viernes, 6 de noviembre de 2020

Jesús quiere que seamos sabios ante el mal, no ingenuos

 Los hijos de este mundo son más astutos (…) que los hijos de la luz | Hijas  de María Auxiliadora – Salesianas Antillas

Hay evangelios que sin duda llaman mucho la atención. En cada una de las enseñanzas que Jesús quiere trasmitir busca que cada discípulo suyo tenga un entendimiento claro de lo que quiere enseñar y que debe ser aceptado y asumido para vivir esa novedad que Él ha venido a traer y que quiere que sea la marca de la nueva vida de los que vayan a ser los suyos. De allí que la intención primera es la de presentar la aceptación de su voluntad como punto esencial, que está sobre todo marcada por su amor. No se trata de una imposición forzada o simplemente autoritaria de quien tiene el poder, sino que está basada sobre todo en la búsqueda del disfrute de la bondad, de lo mejor, pues en su infinita sabiduría, nadie más que Él sabe mejor lo que enriquece de verdad al hombre y lo que será mejor para él. No hay que entender, por lo tanto, la indicación que hace Dios simplemente como el empeño de confirmar su poder sobre el hombre, sino como el movimiento natural de su amor, que no solo se ha ocupado de crearlo, de sostenerlo y de poner en sus manos todo lo necesario para facilitar su vida terrena, sino que ha asumido como parte de su tarea creadora y sustentadora la presentación del mejor camino, la iluminación a su experiencia de vida, para que ella sea en sí misma no un simple vivir, sino un vivir mucho mejor cada vez. El compromiso de Dios no se acaba con la creación y la sustentación, sino que, como buen Padre, procura para sus hijos una vida mejor cada vez, que apunte a su progreso humano, que logre que el mundo sea mejor para todos por su obra comprometida, y que se aplica también a la procura de lo eterno como meta final deseable y plenificante para él y para todos. No es una tarea sencilla, por cuanto el empeño de creación de Dios ha pasado antes por la donación de las capacidades humanas, surgidas de sus propias capacidades divinas, que correrán siempre el riesgo de ser utilizadas equivocadamente, por lo cual Él sale al paso iluminando los caminos para que el hombre no desbarre en ellos. El amor de Dios es arriesgado, pero Él está siempre bien dispuesto a correr el riesgo, por cuanto ese amor se sobrepone a todo, y tiene más interés en servir a su criatura que en impedir su desarrollo. La meta final para todos es la llegada al disfrute en plenitud de esos regalos de amor, asumiendo que todo nos ha sido donado para desarrollar nuestra vida de acuerdo a las capacidades amorosas que nos han sido concedidas, pero con el objeto de que ellas nos hagan crecer en perfección humana y cristiana y nos hagan dirigirnos con pisada firme a nuestra plenitud y nunca a nuestra destrucción.

En ese caminar, Jesús insiste en lo que debe siempre servirnos bien para caminar de acuerdo a su intención de amor. Particularmente llamativa es su invitación a huir de la inconsciencia en la que se asume todo como solo un absurdo de falta de atención y de vigilancia ante el mal. El mal sigue actuando incluso por encima de ese bien que Él quiere sembrar y seguir haciendo llegar a los hombres. Nos llama Jesús a la vigilancia continua y a la ausencia de confianza inconsciente. Es emblemática su invitación a vivir en la doble vertiente de la humildad y la astucia: "Sean, pues, astutos como serpientes y sencillos como palomas". No se puede desdeñar la sabiduría del mal viviendo inconscientemente como si nunca nos alcanzará. La astucia, entendida de esa manera, es parte de la vida cristiana, pues nos invita a la vigilancia ante el mal, a la defensa de nosotros mismos y de los nuestros, a la adquisición de la fuerza necesaria, que al fin y al cabo es la fuerza divina que siempre nos respalda sólidamente. Por eso es muy interesante lo que nos enseña Jesús, al invitarnos a abandonar la excesiva inconsciente inocencia y la ingenuidad, pues podrían ser luego causa de daños indeseables que pudieron haber sido evitados: "Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: '¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando'. El administrador se puso a decir para sí: '¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa'. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: '¿Cuánto debes a mi amo?' Este respondió: 'Cien barriles de aceite'. Él le dijo: 'Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta'.  Luego dijo a otro: 'Y tú, ¿cuánto debes? Él dijo: 'Cien fanegas de trigo'. Le dice: 'Toma tu recibo y escribe ochenta'. Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz". La añoranza de Jesús es que todos seamos buenos. No alaba la injusticia del mal y la actuación fraudulenta del injusto. Alaba la actuación astuta que evita el daño propio. La finalidad es una buena defensa ante el mal y ante la injusticia y la defensa del bien propio y el de los demás. El bien debe ser procurado por todos los medios justos para nuestros hermanos. Y en eso debemos poner el máximo empeño.

En ese línea de la búsqueda del bien por encima de todo, en la defensa ante el mal que pretende hacer daño no solo al individuo, sino a la comunidad, debe activarse en nosotros esa astucia cristiana que nos invita a la vigilancia. La ingenuidad y la inocencia cristiana deben ser bien entendidas. Es también una invitación firme de Dios y de Jesús para todos el que adquiramos cada vez más firmemente la bondad como nuestra marca de fábrica, pues el cristiano es el hombre del bien y del amor. Cuando Jesús nos invita a la astucia y a la actuación sagaz como la de los hijos de las tinieblas, no nos está llamando a abandonar esa bondad que debe ser nuestra marca. Nos está llamando a la astucia propia de la fe, que apunta también a no desdeñar la vigilancia necesaria, dejando a un lado la ingenuidad absurda propia de los inconscientes. Ni siquiera los mártires vivieron en esa inconsciencia cuando eran perseguidos para ser asesinados. Asumieron la muerte por Cristo como un momento final de bendición y de testimonio póstumo de su amor a Él, pero no buscaron la muerte irresponsablemente. Por ello la insistencia de San Pablo tiene sentido cuando nos llama a vivir la plenitud de la fe, radicándonos esencialmente en nuestro cambio de vida por el amor a Jesús: "Hermanos, sean imitadores míos y fíjense en los que andan según el modelo que tienen en nosotros. Porque —como les decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos— hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manténganse así, en el Señor, queridos". Para San Pablo está más que claro que la vida cristiana tiene una novedad radical que la llena de sentido pleno. Es la definitiva entrega a Jesús en la radicalidad, que hace que todas las cosas sean nuevas y buenas. Esa novedad de vida en Jesús llena todo de solidez y de entrega y no desdeña nada de lo que ofrece. Hay en Él esa nueva vida que aplica a todo, a lo cotidiano y a lo eterno, a la búsqueda de que todos conozcan a Jesús y se conviertan en sus seguidores, al anuncio de la salvación y del amor a cada hombre de la historia, a la aceptación de la novedad de vida que lo llenará todo y dará una nueva perspectiva de vida que hará todo nuevo. Incluso a la asunción de esa vida que se presenta como altamente atractiva pues no nos desconecta de la vida cotidiana sino que nos incrusta con más fuerza en ella, haciéndonos fuertes en su seguimiento y astutos en la búsqueda del bien, huyendo con premura de todo lo que nos puede hacer daño y destruir en nuestro empeño de llegar a la plenitud.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Hemos sido hechos capaces por Dios y para Dios

 ROMPAMOS LAS MEDIDAS: domingo 24C - Juan Carlos de la Riva - Revista de  Pastoral Juvenil

Cuando los hombres nos enorgullecemos tontamente de nuestros logros personales, atribuyéndonos a nosotros mismos los méritos de lo que vamos alcanzando, sin colocar nuestro orgullo en la razón verdadera que va haciendo posible que se den, de alguna manera estamos robando esa razón a quien de verdad la tiene toda. Ciertamente los hombres somos capaces de inmensas realizaciones. Lo asegura incluso nuestro mismo origen, que está en el amor divino, del cual hemos surgido portentosamente, y que nos ha colocado en ese primer lugar que nada nos arrebatará, y que nos ha hecho similares a quien es la causa de nuestra existencia, llenándonos de sus mismos atributos de inteligencia y voluntad, de libertad, de poder y de amor. Somos capaces de inmensos logros, nuestra inteligencia y nuestra voluntad son capaces de extraordinarias metas y de infinitos logros. Lo ha demostrado el hombre desde el inicio de su existencia, en la cual ha hecho avanzar al mundo, lo ha hecho más habitable para todos, ha hecho que los avances científicos y tecnológicos sean cada vez más llamativos, los ha colocado a la mano de los que los necesiten. Sin duda, esos avances han demostrado y han dejado claro que el hombre ha sido hecho y ha sido colocado por Dios para avanzar cada vez más. Y lo ha hecho con creces, haciendo que esa intención divina llegara a estar bien cumplida. Pero en muchas ocasiones el hombre ha llegado a considerarse el único artífice de tanta bondad, atribuyéndose a sí mismo todo el mérito, perdiendo la perspectiva de ser receptor de los beneficios, por el amor inmenso que el Dios Creador ha derramado sobre él. Si el hombre ha logrado tantas realizaciones lo ha hecho sin duda por la capacidad que tiene, pero no debe perder la perspectiva de que todo es una donación de Dios que lo ha hecho capaz de ello. Todos estamos llamados a superarnos, dando al mundo lo que le debemos, pero nunca debemos asumir que nuestra propia fuerza sea suficiente, sin dar a quien lo posibilita, que es Dios y su amor, el reconocimiento de hacerlo posible. La creación es un canto de amor de Dios, en la cual ha colocado su mejor empeño, procurando que ese universo sea mejor, haciendo del hombre su primer socio, y en manos del cual ha destinado el avance de los logros que harán a ese mundo mejor y más hermoso, y procurándose a sí mismo los mayores beneficios, para su propio disfrute y el de todos los hombres.

Es por ello que en el camino de nuestra fe es necesario hacerse cada vez más consciente de la justa asunción de las propias capacidades, siendo capaces de dar a quien corresponde realmente el reconocimiento, asumiendo que todas las bondades que poseemos y que somos capaces de originar, siendo prerrogativas humanas por la capacidad que nos ha sido regalada, no tienen un origen distinto que el del mismo Dios que nos ha bendecido con ellas. En ese camino duro de conversión que vivió San Pablo, entre esas durezas que tuvo que vivir y asumir, estuvo el hacerse consciente de su periplo humano, incluso de la fe en la cual se había desarrollado, que tuvo que asumir, no en una gloria que debía darse a sí mismo, sino entendiendo que todo le venía incluso como donación divina, en la que tuvo que entender que esa gloria, incluso la religiosa de la que se jactaba, no valían de nada, si no daba el reconocimiento real a quien era el que estaba convocándolo a ser suyo: "Los circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu de Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Aunque también yo tendría motivos para confiar en ella. Y si alguno piensa que puede hacerlo, yo mucho más: circuncidado a los ocho días, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprochable". San Pablo, en su experiencia personal de fe, tenía sobrados motivos para sentir el orgullo humano, pues su camino llegó a realizarlo llenándose de la satisfacción, incluso justificada sobradamente, de ser supuestamente fiel y servidor del Dios Yhavé. Pero Dios, apuntando a lo que estaba llamado a ser en el futuro, como apóstol de Jesús en aquella Iglesia naciente y figura principal de la Iglesia no solo de ese tiempo primero sino para la que vendría luego en toda la historia, le hizo asumir de manera más que clara dónde debía colocar su orgullo y hacia dónde debía apuntar el deseo de ser verdaderamente fiel y servidor de todos, vaciándose totalmente del orgullo egoísta que destruía toda su convocatoria apostólica: "Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor". Teniendo extraordinarias dotes humanas, que finalmente puso al servicio de la Iglesia y de cada cristiano, lo colocó todo en la justa perspectiva. Todo lo que poseía era para Dios y para el servicio a la Iglesia. Y sabiendo que había sido enriquecido con dotes extraordinarias, las reconoció como dones divinos que debían ser puestas al servicio de todos.

Al fin y al cabo es el mismo reconocimiento que nos invita a hacer Jesús, cuando nos reconocemos solo de Él. Nosotros somos como aquella oveja que se pierde o aquella moneda que no se encuentra. En el reconocimiento de la necesidad de estar en las manos de Jesús estará nuestra posibilidad de ser recuperado por su amor. Cuando nos colocamos en el exclusivo reconocimiento de nuestro valor, que al fin y al cabo es fruto de un orgullo absurdo e inexistente, nos hacemos como aquella oveja que se pierde, lo que nos coloca en la necesidad de esa acción divina que nos buscará para colocarnos de nuevo en el sitio que corresponde a quienes dan el reconocimiento al mismo Creador. Jesús es el artífice de los que se ponen delante de Dios y hacen su reconocimiento del valor propio de lo que han recibido, pero que son muy conscientes de que sin la donación amorosa de parte de Dios de las propias capacidades, son absolutamente nada. El gozo de Dios está no solo en hacernos capaces de sí, con las cualidades con las que nos ha enriquecido, sino en el reconocimiento que hagamos de Él como nuestro artífice al, que debemos dar todo nuestro reconocimiento, pues su regalo es el que hace posible nuestras realizaciones. La oveja perdida que se ha recuperado y la moneda que se ha encontrado, somos los cristianos que nos sabemos favorecidos por Dios, que asumimos nuestra tarea en el mundo con gozo y alegría, que sabemos que el mundo será mejor con nuestra responsabilidad, y que todo lo hacemos en la conciencia clara de que todo es beneficio de Dios que nos ha hecho sus socios y nos ha puesto la misión de llevar adelante toda la obra de bien y de amor que Él ha previsto para todos. "¿Quién de ustedes que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: '¡Alégrense conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido'. Les digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: 'Alégrense conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido'. Les digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta". Ese reconocimiento es el que debemos hacer cada uno de nosotros. Somos la oveja recuperada y la moneda encontrada. Reconocemos a nuestro Dios como el artífice de nuestras capacidades. No nos damos a nosotros el reconocimiento. Nos sabemos capaces de hacer un mundo mejor, pero conscientes de que es el mismo Dios quien nos ha hecho capaces.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Toda la vida debe estar marcada por ser de Jesús y vivir su amor

 Radio Encuentro en el Valle - Lucas (14,25-33): Aquel que no renuncia a  todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Nuestra vida de fe debe tener un desarrollo en lo humano que la haga ser valorada no solo como algo que se espera en lo futuro, sino que se vive ya, aquí y ahora, marcada por la experiencia cotidiana de la presencia de Dios en cada aspecto de la vida y por la solidaridad humana y espiritual que lanza a los demás. Con frecuencia se comete el error de colocar ambas realidades en modos tan contradictorios que al discernirlas desde fuera resultan realidades completamente distintas e incluso opuestas, que no tendrían nada que ver la una con la otra. Fácilmente se justifica la conducta diversa entre una y otra. Incluso nos permitimos casi ser dos personas distintas. Una sería la que se comporta en las cuestiones de fe de modo incuestionable, teniendo una vida de oración firme, de experiencia sacramental enriquecedora, incluso de testimonio laical en la vida pastoral de la Iglesia entregándose con solidez en eventos testimoniales como la catequesis, las charlas, el auxilio litúrgico u otros servicios eclesiales. Son en general bien valorados por la comunidad que aprecia su interés en esas actividades. Pero a la par, en la misma persona, se presenta una incongruencia brutal con su vida ordinaria, fuera de la vida de la Iglesia, en la que se permiten absolutamente todas las licencias, que no son las propias de una persona de fe: materialismo radical, hedonismo desenfrenado, abusos del licor y de otros vicios, desenfreno sexual, deshonestidad en el trabajo, egoísmo e indiferencia ante las necesidades de los hermanos más desfavorecidos. Es tan frontal la diferenciación de ambas conductas que se llega al punto de preguntarse si se está tratando de la misma persona. Son muchos los cristianos que viven en esta dualidad de vida, algunos llegando incluso al punto de justificarse diciendo que una cosa es la vida de la fe y otra la vida cotidiana. Muchos lo hacen sin sonrojo, llegando a pensar que son muy buenos, pues de vez en cuando hacen alguna oración, van a alguna misa ocasionalmente, alguna vez dan una limosna. Y luego, en su vida cotidiana viven la lejanía más olímpica delante de Dios y del amor. Los extraños actos puntuales de fe son casi entendidos como un favor que se le está haciendo a Dios, que estaría con eso muy feliz de que al menos se acuerden de Él ocasionalmente. En general, esta conducta no es la más frecuente. Son casi caricaturas de la realidad. Pero lamentablemente no son del todo extrañas en muchos. La tentación de vivir en esa dualidad es dolorosamente muy común, y a muchos los atrae y son conquistados por esas formas. Ciertamente nuestra fe no nos llama a la mojigatería, pero sí nos anima la fidelidad a Dios y al amor a los hermanos, en medio de lo que ordinariamente podemos vivir.

San Pablo insistió mucho siempre en esa fidelidad de vida que debía caracterizar a los cristianos, no como realidades diversas que debían ser asumidas solo en lo cotidiano, sino como manifestaciones reales que debían estar presentes en el día a día de cada cristiano: "Trabajen por su salvación con temor y temblor, porque es Dios quien activa en ustedes el querer y el obrar para realizar su designio de amor. Cualquier cosa que hagan sea sin protestas ni discusiones, así serán irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual ustedes brillan como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida". La primera preocupación debe ser, por tanto, la aplicación a la propia salvación, como el más grande de los regalos que ha puesto Jesús en nosotros. La expresión usada por San Pablo, "con temor y temblor", nos habla del apremio con el que debe ser asumida esta vida, que es exigente. Se trata de no vivir en una realidad que nos excluya de lo que se vive ordinariamente, sino de asumirla como parte primordial. No es una vida distinta a la que vivimos aquí donde haremos buena nuestra fe. En ello se incluye todo lo que significa vivir: lo familiar, lo laboral, lo fraterno, la diversión. No se pide vivir fuera del mundo, sino de asumir que esa es la vida y que es en ella donde la fe se hará siempre presente y activa. Y todo debe ser hecho "sin protestas ni discusiones", en primer lugar, porque es el beneficio que añadimos a la vida de todos los que tenemos a nuestro lado, y en segundo lugar, porque es nuestro propio beneficio que nos favorece a nosotros mismos y nos hace vivir con mayor conciencia y solidez nuestro compromiso vital. La riqueza será de todos y también nuestra. La intención del cristiano debe ser la de colocar a los demás en el primer lugar, como consecuencia de la primacía de Dios en él. No debe darse la huida al propio compromiso. Más aún, debe ser asumido como lo que enaltece la propia vida de fe, pues al hacerlo "sin protestas ni discusiones", el primer lugar no lo ocupa él mismo, sino los demás, que son, en definitiva quienes dan sentido a toda la fe recibida y a la entrega que debe marcar el gozo de ser de Dios y de los demás.

Es Jesús quien pone el sentido pleno de lo que se debe vivir ahora. No se refiere solo a la asunción de una eternidad futura a la que estamos llamados, que nos ha ganado Él con su obra de salvación. Ciertamente aquel final al que estamos llamados será la experiencia de la plenitud a la que estamos llamados. No hay vida terrena plena de sentido si no hay contemplación de esa eternidad que se vivirá en la cual ya Dios será todo en todos, y en la cual todos estaremos viviendo la misma vida de Dios que será nuestra plenitud. Pero el mismo Jesús coloca la exigencia de que lo que vivimos hoy sea ya una experiencia personal de encuentro y de vivencia en Él. Y eso no debe faltar jamás: "Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?" La llamada de Jesús no es al desprecio de lo que vivimos ahora. Quien lo entienda así no tiene idea de lo que está exigiendo realmente Jesús. Él no es inhumano y mucho menos nos quiere a nosotros inhumanos. No concuerda con el amor que nos pide que vivamos todos cotidianamente en nuestra vida diaria el invitarnos a despreciar nuestra propia realidad. No nos pide despreciar a los nuestros ni a los hermanos con los que nos crucemos. Lo que sí desea Él ardientemente es que ninguno de ellos sea una excusa para posponerlo y dejarlo a un lado. Nada de lo que haya en el mundo podemos ponerlo por encima de Él, sea nuestra familia, nosotros mismos o ninguna otra cosa. Siendo Él el primero en todo, toda nuestra realidad estará bendecida por su presencia, y no podemos hacer de ella ese doble estilo de vida en el que podemos caer tentados. La fe no puede ser algo de conveniencia momentánea o de elección pasajera, como un traje que nos pongamos o nos quitemos según nos plazca. La fe habla de la presencia de Jesús, que nos hace sus discípulos y sus seguidores, a quien respondemos con alegría y gozo, conscientes de que esa es nuestra plenitud y nuestro gozo. Nuestra vida de fe no puede ser vivida como una añadido para las ocasiones de Dios y dejada a un lado para otras ocasiones diversas. Somos de Jesús hoy, siempre y eternamente. Nunca dejamos de ser de Él. Él nos marca y nos debe marcar siempre. No podemos vivir en algún momento para Él, y en otro sin Él. Hagámonos verdaderamente discípulos suyos y seguidores de su amor y de su salvación.

martes, 3 de noviembre de 2020

El amor de Dios es nuestro y nunca dejará de ser nuestro

 EVANGELIO DEL DÍA: Lc 14,15-24: Sal por los caminos y senderos e insísteles  hasta que entren y se me llene la casa. | Cursillos de Cristiandad -  Diócesis de Cartagena - Murcia

En el orden de la Gracia nada se pierde. Dado que "los dones de Dios son irrevocables", cada una de las donaciones de Dios hacia fuera jamás cambiarán y estarán siempre a nuestra disposición. Por eso se explica que nuestra existencia, habiendo surgido del amor eterno e inmutable del Señor, jamás podrá desaparecer. Toda la existencia es un canto de amor de Dios que ha surgido en un momento de la eternidad, y que por haber sido decisión libérrima suya, sin nada que hubiera podido hacerlo sentir constreñido a llevarla a cabo, la asumió en esa absoluta libertad que, por añadidura, es asumida como su propio compromiso de amor que jamás sufrirá mengua ni desaparecerá. La creación existe por un gesto libre de Dios, y en ella nos encontramos cada uno de los hombres, como el punto alto que quiso Dios que existiera en ella. Es el amor el que lo explica todo y es ese mismo amor el que sirve de fundamento para que el hombre, en ese centro privilegiado que Dios lo ha colocado, se mantenga como el primero y el único. Así lo decidió el amor en su origen y así se mantendrá hasta la eternidad, pues Dios no transforma nunca su decisión. Sus dones son irrevocables. Esto nos coloca en la comprensión de dos realidades fundamentales para nuestra vida como hombres de fe. Por un lado, el amor nos sostiene desde nuestra creación, pues esa libertad absoluta de Dios lo hizo salir de sí mismo para empezar a amar la realidad que es distinta de Él, que surgió de Él y que se mantiene por Él. Ya nada, por aquella decisión eterna de Dios, dejará de existir, y se encamina a la plenitud de la eternidad futura en la que la creación llegará a ser totalmente de Dios, pues Él "será todo en todos". Y por el otro lado, cada hombre es eternamente amado por Dios, habiendo sido colocado en ese centro glorioso por la voluntad amorosa y eterna del Creador, cuya elección lo hace colocarse en lo más alto del amor, lo compromete a vivir de acuerdo a ese privilegio que ha recibido, lo hace asumir ese lugar primordial en el que ha sido colocado como un compromiso de amor, del cual solo podrá salir con su expresa voluntad personal de extrañarse a sí mismo del regalo infinito que ha recibido en su existencia. Dios asumió su parte con la gallardía del amor y espera que los beneficiados no solo disfruten de su regalo, sino que se comprometan en él.

Ese don de Dios no tuvo que ver solo con la existencia del hombre, beneficiado con todo lo demás que puso Dios en sus manos para facilitare la existencia, sino que fue más allá, pues habiendo sido el hombre beneficiado por todo lo que Dios puso en sus manos, llegó el momento terrible del desprecio de la absoluta donación del Señor, dándole la espalda a su amor. El absurdo se hizo mayúsculo por cuanto el hombre llegó a despreciar todo lo que por amor había recibido, creyendo que lograba alguna ventaja, cuando en realidad estaba logrando su total perdición. Dios no le negaba nada, pues Él no puede cambiar su actuación y todos los beneficios seguían estando a su disposición, pero el mismo hombre sí había tomado su decisión despreciando al amor y caminando por rutas distintas a él. Pero precisamente como los dones de Dios son irrevocables, Él no podía transformar su amor. Ese amor no podía desaparecer, aun cuando fuera el mismo hombre el que lo rechazaba. La obra de Dios se enriqueció con la obra de rescate. El Dios que lo había dado todo por amor, y que mantenía su donación eternamente, añadía a su amor de creación, el amor de rescate, realizada con la donación más alta jamás imaginaba antes, que era la entrega del mismo Hijo de Dios: "Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre". El amor de Dios no mide, y siempre hará lo que sea necesario, pues desde el inicio de su donación ya Dios había decidido darlo todo. Y esa decisión no la iba cambiar. Si por su amor decidió crear, por ese mismo amor decide ahora rescatar y reconquistar, al extremo de hacer lo impensable, entregando al único que podía lograr la elevación recuperada del hombre, que es el Hijo de Dios que asumía la misma humanidad como tarea.

La experiencia de ese amor total se traduce en el deseo de que todo siga estando en nuestras manos. Dios ha puesto todo para nuestro beneficio. Y podríamos entender su empeño de tenernos como ese deseo de quien ama, de tener a su amado siempre a su lado, y por eso hace siempre lo que sea necesario para atraerlo. Se parece a los novios que están siempre pensando en lo que hacer para pasar más tiempo juntos, disfrutando de su compañía, de su amor, de su dulzura. El amor quiere siempre estar unido, compartir el bien mayor, convivir los buenos momentos, apoyar en los momentos necesarios, condolerse en el dolor y el sufrimiento. El amor no desdeña ocasión de manifestarse. Y hará siempre la fiesta de sí. El amor quiere siempre fiesta, aunque la ocasión no sea siempre feliz, pues en ocasiones la felicidad no se basa en el disfrute, sino en el simple compartir los momentos, con tal de estar allí siempre dándose, y dando a entender que estar es la mejor manera de amar. Por eso Jesús hace el paralelismo del amor en la invitación a la boda: "Uno de los comensales dijo a Jesús: '¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!' Jesús le contestó: 'Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados: 'Venid, que ya está preparado'". Todos estamos invitados a la fiesta del amor. Las puertas de ese amor siguen abiertas para nosotros desde que hemos sido creados. Es la decisión de Dios que nos quiere tener a su lado para seguirnos regalando su amor. Pero somos descorteses con ese amor, y llegamos a preferir otros amores menores e incluso destructivos: "Todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: 'He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor'. Otro dijo: 'He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor'. Otro dijo: 'Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir'. El criado volvió a contárselo a su señor". Aquel don irreversible de Dios queda infructuoso al desdeñar la invitación. Pero ese amor sigue siendo nuestro y sigue estando a nuestra disposición: "Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado: 'Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos'. El criado dijo: 'Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio'. Entonces el señor dijo al criado: 'Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se llene mi casa. Y les digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete'". El regalo sigue siendo nuestro. No hay cambio en Dios. Las puertas del banquete siguen estando abiertas para nosotros. Porque el amor sigue siendo el regalo de Dios para todos nosotros. Ojalá nunca lleguemos a estar tarde para vivir el gozo del encuentro con el Dios que nos ama, y disfrutemos de ese amor que es nuestro y que Él quiere que vivamos con la máxima intensidad y con la mayor alegría.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Quien nos creó para sí no dejará que se pierda ni uno solo de los suyos

 Las moradas del Padre

Una de las cosas que más inquietan al hombre es el pensamiento sobre su futuro inmediato después de la muerte. El supuesto desconocimiento de ese futuro, a muchos les crea angustia y desasosiego. Los más jóvenes viven en una condición algo distinta por cuanto esa inquietud la perciben aún muy lejana. Todavía no es el tiempo de asumir esas preocupaciones. Ya llegará el tiempo de pensar en ellas. Mientras que en los que han avanzado en edad y empiezan a plantearse la posibilidad de ese futuro que se hace cada vez más posible, la inquietud empieza a hacerse presente y a crear alguna incomodidad, aunque sea mínima. En muchas ocasiones, nuestra experiencia humana, marcada por el día a día, nos ha ido introduciendo en una mentalidad inmediatista que poco se ocupa de lo que viene en el futuro, haciéndonos asumir casi inconscientemente que toda la realidad se reduce a lo que vivimos aquí y ahora, en el día a día de lo cotidiano, sin que haya otra realidad de la que se debe el hombre preocupar. Es muy variada, por tanto, la reacción de los hombres ante una realidad que es totalmente cierta para todos. Unos, no se ocupan de ella, por cuanto ven eso aún muy lejano. O son jóvenes a los que la vida les sonría con sus regalos, por lo cual no tiene sentido dañar el momento que se vive con preocupaciones absurdas para las que ya llegará el momento. Otros, consideran la vida solo como una ocasión de disfrute, sin que exista nada más que lo que se puede vivir y disfrutar mientras tanto. No hay más allá, sino solo el más acá en el que se viva hoy, por lo cual es absurdo disponer la mente y el corazón en realidades distintas a las que se ofrecen aquí y ahora. No hay que crearse inquietudes por cosas de las que no tenemos ninguna certeza y plantean el desarrollo de una vida distinta a la del disfrute. Y existen también quienes al acercarse al ocaso de sus vidas comienzan a plantearse con seriedad una posibilidad distinta, un futuro real, una presencia en una realidad posterior a la vivida hasta ahora, Quizás han sido personas que sí han asumido esa posibilidad desde el principio y la han contemplado siempre como parte del desarrollo de la vida, viéndola incluso de manera natural y hasta con esperanza, pero que al llegar la cercanía de ese momento comienzan a sentir la inquietud de cómo será esa vida futura en la eternidad, cuestionándose sobre si han llevado bien lo que le correspondía para procurar que ese futuro eterno fuera bueno, y llegan a sentir incluso un temor doloroso que los carcome ante lo que les puede esperar.

La muerte, en sí misma, será siempre una realidad sobrecogedora. No hay duda de que lo desconocido siempre impone respeto. Los cristianos tenemos una manera de verla de modo constructivo. No es para nosotros una realidad totalmente desconocida, por cuanto en las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles siempre aparecen luces para comprender cómo será esa realidad futura. San Pablo nos enseña la verdad definitiva de lo que será nuestra vida futura: "Si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya. Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros libres de la esclavitud al pecado, porque el que muere ha quedado absuelto del pecado. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él". Nuestra vida futura está inscrita en la vida de Jesús. No tiene sentido por lo tanto, vivir en el desasosiego de quien no conoce su futuro, pues para nosotros está muy claro: El futuro del hombre está en Jesús. Y así como Él se encargó de rescatarnos de la muerte eterna al vencer nuestro pecado, lleva a plenitud su obra para que ganemos no solo la vida que nos procura con su muerte, sino también la de la victoria final que nos coloca en su propia plenitud. Jesús ha muerto por nosotros y ha resucitado para nosotros. Su resurrección es la nuestra y siendo vida en eternidad que no se acaba, será nuestra misma suerte. Por ello, al ser este nuestro camino futuro y nuestra meta, ya no hay temor. Lo único que puede haber es ilusión y esperanza en el Dios que nos ama infinitamente: "Apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza. La misericordia del Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión; al contrario, cada mañana se renuevan. ¡Qué grande es el Señor! Yo me digo: 'El Señor es la parte que me ha tocado en herencia', y en el Señor pongo mi esperanza. El Señor es bueno con aquellos que en Él esperan, con aquellos que los buscan. Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor". Esa esperanza no dejará de existir jamás, pues el Señor es bueno ahora y siempre. Y lo será con todos, principalmente, por supuesto, con los que dirigen sus pasos para ese final llenos de ilusión.

El Dios que nos ha creado por amor, para que fuéramos suyos, por lo cual jamás dejará de desear nuestra presencia delante de Él, nos marca con su amor y nos coloca en ese camino que nos conduce a la plenitud. Quien habiendo sido fiel a Dios, viviendo la expectativa de la plenitud total en la eternidad, mal puede crearse expectativas absurdas de hundimiento o de rechazo del amor. Los temores de quien sabe que su vida terrena llega a su meta no tienen absolutamente ningún fundamento, pues la única realidad futura es la de apertura de las puertas de esa eternidad gloriosa. No serán suficientes para destruir la esperanza ni siquiera las debilidades y las fallas que se pudieron haber cometido en algún momento de la propia vida, pues Jesús conoce perfectamente quienes somos y sabe que vivimos en la tendencia del pecado, pero que también sabemos de arrepentimiento y de confianza en la misericordia. Quien nos ama de modo eterno e infinito no nos lanzará a la perdición, pues les hemos costado muy caro. Él mismo nos lo asegura, haciéndonos llenar de ilusión y de esperanza en su amor: "No pierdan la calma: crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararles sitio. Cuando vaya y les prepare sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes. Y adonde yo voy, ustedes ya saben el camino. Tomás le dice: - Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: - Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí". Es la esperanza más firme y hermosa que podemos tener. Jesús no nos dejará a nuestra suerte. Nuestra suerte es la de Él, que venció y ganó para nosotros, y que nos regala su victoria para que la vivamos por toda la eternidad. No somos seres para la muerte, sino para la vida. Millones ya disfrutan de esa condición de gozo eterna. La inmensa mayoría son héroes anónimos que ya están disfrutando del gozo eterno. Algunos han sido reconocidos formalmente por la Iglesia. Pero la mayoría son anónimos que gozan de Dios para siempre. De ellos podemos llegar a formar parte nosotros. Y lo seremos. No estaremos excluidos de ese futuro. Nuestra vida se mueve en la esperanza del amor, y jamás seremos excluidos por el Dios que nos ama infinitamente y que quiere hacerlo eternamente.

MORIR, MIRAR, MORAR

En este día de los Fieles Difuntos, y habiendo vivido quizá en carne propia la realidad de la muerte de familiares y amigos, vale la pena dar un sentido de fe y esperanza a esa eternidad que nos espera a todos... Que Dios nos llene de su amor y de su gozo eterno!!!

La muerte no es el fin

Morir es mirar y a la vez es morar.
Es un simple cambio sutil de las vocales,
una mudanza de óptica y lugar,
en una escala de nubes celestiales.

Morir es mirar con vista pura y fija
lo nunca antes presente a nuestros ojos,
es mirar con la mirada limpia,
libre ya de pajas y rastrojos.

Morir es mirar la luz que nunca acaba,
es admirar paisajes de belleza sin igual,
pintados con pinceles suaves de la calma
y colores dulces de azúcar del panal.

Morir es mirar lo hermosa que es la gloria
de la que se ha escuchado sin parar,
y quedarse así, mudo, sin palabras,
en el éxtasis de un simple contemplar.

Morir es mirar ya cara a cara
al que se quiso siempre bien mirar.
Asegurar la plenitud de dicha sin escala
del amor que jamás tendrá final.

Morir es morar en nueva casa,
esa de las estancias de nunca terminar,
la que Jesús por bien Él nos regala
y abre francas las puertas para entrar.

Morir es morar en solo gran reposo
de dulzura, amor y clara realidad,
sabiendo que es lugar de puro gozo,
de toda paz y libertad sin par.

Morir es morar ya sin dolores,
sin penas, sin temores, sin angustias,
rodeado de perfumes y de flores,
en lugar sin mal ni ausencias mustias.

Morir es morar en mismo sitio
en el que amados todos los amigos
de Jesús son con fiesta recibidos,
vibrando en un solo corazón y muy unidos.

Morir es mirar y morar en nuevas tierras
dejando atrás el mar de las tristezas,
pues, sumando al mirar una más letra,
es migrar, sin el bagaje que más pesa.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Solo seremos santos eternamente si lo somos ya ahora

 Propuestas para vivir cristianamente la fiesta de Todos los Santos

La fiesta de los Santos es la fiesta de los cristianos, por cuanto nos coloca en la contemplación de la meta a la que todos estamos llamados y que todos debemos esforzarnos en vivir desde ya. Nosotros somos los santos de Dios, aquellos que fueron ya conquistados por Jesús en su epopeya salvadora. Siendo la meta definitiva de nuestra vida, es ya el camino por el que debemos avanzar. El santo no es solo el que ha triunfado ya y está disfrutando de la felicidad y del amor eterno en el cielo. Ciertamente todos esos están ya en esa condición de plenitud delante del Padre Dios, a la espera del momento final de la restitución de toda la creación, contemplando eternamente la gloria de Dios, que debe ser una realidad absolutamente inabarcable humanamente, pero añorada ardientemente, pues sin conocerla se intuye la grandiosidad que posee naturalmente. La santidad, en este sentido, siendo la meta final, debe ser ya la vida ordinaria que debemos poseer. Aquellos privilegiados que ya disfrutan de la condición estable de la santidad se han adelantado en ese caminar, han cumplido ya su periplo terreno, han logrado vencer todas las vicisitudes que se les presentaron en la cotidianidad terrena sin dejar de haber vivido y sorteado inmensas dificultades. Es el triunfo final por el que seguramente soñaron tanto y que añoraron tener después de sus esfuerzos. La santidad alcanzada es la realidad final después de una vida de lucha y de esfuerzo cotidiano. Aquellos han culminado exitosamente su camino. Ya nada les podrá obstaculizar el goce de esa eternidad feliz. Son los que han triunfado y han llegado a la meta: "'La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén'. Y uno de los ancianos me dijo: 'Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?' Yo le respondí: 'Señor mío, tú lo sabrás'. Él me respondió: 'Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero'". La santidad es, de esa manera, un triunfo obtenido a sangre y fuego, ganado en la fuerza de Jesús, el Salvador, que el mismo Dios concede a los que se han mantenido suyos en el amor y la fidelidad.

Esa vida futura es la que le da sentido a lo actual. Llegar a la santificación plena es la culminación de una vida vivida en el amor, en la alegría de Dios, en la fidelidad a su amor y a su voluntad. Esa santidad esencial final no se logrará sin un avance continuo, ciertamente exigente y plagado incluso de contratiempos, de luchas y hasta de derrotas, pero llevado adelante con el esfuerzo personal, con la ilusión que corresponde a los que triunfarán, con la esperanza de la meta que compensará cualquier sensación de cansancio. Quien llega a la meta final no estará jamás exento de una vida cotidiana marcada por el esfuerzo y la lucha. Será el caminar de quien emprende día a día el reto de su vida familiar con el deseo de dar siempre lo mejor de sí porque es a lo que lo lanza el amor, cuando decidió asumir una vida que lo unía esencialmente a un cónyuge con el que compartiría vida, con el cual crecería en una experiencia solidaria que lo alejaba de la individualidad, que asumía en la conciencia absoluta de una vida de amor llena de ilusión, de retos comunes, de superación de las dificultades, en la cual iban a ser capaces de lanzar una mirada común en la procura de la experiencia de ese amor compensador. Y que sumaba a esa plenitud de felicidad mutua la posibilidad de hacerse cocreadores con Dios de los nuevos seres que irían poblando al mundo, con el regalo de la vida que ellos iban haciendo posible. Será el caminar de quien asume su responsabilidad personal en la creación de un mundo mejor para todos, colaborando con su trabajo personal, añadiendo su propio esfuerzo en su trabajo cotidiano, entendiendo que el mundo no podrá ser mejor si él no hace lo que le corresponde, y asumiendo junto con todos los que comparte responsabilidad la parte que le toca, haciéndolo todo con alegría, con ilusión, con el gozo de sumar su parte a todas las bondades que pueden existir en la realidad cotidiana. Será el caminar de quien quiere hacer un mundo de hermanos procurando crear ambientes de fraternidad, de solidaridad, sabiendo que nadie deja de estar a su cuidado, haciéndose prójimo del hermano, principalmente del más necesitado, pero sabiendo que la vida también debe ser un lugar de disfrute, de goce sano, de felicidad procurada para todos, en cuya tarea también se está empeñado seriamente. La vida de la santidad no es extraña de esta cotidianidad. Más aún, se puede afirmar que solo se llegará a tener esa santidad eterna si se ha asumido antes el empeño de esta santidad cotidiana.

Ese caminar pone una exigencia primera: ser hombres. Quien no vive su humanidad nunca podrá llegar a la santidad. No se debe pensar en los santos como en extraterrestres, seres fuera de este mundo. Ellos, en todo caso, han sido los que han asumido con mayor empeño su humanidad. En todo caso, es el avance en la humanidad lo que asegura la posibilidad de llegar a ser realmente santos. San Pablo lo coloca como la realidad que se debe vivir ya, y que se vivirá en plenitud al alcanzar la meta: "Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro". Es el empeño final, lo que dará sentido a lo que viviremos eternamente, dejándonos guiar y llevar cada día por esa presencia divina en nuestras vidas, que nos hará dar el signo exacto a lo que vivimos hoy y que viviremos siempre. Jesús lo pone con claridad meridiana al apuntar a las razones para la felicidad de los cristianos: "Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo". Todo será parte de la misma vida que se vive hoy, pero que terminará en la eternidad feliz junto al Padre. La felicidad está basada en haber hecho lo que correspondía. Y esa será la vivencia final de la santidad. Se trata de ser felices en aquello a lo que nos llama ahora el amor, para ser luego felices en la eternidad con Dios, viviendo la santidad que Él nos regala y que hace posible aquí y ahora.