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lunes, 24 de febrero de 2020

Me lleno de ti en la oración y voy a mi mundo lleno de ti

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El contacto del cristiano con Jesús es fundamental para mantenerse vivo en la fe. No será jamás buen cristiano quien no mantiene en su corazón una actitud de sumisión y de intimidad con Aquel que es la razón de su existir. Así como su experiencia de fe se ha dado por el encuentro personal con Cristo, con su amor y su misericordia, recibiendo de Él los dones fundamentales para poder llamarse cristiano, así mismo, para poder mantener viva esa llama de aquel primer encuentro profundo que ha transformado su vida, debe estar siempre conectado con esa fuente, que es el mismo Jesús. De alguna manera Jesús mismo describió esa necesidad de mantenerse en contacto vital con Él: "Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada". Esa conexión con Jesús es, sin duda, necesaria para poder mantener la fe viva en el cristiano. Por ello, la vida de oración es absolutamente imprescindible para quien quiere vivir en Cristo. No puede existir una pretensión de mantenerse vivo en Él cuando no se "gasta" tiempo en el contacto de intimidad con Jesús. Quien esto pretenda simplemente presenciará la paulatina desaparición de su fe. La fe tiene un componente altamente afectivo que no puede ser desdeñado favoreciendo lo doctrinal o lo intelectual, en desmedro de la experiencia del amor que solo se puede vivir en el contacto vital con  Jesús, es decir, en la oración. De ella, en ese contacto íntimo y sabroso de corazón a corazón, se tendrá la experiencia profunda del amor de Dios que satisface plenamente, que permite compartir con Él todas las vivencias que se puedan tener, que llenará el corazón del consuelo que Él da ante las dificultades y los sufrimientos que se puedan tener, que multiplicará las alegrías y las compensaciones que se viven al compartirlas con Él, que inspirará misteriosamente ideas y acciones que nos sirvan para enfrentar cualquier situación que le presentemos, que nos llenará de las fuerzas que necesitamos para afrontar el día a día... La oración es un encuentro milagroso que enriquece siempre. No tener esta experiencia es despreciar lo que más nos puede compensar y es, por lo tanto, preferir mantenerse en la pobreza de poseer solo lo propio, dejando a un lado lo que Dios nos puede aportar.

En ese contacto cotidiano con Jesús en la oración obtendremos la vida que necesitamos tener para la cotidianidad. Pero en ella también consolidaremos una sociedad activa con Jesús en la cual Él, como socio principal, aportará lo que lo define como Dios: su amor, su poder, su misericordia en favor de los hombres. La oración nos irá transformando, pues estaremos abriendo las puertas de nuestro corazón para que Él venga a habitar en él y actúe desde nosotros mismos: "Vivo yo, pero ya no soy yo. Es Cristo quien vive en mí". Cuando los apóstoles sorprendidos le preguntaron por qué ellos no habían podido expulsar aquel demonio de aquel niño, Jesús les respondió: "Esta especie solo puede salir con oración". Descubrieron entonces que habían confiado solo en sus fuerzas, que no habían dado entrada al poder de Cristo que podían obtener en la oración. De la fuerza de Cristo habrían podido echar mano si hubieran sido hombres que se mantuvieran en contacto con Él, y hubieran hecho efectiva esa sociedad que se firma en la oración. Es la realidad de la absoluta debilidad del cristiano cuando no está unido a Jesús: "Separados de mí no pueden hacer nada". Si aceptamos que sin Jesús somos la debilidad en esencia, debemos asumir que unidos a Él somos la fuerza en esencia: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta". Los cursillistas de cristiandad han asumido, casi como grito de guerra, la frase de Manolo Llanos, aquel mártir cristiano de la guerra civil española, quien antes de morir bajo las armas de los republicanos, proclamó en alta voz: "¡Cristo y yo, mayoría aplastante!" La oración es, entonces, ejercicio de humildad en el que el cristiano debe reconocer la fuente de su vida, a la cual debe estar por tanto conectado continuamente, y de la cual obtendrá no solo su vida sino la capacidad de seguir adelante con su vida de fe en todo lo cotidiano e incluso en lo extraordinario que se le pueda presentar. Es la actualización en cada momento de esa presencia de Jesús que lo acompaña siempre y que hace consciente el cumplimiento de su promesa: "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". La humildad es definitivamente esencial para llevar adelante una vida de fe sólida y fortalecida en el amor.

Esa humildad fue la que mostró el padre del chico poseído. Jesús le dice: "Todo es posible al que tiene fe". Y el hombre, con la mayor humildad, reconoció ante Jesús: "Creo, pero ayuda mi falta de fe". Por ello, en la oración se obtendrá la mejor de las sabidurías. No la del que se enriquece con infinidad de ideas tomadas de la mejor doctrina posible y enriqueciendo solo su intelecto. Es la sabiduría que da el sabor de Dios e impregna todo el ser del cristiano. Que por supuesto llena también de razonamientos, pero que apunta sobre todo a la sabiduría que se obtiene en el encuentro vivo con ese Jesús que es el Dios encarnado y que derrama todo el amor que ha enviado el Padre a derramar. El que ora se llena del sabor de Dios y se hace sabor de Dios para todos, haciéndose poseedor de la mejor y la verdadera sabiduría. Cuando no se da esa conexión íntima y humilde con Dios en la oración, la sabiduría no es la de Dios: "Si en el corazón ustedes tienen envidia amarga y rivalidad, no presuman, mintiendo contra la verdad. Esa no es la sabiduría que baja de lo alto, sino la terrena, animal y diabólica. Pues donde hay envidia y rivalidad, hay turbulencia y todo tipo de malas acciones". Por el contrario, unidos a Jesús en la intimidad del encuentro con Él en la oración, viene a llenarnos esa sabiduría que viene de lo alto y nos da la mayor riqueza: "La sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, intachable, y además es apacible, comprensiva, conciliadora, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera. El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz". Esa sabiduría nos hace poderosos porque es la que ha abierto el corazón en la oración para la entrada de Jesús a nosotros, la que firma la sociedad en la que somos los más beneficiados, la que hace que desde nuestro ser Jesús actúe y realice sus maravillas, la del Dios que ha venido a salvarnos, a llenarnos del amor de Dios, a enfrentar con bríos siempre renovados nuestra cotidianidad y todos los acontecimientos ordinarios y extraordinarios que vivamos.

domingo, 23 de febrero de 2020

Pertenezco a Cristo, por lo que soy santo y debo vivir como un santo

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El cristiano no es un hombre cualquiera. Dentro de la normalidad de la vida, igual que cualquier otra persona del entorno, vive una realidad distinta en la que los valores, las virtudes, los principios que lo motivan, son muy superiores, pues apuntan a una espiritualidad profunda, a una huida de la superficialidad, a una mirada más elevada. No se queda simplemente en la persecución de metas pasajeras o temporales, sino que apunta a una meta trascendente que apunta a la eternidad. Tiene que ver con su vida cotidiana, pues es en ella en la que sembrará la semilla que cosechará abundantemente cuando haya terminado su periplo terrenal. El hecho de que tenga su mirada en la eternidad no lo desconecta de su realidad cotidiana. Al contrario, lo hace pisar más firmemente en ella, pues todo lo que vive aquí y ahora debe reflejar esos valores que lo motivan profundamente. Si no es así, su cosecha no será fructífera. Por eso, es en esta realidad en la que debe mostrar que no es uno más del montón, sino que se diferencia precisamente porque tiene una meta muy superior que es la que lo motiva. El cristiano es ese que vive lo ordinario con un tinte extraordinario. Es ese que por tener valores superiores impregna todo su existir, su cotidianidad, con la profundidad de aquello que es lo más importante para cualquiera, que es la búsqueda del sentido de una vida que no se acaba en la realidad que está a la vista, sino que no tiene fin. Es ese que comprende que esta vida es una etapa de una vida que nunca se acaba, y que tiene una realidad futura que le da su peso y su sentido. Por ello, aun cuando vive lo absoluto del amor que salva, de la unión con el Dios que da la vida y que es providente y misericordioso, de la fraternidad que marca la vida en unión con todos los miembros de la comunidad, sabe que debe revestir esa cotidianidad con las ropas de la relatividad, pues todo pasará y se acabará para dar paso a la vida eterna que será la que persistirá y quedará establecida permanentemente. Los logros que haya alcanzado en esta vida, las metas que haya superado, son las que servirán como billete de entrada a esa vida eterna, por lo cual tienen pleno sentido conectados con la conciencia de que son las semillas que ha sembrado en esta vida, de la cual sacará la cosecha plenamente satisfactoria de una vida eterna feliz en el seno de Dios Padre.

Por ello, la doctrina cristiana que sustenta la experiencia vital, insiste en la fijación de la santidad como meta existencial. El mismo Dios lo pone como exigencia: "Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo". La razón última que explica esa necesidad es la propia santidad de Dios, que es hacia quien tendemos. Hemos salido de Él y nuestra vida está dirigida a volver a Él. Por ello, en el periplo de la vida terrena, nuestra condición de santidad no será sino la confirmación de nuestra pertenencia al Dios que nos da la vida. Jesús mismo coloca esta meta de nuevo como condición de vida para el cristiano: "Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto". Santidad y perfección, en este contexto, son sinónimos. Son la misma exigencia. Los cristianos debemos actuar por encima de la normalidad. No podemos contentarnos con los mínimos que nos exige vivir el día a día, sino que debemos apuntar siempre a los máximos. Y nunca contentarnos con lo que logramos, pues la meta está cada vez más alta. La perfección no tiene límites. La santidad tampoco. Son cualidades divinas, por lo que son infinitas. Dar pasos adelante significa que siempre habrá un paso más que deberemos dar. Mucho menos podemos contentarnos con la mediocridad de quien no tiene una meta de superación. Quienes viven sin ideales superiores pasan por esta vida solo vegetando, sin la ilusión de ser mejores cada día. No se trata de ser héroes, sino de dejar que la motivación a la santidad sea el motor de la vida propia. Por eso se ve como natural la exigencia que pone Jesús. El que quiere ser realmente santo y apunta cada vez más alto, no puede contentarse con lo que haría "cualquiera". Las metas que pone Jesús no son absurdas, pues serían las propias de los santos: "Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas ... Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?" Se trata, por lo tanto, de no hacer, lo "normal", sino lo que haría un santo. Es a eso que estamos llamados. Y esa sería la "normalidad" de la vida en santidad.

Lo que nos motiva es, por lo tanto, esa meta que debe asumirse como regla de vida. Llegar a la santidad solo será una realidad si ya se camina en ella. No debe ser solo la meta, sino que debe ser también el camino. Como decía Santa Teresa de Calcuta: "La santidad no es el privilegio de unos pocos, sino la obligación de todos". Sentirse atraídos de tal manera hacia ella, que mueva cada fibra de nuestro ser, haciendo que ella sea la razón de la existencia. Para un cristiano no debería existir un estilo distinto a este. Cualquiera otra manera de vida desdiría de lo esencial del cristiano. El camino estaría marcado por la pertenencia a Jesús. Sentirnos de tal manera propiedad de Cristo que no permitamos que pueda ser añadido a nuestro ser algo que sea distinto de lo que sería de Él. Nuestra carta de identidad no es otra que la de ser hijos del Padre y hermanos de Jesús. Esa es nuestra gala y nuestro orgullo. Todo lo demás es pasajero y relativo. Nuestra identidad pasa por nuestra pertenencia a Jesús: "Que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es de ustedes: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios". He ahí la razón última por la que debemos ser santos, por la que debemos avanzar continuamente hacia la perfección. Nuestra pertenencia a Cristo no es, no debe ser, solo una idea romántica. Debe ser una realidad. La realidad que le da sentido a nuestra vida, la realidad que subsistirá después que hayamos terminado nuestro ciclo terrenal. Todo volverá al Padre, llevado como escabel a los pies de Cristo. Con lo cual se confirmará quién es el Rey y el propietario de todo lo que existe. Vale la pena, por lo tanto, que eso lo hagamos ya una realidad hoy y aquí, de modo que al pasar de este mundo al Padre, lo que haga nuestro Dios con nosotros sea simplemente una confirmación de lo que ya hayamos vivido aquí y ahora.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Actúas con el mismo amor en lo ordinario y en lo extraordinario

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Las acciones de Dios en la historia humana son continuas. Es natural que así sea pues Él es el Creador, la razón última de la existencia de todas las cosas, el sustentador de todo, quien provee de todos los beneficios y de todo lo necesario para la existencia cotidiana del hombre y de todos los seres surgidos de su mano poderosa. Si Dios dejara de tener presente en su mente y en su corazón lo que Él mismo ha creado, todo desaparecería instantáneamente. Todo se mantiene en la existencia porque sigue estando en la mente y en el corazón del Dios creador y sustentador. Así, vemos a Dios como un verdadero obrero, como un artesano. Desde el primer instante en que se inicia la obra creadora, lo vemos planificando, ordenando, proyectando. A todo le va dando un orden único y exclusivo. A todo le va dando un fin y un objetivo concretos bajo los cuales debe desarrollar su existencia. Todo va teniendo su propia hoja de ruta según la cual deben estar imperadas las razones de su existencia y de la que nunca podrá desprenderse, por cuanto significaría el fin de la razón de su existir. Por ejemplo, si el sol dejara de brillar todos los días, si no marcara en su periplo el principio y el fin del día o de las estaciones, si no sirviera junto a la luna para marcar las pautas para las siembras y las cosechas, ya no tendría ninguna razón de ser. Solo esa "programación" natural que Dios ha impreso en la existencia de cada uno de los seres surgidos de su mano, sirve para concluir que Él es el sustento imprescindible y necesario, sin el cual nada tiene razón de existir, y que de no estar siempre presente en Dios, desaparecería inexorablemente. Y en el momento de la creación del hombre, Dios ya no solo es el que da la orden majestuosa de su existencia, sino que llega a hacerse el alfarero que toma en sus manos el barro noble del cual surgirá su criatura predilecta, con lo cual denota la superioridad que alcanza el sentido de la existencia de la raza humana sobre todo lo creado previamente.

Las acciones de Dios, todas ellas, sin dejar ni una sola por fuera, son realizadas para el bienestar del hombre. Sean ellas ordinarias, cotidianas, naturales, respuestas de la providencia divina y de la hoja de ruta natural impresa por Dios en todos los seres de la creación; o sean maravillosas, portentosas, superadoras del orden natural; todas, sin excepción, apuntan al bienestar de la humanidad. Ninguna acción de Dios es neutral. La gracia de Dios actúa en lo cotidiano y en lo maravilloso. Dios actúa en la periodicidad de la sucesión del día y de la noche, en el surgimiento del oxígeno que fabrica generosa la planta para la respiración de todos los seres vivientes, en el transcurrir pacífico o torrentoso de las aguas de los ríos, en la lucha por la vida de todos los animales, en la acción callada y silenciosa de los insectos que posibilitan procesos que resultan tan esenciales para el sostenimiento de nuestra vida que ni siquiera podemos imaginarnos... Sigue actuando en la obra que realiza el obrero que presta su esfuerzo para que aquello que hace tenga una repercusión social inobjetable, cuando trabaja para que llegue la electricidad a nuestros hogares, cuando se esfuerza para que de las tuberías de nuestros hogares surja generosa el agua para nuestro sustento, cuando trabaja en las noches y madrugadas interminables para que tengamos el diario que nos trae las noticias... Todo está sondeado por esa presencia amorosa y providente del Dios que nos ha hecho existir y que se sigue preocupando de nosotros hasta en lo más sencillo y cotidiano. Y cuando es necesario actuar maravillosamente, no duda en hacerlo, como en el caso de Abraham, sostenido en su salida hacia la tierra prometida; en el caso de Noé, salvado con su familia y sus animales de las aguas del diluvio; en el caso de Moisés, apoyado por su poder infinito para la liberación de la esclavitud de Israel en Egipto; en el caso de las acciones portentosas realizadas por los profetas para sustentar con la autoridad divina sus palabras... Y, por supuesto, más portentosamente aún se da su actuación en todo lo que se refiere a la preparación del cumplimiento de la promesa hecha por su amor de rescatar al hombre de la penumbra y de la muerte por el pecado. Son los signos por los cuales nos va haciendo entender y asumir lo que sucederá al fin de los tiempos, con el envío del Redentor. "Miren, la virgen está encinta y dará a luz a un hijo, al que pondrá por nombre Emmanuel, Dios con nosotros". Los embarazos portentosos del Antiguo Testamento y del umbral del Nuevo, son ya prefiguración de la maravilla de la que seremos testigos.

Los anuncios de la generación de Sansón: "Eres estéril y no has engendrado. Pero concebirás y darás a luz un hijo. Ahora guárdate de beber vino o licor, y no comas nada impuro, pues concebirás y darás a luz un hijo. La navaja no pasará por su cabeza, porque el niño será un nazir de Dios desde el seno materno. Él comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos", y de la de Juan Bautista: "No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría y gozo, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos hijos de Israel al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, 'para convertir los corazones de los padres hacía los hijos', y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto", son clara señal del involucramiento del Dios salvador en la historia del hombre creado por su amor, que debe ser gloriosa. Si actúa generosamente en lo cotidiano en favor del hombre con su providencia amorosa, lo hace aún más radicalmente en lo que se refiere a su salvación. Si hay que demostrar su poder, lo hará sin dudarlo un solo instante. Lo que quiere Dios es que quede bien claro su amor por su criatura, que lo llevará ya no solo a planificar una vida llena de sus beneficios, sino a emprender el camino portentoso de su rescate con la encarnación de su Hijo, al que nos regala tierna y amorosamente para que recibamos su amor hecho rescate, redención y salvación.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Acercarse al Misterio... con humildad

Somos hijos de lo tangible. Para nosotros, hombres del S. XXI, la realidad se acerca hecha ya evidencia. Al extremo de que tenemos mentes prácticamente positivistas, pues en nuestra cotidianidad aceptamos como real sólo aquello que podemos tocar, que podemos experimentar, que podemos ver con nuestro propios ojos. Somos herederos de aquel Santo Tomás, que dijo: "Si no lo veo, no lo creo..." En cierto modo, esta actitud tiene su punto positivo, pues nuestra corporalidad exige lo corporal. Y así nos creó Dios, seres materiales, que necesitamos de lo material, de lo tangible, para existir. Nuestra materialidad se sustenta en lo material. Y Dios ha provisto que eso esté bien cubierto para todos. Al crearnos en el último día de la creación, ya había hecho el mundo que sustentaría nuestra existencia. Y lo colocó en nuestras manos para que viviéramos holgadamente. Nos creó como último ser existente y nos colocó en el primer lugar, poniéndonos en el centro y dándonos todo lo anteriormente creado para que lo domináramos... Todas las cosas creadas fueron puestas a nuestro servicio.

El pecado del hombre consistió en el trastocamiento de ese orden establecido por Dios. De servirnos de lo creado, pasamos a servir a lo creado. De ser reyes de lo existente, pasamos a ser esclavos de ello. Los Obispos en Puebla lo resumieron perfectamente: "El pecado mortal consiste en absolutizar lo no absolutizable". Hemos hecho absoluto lo que es relativo, sustituyendo al único Absoluto, a Dios. Y al absolutizar aquello, nos hemos puesto a servirle y a adorarle, descentrándonos completamente y coloreando nuestra vida con el absurdo. Dejar de absolutizar a Dios, el único Absoluto, ha quitado el sustento de la vida, el más sólido, el incólume, el único que le daba estabilidad. Al colocar como fundamento de nuestras vidas lo mutable, lo relativo, nuestra vida está sometida a los cambios, a la relatividad total, a la mutación continua. Hemos preferido la inestabilidad a la estabilidad y la solidez..

Y en esta locura en que hemos convertido nuestra vida, nos hemos creído que estábamos haciendo lo mejor. Hemos escuchado la voz de la serpiente que sedujo a Adán y Eva, creyendo que desvinculándonos del Absoluto, podríamos a llegar a ser como Él, y que estaríamos a su misma altura. La realidad es que no hay más Absoluto. Que por más que lo relativo, incluyéndonos nosotros mismos, se empeñe en hacerse absoluto, no tiene esa capacidad. Lo inferior jamás tendrá la capacidad propia de hacerse superior por sí mismo, a menos que Aquello superior se la done y lo haga encumbrarse por encima de sí mismo. Esto último fue lo que pasó en la Redención. El Superior, Dios mismo, el Esencialmente Absoluto, dio a lo relativo, es decir, al hombre, la capacidad de hacerse como Absoluto, como Dios, en el arrebato máximo de amor. Nos ha elevado a su categoría divina al redimirnos, nos ha hecho morada suya, nos ha identificado con Él, regalándonos la categoría divina. Por eso, Pablo pudo decir: "Vivo yo, mas ya no yo, es Cristo quien vive en mí". Es un reconocimiento que nace, no en la jactancia de lo que se ha logrado por sí mismo, sino en el reconocimiento de lo que se ha logrado gracias al don que Dios nos ha regalado y ha colocado en nosotros...

Por eso, para llegar a estas alturas en las que el hombre siempre ha querido estar, paradójicamente, es condición indispensable, reconocerse incapacitado de hacerlo. Es necesario acercarse con humildad a ese misterio que es Dios, reconociéndose infinitamente inferior a Él y totalmente necesitado de su don para llegar a hacerse uno con Él. También lo entendió perfectamente Pablo al decir: "Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque entonces residirá en mí la fuerza de Cristo". La única manera de hacerse como Él es reconocerse incapaz de serlo. Es la paradoja de lo Absoluto, puerta de entrada para la concesión amorosa de la capacidad que no se tiene...

Nos acercamos con reverencia al misterio de Dios, reconociendo que nuestro ser no es sólo material. Que hemos sido creados también seres espirituales. Reconocemos que nuestra realidad no se agota en esta cotidianidad, sino que se eleva infinitamente cuando se desprende del "peso" de lo material que le impide su vuelo. Reconocemos que somos cuerpos espirituales o espíritus encarnados, es decir, que poseemos lo mejor de ambos aspectos, de ambas realidades, porque así nos lo ha querido conceder nuestro Creador... Pero reconocemos también que el disfrute pleno de nuestra realidad corporal y espiritual está en el mantener en perfecto equilibrio a las dos. En que sepamos servirnos de lo tangible con la objetividad necesaria para poder discernir y concluir que ello debe elevarnos hacia Dios, hacernos progresar, hacernos mejores, hacernos profundizar en nuestra condición de seres comunitarios. En que sepamos elevar nuestra mirada añorando lo superior, la vida eterna feliz, el abrazo interminable e infinito en el amor con nuestro Dios... El perfecto equilibrio se dará exclusivamente cuando sepamos tener los pies bien puestos sobre la tierra, sirviéndonos de todo lo creado, amando a Dios y a los hermanos, pero elevando nuestra mirada a lo trascendental, a lo eterno, a lo superior, añorando ese futuro para vivirlo eternamente...

Nos acercamos a ese misterio que es Dios. Es el misterio de la Jerusalén celestial, de la Ciudad de Dios, que empezamos a construir, ladrillo a ladrillo, en el día a día, en el aquí y el ahora. Es el misterio que resumirá toda nuestra vida y la colocará a los pies de nuestro Dios. Es el fruto de nuestra humildad, del reconocimiento de que lo tangible, siendo esencial para nuestras vidas, es sólo esencial cuando hacemos consciente su relatividad. Las semillas que sembremos ahora, con consciencia, con humildad, con denuedo, con inmenso amor, darán sus frutos en el futuro. Y será cosecha de eternidad sólo si somos humildes, reconociendo que eso tangible es necesario, pero no absoluto...

Aunque seamos hijos de lo tangible, somos más hijos del Absoluto. Viviendo en medio de lo material, apuntamos a lo espiritual, a lo eterno, a lo intangible. Necesitando de lo temporal, nuestra meta es la eternidad. No entorpezcamos nuestro itinerario, absolutizando lo que no es absolutizable, aunque sea importante...