando el mal pretende erigirse en vencedor. Hoy podemos vivir la misma experiencia, pues Dios no cambia. Él nunca permitirá que suceda nada que al final no tenga buenas consecuencias para nosotros. Nuestras experiencias de dolor y de sufrimiento serán transformadas en ocasiones de gracia y de bien para nosotros. Así es como actúa Dios. Nunca dejará de compensar con su inmenso amor, con su infinita misericordia, con su poder inabarcable, nuestras experiencias de dolor y de sufrimiento.

jueves, 4 de marzo de 2021

Alcancemos la bendición de Dios confiando en Él y sirviéndole en nuestros hermanos

 Bautizados en Mision: 26to. Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C TEXTO  BIBLICO: Lucas 16, 19-31

Maldecir se encuentra entre las cosas más desagradables y disonantes que podemos escuchar. "Decir mal" es reconocer que esa persona vive en la maldad, desprecia el bien, sirve al mal para perjudicar a los demás. Entre nuestro pueblo cae tan mal cuando se llama a alguien maldito, que se considera incluso pecado, y se hace solo en casos muy extremos en los que se considera que ya no queda otra opción para una maldad mayor. Maldecir a alguien es afirmar que esa persona ha caído en lo más bajo posible y que ya no hay opción para seguir rebajándose. En las Sagradas Escrituras se utiliza en varias ocasiones la expresión, cuando se refiere sobre todo a quien ha decidido seguir al mal y servir al pecado, en detrimento de la unión con Dios y de la experiencia de fraternidad. Sería maldito quien voluntariamente elige el mal como estilo de vida, quien se aleja de Dios y no lo reconoce como el autor de su vida, quien se aleja del amor a Dios y a los hermanos prefiriendo amarse y servirse a sí mismo en la errada conciencia de que su vida así será mejor, procurándose a sí mismo fraudulentamente los bienes que necesita para subsistir, en un autoengaño absurdo que lo hará encaminarse al abismo del dolor y de la tristeza. No es maldito por decreto, sino por decisión personal. Es una maldición que alcanza para sí mismo, al alejarse de la voluntad divina y de su amor, poniendo como base para el desarrollo de su vida su propio ser, confiando exclusivamente en sí mismo, en un egoísmo enfermizo que es su principal destrucción. La soberbia lo ha carcomido y ha cancelado en él todo resquicio de bondad. A menos que se convierta y se arrepienta de esta decisión que ha tomado, se encamina hacia su perdición para toda la eternidad.

El profeta Jeremías, uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento, siendo voz de Dios para el pueblo, lo pone sobre aviso acerca de lo que es la maldición y la bendición. El profeta coloca la maldición y la bendición en el orden de la confianza y de la entrega o no a Dios. Será maldito quien abandona a Dios y coloca su confianza en el hombre, en la criatura, en lo creado. Quien confía en sí mismo o en las cosas más que en Dios, creyendo que lo que ha surgido de las manos del Creador es más que el mismo Creador. El pecado no está en confiar en ello, pues al fin y al cabo Dios lo ha puesto en las manos de los hombres para que se sirvan de ello y para hacer su vida mejor. El pecado está en haberlos convertido en ídolos a quien servir, en vez de a Dios, dejando al autor de todo lo creado a un lado. La maldición se la atrae el mismo hombre cuando prefiere rebajar el objeto de su entrega a lo que ha surgido de Dios: "Esto dice el Señor: 'Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor. Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto. Nada hay más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce? Yo, el Señor, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones'". En contraposición, la bendición será siempre para quien confía radicalmente en el Señor y ha puesto su vida en las manos del Creador, sabiendo que en el servicio a Él y en el cumplimiento de su voluntad está el camino para la auténtica promoción personal y para la verdadera fraternidad enriquecedora. Ser bendecidos o ser maldecidos está en las manos del mismo hombre. Dependerá de su elección sobre a quién servir y entregarse.

La meta para todos nosotros, la que quiere Dios para cada una de sus criaturas, es la de la bendición eterna. Es fundamental para lograr la bendición colocar la confianza exclusivamente en Dios y servirle a Él y a los hermanos. Está claro que será una bendición por la fe y por las obras. La fe nos hará entregarnos confiadamente en las manos de Aquel que solo quiere nuestro bien. Y las obras dirán a todos esa convicción que vivimos y será la demostración de que avanzamos por ese camino de la bendición. La parábola que relata Jesús del rico que banqueteaba a sus anchas y el pobre Lázaro que estaba en la puerta de su casa y solo pasaba hambre y necesidad, es un claro ejemplo de la maldición que había elegido el rico, viviendo solo para sí sin tener en cuenta la situación terrible del pobre que estaba a sus puertas. Suponemos que el pobre confiaba en Dios y esperaba la mano tendida de los que sí tenían. El resultado para ambos es diametralmente opuesto. Lázaro obtuvo la bendición eterna. El rico obtuvo la maldición eterna: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado". Está en nuestras manos obtener la bendición o la maldición. En nuestros tiempos tomar esta decisión es quizás más urgente. Nuestro mundo necesita con urgencia la acción de los bendecidos de Dios, de los que confían en Él y en su amor, de los que se saben hermanos de todos y están obligados a procurar bienes para ellos, siendo solidarios y caritativos con los más necesitados, como aquel pobre a las puertas de la casa del rico. ¡Cuántos hermanos hoy son como Lázaro, que están a las puertas de nuestras casas y necesitan con urgencia el auxilio de los que pueden! Alcancemos la bendición confiando en Dios y haciéndonos solidarios con los hermanos más necesitados de nuestro mundo.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Somos elegidos para servir a Dios y a los hermanos. Nos compensa el amor

 25 de Julio, Santiago apóstol – Dios está con nosotros

El camino del elegido no es de ninguna manera un camino de pétalos de rosas. Muy al contrario, es un camino plagado de espinas. Aun cuando existen muchas compensaciones, sobre todo en el orden de la esperanza y del amor, quien se sabe elegido por el Señor debe tener plena conciencia de que por delante le esperan situaciones álgidas, dolorosas. Se presentarán oposiciones importantes, persecuciones, exclusiones, injurias, difamaciones, heridas e incluso la muerte. El servicio a la Verdad tendrá siempre como consecuencia la reacción de la mentira y de quienes le sirven. El servicio a la Verdad implica la denuncia del mal, de la injusticia, de la humillación de los débiles, del aprovechamiento fraudulento de los bienes que son de todos, del pisoteo de los derechos de los demás, de las heridas a la vida humana y al medio ambiente. Y principalmente implica la denuncia del abandono de Dios en que se incurre, de su amor, de la conexión con el origen de todo, de su deseo de que se cumpla su voluntad y de que se permanezca con Él, y también de su voluntad de ser justo y misericordioso con todos. El elegido lo ha sido para que se ponga del lado de Dios, del bien, del amor. Y cuando emprende su tarea, confiado en que quien lo convoca es el Dios del amor y del poder, lo hace ilusionado de servir a la mejor causa. Pero el mal, ese mal que denuncia con su palabra y con su misión, reacciona. Quienes están a su servicio no pretenden dejar que les sean arrebatadas las posibilidades de satisfacer sus ansias de poder, de placer, de riqueza. Al ver en peligro su privilegio, procurarán dañar al elegido y harán todo lo que sea necesario para mantener sus prerrogativas maléficas. El espejismo de bondades que presenta el mal enceguece y hace enfrentarse contra el bien. Se hace necesario, para conservar el estatus, quitar de en medio a quien estorba para que el camino hacia el abismo al que se encaminan absurdamente sea expedito. Aun sabiéndose elegido y enviado por Dios, por lo tanto, acompañado por la presencia de Dios, por su amor y su poder, quien se pone a la disposición de Dios debe estar consciente de su futuro. Tiene la seguridad del acompañamiento divino y de estar sostenido por su amor, por su providencia y por su poder, pero debe tener también la seguridad de que el mal no dejará de acecharlo y de buscar siempre hacerle daño.

Uno de los prototipos de este elegido de Dios para ser su voz de denuncia, perseguido a causa del bien que quiere propagar, por aquellos que se regodean en el mal, es el Profeta Jeremías. En su momento, todos los profetas del Señor fueron vilipendiados, perseguidos, injuriados. Incluso algunos fueron asesinados. Todo, pos servir a la Verdad, al Dios del amor. Contra Jeremías se concentran todos los males que se pueden procurar a quien es enviado por Dios: "Ellos dijeron: 'Venga, tramemos un plan contra Jeremías porque no faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta. Venga, vamos a hablar mal de él y no hagamos caso de sus oráculos'. Hazme caso, Señor, escucha lo que dicen mis oponentes. ¿Se paga el bien con el mal?, ¡pues me han cavado una fosa! Recuerda que estuve ante ti, pidiendo clemencia por ellos, para apartar tu cólera". Jeremías incluso había intercedido por sus oponentes, para que el Señor tuviera misericordia de ellos, y aun así, estos mismos por los cuales intercedía se levantan contra él. Jeremías implora al Señor su acción a su favor para que los planes de los malos no sea hagan realidad. La bondad es atacada y perseguida. La maldad urde planes para hacerla desaparecer. El malo prefiere el estiércol en el que se encuentra al bien que le es propuesto. Lo que le importa es su propia posición, por encima de cualquier otro interés. Dar rienda suelta al egoísmo que no tiene en cuenta el bien de nadie más, sino solo el propio. Y si es menester eliminar al bien que se opone a esta pretensión, no habrá ningún miramiento. Hoy podemos decir que nuestra situación no ha variado. El mal se enseñorea en el mundo y cuando percibe que hay alguna oposición a su pretensión se enfrenta con crueldad y destruye sin piedad a quien se interponga en su camino. Son muchos los buenos, incluso podríamos afirmar con certeza que superan con mucho a los malos. Solo que el mal tiene más poder y más recursos, tiene más publicidad, y por ello aparentemente gana. Pero no hay duda de que hay una lucha en la que estamos seguros que vencerá el bien, pues tiene a su favor el poder infinito de Dios, quien jamás podrá ser vencido.

Ante esta situación debemos tomar partido. Si los buenos somos más, debemos acercarnos más a Dios. No para que nos libere del dolor o del sufrimiento de los elegidos, pues sabemos que esa es una condición que se vivirá por buscar la fidelidad. Sino para saber que tendremos la compensación de la seguridad de su amor, de su consuelo, de su alivio, de la felicidad aun en medio de la persecución. Y sobre todo porque tenemos la vista puesta en la meta final que es la de la plenitud del amor que no conoce final y que será la situación que vivirá eternamente el elegido que ha sido fiel. No se buscan beneficios pasajeros ni efímeros. Se busca el beneficio final, el que está por encima de todo, que es la vida eterna junto al Padre, en un intercambio interminable de amor. Se debe evitar la confusión de los Zebedeos, que entendían los privilegios como puramente humanos, de gloria y de poder momentáneos: "Se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: '¿Qué deseas?' Ella contestó: 'Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda'. Pero Jesús replicó: 'No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber?' Contestaron: 'Podemos'. Él les dijo: 'Mi cáliz lo beberán; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre'. Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo: 'Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre ustedes: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser primero entre ustedes, que sea su esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos". El elegido tiene claro cuál será el desarrollo de su vida, las dificultades que tendrá que enfrentar en ella. Y las asume pues sabe que esa vida está sólidamente fundada en Dios, en su amor y en su poder. Que vivirá compensaciones importantes sintiendo esa presencia y esa acción de Dios en lo cotidiano, pues jamás estará solo. Y que el final es el de la gloria, el de la plenitud, el de la felicidad que nunca se acabará.

martes, 2 de marzo de 2021

Existimos para servir a Dios y a los hermanos por amor

 Balbuceos de un Eremita .: ¡Qué fuerte, Maestro!

El seguimiento de Dios es un seguimiento comprometido. Quien se decida a hacerlo sabe que está asumiendo una responsabilidad seria de hacer lo que es su voluntad. De alguna manera está renunciando a sus privilegios personales, a sus pensamientos puramente humanos, a sus conductas desordenadas, a su egoísmo individualista y aislante. No se puede ser discípulo de Cristo y pretender seguir viviendo una misma vida que conduce al alejamiento de Dios y de los hermanos. No se puede ser dos cosas a la vez, por un lado, alguien que quiere ser fiel a Dios, y por el otro, alguien que quiere seguir llevando adelante acciones y pensamientos que lo alejen de Dios y de los demás. No se puede servir a la vez al bien y al mal, pretendiendo que la cosa no tiene mayor trascendencia. Quien es de Dios no tiene licencia para ser de otro. Esta dicotomía es letal para el espíritu de quien quiera mantenerse en el camino de la felicidad y de la salvación. La asunción del compromiso de seguimiento del Señor es totalizante. Jamás puede ser parcial. Dios no quiere medias tintas entre sus seguidores. Precisamente por creer, al contrario, que sí es posible, nuestro mundo sufre mucho. Los cristianos no terminan de asumir con profundidad su compromiso de ser testimonio de entrega a Dios y a su amor, del amor y de la fraternidad entre hermanos, y por ello llegan a pensar en que no hay problema en querer ser pertenencia del Dios de la vida y ponerse al servicio de lo que hiere la vida, como el aborto y la eutanasia; en querer ser seguidor del Dios Justo y cometer injusticias contra los más débiles y desprotegidos; en querer ser del Dios Providente y querer aprovecharse egoístamente de los bienes buscando obtenerlos de cualquier manera sin que importe ni siquiera la honestidad. La llamada de atención de Dios es acuciante, pues nos pone delante de nuestra propia incongruencia y nos conmina a retomar el camino auténtico.

La llegada del Reino de Dios que nos ha traído Jesús nos ha puesto ante una realidad totalmente nueva. La novedad de la vida de quien quiere pertenecer a ese Reino debe hacerse patente en la transformación personal, adquiriendo un estilo de vida nuevo en el que se deseche todo lo que apunta a egoísmo, a vanidad, a hedonismo, a idolatría. El hombre nuevo, el que pertenece a ese nuevo Reino que surge, deja atrás todo lo que es de la conducta del hombre viejo. De allí que la comparación que hace Dios de la conducta antigua se base en el estilo de vida de Sodoma y Gomorra, símbolos de la perdición de la humanidad: "Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia, socorran al oprimido, protejan el derecho del huérfano, defiendan a la viuda. Vengan entonces, y discutiremos —dice el Señor—. Aunque los pecados de ustedes sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana. Si saben obedecer, comerán de los frutos de la tierra; si rehúsan y se rebelan, los devorará la espada —ha hablado la boca del Señor—". La llamada es a un cambio radical, a ser de una sola faceta, a no ser como veletas que dependan de la dirección del viento. Entra en juego, entonces, una actitud fundamental en el discípulo, que es la humildad. Quien no es humilde, es decir, quien no reconoce que lo que Dios ofrece es, con mucho, mejor de lo que se posee, nunca estará bien dispuesto a dar ese paso hacia adelante en la conversión personal, para la transformación de su entorno. Si se quiere avanzar en el camino hacia la plenitud personal, hacia esa meta de felicidad absoluta, esta deberá ser la actitud que habrá que asumir.

Esa humildad necesaria para el reconocimiento de lo urgente del cambio que debe dar el que quiera ser auténtico discípulo, debe tener luego también consecuencias en la experiencia de la vida comunitaria de los fieles como familia de Dios. La humildad llama al servicio por amor a los hermanos, el estar siempre a la disposición para actuar según lo requiera el amor mutuo, para atender en primer lugar a las necesidades de los más desposeídos y los desplazados, para estar atento a las necesidades de los hermanos, sobre todo de aquellos que son más desfavorecidos. No se puede pretender sacar provecho ilegítimo del ser discípulo, menos aún cuando se tiene una responsabilidad mayor en la comunidad. Si es así, debe darse justamente la situación contraria: quien está al frente debe entenderse como el primer servidor, el primer llamado a dar testimonio de amor y de solidaridad con los más pequeños y necesitados. Se trata de seguir el ejemplo que dejó Jesús que, siendo el Redentor del mundo, Dios hecho hombre, por lo tanto, quien tendría más derecho de sentirse por encima de todos, al contrario, con la máxima humildad asumió su condición de servidor, al extremo de cumplir su mejor servicio en la entrega de su propia vida. Por ello, su invitación no es de memoria, sino que está basada en su propia experiencia vital: "En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: hagan y cumplan todo lo que les digan; pero no hagan lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame 'rabbí'. Ustedes, en cambio, no se dejen llamar 'rabbí', porque uno solo es su maestro y todos ustedes son hermanos. Y no llamen padre de ustedes a nadie en la tierra, porque uno solo es su Padre, el del cielo. No se dejen llamar maestros, porque uno solo es su maestro, el Mesías. El primero entre ustedes será su servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido". La transformación a la que nos llama el ser discípulo de Jesús es verdaderamente comprometedora. Y es tremendamente exigente. Pero es a la vez muy compensadora, pues nos asegura el avanzar por el camino de nuestra felicidad al estar haciendo lo que Dios quiere de nosotros, para lo cual nos ha creado, y que tendrá como consecuencia final nuestra plenitud ahora y en la vida eterna.

lunes, 1 de marzo de 2021

Si Dios no niega su perdón, tampoco nosotros podemos negarlo

 Con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros - ReL

La verdad fundamental de nuestra fe y la noticia más feliz que podremos escuchar jamás es que Dios nos ama. Y la teología más básica afirma que Dios es inmutable, es decir, que nunca cambia. Su esencia es la del amor y por lo tanto, esa esencia será la suya eternamente. Dios es amor ahora, y lo será siempre. Ese amor de Dios ha demostrado ser muy versátil. Tan pronto es infinito hacia dentro de sí, viviendo plenamente la satisfacción de amarse a sí mismo, sin necesidad de más nada, no en el sentido narcisista en el que podemos entenderlo erróneamente según los criterios humanos, sino en el sentido de vivencia mutua en el amor eterno autosatisfactoria, pues la Santísima Trinidad vive la experiencia del amor perfecto que no necesita ser complementado con nada. Tan pronto se hace activo hacia fuera cuando decide hacer que todo lo que no es Él exista y sea también objeto de su amor, sin tener necesidad de nada de eso, pues podríamos decir que es un amor distinto que no tiene final en sí, sino en el hombre, la criatura para la cual lo creó todo y al que quería favorecer con los dones de su amor. Ese amor, así como el de la propia intimidad, es un amor eterno, que nunca cambiará, pues en él se sostiene la cualidad de inmutabilidad de Dios. Si Dios amó desde el principio, amará eternamente. Además, a esto es necesario agregar que los dones de Dios son irrevocables, es decir, nunca se decidirá a dejar de donarlos. Todos los regalos que Dios nos ha dado, los mantiene eternamente. Nunca dejará de darlos. Por lo tanto, el amor que nos ha dado jamás dejará de ser nuestro. Desde el corazón de Dios brotará eternamente para el hombre el amor que tuvo desde el principio, por el cual nos creó y nos sostiene en la vida.

Ese amor de Dios, en sus diversas facetas, se transforma en amor creador, amor sustentador, amor defensor, amor misericordioso, amor justo. El mismo amor de Dios, que surge de esa fuente inagotable que Él es, toma la faceta que es necesaria en el momento para el hombre. Se transformó en compasión cuando vio que el hombre decidía transitar el camino del error y del pecado, poniéndose en contra del mismo amor, haciéndose el mayor daño y ganando el mayor perjuicio para sí mismo, pues se desconectaba de la fuente de su propia vida y de su amor, encaminándose a su condenación y a su muerte. No es eso lo que Dios quería desde su amor para el hombre. Por eso se transforma en amor que tiende la mano y da la oportunidad del arrepentimiento, haciendo claro que el único camino para la felicidad auténtica es la unión con Él y unirse con fidelidad a su voluntad de salvación. La clave de la felicidad del hombre creado para el amor es percatarse de que otro camino distinto al del amor es autodestrucción absurda. De ahí que venga el arrepentimiento, la conversión que invita a retomar la ruta justa, el acercamiento confiado e ilusionado a la fuente del amor y del perdón: "¡Ay, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos! Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra. Tú, mi Señor, tienes razón y a nosotros nos abruma la vergüenza, tal como sucede hoy a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los de cerca y a los de lejos, en todos los países por donde los dispersaste a causa de los delitos que cometieron contra ti. Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra Él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas". El mal que se procura el hombre a sí mismo con el pecado, puede ser curado por el Dios misericordioso que es inmutable en su amor y nunca dejará de derramarlo sobre el hombre, en este caso, transformado en misericordia y perdón.

En este camino de la convicción del amor misericordioso de Dios debe existir la certeza de que ese amor es para todos. No hay exclusividad. Nadie recibe más o menos, pues el amor es siempre infinito. Hay a quien se le perdona más y a quien se le perdona menos, pero ese perdón surge todo del mismo amor infinito del Señor. Basta que haya la determinación del cambio, de la conversión, del arrepentimiento y del acercamiento al único que puede dar solución a la desgracia que se vive en el pecado, lejos de Dios. Y, por supuesto, es necesario ser luego testimonios de haber sido receptores de esa misericordia infinita. El que recibe el perdón de Dios debe ser signo para todos los demás hermanos, no solo en el sentido de proclamar la verdad del amor misericordioso de Dios, sino de hacerse también instrumento de ese amor para que llegue a más hermanos, y a todos los que lo necesitan. El perdón no es una posesión exclusiva, pues todos necesitamos de él. Por ello, quien lo recibe debe también transmitirlo, convertirse en instrumento de perdón. Así como Dios no niega el perdón al que está arrepentido, tampoco puede hacerlo el que ha recibido el perdón. La forma de actuar de Dios debe ser la forma de actuar del que ha recibido el perdón, pues somos imagen y semejanza divina: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midieren se les medirá a ustedes'". No podemos negar el beneficio que hemos recibido para nuestra riqueza a nuestros hermanos. No podemos ser egoístas del perdón, cuando sabemos que Dios no se lo niega a nadie. Tampoco nosotros podemos negarlo a nuestros hermanos.