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jueves, 20 de febrero de 2020

Conocerte es fundamental para seguirte y amarte

Resultado de imagen de ¿Quién dice la gente que soy yo?

Uno de los grandes riesgos que corremos los hombres en nuestras relaciones humanas es el de quedarnos solo con la identidad de nuestro interlocutor que descubrimos en unas primeras de cambio. La primera impresión que nos produce se convierte prácticamente en su carta de identidad. Evidentemente, cuando actuamos así lo más probable es que cometamos una injusticia, por cuanto nos estamos quedando solo con el ropaje externo, con los "adornos" del ser, y no entramos en lo que realmente identifica a la persona, como pueden ser sus valores, sus virtudes, sus principios, sus pensamientos, sus motivaciones, sus intenciones. Identificar a alguien y etiquetarlo solo por lo que vemos exteriormente es darle un valor máximo a lo que realmente es mínimo, a lo que podríamos decir es lo menos importante. Viene a la mente aquella historia del nuevo pastor recién nombrado para una comunidad de cristianos, que el día de su "toma de posesión" se disfrazó de mendigo y se colocó como un feligrés más de la comunidad, en medio de los asistentes. Estos, viendo los harapos con los que vestía, lo evitaban, se alejaban de él, descubrían con sus actitudes el temor que tenían de ser robados o perjudicados de alguna manera por el mendigo. Cuando llegó el momento de la presentación formal del nuevo pastor, la sorpresa de todos fue mayúscula al acercarse el mendigo que todos habían rechazado y tomar posesión de su cargo. A todos los invadió la vergüenza y la culpabilidad, pues se habían dejado llevar solo por la apariencia externa. Era un experimento que había hecho el pastor para descubrir en qué nivel se encontraba la comunidad a la que le habían encomendado pastorear. Así lo dijo a los feligreses. Y, evidentemente, apuntó que debían trabajar denodadamente desde ese momento en adelante para cohesionar a la comunidad, para no tener acepción de personas, para no quedarse solo con el ropaje externo, para procurar profundizar en la identidad real de las personas y, por supuesto, para entregar su corazón con más pasión a los más necesitados de la misma comunidad. En efecto, no podemos decir que conocemos a una persona si no nos acercamos desde un corazón noble, que quiera descubrir su identidad profunda, sin prejuicios y sin dejarse llevar por la primera impresión o por la apariencia externa.

Santiago, con su claridad proverbial, pone el acento en esto, al referirse a la vida comunitaria: "Supongan que en su asamblea entra un hombre con sortija de oro y traje lujoso, y entra un pobre con traje mugriento; si ustedes atienden al que lleva el traje de lujo y le dicen: 'Tú siéntate aquí cómodamente', y al pobre le dicen: 'Tú quédate ahí de pie' o 'siéntate en el suelo, a mis pies', ¿no están haciendo discriminaciones entre ustedes y convirtiéndose en jueces de criterios inicuos?" Nos pone ante la vergüenza de lo que todos lamentablemente hacemos. El ropaje externo, el "adorno" de la persona pesa más que los tesoros que pueda tener en su interior. Muy pocos de nosotros escapamos de esta conducta. Hemos aprendido a valorar a la persona por lo que viste más que por lo que realmente es. Paradójicamente, la realidad nos explota en la cara pues entre los más humildes y sencillos encontramos a las personas que son más solidarias, que viven más los valores de la fraternidad, que tienen un trato más frecuente con Dios, que son menos materialistas o idólatras, que tienen más cercanía a la justicia, que son más fuertes y tolerantes ante el mal. Su preocupación principal no apunta a cómo obtener más bienes, sino a cómo disfrutar mejor de lo que tienen. También el apóstol nos pone ante la realidad más frecuente en referencia a los ricos: "Escuchen, mis queridos hermanos: ¿acaso no eligió Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman? Ustedes, en cambio, han ultrajado al pobre. ¿No son los ricos los que los oprimen e incluso los arrastran a los tribunales? ¿No son ellos los que injurian el hermoso Nombre que ha sido invocado sobre ustedes?" En general, los ricos tienden más al mal que los pobres, son menos solidarios y están más preocupados por mantener su estatus a como dé lugar, sin importarles la justicia verdadera. De nuestra parte está, entonces, la labor de no valorar a la persona por lo que simplemente aparece a nuestros ojos, sino poner el acento en lo que realmente importa, aceptando con agrado a quien verdaderamente vive una auténtica vida humana.

Esa identificación de lo más profundo de la persona la procuró producir Jesús en sus discípulos en referencia a sí mismo. Saber quién era Jesús era fundamental para ser su seguidor. Por supuesto, es necesario conocer a quién se sigue, para no dar pasos en la oscuridad. La identidad no es solo el conocimiento del nombre o de algunos rasgos que lo definan, sino lo que apunta a lo más íntimo. Es el conocimiento del origen, de las intenciones, de los valores, de las propuestas, de las metas, de aquel a quien queremos conocer. Para ello, exigencia fundamental es el trato cercano. Nunca será posible conocer a alguien si no frecuentamos el trato con él. Los apóstoles conocieron a Jesús pues estuvieron tres años conviviendo con Él, escuchando sus palabras y presenciando sus milagros. Esa convivencia les proporcionó un conocimiento real de quién era aquel a quien seguían. Jesús, en un momento dado, hace un "examen" a los discípulos, preguntando, en primer lugar, sobre lo que decían otras personas sobre su identidad: "'¿Quién dice la gente que soy yo?' Ellos le contestaron: 'Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas'". Esas otras personas no tenían ese contacto de cercanía con Jesús, por lo tanto, no podían saber exactamente quién era Jesús, aunque reconocieran a una persona extraordinaria en Él. Luego, Jesús va en barrena hacia los mismos discípulos: "'Y ustedes, ¿quién dicen que soy?' Tomando la palabra Pedro le dijo: 'Tú eres el Mesías'. Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto". Esa identidad profunda de Jesús fue descubierta por el trato frecuente y cercano con Él que tenían los apóstoles. El Mesías era el prometido por Dios para la redención de los hombres. Por eso, Jesús completa su identificación con lo que sucederá en el futuro: "El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días". Es parte fundamental de esa identidad, que nunca podrá ser echada a un lado. Debe ser asumida, pues dará la esencia más profunda de quién es Jesús, aunque en algún momento podamos rebelarnos ante ello, como lo hizo Pedro: "Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: '¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!" Aceptar a Jesús y conocer su identidad implica aceptar todo lo que lo define y todo lo que lo hacer ser quién es. No se puede dejar a un lado lo que pueda haber de desagradable para nosotros. Es su misión y es lo que lo define totalmente. Aceptarlo, conocerlo, asumirlo, nos exige el trato frecuente con Él. No quedarnos solo en un trato y un conocimiento superficial por "noticias" que nos llegan, sino tener la experiencia del contacto con Él. Tener familiaridad con Él en nuestra vida cotidiana y, sobre todo, en la oración. Así sabremos quién es y lo amaremos más intensamente.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Todo pasará... Menos Dios

Al finalizar el apocalipsis de San Lucas, las palabras de Jesús son tajantes: "El cielo y la tierra pasarán... Mis palabras no pasarán"... Es la declaración definitiva de la única realidad absoluta que permanecerá... Quiere decir que todo lo demás, hasta el hombre mismo, es relativo. Vale la pena tomar en cuenta, muy en serio, estas palabras, por cuanto tendemos fácilmente a colocar el acento en las cosas que creemos esenciales, cuando no lo son. A lo sumo, pueden ser importantes, pero jamás llegarán a tener la condición de "necesarias", como sí la tiene Dios. El único ser plenamente necesario es Dios. Nada más. Sólo Dios puede ser colocado como fundamento de los deseos, de las añoranzas, de las seguridades, del hombre. De ser colocado otro fundamento siempre se correrá el riesgo de recibir grandes frustraciones, pues lo no absoluto tiende naturalmente a su desaparición...

No se trata de que vivamos como si esta vida no fuera importante. Todo lo contrario... De la actitud con la que asumamos nuestra vida cotidiana, dependerá el que el futuro absoluto sea bueno o malo para nosotros. Es en esta vida donde echaremos las semillas que nos servirán para la cosecha de eternidad que tendremos. Y esa eternidad  tendrá signo bueno, si hemos sembrado semillas buenas. Y tendrá signo malo, si la semilla sembrada ha sido mala... Lo importante, por lo tanto, no será lo que hayamos obtenido, sino la actitud con la que lo hemos hecho... Es posible que nuestra vida haya sido de holgura material por las cosas que hayamos obtenido con nuestro propio esfuerzo... No puede Dios estar en desacuerdo con que los hombres apliquemos al máximo nuestra inteligencia y voluntad para alcanzarnos un bienestar material que es siempre lícito. Quien lo haya hecho honestamente, haciendo siempre su mejor esfuerzo, con conciencia de servicio a los demás, viviendo la solidaridad con el que menos tiene y está impedido de acceder a los bienes que se deben disfrutar, jamás podrá ser reconvenido por Dios. Por el contrario, esa actitud será convenientemente premiada. Una persona así ha intentado con su esfuerzo personal hacer un mundo mejor, más fraterno y más solidario... No vale la pena que se eleven contra ella las lanzas de la discordia "porque es rico". Si su logro se debe a su esfuerzo honesto y solidario, nada tiene de reprochable...

Hay quienes simplemente buscan el conflicto social contra los que han avanzado en la calidad de su vida con esfuerzo loable, solo porque la han alcanzado. Presuponen que todo el que alcanza una buena posición lo hace de manera fraudulenta y aprovechándose de los "débiles", y crean un clima de retaliación contra ellos que no es nada sano. No es falso que algunas de esas riquezas dejan un sabor extraño en la boca, pues a veces son súbitas y se han construido sobre el sudor y el sufrimiento de humildes y sencillos... A esos sí hay que reclamarles socialmente una responsabilidad. Pero hay quienes lo han hecho con actitudes totalmente distintas. Exacerbar los ánimos contra quien con esfuerzo propio y su trabajo denodado ha logrado lo que es absolutamente lícito y deseable, es una injusticia de marca mayor. No se puede reclamar una supuesta injusticia con otra injusticia. Quien es injusto en un reclamo, ya hace su reclamo ilícito...

La llamada de Jesús, en todo caso, es a la solidaridad, al servicio, a la justicia y al amor... Y en eso no debe darse el brazo a torcer... Todos, más o menos favorecidos, pobres y ricos, de cualquier clase o cualquier condición, debemos poner nuestro granito de arena en construir una sociedad más justa, más humana, más fraterna... Es una gran herida que infligen a la sociedad y a la vida en armonía alimentar la zozobra social, sembrando el odio entre clases que no hace sino fracturar más una situación que puede ser de por sí ya frágilmente equilibrada... Alimentar el resentimiento levantando los ánimos contra quienes más tienen no es el camino. El camino es el de promover de tal manera al que menos tiene para que también, por sus propios medios, con la ayuda que necesite, se encamine a su promoción humana, a la par que la vigilancia sobre las grandes riquezas para asegurar que siempre vengan por caminos de esfuerzo y de honestidad. El paternalismo interesado que quiera proveer de absolutamente todo y que promueva el "saqueo" de los bienes para obtener, bajo cualquier circunstancia, sin importar las formas legales y honestas es, por decir lo mínimo, destructor de la sociedad... No pasa jamás de moda la palabra de Jesús en la que, por un lado, invita a la solidaridad con los más pequeños: "Cada vez que lo hicieron con uno de estos más pequeños, a mí me lo hicieron", pero que también por el otro, invita a la superación, como cuando alaba al que ha multiplicado sus talentos: "Siervo bueno y fiel. Has sido fiel en lo poco... Pasa a gozar de la dicha de tu Señor"...

Está claro que en esta vida sembraremos lo que cosecharemos... Es por ello que es tan importante. Que nadie piense que lo que hace acá no tendrá repercusión en su eternidad... La invitación que hace Jesús es a poner el acento en lo que realmente importa. Es en la vivencia continua del amor, de la solidaridad, de la fidelidad a Él y a su amor, en el progreso honesto y responsable, en el dominio y mejoramiento de lo creado con sentido de compromiso real y social, donde está el acento... Todo pasará... Pero dependiendo de cómo hemos actuado ante esa realidad pasajera, será nuestra eternidad. Será de felicidad y de amor si lo hemos vivido con sentido de añoranza de la eternidad... Será triste si lo hemos vivido como realidad absoluta, sin apuntar a la trascendencia.... En nuestras manos está construir ese futuro...