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domingo, 17 de enero de 2021

Nuestra vocación es ser de Jesús y dar testimonio de su amor

 Buscando la felicidad” Lectio Divina del II Domingo del T. O. (Ciclo B) |  Biblia y Comunicación

Dios no solo nos ha llamado de la nada a la existencia, sino que nos ha llamado a la existencia con Él. Su gran alegría es que la respuesta que le demos no sea motivada solo por una cuestión natural, como una especie de agradecimiento por habernos hecho existir, sino que a la vez sea un compromiso de mantenernos con Él, de escuchar su voz, de atender a sus indicaciones para cumplir su voluntad. Esa respuesta afirmativa debe estar sondeada por la conciencia cada vez más clara de que estar con Él es la manera segura de avanzar hacia la plenitud que es la meta que deberemos alcanzar tomados de su mano. Por eso, en cierto modo esa llamada a la existencia abarca la llamada a todo nuestro ser, ya enriquecido con todos los dones que pone en nuestras manos, por lo que implica el ser completo, sus pensamientos y acciones, sus ideas y conductas, sus deseos y afectos. La llamada es a todo nuestro ser, de modo que sea todo el ser el que se ponga en sus manos, asumiendo que esa será la mayor riqueza que podremos vivir. En este sentido, un primer paso es hacerse conscientes de quién es quien nos llama y qué objetivo busca esa llamada. Fue la experiencia de Samuel, que vivía junto al sacerdote Elí, que descubre que la voz que se oye es la del mismo Yhavé que convoca a Samuel para ser su profeta: "En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió: 'Aquí estoy'. Corrió adonde estaba Elí y dijo: 'Aquí estoy, porque me has llamado'. Respondió: 'No te he llamado. Vuelve a acostarte'. Fue y se acostó. El Señor volvió a llamar a Samuel. Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo: 'Aquí estoy, porque me has llamado'. Respondió: 'No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte'. Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor. El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo: 'Aquí estoy, porque me has llamado'. Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel: 'Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: 'Habla, Señor, que tu siervo escucha'. Samuel fue a acostarse en su sitio. El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores: 'Samuel, Samuel'. Respondió Samuel: 'Habla, que tu siervo escucha'. Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras". Cuando Samuel descubrió que era Dios quien lo llamaba, y lo escuchó y se puso a su servicio, entendió perfectamente cuál era su vocación y para qué lo llamaba el Señor. Y se entregó completamente a Él.

En esa convocatoria que hace Dios a cada uno no quiere respuestas vagas o incompletas. Él quiere una entrega total, no en el sentido de que la vida deje de ser propia, con las lógicas tareas y particularidades que tiene cada uno en su cotidianidad, sino en el sentido de que todo gire alrededor de ese eje de la entrega y de la fe, de ser solo de Dios sin dejar que se presenten ídolos que lo puedan sustituir, de no mirar hacia otros intereses que pudieran desvirtuar un camino de fidelidad y de donación personal. La respuesta debe ser englobante, y debe servir además como acicate que motive el celo por ser solo de Jesús, incluso por encima de los intereses personales que pudieran desviar el caminar hacia los gustos, los placeres, el poder o el dinero: "Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Y Dios resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros con su poder. ¿No saben ustedes que sus cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con Él. Huid de la inmoralidad. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y han recibido de Dios? Y no se pertenecen, pues han sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡glorifiquen a Dios con su cuerpo!" Todo el ser es para Dios, y no podemos permitir que nada distraiga esa propiedad divina.

Es en ese sentido en el que Jesús hace la llamada a los primeros discípulos. Las diversas versiones de esa llamada que nos presentan los Evangelios apuntan todas a un solo fin: llamar para que se entreguen, para que lo sigan y para que sean testigos de todo lo que hará y dirá en el tiempo de su labor pública. Jesús quiere discípulos y seguidores que lo conozcan bien, que identifiquen bien su voz, que sean testigos de las maravillas que hará, que escuchen las palabras que va a pronunciar. Quiere que en sus discípulos no haya confusión, de modo que no vayan a dejarse embaucar luego por otras voces distintas que los lleguen a desviar: "En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: 'Este es el Cordero de Dios'. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: 'Qué buscan ustedes? Ellos le contestaron: 'Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Él les dijo: 'Vengan y verán'. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día; era como la hora décima. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: 'Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)'. Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: 'Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)'". A todos los que nos llama Jesús nos quiere así. Nos llama a cada uno. Nuestra vocación es a estar con Él, a ser suyos, a anunciar su amor a todos, como lo hicieron los apóstoles. Somos los convocados por Jesús a ser suyos, a ser sus socios, a dar testimonio de su amor.

miércoles, 9 de julio de 2014

Elegidos y enviados como ellos

Tendemos a pensar aceleradamente que el grupo de los Apóstoles era un grupo monolítico, de acuerdo en todo, sin complicaciones ni aristas, cortados todos por el mismo molde... Ciertamente en lo que se refiere a su integración al grupo original que convocó Jesús y en el posterior cumplimiento de la misión que les encomendó de llevar el Evangelio a todo el mundo, fueron, podríamos decir, uno solo. Pero en esa misma integración pasaron por un proceso de consolidación en medio de una inmensa diversidad. Cada uno de los nombres de los Apóstoles guarda detrás de sí una persona, con intereses particulares, con pensamientos propios, con discernimientos personales... Incluso con una idea propia de lo que era el Mesías, de lo que había sido anunciado, de lo que esperaba Israel sobre la llegada del Redentor... Los había quienes tenían la idea fija de que el Mesías era el gran liberador poderoso, político, material, que colocaría a Israel por encima de todos los grandes pueblos que lo rodeaban a punta de victorias estruendosas en guerras memorables. Sólo esperaban el momento propicio en que Jesús, su líder, los llamara a la toma de las armas y convocara al gran ejército invencible que humillaría a todos los enemigos...

En ese grupo encontramos a quien es capaz de retar al mismo Jesús desafiándolo a descubrir quién es cada uno, a quien es el más primario en las reacciones, a quien va siendo convencido de la dulzura con la que actúa Dios para establecer su Reino entre los hombres, a quien llega a pensar que ya es el momento de lanzar el grito de guerra, a quien llega a tener tanta confianza en Jesús que le pide caminar como Él sobre las aguas, a quien le reclama porque no hace nada ante el casi hundimiento de la barca en la que van, a quien se convierte en colaborador suyo al solicitar los panes y los peces necesarios para dar de comer a una multitud, a quien quiere destacar y ponerse por encima de los otros miembros del grupo, a quien desprecia a Jesús por su origen nazareno, a quien quiere aprender a orar como lo hacían los discípulos de Juan Bautista, a quien anima a todos a ser valientes e ir con Jesús a Jerusalén a morir con Él, a quien vende a Jesús por treinta monedas de plata, a quien niega a Jesús tres veces ante sus captores por cobardía... A quien se ahorca desconfiando totalmente de su misericordia y de su amor, a quien llora su traición y luego le confiesa por tres veces su amor... A quien se entusiasma con la realidad de la resurrección gloriosa y con ellos abre los ojos del espíritu y comprende claramente de cuál era la liberación de la que hablaba el Redentor y sucumbe gozoso ante la realidad de la Redención gloriosa que alcanzaba Jesús para todos los hombres...

Y encontramos a quienes reciben el Don maravilloso y pascual del Espíritu Santo que los invade plenamente y los hace ya lo que debían ser: el grupo de los que daban el testimonio más precioso de Jesús ante todos los hombres, con gallardía, con valentía, sin aspavientos, con la humildad de ser instrumentos de salvación para todos los hombres, haciéndoles alcanzar el amor y el perdón de Jesús en sus corazones... Con ello, establecían el Reino de Dios entre nosotros, con la maravillosa noticia de que siendo instrumentos dóciles de esa obra redentora nunca faltaría entre nosotros ese amor y esa misericordia, que siempre estarían entre nosotros mientras haya quienes se dejen conquistar y subyugar por ese amor redentor para todos los hombres. Toda la historia, gracias a la convicción de cada uno de los Apóstoles y la posterior conquista de nuevos e ilusionados corazones de hombres y mujeres que dieran testimonio de Jesús, se llegaría al último confín de la tierra. Los Apóstoles, habiendo empezado siendo un conglomerado, terminaron siendo una unidad que estaba completamente concorde en lo que debían hacer: llevar el amor de Jesús a todos los hombres. Y establecer quienes fueran sucesores continuados para que esa obra nunca dejara de llevarse adelante. Eso es cada hombre que es conquistado por el amor de Jesús. Eso somos tú y yo. A Jesús no le preocupa nuestra diversidad. Le interesa nuestra unidad en lo básico. Le interesa que tengamos la experiencia íntima y gozosa de su amor, que su amor sea nuestro más grande tesoro, que queramos compartir ese tesoro con todos los hermanos. Que entendamos que el amor no nos llama a la pasividad, sino que nos llama como a los Apóstoles a la más sublime de las actividades: a anunciar el Reino de Dios, a establecer su justicia entre los hombres, a crear en el mundo un Reino de Dios adelantado con la vivencia del amor, de la paz, de la justicia.... A los "Apóstoles" de hoy el Señor nos hace la invitación: "Siembren justicia y cosecharán misericordia. Roturen un campo, que es tiempo de consultar al Señor, hasta que venga y llueva sobre ustedes la justicia"...

A cada uno de nosotros nos convoca el Señor, como convocó con voz poderosa a cada uno de los Apóstoles, para que seamos activos en el anuncio de su amor. No nos deja por fuera. No somos simples espectadores en la actividad del Evangelio, que es salvación y perdón para todos: "Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia... Vayan y proclamen que el Reino de los cielos está cerca"... Esos somos también nosotros. A nosotros también nos envía Jesús al mundo, a cada hermano. Tenemos una misión delicada: la misma de Jesús, la misma de los Apóstoles. Es la de anunciar la mayor alegría que podemos vivir, la plenitud del gozo, la salvación eterna y la vivencia inmutable junto al Padre del Amor y de la Misericordia...