domingo, 26 de enero de 2020

Dios es Uno, Bueno, Verdadero y Bello. Y así me creó

Resultado de imagen para Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres

La filosofía desde antiguo ha proclamado las cualidades o atributos del Ser. El Ser es el principio de todo, la razón última de la existencia de todo lo creado, la causa por la cual existe el universo entero y todo lo conocido por el hombre. Y es el que da el orden al mundo, la razón de que todo siga un fin establecido. Ha dado el primer empujón a todo para que el mundo se mantenga en un continuo movimiento. La filosofía, como ciencia del saber, ha intentado profundizar siempre en aquel Ser que está en el origen del universo. Entre todas sus inquietudes ha querido describir cómo es ese Ser primero, entrando en su conocimiento a través de todo lo que ha surgido de su mano poderosa. San Pablo afirma que sí es posible hacerlo, por cuanto lo creado no es otra cosa que reflejo del Creador, de ese Ser supremo, razón primera y última: "Desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado". En efecto, todo lo creado no es otra cosa sino reflejo de quien lo ha hecho existir, pues Él ha dejado la impronta de su huella en cada criatura. De esta manera, profundizando en las cualidades que tiene cada criatura existente y aplicándolas al que es la causa última, se pueden obtener las cualidades que describen a ese Ser superior. Así, los filósofos han concluido que el Ser posee las cualidades supremas: El Ser es Uno, es Bueno, es Verdadero y es Bello. Quiere decir que esas cualidades, que están presentes en toda la creación, lo están porque están originalmente en quien lo ha creado. La Unidad, la Bondad, la Verdad y la Belleza describen perfectamente al Ser original y Él ha dejado su "marca de fábrica" en cada criatura surgida de su mano. Y lo definen de tal manera que la armonía radical y original del universo se mantendrá siempre y cuando cada criatura mantenga cada una de estas cualidades en su ser. La desaparición de alguna de ellas en la criatura representará, en la práctica, la desaparición de la misma criatura en el orden original deseado por el Ser.

Para nuestra religión, en la confesión de nuestra fe, ha existido una ventaja insuperable. Si la filosofía ha llegado a esas conclusiones de manera natural, aplicando solo la fuerza del razonamiento humano, nuestra fe nos enriquece infinitamente por cuanto Dios mismo, en un arrebato de condescendencia ante nuestras limitaciones frente a su infinitud, se ha revelado a sí mismo. Ha hecho que ese Ser filosófico tenga un rostro y una personalidad concreta. El Ser es Dios. Dios es el Creador todopoderoso. Y nos ha dicho en cierta manera, que no estaban errados los grandes pensadores de la filosofía, pues ciertamente Él es Uno, Bueno, Verdadero y Bello. Más aún, que su esencia es exactamente así como concluyeron los filósofos y que ha dejado esa esencia en cada una de las criaturas surgidas de su mano. La revelación, al dar un rostro y una personalidad al Ser, diciéndonos que es Dios, agregó algo sustancial que no puede faltar jamás en Él. Dios es amor. Los filósofos no pudieron llegar a esta conclusión por cuanto para ellos el Ser era absolutamente superior, estaba fuera del universo, por encima de él, y por lo tanto nunca podría entrar en relación con lo creado. La revelación que Dios ha hecho de sí mismo nos ha confirmado en la doctrina exclusivamente racional de la filosofía y la ha enriquecido con lo afectivo, revelándonos a un Dios de amor, que tiene corazón y es misericordioso con la criatura. Esta criatura ha cometido el gravísimo error de oponerse a Dios, a su razón de amor, a la relación afectiva que lo enriquecía. Y lo ha hecho destruyendo en sí mismo las cualidades con las cuales Dios lo había enriquecido. El Dios Uno, Bueno, Verdadero y Bello, había creado al hombre exactamente con las mismas cualidades. La armonía, es decir, la vida de gracia, la relación filial estrecha y amorosa entre Dios y el hombre consistía en el esfuerzo por mantener siempre esas cualidades en sí mismo. El pecado consistió en la rotura del hombre en sí mismo, atentando contra las cualidades que lo definían como criatura surgida de las manos de Dios. El pecado es la destrucción de la Unidad, de la Bondad, de la Verdad y de la Belleza en el hombre. Por el pecado el hombre se hace rotura, maldad, mentira y fealdad. Pierde los atributos de Dios que poseía.

La obra de Jesús, que es obra de rescate, apuntará a obtener para la criatura predilecta y amada infinitamente por Dios, la posesión renovada de esas cualidades y atributos que poseía originalmente y había perdido por el pecado. Ese será el verdadero gozo de la humanidad: la presencia de Aquel que viene a restablecer el orden antiguo que significaba la armonía absoluta: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín". Es la luz del Dios que envía a su Hijo para restablecer ese orden perdido. Y Él será el único origen de aquella recuperación de la armonía. Aunque Dios utilice mediaciones humanas que llegarán incluso a ser imprescindibles en el momento del establecimiento de su Reino de amor y de misericordia, se deberá reconocer una única fuente de restablecimiento: Jesús. Se debe mantener la unidad en el seguimiento del único que logra reparar el daño que infligió el hombre con su pecado al orden original: "Cada cual anda diciendo: 'Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo'. ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por ustedes? ¿Fueron bautizados en nombre de Pablo? Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo". Nunca se debe confundir la mediación con Jesús. Cada uno es enviado por Cristo para realizar su obra de rescate. Pero es su obra, no la del mediador. La armonía la restituye Jesús, el Dios creador que busca reponer la impronta de sus cualidades en la criatura. Elige para que hagan su obra: "Vengan en pos de mí y los haré pescadores de hombres". A todos nos llama para que seamos colaboradores en la restitución de esa armonía. Que rescatemos para nosotros mismos y para nuestros hermanos la Unidad, la Bondad, la Verdad y la Belleza que son de Dios y que nos ha dejado como marca de su pertenencia. De nuestra parte está que respondamos con alegría e ilusión a esa llamada, para hacernos colaboradores de Jesús en el restablecimiento de aquella armonía original: "Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo". Que acompañemos a Jesús y nos convirtamos en mediaciones humanas para que le llegue a cada vez más hermanos rescatados y restablecidos en sus atributos originarios.

sábado, 25 de enero de 2020

Me convierto a tu amor para anunciar tu amor y tu salvación a todos

Resultado de imagen para pablo camino de damasco

Uno de los personajes más emblemáticos del cristianismo naciente, con una importancia sin discusión para la extensión de la Iglesia en sus inicios y que produce una sensación mayor de cercanía a todo el que quiera ser buen cristiano es, sin duda alguna, San Pablo. Son muchos los datos que tenemos de su vida, la mayoría relatados por él mismo y completados por algunos que son referidos en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Lo primero que resalta a la vista, por supuesto, es el hecho de su conversión. Un hecho maravilloso en el cual Jesús demuestra su intención clara de ganarlo para integrarlo al grupo de los apóstoles. Y llama más la atención por cuanto Pablo pasa de ser un oscuro perseguidor de cristianos a un defensor acérrimo de aquello que originalmente combatía. En los Hechos leemos, en el relato del martirio de San Esteban, primer mártir cristiano: "Y echándolo fuera de la ciudad, comenzaron a apedrearle; y los testigos pusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo... Saulo aprobaba este asesinato", dando a entender que, aun cuando no fuera uno de los verdugos directos del mártir, sí apoyaba estos hechos que daban escarmiento a los que atentaban contra el judaísmo, del cual formaba parte y era celoso defensor. Él mismo se reconoce miembro de la secta de los fariseos, surgida de entre el judaísmo para promover la fidelidad y la pureza de la religión, por lo cual, en atención al celo que le producía el surgimiento de una doctrina que se oponía a su religión, se convierte en perseguidor cruel del cristianismo. Fue discípulo del gran Rabino Gamaliel, famoso maestro de la época: "Yo soy judío. Nací en Tarso de Cilicia, pero me crié aquí en Jerusalén y estudié bajo la dirección de Gamaliel, muy de acuerdo con la ley de nuestros antepasados". Hablando de sus raíces de fe, da un resumen sucinto de lo que profesaba, para dar a entender que no es suficiente confiar en la carne para ser buen cristiano: "Si algún otro cree poder confiar en la carne, más yo: Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable". Por haber puesto su confianza solo en la carne y en el solo cumplimiento de la Ley, reconoce haber errado el camino.

Pero Jesús, ya lo hemos dicho, tenía planes distintos para Pablo: "Yendo de camino, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor; caí por tierra y oí una voz que me decía: 'Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?' Yo pregunté: '¿Quién eres, Señor?' Y me dijo: 'Yo soy Jesús el Nazareno a quien tú persigues'". Fue el encuentro personal de Saulo con aquel que conformaba la integralidad de hombres y mujeres a los que él perseguía. De esta manera, Pablo entendió que perseguir a un cristiano era perseguir al mismo Cristo. El encuentro con Jesús fue para Pablo abrir una perspectiva absolutamente nueva de vida. Para él representó una novedad radical de tal magnitud que entendió que debía poner su vida en manos de nuevos tutores que le indicaran los pasos que debía dar para avanzar en ella. "Yo pregunté: ¿Qué debo hacer, Señor? El Señor me respondió: 'Levántate, continúa el camino hasta Damasco, y allí te dirán todo lo que está determinado que hagas'”. Su docilidad fue determinante para emprender este nuevo camino que debía recorrer. Es impresionante pensar en lo que se necesitaría de parte de cada uno de nosotros para recorrer ese mismo itinerario de Pablo. Se trata de dejar a un lado las propias convicciones y conductas, abandonar radicalmente el estilo de vida que se llevaba hasta ese momento, emprender confiada y ciegamente un camino nuevo cuya perspectiva es totalmente desconocida y que se irá descubriendo solo en la medida en que se vayan dando pasos adelantando en él. Debía integrarse totalmente a la comunidad de aquellos a los cuales hasta instantes antes perseguía para entregar a la muerte. Evidentemente, en aquellos se producía una desconfianza natural, que vencieron solo porque también confiaron en las decisiones misteriosas de Jesús que dirigía la comunidad naciente: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Ahora, ¿qué te detiene? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre”. El encuentro personal con Jesús se completó con el encuentro con la comunidad de cristianos. No es posible un encuentro personal con Cristo que produzca una conversión radical a su mensaje de amor y de salvación si no está de por medio la comunidad de cristianos que lo sigue.

Así, el gran perseguidor de los cristianos pasó a ser el gran apóstol de Jesús ante los gentiles. Por el origen de su conversión, por la conciencia clara que tenía de quién era, de dónde venía, de cuáles eran sus convicciones y conductas previamente, sabía muy bien describir para todo el que quiera ser seguidor de Jesús, cuáles son las convicciones más importantes que se debía tener para ser un buen discípulo de Cristo. No se jactaba jamás de lo que poseía previamente. Por el contrario, su única jactancia era lo que había ganado en el encuentro frontal con Jesús: "En cuanto a mí ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!" Solo Jesús llegó a llenar sus expectativas completas, a tal punto que todo lo demás pierde totalmente su valor: "Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir". "Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y encontrarme unido a él". Es un itinerario en el que fue avanzando cada vez más sólidamente, no renegando de su condición original, sino asumiéndola como parte de su itinerario personal de crecimiento. No consideraba lo anterior como una carga negativa, sino como el equipaje del cual tuvo que deslastrarse para devenir en un buen seguidor de Jesús, convenciéndose cada vez más de que solo en Él era que tenía que tener puesta su confianza. "Para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Te basta mi gracia". No es lo que él posee lo que vale, sino la gracia que Dios derrama en él. Es la obra del Señor Jesús la que lo hace santo, no es su esfuerzo, aunque está consciente de que debe hacer su parte. "Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte". Pablo así es para cualquiera que quiera ser discípulo de Jesús un ejemplo a seguir. Nos da la clave de lo que tenemos que vivir cada uno. Y nos dice que sí es posible ser buen discípulo. Él llegó. Y cualquiera de nosotros, como él llegó, podrá llegar siguiendo sus huellas.

viernes, 24 de enero de 2020

Soy del grupo de los tuyos y doy testimonio de tu amor

Resultado de imagen para instituyo a doce para que estuvieran con el

El cristianismo, desde su origen, es una religión comunitaria. En él no tiene cabida el individualismo. Podríamos decir que si todo lo creado es reflejo de lo que es Dios y en cierto modo nos descubre lo que Él es en su intimidad, como lo afirma San Pablo: "Desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado", Él, que en sí mismo es comunidad de personas, ha dejado esta impronta en todo lo que existe. El universo entero tiene el sello de lo comunitario, pues Dios, en sí mismo, es comunidad, es Trinidad. La expresión original del Creador, al haber hecho existir al hombre, no es otra cosa que la constatación de lo razonable que debe ser el seguir siendo consecuente con este carácter comunitario de lo creado: "No es bueno que el hombre esté solo". No es bueno, porque no es lo natural. No es bueno, porque no responde a la intencionalidad originaria de que todo fuera reflejo de su intimidad comunitaria. Así, la vida de los hombres se desarrollará siempre en la experiencia comunitaria. La perfección de la vida humana está en una experiencia mutuamente enriquecedora, en la que cada uno aporta para los demás lo mejor de sí. Es contrario a lo esencial humano la vida individualista, egoísta, que persigue solo un beneficio personal sin la búsqueda de una riqueza integral que sea un bien para todos. Cuando Jesús inicia su vida pública de establecimiento del Reino de Dios en el mundo lo hace siendo consecuente con su intención primigenia. Que se entienda perfectamente que todos los beneficios, todo bien que se persiga, se alcanzará desde la experiencia de vida comunitaria. Estrictamente hablando, si fijamos nuestra mirada en su poder infinito y tenemos la convicción de que para ese Dios todopoderoso no hay nada imposible, podemos concluir que esa obra de anuncio de la salvación que viene a traer, de instauración del Reino en el mundo, la hubiera podido llevar a cabo sin ningún apoyo. Pero Él quiso ser consecuente con lo que había surgido de su voluntad creadora y con el carácter comunitario que quiso imprimirle a todo desde el origen. Por ello elige a un grupo de hombres para que vivieran en comunidad la experiencia íntima de ser sus compañeros de camino, testigos privilegiados de todas sus obras y de todas sus palabras. Esa comunidad existe por una voluntad clarísima suya de crearlos verdaderamente integrados, para que luego fueran también testigos comunitarios de todo lo que Él haría.

Es una voluntad absolutamente libre que elige a quienes le viene en gana: "En aquel tiempo, Jesús, mientras subía al monte, llamó a los que quiso, y se fueron con él". No hay un criterio por el cual se rige. Simplemente es su voluntad totalmente libre. Son "los que quiso". Detrás de cada uno de esos nombres hay una historia personal, una personalidad, un carácter, unos intereses particulares. Cada uno tiene sus peculiaridades, sus maneras de ser. Y cada uno lo aporta al grupo al que es integrado por Jesús. No hay un "catálogo" por el cual regirse. Basta simplemente, por un lado, la voluntad de Jesús y, por el otro, la disponibilidad para dejarse integrar a esa comunidad naciente. Es interesante el giro lingüístico que usa el evangelista: "Instituyó a doce para que estuvieran con Él". Una traducción más fiel y literal de ella sería: "Creó a doce para que existieran con Él". El grupo de apóstoles, entendido así, sería una obra de creación de Jesús que existiría en cuanto estuvieran unidos a Él. El grupo apostólico existe porque Jesús los crea, como el acto creador originario por el cual existe todo lo creado. Además, sin Él presente en medio de ellos, no serían nada, no existirían. Es un acto libre de su voluntad, como el acto de creación del universo, y está esencialmente atado a su presencia en medio de ellos. Hay una conjunción perfecta entre la libertad de Jesús creador y la libertad de quienes se dejan crear como grupo. Cada uno de los nombres de la lista apostólica y cada una de las peculiaridades que hay detrás de cada nombre, sus historias, sus riquezas personales, son el aporte de la humanidad hecho libremente, desde el mismo momento en que Jesús los llama y los integra a esa comunidad variopinta y reveladora de la diversidad de toda la humanidad. El hombre, al ser creado como parte integrante del grupo apostólico, no es anulado. La riqueza que aporta es su propia existencia, con lo que posee como carga personal desde que existe. Dios lo conoce perfectamente a cada uno. Jesús tiene presente ante sí lo que es cada uno, la identidad más profunda que los define, sus rasgos personales más íntimos y característicos. Y con eso cuenta. A ninguno lo convoca desde la perfección que tenga, pues ninguno es perfecto. Más aún podríamos preguntarnos por qué elige a estos y no a otros que quizás hubieran tenido más conocimientos, más valentía, más audacia, más fidelidad. Lo cierto es que son estos y no otros. Aunque seguramente hubieran podido ser otros. En la libertad absoluta de Jesús entraban millones de posibilidades.

En este sentido, conjugando aquella libertad absoluta de Jesús con la libertad de quien es convocado y está disponible para integrar ese grupo, se da la posibilidad de existencia del grupo en sí mismo. Nos preguntamos si alguno hubiera podido negarse ante la llamada de Jesús. Y siguiendo el orden racional de la obra de Dios desde el origen, asumiendo que es respetuoso al extremo de la libertad con la que Él mismo ha creado al hombre y lo ha enriquecido, debemos decir que sí era posible. Alguno hubiera podido negarse. Ninguno lo hizo en el momento de la convocatoria. Uno lo hizo en el momento culminante, con lo cual de alguna manera nos confirma que nunca perteneció realmente al grupo. Pero al integrarse efectivamente al grupo de los apóstoles todos asumían también la responsabilidad que acarreaba dicha integración. De alguna manera el aporte personal principal que cada uno debía hacer al grupo, aparte de sus peculiaridades naturales, era el de avanzar unido a los otros. El carro debía ser tirado por todos en la misma dirección. Y todos debían poner a girar su vida alrededor del ideal de vida que presentaba Jesús, que debían asumir para ser verdadero testimonio de unidad. Esto era imprescindible mientras estaba Jesús en medio de ellos, pero más aún en el cumplimiento de su obra posterior cuando son enviados por Cristo al mundo a anunciar el Evangelio. Era una actitud de renovación constante, indetenible, en la cual eran hechos hombres nuevos a cada instante. Es una conversión continua que los acercaba más al ideal que proponía Jesús para todos los hombres. Así como se convirtió Saúl ante la evidencia de la fidelidad de David: "Eres mejor que yo, pues tú me tratas bien, mientras que yo te trato mal. Hoy has puesto de manifiesto tu bondad para conmigo, pues el Señor me había puesto en tus manos y tú no me has matado. ¿Si uno encuentra a su enemigo, le deja seguir por las buenas el camino? Que el Señor te recompense el favor que hoy me has hecho. Ahora sé que has de reinar y que en tu mano se consolidará la realeza de Israel". David es figura de Jesús. Y Saúl es figura de cada hombre de la historia. La evidencia del Jesús que es fiel hasta el extremo, llegando incluso a entregar su vida en favor de todos los culpables, debe ser, y lo es, un aliciente para todo el que es convocado por Cristo a pertenecer al grupo de los suyos. Su amor y su salvación son los tesoros con los que nos enriquece. Y podemos gozar de ellos integrándonos libremente a ese grupo y convirtiéndonos cada uno en apóstol suyo en este mundo que reclama su amor.

jueves, 23 de enero de 2020

Te reconozco como Mesías y vivo en tu amor que me transforma

Resultado de imagen para lo siguio una gran muchedumbre de galilea

A medida que va avanzando la obra de Jesús, en la cual progresivamente se va revelando Él mismo y va revelando su obra de salvación y de liberación, su fama se va extendiendo y va aumentando inmensamente el número de sus seguidores. Cada uno va experimentando en sí mismo o siendo testigo de las maravillas que Jesús va realizando, con lo cual se cumple lo anunciado antiguamente por el profeta Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios, para consolar a los afligidos, para dar a los afligidos de Sión una diadema en lugar de cenizas, perfume de fiesta en lugar de duelo, un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido".  Es la maravilla de la llegada del Mesías que el pueblo experimenta en sí. No puede existir mayor gozo, por cuanto es el cumplimiento perfecto de la promesa de Dios, que no deja abandonado a su pueblo. Dios no ha olvidado su promesa, no se ha olvidado de su pueblo, y ese pueblo fiel, sencillo, confiado y humilde, vive la alegría del favor de Dios. "Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón... Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo". Era el año de gracia del Señor que ya se había iniciado. La persona de Jesús y su obra eran la concreción del cumplimento de la promesa divina. Ciertamente la obra de Jesús en este nivel era una obra material. Curación, sanación, limpieza. Pero era preludio de lo que vendría más adelante. No iba a ser solo una obra de sanación externa, corporal o material. Todo apuntaba a algo más profundo. Y lo intuía ya el mismo demonio, que reconocía a Jesús en su identidad más concreta y profunda: "Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: 'Tú eres el Hijo de Dios'". ¡Hasta el mismo diablo confesaba quién era Jesús!

Es interesante fijarse en el itinerario que sigue todo este episodio de reconocimiento de Jesús como Aquel que viene a cumplir la promesa que Dios había realizado desde antiguo. Jesús es el Mesías prometido que viene a pisar la cabeza de la serpiente. La misma serpiente, es decir, el demonio, lo reconoce y, de cierta manera, anticipa y avizora el tiempo de su derrota definitiva. El reconocimiento de Jesús, de su persona, de su obra y de su mensaje, es el primer paso para poder disfrutar de la gracia que Dios va a derramar por su intermedio. De parte de Jesús, cumplir la voluntad del Padre significa asumir el ser instrumento privilegiado para que esa gracia de amor y de misericordia se derrame plenamente sobre cada hombre de la historia. "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Es este el primer paso de la llegada del año de gracia del Señor. Jesús asume su instrumentalidad, con la conciencia clara de que su integración voluntariamente aceptada y llevada adelante inaugura el tiempo de la nueva creación. Y así, cada persona que sea beneficiada por la obra de liberación de Cristo debe también reconocer que la mano de Dios está en Él, para que esa misma obra sea eficaz. Es necesario hacer la confesión de fe como lo hizo Marta, hermana de Lázaro: "Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo". Aún así, no es suficiente este reconocimiento. Debe darse una limpieza de corazón absoluta para que esta confesión de fe haga mella en uno y se haga profunda y transformadora. Puede darse un reconocimiento que no llegue a comprometer y, al contrario, produzca frutos negativos. Fue lo que sucedió entre Saúl y David. La obra grandiosa de David, enviado por Dios, habiendo sido reconocida por Saúl, produjo en este envidia y desazón, por lo cual decidió matar a David para que no le quitara protagonismo. "Las mujeres cantaban y repetían al bailar: 'Saúl mató a mil, David a diez mil'. A Saúl lo enojó mucho aquella copla, y le pareció mal, pues pensaba: 'Han asignado diez mil a David, y mil a mí. No le falta más que la realeza'. Desde aquel día Saúl vio con malos ojos a David. Saúl manifestó a su hijo Jonatán y de sus servidores la intención de matar a David". El reconocimiento del enviado de Dios debe ser un paso previo a la asunción de un compromiso posterior.

En efecto, hasta el demonio reconoce a Jesús como el Hijo de Dios, pero no por ello deja de ser el demonio. No por eso deja de estar en contra del amor. Continúa obstinadamente en su obra de destrucción del orden de amor y de salvación que quiere establecer Dios entre los hombres. Por ello, el itinerario debe seguir un íter muy claro: Disfrutar o ser testigo de la obra grandiosa que confirma la llegada del año de gracia del Señor al mundo a través de sus obras maravillosas y de sus mensajes de amor y de conversión; confesión y reconocimiento de Jesús como el enviado de Dios, como el Hijo de Dios que viene salvar a la humanidad; y transformación o conversión de la propia vida para asumir la voluntad de Dios como la propia, comenzado a vivir como verdadero discípulo de Cristo, como hijo de Dios, como hombre nuevo redimido en el amor y en la gracia que viene a traer Jesús. De esta manera, la obra de Jesús se completa perfectamente solo en la ocasión de que, habiendo sido aceptado y reconocido como el Mesías redentor, enviado a Dios desde su corazón de amor para el rescate de la humanidad, entra en el corazón del hombre y logra una transformación radical de la vida del favorecido, que empezará a vivir como verdadero hombre nuevo y como hermano de todos los hombres a los cuales querrá conducir también a ser beneficiarios de los regalos de amor del Dios redentor. El mismo Jesús pone este cambio radical como condición para el disfrute pleno de la redención: "Mira, estás curado; no peques más para que no te ocurra algo peor". Si cada uno de nosotros es beneficiario de la obra de salvación de Jesús, comencemos por reconocerlo entonces como nuestro Dios y Señor, aquel que viene a anunciar el año de gracia del Señor, y terminemos por hacerlo nuestro dueño, quien conduce nuestra vida y llena completamente nuestro corazón de su amor para seguirlo con alegría e ilusión plenas.

miércoles, 22 de enero de 2020

Solo seré siempre derrotado. Contigo seré siempre vencedor

Resultado de imagen para que esta permitido en sabado

La debilidad del hombre es la puerta de entrada para la fuerza de Dios. Es una paradoja que se resuelve de la manera más sorprendente. Cuando los hombres tenemos el exceso de confianza en nosotros mismos, en nuestras propias fuerzas, en nuestras ideas y conductas, y dejamos a un lado a Dios, nos dejamos a un lado lo que nos puede hacer más fuertes. "Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres", afirma San Pablo, quien tuvo la experiencia concreta de ese abandono de su propia debilidad en la fuerza divina, por lo que pudo salir siempre vencedor, siendo, según él, el hombre más débil de todos. Si nos empeñamos en enfrentar al mundo con nuestras solas fuerzas y no damos espacio ni cabida al apoyo que Dios nos puede prestar, quizá estamos intentando algo bueno, pero podemos estar cayendo en una actitud de soberbia inaceptable para quien debe tener la experiencia de la acción de Dios en su vida. Dejar que Dios haga su parte, haciendo cada uno la suya, puede llegar a ser la experiencia más compensadora que podemos tener, pues es la plena confirmación de la presencia de Dios en la vida propia, y la confirmación absoluta del cumplimiento de la promesa de Jesús, que nos ha dicho que estará con nosotros hasta el fin del mundo. Esa compañía de Jesús no es algo utópico, poético, irreal. Es una realidad concreta que se traduce en experiencias reales y vividas. Nosotros solos no podremos lograr las metas que nos exige el ser un auténtico seguidor de Jesús. Muchas de las cosas que se nos ponen como metas son humanamente inalcanzables. Ciertamente lo son si nos empeñamos obstinadamente en lograrlas con nuestras solas fuerzas. Por ello es necesario que dejemos entrar en nosotros esa fuerza de Cristo que nos ha sido ofrecida y que está ahí a la espera de ser invocada para actuar. San Pablo, impresionantemente, nos lo pone muy claro: "(El Señor) me ha respondido: 'Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.' Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte". 

Quiere decir entonces que el primer paso para que esa fuerza de Cristo actúe desde mí, es la convicción personal de ser débil. Parece un absurdo, pero no lo es. Para poder alcanzar la victoria ante el mal, ante las fuerzas del mundo que me quieren destruir espiritualmente, ante la fuerza demoníaca que me quiere hacer sucumbir continuamente, debo estar convencido de que jamás podré vencer. De que yo no seré nunca capaz de hacerle frente victoriosamente. De que yo solo no valgo nada. Es tener la convicción de que solo con la fuerza de Cristo mi victoria será posible. Decía San Agustín: "Que te conozca, Señor, para que te ame. Que me conozca para que me desprecie". En ese mismo sentido, se trata de estar consciente de las propias limitaciones y de lo infinitas que son las posibilidades cuando tenemos a Jesús de nuestra parte. Cuando se da esta convicción en cada uno y se da pie para que las experiencias nos confirmen en ella, se empieza a ser realmente invencibles: "Cuando soy débil, soy fuerte", se convierte de una afirmación absurda o contradictoria a una realidad sólida y firme. Es una afirmación absolutamente real. Es la experiencia que han tenido quienes se saben débiles en sí mismos, pero fuertes en Dios. Fue la experiencia de David delante del gran Goliat, el campeón de los filisteos: "Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina. En cambio, yo voy contra ti en nombre del Señor del universo, Dios de los escuadrones de Israel al que has insultado. El Señor te va a entregar hoy en mis manos, te mataré, te arrancaré la cabeza y hoy mismo entregaré tu cadáver y los del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra. Y toda la tierra sabrá que hay un Dios de Israel. Todos los aquí reunidos sabrán que el Señor no salva con espada ni lanzas, porque la guerra es del Señor y los va a entregar en nuestras manos". La fuerza de David era la fuerza de Dios. Por eso fue invencible. Por eso derrotó al más fuerte de los filisteos, venciendo la última barrera para entrar a la tierra prometida.

Para ese Dios que se pone del lado del débil no hay otra prioridad que hacerlos vencer. Por eso el anuncio de su llegada al mundo, de la llegada del Reino de Dios a los hombres, tiene siempre esa referencia al apoyo que recibirán los débiles, los oprimidos, los desplazados. "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar a los pobres la buena noticia de la salvación; me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y a dar vista a los ciegos; a liberar a los oprimidos". Son los más débiles quienes, confiando la debilidad de sus vidas a la fuerza del Dios que viene a ponerse de su lado, los que recibirán con mayor potencia su favor. Por ello, lo vemos enfrentado a los poderosos, a los que confían en sus fuerzas para oprimir a los más débiles. Ya ellos no serán los débiles del mundo, pues la fuerza del Dios todopoderoso se ha puesto de su lado. En la lógica del amor todopoderoso que se pone en favor de los débiles del mundo, en favor de los más necesitados de un amor activo de parte del Dios de amor, se enfrenta con aquellos que confían más en sus fuerzas para seguir oprimiendo a los más débiles y rechazados de la sociedad: "'¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?' Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: 'Extiende la mano'. La extendió y su mano quedó restablecida". Para aquellos era preferible seguir dominando a estos débiles basados en una ley inhumana y absurda que podía llegar incluso a impedir la acción en favor de ellos. No era el hombre el centro de sus atenciones. No era Dios quien los motivaba a ser "buenos". Eran ellos mismos los que querían ser el centro de atención, quienes dominaran la situación, con tal de no perder el poder de dominio sobre aquellos, lo que les aseguraba un estilo de vida cómodo, manipulador, dominante. Su poder se basaba no en el amor, sino en la opresión. Pero apareció Jesús, quien trastocaba toda su pretensión. Por eso, era necesario quitarlo de en medio: "Los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él". Ese Dios que venía a ponerse a favor de los débiles ponía en peligro el dominio de quienes se consideraban los poderosos. Ese poder era nada al lado del poder que Jesús vino a derramar con su amor en favor de los más pequeños. Y es el poder de ese amor el que se pone a nuestro favor cuando nos confesamos absolutamente débiles y desvalidos. Si decimos que no podemos nada, que nuestra debilidad es extrema, que nunca venceremos solos, y abrimos nuestro corazón a la fuerza infinita del amor de Dios, seremos los hombres más poderosos del universo. Venceremos siempre, pues tendremos a nuestro favor la fuerza infinita del amor de Dios que nunca será vencido.